Autor: arbolfest

  • Empate técnico

    Empate técnico

    A las seis y media de la mañana, aunque vivo en Cholula, el frío tiene un gusto a Zacatlán de las manzanas; la neblina, la humedad, los huesitos congelados. Pienso, como si todavía fuera el mismo borracho que fui de joven, que me hace falta la calidez de la sidra para continuar. Es un frío punzante, mezquino, que parece odiarte de manera personal. A esa hora exacta, todos los días, Robin, nuestro basset hound de diez meses, recién adoptada porque su dueña no quería que ella fuera un perrito de jardín (sic), decide que su vejiga es el reloj despertador del hogar. Comienza con un lloriqueo bajo, casi asmático, seguido por el repiqueteo de sus uñas contra el suelo de la habitación.

    Ese sonido se ha convertido en la marcha fúnebre de mi descanso.

    Mi esposa, por supuesto, ha desarrollado una sana resistencia; su sordera selectiva parece un súper poder. Mientras yo me desenredo de las cobijas, tiritando y buscando a tientas un par de calcetines que no estén congelados, la luz de su teléfono ilumina su rostro plácido, impertérrito. Ella ya está despierta, claro, pero sumergida en su pantalla, perfectamente abrigada bajo las sábanas, mientras yo me preparo para mi exilio matutino.

    —Échenle ganitas, caminen rapidito para que les dé calorcito —murmura, sin apartar la vista de lo que sea que esté leyendo en su teléfono.

    En ese preciso instante, uno de esos inofensivos resentimientos conyugales florece en todo su esplendor. Bajo las escaleras, Robin a mi lado. Pienso en esta posibilidad melodramática, una escena digna de Carlos Olmos: ella rebasándome en los escalones, tropezándose conmigo, y los dos caemos y nos partimos la cabezota. Los dolores imaginarios son una cosa, pero me percato que a mi edad, ya me duelen las rodillas. Cada escalón es una isla, y esto se convierte en mi Odisea personal; mis articulaciones emiten un crujido, como si pisara un tazón de cereales viejos, y mi cuerpo son los marineros que voy dejando atrás, en el camino, porque me enfrento a todos los monstruos. A mis cuarenta y tantos años, he descubierto que el cartílago es un privilegio de la juventud que di por sentado. El dolor no es agudo, pero es constante, una especie de zumbido en las rótulas que me recuerda mi propia mortalidad mientras espero, congelándome en la acera, a que un perro enano decida en qué centímetro exacto de pasto desea hacer sus necesidades.

    El martirio llegó a tal grado que decidí hacer lo que cualquier adulto funcional haría: quejarme amargamente y luego sacar una cita en el IMSS para hablarlo con el médico en turno. Si tuve algún aprendizaje en estos últimos siete años, al menos eso se espera de mí, es que la vida se trata de hacer lo posible por vivir mejor y vivir bien; de hacer las preguntas sin miedo. El otro aprendizaje es que empecé a coleccionar muñecos de He-Man, como si todavía viviera en 1989 y, a menudo, mi esposa me recuerda que ya no tenemos espacio, pero luego hablaremos de eso. Entonces me encontré sentado en la sala de espera de la clínica, rodeado de personas con yesos, muletas y cuellos ortopédicos, sintiéndome como un impostor porque mi único problema era la insistencia matutina de un sabueso y sus ganas de meter la nariz en la hierba, las hojas caídas y las bolsas de basura que dejan los vecinos. Sin embargo, al levantarme para acercarme a la enfermera del consultorio, la rodilla derecha me traicionó con un pinchazo eléctrico. Cojeé de vuelta a mi silla, con la dignidad de un viejo pirata; un anciano con andadera me miraba con algo muy parecido a la lástima. Tan joven y tan jodido, habrá pensado.

    Pensé en mi camita, en mi esposa y su devenir infinito de las redes, bajo las mantas, y en mis articulaciones desgastadas por el noble acto de ser arrastrado por la calle antes del amanecer. En momentos así, uno se pregunta cómo ha podido llegar hasta ese punto.

    Cuando mi esposa y yo hacemos la competencia y nos tiramos las netas, sobre cuál de los dos está más cansado, y ella saca a relucir su maratón de juntas en línea con los alemanes de su trabajo, yo, inevitablemente, me acuerdo de mi famosa «tos de corredor».

    Hace unos años, en una época en la que corría diariamente entre tres y cinco kilómetros, empecé a toser. Al principio parecía una simple carraspera, pero al cabo de un mes, la situación evolucionó. Una noche me cambió la voz, se volvió más gruesa de lo habitual, como si una tarántula invisible apretara mis cuerdas bucales. Mi esposa me miró extraño, yo me encogí de hombros y empecé a reír, y cuando me escuché, me dio todavía más risa, porque parecía un cerdo haciendo ruidos. Noches después, acostado en la cama, sentí algo moviéndose en mi pecho de manera lenta, y muy pausada. Lo descubrí durmiendo de lado. Incrédulo, cuando me acosté del lado contrario, lo sentí moverse. Era una masa que se movía como un péndulo, empujando mis órganos, pero se movía como si nadara en jalea. Cuando se lo comenté a mi esposa, me miró con la tranquilidad de quien evalúa un bache en la calle y me preguntó si no sería una gripa mal cuidada. Se lo pregunté a Google, el médico de cabecera en ese entonces, y el algoritmo me ofreció un diagnóstico tan tranquilizador como estúpido: tos de corredor. Mi esposa y yo hicimos una mueca, y acordamos que iríamos con un médico de verdad.

    Por supuesto, no era tos de corredor. Era linfoma de Hodgkin.

    De un momento a otro, pasé de trotar por las mañanas, a estar sentado en un reposet clínico, exhausto, con el cuerpo molido a golpes invisibles, observando cómo los químicos rojos —de un bermellón intenso como el del Kool-Aid— entraban lentamente a mi torrente sanguíneo a través de una aguja. La quimioterapia es una experiencia que te roba la energía, pero curiosamente deja intacta tu capacidad para la irritación. Lo supe cuando una tarde de sábado, el hospital decidió dejar entrar a unos voluntarios, y una señora con nariz de payaso (tan grande como el ojo de un cíclope) se fijó inmediatamente en mí. Entrecerré los ojos. ¿Et tu, Polifemo? ¿Y si me llamas Nadie? ¿Y si me dejas vivir?

    Se acercó a mi lugar con esa energía histriónica y desbordante que la gente sana cree que los enfermos necesitan. Manoteando emocionada, feliz de (en su cabeza) hacer feliz a un necesitado, intentó contarme un par de chistes. Le expliqué, con la poca voz y cortesía que me quedaban, que estaba muy adolorido y profundamente cansado. Que, por favor, me dejara en paz porque prefería dormir. Pero a ella no le importó. Su misión era hacerme reír. Y esa semana ella estaba convencida de que debía cumplir su misión. Empezó a contarme un chiste viejo, de un humor tan podrido y rancio, que solo me hizo sentir más deprimido. Era un chiste de unos nabos y unas monjas que el mismo Polo Polo solo ha contado dos veces porque es muy malo. Al ver que mi rostro se mantenía inexpresivo —es difícil soltar una carcajada cuando ese día checaste en la Wikipedia que los químicos inyectados se les conoce como LA MUERTE ROJA—, abandonó la comedia y decidió que, en su lugar, me iba a contar la historia de su vida. Una vez más, le sugerí amablemente que por favor se callara pero ella me ignoró. Y me acordé del título de un libro de Raymond Carver, y no pude disimular una risita por la ironía.

    Terminó hablándome extensamente sobre su hijo. Me enumeró sus virtudes: un pianista de treinta y tantos años, talentoso, dedicado, y —esto lo dijo con un tono de genuina perplejidad— inexplicablemente soltero. Mientras ella hablaba y hablaba, yo solo la miraba, asintiendo débilmente, y pensando en mis adentros: “Señora, su hijo jamás le dará novias, y quizás tampoco nietos. Claramente es homosexual”. Tres horas y media después, terminado de pasar el coctel de quimioterapia, el médico me permitió irme. La señora me siguió todo el camino hasta la puerta de salida, donde mi esposa me estaba esperando.

    —¿Puedo darte un abrazo? —dijo la señora.

    Yo giré los ojos. Me dejé abrazar porque sabía que era la única forma de terminar esa maldita tortura. La esposa miró a la señora nariz de payaso irse. Yo me encogí de hombros ante su mirada atónita. Nada más me llevé un dedo a la cabeza y lo giré.

    —Ta loquita —dije.

    Pero después, pensándolo mejor, me di cuenta que esa interacción encapsulaba a la perfección mi verdadero problema estructural con la enfermedad. Quizás es un defecto, pero soy alérgico a la compasión disfrazada de espectáculo. Odiaba esa narrativa impuesta de la heroicidad, el famoso “echaleganismo”. Recuerdo bien otro ejemplo a través de la figura de un tío que, a modo de consuelo, me dio una palmadita en la espalda y me dijo: “Échale ganas. Tú eres un guerrero. Tú vas a ganar esta batalla”.

    Esa frase me sacaba de quicio. Eventualmente entendí por qué. Vi un especial de cáncer que hizo un comediante canadiense llamado Norm Macdonald. Mientras lo escuchaba, pensé: “ese hombre sabe de lo que habla, creo que ese hombre debe tener sus propios tumores, y si no, están gestándose”. Como lo había intuido, Norm ya estaba enfermo; murió unos meses después de leucemia aguda. En su especial, él decía que le molestaba profundamente la expresión: “perdió la batalla contra el cáncer”. Decía que ese término implica que el enfermo fracasó, como si el fracaso fuera moral, como si uno tuviera la oportunidad no solamente de pelear, pero también de rendirse, y que aquellos que sobreviven son, de alguna manera, más valientes o heroicos, y eso les cuelga una medalla; los sobrevivientes tienen la carga moral de enseñar sobre su supervivencia.

    —No soy médico —dijo Norm—, pero estoy bastante seguro de que, si mueres, el cáncer muere al mismo tiempo. Eso no es una derrota. Eso es un empate.

    Y tenía toda la razón. Yo no me sentía como un guerrero. No quería librar ninguna batalla; solo quería que la mujer de la nariz de payaso me dejara dormir, y que aceptara de una vez la homosexualidad de su hijo para que fuera a abrazarlo a él en vez de torturar enfermos que no pueden escapar porque están conectados a la máquina. Pero también me pregunté cosas: si no estaba siendo un bastardo porque no quería escucharla, si había sido un mal hombre porque dije que no estaba de humor o si, después de todo, no acabaría por reírme de esta anécdota; entonces podría colgarme mi medalla de superviviente, y tener mi propio especial de comedia como Norm Macdonald.

    Durante el tiempo que padecí aquel dolor de rodillas, esas preguntas adquirieron una relevancia especial.

    Finalmente, la enfermera pronunció mi nombre y entré al consultorio. El ortopedista resultó ser un hombre corpulento y pragmático, con la sutileza clínica de un mecánico. Tras hacerme flexionar las piernas un par de veces y escuchar atentamente el crujido de los corn flakes que son mis articulaciones, garabateó una receta con desinflamatorios y me recomendó estiramientos.

    —No es nada grave, chaparro —me dijo, tendiéndome el papel con una sonrisa a medias—. Es solo el desgaste natural de la edad. Tienes que bajarle un poco a las caminatas en el frío.

    Chaparro. Eso mismo me dijo el doctor que revisó mi primera radiografía y encontró el tumor entrecerrando los ojos. “Eso lo explica todo, chaparro, por eso no se te quita la gripa. Tienes un timoma”. Luego descubriría con médicos más competentes que no era un timoma, pero un linfoma. En ese momento miré mis manos y admiré mis piernas colgando de la camilla de su consultorio, como si estuviera evaluando la altura del abismo en el que me encontraba. Soy un hombre alto, pero en ese momento me sentí inexplicablemente niño. Chaparro… esa simple palabra destruyó en un segundo cualquier ínfula de dignidad. Adiós a la posibilidad de ser un héroe trágico o un guerrero estoico; frente a la ciencia médica, yo era simplemente un tipín de mediana edad cuyas piezas comenzaban a oxidarse.

    Sin embargo, antes de dejarme ir, el doctor revisó mi expediente en la pantalla. Sus ojos se detuvieron en la palabra “linfoma”. La atmósfera en la habitación cambió levemente, aunque no su tacto. Me pidió que me sentara derecho y llevó sus manos a mi cuello para realizar un chequeo preventivo de rutina. Sus dedos, helados e implacables, se hundieron debajo de mi mandíbula y alrededor de mis clavículas. Buscaba ganglios inflamados en mi carne con la insistencia de un sabueso que hurga entre los arbustos.

    Su dedo pulgar rozó la base de mi cuello, justo por encima de la vieja cicatriz de la biopsia. Es una marca pálida y definida, un tajo que siempre me ha parecido el resultado de la estocada de una pequeña espada, la mordida de un perro hambriento, las cicatrices que uno adorna y presume: “es que me le puse al tiro a un gandul de la Buenos Aires”. El doctor palpó más abajo y se detuvo.

    —Aquí está —murmuró, casi para sí mismo.

    Yo sabía perfectamente a qué se refería. Había tocado el nódulo. El remanente de aquel cáncer que se quedó a vivir en mi cuerpo; un pequeño bulto de tejido podrido y encapsulado, inofensivo, inerte. Completamente muerto.

    —Todo en orden. Limpio —sentenció el doctor, dándome una palmada en la espalda—. Tómate el medicamento y vas a estar como nuevo.

    Esa noche, de vuelta en casa, la rutina retomó su curso. Mientras mi esposa barría tranquilamente en su teléfono, resguardada bajo el calor de las sábanas, y yo preparaba mentalmente mi abrigo para enfrentar el suplicio de las seis y media de la mañana con el perro, entré al baño. Me miré en el espejo bajo la luz blanca y pasé mis propios dedos sobre la cicatriz.

    Pensé otra vez en Norm Macdonald y en su teoría del empate. Pensé en mi tío, y en su palmadita condescendiente, “échale ganas”. Pensé en la señora con la nariz de payaso y su insistencia en abrazarme, como si la que necesitara el contacto fuera ella, y yo solo pensaba en irme. Curar mis rodillas fue tan fácil como ir al seguro e ingerir una pastilla, pero curar el linfoma había sido un proceso destructivo, largo, sin épica alguna. Y no me dejó ninguna lección mística ni me otorgó un aura de iluminación. El cáncer no me venció, pero la victoria tampoco me convirtió en el tipo que trajo el fuego para su comunidad, su familia, su barrio. Si acaso, como todas las mañanas, mi perro de orejas grandes y yo salimos a empujar una piedra, tejemos y destejemos el telar, el perro me reconoce bajo el disfraz y me dice: “Vaya, ya estás aquí” y como todavía es un cachorro, me dice: “vámonos ya, llévame a orinar”. El cáncer murió, se volvió un nódulo fosilizado bajo mi piel, y yo me quedé aquí, lidiando con un sabueso impaciente, el frío matutino y unas rodillas desgastadas.

    No hubo montaje de batalla, no hay soundtrack con Eye of the Tiger, ni trompetas celestiales. Fue un simple, absurdo y rotundo empate. Y, honestamente, al meter mis rodillas bajo las cobijas sin sentir ningún dolor, me di cuenta: este es el mejor maldito empate que podría haber pedido.

  • Semana 37, semana de los ánimos fermentados

    Semana 37, semana de los ánimos fermentados

    I. 🫙🥒 ( ˘─˘)っ🫙 La diplomacia del fermento y el chasis

    Hace unos días tiré a la basura un frasco de pepinillos en salmuera por mera sugestión estética: se veían dudosamente verdes, tono zombi, y preferí no jugármela con el botulismo. Seguí una receta dictada por una inteligencia artificial: agua, sal, ajo, pimienta negra, pepinillos, oscuridad y reposo. Después mirarlos fijamente para acelerar la fermentación. Corroboré la receta con una señora en YouTube, aunque ella insistía en que no había que vigilarlos todo el tiempo.

    Dejé tres frascos en el refrigerador. Fermentación fría, lenta, pausada. Me acabé dos de ellos pero el tercero me dio dudas y por eso lo tiré. El fallo estuvo en la cristalería: elegí recipientes ordinarios —los que acumulamos cuando comprábamos mantequilla de miel, en aquel pasado, cuando no era un tipo diabético—, donde el líquido se niega a cubrir del todo los alimentos. Ya investigué que existen frascos con prensas, diseñadas específicamente para evitar este tipo de errores, pero gastarme la quincena en el Magic me ha impedido comprarlos.

    En la cocina, lo mismo que en la página en blanco, el secreto radica en la suspensión del juicio: las burbujas de dióxido de carbono harán su trabajo en el alféizar si uno resiste la tentación de meter las manos antes de tiempo. Hay una extraña simetría entre vigilar la acidez de un frasco de vidrio y someterse a una clase de cuatro horas. Ambas disciplinas son un salto de fe: uno presupone que mantendrá la atención e incorporará ideas valiosas. La mente flota en ese caldo de cultivo atrapando las bacterias que andan en el aire y, con algo de suerte, ocurre la intuición, fermentas un monstruo, los animales anidan y encuentran un hogar en tu cabeza, o tu corazón, o tu estómago.


    II. 📚🩺 ( 📖─📖) Never Let Me Go

    Leí Never Let Me Go de Kazuo Ishiguro a retazos: en las esperas del camión, antes de apagar la lámpara y en los huecos muertos del día. Tras salir de las estancias frenéticas de Dungeon Crawler Carl, admito que la calma británica me costó trabajo. En este tramo de mi vida, pocas cosas me consuelan más que un gato lanzando misiles mágicos por el hocico. La novela de Ishiguro se vuelca sobre lo sentimental; es una crónica de nostalgias infantiles y lealtades oxidadas entre muchachos que apenas pueden entender el concepto de finitud. Hay una pérdida inevitable de la inocencia y una revelación final un tanto efectista —con monólogo de antagonista incluido— que se anunciaba a leguas. La prosa avanza limpia, afable, bajo la voz de una narradora que habla con el corazón en la garganta a pesar de poseer la educación sentimental de una patata.

    Lo que me fascina, sin embargo, es la canción: Never Let Me Go, de Judy Bridgewater. En el texto funciona como un artefacto borgiano: un tema apócrifo interpretado por una cantante inexistente. Al buscarlo por curiosidad en internet, me topé con una versión generada por inteligencia artificial. El libro de repente se sintió viejo, viejísimo. El gran giro distópico pierde filo en una época que no solo convive con la IA, sino que especula con industrias capaces de imprimir órganos sintéticos con la misma soltura con que se fabrica un juguete de resina. La sobriedad de una prosa sobre un entorno hipertecnológico —aunque esto se sugiere, quizás sea otra cosa— que ya la alcanzó resulta un cruce complejo. Y, sin embargo, el poso emocional subsiste: el abandono de la infancia, la ruptura de la ingenuidad y ese cuidado mutuo entre seres que se saben desesperadamente finitos.


    III. 🐈‍⬛🚗 ( 👁️x👁️) La pupila de Giovanna y la hojalata

    Hace unas semanas emprendí la confección de un bestiario apócrifo: El bibliopuercario, un catálogo de libros eróticos y pornográficos que no existen. El primero de ellos es No lo veas, Giovanna, la historia de un estadounidense adinerado y patético que sostiene un romance fisiológico con su Cadillac. En el relato hay una gata juzgona y, la supuesta autora, es una esposa despechada. El relato ya está publicado en mi sitio de bestiarios, el cual también trato de darle su manita de gato cada día que puedo.

    La iconografía del relato remite de inmediato al cine de David Cronenberg, una presencia constante en mi algoritmo de Instagram. He entrenado esa red con el celo suficiente para alimentarme de rarezas y material bizarro, aunque de vez en cuando se cuelen las trampas de OnlyFans diseñadas para engatusar a los cuarentones. Dios me libre.

    Apenas es el primer volumen de la lista. En mis notas de Whatsapp acumulo ideas para los siguientes: esta mañana, por ejemplo, hice el primer borrador sobre un grimorio redactado por un brujo sobre la logística erótica con guerreros esqueléticos. Sí, es el supuesto libro de aquel cuento que también comencé a escribir y todavía no he terminado. Quisiera disponer de todo el tiempo del mundo para escribir sin pausas, pero la realidad se impone. Me descubro sopesando a diario si el margen del día alcanza para la entrada de la semana, la ficción en curso, el reporte de lectura de la maestría o la revisión de los trabajos estudiantiles donde la inteligencia artificial ha dejado su rastro perezoso. En medio de la evaluación, solo me queda preguntar en silencio a mis alumnos por qué no dan la batalla contra eso.

    Si todos tenemos —supuestamente, según la promesa de estas bestias tecnocráticas— más tiempo para hacer cosas, ¿por qué no hacemos algo hermoso?


    IV. 🃏🛡️ ( 🎴─🎴) Las ideas de Toolbox Torre (TT) sobre cómo arruinar a los ángeles

    El anuncio del Secret Lair de He-Man despierta la voracidad del coleccionista: la tentación del brillo completo por doscientos dólares. Que no tengo. Desde que alcé la mano para hacer la maestría, brotan gastos misteriosos a cada paso, además de pagar mi pedazo de colegiatura. Habrá que adquirir las cartas a cuentagotas, probablemente las pediré en Hareruya o recurriré a las bondades del proxy.

    La noticia evoca a Kresh, a quien concebí en su momento como un homenaje a las tierras de Eternia. Este fin de semana, tras la clase, me escapé a jugar Commander con la mesa de diseño. Kresh firmó dos victorias mediante una paciencia pedagógica; es un mazo de paciencia, de aguardar a que los rivales se desangren para aplastar al superviviente. En una partida de esas, que se salió de control, un mazo Witherbloom engendró millones de pestes; tras la subsecuente limpieza de mesa, un instantáneo volvió indestructible a mi comandante, inflando su cuerpo con tres millones de contadores. Kresh, que antaño venía en el preconstruido de Henzie, es un líder torpe pero entrañable.

    A veces lo imagino como este gorilón que se golpea el pecho durante el combate.

    En el taller de Henzie, las modificaciones continúan. Incorporé a Jenova por su potencial para transmutar criaturas (literalmente las convierte en mutantes) y acelerar el motor de robo; reincorporé a Shredder por la sinergia devastadora que entabla con ella, y sumé The March of the World Ooze, un encantamiento algo tosco pero de indudable encanto narrativo que fija la fuerza base en 6/6. Para arruinar veladas ajenas, añadí a la Rottenmouth Viper.

    La jornada cerró con la adquisición de los tres troles del Hobbit: Tom, Bert y William. Siempre he pensado que la obra de Tolkien es un tratado de acertijos y celadas verbales donde la palabra es destino. Quizás es lo entrañable de esta obra, guardándonos del placer de los cantos de los enanos (que me hacen dormir profundamente). La secuencia de los troles mantiene esa tensión soterrada de los matones que conversan en voz alta sabiendo que el pequeño Bilbo escucha agazapado. Esos rufianes de camino encajan sin fisuras en la banda de Henzie, mi granuja de cabecera.


    V. 🪶📜 ( 🌸─🎑 ) Cosas que perturban el ánimo y otras que lo alientan

    Cosas que causan una tristeza ligera: un estudiante de andares muy frescos que entrega un ensayo pulido por una máquina invisible y pretende que la prosa no suena a piedra fría; dar una clase de pie durante cuatro horas vistiendo zapatos de suela rígida; la referencia a un programa de televisión de hace treinta años que cae sobre el grupo como un pájaro muerto.

    Cosas que llenan el pecho de una elegante satisfacción: el vapor del café subiendo en la penumbra de la cocina antes del alba; la mirada de un gato que observa el mundo desde lo alto de un anaquel como un emperador retirado; el chasquido seco de una carta de cien gramos al deslizarse dentro de su funda de polímero transparente.

    Cosas que están lejos aunque parezcan cerca: la juventud de los alumnos; el entendimiento entre quien habla sobre la estructura del relato y quien solo piensa en la hora del almuerzo; la quincena que se evapora en gastos misteriosos, quizás urgentes, antes de llegar al fin de mes.


  • Semana 36, la semana de los esqueletos danzantes

    Semana 36, la semana de los esqueletos danzantes

    I. 🩺🩺 ( ˘─˘)っ💊

    El acto de escribir exige adiestrar las manos, calibrar la postura y desarrollar una resistencia casi masoquista frente a la silla. La premisa conserva un halo romántico hasta que una punzada en el costado derecho dificulta la respiración profunda. Me duele por algo, creo que dormí mal anoche, o la postura cuando me acosté a tomar una siesta en el sillón. La maestría me deja muy cansado. Si mi vida fuera un episodio de Doctor House, el doctor Foreman irrumpiría para decretar una perforación pulmonar provocada por costillas rebeldes durante el sueño, prescribiendo morfina inmediata y una toracotomía de urgencia, solo para admitir veinte minutos después que se equivocó de órgano. Foreman me tomaría del hombro con gravedad: «no se preocupe, no tenemos idea de qué tiene, pero nos estamos acercando». En ese preciso instante yo entraría en paro cardiorrespiratorio, un enfermero gritaría: «¡carguen a doscientos, desfibrilador!», mientras en el encuadre secundario descubriríamos al doctor australiano y a la doctora guapa cogiendo furiosamente en el almacén de esterilización. El drama habitual de los domingos por la tarde, pausa comercial incluida. Al volver del corte, House resolvería el caso tirando una pelota contra la pared: no era perforación, era una acumulación de aire por sostener la misma metáfora durante tres horas continuas.

    Consulté a Gemini —mi IA de confianza— sobre la viabilidad de tomarme un ibuprofeno. Tras desplegar su rutinario sermón burocrático —ese aviso de exención de responsabilidad donde jura ser una mera red neuronal sin título universitario ni cédula médica—, sugirió monitorear el dolor ante el riesgo inminente de una colangitis o una inflamación vesicular severa. Tuve que confesarle la verdad: «cabe aclarar que me extrajeron la vesícula hace años, tu diagnóstico es biológicamente extinto». Lejos de colapsar por el error, el algoritmo procesó el dato en milisegundos y recalculó con fría ecuanimidad: «comprendido; al carecer de dicho apéndice, sugiero aguantar el dolor. El analgésico hará su trabajo en un par de horas y podrás consagrarte a la escritura como si el cuerpo humano hubiese sido diseñado para semejante suplicio». Cuánto estoicisimo. Sonreí aliviado.

    II. 💀🖤 ( ˘─˘)っ⚔️

    Tengo entre las manos una obsesión ridícula pero poderosa: la historia de un tipo empeñado en cogerse a un guerrero esquelético, quiere cogérselo durísimo, sin importar la ausencia de carne, piel u órganos vitales. Supongo que deseo escribir una sátira contra la literatura de fantasía romántica y el isekai, aunque una parte de mí se lo está tomando muy en serio; sobre todo es un pretexto para soltar a la bestia narrativa que descubrí durante la escritura de La feria del cerdo y ver hasta dónde puede estirar el absurdo. Cuando le platiqué la idea a Sol mientras cruzábamos Cholulita, la de los mil amores, la logística del asunto la hizo soltar una carcajada: la pura imposibilidad estructural de hacerle el amor a una caja torácica vacía. Le respondí con la pose de quien oculta un gran secreto, cuando la verdad es mucho más simple y rotunda: donde hay deseo, hay voluntad.

    III. 📚🖋️ ( ˘─˘)っ📖

    D me entregó el itinerario de lecturas para la investigación: un recorrido denso sobre la enfermedad y la otredad que abarca desde la prosa documental de Carrère hasta el Diario del dolor de María Luisa Puga, pasando por Gospodínov y las reflexiones médicas de Rita Charon. El universo ludópata de Dungeon Crawler Carl queda congelado en la fila de espera, a pesar de que ya dispongo del último volumen gracias a mi proveedora.

    Leí de un tirón Chicos que vuelven de Mariana Enríquez mientras me peleaba con el arranque pausado de Never Let Me Go de Ishiguro. Enríquez posee un caos magnético; hay en sus relatos un eco del gore arquitectónico de Junji Ito y del vagabundeo visceral de Bolaño. Lo verdaderamente asombroso es la geografía: edifica pasillos, ciudades, parques, esquinas y bloques habitacionales con una solidez tan clara que es muy fácil vislumbrar el horror entre los destellos de urbanidad, la oscuridad de los callejones.

    Esa lección espacial me hizo pensar en la maestría. Acudo a las aulas buscando chispazos de inspiración, pero la certeza es más terrenal: pago una colegiatura para imponerle un cerco a mi inercia salvaje, esa que prefiere escribir por libre y sin rendirle cuentas a nadie. Someterse a la enseñanza formal es una tregua necesaria; la figura del artista romántico que vive subsidio tras subsidio esperando la gran obra del mañana es una fantasía insostenible.

    IV. 🃏🛡️ ( ˘─˘)っ🎴

    Henzie volvió a anotarse un par de triunfos en la mesa de juego, confirmando que la ambición de un criminal de poca monta sólo necesita a la cuadrilla adecuada para derrocar imperios. Hay una fijación casi obsesiva de mi parte por depurar este mazo, buscando que cada criatura se sienta como un socio legítimo de su banda. La vibra del personaje es idéntica a la de Barba Negra en One Piece: una mezcla de desfachatez, oportunismo y un séquito de aliados impredecibles.

    Su nómina de cómplices es un gabinete de rarezas donde conviven las aves del paraíso o los jerarcas innobles, junto con la brutalidad de los dragones: el terror de las cimas, o los fuegos imperecederos. Imagino a Henzie y sus negocios impuros con los dragones. Si la situación exige manipular la mesa, Henzie recluta la demencia de Kiki-Jiki, el derechazo de Jaxis, o los tambores neurálgicos de The Master. O bien, se enfoca en las ocurrencias absurdas de Deadpool y Raph & Mikey, quienes bien podrían ser estos mafiosos bienintencionados. Cuando las cosas salen mal y la mesa se vacía, la reserva moral la ponen nigromantes de la talla de Mikaeus, el vampiro clérigo que trae los últimos regalos o el titán proteíco, recordando que en este mazo la muerte es solo un segundo turno de ataque.

    La integración de Jenova (Final Fantasy) completa la alineación para garantizar un flujo constante de cartas. Es imposible no notar la ironía visual: el diseño de Jenova es un eco de Atraxa, el ángel dominante al que Henzie doblega en el universo de New Capenna. Un recordatorio de que, para ganar, Henzie no tiene empacho en reclutar a los mismos monstruos que antes juró derrotar.

    V. 🎹🦴 ( ˘─˘)っ💬

    En el grupo de WhatsApp de la maestría convivimos dos estratos geológicos: la juventud de veinte a treinta años y los veteranos, categoría donde solo entramos G y yo. Un día, G compartió entusiasmada la imagen de un concierto de Raúl Di Blasio: «Compañeras, venden boletos para este señor, ¡vuelan como pan caliente!, ¿quién dijo yo?». El chat colapsó en un silencio de cripta, de abismo digital. Nadie respondió.

    Días después, G volvió a la carga indignada: «Compañeras, ¡increíble! ¡Se perdieron a Di Blasio». Ante el desconcierto general, una de las chicas se armó de valor y preguntó con absoluta inocencia: «Oigan, pero ¿qué género toca Di Blasio?».

    Me solté a reír en voz alta y le respondí: «Género: de cincuenta y cinco años en adelante; la música que ponía mi mamá para descansar todos los domingos». Cero afinidad con el trap o el k-pop, o el reguetón, o los corridos tumbaos. Durante estas últimas semanas, he visto los carteles del anuncio pegados por las avenidas de la ciudad y sentí un sobresalto: dentro de mi cabeza, Di Blasio ya era un cadáver ilustre, una leyenda del siglo pasado. Juraba que era un esqueleto.

    Pensándolo bien, el pianista reúne las condiciones exactas para convertirse en el esqueleto deseable del cuento que estoy escribiendo.

  • Semana 35, la semana de hermosas despedidas

    Semana 35, la semana de hermosas despedidas

    I. 🪰🖥️ ( ˘─˘)っ🌐

    Una mosca joven se empeña en hacerme compañía esta mañana. No sé por qué; mantengo la glucosa controlada. Me acosa a pesar de los manotazos torpes de animal hastiado. Aterriza en mis brazos, brinca a la mejilla y escala finalmente hasta el cuello. Quisiera aplastarla, pero me supera en agilidad e inquietud. Mi abuela poseía la destreza de atraparlas al vuelo con el puño; yo no heredé sus reflejos, su velocidad ni esa maña para la cacería doméstica. Ella cazaba ranas y conejos en el monte (nos contaba), los llevaba para hacer la comida. A la maldita mosca le restan apenas unas horas de existencia. Recuerdo entonces el experimento con la mosca de la fruta cuyo mapa neuronal fue duplicado para habitar un entorno simulado. Me inquieta imaginar qué percibirá en ese dominio virtual; si dispondrá de un paisaje nítido con aliento de árboles, alimento y esparcimiento. Me pregunto si alcanzará la autoconciencia. Quizá atestiguo la señal de aquella criatura porque el plano simulado me pertenece a mí: el insecto que orbita a mi alrededor ignora que goza de la inmortalidad mientras yo me reduzco a un mero objeto de interacción.

    II. 🌸🪶 Cosas que apaciguan la mente al cruzar el umbral del deber ( ˘─˘)っ📜

    • Haber alcanzado sin tropiezos la segunda semana de la jornada.
    • Invocar el «Hakuna Matata» ante las zozobras menores, trayendo a la memoria el dictamen de aquel sabio anciano: «¿Acaso tiene remedio lo que te aflige? Y si no lo tiene, ¿con qué objeto entristeces así tus días?»
    • Descubrir, no sin cierto alivio, que las tareas encomendadas distan de ser una proeza imposible.
    • La satisfacción de hojear más de doscientas páginas en siete soles, alternando sin pesar los volúmenes del deber con las lecturas que responden al puro capricho.
    • Concluir dos ejercicios de escritura, dejar en orden las lecciones del claustro y alterar la disposición de las estructuras habituales con el único afán de ensayar otros caminos.
    • Mirar a mis alumnos preparar sus proyectos en Minecraft, preguntándose si les dará tiempo para colocar todo lo que yo estoy enseñando, mientras yo pienso en que solamente el juego es el verdadero aliento de vida.

    III. 🪡🧵 ( ˘─˘)っ🧟

    En una sesión sobre el ensayo se propuso la copia como método deliberado de composición. La imitación ha sido uno de mis impulsos constantes; cuando redacté mi primera novela en 1892 (uh, ya llovió), me ceñí al esquema del viaje del héroe para buscar el resultado. Me entusiasmaba el procedimiento, aunque la calidad del texto tiene mejoras. En ese entonces devoraba realismo mágico, salpicado de bastante Stephen King y otros novelistas de terror: McCammon, Barker. Escribir consiste en ensamblar las vísceras de lo que nos apasiona para animar a una criatura frankensteineana. De haber tenido oportunidad, el doctor habría engendrado una legión entera de cuerpos restituidos. Una milicia de nuevos-vivos donde cada profanación de lo sagrado perseguía a una quimera llamada perfección. Redactar es coser los retazos hasta tropezar con la frecuencia de la voz propia. A partir de esa lección, reflexiono qué mapa me interesaría replicar —desde la consigna abierta del plagio permisible—, sometiéndome a la formalidad de la estructura: ¿reincidir en La Odisea o desafiar El Quijote? Lo dudo; Quijote me infunde respeto y pavor, no solo el señor está loquito, pero es capaz de desquiciar a cualquiera. Recuerdo La estrella de Ratner de Don DeLillo, concebida como un trasunto de Alicia en el país de las maravillas (o eso creo, habrá que releer). O la sacudida al recorrer 2666 de Bolaño, que me dejó deslumbrado ante el alud de sus imágenes y la fortaleza de su prosa. Acaso deseo intentar El espejo en el espejo de Michael Ende, un libro que, a su vez, opera como la reescritura espejo de las Ficciones de Borges. O bien, seguir adelante con el plan de crear mi propio Diccionario jázaro. Tengo años escribiendo Bestiarios. Tal vez esa es mi vida: buscar bestias, animales, pequeños delirios de ficción.

    IV. 🎭🕯️ Cosas que causan pesar y envidia por los que parten ( ˘─˘)っ🖤

    • La partida simultánea de criaturas hermosas y magnéticas: la inocencia quebrada de Hayden Panettiere («¡Salva a la porrista, salva al mundo!»), el esplendor melódico y generoso de Dolly Parton, y la libertad electrificante de Tim Curry.
    • El amargo contraste entre los últimos testimonios: la fascinación que desprenden las entrevistas finales de Tim Curry frente al desamparo en las palabras de Panettiere, espejo de la ruina sistemática en las entrañas de Hollywood.
    • La secreta envidia hacia quienes abandonan el plano terrenal: el alivio de saber que ellos ya descifraron su fragmento del enigma y acomodaron sus piezas, mientras los demás permanecemos a tientas, intentando navegar el mundo a pesar de nosotros mismos.
    • El murmullo tenue que pretende postergar la llamada definitiva: «Basta, basta de llamarme así, ya voy a ir, voy a subir (pero) cuando me toque a mí…» 🎵

    V. 🏅🕸️ ( ˘─˘)っ📜

    El claustro de Comunicación me otorgó la medalla Eusebio Kino a la excelencia docente (distinción promovida por mis alumnos, esos loquitos, definitivamente desquiciados). Sumo este galardón al que me concedieron previamente los estudiantes de Diseño de Interacción y Animación. Supongo que se valora la disposición a decodificar las tendencias insólitas del presente, desde los furros, los therianes y otras subculturas, hasta los métodos adecuados para «farmear aura». El protocolo incluyó una especie de TED Talk de formato breve que el ámbito jesuita denomina «Lectio Brevis» (evocación inevitable del difunto Mauricio Ituarte y su «Lectio Divina»). El disertante —excofundador de Cocolabs, cuyo nombre omito por descuido a pesar de su amabilidad— abordó el uso de la inteligencia artificial para estructurar entornos de código dedicados a la construcción de delirios artísticos.

    Cocolabs resuena en la memoria.

    Evoca la época dorada en que los blogs ostentaban peso.

    Durante la jornada de ayer, los alumnos guiaron la clase hacia el terreno sentimental. Mostraban una inquietud persistente respecto a la brecha generacional en las parejas y sus límites de aceptación social. Me dio gracia, confío no haber expresado algún despropósito capaz de provocar una funa. Me limité a sugerirles prudencia: primero, el desarrollo del lóbulo frontal y después, ya mucho después, si quieren vincularse con adultos mayores y matricularse en la gerontofilia, pues felicidades. Eso de la funa me recordó el reportaje de un docente en Estados Unidos, hostigado por sus estudiantes mediante perfiles falsos, nutridos de pornografía sintética generada por IA. La estulticia y la perversidad técnica progresan a la par. El término «estulticia» me remitió al Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam, lectura erradicada de las aulas por su irrelevancia para el ritmo actual, junto al recuerdo difuso de Coleridge, Wordsworth y aquel autor citado en Lotófago cuyo nombre intento recuperar. Valoré el paréntesis en el aula: pocas veces expongo algo de mi propia educación sentimental.

    Les confesé el desconcierto que me produce su inesperado perfil conservador, además de esa mirada instrumental con que evalúan a sus semejantes: la persona reducida a bien de cambio o a su rendimiento práctico (el viejo mandato paterno de «ser alguien de provecho» reformulado en el lenguaje del presente: ¿cuánta aura acumula?, ¿qué tan deseable resulta su imagen?). Pequeñas y desconcertantes distopías. Acaso algún sociólogo formulará lindas respuestas, o quizás mi sesgo generacional es, mejor dicho, apenas una anomalía en la Matrix.

    Concluyo que la existencia, tras sortear quebrantos de salud y tropiezos, semeja un laberinto extenso. Mañana, si tengo suerte, comenzaré a trazar la cartografía de ese lugar bendito si es que, como siempre, no me distraigo en el paseo.

  • Semana 34, la semana de encuentros oníricos

    Semana 34, la semana de encuentros oníricos

    I. 📖✨ ( ゚Д゚)🔍

    La literatura se encuentra en cualquier rincón —especialmente si eres un niño, las historias se filtran en los recovecos más insospechados—.

    II. ⚔️🃏 ( ゚Д゚)👹

    El viernes pasado percibí a Henzie sediento de sangre como la espada maldita de un samurái. Quíhubo. Recordé a Zoro y una de sus historias en One Piece: prueba una espada nueva, conversa con su filo y ya en combate, al instante intuye su sed de sangre. Asume el reto de controlarla. Very samurái, wow. El Hagakure me observa desde el librero: ¿gobiernas el arma o te dejas gobernar por ella? En mi último juego con Henzie Torre, el mazo me regalaba las cartas precisas para provocar grandes daños en la mesa. Me quedé pensando toda esa noche. Tuve la tentación de pactar con el diablo ante la cascada de cartas aterradoras, pero opté por la tregua; era el último juego de la noche, pensaba retrasarlo lo más posible. Henzie se quedó con ganas de romper el tablero. Podría retirar las cartas más dañinas, cambiar su estrategia, pero hace tiempo decidí no hacerlo. Estos carnales funcionan bien juntos, como un RPG táctico, como los humanos de Gurren Lagann cuando se enfrentan a lo imposible, al espiral. Queda aceptarnos el uno al otro, queda asirnos a la oportunidad de jugar juntos —Tactics Ogre: Let’s All Cling Together—, así como somos.

    III. 🌙📜 ( ˘─˘)っ💭

    Sueño: estuvo raro, eras interpretado por un actor y contemplabas tu propia vida a través de un televisor de bulbos. En la escena, tu personaje se arrojaba desde un edificio, ejecutando maniobras para sostenerse de una lona publicitaria que cubría la fachada y descender con gracia, suavemente. Justo antes de tocar suelo, levantaba la manta para revelar un camión cargado de huevos. Me pareció muy fácil la interpretación, dije a quienes me acompañaban, incluyéndote a ti. Supongo que la depresión te empuja a correr riesgos, y que escondes algo que te pasa. Había un contexto: la pérdida de una fortuna intentando sostener un emprendimiento ambicioso y costoso; entre tus gastos, rentabas un edificio entero. El mismo edificio desde donde te lanzaste. Reapareció después el televisor —Mad Men—, y vimos la silueta persistente del hombre que cae, como anticipando un suicidio, una ruptura. Fracturé la cuarta pared y me dije: «debería llamarte después de soñar esto». Antes de despertar, hubo un cambio de escenario y de intenciones y soñé con A. Tras años de distancia, me llegaba un correo suyo con un poema en francés, hablaba de jardines cruzados, de encuentros próximos. Muy Borges. Guiado por estas revelaciones, a lo largo del día envié dos mensajes. Uno por correo y otro por WhatsApp. Todo el día pensé en ti, y también en A. Es una pregunta que me hago habitualmente: ¿cuántas trayectorias vitales no habrán dado un vuelco propiciado por las cartografías del sueño?

    IV. 📚🏛️ ( ˘─˘)っ🎪

    Feria Internacional del Libro en el centro de Puebla: carpas adueñándose del espacio público, de las banquetas y de las plazas. Una estampa pintoresca, pero incómoda, con los pasillos atestados por una multitud compacta. El roce fortuito con la piel ajena detona la memoria somática: las agujas, los enfermeros, los fármacos y cómo incendian las venas. «Es que te están inyectando veneno », recuerdo que me dijeron. Un enfermero que se lleva las manos a la boca y luego toca mi intravenosa. Rehúso el contacto físico lo más posible; me sobresalta incluso que mi esposa me toque si me toma desprevenido. Aun así, la marea humana avanza entre ráfagas de polvo y partículas de papel. Cordilleras de volúmenes que, superpuestas, erigirían una nueva Torre de Babel. Cierto desdén paternalista murmura: «a ver si así se les contagia la cultura», o más bien: «a ver si la consumen de gratis, ja-ja». Y sin embargo, la persistencia de la fe, la religión del libro o lo que imaginamos es el libro: prometen un prodigio el día en que el mexicano promedio devore cuarenta títulos anuales. Las carpas desbordaban clásicos en dominio público e impresiones genéricas con portadas manufacturadas por IA, rematadas en tres piezas por doscientos pesos. La inevitable aceleración industrial: ChatGPT maqueta un par de volúmenes de mitología ancestral en una sola semana. Esta semana me dio tristeza: la editorial ERA está disminuyendo sus operaciones al mínimo, se declararon incapaces de encajar en las lógicas del mercado actual. Sabe por qué, si todos sabemos que el gobierno subvenciona la mayor parte de la industria cultural y de las editoriales —más o menos— chidas. Me pregunto quién les comprará su catálogo y por cuánto.

    V. 🕹️🕸️ ( ˘─˘)っ🕷️

    El volumen más reciente que devoré de Dungeon Crawler Carl —The Eye of the Bedlam Bride— funciona como una hibridación interesante entre Pokémon, Magic y la lógica de un RPG táctico. Me divertí con Donut, luciendo sombreritos estrafalarios para sus partidas de cartas, aunque el relato se torna sombrío, preocupante: la transmutación de un personaje en una baraja viviente, condenado a manifestarse y esfumarse al capricho de su invocador. El trasfondo de la saga insiste en la erosión del libre albedrío: los humanos se descubren prisioneros de estructuras piramidales, complots y corporativos cósmicos que escapan a su comprensión y sus posibilidades. Aunque también habría qué pensar en ello: el universo es gringo, claramente capitalista, ugh. Agrego un apunte sobre Shi María, una entidad arácnida y cautivadora. Una búsqueda rapidita en Wikipedia, me dice que es uno de los nombres de Anansi, el numen araña que urde los relatos del mundo. Las arañas me provocan un vértigo entre el pavor y la atracción hipnótica; en la reelaboración de Dinniman, uno de sus ojos expone la demencia, la mirada nietzscheniana del abismo interior, la sombrita jungiana. Una criatura doméstica que ausculta el espíritu, la daddy longlegs de la esquina que convierte tu alma en un laberinto. El autor me dio un poco de roña al rebajar a Quetzalcóatl a la categoría de un espectro descolorido y menor: la inercia del anglosajón apropiándose de mitologías ajenas. Admito mi contradicción como lector: me seduce la intriga alrededor de Shi María mientras me irrita el manoseo de Quetzalcóatl. Resignación. Algún día redactaré una ficción para expoliar la imaginería norteamericana: un vacío absoluto nutrido de la vacuidad del American Dream, la nómina de sus mandatarios pedófilos y perversos, la patraña del Destino Manifiesto, la industria automotriz superada por el mercado chino y demás ruinas de su imperio.

    VI. 💤🐈 ( ˘─˘)っ🐾

    Llegó la respuesta de A: conversamos sobre sus hijos y su mudanza en Dinamarca rodeada de los suyos. Le compartí mi actualidad laboral y académica, reservándome los pasajes sombríos —la enfermedad, la partida de mi perro, los distanciamientos—, aunque insistió en que le siguiera contando. Podría relatarle este segundo sueño, de una extrañeza particular: me hallaba en mi antigua unidad de Lomas de Becerra, transmutada a ratos en la Unidad Kennedy de Jardín Balbuena. Caminaba la noche a ciegas cuando presencié como un hombre mordía a otro; la mordida transformaba a la víctima en una suerte de vampiro-zombi. Caigo en cuenta mientras escribo: era la premisa del cierre de Dinniman, con criaturas no-muertas sirviendo de recipientes a entidades demoníacas —Evil Dead—. En la huida de la horda, al saberme testigo de la ola inicial, logré refugiar a unos amigos en su casa para aguardar el reporte de noticias. Les dije: «espero que tengamos suficiente Coca-Cola». Remanente de la histeria pandémica. La voz de Gatell: «qué-de-se-en-ca-sa». En el sueño, los medios guardaban silencio mientras el contagio avanzaba a cuentagotas. Al despuntar el sol la amenaza se disipaba, llevándome a deducir: «lógico, la luz abrasa a los monstruos; la propagación diurna es imposible». La pesadilla discurría en una métrica predecible: alternancia de noches infestadas y mañanas apacibles, salpicada por la fractura inexplicable de estructuras (especialmente puentes peatonales) colapsadas bajo el peso nocturno de las masas. Pensaba que pronto nos quedaríamos sin lugares para caminar. Era un bucle interminable. Desperté y miré a Sol, muy de cerca. Sol solicitó silencio al tiempo que indicaba sus oídos. Percibí un rascado lejano. Era Morgana, empeñada en abrir el cajón de mi ropa interior. Un comportamiento inusual en ella, a ella le gusta más la exploración, o desmadrar las cosas. Acaso la mueven nuevos propósitos; semanas atrás la descubrí acurrucada sobre las prendas limpias. Entre tantas lecturas posibles, me quedo con la más simple: Morgana me inspiró una ternura inmensa.

  • 1:37 PM

    1:37 PM

    En la entrada de hoy despliego un inventario en tres actos.

    Abro con Lo indeseable, un mapa de sombras que reúne el espanto de la enfermedad, las quimioterapias, la parálisis, las pérdidas laborales, el mal rock mexicano de los 2000 y el miedo a caminar cada vez menos.

    De ahí camino hacia La felicidad, un contrapeso de pequeñas victorias donde celebro la estabilidad de la glucosa, el café con cocoa, los maullidos del gato, Super Mario World, David Bowie y las caminatas bajo la sombra de los árboles; un recuerdo que la vida puede ser un refugio luminoso.

    Cierro con El deseo y la pestilencia, un cruce visceral entre el paso del tiempo, las lecturas de tarot, la nostalgia, las transgresiones y la estampa poética de un péndulo trazado por una sombra del pasado.

    I. ❌🌧️ ( ゚Д゚)🖤

    Lo indeseable: morir, enfermar de nuevo, la intrusión del cuerpo sin aviso y el recuerdo de los enfermeros, el trabajo de sus manos y, horas después, el ardor en las venas, perder un empleo, perder dos empleos, enojarme hasta ver rojo y sentir el dolor en el estómago, perder el tiempo (o la vida) en un laberinto aburrido, desvelarse por un salario (trabajo para el inglés 🎵, suena la canción), la escritura sin deseo —hecha por compromiso—, la inventiva suspendida, el dolor cuando me dijeron: «otros seis ciclos de quimioterapia», la carta del Diablo junto al Cinco de Espadas, la desidia de destripar la acumulación, comer mal o masticar triste o todas esas cosas, la parálisis cuando estás —inevitablemente— cumpliendo con tu programación, El túnel de Sábato, la obligada paciencia a los imbéciles, caer en cuenta que algunas veces eres un imbécil y saber que te has tenido paciencia, la lectura para aprender, las bestias blancas y puras protegidas por los dioses, pagar con tu curiosidad una falsa y petulante sabiduría, exhibir las credenciales para inflar el ego, las vergüenzas, que se rompan los calcetines bonitos, mirar unos Vans en el escaparate y pensar: «quizás mañana, viejito», la escritura formal, los glory holes del sur de Texas, la aprobación de los ineptos, la procrastinación, el 80% del rock mexicano del 2000 al 2010, los ensayos alucinados por una inteligencia artificial sobre los cuentos de Onetti que dejo a leer para alguna clase, las últimas temporadas de Game of Thrones y todo lo que hicieron después, caminar poco y caminar menos cada vez.

    II. ☕✨ ( ゚Д゚)🐱

    La felicidad: una cucharadita de cocoa que le pongo a mi café, mantener la glucosa estable —90-110— independientemente de lo que haga (ceder a mis pequeños antojos), el maullido de la gata reclamando escolta para su desayuno, y su comida, y también la cena (y me hace sentir importante), tus ojos a pesar de mí mismo, los lentes y cómo han regresado el placer necesario de la lectura a mi vida, la vagancia en un paraíso de juego donde los colores del cielo son justo los indicados, caminar bajo un cielo de nubes naranjas justo cuando está atardeciendo, el segundo cigarrillo del día liberando su chispazo de dopamina, el presagio de fuego del As de Bastos, la revelación de lo evidente o lo misterioso, el gatito haciendo piruetas y yo acaricio su cabecita, y le susurro: «ya basta, ya, vives aquí, para siempre, con nosotros», los ojos tristes de Nico y sus aullidos de profunda y verdadera felicidad, dar con la solución de un acertijo, cuando la escritura tiene sentido y te revela un pedazo de un rompecabezas vital, mi abuela asestándole un periodicazo a mi abuelo mientras muerde su tortita, la declamación performática sobre la épica y los héroes, La Odisea, tu cara de perdición, los ojos de Santa Lucía, la lectura para aprender, un diablito ambicioso derribando un edificio sobre un ángel caído, los secretos de Super Mario World y asumir desde la infancia que investigar y curiosear constituyen certezas absolutas, mi sobrina —todavía una promesa abierta a múltiples destinos—, concebir la escritura como creación de un acertijo —casi— divino, el Finnegans Wake, un basset hound que pasea en el cosmos buscando a su padre (nos volveremos a ver), el bicho muerto que me trajo el gato esta mañana, la imagen de aquel vestido azul a la orilla del mar, su cuerpo sobre la arena mientras lee un libro oscuro, treinta mil pesos por un día de trabajo frente a las cámaras, los jabones artesanales, los cuentos de Raymond Carver, las canciones de Franz Ferdinand, los regalos que me traen los cuervos durante el sueño, casi todas las canciones de David Bowie, caminar mucho, caminar todo el tiempo, caminar los senderos inéditos bajo el palio vegetal de los árboles sabiendo que la existencia, bien vista, puede ser esta marcha.

    III. 🥀🔥 ( ゚Д゚)🖤

    El deseo y la pestilencia: el intento de escribir un libro cada año (pura necedad), emancipar la escritura de la burbuja social —imaginada o presente—, el regalo que no sabe a dónde llegará ni cómo tocará al otro, la rabia visceral e infundada, la travesía melancólica por las islas Hébridas en Dear Esther, desplomarse ante la consola de edición tras tres jornadas en vela y saborear el primer trago de una Coca-Cola sin haber dormido durante siglos, creer que dios puede bailar para ti pero nomás juega contigo, la carta del Colgado —y su tragedia, y su maldita resiliencia—, cuando remueves un poco la mierda y ves algo brillante, tener miedo a la muerte, Pervert Pop Song, los espectadores de nuestro verdadero rostro cuando nos empapa el sudor de las bestias, quedar atrapado en un videojuego y clausurar el resto del universo, la invocación de «wanna fuck you like an animal» (NIN), la planeación académica, Juliette y las virtudes del vicio, la condena inevitable de los entornos digitales, pensar en el tiempo que se ha ido (es vertiginoso), la bandada de zanates adueñándose del árbol de la catorce, la veladora enorme de la Virgen adquirida para encender mientras escribo, la lectura de los genitales como un método de adivinación que hacen ciertas brujas, los cuentos de Rubem Fonseca, mis tíos que son como mis hermanos y mi madre —cada vez más extraña—, el reflejo y el contrarreflejo, los enanos de Blanca Nieves, la sonrisa de la mujer que se tomó una foto afuera de la sala de tomografías, la servidumbre de aguardar la validación ajena, los alaridos jariosos de la muchacha en Acapulco mientras yo fumaba en el balcón y pensaba recoger un cheque al día siguiente, el canto de las sirenas según Christopher Nolan, las cabecitas de hule de los He-Manes, tu larga melena y la sombra que hacía —un péndulo preciso, tú me dijiste: «mira, ¿ya lo viste? mejor tómale una foto a eso»—.

    La bendición del día

    Que cuando los fantasmas de la enfermedad, el cansancio o la incertidumbre se amontonen en el horizonte, tengas la fortaleza para mirar de frente el mapa de lo indeseable sin permitir que te arrebate la paz.

    Que encuentres en los detalles sagrados de la rutina —el primer trago de café, la compañía silenciosa de un gato o un paseo bajo las nubes naranjas del atardecer— el ancla necesaria para festejar tu compromiso con el gozo.

    Que no te falte nunca la curiosidad para resolver los acertijos cotidianos, la valentía para defender tu voz frente al ruido de los demás y la libertad para reconciliarte con el deseo, con el tiempo que se va y con la belleza involuntaria de los instantes que te rodean.

  • 4:21 PM

    4:21 PM

    En la entrada de hoy abro procesando la gravedad ética del trabajo de las madres buscadoras en Chalco, reflexionando sobre la responsabilidad de escuchar el dolor ajeno y el pacto con el gozo y la vida tras haber sobrevivido al cáncer.

    De ahí paso a la intimidad del encierro doméstico, acumulando kilómetros al caminar por la casa mientras leo Finnegans Wake y Dungeon Crawler Carl, añorando la escenografía del aula y la liminalidad de mis alumnos mientras reconozco la trampa de no haber descansado antes de la maestría.

    Cierro celebrando el regreso al humor y a la reescritura de viejos cuentos lúdicos, rescatando la voz propia frente al «secuestro» de influencias como Bolaño o Cortázar y recordando que los chistes estúpidos son un refugio vital para sobrellevar la existencia.

    I. 🕯️📜 ( ˘─˘)っ🖤

    Esta mañana terminé de ver un video de Eva María Beristain sobre madres (familias) buscadoras. Buscan en Chalco, muy cerca de la laguna. Usan picos para ablandar la tierra y encontrar los huesos; aran, remueven el lodo para que los muertos puedan ser encontrados y descansar. Madres que navegan un ciclo antinatural, terrible.

    Pienso que este tema debe tener sus matices en la capital (los grupos criminales de Tláhuac), a diferencia de estados (Sonora y Guadalajara, y más, muchos más lugares), y que para unificarlo y entender estas diferencias habría que hacer una investigación monumental, trabada por todas partes. Sería revelador, a su vez, encontrar los puntos en común ocultos por el sufrimiento y la muerte. Pobre de la gente que lo intente, y benditos sean. Eso pensaba mientras veía el video. Trabajarlo debe ser sumamente doloroso y cansado, pero también es una oportunidad para quienes tienen cuerpos jóvenes y ganas de entender un poco la oscuridad que rodea a nuestra sociedad.

    Escucho habitualmente de este tema porque suelo trabajar en una universidad jesuita y los temas de humanidades y de derechos suelen orbitar sobre estas dolencias (entre otras cosas). Algunas veces, cuando la vida no está sobre mí, me detengo a escuchar. Aunque hice mi propio compromiso con la vida, el juego y el placer, desde que sobreviví al cáncer, también me comprometo con la vida al escuchar sobre los muertos y la tragedia de los otros. Tiene importancia escuchar, en silencio, mientras te conviertes en el receptor del otro, y abrazas su tristeza.

    Recuerdo que incluso cometí el error, alguna vez, de expresar uno de esos piensos funables —por cuestiones de lenguaje— en una tesina que trataba sobre el tema. En aquel momento me callé, asimilé la corrección y pensé en ello. Todavía lo pienso. Es un tema que sobrellevamos en México, como un animal muerto sobre los hombros, así como durante Calderón sobrellevamos la guerra del narco.

    Esta violencia es una consecuencia de un berrinche que los poderosos empezaron hace décadas.

    II. 🚶‍♂️📚 ( ゚Д゚)🧙‍♂️

    He caminado poco estos días. Menos de la mitad de mis pasos habituales. Como no he tenido trabajo docente, la mayor parte de mi labor ha sido remota y, para caminar, lo hago dentro de mi casa, mientras sostengo un libro en la mano. He caminado muchos kilómetros leyendo Finnegans Wake y Dungeon Crawler Carl. Extraño los pasillos, las caminatas, la coreografía de dar clases, el discurso performático y contarles cosas a los chamacos… perdón, a los jóvenes. Mientras estudiaba psicología me tocó ver cómo el concepto de niñez y juventud está cambiando, las edades parecen extenderse, y sospecho que mis alumnos están en ese espacio liminal entre dejar de ser niños y ser adultos; especialmente los míos, porque le doy clases a primeros semestres.

    Extraño, pues, de algún modo, mi persona docente.

    Estaba pensando abrir un taller de literatura breve enfocada en Bestiarios, pero eventualmente me convencí de que necesitaba el descanso y preferí no hacerlo. Siempre estoy haciendo cosas porque siento que el tiempo es breve y, si al menos no estoy planeando algo —urdiendo como un mago enloquecido encerrado en su laboratorio de artilugios arcanos—, me siento un inútil. Estos meses abracé la idea de ser un desobligado. Regresando del verano, después de todo, empezaré a estudiar una maestría y, aunque me había hecho a la idea de descansar un año y no ser yo el estudiante, eventualmente caí en mi propia trampa y acepté la oportunidad que la vida me puso enfrente.

    III. ✍️💀 ( ゚Д゚)✨

    Hace unos días trabajé unos viejos cuentos que tenía publicados en mi blog. Eran cuentos principalmente lúdicos, desmadrosos. Pueden leerse en la sección de Cuentos; son tres: Cadena de favores, La rata que se inventó mi mamá y Diario de un hombre aburrido que mira una vaca.

    Esta semana empecé a escribir un cuento sobre un personaje que quiere joderse a un caballero esquelético (pun intended) y creo que pude invocar la misma voz que tenía cuando escribí La feria del cerdo (y que comenzó, hace algunos años, con Lotófago). Parte del trabajo es recuperar el humor, porque me gustan mis chistes estúpidos y se necesitan para sobrellevar la vida. Para la maestría, he tratado estos días con la lectura de textos que hablan sobre la voz narrativa, la escritura con intenciones y el separarnos de quienes admiramos (por ejemplo, leer a Bolaño y a Cortázar pienso que es como un secuestro: en mi caso, solamente pensaba en su cadencia, en su ritmo, en sus misterios y revelaciones, y luego los descubres tomando tu manita para escribirse mal, manchados con tu propia voz) y entender la voz propia.

    Sé que cuando escribí los cuentos de La feria del cerdo finalmente pude entender mejor mi propia voz —quizás fue porque la dejé libre, sin pretensiones—, y ello me permitió ver el resultado de años de lectura y de confrontar mis necesidades dentro de la ficción. Sin embargo, aun cuando estoy ahí, en ese proceso de entender mi propia voz, asumirla y seguir con el reto se vuelve difícil. Un reto complicadísimo.

    Sin embargo, estas pequeñas victorias de encontrarse en ese territorio son satisfactorias.

    La bendición del día

    Que cuando la realidad te encare con la sombra y la herida del otro, conserves la templanza para escuchar en silencio y acoger el dolor ajeno, sin romper jamás tu pacto con la vida, el juego y el placer.

    Que en los días de caminata doméstica y pausa obligada encuentres consuelo en tus lecturas, perdonándote el descanso y dándole un respiro al mago enloquecido que insiste en maquinar proyectos a cada instante.

    Y que, finalmente, al sentarte a escribir o crear, logres sacudirte la sombra de tus gigantes, te rías sin culpa de tus propios chistes estúpidos y celebres con gozo la victoria de habitar y defender tu propia voz.