Hay días en los que la tiranía del optimismo obligatorio resulta simplemente insoportable.
Esta entrada nace de la resistencia, del derecho legítimo a mirar el inventario de nuestras averías biológicas, financieras y afectivas, y pronunciar en voz alta un poquito de odio y resentimiento.
Un mapa de un tipo cualquiera que, entre cenizas volcánicas, deudas como hidras y clanes ausentes, descubre que la verdadera aceptación no consiste en reparar el mundo, sino en habitar la propia realidad con una compasión feroz y despojada de toda épica.
- En uno de mis diarios anoté: «Odio mi vida». Sentía cierta renuencia por asentarlo, pero también la apremiante necesidad de hacerlo. Después de todo, ¿por qué no habría de odiarla? Parece un tabú el mero hecho de repudiar la propia existencia, sobre todo porque nos han inoculado hasta el tuétano la cultura del agradecimiento. Pero ¿qué se supone que debo agradecer? Estudiar siempre fue un desmadre; mis primeras decisiones de vida no llevaron a ningún lado —nunca abrí mi primera productora o acaso intenté seguir en el negocio familiar—; soy un paria para las familias que me dieron sus apellidos, ninguno de ellos me habla o me quiere, y me da una pereza monumental hacer el intento porque solo consiguen hacerme sentir estúpido e incómodo; me he enfermado de todo: vesícula, cáncer, diabetes; murió Nico, mi mejor amiga perruna; y mis finanzas son una hidra de siete cabezas donde una deuda, de repente, engendra otra que me acechará hasta el final de los tiempos. 🖤🩹🐉🐾
- Viéndolo así, tengo un puñado de cosas muy razonables por las cuales debería odiar mi vida.
- Después pienso como si la esposa de Job, o la de Mendel Singer, me reclamaran desde su tragedia: «¿Por qué eres tan insensato y sigues montado en el tren de sentirte afortunado por estar vivo? Sigue en tu necedad y regodéate en tu contento». Pero, señora Déborah, perdóneme, es que tengo de comer todos los días y cuento con suficientes pastillas para cerrar el año. Mi pareja me ama, tengo dos gatos cariñosos y algunos de mis alumnos piensan que soy como su papá. Tengo un grupo de amigos con los que juego todos los fines de semana. Obviamente, como sobreviví al cáncer, se supone que debo sentirme profundamente agradecido por estar aquí y dar gracias por todo lo que venga. Si no amo mi vida, al menos me doy cuenta de que es amable. Todos los días despierto, miro al sol, escucho a los pajaritos cantar y me digo: «Ah, qué bueno poder respirar este aire lleno de cenizas del Popo». Nombre, buenísimo que la libré; me da grandes oportunidades para seguir persiguiendo la chuleta, cuidarme la diabetes y pensar en el pachangón loco que es mi vida.
- Algunos ven el odio como un «área de oportunidad». Dolores y necesidades. Ajá. «Qué odias, cuéntame, y qué podemos cambiar para que te odies menos». Pero, al menos en mi caso, no se trata de cambiar algo, sino simplemente de reconocer el entorno. ¿Por qué tendría que cambiar algo si todo el tiempo estoy haciendo cosas? O escribo, o estudio, o leo algo nuevo y maravilloso. Quizás debo reconocer, primero, que me hace falta ser un poco más compasivo conmigo mismo. Ninguna de las taras que listé en el primer párrafo es tan terrible; algunas tienen solución y cuestan trabajo, pero viéndolo a la distancia, y siendo un poquito pragmáticos —y otra vez compasivos—, he conseguido más de lo que me propuse: por ejemplo, arreglé lo de mi historial académico y diseñé planes de contingencia por si algún día faltan las medicinas. Aunque mi familia me haya abandonado, mi esposa está conmigo, tengo grandes amigos y trabajo (cuando tienen clases para mí) en un lugar que prioriza el sentido de comunidad sobre todas las cosas. Es una verdad absoluta cuando digo que sin las personas de mi vida hoy no estaría vivo. Una de las ideas constantes, y que me da un consuelo inmenso, es recordar que sigo aquí, a pesar de mí mismo. 🤝(  ̄ー ̄)🤝
- Carl Jung, quien es uno de los mentores de esta etapa de mi vida, sugiere que debemos aprender a vivir, y convivir, con nuestra sombra. Yo no entendía muy bien cuál era la mía. Quizás el día de hoy pude verla de frente: «odio mi vida». En vez de caer en la renuencia e ignorar su presencia, preferí anotarlo en el diario y aceptarlo. Aceptación significa que no debo arreglar nada; mañana no me voy a levantar a pensar: «Ah, ya, debería platicar todos los días con los tíos y tener una familia otra vez». Aceptación es entender que la supervivencia no me condena a estar siempre agradecido con lo que tengo, o con el tiempo extra que estoy viviendo. Aceptación es verse como este tipo cualquiera que solamente está aquí, como todos los demás, existiendo. Nomás es darse cuenta: hago lo mejor posible con todo lo que tengo. Y unos días, obligadamente, serán odiosos, mientras que otros serán sumamente amables; la mayoría de ellos, sin embargo, serán simplemente días que corren. Y nada más. 👤📖⏳🍃
- Cosas que llenan el espíritu de una extraña elegancia: saberse un paria en ciertos salones y, sin embargo, sonreír con absoluta templanza; contar las pastillas exactas para cerrar el año como quien cuenta las cuentas de un collar precioso; tener un inventario de deudas que parece infinito y, a pesar de todo, sentarse a jugar con la certeza de que el juego es lo único serio; verse al espejo y reconocer, sin épica ni drama, que uno sigue aquí, existiendo a pesar de sí mismo.
La bendición del día: que te sea concedida la absoluta libertad de mandar al carajo el pagaré de la gratitud perpetua.
Que en las jornadas grises no sientas la urgencia neurótica de «repararte» ni de buscar áreas de oportunidad en tu dolor, sino simplemente la templanza de reconocer tu entorno y dejar correr el tiempo.
Que tu red afectiva —tu pareja, tus guardianes felinos, tus alumnos que te ven como un faro y tu sagrada tribu de juego de los fines de semana— sea el salvavidas inquebrantable que te mantenga a flote.
Y que al cerrar los ojos, cuando el ruido del día se apague, encuentres el consuelo más puro, pragmático y glorioso de todos: la certeza absoluta de saber que, a pesar de ti mismo, sigues aquí.
Y nada más.
Buen camino. 💊🐈🌋🎲






