Autor: arbolfest

  • 10:51 AM

    10:51 AM

    Hay días en los que la tiranía del optimismo obligatorio resulta simplemente insoportable.

    Esta entrada nace de la resistencia, del derecho legítimo a mirar el inventario de nuestras averías biológicas, financieras y afectivas, y pronunciar en voz alta un poquito de odio y resentimiento.

    Un mapa de un tipo cualquiera que, entre cenizas volcánicas, deudas como hidras y clanes ausentes, descubre que la verdadera aceptación no consiste en reparar el mundo, sino en habitar la propia realidad con una compasión feroz y despojada de toda épica.

    • En uno de mis diarios anoté: «Odio mi vida». Sentía cierta renuencia por asentarlo, pero también la apremiante necesidad de hacerlo. Después de todo, ¿por qué no habría de odiarla? Parece un tabú el mero hecho de repudiar la propia existencia, sobre todo porque nos han inoculado hasta el tuétano la cultura del agradecimiento. Pero ¿qué se supone que debo agradecer? Estudiar siempre fue un desmadre; mis primeras decisiones de vida no llevaron a ningún lado —nunca abrí mi primera productora o acaso intenté seguir en el negocio familiar—; soy un paria para las familias que me dieron sus apellidos, ninguno de ellos me habla o me quiere, y me da una pereza monumental hacer el intento porque solo consiguen hacerme sentir estúpido e incómodo; me he enfermado de todo: vesícula, cáncer, diabetes; murió Nico, mi mejor amiga perruna; y mis finanzas son una hidra de siete cabezas donde una deuda, de repente, engendra otra que me acechará hasta el final de los tiempos. 🖤🩹🐉🐾
    • Viéndolo así, tengo un puñado de cosas muy razonables por las cuales debería odiar mi vida.
    • Después pienso como si la esposa de Job, o la de Mendel Singer, me reclamaran desde su tragedia: «¿Por qué eres tan insensato y sigues montado en el tren de sentirte afortunado por estar vivo? Sigue en tu necedad y regodéate en tu contento». Pero, señora Déborah, perdóneme, es que tengo de comer todos los días y cuento con suficientes pastillas para cerrar el año. Mi pareja me ama, tengo dos gatos cariñosos y algunos de mis alumnos piensan que soy como su papá. Tengo un grupo de amigos con los que juego todos los fines de semana. Obviamente, como sobreviví al cáncer, se supone que debo sentirme profundamente agradecido por estar aquí y dar gracias por todo lo que venga. Si no amo mi vida, al menos me doy cuenta de que es amable. Todos los días despierto, miro al sol, escucho a los pajaritos cantar y me digo: «Ah, qué bueno poder respirar este aire lleno de cenizas del Popo». Nombre, buenísimo que la libré; me da grandes oportunidades para seguir persiguiendo la chuleta, cuidarme la diabetes y pensar en el pachangón loco que es mi vida.
    • Algunos ven el odio como un «área de oportunidad». Dolores y necesidades. Ajá. «Qué odias, cuéntame, y qué podemos cambiar para que te odies menos». Pero, al menos en mi caso, no se trata de cambiar algo, sino simplemente de reconocer el entorno. ¿Por qué tendría que cambiar algo si todo el tiempo estoy haciendo cosas? O escribo, o estudio, o leo algo nuevo y maravilloso. Quizás debo reconocer, primero, que me hace falta ser un poco más compasivo conmigo mismo. Ninguna de las taras que listé en el primer párrafo es tan terrible; algunas tienen solución y cuestan trabajo, pero viéndolo a la distancia, y siendo un poquito pragmáticos —y otra vez compasivos—, he conseguido más de lo que me propuse: por ejemplo, arreglé lo de mi historial académico y diseñé planes de contingencia por si algún día faltan las medicinas. Aunque mi familia me haya abandonado, mi esposa está conmigo, tengo grandes amigos y trabajo (cuando tienen clases para mí) en un lugar que prioriza el sentido de comunidad sobre todas las cosas. Es una verdad absoluta cuando digo que sin las personas de mi vida hoy no estaría vivo. Una de las ideas constantes, y que me da un consuelo inmenso, es recordar que sigo aquí, a pesar de mí mismo. 🤝(  ̄ー ̄)🤝
    • Carl Jung, quien es uno de los mentores de esta etapa de mi vida, sugiere que debemos aprender a vivir, y convivir, con nuestra sombra. Yo no entendía muy bien cuál era la mía. Quizás el día de hoy pude verla de frente: «odio mi vida». En vez de caer en la renuencia e ignorar su presencia, preferí anotarlo en el diario y aceptarlo. Aceptación significa que no debo arreglar nada; mañana no me voy a levantar a pensar: «Ah, ya, debería platicar todos los días con los tíos y tener una familia otra vez». Aceptación es entender que la supervivencia no me condena a estar siempre agradecido con lo que tengo, o con el tiempo extra que estoy viviendo. Aceptación es verse como este tipo cualquiera que solamente está aquí, como todos los demás, existiendo. Nomás es darse cuenta: hago lo mejor posible con todo lo que tengo. Y unos días, obligadamente, serán odiosos, mientras que otros serán sumamente amables; la mayoría de ellos, sin embargo, serán simplemente días que corren. Y nada más. 👤📖⏳🍃
    • Cosas que llenan el espíritu de una extraña elegancia: saberse un paria en ciertos salones y, sin embargo, sonreír con absoluta templanza; contar las pastillas exactas para cerrar el año como quien cuenta las cuentas de un collar precioso; tener un inventario de deudas que parece infinito y, a pesar de todo, sentarse a jugar con la certeza de que el juego es lo único serio; verse al espejo y reconocer, sin épica ni drama, que uno sigue aquí, existiendo a pesar de sí mismo.

    La bendición del día: que te sea concedida la absoluta libertad de mandar al carajo el pagaré de la gratitud perpetua.

    Que en las jornadas grises no sientas la urgencia neurótica de «repararte» ni de buscar áreas de oportunidad en tu dolor, sino simplemente la templanza de reconocer tu entorno y dejar correr el tiempo.

    Que tu red afectiva —tu pareja, tus guardianes felinos, tus alumnos que te ven como un faro y tu sagrada tribu de juego de los fines de semana— sea el salvavidas inquebrantable que te mantenga a flote.

    Y que al cerrar los ojos, cuando el ruido del día se apague, encuentres el consuelo más puro, pragmático y glorioso de todos: la certeza absoluta de saber que, a pesar de ti mismo, sigues aquí.

    Y nada más.

    Buen camino. 💊🐈🌋🎲

  • 12:31 PM

    12:31 PM

    El despertar de hoy convoca a los viejos fantasmas de plástico y neón que gobernaron la alfombra de nuestra infancia.

    Es una jornada para sacudirse la solemnidad de la vida adulta, revisar la arqueología de nuestro espacio de juego y entender cómo un puñado de vatos locos en una corporación tropezaron, por pura intuición, con las fibras del mito.

    Alza los brazos, reclama tu reino y disponte a descifrar los extraños mensajes y las pulsiones ocultas que nos heredó Eternia. 🌅⚔️

    • Anoche vimos He-Man, una de las grandes películas esperadas por los morros de mi generación. He-Man es un producto que surgió a través de la intuición: un montón de vatos locos, queriendo ganar mucho dinero en Mattel, se pusieron a pensar y probar maneras. El diseñador, inspirado por las historias pulp de su infancia (como Conan de Cimeria), dibujó a un bárbaro con una espada muy enorme. Después, un montón de adultos-niño hicieron el kitbashing: construyeron un prototipo usando muñecos de soldaditos y otros juguetes; los rompieron y transformaron sus partes en el primer He-Man (el mono real que en la película vemos sosteniendo la espada). De ahí llegaron a una serie de estudios psicológicos sobre la infancia. ¿Cómo podemos manipular la imaginación infantil? ¿Cómo podemos dominar su espacio de juego? (Quizás debería corregirme, porque esto no solo funcionaba con niños; también las niñas tomaban los juguetes de He-Man y se emocionaban tanto como cualquier mocoso). Descubrieron un acto muy sencillo: cuando He-Man levanta su espada y pronuncia «Yo tengo el poder», esto parece transferirse al individuo que lo juega. El niño no tenía un simple juguete, le dieron la agencia: un control metafísico sobre su vida y su destino. Un acto sencillísimo enciende tantas cosas en los cerebros infantiles que parece que le dieron a un clavo ardiente. He-Man vendió millones. _〆(  ̄ー ̄) ⚔️🤖
    • He-Man dominó mi espacio de juego y mi imaginación durante años. Es verdad que la mutación de ese tipo rubio y dócil que de pronto se transformaba en un portento bronceado y mamado ejercía su fascinación, como en cualquiera. Sin embargo, mi verdadero idilio era con los mutantes, los monstruos y la periferia de héroes bizarros. Mis predilectos eran Skeletor, Ram-Man —con sus resortes en las piernas listos para hacerlo volar—, Man-E-Faces y sus tres rostros alternables, o Buzz-Off, el hombre abeja cuyo nombre se me escapaba de la memoria. Man-at-Arms me atraía por otros motivos: no poseía atributos fantásticos, pero lucía como un proto-marino espacial y, a la vez, cargaba con un aura paterna de la que ya hablaremos luego. Lo que verdaderamente me volaba la cabeza eran esas anomalías biomecánicas; combinaciones de tecnología y biología que los diseñadores usaban como perfecta excusa para experimentar con mecánicas interactivas: figuras que expelían baba, plástico moldeado para estirarse al límite o trucos ópticos para cambiar de facciones en un segundo. ⚙️[◣_◢]🦾
    • El fenómeno de He-Man es una anomalía fascinante porque su mitología se fraguó en sincronía con la televisión. Aquella serie animada fue, a su manera, un milagro de la censura: breves ficciones en una tierra mítica llamada Eternia que dosificaban la acción mediante una violencia esterilizada. Sin una gota de sangre o bajas mortales, el espectáculo se reducía a madrizas encarnizadas que siempre concluían con un bálsamo didáctico. El héroe de la jornada se tomaba el minuto final para exhortar a su audiencia a ser compasiva con el prójimo. El contraste es brutal si se analiza con distancia: esa pantalla configuró la educación sentimental de la infancia norteamericana que hoy alimenta las filas del neofascismo y el supremacismo más descarado. Ya no hay disimulo. Acaso el discurso de Mattel, tras su fachada de civismo, inoculaba una pulsión latente: alza el acero, conviértete en el ubermensch y reclama el dominio sobre la alteridad, sobre los monstruos, los verdes, los azules, los pálidos y los negros; somete a cualquiera que codicie el conocimiento. Sería ingenuo culpar a un dibujo animado de la deriva de un imperio, pero la película, revisitada a la distancia, se lee casi como un síntoma de culpa corporativa: un tibio intento de expiación por haberle enseñado a millones de niños que los rubios bronceados están destinados a gobernar el mundo.
    • Ahora sí, entremos de lleno a la película. El guion opera bajo una constante necesidad de disculpa: ironiza sobre los nombres ridículos de las figuras y se escuda en el hecho de que fueron concebidos por mentes infantiles. Se trata de una apología tímida, por momentos contradictoria, sobre la madurez y los refugios que hallamos en el escapismo, la fantasía y el espacio de juego. Acaso el largometraje intente redimir a aquellos niños que jamás abandonaron Eternia, instándolos de forma amable no solo a desmarcarse del neofascismo —un subtexto que la marca despertó casi sin querer—, sino a convertirse en proveedores sensatos, ciudadanos empáticos y, en última instancia, mejores productos para el engranaje social. En algún punto, la cinta nos invita a guardar los juguetes y asumir la adultez, recordándonos que el destino colectivo no tendría que ser la barbarie nazi, sino «otra cosa». Son señales cruzadas y muy extrañas. Cualquiera saltaría con el clásico: «Tranquilo, viejo, es solo una película de He-Man»; sin embargo, conviene no olvidar la frialdad de los focus groups de los ochenta, donde se descifró con precisión científica cómo moldear la psique infantil a través de la ilusión del control. Por eso la película, incluso desde la comedia meta, asume el peligro latente al reactivar su viejo mantra: «Yo tengo el poder». 🪓💼📺🧠
    • De hecho, hay una famosa charla TED que lo explica a nivel científico. Si uno, como espécimen humano, acepta convertirse en un mandril durante un par de minutos —por ejemplo, alzando los brazos al cielo y exclamando «¡Yo tengo el poder!»—, el truco se consuma: engañas a tu propio sistema nervioso haciéndole creer que posees una seguridad que en realidad te falta. Es un cortocircuito conductual operado desde los mecanismos más elementales; un empoderamiento primordial, biológico, rupestre y gloriosamente burdo. ヽ( 💥∀💥)ノ
    • Sea como sea, la película me resultó muy disfrutable. Más allá de que sus subtextos ideológicos me la pasen un poco a pellizcar por el simple hecho de ser mexicano —allá ellos con su soul searching imperial; ojalá algún día comprendan por qué el resto del mundo no siempre los mira con buenos ojos— y de que mi villano predilecto sea Skeletor (lo cual seguro diagnostica algo de mi psique), la construcción de mundo es fabulosa. El diseño de escenarios, la paleta cromática y esos cielos que transmutan en deidades griegas o nórdicas son un agasajo visual. El entorno de la cinta es un homenaje al simulacro idílico que guardamos de ellos: un estallido de púrpuras y rosas intensos extraídos de la portada de un Trapper Keeper. La banda sonora se sube a este consumo frenético de la nostalgia transgeneracional, rematando con un remix metalero del tema principal que eleva a He-Man al panteón de los héroes hipermusculosos, sabrosos y de una masculinidad de fantasía heroica al estilo de Conan de Cimeria. El reparto de Eternia está a la altura: Skeletor es un deleite —portando un traje en el mundo real sin perder un ápice de su malicia carismática—, Evil-Lyn luce espectacular y Teela sostiene muy bien su peso. Mención aparte merece Man-at-Arms, interpretado por Idris Elba, erigido aquí como el padre idealizado que todos habríamos querido al lado: esa figura protectora e instructora que suple la ausencia de los progenitores biológicos, casi siempre inflexibles, distantes y duros. Incluso las rarezas mutantes más extremas, como Trap Jaw o Mekaneck, consiguen una adaptación asombrosamente orgánica, maravillosa y fiel a su naturaleza plástica. 🤘💀🤘
    • Sin embargo, veo difícil que He-Man trascienda hoy como algo más que un dispositivo para revivir nostalgias ajenas. No imagino a un niño moderno devorando esto por voluntad propia; si acaso lo hace, es porque su padre lo condena a sentarse a su lado a atestiguar el doloroso y divertidísimo repertorio de chistes de Fisto —repartiendo fisting a diestra y siniestra— antes de rematar ordenándole a Ram-Man un involuntario: «dale cabecita a ese otro» (give him head). Ram-Man, en respuesta, tuerce los ojos en un mudo «ora, no me alburees», mientras uno, desde el sillón, se desvive por aclararle el panorama: «Pero si a eso han jugado toda la película, hombre». La carga homoerótica es descomunal: una pasarela de hombres maravillosos intercambiando miradas, preguntándose de soslayo si sus dobles sentidos no delatan otra pulsión y si Eternia no debería ser, en el fondo, la sala del orgasmastrón o el mismísimo edificio del 41, con Skeletor oficiando como el gran maestro de ceremonias que los guíe a todos hacia ese espacio bendito y libre de carencias. Más allá de los chistes libidinosos y las apologías, de su extraña relación con ideologías gringas y cómo intenta abordarlas, la cinta cumple: es una experiencia lúdica, humorística y sumamente consciente de su propia ridiculez, diseñada para sostener un guiño cómplice con su único público real: esos señores que habitamos el espacio de juego durante décadas y que hoy, con la cartera de un adulto, compramos todos los juguetes que desde la infancia se convirtieron en tentación y deseo.

    La bendición del día: que frente a los monstruos cotidianos, los pendientes duros y la hostilidad del entorno, tu sistema nervioso encuentre el cortocircuito primordial de un mandril para alzar las manos, proclamar al cielo «¡Yo tengo el poder!» y salir a devorarte el mundo con absoluta confianza.

    Que te sea concedida la holgura financiera para rescatar del olvido los juguetes que tu infancia dejó pendientes, y que tu destino camine siempre muy lejos de la barbarie y muy cerca de ese espacio bendito, lúdico y sabroso que tanto nos merecemos.

    ¡Por el poder de Grayskull y buen camino! 🏰🤖玩具

    玩具: son los caracteres chinos (kanji/hanzi) para “juguete” (wánjù). Es el recordatorio definitivo de que, detrás de todo este sesudo tratado geopolítico, psicosexual e ideológico sobre el ubermensch y el destino manifiesto, la raíz de todo siguen siendo esos benditos monos de plástico que hoy compramos de adultos.

  • 8:53 AM

    8:53 AM

    El despertar de hoy posee el pulso vibrante de quien habita varias dimensiones a la vez: el peso de los años que nos obsequia una dulce templanza y, en secreto, ese fuego indómito que se niega a claudicar ante la rutina.

    Es una jornada para abrazar nuestras contradicciones más profundas con una sonrisa cómplice, entendiendo que la madurez nunca fue sinónimo de solemnidad, sino el arte de saber mirar el mundo con una curiosidad insaciable.

    Dispongamos el espíritu para un viaje donde la alta literatura y los impulsos más humanos colisionan en un solo destello de vitalidad. 🌅✨

    • La mitad de tus cuarentas y sigues pensando en coger. Piensas en coger todo el día. Muchachito, seriedad: chiflando y aplaudiendo. Pero ¿qué edad tiene?, ¿no es usted un hombre respetable? Coger aquí, coger allá. Lo más fácil es pensar en la cama, o quizás en la ducha, o en la oficina (con sus respectivas notas contradictorias sobre el empoderamiento y el profesionalismo). Coger en ese callejón, en ese jardín, contra ese muro empedrado, en el baldío, en la cima del Popocatépetl o en las calles de la CDMX nomás para que te cachen las cámaras del C5. Es que de plano te levantaste así, con ganas de taladrar un muro —como si así de gorda se pusiera—. Te preguntas si algún día esto acabará y recuerdas ese chiste del funadísimo, para siempre acabado, de Louis CK: «No, solo se pone peor». Cuando era joven, en los blogs hablábamos de coger todo el perro día. Luego nos aventamos las indirectas en Twitter, por ejemplo, este tuitazo: «Jaja, mira mis calcetines. Eso, bájese por los chescos». Finísimo, originalísimo. Supones que ahora los muchachitos vibran la cogedera en TikTok. Yo ya ni entro a X porque la cronología más básica del cuarentón está llena de porno, furros, muñecas de látex, shibari, twinks y hentai; uno no puede vivir así. Debería darles mis datos de una vez para que me pongan otra cosa.
    • Venga, ya pues. Subámosle un poquito el nivel, sofistiquemos este asunto. Imaginemos el título para un volumen de ensayos: La virtualidad para el proceso de coger. De inmediato salta una interrogante teórica: «¿En qué páginas de ciertos libros se coge delicioso?». O tal vez uno se pondría a investigar los avatares del deseo. Inicia la disposición para trabajar un buen inventario, así como Barthes lo hizo alguna vez, pero vence la desidia. Porque el deseo está ahí, intacto, pero lo acompaña una flojera monumental de solo anticipar el despliegue físico: el movimiento del cuerpo, el sudor, la fricción de la piel y el letargo inevitable que sucede a un venidón memorable. Me gustaría decretar que de eso se tratan los cuarenta: concebir el proceso en la mente se vuelve una experiencia más estética y disfrutable que salir corriendo a capitular ante el instinto. Quizás; la verdad es que no estoy tan seguro. Si fuera un chavo, ya estaría allá afuera sobre mi patineta, run, run, run, persiguiendo el pan dulce del día: una donita, una conchita, un niño envuelto o un ojo de buey bien apretadito. Pero detengamos el carro. Seriedad. La existencia no puede consagrarse a coger todo el perro día; ni que fuera uno Juan García Ponce.
    • Toda esta diatriba, quizás, fue porque leí una novela sobre la Segunda Guerra Mundial cuyo héroe es un agente secreto y, a la vez, hombre lobo. El volumen esconde un pasaje perturbador: Michael, olvidándose de su mitad humana a causa de una herida de bala en la cabeza, está a punto de montar a una loba real. El encuentro me despertó una angustia casi biológica: ¿cuáles serían las repercusiones de un licántropo preñando a una fiera del bosque? Qué susto, qué aberración. El autor prefirió dar un paso atrás y apenas entornó la puerta, aunque sospecho que la literatura actual de alfas, omegas y demás vertientes de internet ya tienen una buena idea de lo que puede suceder; quizá en las secuelas lo averigüe. En paralelo avanzo con el Finnegans Wake, donde la tensión es similar: un perpetuo manoseo de pistolas en el que los personajes se miran, se hablan, se ríen y se penetran a través del juego verbal que siempre está refiriendo a lo físico. Joyce siempre estaba cachondo. Me gustaría pensar que esa misma pulsión reverbera en el Diccionario jázaro con la irrupción de Lilith y su amor por Cohen, o en el tránsito onírico de la princesa Ateh, cuyo viaje recuerda al pasillo de las puertas infinitas que recorre Aureliano Buendía cuando está a punto de morir. Al cabo, la cartografía del sueño no es otra cosa que un avatar definitivo del impulso erótico: la vida en su intento desesperado por desbordarse.
    • De las cosas que urden el sutil desborde del deseo y la fatiga a mitad de la vida: el tropel de una mente que insiste en la cogedera, desafiando el decoro y la seriedad de los cuarenta entre los pendientes de la oficina y el alcance vigilante de las cámaras del C5; la flojera monumental que rinde al cuerpo ante la sola anticipación del sudor y la piel rozada, prefiriendo el lujo estético de concebir el trance en la mente antes que salir corriendo a ejecutarlo, mientras se evoca la ligereza de andar en patineta persiguiendo el pan; la angustia biológica que infecta una novela de guerra cuando el agente lobo olvida su mitad humana y se dispone a montar a una fiera en la nieve; el perpetuo manoseo de pistolas verbales de un Joyce —en eterno celo— cuyo lenguaje se mira, se ríe y se penetra a sí mismo; y el largo viaje onírico de una princesa jázara por un pasillo de alcobas infinitas que colinda con Macondo, donde el sueño no es otra cosa que un avatar de la vida desbordada. 🐺🛏️📜🌌

    La bendición del día: que este día te trate con la generosidad y la ternura de un despertar reciente junto a la persona que deseas.

    Que encuentres el equilibrio entre el reposo merecido del cuerpo y la agitación interna.

    Que tu jornada sea bendecida por pequeños milagros cotidianos: el aroma del café temprano, la dulzura exacta de un pan recién horneado y el hallazgo de un fragmento que parezca lleva tu nombre.

    Que te sea concedido el permiso de habitar tus propios calabozos con absoluta ligereza, libre de juicios y culpas.

    Y que al caer la tarde, cuando el cielo se tiña de tonos anaranjados, descubras que el misterio del mundo sigue intacto y que tu capacidad de soñar es un río que siempre insiste en desbordarse.

    Buen camino. 📜🌾

  • 6:12 PM

    6:12 PM

    El tránsito de hoy es un relato de contrastes; el enfrentamiento de lo mundano con lo estético: desde mi primera compra en Coppel hasta la suspensión lírica de un atardecer bajo el pulso de Bowie.

    Una jornada para sacudirse el cinismo de los consumos modernos, abrazar la memoria del cuerpo y refugiarse en los afectos pequeños, encontrando en la víspera del domingo el impulso exacto para abrir la libreta y volver a jugar con las palabras. 🎪🌅

    • Fui a ver el último capítulo de The Amazing Digital Circus. En realidad quería ver la película de He-Man, pero como solo estaba doblada en español, preferí evitar la distracción de estar pensando si las voces eran las mismas de mi infancia, si las habían cambiado, si ya habían envejecido o cualquier otra taradez. Spoilers pequeños pero obvios de ADC: Jax ahorca a Pomni, le dice que la odia y asume el rol de un Shinji de Evangelion pero en vestidito de sirvienta francesa, mientras Caine materializa un taladro de la nada para alcanzar «la verdad» o «los cielos». Bien pinche obvio, y hasta sabroso. El fandom arde en llamas. No tengo mayores opiniones al respecto; es un producto de su época. Así como yo tuve mis propios mitos fundacionales, esta animación le pegará especialmente a quienes tienen la educación sentimental de una jícama enchilada. No está nada mal para ser una producción independiente; me da esperanzas de que las nuevas animaciones serán mejores. 🎪 🎪 🕳️ 🌶️
    • Me compré unos tenis Ecko Unlimited simplemente porque son enormes, baratos y su suela es cómoda; de hecho, no sabía que existían como marca de calzado. Cuando era un jovenzuelo y mi pie creció a longitudes poco económicas, mi abuela tuvo que abandonar los tenis Canadá, Garcis y Panam para buscarme opciones más amplias; de aquella época recuerdo con particular cariño unos tenis Ewing. Años después, cuando compraba ropa de Ecko en el tianguis, descubrí que era una marca hecha para grandulones, medio vikingos, como yo; de haber sabido que también hacían tenis, los hubiera buscado antes. Maldito sea el día en que pisé una tienda Coppel y cometí el error de subir a su segundo piso; por poco les acepto la tarjeta departamental. Ya veremos si este calzado dura más que los tenis chinos que encargué por Temu. Una vez que cruzas el umbral de Coppel, sospecho, ya no hay vuelta atrás. [ 🦖👟 ]
    • Dos canciones hilan este trayecto: Soul Love de David Bowie y 1979 de The Smashing Pumpkins. Al escucharlas, nos convertimos en ese tipo que baja en patineta por las pendientes empinadas de San Francisco —o quizás de Las Vegas, da igual—. El detalle estético lo gobierna el cielo: unas nubes anaranjadas mientras el sol cae justo a nuestra espalda, tiñendo el asfalto. Avanzamos flotando con esas rolas chiditas, con la mente fija en la promesa de la tarde: el instante en que nos reuniremos con nuestros carnales a beber una cerveza mientras el sol se apaga, comienzan las sombras y nos despojamos, por fin, de todos los pesos cotidianos.
    • Murió el pintor David Hockney. Me eché un clavado por sus obras en Instagram y tanto sus pinturas como sus collages me parecieron maravillosos. En su diario, él apunta que existen dos cosas fundamentales en esta vida: la comida y el amor, otorgándole una simpática prioridad a lo primero. Sin embargo, rescata al segundo como el auténtico detonante para hacer arte. Se me ocurre pensar que es el amor que habita en la cotidianidad, en los actos pequeños e innombrables, en la familia, los amigos y, por supuesto, los amantes. Su lectura me resultó tan inspiradora que busqué de inmediato una libreta y empecé a enlistar los proyectos que quiero desarrollar: más bestiarios, las entradas del blagh y finalmente construir el rumbo de mi última novela.
    • Terminé La gran historia de los videojuegos, de Steven L. Kent. Es un excelente compendio de notas y entrevistas; un trabajo sumamente dedicado que le da forma analítica a uno de los grandes entretenimientos de nuestro tiempo. Sin embargo, debo reiterar mi repulsión ante el chovinismo del autor al referirse a los japoneses; afirma con ligereza que los estadounidenses fueron unos vencedores sumamente generosos tras la Segunda Guerra Mundial. Supongo que, tras soltarles dos bombas atómicas, la «generosidad» consistió en dejarlos con vida. Más allá de ese sesgo asqueroso, el libro es una obra decente que despejó dudas y me permitió estructurar mejor, en mi cabeza, la cronología de las consolas y los diseñadores que han dado forma a una de mis inexorables pasiones. Incluso con sus taras ideológicas, es un volumen muy recomendable. [ 🕹️🎌 ]
    • De ese libro, rescato una linda cita de Shigeru Miyamoto: “Cuando dibujas una risa, tú también tienes que reírte. Cuando dibujas una cara enfadada, tú también tienes que estarlo. El personaje tiene que ser el reflejo de tus emociones. Las emociones y la diversión de un juego no se pueden crear pensando en ganar dinero.”
    • De las cosas que urden el sutil espejismo de los días: el desvío de los mitos infantiles para contemplar un circo digital, y la educación sentimental de unas jícamas enchiladas; el ascenso mitológico al segundo piso de un Coppel que revela la memoria de un pie extendido a longitudes poco económicas, y la suspensión del tiempo en una pendiente urbana donde el sol cae a la espalda, las nubes se vuelven anaranjadas bajo el pulso de Bowie y los fardos de la rutina se disuelven en la promesa de una cerveza compartida. Es el mismo combustible de un pintor que situaba el arte en la escala menor del afecto cotidiano, un resorte lúdico que obliga a abrir una libreta de hojas en blanco para poblar el domingo de bestias fantásticas y recordar, frente al tablero de dibujo y las crónicas de silicio, que toda fábula es vana si el creador olvida reír mientras urde su propio juego.

    La bendición del día: que los desvíos de tu rutina no te resulten un desperdicio, sino la entrada a un espectáculo inesperado.

    Que cuando tus pies pisen los umbrales del consumo masivo, tu mente conserve la ligereza y la memoria de quienes te cuidaron el paso.

    Que el cielo te regale siempre una hora dorada con nubes anaranjadas para disolver los fardos cotidianos, y que la cerveza con los carnales nunca pierda su condición de refugio sagrado.

    Que la partida de los maestros te deje cuadernos llenos y, sobre todo, que jamás olvides reír frente al tablero de dibujo.

    Veámonos pronto. 🎨✨

  • 9:18 AM

    9:18 AM

    El tránsito de hoy examina los hilos invisibles del «modo ficción» y su insistencia en tejer la realidad: desde la brecha geográfica que produce a una niña fantástica, y divina, hasta la arqueología de las bestias rescatadas del olvido.

    Una jornada para sacudirse la hipocondría del aislamiento, celebrar el retorno de la estabilidad compartida y recordar, entre licántropos y revoluciones tridimensionales, que la única regla inquebrantable de la creación es el gozo absoluto del juego. 📝🐺

    • En un diario no importan los inicios perfectos. Al carecer de las exigencias del cuento o la novela, el texto no necesita seducir a nadie. No hay obligación alguna de «enganchar» al lector. No obstante, padezco el vicio del narrador: años de estructurar tramas me obligan a sopesar la primera frase. Titubeo entre la efectividad y el sentido. Me pregunto cuál debería ser mi primera línea, si busco que sea un golpe de efecto o que comunique algo esencial; si ese trazo debe operar como un aviso, una premonición o un comentario sobre el futuro que decido abrazar o negar.
    • El modo ficción altera los mecanismos de mi propia vida: uno le da sentido a lo que no ve, urde patrones para tejer lo invisible y busca respuestas ante lo desconocido. Por ejemplo, tengo noticias de mi hermano: ya soy tío de nuevo (un tipo distinto de tío, aunque mis otros sobrinos opinen lo contrario). Todo lo que gira en torno a esta niña son historias. ¿Nació bien? ¿Cómo se verán sus ojos? ¿Cuáles habrán sido sus primeros ruidos? ¿Será escandalosa y llorona, o simplemente un pájaro silencioso? Construyo las respuestas con los restos de mi experiencia; la esperanza se torna en fabulación. Nuestra relación, a pesar de los kilómetros que la separan de mi corazón, se transforma en una novela donde lanzo preguntas y las ficciones me responden: algunas con un acierto asombroso; otras, con trampas y mentiras. [ 🧵👶 ]
    • La distancia se convierte en una página en blanco donde las ficciones responden con intuiciones que se debaten entre la lucidez y la trampa. Sucede de forma inevitable al mirar hacia atrás, cuando intentamos catalogar los restos de nuestro propio pasado o caemos en la trampa de reescribir los apuntes guardados en el archivo. La memoria no es un testigo fidedigno, sino un narrador que rellena las zonas de sombra con mitologías personales. Creemos recordar con precisión el peso de una crisis o la atmósfera de una habitación desierta, pero la escritura impone su propia lógica, convirtiendo el testimonio en una puesta en escena. El peligro… ¿pero, de verdad, hay peligro? En fin, el peligro no es la mentira, sino la tentación de embellecer el desastre o dotar de un sentido poético a lo que, en su momento, fue caos y azar. Diosita de los azares repentinos, pretende que no escuchaste mi nombre y mira a otra parte.
    • Esta semana, volcamos el espacio creativo en recopilar y transcribir mis antiguas columnas, razón por la cual publiqué menos en el blagh. Ya quedó documentado el bloque entero de bestiarios entre 2017 y 2019 (año más, año menos). Estoy tan satisfecho con el resultado que estoy decidido a reservar los domingos para redactar nuevas entregas que nutran el sitio. Faltan, específicamente, más criaturas fantásticas, mis predilectas; inauguraré el hábito este mismo fin de semana. [ 🗂️✨ ]
    • Desde principios de junio me quedé solo en casa porque Sol viajó a Tabasco a visitar a su madre. La soledad me ha servido para pensar: no solo para avanzar en mis tareas y proyectos, sino, fundamental y verdaderamente… pensar, y pensar, y pensar. Una de mis ficciones recurrentes es creer que soy capaz de auditar mi propio cerebro y entender sus procesos ocultos. Esta mañana, por ejemplo, me pregunté si las semanas de aislamiento no me habrían deslizado hacia la depresión. Una falacia absoluta; formularse esa duda es, de por sí, un síntoma de la hipocondría típica del escritor con imaginación hiperactiva. Es cierto que he caminado menos y he bajado de peso, pero ahora que ella ha vuelto, regresará la necesidad de alimentarnos con más carbohidratos. Reanudaré mis caminatas habituales. La vida recuperará su centro y ciertos procesos volverán a marchar.
    • Casi he terminado dos de mis lecturas: La gran historia de los videojuegos y The Wolf’s Hour. En esta última, Michael y Chezna ya tuvieron uno de esos encuentros jariosos y animalescos: un hombre lobo refocilando con una humana de rizos dorados. Un lujazo. Además, irrumpe un nuevo personaje llamado Kitty, una mestiza de esquimal y noruega, alcohólica, que sobrevivió a un par de tiros en la cabeza y promete ser caótica y divertida; esto mientras Michael tiene sueños extraños con Hitler vistiendo una piel de licántropo. Por el lado de La gran historia de los videojuegos, ya llegamos a la revolución tridimensional de Xbox y PlayStation, con un repaso lleno de afecto hacia Rare y Donkey Kong. La gran enseñanza del libro es que hacer videojuegos debe ser un acto lúdico y divertido. Pienso exactamente lo mismo de la literatura y la escritura: aun si se cuentan cosas tristes, el proceso debe albergar gozo y encargarse de urdir su propio juego de ficciones. No estás invitando, solamente, a una lectura, pero un juego íntimo de imaginaciones y de ficciones. _〆(  ̄ー ̄) 🎮
    • De las cosas que urden un sutil espejismo en los días de reclusión: la vana insistencia en buscar presagios en la primera línea de un cuaderno que no le debe nada a nadie; esa niña lejana que ha nacido, y cuya historia se debate entre la lucidez y la trampa de imaginarla como un pájaro; el inventario de fieras rescatadas del olvido que aguarda el rito dominical de los nuevos mitos; la sospecha falaz del ermitaño que confunde el aislamiento con la melancolía hasta que el retorno del orden promete caminatas y carbohidratos; el deleite impúdico de licántropos que refocilan en la sombra mientras mundos tridimensionales emergen del silicio; y la certeza, oculta en el fondo de un libro aflictivo o un juego de simios, de que toda fábula es vana si el proceso carece de gozo, pues la escritura, a fin de cuentas, no es más que la prolongación de la infancia.

    La bendición del día: que la primera línea de tu cuaderno no te pese como una exigencia, sino que te devuelva la libertad del trazo y revele la entrada al juego.

    Que tu mente sepa distinguir la introspección lúcida de las trampas del encierro, y que el regreso de la rutina te traiga ligereza, pasos firmes y los carbos que restauran y engordan deliciosamente el cuerpo.

    Que encuentres el espécimen fantástico que te falta para completar tu pokédex y que, sin importar la gravedad de lo que cuentes, la escritura te conceda siempre el deleite de la invención.

    Recuerda: aun en las historias tristes, debe haber gozo. Hagamos ficciones. 🕹️✨

  • 4:59 PM

    4:59 PM

    El tránsito de hoy se suspende en el extrañamiento de las horas mudadas: de la Babel cantada de Joyce a la hidra digital que desborda el archivo, cerrando en los confines de un cosmos minimalista.

    Una jornada para descifrar mapas, heredar promesas de fantasía y buscar la tregua exacta en los parajes del silencio. ☕🌌

    • Me preparé un moca para sostener la tarde; soy un niño cuando se trata de los cambios de horario y la adaptación siempre es curiosa. Por la mañana, mientras limpiaban la casa, continué con la lectura de Finnegans Wake. No entendí mucho, así que deposito mi fe en la llave de Campbell. Por momentos percibo el texto como una pintura: una sucesión de cuadros donde nuestro héroe, HCE, se enfrenta a distintos pasajes de la historia. Sin embargo, al cierre del capítulo dos, todo este despliegue visual muta en una canción, acaso para recordarnos su naturaleza de showman. Es, una vez más, Joyce celebrando el vodevil dentro de su propia obra. _〆(  ̄ー ̄) 🎨
    • Agregué más columnas al bestiario, programé la paginación porque algunas secciones ya superan las doce entradas y asigné temas a diversas criaturas. Creo que el archivo mismo es una hidra; está quedando un monstruo cabezón muy agradable. Me estoy mordiendo los dedos para no regresar a reescribir ciertos textos o añadir otros, pero la prioridad es completar el inventario. Primero trazo el mapa del laberinto; después, quién sabe, tocará reinventar la geografía. 🐉 🗂️ 🧩 🗺️
    • Esta mañana continué con el libro sobre la historia de los videojuegos. El desarrollo de Nintendo me resulta inspirador; es un deleite leer su astucia para conducirse en el hostil mundo de los negocios gringos. Pienso que los japoneses necesitaban recuperar el control tras la Segunda Guerra Mundial y lo lograron de forma maravillosa: el medio los reconstruyó culturalmente. Hoy, a escala global, esa misma industria nos reconfigura y nos transforma en otras personas; quizá de maneras menos misteriosas que los libros, pero igual de poderosas. Una de las grandes lecciones del texto es cómo el espíritu de dos culturas edificó este arte multidisciplinario que, finalmente, ahora nos pertenece a todos.
    • Si Virginia Woolf nos recuerda que escribir es un arte económico —practicable por cualquiera con apenas papel y lápiz—, Huizinga propone que el espíritu lúdico es una condición humana universal, un antídoto inmediato contra la inercia y el desencanto que podemos activar en cualquier rincón del día. Ambos autores desarman el mito del acceso restringido a la belleza y al orden: el arte y el juego no pertenecen a las élites ni a los presupuestos millonarios; pertenecen al impulso de quien decide intervenir su entorno. Al cruzar la palabra escrita con la arquitectura interactiva, demostramos que las pantallas y los libros comparten el mismo fuego original: la reconfiguración de nuestra propia soberanía. La vida, pues, es juego. Hagamos juegos.
    • El fin de semana me entregué por completo a la búsqueda del Atlas en No Man’s Sky y logré completar todo el recorrido. En el tramo final, fabriqué la última semilla y la instalé en mi exotraje; ahora cuento con una vida extra y la capacidad de ver los agujeros negros directamente en el mapa. Para distanciarme temporalmente de mi inercia como explorador y catalogador de bestias, me concentré exclusivamente en esta misión, en una jornada que resultó larga y maratónica. Lo que más disfruté de este viaje fue registrar múltiples galaxias y bautizar aquellas que descubrí en total aislamiento. Me he prometido, emulando a Bastian en La historia interminable, regresar más adelante para ponerle nombre a cada criatura, a cada flor y a cada mineral. [ 🌌🦾 ]
    • Mis planetas predilectos son las anomalías: entornos dominados por filtros cromáticos oscuros que reducen la biosfera a su mínima expresión: una sola planta, un mineral y un animal. Operan como glitches texturizados, arquitecturas inacabadas que se presentan como ironías del código o promesas de un bestiario mejor. Parajes ideales para erigir un monumento a la soledad.
    • De las cosas que tienen un encanto secreto cuando el tiempo se altera: un moca espeso para tolerar las horas mudadas; un libro indescifrable que deviene en tonada de vodevil en medio de la limpieza doméstica; el rigor de contener las manos ante una hidra digital que exige sus propias fronteras; el ascenso de un imperio de pantallas que reconfigura las viejas heridas de una guerra; el pacto de bautizar galaxias mudas tras sembrar la última semilla del mapa; y esos parajes mínimos, velados por filtros oscuros, donde un código inacabado nos ofrece el lugar perfecto para erigir un monumento a la soledad. ☕📖🐉🎮🌌

    La bendición del día: que en la alteración del tiempo encuentres el ritmo de una tonada oculta.

    Que poseas la templanza para trazar el laberinto antes de subvertir sus mapas, y el aliento de Bastian para bautizar los vacíos de tu propio camino.

    Y que, ante la anomalía del entorno, sepas hallar en el glitch el refugio perfecto para erigir un monumento a la soledad.

    Recuerda la consigna: la vida es juego. Hagamos juegos. 🕹️✨🗿

  • 6:44 PM

    6:44 PM

    El tránsito de hoy versa sobre la extraña velocidad del silicio, donde una IA levanta en horas el inventario de nuestras bestias, y la lentitud con la que el cuerpo procesa sus batallas.

    💻 🐉 🫀 🌳 _〆(˘ᵕ˘ )

    Entre la fantasía de un imperio juvenil y el peso de un bestiario clínico escrito bajo el asedio de la enfermedad, esta bitácora traza dos coordenadas esenciales: la aceptación de la larga despedida y la pregunta vital: ¿a dónde nos llevará ese sendero bordeado de árboles?

    Por último, el gozo no está en la corrección impecable, sino en el vértigo de arruinar el lenguaje para fundar un espacio laberíntico, rebosante de misterios y revelaciones.

    • La herramienta de IA de Dreamhost (Remixr) aceleró la construcción de un nuevo proyecto literario: el archivo digital de mis columnas en LJA escritas como “bestiarios”. Dedico un par de horas diarias a ajustar el diseño y la lógica del sitio tras bambalinas. La automatización contrae los plazos; una tarea de programación que antes demandaba meses de esfuerzo técnico ahora se resuelve en jornadas breves mediante instrucciones directas. 🌐 🤖 ✍️ 💻
    • Ignoro la infraestructura técnica detrás de Dreamhost para levantar páginas y bases de datos, pero su velocidad es muy superior a la de WordPress. Dejé de utilizar este último gestor porque la personalización milimétrica del diseño y la acumulación de procesos entorpecían la administración del contenido. Mi blog sigue estando en WordPress porque le tengo cariño, pero no niego que las esperas son enfadosas. La IA (Remixr), en cambio, genera arquitecturas ligeras y optimizadas que ejecutan tareas específicas; prescinde por completo de los complementos y las tablas complejas que suelen ralentizar los sistemas tradicionales.
    • Cuando era joven, me la pasaba vendiendo estos pequeños servicios de diseño y código a pie de calle. Si tuviera esa edad hoy en día, con este arsenal informático a la mano, estaría vendiendo páginas individualizadas al por mayor y dándome la gran vida. Estaría forrado en pasta, cobrando fajos de billetes por proyectos resueltos en minutos. Pasaría los días en un retiro sibarita: comprando ediciones raras de literatura sin mirar el precio, financiando colecciones enteras de arte pop y manteniendo la alacena llena de insumos artesanales, libre por completo del estrés financiero y dejando que el silicio pague mis caprichos. ¿Cáncer? ¿Diabetes? ¿Deudas? Todo eso me la pela. Tengo seis bitcoins en mi cartera. 💸 💰 💻 🥂
    • El uso de la IA no carece de fricciones. Su comportamiento inconsistente obliga a una revisión minuciosa tras cada ajuste; la máquina suele desbordar la orden original y alterar secciones ajenas debido a un exceso de iniciativa. Es un trabajo a ciegas: al no acceder al código fuente, solo queda intuir la lógica de su desarrollo.
    • Diseño este espacio como antesala de la maestría: un archivo de los bestiarios que escribí durante el cáncer. Esas páginas agrupan individuos, afectos y tumores benignos o malignos. Mientras el cuerpo lidiaba con la enfermedad, mi mente recurría a animales y dioses, buscando refugio en fábulas y alegorías para capear un entorno trastornado por el sufrimiento físico y emocional. Transcribir más de la mitad de las columnas ha sido un desdoblamiento revelador. Confirmo que estoy lejos del ideal de un escritor consagrado; siempre habrá grietas que reparar. Sin embargo, la relectura reafirma mi verdadera devoción: amo el vértigo de la escritura por encima del orden de la revisión. Prefiero descubrir palabras, arruinar el lenguaje, pensar rápido y pensar mucho.
    • La relectura como un acto de desdoblamiento, reflejo y contrarreflejo, el náufrago en un valle de espejismos: el Agustín del presente edita las bestias que el Agustín del pasado creó para tratar de explicarse los entornos alumbrados por su angustia. 🫀 🐺 🏛️ ✍️
    • En esta temporada surgieron dos conceptos a los que regreso con frecuencia: «La larga despedida» —atestiguar cómo envejeces o enfermas mientras el otro asimila que debe decirte adiós— y «A dónde me llevará ese camino bordeado de árboles», que evoca un sentido de exploración y aventura; el dejar de señalar secretos con el dedo cuando el enigma mayor reside, precisamente, en el propósito de la fuerza que nos empuja.
    • Dividí el archivo en dos categorías: «taxonomías», que conserva el título original de la columna, y «temas», que opera como el etiquetado conceptual real. Esta estructura transforma a cada criatura en una pieza modular, un ladrillo o un lego, un fragmento capaz de construir contextos distintos a su origen. Mi afinidad por las arquitecturas complejas de lectura y escritura encuentra un gozo particular en la expansión de este índice de temas, un inventario que gestiono de manera un tanto descuidada, fortuita, exploratoria. [ 🧩🗂️ ]
    • Visualizar el alcance del sitio reactiva el impulso de expandir el bestiario. Aunque ese deseo pertenezca a los planes futuros, la prioridad actual exige, primero, terminar la transcripción. Esta labor de arqueología y edición digital demanda un esfuerzo diario que alterno con mis otras ocupaciones, mis otras vidas. El espacio seguirá poblándose durante los próximos días; los invito a revisarlo y compartir sus impresiones: https://bestiarios.agustinfest.com/index/
    • De las cosas que cobran una nueva sintaxis entre el silicio y el cuerpo: una herramienta de automatización que levanta arquitecturas web en minutos, reduciendo a cenizas el recuerdo de los sistemas arcaicos y sus aglomeradas bases de datos. La fantasía de haber poseído este arsenal informático en la juventud para montar un imperio de páginas individualizadas, forrarse en plata y retirarse a una vida sibarita de café premium, libros raros y ocio absoluto. Una inteligencia artificial que decide ponerse creativa tras un velo de código invisible, obligando al ojo humano a revisar el sitio de forma obsesiva para confirmar que la máquina no haya desarreglado la casa por cuenta propia. Un inventario de monstruos, divinidades y tumores redactado bajo el asedio del dolor físico y emocional, donde la fábula y la alegoría fueron el único refugio para nombrar la fragilidad de la carne. La gozosa certeza: el amor al vértigo de descubrir palabras, pensar rápido y arruinar deliberadamente el lenguaje, muy por encima del tedio de la revisión impecable. Dos brújulas conceptuales para capear el tiempo: la larga despedida que prepara al entorno ante el desgaste del cuerpo, y un camino bordeado de árboles que nos invita a continuar la exploración sin exigir respuestas al enigma. Y un rompecabezas modular de taxonomías y etiquetas que reconfigura las criaturas del pasado, abriendo las puertas de su propio dominio digital para quien decida detenerse a mirar.

    La bendición del día: que ante la velocidad ciega de la automatización operando tras el velo, conserves la paciencia del artesano para vigilar la lógica de tu propia casa.

    Que cuando te toque desdoblarte y releer los dolores de tus otras vidas, descubras en los monstruos y las deidades del pasado el refugio exacto que te mantuvo a salvo.

    Y que, suspendido entre la lucidez de la larga despedida y el enigma de lo que puedes encontrar al final del camino, poseas siempre la audacia para pensar rápido, descubrir palabras y defender el hermoso caos de la escritura sobre el tedio de la perfección.

    🌳🚶‍♂️🍃

    Nos leemos un poco más adelante, quizás en un camino bordeado de árboles.