En la entrada de hoy abro procesando la gravedad ética del trabajo de las madres buscadoras en Chalco, reflexionando sobre la responsabilidad de escuchar el dolor ajeno y el pacto con el gozo y la vida tras haber sobrevivido al cáncer.
De ahí paso a la intimidad del encierro doméstico, acumulando kilómetros al caminar por la casa mientras leo Finnegans Wake y Dungeon Crawler Carl, añorando la escenografía del aula y la liminalidad de mis alumnos mientras reconozco la trampa de no haber descansado antes de la maestría.
Cierro celebrando el regreso al humor y a la reescritura de viejos cuentos lúdicos, rescatando la voz propia frente al «secuestro» de influencias como Bolaño o Cortázar y recordando que los chistes estúpidos son un refugio vital para sobrellevar la existencia.
I. 🕯️📜 ( ˘─˘)っ🖤
Esta mañana terminé de ver un video de Eva María Beristain sobre madres (familias) buscadoras. Buscan en Chalco, muy cerca de la laguna. Usan picos para ablandar la tierra y encontrar los huesos; aran, remueven el lodo para que los muertos puedan ser encontrados y descansar. Madres que navegan un ciclo antinatural, terrible.
Pienso que este tema debe tener sus matices en la capital (los grupos criminales de Tláhuac), a diferencia de estados (Sonora y Guadalajara, y más, muchos más lugares), y que para unificarlo y entender estas diferencias habría que hacer una investigación monumental, trabada por todas partes. Sería revelador, a su vez, encontrar los puntos en común ocultos por el sufrimiento y la muerte. Pobre de la gente que lo intente, y benditos sean. Eso pensaba mientras veía el video. Trabajarlo debe ser sumamente doloroso y cansado, pero también es una oportunidad para quienes tienen cuerpos jóvenes y ganas de entender un poco la oscuridad que rodea a nuestra sociedad.
Escucho habitualmente de este tema porque suelo trabajar en una universidad jesuita y los temas de humanidades y de derechos suelen orbitar sobre estas dolencias (entre otras cosas). Algunas veces, cuando la vida no está sobre mí, me detengo a escuchar. Aunque hice mi propio compromiso con la vida, el juego y el placer, desde que sobreviví al cáncer, también me comprometo con la vida al escuchar sobre los muertos y la tragedia de los otros. Tiene importancia escuchar, en silencio, mientras te conviertes en el receptor del otro, y abrazas su tristeza.
Recuerdo que incluso cometí el error, alguna vez, de expresar uno de esos piensos funables —por cuestiones de lenguaje— en una tesina que trataba sobre el tema. En aquel momento me callé, asimilé la corrección y pensé en ello. Todavía lo pienso. Es un tema que sobrellevamos en México, como un animal muerto sobre los hombros, así como durante Calderón sobrellevamos la guerra del narco.
Esta violencia es una consecuencia de un berrinche que los poderosos empezaron hace décadas.
II. 🚶♂️📚 ( ゚Д゚)🧙♂️
He caminado poco estos días. Menos de la mitad de mis pasos habituales. Como no he tenido trabajo docente, la mayor parte de mi labor ha sido remota y, para caminar, lo hago dentro de mi casa, mientras sostengo un libro en la mano. He caminado muchos kilómetros leyendo Finnegans Wake y Dungeon Crawler Carl. Extraño los pasillos, las caminatas, la coreografía de dar clases, el discurso performático y contarles cosas a los chamacos… perdón, a los jóvenes. Mientras estudiaba psicología me tocó ver cómo el concepto de niñez y juventud está cambiando, las edades parecen extenderse, y sospecho que mis alumnos están en ese espacio liminal entre dejar de ser niños y ser adultos; especialmente los míos, porque le doy clases a primeros semestres.
Extraño, pues, de algún modo, mi persona docente.
Estaba pensando abrir un taller de literatura breve enfocada en Bestiarios, pero eventualmente me convencí de que necesitaba el descanso y preferí no hacerlo. Siempre estoy haciendo cosas porque siento que el tiempo es breve y, si al menos no estoy planeando algo —urdiendo como un mago enloquecido encerrado en su laboratorio de artilugios arcanos—, me siento un inútil. Estos meses abracé la idea de ser un desobligado. Regresando del verano, después de todo, empezaré a estudiar una maestría y, aunque me había hecho a la idea de descansar un año y no ser yo el estudiante, eventualmente caí en mi propia trampa y acepté la oportunidad que la vida me puso enfrente.
III. ✍️💀 ( ゚Д゚)✨
Hace unos días trabajé unos viejos cuentos que tenía publicados en mi blog. Eran cuentos principalmente lúdicos, desmadrosos. Pueden leerse en la sección de Cuentos; son tres: Cadena de favores, La rata que se inventó mi mamá y Diario de un hombre aburrido que mira una vaca.
Esta semana empecé a escribir un cuento sobre un personaje que quiere joderse a un caballero esquelético (pun intended) y creo que pude invocar la misma voz que tenía cuando escribí La feria del cerdo (y que comenzó, hace algunos años, con Lotófago). Parte del trabajo es recuperar el humor, porque me gustan mis chistes estúpidos y se necesitan para sobrellevar la vida. Para la maestría, he tratado estos días con la lectura de textos que hablan sobre la voz narrativa, la escritura con intenciones y el separarnos de quienes admiramos (por ejemplo, leer a Bolaño y a Cortázar pienso que es como un secuestro: en mi caso, solamente pensaba en su cadencia, en su ritmo, en sus misterios y revelaciones, y luego los descubres tomando tu manita para escribirse mal, manchados con tu propia voz) y entender la voz propia.
Sé que cuando escribí los cuentos de La feria del cerdo finalmente pude entender mejor mi propia voz —quizás fue porque la dejé libre, sin pretensiones—, y ello me permitió ver el resultado de años de lectura y de confrontar mis necesidades dentro de la ficción. Sin embargo, aun cuando estoy ahí, en ese proceso de entender mi propia voz, asumirla y seguir con el reto se vuelve difícil. Un reto complicadísimo.
Sin embargo, estas pequeñas victorias de encontrarse en ese territorio son satisfactorias.
La bendición del día
Que cuando la realidad te encare con la sombra y la herida del otro, conserves la templanza para escuchar en silencio y acoger el dolor ajeno, sin romper jamás tu pacto con la vida, el juego y el placer.
Que en los días de caminata doméstica y pausa obligada encuentres consuelo en tus lecturas, perdonándote el descanso y dándole un respiro al mago enloquecido que insiste en maquinar proyectos a cada instante.
Y que, finalmente, al sentarte a escribir o crear, logres sacudirte la sombra de tus gigantes, te rías sin culpa de tus propios chistes estúpidos y celebres con gozo la victoria de habitar y defender tu propia voz.








