En la entrada de hoy recorro el mapa de mis pequeñas certezas: desde la sospecha cómico-existencial de un glitch neurológico provocado por un aguacate, hasta la gratitud agnóstica por el trabajo y el desencanto con las fijaciones de una novela ligera. Cierro desarmando la basura algorítmica de las redes sociales para rescatar el valor del hogar y proponer que la verdadera demora de Odiseo no fue culpa del mar, sino del empacho de información.
I. 🥑🧠 ( ゚Д゚)🎮
Después de hacerme el desayuno, dejé el trasto del aguacate en la pileta. Lo descubrí ahí cuando puse mi plato. No sé por qué lo hice, si debía ponerlo en el refri porque aún tenía medio aguacate de buen verde. Cosas como esta luego me hacen pensar que un gusano ya se está comiendo mi cerebro, y que estoy entrando a un declive neurológico importante. O se me ocurre que morí en un accidente de auto, y estos pequeños glitches cerebrales son una manera de decirme que estoy en los últimos dieciséis minutos de mi vida, y que mi cerebro extiende la fantasía de que estoy vivo el mayor tiempo posible.
No me voy a quejar, aunque quizás debería retomar eso de jugar Tetris diariamente. Mi vida, por lo pronto, es una fantasía agradable. Disfruto mis cartas de Magic y disfruto poder leer otra vez, poder leer mucho. Anoto también que me siento afortunado de haber visto La Odisea este año. Se han cumplido algunos objetivos profesionales, mi vida sentimental está mucho mejor que la de un personaje de Raymond Carver.
A veces hago un recuento de todos los proyectos que he iniciado y terminado este año y son muchos. Siempre quiero hacer más, pero también vale la pena extender la vida, meterse en algunos problemitas, y descansar.
II. 🪙⚖️ ( ˘─˘)っ💼
Ciertos acontecimientos laborales ocurridos la semana pasada me obligaron a reconocer que he tenido buena suerte. Por un instante, la moneda de mi agnosticismo cayó en cruz y me descubrí invocando el sabio refrán popular: «Dios aprieta pero no ahorca, ¡éjele!».
A partir de ahí, examiné los hechos recientes bajo ese filtro. Audité mis propias acciones y reacciones. Dividí el balance en dos casilleros: «esto me aporta recursos» y «esto me abre oportunidades». Abordado desde lo pragmático, y desde esperanzas moderadas, el diagnóstico resulta amable: todo marcha sobre ruedas. Ya habrá tiempo mañana de retomar el hábito de refunfuñarlo todo, incluyendo el vuelo de los mosquitos.
III. 📚🐉 ( ಠ_ಠ)📖
Estoy leyendo el cuarto libro de Jobless Reincarnation. La perversión del personaje principal se me hace un poco chocante. Para este sujeto, su obsesión con las lolis o las pubertas lo guía a través de su mundo fantástico. Y aunque su edad biológica en ese entorno justifica sus desvaríos hormonales, el hecho de que su espíritu sea la reencarnación de un hombre treintón —un hikikomori— hace que el viaje resulte bastante incómodo.
Esperaba otras cosas del libro: dioses, animales fantásticos, un paseo por escenarios mágicos y exóticos, incursiones en laberintos malditos. Y aunque en la novela a veces hay algo de eso, tienes que tolerar a Rudeus y su constante nerviosismo por rozarle las tetas a su prima.
Empecé a leerlo porque vi el anime y me pareció un mundo bonito, interesante y equilibrado (a pesar de sus cosas). Ahí me doy cuenta de que la producción animada le hizo un favor monumental al autor.
IV. 📱⚓ ( 📱•̀_•́)🐉
Las redes sociales ya me tienen harto con La Odisea de Nolan. Como escribí de ella hace poco, el algoritmo considera que necesito consumir más de la película, que necesita rebosarme de ella para seguir montado en el dragón del engagement. Extraño las otras drogas: la nota roja, el porno, quizás los memes estúpidos. Cosas que me distraen dos o tres minutos del día antes de regresar a pensar en otra cosa. Navegación de baño, navegación de espera antes de regresar a la vida real, a lo tangible.
No había pensado cómo el algoritmo transforma tus redes sociales en periódicos baratos y revistas sensacionalistas, y cuestionables. Sí entendía la idea de que una red social es un periódico, un carrusel de historias que se generan para mantenerte adentro, pero cada vez les importa menos qué te entregan y cómo te lo entregan.
[Recuerdo de mi abuela y nuestras esperas eternas en su puesto de zapatos: abre su ejemplar de La Prensa y me cuenta del descuartizador de Tlatelolco, y «mejor no vayamos por ahí, mi niño, no vaya a ser».]
Hago el esfuerzo por controlar mi tiempo de redes sociales; prefiero ocuparlo en mis libros, en mis juegos íntimos, en pasar el tiempo con los míos, en escribir estas notas y fantasear con los libros que no he escrito. Pero eso solamente es posible porque tengo espacios y lugares. La importancia de amar tu casa y los entornos donde habitas, y abandonas el tiempo.
Odiseo no quiere regresar a Ítaca porque el algoritmo lo alimenta con el Instagram de su hijo, Telémaco —un chillón de primera—, y también con el flujo de los 108 pretendientes que están en el castillo, comiéndose sus carnes y sus vinos. ¿Y Penélope? Se silenciaron mutuamente: la distancia, la demora del regreso, el mudo entendimiento de que cada uno está haciendo lo que puede hasta que Poseidón les permita verse de nuevo.
La bendición del día
Que ante las pequeñas distracciones y despistes, no te asuste el fantasma del declive, sino que lo celebres como la prueba de que estás disfrutando de una fantasía apacible; que siempre tengas a la mano tus cartas, tus libros y la sabiduría suficiente para regalarte el derecho a descansar y meterte en algún problemilla inofensivo (quizá).
Que cuando la suerte te sonría en el trabajo, no dudes en celebrar los guiños divinos, o predestinados, manteniendo la claridad para dividir tus días entre los recursos que ganas y las oportunidades que construyes.
Que te mantengas incólume frente a las lecturas incómodas y, sobre todo, del veneno del algoritmo que intenta saturarte con el ruido de los pretendientes y las quejas ajenas.
Y que, finalmente, encuentres siempre el refugio perfecto en tu casa y en tus espacios íntimos, recordando que silenciar el bullicio del mundo es la mejor manera de guardar la distancia, saborear el tiempo con los tuyos y preparar, a tu propio ritmo, el esperado regreso a casa.
Nos veremos cuando Poseidón nos lo permita, viajero.
