I. 🪰🖥️ ( ˘─˘)っ🌐
Una mosca joven se empeña en hacerme compañía esta mañana. No sé por qué; mantengo la glucosa controlada. Me acosa a pesar de los manotazos torpes de animal hastiado. Aterriza en mis brazos, brinca a la mejilla y escala finalmente hasta el cuello. Quisiera aplastarla, pero me supera en agilidad e inquietud. Mi abuela poseía la destreza de atraparlas al vuelo con el puño; yo no heredé sus reflejos, su velocidad ni esa maña para la cacería doméstica. Ella cazaba ranas y conejos en el monte (nos contaba), los llevaba para hacer la comida. A la maldita mosca le restan apenas unas horas de existencia. Recuerdo entonces el experimento con la mosca de la fruta cuyo mapa neuronal fue duplicado para habitar un entorno simulado. Me inquieta imaginar qué percibirá en ese dominio virtual; si dispondrá de un paisaje nítido con aliento de árboles, alimento y esparcimiento. Me pregunto si alcanzará la autoconciencia. Quizá atestiguo la señal de aquella criatura porque el plano simulado me pertenece a mí: el insecto que orbita a mi alrededor ignora que goza de la inmortalidad mientras yo me reduzco a un mero objeto de interacción.
II. 🌸🪶 Cosas que apaciguan la mente al cruzar el umbral del deber ( ˘─˘)っ📜
- Haber alcanzado sin tropiezos la segunda semana de la jornada.
- Invocar el «Hakuna Matata» ante las zozobras menores, trayendo a la memoria el dictamen de aquel sabio anciano: «¿Acaso tiene remedio lo que te aflige? Y si no lo tiene, ¿con qué objeto entristeces así tus días?»
- Descubrir, no sin cierto alivio, que las tareas encomendadas distan de ser una proeza imposible.
- La satisfacción de hojear más de doscientas páginas en siete soles, alternando sin pesar los volúmenes del deber con las lecturas que responden al puro capricho.
- Concluir dos ejercicios de escritura, dejar en orden las lecciones del claustro y alterar la disposición de las estructuras habituales con el único afán de ensayar otros caminos.
- Mirar a mis alumnos preparar sus proyectos en Minecraft, preguntándose si les dará tiempo para colocar todo lo que yo estoy enseñando, mientras yo pienso en que solamente el juego es el verdadero aliento de vida.
III. 🪡🧵 ( ˘─˘)っ🧟
En una sesión sobre el ensayo se propuso la copia como método deliberado de composición. La imitación ha sido uno de mis impulsos constantes; cuando redacté mi primera novela en 1892 (uh, ya llovió), me ceñí al esquema del viaje del héroe para buscar el resultado. Me entusiasmaba el procedimiento, aunque la calidad del texto tiene mejoras. En ese entonces devoraba realismo mágico, salpicado de bastante Stephen King y otros novelistas de terror: McCammon, Barker. Escribir consiste en ensamblar las vísceras de lo que nos apasiona para animar a una criatura frankensteineana. De haber tenido oportunidad, el doctor habría engendrado una legión entera de cuerpos restituidos. Una milicia de nuevos-vivos donde cada profanación de lo sagrado perseguía a una quimera llamada perfección. Redactar es coser los retazos hasta tropezar con la frecuencia de la voz propia. A partir de esa lección, reflexiono qué mapa me interesaría replicar —desde la consigna abierta del plagio permisible—, sometiéndome a la formalidad de la estructura: ¿reincidir en La Odisea o desafiar El Quijote? Lo dudo; Quijote me infunde respeto y pavor, no solo el señor está loquito, pero es capaz de desquiciar a cualquiera. Recuerdo La estrella de Ratner de Don DeLillo, concebida como un trasunto de Alicia en el país de las maravillas (o eso creo, habrá que releer). O la sacudida al recorrer 2666 de Bolaño, que me dejó deslumbrado ante el alud de sus imágenes y la fortaleza de su prosa. Acaso deseo intentar El espejo en el espejo de Michael Ende, un libro que, a su vez, opera como la reescritura espejo de las Ficciones de Borges. O bien, seguir adelante con el plan de crear mi propio Diccionario jázaro. Tengo años escribiendo Bestiarios. Tal vez esa es mi vida: buscar bestias, animales, pequeños delirios de ficción.
IV. 🎭🕯️ Cosas que causan pesar y envidia por los que parten ( ˘─˘)っ🖤
- La partida simultánea de criaturas hermosas y magnéticas: la inocencia quebrada de Hayden Panettiere («¡Salva a la porrista, salva al mundo!»), el esplendor melódico y generoso de Dolly Parton, y la libertad electrificante de Tim Curry.
- El amargo contraste entre los últimos testimonios: la fascinación que desprenden las entrevistas finales de Tim Curry frente al desamparo en las palabras de Panettiere, espejo de la ruina sistemática en las entrañas de Hollywood.
- La secreta envidia hacia quienes abandonan el plano terrenal: el alivio de saber que ellos ya descifraron su fragmento del enigma y acomodaron sus piezas, mientras los demás permanecemos a tientas, intentando navegar el mundo a pesar de nosotros mismos.
- El murmullo tenue que pretende postergar la llamada definitiva: «Basta, basta de llamarme así, ya voy a ir, voy a subir (pero) cuando me toque a mí…» 🎵
V. 🏅🕸️ ( ˘─˘)っ📜
El claustro de Comunicación me otorgó la medalla Eusebio Kino a la excelencia docente (distinción promovida por mis alumnos, esos loquitos, definitivamente desquiciados). Sumo este galardón al que me concedieron previamente los estudiantes de Diseño de Interacción y Animación. Supongo que se valora la disposición a decodificar las tendencias insólitas del presente, desde los furros, los therianes y otras subculturas, hasta los métodos adecuados para «farmear aura». El protocolo incluyó una especie de TED Talk de formato breve que el ámbito jesuita denomina «Lectio Brevis» (evocación inevitable del difunto Mauricio Ituarte y su «Lectio Divina»). El disertante —excofundador de Cocolabs, cuyo nombre omito por descuido a pesar de su amabilidad— abordó el uso de la inteligencia artificial para estructurar entornos de código dedicados a la construcción de delirios artísticos.
Cocolabs resuena en la memoria.
Evoca la época dorada en que los blogs ostentaban peso.
Durante la jornada de ayer, los alumnos guiaron la clase hacia el terreno sentimental. Mostraban una inquietud persistente respecto a la brecha generacional en las parejas y sus límites de aceptación social. Me dio gracia, confío no haber expresado algún despropósito capaz de provocar una funa. Me limité a sugerirles prudencia: primero, el desarrollo del lóbulo frontal y después, ya mucho después, si quieren vincularse con adultos mayores y matricularse en la gerontofilia, pues felicidades. Eso de la funa me recordó el reportaje de un docente en Estados Unidos, hostigado por sus estudiantes mediante perfiles falsos, nutridos de pornografía sintética generada por IA. La estulticia y la perversidad técnica progresan a la par. El término «estulticia» me remitió al Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam, lectura erradicada de las aulas por su irrelevancia para el ritmo actual, junto al recuerdo difuso de Coleridge, Wordsworth y aquel autor citado en Lotófago cuyo nombre intento recuperar. Valoré el paréntesis en el aula: pocas veces expongo algo de mi propia educación sentimental.
Les confesé el desconcierto que me produce su inesperado perfil conservador, además de esa mirada instrumental con que evalúan a sus semejantes: la persona reducida a bien de cambio o a su rendimiento práctico (el viejo mandato paterno de «ser alguien de provecho» reformulado en el lenguaje del presente: ¿cuánta aura acumula?, ¿qué tan deseable resulta su imagen?). Pequeñas y desconcertantes distopías. Acaso algún sociólogo formulará lindas respuestas, o quizás mi sesgo generacional es, mejor dicho, apenas una anomalía en la Matrix.
Concluyo que la existencia, tras sortear quebrantos de salud y tropiezos, semeja un laberinto extenso. Mañana, si tengo suerte, comenzaré a trazar la cartografía de ese lugar bendito si es que, como siempre, no me distraigo en el paseo.

