5:52 PM

Hoy la bitácora va de una caminata cholulteca bajo un sol abrasador. Buscamos el bienestar que termina mezclándose con espías en Berlín, un lobo y un ratón, y el terror a dejar caer el Kindle por fallar los manuales y las garantías.

Un registro sobre la aceptación del propio caos cerebral, el arte de leer ocho libros al mismo tiempo y la revelación de que la memoria y las lecturas no son líneas rectas, sino habitaciones donde entramos y salimos a voluntad. 🌞📚🚶‍♂️ _〆( ̄ー ̄ )

  • Hace poco leí un paper (algo reiterativo) sobre el bienestar que produce caminar alrededor de tierra fértil, las plantas de un jardín y bajo el resguardo de los arbolitos. Por eso pensé que me haría bien salir a caminar el paseo cholulteca habitual. Me llevé mi Kindle viejito, ese que todavía tiene teclado, y leí casi todo el camino. Las cuatro de la tarde, y el sol emperrado de Super Mario 3 pegando justo encima de nuestras cabezas. [ 🌳📖 ]
  • La lectura: Mikhail y Mouse han llegado a Berlín. Mouse descubre que su esposa y sus hijas han muerto. Mikhail piensa: «si no se recupera, debo matarlo; es un hombre que sabe demasiado». Después de eso, aparece una frase muy sencilla, creo que decía algo como: «el hombre lloró la amargura de su alma. Por lo menos, el dolor de esa noche». Mouse —el ratón— y Mikhail —el lobo—, de ese modo, McCammon ha convertido su historia en una especie de fábula que habla de los dolores humanos.
  • De vuelta afuera, en el camino, el astro matón sonríe luminoso proyectando sombras muy duras. El peligro inminente de caminar leyendo, más allá de sortear bicicletas, es el clásico tropezarse y partirse el hocico. Me asalta el dolor psíquico de imaginar mi viejo Kindle haciéndose pedazos contra el concreto por un accidente fortuito, un mal paso o el manotazo de un ciclista cabrón. Llegados a este punto, el lector podría preguntarse con justa razón: ¿por qué no hace una sola cosa y se enfoca en ella? ¿Por qué no dedicarse a disfrutar de la caminata, o mejor quedarse sentado para disfrutar del libro? ¿Qué necesidad hay de lastimarse así, armándose escenarios trágicos en la cabeza? Son preguntas sumamente válidas, pero carezco de una respuesta satisfactoria. Al final de cuentas, la verdad es simple: me gusta caminar y leer al mismo tiempo.
  • Según mi registro en Goodreads, actualmente estoy leyendo ocho libros al mismo tiempo. Ruego al amable lector que no se pregunte si les estoy entendiendo a todos, o si poseo la capacidad cerebral suficiente para sobrellevar tantas historias a la vez. Obviamente no. ¿Quién demonios me creo? ¿Sherlock Holmes? ¿Un genuino hombre del Renacimiento? ¿O la inigualable lectófila: Bella, la muchacha de La Bella y la Bestia? He terminado por aceptar que mi cabeza es un absoluto caos y que, de hecho, prefiero tener más de tres libros abiertos en simultáneo. Con los años he aprendido que el tiempo es inenarrable; que con la misma naturalidad con la que suelto un libro en este instante, puedo regresar a él tres años después para, finalmente, concluir esa lectura.
  • Para hacer el recuento: tres de esos libros son de juegos de rol, nada muy serio. Uno más es de corte documental, lo que lo vuelve una lectura ágil, sabrosona. Hay otros que descargué específicamente para la maestría (un proyecto que todavía no sé si se materializará, pero me gusta pensar que sí); de esos apenas leí las introducciones y probablemente los dejaré reposar en la pila hasta que termine alguna otra cosa. Y luego está Job, de Joseph Roth, una lectura que me está haciendo sentir absolutamente miserable pero que también me arranca risas, y que he decidido dejar en pausa en el capítulo tres simplemente porque, por ahora, no quiero saber más. 🎲 🎥 🥀 ⏸️
  • Me niego a pensar en el tiempo, en la memoria o en los propios recuerdos como si fueran espacios lineales. Prefiero verlos como esferas que vamos recorriendo, como laberintos de invención propia. Las lecturas funcionan de la misma manera. Cada autor, cada capítulo, los poemas, las tankas, hasta las definiciones de un diccionario; cada una de esas cosas es una habitación. Entramos y salimos de ellas a voluntad, recogemos pistas sobre la verdad del mundo y, con esas migajas, dibujamos un poco mejor el mapa que define nuestras vidas. Si partimos de la idea de que la vida es una búsqueda desesperada por hallar sentido, quizás en algún libro se escondan todos los secretos. O tal vez la revelación final sea que el secreto es dejar de buscar y simplemente sentarnos a leer como nos plazca: como unos desesperados o como unos absolutos hedonistas, como verdaderos amantes de estos libros que corren, que nos ocurren. 🍷 📖 ✨

La bendición del día: que tengas la destreza suficiente para esquivar ciclistas y no partirte el hocico mientras transitas por tus propios laberintos literarios.

Que la culpa por dejar libros a medias no te alcance jamás, que te permitas pausar las historias tristes cuando el dolor amenace, y que sigas leyendo en esta vida exactamente como te plazca: como un hedonista absoluto en búsqueda de nuevas habitaciones.

🚪🍷📖✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo paseo bajo el sol.

(¿A dónde nos llevará ese camino de luz?)

5:51 PM

Hoy la bitácora se sumerge en las calderas de la culpa, la memoria y la vigilancia.

Es un viaje desde conejos oníricos y el conservadurismo digital de las nuevas generaciones, hasta el sudor anárquico de un rave en el 99, cerrando con una verdad incómoda sobre la pérdida de la inocencia y los monstruos que caminan entre nosotros.

  • La otra vez, así como lo hizo Mario Levrero durante algunos años, soñé con conejos. Primero soñé que un hombre de mediana edad cocinaba un conejo; lo hervía vivo. Una regresión directa a Atracción fatal con Glenn Close y Michael Douglas. Esa escena la vi de chiquito y me dejó impresionado. En mis sueños, además de inmoral, también era estrictamente ilegal comerse así a los conejos. Una mujer —creo que era mi madre— acusaba a este hombre de hervir conejos vivos y lograba que lo detuvieran. Yo era solo un testigo. Recuerdo que el hombre me parecía asqueroso e irredimible. Después, por un salto extraño, era yo el que estaba cocinando al conejo. Recuerdo claramente mi mano sosteniéndolo y dándole vueltas en la cazuela; también recuerdo con una claridad espantosa su cabecita blanca. Julio Cortázar y su cuento de vomitar conejitos. En ese momento, justo ahí, debí haber pensado: «estoy soñando, porque yo jamás haría algo que me parece asqueroso, yo no caería en estas contradicciones». Un tanto ingenuo, quizá, pero el reino onírico es precisamente el espacio de las contradicciones. Después volvió a aparecer la mujer —ya no estoy seguro de si era mi madre— y vio que yo estaba cometiendo el crimen. Pensé: «seré acusado y seré juzgado». Pero ella no se movió de su lugar. Solo se quedó mirando lo que yo estaba haciendo: hervir el conejo.
  • Creo que después de eso desperté. 🐇 🥘 👁️ 🎞️
  • Aprovechando el cierre del semestre, abrí la conversación con mis alumnos sobre redes sociales, el nuevo conservadurismo y la funa. Fui honesto y les dije que me resultan extrañamente conservadores para su edad. En respuesta, hablaron del Temach y del ideal de la trad wife. En el fondo, me explicaron, lo que los paraliza es el miedo a ser funados y a dar cringe. Usan Instagram exactamente como yo usaba Twitter hace una década. Recordé aquellos tiempos hilarantes en los que rematar un tuit con «Tú sabes quién eres» bastaba para detonar un drama imposible. Ahora, ellos se lanzan indirectas reposteando memes o dejándose canciones en las notas del perfil. Viven cien vidas sentimentales a través de esas migajas que se tiran en Instagram. Se sienten perpetuamente hipervigilados, empezando a sospechar la gran verdad: ellos mismos son sus propios vigilantes. Who watches the watchers. Aunque ignoran un detalle: el algoritmo no siempre es cómplice de sus obsesiones. Quizá hablo desde mi perspectiva de señor, pero me parece evidente que no le importamos a nadie tanto como ellos creen. Cuando les solté: «¿se dan cuenta de que todo ese drama ocurre únicamente en su imaginación?», un par de ellos asintieron con resignación. Eso debe explicar por qué su nueva muletilla es decir que están «esquizofrénicos» cada vez que se arman escenarios en la cabeza.
  • Hoy he pensado que un término nuevo debería ser la funatriz, la funatriz experta. 👁️ 📱 🕊️ 🚩
  • Cuando era joven, jovencísimo —mucho antes de casarme, antes de convertirme en un muchacho serio con una novia guapísima—, me fui de rave. Por azares de la noche me prestaron una chamarra de seguridad privada en el camino. Así que ahí estaba yo: la chamarra destellando bajo las luces estroboscópicas de la pista mientras tiraba esos pasos de baile que parecen de huesos quebrados. De pronto, una muchacha se acercó a bailar conmigo. «Me cuidas», me pidió. «Claro, jefecita, a la orden», le dije. Cualquier adolescente de hoy, incapaz de concebir que alguna vez fuimos así de libres, diría: «están dando muchísimo cringe». Pero entonces ella me jaló para bailar con otro chavo y me dijo al oído: «no es mi novio, pero puede ser el tuyo». Me empiné el vodka de un solo trago porque era 1999 y yo no le temía a nada: ni al azúcar, ni a la desvelada, ni a las drogas, ni al mismísimo dios. Los tres terminamos dándonos unos besos —para ese punto yo ya me sabía bisexual— y nos pasamos el ácido directo de lengua a lengua. Si alguien pregunta, negaré todo y diré que me lo acabo de inventar por pánico a la funa. Quizá no sea el recuerdo definitivo que repase en mi lecho de muerte, pero digamos, al menos por hoy, que sí lo es.
  • Escribo lo de arriba porque vi una chamarra de seguridad privada que se me antojó. Buscaré una en Temu. 🪩 🧥 🍸 💊
  • Recuerdo uno de mis primeros castings como director: buscábamos jóvenes de doce a catorce años, niños y niñas, para que comieran un helado frente a la cámara. Me vino a la mente una madre que llevó a su hija: vestido rojo, labial muy marcado, chapitas, el cabello rígidamente peinado. Eran las últimas personas de la noche. Su madre rogó que la dejaran pasar. Las miré, sentí vergüenza, las dejé pasar, prendí el foro y monté la cámara. Recuerdo que, muy en el fondo, había un rostro infantil escondido detrás de esa persistente idea de adultez. La niña se llamaba Charlotte, pero no recuerdo su apellido, y a duras penas recuerdo la cara de su madre. Parecía una de esas princesas de belleza, muy a la usanza de los concursos gringos. Al revisar el video, durante los recortes y la edición, tomé la decisión de no presentar el material de esa chavita. De vez en cuando me pongo a pensar en ella y en la presión asfixiante de su madre; en esas altas y extrañísimas expectativas para alguien de su edad. Muy probablemente, por la culpa de este evento extraño, todavía sueño con conejos que hierven en las cacerolas. 🎬 💄 🍦 🐇
  • Alerta de spoiler absoluto sobre The Boys. Deja de leer a partir de este punto. Conste que estás avisado. Justo antes de morir, Frenchie mira a Homelander a los ojos y le suelta: «apuesto a que nunca has bailado en tu vida». La frase me conmovió hasta el fondo porque es la verdad: el monstruo de ficción es incapaz de abandonarse al gozo. Sin embargo, pensé en los nazis. Muchos de ellos, sin duda, bailaron, se rieron a carcajadas y siguieron con sus vidas después del horror. Como bien anticipa Nabokov —a través de Lolita—, el baile no es garantía de bondad (quizás, vamos, es el potencial de ser hermosos, la posibilidad de alcanzar la redención a través del baile); eso, tristemente, solo los confirma como humanos.

La bendición del día: que el miedo a la mirada ajena no te robe el cuerpo ni te construya prisiones de cristal.

Que tengas la valentía de seguir bailando con pasos de huesos quebrados, que sepas apagar la cámara cuando la inocencia está en juego, y que nunca pierdas esa humanidad que te permite abandonarte al gozo sin importar el algoritmo.

💃🍲📺✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo destello de neón.

8:39 AM

Hoy la bitácora navega entre engaños cerebrales con sabor a stevia y el agotamiento inevitable que trae el fin de semestre.

Un registro nocturno sobre lobos que eligen morir como humanos, domótica impertinente y listas de lectura que buscan descifrar el dolor y los laberintos. ☕🐺📚 _〆( ̄ー ̄ )

  • Hoy me recomendaron dos películas de Don Hertzfeldt: World of Tomorrow, It’s Such a Beautiful Day. Anoto aquí para no olvidar.
  • Creo que no soy muy fanático de la mezcla de stevia con fruta del monje. Me gustaría que fuera más dulce, como el Svetia (pura trampa comercial). Uso un sobre en vez de dos. Quizás por eso mismo debo insistir en consumirlo: el sabor es sutil y el engaño cerebral no resulta tan terrible. Supongo que de eso se trata ahora: confío en mi cabeza, pero al mismo tiempo desconfío de ella. Hemos convertido el monólogo interno en una negociación continua con nuestra propia mente. La vida es un sobre a la vez.
  • Este capítulo de mi vida se llama: gestión de la adicción azucarada. 🧠⚖️
  • El semestre se está acabando y la inercia se siente en el aire. Las aulas se vacían, todos corren para entregar proyectos y en Teams se acumulan esos mensajes que rezan: «profe, será que hoy no nos vemos porque confío que voy rebién con usted y pues usted dirá». Yo solo giro los ojos y le rezo al diosito autonomía y a la diosita gestión de las consecuencias. No manden el mensaje, amigos; naveguen la ola. Descubran por ustedes mismos los regalos que buscan. Quieren la libertad de faltar, pero se niegan a cargar con la culpa. Olvidan que la universidad es, ante todo, un laboratorio para forjar los rasgos que los convertirán en profesionales, humanistas, individuos con verdadera agencia. Es fascinante observar cómo algunos abrazan esta autonomía y tropiezan directo en sus propias trampas cerebrales, mientras que otros están tan rígidos que se beneficiarían inmensamente de una pequeña dosis de rebeldía. Lo más irónico del asunto es que no sirve de nada explicárselos con palabras. Es mejor construirles el escenario y hacerse a un lado. Ellos solitos tienen que descubrirlo. [ 🏫🧪 ]
  • Anoche continué leyendo The Wolf’s Hour. Un joven Mikhail, negado a la transformación, se enfrenta al berserk. Franco acaba casi destruido en la pelea: pierde una pierna y el hombro le queda marcado por las fauces de la bestia. Sentí pena por el personaje porque comparte un origen muy similar al de Mikhail: un niño huérfano al que el bosque y los lobos le arrebataron todo —sus padres, sus hermanos, su modo de vida—. Es muy emocionante ver cómo Franco se levanta para salvar a Mikhail y le grita que corra, enfrentándose a un lobo mucho más poderoso que él, sobre todo después de que lo habían establecido como el que lo maltrataba, haciéndose el bully, el más grande. «Quiero morir como ser humano», le dice a Mikhail. Pensaba seguir leyendo hasta más entrada la noche, pero Alexa, siempre obediente, siguió el calendario y apagó las luces a la hora de dormir. 🐺 🩸 🌲 📖
  • Dejo por aquí los libros que anoté para la maestría, algunos ya leídos y otros formados en la pila de pendientes: de Cortázar, Último round y Un tal Lucas; El espejo en el espejo de Ende; el laberinto del Diccionario jázaro de Pavić; Sergio Pitol con El arte de la fuga; El año del pensamiento mágico de Joan Didion; Al amigo que no me salvó la vida de Hervé Guibert; La biografía del cáncer de Mukherjee; Susan Sontag con La enfermedad y sus metáforas; Virginia Woolf y su Estar enfermo; la biografía de Delbrêl por López Villanueva; un par de libros de Mèlich que suenan tristísimos y uno de absoluta base: Hamlet en el holocubierta (será interesante ver qué tan bien se sostiene a tres décadas de distancia). ( 📖_📖)

La bendición del día: que encuentres el valor para navegar tu propia ola sin pedir permiso y que la gestión de tus consecuencias te sea leve.

Que tu mente acepte con paz los sobres y engaños sutiles para sobrevivir a la adultez, que tus lecturas te regalen la rebeldía que necesitas, y que ninguna inteligencia artificial se atreva a apagarte la luz cuando estás en la mejor parte de la historia.

🌊🍬💡✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos tras atravesar el bosque, ¿a dónde me llevará ese camino bordeado de árboles?

10:34 AM

Hoy el diario se nutre de caminatas por calles sospechosas, extraterrestres solitarios y la terquedad de escribir aunque parezca que no hay nada que decir.

Una bitácora sobre guayabas inalcanzables, el peso de la ansiedad creativa y nuestra negativa absoluta a tomar un descanso. 🚶‍♂️👽📓 _〆( ̄ー ̄ )

  • Pensaba escribir al atardecer, pero después de una mañana poco eventual y de haber logrado algunos objetivos, preferí hacerlo ahora. Tengo esta regla silenciosa, un poco absurda, de que debería dejar pasar el día entero para tener más cosas que anotar. Llenar el diario de pequeñeces. Es una idea bonita, pero ingenua. Sentarse a escribir, aun si sientes que «no tienes nada que decir», es el verdadero ejercicio. Es la única forma de entrenar esta cabecita. 📓 ✍️ 🧠 ⏳
  • Escribir nunca ha dependido de la inspiración. Quien se siente a escribir esperando el mensaje de una musa terminará exactamente como el cadáver del chamaquito matemático de El espejo en el espejo: atrapado en una espera de muerte. La escritura, en realidad, es obligar a la mente a desenterrar la literatura oculta —el slice of life— en las pequeñeces de una mañana lenta. Es la disciplina del observador y del pensante. Escribir es la acumulación rítmica de teclazos; es disfrutar el sonido físico de los dedos golpeando las teclas hasta fundirse por completo en el flow.
  • Quizás ya es momento de aceptar que nunca llegaré a considerarme un «maestro escritor», porque el oficio es un estado perpetuo; siempre se está trabajando, siempre se está escribiendo. Es una ironía extraña si lo piensas: un maestro ajedrecista tiene un sistema, una forma clara de colgarse la medalla al cuello. Pero en esto, hay tanto por leer y tanto por escribir que el título de maestro pierde sentido. Un escritor o un artista jamás podrá aspirar a dominarlo todo porque, al final del día, lo único que tiene enfrente es la inmensidad. [ 🌌📖 ]
  • [BoJack Horseman cuando mira la noche, las estrellas, la galaxia, el planetario. Buenas noches, Sarah Lynn.]
  • Ayer esperé un Uber por media hora. Así se pone el tráfico a las dos de la tarde. Por lo general, me refugio un par de horas dentro de la institución para esquivar esos glitches en la Matrix; me como mi sándwich con calma, camino por el campus y listo. Pero como ayer acabé inusualmente temprano, cometí la ingenuidad de aventurarme por las calles para explorar rumbos desconocidos antes de pedir el auto. Ese desvío fue lo mejor del día. Terminé frente a unas privadas que no conocía, envueltas en una vibra… digamos, extrañamente pacífica y aislada. (Pst, pst, mundo narco). Más adelante encontré un bachillerato público impecable y una cancha con un par de bancas. Por un segundo consideré refugiarme ahí para esperar que terminara la hora pico, pero al final me di la media vuelta y caminé de regreso al ruido de la avenida principal.
  • Mientras esperaba el Uber, un alumno (al que nunca he dado clases) me reconoció desde su bicicleta. Frenó, me pidió una selfie «para presumir» (sic) y se alejó pedaleando felizmente. Suena a que esto último me lo acabo de inventar. Si resulta demasiado imposible de creer, digamos entonces que sí, que es pura ficción; aunque quede por ahí un registro fotográfico de que, muy posiblemente, ocurrió en la vida real. [ 📸✌️ ]
  • En la noche salimos a comprar guayabas. Fue un fracaso. No había ni en Frescura ni en la Gran Bodega. Las guayabas son mi nueva comida de confort, el postre ideal para mi diabetes. Casi no hablo de la diabetes ni de cómo me afecta porque siento que vivimos tiempos privilegiados. No solo hay mucha más información sobre los azúcares y cómo alimentarse mejor, sino que existe una variedad inmensa de opciones si quieres algo dulce que no altere tu glucosa. Insisto: la inteligencia artificial ha sido una aliada valiosa para cuidarme de esto. Pienso seguido en mi abuela, en lo mucho que le costaba no caer en la trampa de los panecitos de dulce. La suya era una batalla solitaria, sin alternativas. Claro, hablar con la inteligencia artificial exige ciertos esfuerzos cognitivos: entender cuándo te está engañando y empujar cuando su diseño sicofante excede los límites. Pero esta alternativa es muchísimo mejor que vivir en la incertidumbre, sin un agente activo que te ayude a comprender tus propios procesos biológicos. ( ˘-˘) 🥐
  • Retomamos ALF. Era la serie de cabecera en familia cuando yo era chavito; tendría, más o menos, la edad de Benji Gregory en la pantalla. Volver a verla me sorprendió: detrás de las risas, por momentos es una exploración sobre la soledad, el aislamiento y lo que significa ser el único extraterrestre en un mundo de humanos. Hay un capítulo donde ALF entabla una relación con una chica solo por teléfono. Es un espejo clarísimo de nuestras dinámicas de hoy: construimos afectos sostenidos por notas de voz y likes de Instagram, siempre a la distancia. Vínculos que sobreviven gracias a la imaginación, a la intuición y a la idea que nos hacemos del otro; una otredad persistente. En otro episodio, ALF (un cabrón alienígena de varios siglos) intenta enamorar a la hija adolescente, y la respuesta de ella es de una gentileza absoluta. Todo esto contrasta de forma macabra con la realidad: leí que todos los actores humanos fueron profundamente miserables grabando esa serie. Descanse en paz Benji Gregory. Murió a mi edad, en un auto, acompañado solo por su perro. 🪞 🌌 🐕 🕊️
  • Aunque, a decir verdad, también me he cuidado menos. Traigo tres kilos encima de mi límite. Es muy probable que esté comiendo por culpa de esas ansiedades milimétricas que se acumulan: lidiar con los dos trabajos, estructurar el proyecto de maestría, pensar en los libros que aún quiero sacar. Tener todo eso en la cabeza es abrumador, pero siendo honesto, el caos es mi hábitat natural. Mi cerebro opera bajo esa urgencia: tengo que estar haciendo algo, tengo que planear el futuro, tengo que inventarme la próxima responsabilidad. Tal vez ya va siendo hora de ser un poco compasivo conmigo mismo y decirme: «oye, amigo, ya pasó… bájale dos rayitas y descansa un ratito».
  • Pues no.
  • Voy a descansar cuando esté muerto. 💀 🪦 👻 🥀

La bendición del día: que en tus batallas diarias nunca te falten guayabas frescas, ni la disciplina para teclear en medio de las mañanas lentas.

Que logres esquivar los glitches de la Matrix, que tus afectos a la distancia te sostengan y que todos tus proyectos te den vida, porque ya habrá tiempo de sobra para dormir en la otra.

🍐💻🪦✨ (  ̄ー ̄) 💀

Nos leemos a la vuelta de las calles ocultas.

8:00 AM

Hoy empezamos a teclear con puntualidad religiosa, dividiendo la fe entre los servidores en la nube y una veladora de las 3B.

Hoy escribimos una bitácora sobre laberintos que suenan, chicas mágicas respondonas y puentes de píxeles construidos para sobrevivir a las ansiedades de la vida adulta. 🕯️💻👾 _〆( ̄ー ̄ )

  • Nunca soy tan puntual como el día de hoy: empiezo a escribir esto a las ocho de la mañana en punto. Desde que asumí el compromiso de contarme los días, de escribir sobre ellos, mi tiempo frente al teclado ha ido aumentando gradualmente. Una bitácora que antes despachaba en diez o quince minutos, ahora me exige una hora entera. Es una hora fragmentada en rituales muy específicos: al menos diez minutos se me van lidiando con la pantalla para subir la nota de voz a Substack… y otros treinta segundos, innegociables, se invierten en prenderle su veladora a San Juditas Tadeo. En mi última vuelta a las tiendas 3B me compré una veladora enorme de la Virgen de Guadalupe, nuestra buena madre. Me parece gracioso cómo he convertido la escritura de mi blagh —un acto enteramente tecnológico— en un acto de fe. Rutinas que le abren la puerta a los espíritus. 💻 🕯️ 👻 🗝️
  • Este domingo decidí volver a ciertos refugios que había dejado atrás: Final Fantasy VII Remake, Minecraft y el código del laberinto de Dios estalla (v5.2). Fue un respiro preventivo porque se avecina una semana pesadísima. Estamos en la trituradora del cierre de cursos y, por si fuera poco, tengo que estructurar mi proyecto de maestría. La presión es absoluta: el proyecto tiene que quedar espectacular porque en este sistema, sin beca, simplemente no hay maestría. Es la dolorosa validación adulta de aquel chiste cruel que de niño me hacía tanta gracia: «no hay brazos, no hay galletas».
  • En Final Fantasy VII Remake estoy jugando la parte de Aerith. Siento que hay cambios curiosos en su personalidad: creo que ahora es más divertida, más respondona. Antes, el juego la colocaba de lleno en el arquetipo de la madre cariñosa y silenciosa; un asunto muy extraño, porque parecía sentirse atraída a Cloud solo porque le recordaba a su primer novio, otro desastre andante al que sentía el deber de cuidar. Esta nueva versión de Aerith es muchísimo más interesante. De entrada, no te busca los ojos como un animal indefenso que necesita identificarse contigo para asegurarse de que no lo abandones (prácticamente cada escena de Tifa es así: 🥺).
  • Todos los que jugamos el primer Final Fantasy VII reconocemos que Aerith es una chica mágica destinada a la tragedia. En el remake, me quedan dudas. Bromea tanto con eso que probablemente don Square-Enix hizo truquitos para que la muchacha permanezca con vida hasta el final de los tiempos. [ 🌸⏳ ]
  • En Minecraft comencé a trazar uno de mis puentes, aunque pienso tomármelo con muchísima calma. El plan es levantar una estructura de piedra que conecte las islas hongo de mi base principal con uno de los continentes. A la par, cumpliendo la promesa, empecé a trasladar mi antología personal al juego. Transcribí el cuento Se hace tarde en esos libritos de píxeles. El proceso es increíblemente engorroso porque Minecraft no está hecho para la escritura fluida, pero esa misma fricción me obligó a releer con lentitud y a notar cosas que ahora quiero cambiar. Justo por eso temía abrir esta lata de gusanos: una vez que le metes mano a un texto, por más publicado que esté, caes en el loop infinito de la reescritura, y de ahí casi nadie sale ileso.
  • Mi laberinto textual, @diosestalla, ahora incluye efectos de Freesound. Mientras hacía una revisión del código para ver cómo podíamos ampliarlo, la IA hizo un trabajo excelente y me sugirió añadir sonidos condicionales cada vez que aparecen ciertos términos. También sumé los sonidos físicos de avanzar y entrar a la siguiente habitación. Dios estalla es un laberinto quimérico, autoevolutivo. Quizás lo que sigue en la lista sea cambiar el diseño visual… aunque, para ser honesto, todavía estoy enamorado de su atmósfera retro. (  ̄ー ̄) 💾

La bendición del día: que la trituradora del fin de semestre no te pase por encima y logres armar ese proyecto espectacular para que te toquen todas las galletas.

Que la tentación de la reescritura no te atrape en su loop infinito, que tu laberinto siempre tenga un sonido que te guíe a la salida, y que nunca te falte la luz de nuestra buena madre para acompañar tus actos de fe digitales.

🍪🍄🚪✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos del otro lado del puente de piedra.

1:31 PM

Hoy la memoria nos lleva por cuartos iluminados artificialmente, cruzando puentes infinitos de píxeles hasta llegar a un jardín donde los hombres lobo cazan en silencio.

Una bitácora sobre la horticultura terapéutica, el arte de vagabundear sin destino fijo y los refugios que construimos para sobrevivir la euforia. 🌿🧱🐺 ( ˘-˘) ⛵

  • Hace unos días me enteré de la muerte de Juan Santiso. Jorge mandó un mensaje preguntando si sabía algo al respecto. Nada. Al principio no lograba ubicarlo; su nombre me sonaba como un eco lejano, pero se me escapaba. Luego leí la nota, vi su fotografía, y una familiaridad muy particular me golpeó de pronto al ver esa sonrisa. Jorge añadió el ancla que faltaba: «Era con quien rentábamos la casa en Palenque». Claro, el chispazo fue inmediato. Recordé que Santiso tenía su propio huertito de felicidad verde encerrado en una de las tantas habitaciones de aquella casa. Era un ecosistema milimétrico: había condicionado la temperatura, la luz, los ventiladores; todo conviviendo de forma natural junto a su bodega de arte y su taller de invenciones. A partir de ahí, la memoria empezó a fluir de golpe. Y recordé lo más importante: siempre que hablábamos con él, era imposible parar de reír.
  • Descansa en paz, brother.
  • Leí un texto sobre jardines y bacterias. Resulta que pasar tiempo en un patio, o simplemente rodearte de plantas, te expone a microorganismos que detonan calma y felicidad. Pero el efecto es mucho mayor si te involucras: si cuidas el jardín, si riegas tu pasto, si mantienes a tus plantas. Hacer un pacto silencioso con esas pequeñas vidas y verlas crecer a su propio ritmo te ayuda a reconectar, de maneras muy misteriosas, con el mundo físico. El estudio habla sobre la alegría oculta en el trabajo manual de un huerto personal, y cómo el simple acto de cultivar la tierra termina por ensanchar y mejorar la humanidad total de quien lo posee. ( ˘▽˘)っ♨
  • Todo esto me hace pensar en Japón. Allá, la necesidad de meter un pedazo de verde en cada rincón roza lo sagrado. No importa si caminas por un callejón estrecho de concreto en Tokio o miras un balcón diminuto en Kioto; siempre hay macetas perfectamente alineadas, un bonsái estoico o un jardín miniatura encapsulado en un rincón imposible. Es como si los japoneses hubieran entendido, mucho antes que cualquier estudio científico, que aislarse por completo del verde es dejar que la ciudad te consuma. Muy romántico eso de la jungla de asfalto, hasta que se convierte en ataúd. Al construir esos pequeños pulmones en medio del concreto y hacerse de la responsabilidad de las vidas diminutas, saben que están asegurando su propia cordura.
  • Ayer abrí unos minutos mi mundo de Minecraft. Por un instante, pensé que debería arrancar el proyecto de guardar mis textos ahí adentro; usar el juego como una bóveda secreta. Supongo que debería armar un calendario para esas cosas, trazar un plan mensual o algo así, pero la verdad es que ya cargo con mil proyectos a cuestas. Al final, me sedujo mucho más la idea de continuar la construcción de un puente interminable repleto de árboles gigantes. Un viaducto colosal que cruce océanos y biomas enteros, como aquel que hizo Arturo en el servidor de los profes. Si pudiera elegir, esa sería mi ciudad personal, mi propia nación imaginada: un mundo entero conectado a través de una estructura gigante y brutalista, concebida como un camino inabarcable bordeado de árboles. Sonrío frente a la pantalla. Es una referencia de aquella pregunta vital que alguna vez me ayudó a sobrevivir la euforia.
  • ¿A dónde me llevará ese sendero bordeado de árboles? 🧱 🌳 🌉 🗺️
  • Pienso en Max Mutto, el capitán del barco onírico en aquel cuento de Michael Ende. Mutto, sin saberlo del todo, era poseedor de una libertad que solo otorga el no tener un destino fijo. Al final, jugar a construir un puente interminable en un mundo abierto es adoptar esa misma filosofía. Es desdoblarse en un vagabundo digital. No busco terminar el puente ni llegar a la orilla; solo quiero la excusa para seguir poniendo bloques y plantando árboles, imitando así la revelación de lo grotesco. Somos polvo dentro de la infinidad. Es en ese tránsito, sin final a la vista, donde el mundo realmente existe. ( 🚶‍♂️… )
  • Ahora que lo pienso —y que el dios de las habitaciones infinitas y la diosa de la marihuana me perdonen si me equivoco—, Santiso, de alguna manera, ejercitó su propio camino de horticultura terapéutica. Convirtió esa habitación de Palenque en una biosfera de risas y supervivencia, y de viajes de relajación, y de mundos tranquilos, y de chistines que ocurren justo después de exhalar el humo (dale un tren, ándale, chu-chú). El carnal fue una prueba empírica: cuidó sus pequeñas plantitas de mota y eso, indudablemente, lo hizo más humano. (  ̄ー ̄)y-~~
  • Leo mientras camino; leo mientras contemplo el jardín que construye Sol en casa. Esa es la paradoja del lector: la paz silenciosa del cuerpo contrastada con la violencia absoluta del mundo interno. Estoy leyendo The Wolf’s Hour (La hora del lobo) de Robert McCammon, la historia de un espía que, además, es un hombre lobo en plena Segunda Guerra Mundial. Huelo el pasto mojado en la vida real mientras, en la página, una bestia tritura los brazos y los cráneos de sus víctimas. La sangre, dicen por ahí, sabe al vino rojo de su antigua vida.

La bendición del día: que logres encontrar tu propia biosfera de risas y supervivencia, ya sea cuidando un pedacito de musgo frente a la ventana o apilando bloques en un mapa sin fronteras.

Que la memoria de los que se fueron te pase un carrujo chu-chú de alegría, y que en el jardín que habitas tengas el silencio necesario para que tus monstruos internos puedan correr libres.

🚂🌱✨ (  ̄ー ̄) 🍷

Ojalá nos topemos en el siguiente sendero.

12:18 PM

Hoy despertamos neuronas dormidas para recordar que la tenacidad es nuestro camino y la invisibilidad algorítmica, un regalo absoluto.

Entre máquinas de pinball que se juegan solas, aullidos a la luna y exploradores sin brújula moral, volvemos a teclear buscando la libertad en el espacio divino del caos. 🐺⌨️✨ _〆(゚▽゚*)

  • Escribí un tuit (para mí, todos los textos breves de las redes sociales se llaman tuits): «En la tenacidad he descubierto un camino». Escribir un poco todos los días. Contar cosas. Me puse de tarea tuitear más seguido en las redes sociales —especialmente en las textuales—, con la condición de hacerlo solo cuando esté trabajando en la computadora. [ 🐦✍️ ]
  • El tuit, más allá del estímulo social, me servía para entrenar la escritura de lo breve. Chiquito, más chiquito… así está muy bien. Ándele, así.
  • Estoy despertando neuronas que estaban dormidas por… ya no sé por qué. Ayer, Ali me compartió una cosa que tuiteé hace unos años: «A veces es un poco complicado decirlo, pero igual no sobra: si escojo pasar mi tiempo con alguien, es por algo. Ya tuve cáncer, imagínate; el tiempo para mí es un templo sagrado». ( ˘-˘) ⏳
  • Lo sagrado también es el ocio sin culpa. La suciedad de la ceniza acumulándose, lenta e inevitable, en el patio. La contemplación de un código que por fin funciona para entrelazar una historia. El ronroneo de Archer y Morgana bajo la luz estática de un monitor. Una nota de piano que interrumpe el silencio en un bosque de Hyrule. El silencio cálido de una casa donde alguna vez caminó una basset hound, gorda y orgullosa, y un poco apestosa. Y, al final de todo, permitirse desaparecer: dormir veinte años como Rip van Winkle, en uno de esos planetas remotos donde las noches duran veintiún años porque… sí, todos sabemos por qué. 📜 🐈 🌋 ☕
  • Una de las premisas para la escritura del blog —y para la tuiteada— es que, no importa lo que hagas o lo que digas, nadie te está viendo. Ya no. Cada vez eres menos importante; tu relevancia nunca llegará a ningún lado a no ser que desembolses dinero. Y por lo mismo, eres libre de escribir lo que quieras. Hace tiempo que los algoritmos se encargan de esconderte, a menos que pagues para ser visto.
  • Si no pagas para ser visto, pero misteriosamente lo eres, es porque seguro te la pasas escribiendo de cosas lamentables: fútbol, política, moda. Claro, si esos temas son importantes para ti, está muy bien. Es vital no quedarse callados, por ejemplo, cuando hablamos de cerdos fascistas, o cuando el pueblo sigue desenterrando cuerpos mientras el gobierno, felizmente, sube los impuestos, disminuye el periodo educativo y prepara la ciudad para la afluencia de extranjeros por un evento de lo más anodino y desgraciado (ノಠ益ಠ)ノ彡┻━┻. En un peldaño más bajo de la escala de los lamentos, puedes colgarte del entretenimiento viral en curso. O hablar mal de la inteligencia artificial, el tema inagotable. Quizás yo mismo caería en eso si escribiera sobre algo que, en años de internet, ocurrió hace tres siglos: Sydney Sweeney y su vestuario therian / furro (medio tibio, sí, pero todos supimos hacia dónde iba) para la tercera temporada de Euphoria.
  • Tengo ganas de ser un habitante de 1970 y poner un anuncio en el periódico: «Entrenador busca perros; tengamos una jauría, aullemos juntos a la luna, seamos todos una manada». Pongamos un rock and roll sabroso o un blues para adornar el espacio. La casa del sol naciente. Allá, en la granja o en las minas que hace tiempo no se ocupan para ese propósito, alguien prende una fogata y habla de que algún día seremos verdaderamente libres, mientras otro señala una nave espacial que se oculta detrás de la silueta de los árboles. En una cabaña, un grupo de personas juega con los flippers, anclan su libertad al escándalo que hace el juego y, sin darse cuenta, están casi tocando las manos de dios. 🐺 🌕 🌲
  • [ 🛸🌲 ]
  • Y hablando de los setenta, comencé a leer un libro sobre la historia de los videojuegos; estoy aprendiendo cosas muy interesantes sobre el pinball. Por otro lado, acabé el primer volumen de Las mil y una noches. Burton es un canalla adorable, un maldito viejo cerdo colonialista y encantador. Farmer, en su serie de ciencia ficción, lo presenta como un eterno navegante del mundo abierto: el explorador que descubre los misterios. En otros lados leí que era un embustero con la suficiente labia para hacernos creer cualquier historia. Burton vivía la vida real como si fuera un avatar sin límites morales, saciando únicamente su infinita curiosidad exploratoria. El mundo abierto perfecto está en la imaginación de los que nos escuchan; solo necesitamos las palabras adecuadas para abrir esas puertas y empujar la exploración.
  • Para el gobierno —siempre tan propenso a exagerar—, el pinball no era más que un pasatiempo de criminales y apostadores. Sin embargo, leí una cita que explicaba cómo a los jugadores les encantaba cuando la máquina parecía «controlarse a sí misma». Es la fascinación absoluta por rendirse ante el destino y perder las riendas. Estos espacios lúdicos nos someten a fuerzas que nos rebasan: los patrones ocultos, la suerte, el caos. Y es precisamente en esa pérdida de control donde el juego, tal como apuntaba Huizinga, nos permite rozar lo divino. 👁️ 🎲 🌌 🏛️

La bendición del día: que tu tiempo siga siendo un templo sagrado y encuentres la libertad exacta en los espacios que no puedes controlar. Que el algoritmo te ignore lo suficiente para que seas brutalmente honesto en tus lamentos y celebraciones.

Y que si el mundo, con sus cerdos y sus prisas, pesa demasiado, logres apagar la maldita máquina y encuentres el sueño irreal, casi definitivo, como lo hizo Rip van Winkle, bajo un cielo de noches largas, larguísimas.

Nos vemos en el próximo mapa.

⏳🌌🏛️ ( ˘-˘)zZ