Enfrentarse a lo que escribimos hace una o dos décadas es como mirar un espejo deformante; ahí están nuestras viejas obsesiones, los adjetivos ferruginosos y la soberbia de sentirnos eternos.
Hoy, mientras el Popocatépetl nos regala su polvo gris y Archer me guía por la casa como el Johnny Carter de Cortázar, me senté a limpiar los nidos de Los cuervos.
Es una labor de rescate extraña: recortar las palabras que antes me daban orgullo para dejar que hable el narrador que soy hoy. En un mundo donde incluso las grandes bibliotecas de internet se caen y desaparecen, he convertido el acto de rescatar la propia voz en uno de aceptación y abandono.
- I know it’s coming, there’s gonna be violence… 🎵
- Archer, el gato de ojos claros, se pone frente a mí y maúlla. Me sorprende; creo que está llamándome. Cuando volteo a mirarlo ya ha desaparecido, dejando atrás una nube de ceniza del Popo como caricatura vieja de la Warner Brothers. Sube las escaleras rápidamente y, mientras yo intento alcanzarlo con una lentitud pasmosa, él maúlla muy emocionado. Brinca, tiembla. ¿Está jugando a que lee mis pasos? ¿Sabe mi futuro y está guiándome por la casa? ¿O simplemente estamos jugando a El perseguidor de Cortázar? Cuando subo el último escalón, rasca el piso, hace un par de piruetas, me mira, maúlla por tercera vez, se levanta rapidito y desaparece en la habitación. «Eres un niño maravilloso», pienso, y no puedo evitar sentirme conmovido, atrapado por mi propia trampa de melancolía. Cuando llego a la cama, me siento y el gato sube conmigo; se restriega contra mí, exige algunas caricias. «No tienes por qué dejar esta casa nunca —le digo—; no te preocupes, si así lo quieres, este será siempre tu hogar». Morgana nos mira desde una sana distancia. Señoro chocho y sentimentaloide. 🌋🐱💨 (ノ ̄ω ̄)ノ
- Un día de descanso y me siento renovado. 👴 🧸 ❤️
- Ayer me hice un poco de tiempo para editar uno de mis libros: Panteón de plumas negras. El plan es reeditarlo, devolverle las partes para adultos y las groserías bien mexicanas, y publicar una versión digital. Se llamará Los cuervos, como se titulaba al principio. Mientras exploraba esta novela de cuentos, me redescubrí a la distancia: es un volumen escrito a lo largo de varias décadas, donde cada fragmento es una postal de lo que me apasionaba entonces: los videojuegos, libros como La historia interminable, Borges, Cortázar o El cuervo de Ted Hughes. Aunque me cuesta trabajo —y a veces siento un pellizquito—, empecé a simplificar algunos párrafos. 🐦⬛ ✂️ 🤏 🕹️
- He cambiado. Escribo muy diferente.
- Lo mismo me pasó editando La fiesta perpetua durante estas últimas semanas. Encontré construcciones que ya no haría hoy en día, a estas alturas. En ese entonces, leía compulsivamente 2666 de Bolaño; me volaba la cabeza cada línea y quería tragarme todo ese vocabulario: los fárragos, los sucintos, los airados, los ferruginosos. Probablemente también estaba leyendo a Proust. Leerlo es uno de los grandes caminos —quizás uno de los pocos verdaderos— que te muestran la vida como lo que es: un sueño. Imagino constantemente a Proust, tirado en cama, escribiendo su fantasía, sus propias Mil y una noches, mientras su narrador consumía la vida del autor e inventaba su propia mitología. Recuerdo bien mis tiempos y obsesiones de lectura porque, gracias a la beca del FONCA, me compré los siete tomos de En busca del tiempo perdido (que se quedaron sin abrir, ya que terminé leyendo una versión de Kindle de la Universidad de Adelaide, cuando aún tenían sus ebooks disponibles).
- ¿Duele simplificar? ¿Duele editar lo que ya escribí? No (allá arriba dije que solo duele un pellizquito). La escritura es un proceso de aceptación. Lo que estaba hecho, en estos tiempos, puede reescribirse mil veces. Si vives en el mundo digital, la corrección es una constante. Es cierto: una vez que algo entra a internet ya no puede ser borrado, pero también, una vez que habita ahí, puede transformarse, reescribirse cientos de veces y convertirse en otra cosa; la germinación de una bestia lírica totalmente distinta. ¿Estoy matando al Agustín que vivía en ese entonces? Bueno, quizás. La verdad es que uno muere y resucita todos los días. La memoria es un sueño de vidas pasadas; existe el presente, y el presente tiene ganas de podar al pasado.
- ¿Por qué hago estas preguntas? Como vivo el mundo actual con una inteligencia artificial siempre presente, al preguntarle sobre mi texto y qué otra cosita podría añadir, se puso un poco melodramática: «Habla de cómo duele simplificar, habla de cómo te estás asesinando a ti mismo». Nos acercamos peligrosamente al tono que usan cientos de escritores melodramáticos que venden sus novelas en Alfaguara. «Joder —dice Pérez-Reverte—, que yo ya solo leo novelas policiacas».
- Acabo de buscar la biblioteca digital de la Universidad de Adelaida. Ya no existe; antes estaba abierta para todos. Marvin me confirmó el dato: hace unos años clausuraron su portal de libros digitales gratuitos. Es una pena 🏛️💾❌. Y sin embargo, gracias a ellos desperté de un sueño, sigo escuchando la sonata de Vinteuil, miré de frente a los dioses del tiempo y acepté mi propia mortalidad antes de que se hiciera real. Comprendí el verdadero significado de los celos y el extrañamiento; gracias a su catálogo, en fin, leí la última gran fantasía.
La bendición del día: que tus gatos sigan siendo los porteros mágicos que custodian tu casa, que la ceniza del Popo no opaque la claridad de tu pantalla y que, aunque las grandes bibliotecas del mundo sigan cayéndose, tu propia balsa de rescatista literario flote siempre con el viento a favor. 🏛️ 🕸️ 🎻 👾 🌌
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Nos vemos mañana.
