Hay jornadas donde la realidad exige pagar una cuota biológica muy alta, recordándonos el peso exacto de nuestros propios límites. La bitácora de hoy transita por ese sutil umbral que divide el agotamiento del deber cumplido —entre maratones de evaluación y mentes que operan en un discreto segundo plano— y el refugio voluntario en el juego.
Un registro que va desde el cansancio de sostener la mirada ajena hasta el bucle afortunado de los tableros nocturnos, descubriendo en el camino que, frente a las cadenas de la costumbre y la impertinencia del mundo, siempre hay un rincón secreto para la ligereza más pura.
🏫🔋🃏🐘 _〆( ̄ー ̄ )
- Ha terminado otro semestre en mi lista. La jornada de hoy fue especialmente pesada porque me dediqué a entrevistar a mis alumnos para su autoevaluación y el cierre del curso. Es un proceso largo donde cada individuo, por turno, desmenuza su experiencia en la clase. Yo intento pescar todos los datos posibles, hablo muchísimo porque la actividad lo exige, es exhaustivo pero prefiero que sea así. A fin de cuentas, es el momento ideal para el cierre: les obliga a mirarse en retrospectiva y sopesar sus propias fortalezas y debilidades. Así el aprendizaje no se queda flotando en sus cabezas (aunque pocas cosas superen la belleza de un momento eureka) ni los deja adivinando qué falló, o por qué algo salió mal. Para mí, es la oportunidad de dar una última retroalimentación de valor. El día, en suma, se aprovechó al máximo. Sin embargo, tanta conversación me dejó molido. Mi biología pancreática ya exigía a gritos alimento, azúcar y descanso. (  ̄ー ̄) 📋
- Se avecinan unas breves vacaciones. Una semana, al menos, antes de que comience el curso de verano. Aunque a decir verdad, todavía no sé si se va a abrir; ahora mismo tengo la cabeza en pausa, con un proceso secundario elucubrando en segundo plano cómo reestructurar la materia para suavizar la carga de trabajo. Lo divertido es que lo hace usando apenas el 10% de mi capacidad; suena como el eco de una voz lejana y sumamente responsable (tan real es este desdoblamiento que terminé escribiendo entre paréntesis, algo que no hacía desde hace siglos). En realidad, no tengo idea de qué haré los próximos días. Intuyo que durante un par de ellos me cubriré por completo con una cobija, pretenderé que soy un caracol —uno horrible, salido directamente de un manga de Junji Ito— y me enrollaré con total calma en mi propia concha. 🐌 🌀 🛏️ 👁️
- Sigo dándole vueltas a la última novela que quiero escribir. Y obviamente, cuando digo «la última», no me refiero a la más reciente, sino a la última novela de todos los tiempos. No escribiré otra después de esto. Hoy leí que sospechan de un premio literario que fue ganado usando inteligencia artificial. En otro sitio publicaron que una de las contendientes al Nobel mencionó en una entrevista que usaba la IA de forma casual para investigar, y la jauría digital ya la estaba acusando de haber escrito su libro entero con un algoritmo. En medio de esta neurosis, Olga Tokarczuk decía en una entrevista —y aquí parafraseo— que la gente ya no lee libros gordos ni frondosos, y que tal vez eso sea mejor. Justo en mi última novela (la última de verdad, de veras de veritas que ya no escribo otra), imagino a una niña y a un lobo; una presencia perruna, ancestral, salvaje y con unas ganas profundas de matar. Juntos despiertan en el borde de un laberinto. El lobo quiere destruir el mundo; la niña, llanamente, quiere contar sus historias. Es el viaje de dos pequeños deseos que se van agrandando en el camino. [ 👧🐺 ]
- Ayer me fue imposible hacer la lectura de esta entrada en Substack porque preferí irme a jugar Magic. Valió la pena. Pude apreciar de primera mano el tremendo potencial destructivo de Coram. También descubrí las bondades de Kibo, el changuito de la jungla noble, como soporte dentro del deck de Jinnie Fay, la señora de los gatitos y los perritos. Por último, saqué a pasear a Tom Bombadil; estuve a nada de completar el combo de There and Back Again en sintonía con Clock Spinning. Es una sinergia fascinante: el objetivo es generar copias legendarias de Smaug, el dragón, las cuales mueren de inmediato debido a la regla de leyendas en el campo de batalla. Al perecer, cada Smaug te hereda una cantidad nada despreciable de fichas de tesoro y eso provoca que tengas maná y tesoros infinitos. Me resulta facilísimo imaginar a Tom Bombadil abusando de esta mecánica: él mismo, obsesionado con narrar la historia, regresa sobre sus pasos y trastabilla a propósito con tal de volver a contar el encuentro con el dragón. El dios de los bardos, igual que el viejo de la montaña errante, regresa sobre sus pasos para contar una historia que le parece vital, importante.
- Frank, uno de mis compañeros de juego, me preguntó la otra tarde por qué no me gusta El Hobbit, confesándome que es su libro favorito de todos los tiempos. Procuré apelar a toda la madurez posible en mi respuesta: el libro me da un sueño insoportable porque los enanos no paran de cantar. Las dos o tres veces que he intentado leerlo de corrido, ya sea en inglés o en español, sus coros de irlandeses impertinentes terminan por arrullarme y aburrirme sobremanera. Eso no quita, desde luego, que haya pasajes que me fascinan: el encuentro con los troles, el duelo de acertijos de Bilbo en la oscuridad o el sutil diálogo con Smaug. Son momentos memorables que me asombraron en su momento. Pero… para llegar a ellos, primero hay que chutarse a una horda de enanos impertinentes que cantan exactamente igual que tías borrachas en plena fiesta.
- Cosas que conmueven el corazón y cosas que son libres: es de lo más desolador pensar en la historia de aquel gran elefante al que, tras haberle retirado las cadenas, permanece inmóvil en su sitio, habiendo olvidado ya el camino hacia la libertad. Un relato así satura el pecho de una angustia sutil y prolongada; es el reflejo de un alma que ha aprendido a habitar su propio cautiverio. 🐘 ⛓️ 💔 En contraste, qué delicia tan extraordinaria es la existencia de Tom Bombadil en las crónicas de la Tierra Media. Mientras el mundo entero se quiebra bajo el peso de anillos y coronas, él habita el bosque cantando tonadas sin sentido, inmune a las ambiciones de los hombres. El anillo del enemigo no tiene poder sobre él; no porque sea un gran guerrero, sino porque su espíritu es tan libre y ligero que el mal no encuentra de dónde asirse. Verlo saltar entre los árboles, ajeno a las cadenas del destino, quizás es una de las cosas más hermosas y reconfortantes de este mundo. 🌸 🌾 🪵 👑
- De las criaturas que habitan el pensamiento y los días: unos alumnos extenuados que desfilan uno a uno desmenuzando sus debilidades y celebrando sus momentos eureka bajo el calor de la tarde; un caracol horrible, surgido de una espiral de horror, que busca enrollarse en su concha con total calma bajo el cobijo de una cobija; una niña pequeña que despierta en el umbral de un laberinto armada únicamente con el deseo de contar historias; un lobo ancestral, salvaje y sonriente, que la acompaña en el borde del camino con ganas de destruirlo todo; un gran elefante domesticado que permanece inmóvil en su sitio habiendo olvidado ya el significado de la libertad tras perder sus cadenas; un pequeño mono de la jungla noble que reparte bondades en mitad de la batalla; un dragón colosal que perece una y otra vez ante las leyes de la simulación heredando montañas de tesoros con cada caída; unos troles torpes atrapados en la oscuridad de un viejo libro infantil; unos enanos impertinentes y borrachos que entonan coros insoportables y cantan igual que tías en plena fiesta; y un viejo habitante del bosque —el dios bardo— que recolecta lirios acuáticos para su amada mientras trastabilla entre canciones, inmune al peso del destino. Todas estas formas, reales o soñadas, el día de hoy me han conmovido.
La bendición del día: que tu biología pancreática encuentre siempre el alimento y el descanso que exige tras las grandes batallas cotidianas. Que el proceso secundario de tu mente te regale las reestructuraciones perfectas con el menor esfuerzo posible, y que tengas el derecho de esconderte bajo las cobijas siempre que tu cuerpo pida ser un caracol ajeno al mundo.
Pero, sobre todo, que cuando las cadenas de la rutina pretendan dejarte inmóvil, tu espíritu conserve la ligereza indomable de Tom Bombadil para trastabillar entre tus propias historias, ignorando con total calma las ambiciones de los hombres y las canciones de los enanos impertinentes.
🐌🐉🍻✨ (🙏˘ᵕ˘)
Nos leemos en el próximo desvío del laberinto.

