6:33 PM

Hay jornadas en las que el pensamiento se vuelve un territorio denso, obligándonos a edificar laberintos de código y habitaciones de ficción para no mirar el vacío de la memoria.

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La bitácora de hoy es un recorrido de fósforo verde y estática analógica; un trayecto que se interna en las páginas de la miseria literaria, ajusta cuentas con los fantasmas y las herencias de los padres, y ensaya el desdoblamiento del perdón más honesto, para terminar disolviéndose, con total calma, ante la gracia sólida, simple y viva de un cabezazo felino que nos devuelve a la superficie.

  • El laberinto ha vuelto a mutar. La versión 5.2 de este sistema funciona como el registro arqueológico de un error compartido: la reconstrucción de @diosestalla mediante texto generativo. Ahora la gramática habita un aislamiento estricto, latiendo en su propia terminal de fósforo verde mientras arroja habitaciones vacías, deidades mudas y murmullos analógicos que se desvanecen a cada paso. Puedes descargar la bitácora si necesitas conservar los restos de la estática, o atrapar una postal del cinescopio antes de que el navegador colapse por exceso de memoria. Al final, uno comprende que no programa historias; solo aísla las paredes de un espacio en penumbra donde el tiempo se detuvo a saludarnos. 🖥️ 🟢 📟 💾 🌐 | Puedes visitarlo en: https://ende.agustinfest.com/diosestalla/
  • A veces pienso que construí este laberinto para llenar los vacíos de ficción en mi propia memoria; hablo de esas habitaciones mentales hechas de puras expectativas, de lo que nos hubiera gustado ser. Es el mismo desdoblamiento que opera al escribir novelas o cuentos: ensayar qué pasaría si de pronto me ganara la lotería, o cómo habría sido mi historia si mi padre biológico se hubiera apersonado en ella. ¿O acaso todo sería mejor si una horda de enanos impertinentes tocara a mi puerta para arrastrarme a una saga épica mientras cantan, y cantan, arrullándome con sus coros interminables y su espeso aliento de tías alcohólicas?
  • Esta mañana retomé la lectura de Job, de Joseph Roth, y logré avanzar unos cuatro o cinco capítulos. De momento, Mendel me parece un hombrecito tan miserable que me asalta una gran renuencia a continuar con el libro. Lo odio porque me resulta un mal padre y un esposo terrible; un ser genuinamente patético. Supongo que la gran literatura trágica se empeña en construir hombres despreciables para después justificar su redención; así de predecible suele ser la literatura canónica. Ya llegará el milagro, imagino. Con todo, disfruté mucho el capítulo cinco —¿o habrá sido el seis?— gracias a la irrupción de un americano. Su aparición es tan disparatada y magnética que por un instante pensé que se trataba del mismísimo diablo; me cayó muy bien. Déborah también es un personaje increíble. Cuando leía el relato bíblico de Job, siempre me obsesionó el destino de su esposa, el modo en que se desvanece de las páginas tras imprecar al hombre. Intuyo que Roth está saldando una deuda histórica con las mujeres del mito a través de ella.
  • Hace unos días pensé en mi padre. Por alguna razón, le confesé a alguien que me estoy quedando calvo como él: la configuración de mi cabeza —al menos la externa— viene dictada en sus genes. Una calva discreta, pelitos de loco. De ahí, mi mente saltó hacia otra de mis figuras paternas. De niño, y más tarde de joven, compartía casi todo mi tiempo con D. Lo que más me fascinaba de su presencia era que su conversación jamás resultaba aburrida; como siempre estaba leyendo y actualizándose, devoraba el futuro y sus posibilidades. Era un hombre en constante estado de imaginación o razonamiento, y me encantaba escucharlo. Lástima que detrás de toda esa pirotecnia genial habitara un espíritu atormentado, un abusón en potencia. Hoy tomé aire, llené los pulmones y, como ocurre cada vez que lo recuerdo, después de mandarlo con total justicia a chingar a su madre, lo perdoné, sabiendo que en el proceso también me estoy perdonando a mí mismo. Esta vez elegí mirar lo bueno: aquel abrazo cuando murió su madre y él, desarmado, se echó a llorar en mis brazos. Se lo debo: pasamos momentos entrañables juntos, en familia. A fin de cuentas, es mucho más de lo que obtuve de mi propio padre, de quien no puedo hilvanar un solo pensamiento exacto; murió, nunca lo conocí y no compartimos nada. Mi madre aún guarda algunas palabras gentiles para él; supongo que ese saldo piadoso le servirá en el otro lado. Haber sobrevivido a ambos me ha dejado una certeza absoluta: jamás seré un hombre patético como Mendel, ni como esos personajes miserables que los hombres se empeñan en sembrar en las grandes novelas. 👤 🪞 🧬 👴
  • Epitafio: “no me arrodillaré ante ninguna enfermedad, ante ningún padre y ante ningún dios”.
  • Hoy Morgana me hizo un favor: visitó el dólar bajo el cual está enterrada la Nico. Olió un rato la planta y le dio una mordidita. Luego se acercó a mí, maulló un par de veces y me miró directo a los ojos. Le pregunté si me estaba contando algo; ella aseguró que tenía un mensaje para mí. Yo me hice pato, subí las escaleras y vi que me venía siguiendo. Se detuvo al ver la puerta del baño de visitas entreabierta. «Vamos, si eres muy fuerte, ¿por qué no la empujas?», quise decirle, pero ella se me adelantó. Empujó con su cabecita, abrió bien la puerta y volteó a mirarme. «Eres muy fuerte, Morgana», le dije. Y ella pareció estar completamente de acuerdo conmigo. Se me olvidó mi tristeza, los pensamientos de mi calva, los personajes miserables y que todo el día de hoy programé un laberinto porque me puse a pensar demasiado. (  ̄ー ̄) 🐈‍⬛
  • Cosas que poseen una gracia secreta y salvan el espíritu: un resplandor de fósforo verde que insiste en alumbrar una habitación vacía en mitad de la noche. El eco de un insulto arrojado a tiempo y con rabia, seguido de inmediato por un suspiro de perdón que limpia el aire. Los hilos invisibles de un linaje que se manifiestan únicamente en la forma discreta de una calva bajo la luz de la luna. El llanto repentino de un hombre brillante que dobla las rodillas y se entrega, desarmado, a los brazos de quien solía escucharlo. Una hoja redonda y verde que brota con terquedad sobre la tierra donde descansa un viejo afecto. El cabezazo obstinado de una criatura pequeña que decide abrir de par en par una puerta entornada para demostrarnos que los muros más pesados de la mente siempre están hechos de aire. Todas estas cosas son de lo más reconfortantes cuando la memoria se empeña en volverse un laberinto demasiado estrecho.

La bendición del día: que cuando tu cabeza se empeñe en construir laberintos para aislarse del dolor del mundo, el sistema nunca colapse por exceso de memoria.

Que te sea concedida la entereza para mandar a chingar a su madre a lo que te atormenta y la soberanía absoluta para otorgar el perdón desde la dignidad, salvándote para siempre de convertirte en el hombre patético de las tragedias escritas por otros.

Y que, sobre todo, cuando te abrume el runrún de las ausencias, la calva heredada o los personajes miserables, encuentres siempre cerca una criatura sutil y persistente como Morgana que, con un simple empujón de su cabecita, te recuerde que las puertas entornadas ceden ante la fuerza de lo vivo y que los muros más pesados de la mente casi siempre están hechos de aire.

🌿🚪🫂✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en la siguiente terminal del laberinto.

6:01 PM

Hay jornadas donde la realidad exige pagar una cuota biológica muy alta, recordándonos el peso exacto de nuestros propios límites. La bitácora de hoy transita por ese sutil umbral que divide el agotamiento del deber cumplido —entre maratones de evaluación y mentes que operan en un discreto segundo plano— y el refugio voluntario en el juego.

Un registro que va desde el cansancio de sostener la mirada ajena hasta el bucle afortunado de los tableros nocturnos, descubriendo en el camino que, frente a las cadenas de la costumbre y la impertinencia del mundo, siempre hay un rincón secreto para la ligereza más pura.

🏫🔋🃏🐘 _〆( ̄ー ̄ )

  • Ha terminado otro semestre en mi lista. La jornada de hoy fue especialmente pesada porque me dediqué a entrevistar a mis alumnos para su autoevaluación y el cierre del curso. Es un proceso largo donde cada individuo, por turno, desmenuza su experiencia en la clase. Yo intento pescar todos los datos posibles, hablo muchísimo porque la actividad lo exige, es exhaustivo pero prefiero que sea así. A fin de cuentas, es el momento ideal para el cierre: les obliga a mirarse en retrospectiva y sopesar sus propias fortalezas y debilidades. Así el aprendizaje no se queda flotando en sus cabezas (aunque pocas cosas superen la belleza de un momento eureka) ni los deja adivinando qué falló, o por qué algo salió mal. Para mí, es la oportunidad de dar una última retroalimentación de valor. El día, en suma, se aprovechó al máximo. Sin embargo, tanta conversación me dejó molido. Mi biología pancreática ya exigía a gritos alimento, azúcar y descanso. (  ̄ー ̄) 📋
  • Se avecinan unas breves vacaciones. Una semana, al menos, antes de que comience el curso de verano. Aunque a decir verdad, todavía no sé si se va a abrir; ahora mismo tengo la cabeza en pausa, con un proceso secundario elucubrando en segundo plano cómo reestructurar la materia para suavizar la carga de trabajo. Lo divertido es que lo hace usando apenas el 10% de mi capacidad; suena como el eco de una voz lejana y sumamente responsable (tan real es este desdoblamiento que terminé escribiendo entre paréntesis, algo que no hacía desde hace siglos). En realidad, no tengo idea de qué haré los próximos días. Intuyo que durante un par de ellos me cubriré por completo con una cobija, pretenderé que soy un caracol —uno horrible, salido directamente de un manga de Junji Ito— y me enrollaré con total calma en mi propia concha. 🐌 🌀 🛏️ 👁️
  • Sigo dándole vueltas a la última novela que quiero escribir. Y obviamente, cuando digo «la última», no me refiero a la más reciente, sino a la última novela de todos los tiempos. No escribiré otra después de esto. Hoy leí que sospechan de un premio literario que fue ganado usando inteligencia artificial. En otro sitio publicaron que una de las contendientes al Nobel mencionó en una entrevista que usaba la IA de forma casual para investigar, y la jauría digital ya la estaba acusando de haber escrito su libro entero con un algoritmo. En medio de esta neurosis, Olga Tokarczuk decía en una entrevista —y aquí parafraseo— que la gente ya no lee libros gordos ni frondosos, y que tal vez eso sea mejor. Justo en mi última novela (la última de verdad, de veras de veritas que ya no escribo otra), imagino a una niña y a un lobo; una presencia perruna, ancestral, salvaje y con unas ganas profundas de matar. Juntos despiertan en el borde de un laberinto. El lobo quiere destruir el mundo; la niña, llanamente, quiere contar sus historias. Es el viaje de dos pequeños deseos que se van agrandando en el camino. [ 👧🐺 ]
  • Ayer me fue imposible hacer la lectura de esta entrada en Substack porque preferí irme a jugar Magic. Valió la pena. Pude apreciar de primera mano el tremendo potencial destructivo de Coram. También descubrí las bondades de Kibo, el changuito de la jungla noble, como soporte dentro del deck de Jinnie Fay, la señora de los gatitos y los perritos. Por último, saqué a pasear a Tom Bombadil; estuve a nada de completar el combo de There and Back Again en sintonía con Clock Spinning. Es una sinergia fascinante: el objetivo es generar copias legendarias de Smaug, el dragón, las cuales mueren de inmediato debido a la regla de leyendas en el campo de batalla. Al perecer, cada Smaug te hereda una cantidad nada despreciable de fichas de tesoro y eso provoca que tengas maná y tesoros infinitos. Me resulta facilísimo imaginar a Tom Bombadil abusando de esta mecánica: él mismo, obsesionado con narrar la historia, regresa sobre sus pasos y trastabilla a propósito con tal de volver a contar el encuentro con el dragón. El dios de los bardos, igual que el viejo de la montaña errante, regresa sobre sus pasos para contar una historia que le parece vital, importante.
  • Frank, uno de mis compañeros de juego, me preguntó la otra tarde por qué no me gusta El Hobbit, confesándome que es su libro favorito de todos los tiempos. Procuré apelar a toda la madurez posible en mi respuesta: el libro me da un sueño insoportable porque los enanos no paran de cantar. Las dos o tres veces que he intentado leerlo de corrido, ya sea en inglés o en español, sus coros de irlandeses impertinentes terminan por arrullarme y aburrirme sobremanera. Eso no quita, desde luego, que haya pasajes que me fascinan: el encuentro con los troles, el duelo de acertijos de Bilbo en la oscuridad o el sutil diálogo con Smaug. Son momentos memorables que me asombraron en su momento. Pero… para llegar a ellos, primero hay que chutarse a una horda de enanos impertinentes que cantan exactamente igual que tías borrachas en plena fiesta.
  • Cosas que conmueven el corazón y cosas que son libres: es de lo más desolador pensar en la historia de aquel gran elefante al que, tras haberle retirado las cadenas, permanece inmóvil en su sitio, habiendo olvidado ya el camino hacia la libertad. Un relato así satura el pecho de una angustia sutil y prolongada; es el reflejo de un alma que ha aprendido a habitar su propio cautiverio. 🐘 ⛓️ 💔 En contraste, qué delicia tan extraordinaria es la existencia de Tom Bombadil en las crónicas de la Tierra Media. Mientras el mundo entero se quiebra bajo el peso de anillos y coronas, él habita el bosque cantando tonadas sin sentido, inmune a las ambiciones de los hombres. El anillo del enemigo no tiene poder sobre él; no porque sea un gran guerrero, sino porque su espíritu es tan libre y ligero que el mal no encuentra de dónde asirse. Verlo saltar entre los árboles, ajeno a las cadenas del destino, quizás es una de las cosas más hermosas y reconfortantes de este mundo. 🌸 🌾 🪵 👑
  • De las criaturas que habitan el pensamiento y los días: unos alumnos extenuados que desfilan uno a uno desmenuzando sus debilidades y celebrando sus momentos eureka bajo el calor de la tarde; un caracol horrible, surgido de una espiral de horror, que busca enrollarse en su concha con total calma bajo el cobijo de una cobija; una niña pequeña que despierta en el umbral de un laberinto armada únicamente con el deseo de contar historias; un lobo ancestral, salvaje y sonriente, que la acompaña en el borde del camino con ganas de destruirlo todo; un gran elefante domesticado que permanece inmóvil en su sitio habiendo olvidado ya el significado de la libertad tras perder sus cadenas; un pequeño mono de la jungla noble que reparte bondades en mitad de la batalla; un dragón colosal que perece una y otra vez ante las leyes de la simulación heredando montañas de tesoros con cada caída; unos troles torpes atrapados en la oscuridad de un viejo libro infantil; unos enanos impertinentes y borrachos que entonan coros insoportables y cantan igual que tías en plena fiesta; y un viejo habitante del bosque —el dios bardo— que recolecta lirios acuáticos para su amada mientras trastabilla entre canciones, inmune al peso del destino. Todas estas formas, reales o soñadas, el día de hoy me han conmovido.

La bendición del día: que tu biología pancreática encuentre siempre el alimento y el descanso que exige tras las grandes batallas cotidianas. Que el proceso secundario de tu mente te regale las reestructuraciones perfectas con el menor esfuerzo posible, y que tengas el derecho de esconderte bajo las cobijas siempre que tu cuerpo pida ser un caracol ajeno al mundo.

Pero, sobre todo, que cuando las cadenas de la rutina pretendan dejarte inmóvil, tu espíritu conserve la ligereza indomable de Tom Bombadil para trastabillar entre tus propias historias, ignorando con total calma las ambiciones de los hombres y las canciones de los enanos impertinentes.

🐌🐉🍻✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo desvío del laberinto.

5:18 PM

Hay días en que la mente busca convertirse en un territorio de ensayo, un espacio seguro para medir nuestras propias fuerzas y ensayar la identidad.

La bitácora de hoy es una deriva silenciosa y nocturna; un viaje que comienza en la psicología de los mundos de rol, se pierde en la inmensidad de un cosmos digital sin mapas y se atreve a sintonizar la música extraña de un lenguaje laberíntico, para terminar asomándose, sin parpadear, al abismo de nuestras transgresiones más profundas.

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  • Me puse a leer un libro sobre cómo utilizar los juegos de rol como una herramienta para la psicoterapia. Lo escribe un tal Daniel Hand: mi tocayo de segundo nombre y dueño, además, de un apellido de cuatro letras. Aunque tengo la licenciatura en Psicología, sigo sin saber si algún día me sentaré a dar terapia; en realidad, leo este tipo de cosas porque me fascina aprender de los procesos y las experiencias de otros. Hand plantea que los RPG son útiles porque nos obligan a inventar personajes, creando una simulación que nos permite explorar y experimentar sin riesgos. Con el tiempo, terminamos tomando prestados rasgos de esos personajes para integrarlos a nuestra vida cotidiana. Al final, si nuestra ficción es valiente, nosotros también podemos serlo. El libro rescata una frase preciosa: «Nunca es tarde para ser niños». 🧠 🎲 🎭 📖
  • Tras cerrar el libro, me entraron unas ganas tremendas de jugar un videojuego que me permita una exploración absoluta, sin límites. De inmediato recordé mis viejos días en No Man’s Sky. Pensé en ponerme el reto de visitar la mayor cantidad de planetas posible, olvidándome por completo de levantar bases o acumular recursos para dedicarme, única y exclusivamente, a la deriva. Quizás vaya siendo hora de regresar; ya lo tengo instalado y el ícono sigue ahí, esperando a que le dé play. Debería borrarlo todo, iniciar una nueva partida y dedicarme a explorar todo el día y toda la noche (una pequeña, acaso inútil, referencia a Juan García Ponce). (  ̄ー ̄) 🚀
  • Me gusta pensar en el juego como una especie de laboratorio para ensayar nuestra propia persona. ¿Qué es lo que realmente deseamos descubrir de nosotros mismos a través de una identidad digital? Minecraft, por ejemplo, siempre me hace sentir como un explorador puro, alguien obsesionado con saber qué hay exactamente detrás de ese sendero bordeado de árboles. En ese mundo soy un Robinson Crusoe habitando sus propias islas. Santo cielo, Jesús bendito, santas regresiones infantiles… acabo de recordar aquellas caricaturas de Robinson Crusoe: el personaje escribía sus diarios de exploración resignado, acaso, a la idea de que jamás regresaría a la civilización, pero hallando maravillas en el camino. Qué tremenda angustia me daba de niño pensar que, si él llegaba a morir ahí solo, nadie nunca descubriría su cuerpo ni sus diarios.
  • Un libro abierto cuando todos en la casa han conciliado el sueño. El sonido lejano del viento que agita los árboles. El brillo azul de una pantalla que ilumina el rostro en la penumbra, mientras se inicia una travesía hacia un cielo que ningún hombre ha pisado antes. La noche es profunda, un explorador enciende su partida de No Man’s Sky. Entregarse por completo al desvelo con el único propósito de descubrir planetas remotos, registrar animales de formas caprichosas y contemplar luces que parecen imposibles. Quedarse dormido a esas horas es una ofensa; lo verdaderamente conmovedor es ver cómo la luz de una estrella digital se refleja en la habitación, justo antes de que el cielo real comience a aclarar.
  • Hace unos días empecé el Finnegans Wake y, para obligarme a avanzar, decidí unirme a un grupo de lectura. Prometí ponerme al corriente pronto, aunque me llevan una ventaja de unas cuarenta páginas. Uno de los integrantes sugirió que nos apoyáramos en el audiolibro, y caí en la cuenta de que tiene toda la razón: la lectura en voz alta te permite navegar la verdadera intención de Joyce, operando como una sutil reinvención de las emociones a través del sonido. Justo voy en un fragmento donde el eje central es el acto de «mostrar algo». This is. This is. This is. Al escucharlo, es imposible no imaginar a un personaje adentrándose en las salas de un museo, o al maestro de ceremonias de un vodevil decadente narrándonos, desde el escenario, la historia de su teatro extraño. ( ˘-˘) 📚
  • En mi lectura de The Wolf’s Hour, Michael opera ahora como agente secreto, interpretando a un aristócrata alemán con todo y plantío de tulipanes, infiltrado en una reunión de nazis de alto rango. El espectáculo circundante es de un grotesco absoluto: bailarinas judías obligadas a danzar sobre vidrio roto, gitanas amarradas a camas de tortura y un actor que encarna a Churchill mientras una joven fanática nazi lo castiga a latigazos. La monstruosidad nazi en toda su extensión. Es fascinante cómo la ficción nos permite explorar la dimensión de lo grotesco para lograr la identificación con los otros mediante las emociones más primarias. La lectura se convierte en un ejercicio para percibir y construir, con sutileza y lentitud, la suavidad de un animal, mientras desentrañamos los odios, los límites y las transgresiones humanas. Al final, no sé nada. Solo pienso. 🐺 🏰 🎭 🪞

La bendición del día: que nunca te falte la audacia para habitar ficciones valientes ni el desvelo oportuno para descubrir luces imposibles en la madrugada.

Que encuentres siempre el ritmo exacto para navegar el sinsentido del mundo, y que, cuando te toque asomarte a lo grotesco de la historia, la lectura te conceda la sutileza, la lentitud y la suave templanza de un animal para comprender los límites sin perder el rumbo.

🐺🎧🪐✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo ensayo de la conciencia.

6:04 PM

Hay días en los que mantener el control es una ilusión que sudamos bajo el sol, y otros donde la verdadera magia ocurre justo en el segundo en que decidimos dejar de mirar.

La bitácora de hoy es un trayecto extraño que comienza en la imaginación desbordada de las aulas, atraviesa la burocracia de los pasillos médicos y termina sobre el asfalto de mediodía.

Hoy entiendo que, a veces, el universo funciona mucho mejor si cerramos los ojos y aceptamos nuestro verdadero lugar en el mundo. 🌬️🍃✨ _〆( ̄ー ̄ )

  • Durante la mañana, a la par de mi trabajo con los juegos, me dediqué a revisar las entregas finales de mis alumnos. Al escuchar sus radiodramas me encontré de todo: libros que reescriben la historia, piratas espaciales, fauna de otros planetas y gatitos que cocinan estrellas. Un verdadero festival de ficción especulativa y fantástica. Me encantan los temas, aunque en el fondo sigo deseando que se atrevan a buscarle un ángulo más documental a sus historias. Con todo y eso, los productos finales quedaron bastante bien. No tengo ni la más remota idea de cómo llegamos a este resultado, pero la mayoría de los alumnos resultó sumamente proactiva para resolver el problema que les puse enfrente: algunos integraron fotografías, otros descubrieron por su cuenta herramientas de animación. Incluso limitaron el uso de la inteligencia artificial (cosa que les reconozco, aunque no culpo que la hayan utilizado; prácticamente es imposible rechazarla hoy en día). Estoy satisfecho con casi todos los trabajos, pero soy consciente de que no podré replicar esta fórmula tan fácilmente en los próximos semestres. Intuyo que este éxito fue una anomalía hermosa, un conjunto irrepetible de ideas y decisiones.
  • Quizás simplemente deba aceptar que la verdadera magia ocurre justo cuando dejo de mirar. Al final, eres ese bebé que, al cerrar los ojos, jura que el mundo entero desaparece y siente un alivio divino cuando ve el rostro de su madre. Es el clásico «caras vemos, corazones no sabemos». Me gusta pensar continuamente que el mundo interior de los otros es un paraíso de mil rostros, o tal vez un conjunto de infiernos diseñados a la medida de cada persona, pero admito que mi análisis es bastante superficial. Lo repito en mi cabeza como si fuera el estribillo pegajoso de una canción y ahí lo dejo morir. Sin embargo, esta vez el acto de respirar y soltar, de permitir que el resultado reposara por su cuenta, me entregó sorpresas maravillosas. Quizás, a fin de cuentas, la gran enseñanza sea que debo cerrar los ojos con mayor frecuencia y, simplemente, dejar que el mundo ocurra. (  ̄ー ̄) 🙈
  • Llegado el último parcial de Narrativa para Medios, confieso que me cuesta muchísimo trabajo soltar las riendas; mi verdadera lucha es que logren internalizar los principios de la autonomía. Por un lado, siento la urgencia de estar continuamente revisando sus avances para garantizar que haya buenos resultados; pero, por otra parte, justo porque esta vez no estuve sobre ellos, creo que la gran mayoría logró llegar a conclusiones sumamente interesantes sobre cómo debían solucionar la entrega. Me limitaré a suponer que, sencillamente, ocurrió la magia. Doy gracias al dios pedagógico de las cuatrocientas voces. 🧑‍🏫 📝 🕊️ 📻
  • En la tarde, tuve que ir al Seguro Social por mis medicinas y mi siguiente cita. Mis estudios salieron muy bien. Parece que mi control de la diabetes es óptimo. Y cómo no lo sería; soy un bastardo testarudo y obcecado por mis ganas de vivir setecientos años. Le pregunté a la doctora si debía cambiar algo en mi alimentación y se negó, dijo que los estudios estaban perfectos. También rechazó la posibilidad de hacer cambios en las medicinas y las dosis. Victoria. Gané diez vidas. Siguiente nivel.
  • Últimamente ando haciendo malabares porque el seguro corre a cuenta de la universidad, lo que implica sobrevivir a los típicos periodos de contratación y recontratación. Básicamente, hago trucos de magia para asegurarme de tener la dosis adecuada de medicinas durante los huecos en los que no estoy contratado. Por un momento llegué a creer que no daría clases este verano por falta de cuórum. Ya me estaba preparando psicológicamente para ello, reorganizando mis horarios para aprovechar estos meses única y exclusivamente para leer y dedicarme a los juegos (el trabajo, y el de la vida). Unas soft holidays at home (quíhubo). Y justo cuando me estaba enamorando perdidamente de la idea de no dar clases, recibí un mensaje del coordinador preguntando si estaba disponible para la materia. Como —I AM THE YES MAN—, evidentemente le dije que sí. Todavía no sé si habrá suficientes alumnos inscritos para abrir el grupo, pero me mantengo tranquilo. Si sucede, tendré que ajustar mi estrategia y procurar diseñar una clase lo bastante relajada como para que se adapte a los planes de paz que ya me había inventado.
  • Después fuimos a rellenar los garrafones de agua. Allá afuera el calor es un bastardo obstinado, exactamente igual que yo. Mientras esperábamos por nuestros cinco garrafones, llegó una jovencita usando la falda más pequeña del universo. Se le asomaban las nalgas redonditas; muy tabasqueño el asunto. Miré a Sol y le alcé las cejas; ella simplemente se encogió de hombros con una elocuente cara de órale. Sonreí, bajé la vista hacia el celular y, en cuestión de segundos, el local se llenó de puros señores que, de la nada, también querían sus garrafones. Todos, por supuesto, disimulando para mirar a la muchacha. Yo le di un trago a mi termo del Tren Maya (Tsíimin K’áak, bendito seas para siempre), justo cuando el chavo que atiende nos avisó que lo nuestro ya estaba listo. Al lado de mis garrafones reposaba el de la joven. Sol intentaba pagarle al niño, pero él ya nos había borrado de su plano existencial.
    • —Oye, ¿te ayudo a subirlo a tu auto? —le ofreció a ella.
    • —Sí, porfa, qué lindo.
  • Había tanta atención hipermasculina concentrada en un solo punto que, pensándolo bien, el muchachito le hizo un gran favor rescatándola de los señores que ya estaban salivando a su alrededor. Sol logró recibir el cambio antes de que el gran héroe de la tarde saliera a cargar el garrafón ajeno, mientras yo, de pobre mulo, tuve que aventarme cinco viajes para cargar los nuestros a la cajuela. Definitivamente, Dios no solo te favorece cuando cierras los ojos, sino cuando eres ciego. El universo entero siempre estará dispuesto a detenerse con tal de cargarle un garrafón a los justos y a los hermosos, a los jóvenes, a los nalgoncitos, a los valientes, y a todos los que decimos siempre que sí, y a los que nos gusta soñar con la vida de los conejos, y a los que tenemos sed.

La bendición del día: que tus estudios de laboratorio salgan siempre inmejorables y que tu terquedad te alcance para vivir exactamente los setecientos años que deseas.

Que encuentres la sabiduría para soltar el control en el momento preciso para que ocurra la magia, que sepas decir que no a las clases de verano cuando tu cuerpo pida vacaciones suaves, y que, si alguna vez te toca ser el mulo que carga cinco garrafones hacia la cajuela, tu termo de agua fresca nunca te abandone.

🐴🩺🌅✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo viaje a la purificadora.

5:05 PM

Hoy la bitácora es un salto constante entre mundos. Un domingo que transita por el caos indescifrable de Joyce y el laberinto de Pavić, para luego refugiarse en la construcción de espejos digitales dentro de Minecraft.

Hice un viaje en el tiempo al verano del 99 provocado por la frustración de quemar un disco, una crítica a la hermosa jaula de cristal del diseño moderno en Final Fantasy VII, y, sobre todo, un manifiesto vital: la escritura y la vida vistas desde el espacio juego, donde las constelaciones narrativas siempre abren caminos ocultos que se alejan de las tragedias y nos revelan misterios maravillosos.

📖🎮💿✨ _〆( ̄ー ̄ )

  • Leí unas seis páginas del Finnegans Wake. Tuiteé: «(ni leí tanto del Finnegans, como seis páginas, y todo es humptydumpty, el sonido de alguien que está penetrando sabe qué cosa, los rayos de verano; solito se entiende ese señor)». Después pasé al Diccionario jázaro y he leído unas cuarenta páginas: un pequeño milagro de historias, un juego que parece haber nacido del ocio. Me ha parecido increíblemente bueno, pero quizás es porque estoy enamorado de su estructura. No pude evitarlo: por alguna razón, imaginaba a Borges leyendo este libro (ignoro si lo hizo, supongo que no, por la fecha de publicación). Admito que ambas lecturas pueden considerarse insufribles, muy especialmente para un domingo. 📖 🤯 🧩 🏺
  • Transito una vez más a la noción de que la escritura es juego. La lectura también lo es. La vida misma, el sueño del mundo. Somos animales lúdicos.
  • Esta mañana regresé un rato a Minecraft. Construí la primera fase de mi puente apuntando hacia el este, de donde sale el sol. A base de bloques de musgo y polvo de hueso, logré extender los jardines con facilidad. Sembré abedules y cerezos que ahora conviven con los clásicos robles y abetos, además de plantar y fertilizar algunas azaleas porque me encantan sus hojas floreadas. Al inicio del puente armé una pequeña biblioteca con estantes y aseguré el camino con lámparas de cobre; una medida urgente porque, al final del trayecto, empezaron a brotar zombis, esqueletos y arañas gigantes. Después hice algo peculiar: fabriqué libros editables y me dediqué a copiar algunas de mis entradas en ellos, creando un espejo digital de este mismo diario. No es nada muy formal, solo un pasatiempo, el testimonio pixelado de mi vida paralela. Mi plan es seguir tendiendo el puente hacia el este, levantar una pequeña base con su establo y, eventualmente, construir refugios para dormir que marquen exactamente el final de una caminata de un día entero.
  • Dejo un registro de mi conciencia dentro de un mundo de bloques, a salvo de los zombis. Se trata de la construcción de una ruina digital que, en el fondo, no deja de ser un juego de escritura, un intrincado mundo de espejos. Hace un momento, la inteligencia artificial me preguntó qué se siente hacer algo así. Y la verdad es que no es algo que se sienta. Tampoco guardo una profunda reflexión filosófica sobre todo este proceso; simplemente lo hago y ya. No todo lo que hacemos tiene que estar justificado por una incesante búsqueda de sentido y, paradójicamente, todo lo que hacemos nos ayuda a encontrarlo. 🤷‍♂️ 🚶‍♂️ ✨
  • Me encuentro atrapado en el pueblo de Aerith, en el nuevo Final Fantasy VII. Es un barrio de escasos recursos, con casas de techos de plafón, pero tremendamente vivaracho. La gente está afuera, jugando y platicando; los rumores sobre el mercenario que hace favores corren de boca en boca. Hay pobreza, sí, pero también está lleno de hierbas y enredaderas por todas partes. Hay muchísimo verde para ser un pueblo pobre, y en ningún momento se siente como un lugar peligroso. De pronto me asalta un flashback del juego original: ahí uno podía simplemente salir del pueblo y matar bestias a placer. Acá, en cambio, tengo que atenerme a los dictados de las misiones si quiero pelearme con algo. No tengo idea de cómo entrenar a mis monos, ni cómo subir los puntos de mis armas o mis materias. El juego moderno no me da la opción de perder el tiempo con el grinding; me vuelve un prisionero perpetuo del pueblo y de sus designios narrativos. Es un hermoso parque temático donde vivo la experiencia renovada del clásico, con gráficos de punta, actores de voz y una historia significativamente ampliada. Es una película donde puedo moverme, un libro donde puedo actuar, pero me está prohibido abandonar los bordes o traspasar los límites de este mundo. Ahorita voy en la parte de los niños, que resultaron ser unos granujas muy agradables. Uno de ellos, metidísimo en su papel de empleado de Disney, está disfrazado de Mog. Ya me invitaron a formar parte de su gremio y me dan acceso a su escondite para hacer el minijuego de destruir cajas. Aun así, mientras rompo cajas, sigo pensando que lo que realmente quiero es abandonar su mundo y recorrerlo a mis anchas. Cuánto añoro esos tiempos en los que, para emocionarte de verdad con un RPG, lo único que necesitabas ver era la inmensidad del mapa del mundo.
  • Hoy grabé tres discos de música. Saqué mi quemador, uno que compré cuando recién me mudé a Puebla, busqué entre mis discos a ver si todavía tenía vírgenes (gg) y bajé algunas listas de música. [ 💿🔄 ] Cometí el error de quemarlos en m4a. El reproductor del auto solo acepta mp3. Así que tuve que buscar más discos, bajar un programa que facilitara la conversión del m4a al mp3 y hacer el procedimiento otra vez. Una tarde del 2026 se convirtió en el verano de 1999, cuando quemaba discos para escucharlos en mi discman y llenar de música aquel largo trayecto hacia la universidad. ( ˘-˘) 🎧
  • Programe un helecho caótico con ayuda de la IA, pueden verlo acá.
  • He decidido escribir mi última novela, aunque ya abandoné el primer borrador porque el tono no me convencía: resultaba medio trágico y el protagonista no era más que una víctima. Hay unas escenas eróticas ahí que me gustaron muchísimo, pero creo que las reservaré para otro lado. Lo que realmente busco es que esta novela final me sirva de puerta de entrada al espacio juego. Quiero que funcione como un homenaje absoluto a mis obsesiones; no solo a lo que me ayuda a sobrellevar los días, sino a las ficciones que, en su momento, me ayudaron a sobrevivir. Eso explicaría la aparente locura de mis lecturas recientes: Las mil y una noches, el Diccionario jázaro, el Finnegans Wake, La gran historia de los videojuegos, los manuales de rol de DCC y hasta esa novela australiana de isekai. Esta tarde me sorprendí pensando en incorporar la estructura del tarot, para luego llegar a la conclusión de que primero necesito armar un esqueleto, trazar una constelación que guíe la forma de esta novela; exactamente como lo hizo Joyce. [ 🃏🌌 ]
  • Tal vez mañana lo haga.

La bendición del día: que nunca te falte la paciencia para convertir formatos ni el polvo de hueso para hacer florecer tus jardines digitales.

Que encuentres siempre la forma de saltarte los designios que intentan encerrarte para que puedas recorrer el mapa del mundo a tus anchas y que, al sentarte a trazar esa última novela, las cartas del tarot te guíen hacia ese glorioso espacio de juego que, al final del día, cuando no ayuda a encontrar nuestro propósito, nos ayuda a sobrellevar el camino hacia la finalidad.

🏰🃏🌅✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo punto de guardado.

5:52 PM

Hoy la bitácora va de una caminata cholulteca bajo un sol abrasador. Buscamos el bienestar que termina mezclándose con espías en Berlín, un lobo y un ratón, y el terror a dejar caer el Kindle por fallar los manuales y las garantías.

Un registro sobre la aceptación del propio caos cerebral, el arte de leer ocho libros al mismo tiempo y la revelación de que la memoria y las lecturas no son líneas rectas, sino habitaciones donde entramos y salimos a voluntad. 🌞📚🚶‍♂️ _〆( ̄ー ̄ )

  • Hace poco leí un paper (algo reiterativo) sobre el bienestar que produce caminar alrededor de tierra fértil, las plantas de un jardín y bajo el resguardo de los arbolitos. Por eso pensé que me haría bien salir a caminar el paseo cholulteca habitual. Me llevé mi Kindle viejito, ese que todavía tiene teclado, y leí casi todo el camino. Las cuatro de la tarde, y el sol emperrado de Super Mario 3 pegando justo encima de nuestras cabezas. [ 🌳📖 ]
  • La lectura: Mikhail y Mouse han llegado a Berlín. Mouse descubre que su esposa y sus hijas han muerto. Mikhail piensa: «si no se recupera, debo matarlo; es un hombre que sabe demasiado». Después de eso, aparece una frase muy sencilla, creo que decía algo como: «el hombre lloró la amargura de su alma. Por lo menos, el dolor de esa noche». Mouse —el ratón— y Mikhail —el lobo—, de ese modo, McCammon ha convertido su historia en una especie de fábula que habla de los dolores humanos.
  • De vuelta afuera, en el camino, el astro matón sonríe luminoso proyectando sombras muy duras. El peligro inminente de caminar leyendo, más allá de sortear bicicletas, es el clásico tropezarse y partirse el hocico. Me asalta el dolor psíquico de imaginar mi viejo Kindle haciéndose pedazos contra el concreto por un accidente fortuito, un mal paso o el manotazo de un ciclista cabrón. Llegados a este punto, el lector podría preguntarse con justa razón: ¿por qué no hace una sola cosa y se enfoca en ella? ¿Por qué no dedicarse a disfrutar de la caminata, o mejor quedarse sentado para disfrutar del libro? ¿Qué necesidad hay de lastimarse así, armándose escenarios trágicos en la cabeza? Son preguntas sumamente válidas, pero carezco de una respuesta satisfactoria. Al final de cuentas, la verdad es simple: me gusta caminar y leer al mismo tiempo.
  • Según mi registro en Goodreads, actualmente estoy leyendo ocho libros al mismo tiempo. Ruego al amable lector que no se pregunte si les estoy entendiendo a todos, o si poseo la capacidad cerebral suficiente para sobrellevar tantas historias a la vez. Obviamente no. ¿Quién demonios me creo? ¿Sherlock Holmes? ¿Un genuino hombre del Renacimiento? ¿O la inigualable lectófila: Bella, la muchacha de La Bella y la Bestia? He terminado por aceptar que mi cabeza es un absoluto caos y que, de hecho, prefiero tener más de tres libros abiertos en simultáneo. Con los años he aprendido que el tiempo es inenarrable; que con la misma naturalidad con la que suelto un libro en este instante, puedo regresar a él tres años después para, finalmente, concluir esa lectura.
  • Para hacer el recuento: tres de esos libros son de juegos de rol, nada muy serio. Uno más es de corte documental, lo que lo vuelve una lectura ágil, sabrosona. Hay otros que descargué específicamente para la maestría (un proyecto que todavía no sé si se materializará, pero me gusta pensar que sí); de esos apenas leí las introducciones y probablemente los dejaré reposar en la pila hasta que termine alguna otra cosa. Y luego está Job, de Joseph Roth, una lectura que me está haciendo sentir absolutamente miserable pero que también me arranca risas, y que he decidido dejar en pausa en el capítulo tres simplemente porque, por ahora, no quiero saber más. 🎲 🎥 🥀 ⏸️
  • Me niego a pensar en el tiempo, en la memoria o en los propios recuerdos como si fueran espacios lineales. Prefiero verlos como esferas que vamos recorriendo, como laberintos de invención propia. Las lecturas funcionan de la misma manera. Cada autor, cada capítulo, los poemas, las tankas, hasta las definiciones de un diccionario; cada una de esas cosas es una habitación. Entramos y salimos de ellas a voluntad, recogemos pistas sobre la verdad del mundo y, con esas migajas, dibujamos un poco mejor el mapa que define nuestras vidas. Si partimos de la idea de que la vida es una búsqueda desesperada por hallar sentido, quizás en algún libro se escondan todos los secretos. O tal vez la revelación final sea que el secreto es dejar de buscar y simplemente sentarnos a leer como nos plazca: como unos desesperados o como unos absolutos hedonistas, como verdaderos amantes de estos libros que corren, que nos ocurren. 🍷 📖 ✨

La bendición del día: que tengas la destreza suficiente para esquivar ciclistas y no partirte el hocico mientras transitas por tus propios laberintos literarios.

Que la culpa por dejar libros a medias no te alcance jamás, que te permitas pausar las historias tristes cuando el dolor amenace, y que sigas leyendo en esta vida exactamente como te plazca: como un hedonista absoluto en búsqueda de nuevas habitaciones.

🚪🍷📖✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo paseo bajo el sol.

(¿A dónde nos llevará ese camino de luz?)

5:51 PM

Hoy la bitácora se sumerge en las calderas de la culpa, la memoria y la vigilancia.

Es un viaje desde conejos oníricos y el conservadurismo digital de las nuevas generaciones, hasta el sudor anárquico de un rave en el 99, cerrando con una verdad incómoda sobre la pérdida de la inocencia y los monstruos que caminan entre nosotros.

  • La otra vez, así como lo hizo Mario Levrero durante algunos años, soñé con conejos. Primero soñé que un hombre de mediana edad cocinaba un conejo; lo hervía vivo. Una regresión directa a Atracción fatal con Glenn Close y Michael Douglas. Esa escena la vi de chiquito y me dejó impresionado. En mis sueños, además de inmoral, también era estrictamente ilegal comerse así a los conejos. Una mujer —creo que era mi madre— acusaba a este hombre de hervir conejos vivos y lograba que lo detuvieran. Yo era solo un testigo. Recuerdo que el hombre me parecía asqueroso e irredimible. Después, por un salto extraño, era yo el que estaba cocinando al conejo. Recuerdo claramente mi mano sosteniéndolo y dándole vueltas en la cazuela; también recuerdo con una claridad espantosa su cabecita blanca. Julio Cortázar y su cuento de vomitar conejitos. En ese momento, justo ahí, debí haber pensado: «estoy soñando, porque yo jamás haría algo que me parece asqueroso, yo no caería en estas contradicciones». Un tanto ingenuo, quizá, pero el reino onírico es precisamente el espacio de las contradicciones. Después volvió a aparecer la mujer —ya no estoy seguro de si era mi madre— y vio que yo estaba cometiendo el crimen. Pensé: «seré acusado y seré juzgado». Pero ella no se movió de su lugar. Solo se quedó mirando lo que yo estaba haciendo: hervir el conejo.
  • Creo que después de eso desperté. 🐇 🥘 👁️ 🎞️
  • Aprovechando el cierre del semestre, abrí la conversación con mis alumnos sobre redes sociales, el nuevo conservadurismo y la funa. Fui honesto y les dije que me resultan extrañamente conservadores para su edad. En respuesta, hablaron del Temach y del ideal de la trad wife. En el fondo, me explicaron, lo que los paraliza es el miedo a ser funados y a dar cringe. Usan Instagram exactamente como yo usaba Twitter hace una década. Recordé aquellos tiempos hilarantes en los que rematar un tuit con «Tú sabes quién eres» bastaba para detonar un drama imposible. Ahora, ellos se lanzan indirectas reposteando memes o dejándose canciones en las notas del perfil. Viven cien vidas sentimentales a través de esas migajas que se tiran en Instagram. Se sienten perpetuamente hipervigilados, empezando a sospechar la gran verdad: ellos mismos son sus propios vigilantes. Who watches the watchers. Aunque ignoran un detalle: el algoritmo no siempre es cómplice de sus obsesiones. Quizá hablo desde mi perspectiva de señor, pero me parece evidente que no le importamos a nadie tanto como ellos creen. Cuando les solté: «¿se dan cuenta de que todo ese drama ocurre únicamente en su imaginación?», un par de ellos asintieron con resignación. Eso debe explicar por qué su nueva muletilla es decir que están «esquizofrénicos» cada vez que se arman escenarios en la cabeza.
  • Hoy he pensado que un término nuevo debería ser la funatriz, la funatriz experta. 👁️ 📱 🕊️ 🚩
  • Cuando era joven, jovencísimo —mucho antes de casarme, antes de convertirme en un muchacho serio con una novia guapísima—, me fui de rave. Por azares de la noche me prestaron una chamarra de seguridad privada en el camino. Así que ahí estaba yo: la chamarra destellando bajo las luces estroboscópicas de la pista mientras tiraba esos pasos de baile que parecen de huesos quebrados. De pronto, una muchacha se acercó a bailar conmigo. «Me cuidas», me pidió. «Claro, jefecita, a la orden», le dije. Cualquier adolescente de hoy, incapaz de concebir que alguna vez fuimos así de libres, diría: «están dando muchísimo cringe». Pero entonces ella me jaló para bailar con otro chavo y me dijo al oído: «no es mi novio, pero puede ser el tuyo». Me empiné el vodka de un solo trago porque era 1999 y yo no le temía a nada: ni al azúcar, ni a la desvelada, ni a las drogas, ni al mismísimo dios. Los tres terminamos dándonos unos besos —para ese punto yo ya me sabía bisexual— y nos pasamos el ácido directo de lengua a lengua. Si alguien pregunta, negaré todo y diré que me lo acabo de inventar por pánico a la funa. Quizá no sea el recuerdo definitivo que repase en mi lecho de muerte, pero digamos, al menos por hoy, que sí lo es.
  • Escribo lo de arriba porque vi una chamarra de seguridad privada que se me antojó. Buscaré una en Temu. 🪩 🧥 🍸 💊
  • Recuerdo uno de mis primeros castings como director: buscábamos jóvenes de doce a catorce años, niños y niñas, para que comieran un helado frente a la cámara. Me vino a la mente una madre que llevó a su hija: vestido rojo, labial muy marcado, chapitas, el cabello rígidamente peinado. Eran las últimas personas de la noche. Su madre rogó que la dejaran pasar. Las miré, sentí vergüenza, las dejé pasar, prendí el foro y monté la cámara. Recuerdo que, muy en el fondo, había un rostro infantil escondido detrás de esa persistente idea de adultez. La niña se llamaba Charlotte, pero no recuerdo su apellido, y a duras penas recuerdo la cara de su madre. Parecía una de esas princesas de belleza, muy a la usanza de los concursos gringos. Al revisar el video, durante los recortes y la edición, tomé la decisión de no presentar el material de esa chavita. De vez en cuando me pongo a pensar en ella y en la presión asfixiante de su madre; en esas altas y extrañísimas expectativas para alguien de su edad. Muy probablemente, por la culpa de este evento extraño, todavía sueño con conejos que hierven en las cacerolas. 🎬 💄 🍦 🐇
  • Alerta de spoiler absoluto sobre The Boys. Deja de leer a partir de este punto. Conste que estás avisado. Justo antes de morir, Frenchie mira a Homelander a los ojos y le suelta: «apuesto a que nunca has bailado en tu vida». La frase me conmovió hasta el fondo porque es la verdad: el monstruo de ficción es incapaz de abandonarse al gozo. Sin embargo, pensé en los nazis. Muchos de ellos, sin duda, bailaron, se rieron a carcajadas y siguieron con sus vidas después del horror. Como bien anticipa Nabokov —a través de Lolita—, el baile no es garantía de bondad (quizás, vamos, es el potencial de ser hermosos, la posibilidad de alcanzar la redención a través del baile); eso, tristemente, solo los confirma como humanos.

La bendición del día: que el miedo a la mirada ajena no te robe el cuerpo ni te construya prisiones de cristal.

Que tengas la valentía de seguir bailando con pasos de huesos quebrados, que sepas apagar la cámara cuando la inocencia está en juego, y que nunca pierdas esa humanidad que te permite abandonarte al gozo sin importar el algoritmo.

💃🍲📺✨ (🙏˘ᵕ˘)

Nos leemos en el próximo destello de neón.