Hay jornadas en las que el pensamiento se vuelve un territorio denso, obligándonos a edificar laberintos de código y habitaciones de ficción para no mirar el vacío de la memoria.
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La bitácora de hoy es un recorrido de fósforo verde y estática analógica; un trayecto que se interna en las páginas de la miseria literaria, ajusta cuentas con los fantasmas y las herencias de los padres, y ensaya el desdoblamiento del perdón más honesto, para terminar disolviéndose, con total calma, ante la gracia sólida, simple y viva de un cabezazo felino que nos devuelve a la superficie.
- El laberinto ha vuelto a mutar. La versión 5.2 de este sistema funciona como el registro arqueológico de un error compartido: la reconstrucción de @diosestalla mediante texto generativo. Ahora la gramática habita un aislamiento estricto, latiendo en su propia terminal de fósforo verde mientras arroja habitaciones vacías, deidades mudas y murmullos analógicos que se desvanecen a cada paso. Puedes descargar la bitácora si necesitas conservar los restos de la estática, o atrapar una postal del cinescopio antes de que el navegador colapse por exceso de memoria. Al final, uno comprende que no programa historias; solo aísla las paredes de un espacio en penumbra donde el tiempo se detuvo a saludarnos. 🖥️ 🟢 📟 💾 🌐 | Puedes visitarlo en: https://ende.agustinfest.com/diosestalla/
- A veces pienso que construí este laberinto para llenar los vacíos de ficción en mi propia memoria; hablo de esas habitaciones mentales hechas de puras expectativas, de lo que nos hubiera gustado ser. Es el mismo desdoblamiento que opera al escribir novelas o cuentos: ensayar qué pasaría si de pronto me ganara la lotería, o cómo habría sido mi historia si mi padre biológico se hubiera apersonado en ella. ¿O acaso todo sería mejor si una horda de enanos impertinentes tocara a mi puerta para arrastrarme a una saga épica mientras cantan, y cantan, arrullándome con sus coros interminables y su espeso aliento de tías alcohólicas?
- Esta mañana retomé la lectura de Job, de Joseph Roth, y logré avanzar unos cuatro o cinco capítulos. De momento, Mendel me parece un hombrecito tan miserable que me asalta una gran renuencia a continuar con el libro. Lo odio porque me resulta un mal padre y un esposo terrible; un ser genuinamente patético. Supongo que la gran literatura trágica se empeña en construir hombres despreciables para después justificar su redención; así de predecible suele ser la literatura canónica. Ya llegará el milagro, imagino. Con todo, disfruté mucho el capítulo cinco —¿o habrá sido el seis?— gracias a la irrupción de un americano. Su aparición es tan disparatada y magnética que por un instante pensé que se trataba del mismísimo diablo; me cayó muy bien. Déborah también es un personaje increíble. Cuando leía el relato bíblico de Job, siempre me obsesionó el destino de su esposa, el modo en que se desvanece de las páginas tras imprecar al hombre. Intuyo que Roth está saldando una deuda histórica con las mujeres del mito a través de ella.
- Hace unos días pensé en mi padre. Por alguna razón, le confesé a alguien que me estoy quedando calvo como él: la configuración de mi cabeza —al menos la externa— viene dictada en sus genes. Una calva discreta, pelitos de loco. De ahí, mi mente saltó hacia otra de mis figuras paternas. De niño, y más tarde de joven, compartía casi todo mi tiempo con D. Lo que más me fascinaba de su presencia era que su conversación jamás resultaba aburrida; como siempre estaba leyendo y actualizándose, devoraba el futuro y sus posibilidades. Era un hombre en constante estado de imaginación o razonamiento, y me encantaba escucharlo. Lástima que detrás de toda esa pirotecnia genial habitara un espíritu atormentado, un abusón en potencia. Hoy tomé aire, llené los pulmones y, como ocurre cada vez que lo recuerdo, después de mandarlo con total justicia a chingar a su madre, lo perdoné, sabiendo que en el proceso también me estoy perdonando a mí mismo. Esta vez elegí mirar lo bueno: aquel abrazo cuando murió su madre y él, desarmado, se echó a llorar en mis brazos. Se lo debo: pasamos momentos entrañables juntos, en familia. A fin de cuentas, es mucho más de lo que obtuve de mi propio padre, de quien no puedo hilvanar un solo pensamiento exacto; murió, nunca lo conocí y no compartimos nada. Mi madre aún guarda algunas palabras gentiles para él; supongo que ese saldo piadoso le servirá en el otro lado. Haber sobrevivido a ambos me ha dejado una certeza absoluta: jamás seré un hombre patético como Mendel, ni como esos personajes miserables que los hombres se empeñan en sembrar en las grandes novelas. 👤 🪞 🧬 👴
- Epitafio: “no me arrodillaré ante ninguna enfermedad, ante ningún padre y ante ningún dios”.
- Hoy Morgana me hizo un favor: visitó el dólar bajo el cual está enterrada la Nico. Olió un rato la planta y le dio una mordidita. Luego se acercó a mí, maulló un par de veces y me miró directo a los ojos. Le pregunté si me estaba contando algo; ella aseguró que tenía un mensaje para mí. Yo me hice pato, subí las escaleras y vi que me venía siguiendo. Se detuvo al ver la puerta del baño de visitas entreabierta. «Vamos, si eres muy fuerte, ¿por qué no la empujas?», quise decirle, pero ella se me adelantó. Empujó con su cabecita, abrió bien la puerta y volteó a mirarme. «Eres muy fuerte, Morgana», le dije. Y ella pareció estar completamente de acuerdo conmigo. Se me olvidó mi tristeza, los pensamientos de mi calva, los personajes miserables y que todo el día de hoy programé un laberinto porque me puse a pensar demasiado. (  ̄ー ̄) 🐈⬛
- Cosas que poseen una gracia secreta y salvan el espíritu: un resplandor de fósforo verde que insiste en alumbrar una habitación vacía en mitad de la noche. El eco de un insulto arrojado a tiempo y con rabia, seguido de inmediato por un suspiro de perdón que limpia el aire. Los hilos invisibles de un linaje que se manifiestan únicamente en la forma discreta de una calva bajo la luz de la luna. El llanto repentino de un hombre brillante que dobla las rodillas y se entrega, desarmado, a los brazos de quien solía escucharlo. Una hoja redonda y verde que brota con terquedad sobre la tierra donde descansa un viejo afecto. El cabezazo obstinado de una criatura pequeña que decide abrir de par en par una puerta entornada para demostrarnos que los muros más pesados de la mente siempre están hechos de aire. Todas estas cosas son de lo más reconfortantes cuando la memoria se empeña en volverse un laberinto demasiado estrecho.
La bendición del día: que cuando tu cabeza se empeñe en construir laberintos para aislarse del dolor del mundo, el sistema nunca colapse por exceso de memoria.
Que te sea concedida la entereza para mandar a chingar a su madre a lo que te atormenta y la soberanía absoluta para otorgar el perdón desde la dignidad, salvándote para siempre de convertirte en el hombre patético de las tragedias escritas por otros.
Y que, sobre todo, cuando te abrume el runrún de las ausencias, la calva heredada o los personajes miserables, encuentres siempre cerca una criatura sutil y persistente como Morgana que, con un simple empujón de su cabecita, te recuerde que las puertas entornadas ceden ante la fuerza de lo vivo y que los muros más pesados de la mente casi siempre están hechos de aire.
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Nos leemos en la siguiente terminal del laberinto.

