Semana 36, la semana de los esqueletos danzantes

I. 🩺🩺 ( ˘─˘)っ💊

El acto de escribir exige adiestrar las manos, calibrar la postura y desarrollar una resistencia casi masoquista frente a la silla. La premisa conserva un halo romántico hasta que una punzada en el costado derecho dificulta la respiración profunda. Me duele por algo, creo que dormí mal anoche, o la postura cuando me acosté a tomar una siesta en el sillón. La maestría me deja muy cansado. Si mi vida fuera un episodio de Doctor House, el doctor Foreman irrumpiría para decretar una perforación pulmonar provocada por costillas rebeldes durante el sueño, prescribiendo morfina inmediata y una toracotomía de urgencia, solo para admitir veinte minutos después que se equivocó de órgano. Foreman me tomaría del hombro con gravedad: «no se preocupe, no tenemos idea de qué tiene, pero nos estamos acercando». En ese preciso instante yo entraría en paro cardiorrespiratorio, un enfermero gritaría: «¡carguen a doscientos, desfibrilador!», mientras en el encuadre secundario descubriríamos al doctor australiano y a la doctora guapa cogiendo furiosamente en el almacén de esterilización. El drama habitual de los domingos por la tarde, pausa comercial incluida. Al volver del corte, House resolvería el caso tirando una pelota contra la pared: no era perforación, era una acumulación de aire por sostener la misma metáfora durante tres horas continuas.

Consulté a Gemini —mi IA de confianza— sobre la viabilidad de tomarme un ibuprofeno. Tras desplegar su rutinario sermón burocrático —ese aviso de exención de responsabilidad donde jura ser una mera red neuronal sin título universitario ni cédula médica—, sugirió monitorear el dolor ante el riesgo inminente de una colangitis o una inflamación vesicular severa. Tuve que confesarle la verdad: «cabe aclarar que me extrajeron la vesícula hace años, tu diagnóstico es biológicamente extinto». Lejos de colapsar por el error, el algoritmo procesó el dato en milisegundos y recalculó con fría ecuanimidad: «comprendido; al carecer de dicho apéndice, sugiero aguantar el dolor. El analgésico hará su trabajo en un par de horas y podrás consagrarte a la escritura como si el cuerpo humano hubiese sido diseñado para semejante suplicio». Cuánto estoicisimo. Sonreí aliviado.

II. 💀🖤 ( ˘─˘)っ⚔️

Tengo entre las manos una obsesión ridícula pero poderosa: la historia de un tipo empeñado en cogerse a un guerrero esquelético, quiere cogérselo durísimo, sin importar la ausencia de carne, piel u órganos vitales. Supongo que deseo escribir una sátira contra la literatura de fantasía romántica y el isekai, aunque una parte de mí se lo está tomando muy en serio; sobre todo es un pretexto para soltar a la bestia narrativa que descubrí durante la escritura de La feria del cerdo y ver hasta dónde puede estirar el absurdo. Cuando le platiqué la idea a Sol mientras cruzábamos Cholulita, la de los mil amores, la logística del asunto la hizo soltar una carcajada: la pura imposibilidad estructural de hacerle el amor a una caja torácica vacía. Le respondí con la pose de quien oculta un gran secreto, cuando la verdad es mucho más simple y rotunda: donde hay deseo, hay voluntad.

III. 📚🖋️ ( ˘─˘)っ📖

D me entregó el itinerario de lecturas para la investigación: un recorrido denso sobre la enfermedad y la otredad que abarca desde la prosa documental de Carrère hasta el Diario del dolor de María Luisa Puga, pasando por Gospodínov y las reflexiones médicas de Rita Charon. El universo ludópata de Dungeon Crawler Carl queda congelado en la fila de espera, a pesar de que ya dispongo del último volumen gracias a mi proveedora.

Leí de un tirón Chicos que vuelven de Mariana Enríquez mientras me peleaba con el arranque pausado de Never Let Me Go de Ishiguro. Enríquez posee un caos magnético; hay en sus relatos un eco del gore arquitectónico de Junji Ito y del vagabundeo visceral de Bolaño. Lo verdaderamente asombroso es la geografía: edifica pasillos, ciudades, parques, esquinas y bloques habitacionales con una solidez tan clara que es muy fácil vislumbrar el horror entre los destellos de urbanidad, la oscuridad de los callejones.

Esa lección espacial me hizo pensar en la maestría. Acudo a las aulas buscando chispazos de inspiración, pero la certeza es más terrenal: pago una colegiatura para imponerle un cerco a mi inercia salvaje, esa que prefiere escribir por libre y sin rendirle cuentas a nadie. Someterse a la enseñanza formal es una tregua necesaria; la figura del artista romántico que vive subsidio tras subsidio esperando la gran obra del mañana es una fantasía insostenible.

IV. 🃏🛡️ ( ˘─˘)っ🎴

Henzie volvió a anotarse un par de triunfos en la mesa de juego, confirmando que la ambición de un criminal de poca monta sólo necesita a la cuadrilla adecuada para derrocar imperios. Hay una fijación casi obsesiva de mi parte por depurar este mazo, buscando que cada criatura se sienta como un socio legítimo de su banda. La vibra del personaje es idéntica a la de Barba Negra en One Piece: una mezcla de desfachatez, oportunismo y un séquito de aliados impredecibles.

Su nómina de cómplices es un gabinete de rarezas donde conviven las aves del paraíso o los jerarcas innobles, junto con la brutalidad de los dragones: el terror de las cimas, o los fuegos imperecederos. Imagino a Henzie y sus negocios impuros con los dragones. Si la situación exige manipular la mesa, Henzie recluta la demencia de Kiki-Jiki, el derechazo de Jaxis, o los tambores neurálgicos de The Master. O bien, se enfoca en las ocurrencias absurdas de Deadpool y Raph & Mikey, quienes bien podrían ser estos mafiosos bienintencionados. Cuando las cosas salen mal y la mesa se vacía, la reserva moral la ponen nigromantes de la talla de Mikaeus, el vampiro clérigo que trae los últimos regalos o el titán proteíco, recordando que en este mazo la muerte es solo un segundo turno de ataque.

La integración de Jenova (Final Fantasy) completa la alineación para garantizar un flujo constante de cartas. Es imposible no notar la ironía visual: el diseño de Jenova es un eco de Atraxa, el ángel dominante al que Henzie doblega en el universo de New Capenna. Un recordatorio de que, para ganar, Henzie no tiene empacho en reclutar a los mismos monstruos que antes juró derrotar.

V. 🎹🦴 ( ˘─˘)っ💬

En el grupo de WhatsApp de la maestría convivimos dos estratos geológicos: la juventud de veinte a treinta años y los veteranos, categoría donde solo entramos G y yo. Un día, G compartió entusiasmada la imagen de un concierto de Raúl Di Blasio: «Compañeras, venden boletos para este señor, ¡vuelan como pan caliente!, ¿quién dijo yo?». El chat colapsó en un silencio de cripta, de abismo digital. Nadie respondió.

Días después, G volvió a la carga indignada: «Compañeras, ¡increíble! ¡Se perdieron a Di Blasio». Ante el desconcierto general, una de las chicas se armó de valor y preguntó con absoluta inocencia: «Oigan, pero ¿qué género toca Di Blasio?».

Me solté a reír en voz alta y le respondí: «Género: de cincuenta y cinco años en adelante; la música que ponía mi mamá para descansar todos los domingos». Cero afinidad con el trap o el k-pop, o el reguetón, o los corridos tumbaos. Durante estas últimas semanas, he visto los carteles del anuncio pegados por las avenidas de la ciudad y sentí un sobresalto: dentro de mi cabeza, Di Blasio ya era un cadáver ilustre, una leyenda del siglo pasado. Juraba que era un esqueleto.

Pensándolo bien, el pianista reúne las condiciones exactas para convertirse en el esqueleto deseable del cuento que estoy escribiendo.