En la entrada de hoy reflexiono sobre la «persona juego»: esa faceta íntima que habita en nosotros, eufórica en la victoria y vulnerable bajo las reglas, que suele memorizar enciclopedias de mecánicas complejas y revelarnos quiénes somos en realidad.
Recordando a Huizinga, Borges y Cortázar, dudo sobre la seriedad, y me comprometo a celebrar la vida como una apuesta plena, reconociendo a esa voz juguetona como la aliada silenciosa que me ayudó a sobrellevar la enfermedad y la incertidumbre de la juventud.
I. 🎲📜 ( ˘─˘)っ🎯
Vino a mi memoria Huizinga y su Homo Ludens, una lectura fundamental que ya pide relectura. Reflexionaba esta mañana sobre cómo todos albergamos una «persona juego»: esa faceta íntima que experimenta una euforia genuina en la dinámica del juego, pero que también encierra el potencial de volverse ruin cuando está siendo derrotada y el ánimo se amarga. La persona juego es aquella capaz de memorizar, como por arte de magia, enciclopedias enteras de reglas complejas para los entornos que la apasionan. Del mismo modo, al habitar esos territorios de control (pero esa palabra…), suele asumir con ingenuidad que puede trasladar esa misma lógica a parcelas de la vida bastante más complejas.
Esa misma presencia es la que calcula y asume riesgos cuando la euforia toma las riendas y habita el presente absoluto —un mindfulness desatado y placentero—, o bien la que comprende que la existencia es breve, única, y que la idea de oportunidad es acaso una ficción: continuamos avanzando sencillamente porque no hay alternativa, porque es lo que debe hacerse, porque es lo que el constructo social o ritualístico nos enseñaron. Convendría entablar un mejor diálogo con esa voz interior. Transitamos la vida ensayando múltiples identidades: la profesional, la familiar, la académica o la comunitaria. Sin embargo, examinar nuestro comportamiento en el territorio lúdico nos abre la puerta a intuiciones a las que jamás accederíamos si nos empeñamos en arrinconar esa faceta al mero entretenimiento.
Es precisamente en el juego donde nos revelamos con mayor facilidad. Al sabernos amparados por un marco de reglas, exponemos nuestras vulnerabilidades con soltura. De esa voz podríamos aprender algunas verdades: por ejemplo, que el juego funciona como una serie de círculos concéntricos y que, al clausurar uno en la sociedad, inmediatamente nos descubrimos habitando el siguiente, y que nos hemos llevado partes de esa persona a la realidad para actuar de modos misteriosos, a veces interesantes.
He sentido el temblor de mis manos —con la mismísima pulsión de cuando jugaba a las escondidas en la infancia— al verme al borde de la victoria en una partida de cartas. Constatar que ese niño entusiasta sigue vivo en mi interior me resulta fascinante. Entablar una conversación con esa «persona juego» posee un valor infinitamente superior a cualquier amago de vergüenza ante la revelación.
II. ♟️📜 ( ˘─˘)っ🎲
Admiro y anhelo vivir como quienes conquistaron la más alta sabiduría: comprender que la existencia es una arquitectura levantada por pura necedad. Hay quienes la conciben como una trama onírica —pienso en Borges, aunque sus geometrías se parezcan sospechosamente a las de un videojuego generado proceduralmente—; otros la reducen a un choque permanente de realidades —los que insisten en hallar política en cada rincón, ew—; unos pocos presumen de haberla domesticado hasta transformarla en rituales; y coincidiendo con el mito de Matrix, Panteón Rococó entona que la vida no es más que una simulación. Por último emergen los más enigmáticos, aquellos que postulan la vida como un juego —Cortázar a la cabeza, a pesar de sus derivas fantásticas—. Si algún día la verdad me es revelada, confío en que ratifique mi sospecha madurada con los años: la única forma auténtica de existencia consiste en apostarse la vida entera en cada jugada.
En esa línea, pienso en un concepto paradójico que delata una falta de rigor: la categoría de los «juegos serios». Diseños concebidos de manera utilitaria para abordar problemáticas sociales o pedagógicas con pretensiones adoctrinadoras. Pienso que Huizinga lo advirtió: el juego, en su condición de territorio abstracto y paradójico, jamás es serio en sí mismo; son los jugadores quienes le imprimen una seriedad absoluta al experimentarlo. Si tuviéramos la templanza de dialogar con nuestra «persona juego» y reconocer su presencia, comprenderíamos que cualquier espacio lúdico posee el potencial de mostrarnos cómo somos y los alcances de nuestro potencial. Nos revelaría quiénes somos en la arena, quiénes son los otros y cuál es el alcance real de nuestras elecciones. Presenciar eso resultaría fascinante, además de librarnos de algunas etiquetas obtusas.
III. 🕯️⚔️ ( ゚Д゚)✨
Apenas estoy reconociendo el valor de la existencia de mi persona juego. Mi persona juego me ayudó a atravesar momentos difíciles, como el cáncer; y aunque esa faceta acabó disminuida por los químicos y las dificultades, definitivamente estaba presente para tomar decisiones y responder a las capas de dolor. Me habría gustado conocerla mejor cuando lo perdimos todo a mis diecinueve años, cuando no sabía qué sería de mí, dónde dormiría en los siguientes meses, si seguiría teniendo trabajo o educación, o si estaba en el camino correcto y definitivo donde estaba formando mi vida.
Sirva esta entrada como un compromiso para comprender mejor su influencia sobre mi vida y, si nos ponemos de acuerdo, después de los libros y las odiseas, encontrar acompañados, sin confrontaciones, la verdad.
La bendición del día
Que en medio de las rutinas y las exigencias del mundo adulto, nunca pierdas el contacto con tu «persona juego» ni sientas vergüenza cuando reaparezca esa emoción infantil que hace temblar las manos ante una buena partida.
Que encuentres en las reglas de tus espacios apasionados la libertad para mostrarte vulnerable, sin amargarte en la derrota y disfrutando la euforia del tiempo presente.
Que te mantengas a salvo de las etiquetas solemnes y las falsas doctrinas que intentan arrebatarle lo sagrado al entretenimiento; y que cuando la vida te ponga a prueba en sus pasajes más oscuros, esa fuerza lúdica vuelva a tomarte de la mano para amortiguar el dolor y ayudarte a elegir con valentía.
Y que, finalmente, tras cruzar tus propias odiseas y cerrar cada uno de los círculos concéntricos de tu historia, camines en paz y en camaradería con tu imaginación para salir a encontrar, juntos y sin tregua, la verdad.
