I. 🫙🥒 ( ˘─˘)っ🫙 La diplomacia del fermento y el chasis
Hace unos días tiré a la basura un frasco de pepinillos en salmuera por mera sugestión estética: se veían dudosamente verdes, tono zombi, y preferí no jugármela con el botulismo. Seguí una receta dictada por una inteligencia artificial: agua, sal, ajo, pimienta negra, pepinillos, oscuridad y reposo. Después mirarlos fijamente para acelerar la fermentación. Corroboré la receta con una señora en YouTube, aunque ella insistía en que no había que vigilarlos todo el tiempo.
Dejé tres frascos en el refrigerador. Fermentación fría, lenta, pausada. Me acabé dos de ellos pero el tercero me dio dudas y por eso lo tiré. El fallo estuvo en la cristalería: elegí recipientes ordinarios —los que acumulamos cuando comprábamos mantequilla de miel, en aquel pasado, cuando no era un tipo diabético—, donde el líquido se niega a cubrir del todo los alimentos. Ya investigué que existen frascos con prensas, diseñadas específicamente para evitar este tipo de errores, pero gastarme la quincena en el Magic me ha impedido comprarlos.
En la cocina, lo mismo que en la página en blanco, el secreto radica en la suspensión del juicio: las burbujas de dióxido de carbono harán su trabajo en el alféizar si uno resiste la tentación de meter las manos antes de tiempo. Hay una extraña simetría entre vigilar la acidez de un frasco de vidrio y someterse a una clase de cuatro horas. Ambas disciplinas son un salto de fe: uno presupone que mantendrá la atención e incorporará ideas valiosas. La mente flota en ese caldo de cultivo atrapando las bacterias que andan en el aire y, con algo de suerte, ocurre la intuición, fermentas un monstruo, los animales anidan y encuentran un hogar en tu cabeza, o tu corazón, o tu estómago.
II. 📚🩺 ( 📖─📖) Never Let Me Go
Leí Never Let Me Go de Kazuo Ishiguro a retazos: en las esperas del camión, antes de apagar la lámpara y en los huecos muertos del día. Tras salir de las estancias frenéticas de Dungeon Crawler Carl, admito que la calma británica me costó trabajo. En este tramo de mi vida, pocas cosas me consuelan más que un gato lanzando misiles mágicos por el hocico. La novela de Ishiguro se vuelca sobre lo sentimental; es una crónica de nostalgias infantiles y lealtades oxidadas entre muchachos que apenas pueden entender el concepto de finitud. Hay una pérdida inevitable de la inocencia y una revelación final un tanto efectista —con monólogo de antagonista incluido— que se anunciaba a leguas. La prosa avanza limpia, afable, bajo la voz de una narradora que habla con el corazón en la garganta a pesar de poseer la educación sentimental de una patata.
Lo que me fascina, sin embargo, es la canción: Never Let Me Go, de Judy Bridgewater. En el texto funciona como un artefacto borgiano: un tema apócrifo interpretado por una cantante inexistente. Al buscarlo por curiosidad en internet, me topé con una versión generada por inteligencia artificial. El libro de repente se sintió viejo, viejísimo. El gran giro distópico pierde filo en una época que no solo convive con la IA, sino que especula con industrias capaces de imprimir órganos sintéticos con la misma soltura con que se fabrica un juguete de resina. La sobriedad de una prosa sobre un entorno hipertecnológico —aunque esto se sugiere, quizás sea otra cosa— que ya la alcanzó resulta un cruce complejo. Y, sin embargo, el poso emocional subsiste: el abandono de la infancia, la ruptura de la ingenuidad y ese cuidado mutuo entre seres que se saben desesperadamente finitos.
III. 🐈⬛🚗 ( 👁️x👁️) La pupila de Giovanna y la hojalata
Hace unas semanas emprendí la confección de un bestiario apócrifo: El bibliopuercario, un catálogo de libros eróticos y pornográficos que no existen. El primero de ellos es No lo veas, Giovanna, la historia de un estadounidense adinerado y patético que sostiene un romance fisiológico con su Cadillac. En el relato hay una gata juzgona y, la supuesta autora, es una esposa despechada. El relato ya está publicado en mi sitio de bestiarios, el cual también trato de darle su manita de gato cada día que puedo.
La iconografía del relato remite de inmediato al cine de David Cronenberg, una presencia constante en mi algoritmo de Instagram. He entrenado esa red con el celo suficiente para alimentarme de rarezas y material bizarro, aunque de vez en cuando se cuelen las trampas de OnlyFans diseñadas para engatusar a los cuarentones. Dios me libre.
Apenas es el primer volumen de la lista. En mis notas de Whatsapp acumulo ideas para los siguientes: esta mañana, por ejemplo, hice el primer borrador sobre un grimorio redactado por un brujo sobre la logística erótica con guerreros esqueléticos. Sí, es el supuesto libro de aquel cuento que también comencé a escribir y todavía no he terminado. Quisiera disponer de todo el tiempo del mundo para escribir sin pausas, pero la realidad se impone. Me descubro sopesando a diario si el margen del día alcanza para la entrada de la semana, la ficción en curso, el reporte de lectura de la maestría o la revisión de los trabajos estudiantiles donde la inteligencia artificial ha dejado su rastro perezoso. En medio de la evaluación, solo me queda preguntar en silencio a mis alumnos por qué no dan la batalla contra eso.
Si todos tenemos —supuestamente, según la promesa de estas bestias tecnocráticas— más tiempo para hacer cosas, ¿por qué no hacemos algo hermoso?
IV. 🃏🛡️ ( 🎴─🎴) Las ideas de Toolbox Torre (TT) sobre cómo arruinar a los ángeles
El anuncio del Secret Lair de He-Man despierta la voracidad del coleccionista: la tentación del brillo completo por doscientos dólares. Que no tengo. Desde que alcé la mano para hacer la maestría, brotan gastos misteriosos a cada paso, además de pagar mi pedazo de colegiatura. Habrá que adquirir las cartas a cuentagotas, probablemente las pediré en Hareruya o recurriré a las bondades del proxy.
La noticia evoca a Kresh, a quien concebí en su momento como un homenaje a las tierras de Eternia. Este fin de semana, tras la clase, me escapé a jugar Commander con la mesa de diseño. Kresh firmó dos victorias mediante una paciencia pedagógica; es un mazo de paciencia, de aguardar a que los rivales se desangren para aplastar al superviviente. En una partida de esas, que se salió de control, un mazo Witherbloom engendró millones de pestes; tras la subsecuente limpieza de mesa, un instantáneo volvió indestructible a mi comandante, inflando su cuerpo con tres millones de contadores. Kresh, que antaño venía en el preconstruido de Henzie, es un líder torpe pero entrañable.
A veces lo imagino como este gorilón que se golpea el pecho durante el combate.
En el taller de Henzie, las modificaciones continúan. Incorporé a Jenova por su potencial para transmutar criaturas (literalmente las convierte en mutantes) y acelerar el motor de robo; reincorporé a Shredder por la sinergia devastadora que entabla con ella, y sumé The March of the World Ooze, un encantamiento algo tosco pero de indudable encanto narrativo que fija la fuerza base en 6/6. Para arruinar veladas ajenas, añadí a la Rottenmouth Viper.
La jornada cerró con la adquisición de los tres troles del Hobbit: Tom, Bert y William. Siempre he pensado que la obra de Tolkien es un tratado de acertijos y celadas verbales donde la palabra es destino. Quizás es lo entrañable de esta obra, guardándonos del placer de los cantos de los enanos (que me hacen dormir profundamente). La secuencia de los troles mantiene esa tensión soterrada de los matones que conversan en voz alta sabiendo que el pequeño Bilbo escucha agazapado. Esos rufianes de camino encajan sin fisuras en la banda de Henzie, mi granuja de cabecera.
V. 🪶📜 ( 🌸─🎑 ) Cosas que perturban el ánimo y otras que lo alientan
Cosas que causan una tristeza ligera: un estudiante de andares muy frescos que entrega un ensayo pulido por una máquina invisible y pretende que la prosa no suena a piedra fría; dar una clase de pie durante cuatro horas vistiendo zapatos de suela rígida; la referencia a un programa de televisión de hace treinta años que cae sobre el grupo como un pájaro muerto.
Cosas que llenan el pecho de una elegante satisfacción: el vapor del café subiendo en la penumbra de la cocina antes del alba; la mirada de un gato que observa el mundo desde lo alto de un anaquel como un emperador retirado; el chasquido seco de una carta de cien gramos al deslizarse dentro de su funda de polímero transparente.
Cosas que están lejos aunque parezcan cerca: la juventud de los alumnos; el entendimiento entre quien habla sobre la estructura del relato y quien solo piensa en la hora del almuerzo; la quincena que se evapora en gastos misteriosos, quizás urgentes, antes de llegar al fin de mes.

