Autor: arbolfest

  • 8:44 AM

    8:44 AM

    El reclamo de una gata que detiene la prisa del café, el estreno de una madresota con aroma a rosas y las sincronías de cuatro sabios antiguos abren el registro de hoy.

    🐈‍⬛🕯️🌀

    Entre laberintos de hierro y la incertidumbre de pagar las deudas del porvenir, esta bitácora descarta las metáforas tangibles de la cocina para asumir la escritura como lo que es: un conjuro efímero que se consume al fuego.

    • Ayer, Morgana, obsesionada con mis axilas, empezó a olisquear y mordisquear. Cuando acabó su ritual, se acomodó a mi lado mientras veíamos From. Se enroscó y, al intentar levantarme, alzó la cabeza y maulló como diciendo: «Hey, ¿a dónde vas?». Decidí que mi café descafeinado podía esperar. Esta mañana abrazó una de mis piernas, maulló y restregó su cuerpo. Me había formado la imagen de que era una gata desapegada a la que le importo menos que su madre; creo que me equivoqué. Me siento especialmente encariñado con ella esta mañana. ( ˘ᵕ˘ ) 📺
    • Encendí la veladora jumbo de la Virgen de Guadalupe: una pieza monumental que, además, exhala aroma a rosas. Es una madresota (pun intended). Comienzo a estructurar cómo anclar el instante de la escritura a un ritual físico. Queda una duda material de cara al desenlace: ¿qué destino se le da al vaso de vidrio una vez que la cera se consume por completo? [ 🕯️🌹 ]
    • El día de ayer se dividió en tres lecturas: Finnegans Wake, su clave de lectura por Joseph Campbell y The Wolf’s Hour. Campbell despliega su habitual teatralidad simbólica para someter la trama al molde del monomito; un recurso predecible pero eficaz. Destaca la mención de los cuatro viejos, custodios de los vientos y sabios condenados a repetir la crónica humana. El eco conecta con los vientos de La historia interminable o el arco de Sendai en Jujutsu Kaisen, donde el espadachín combate a la mujer, la cucaracha y el hechicero: cuatro fuerzas que encarnan un relato y disputan su hegemonía. En paralelo, la tensión de The Wolf’s Hour se agudiza: la cacería ocurre en un tren-laberinto diseñado para la venganza. Con el licántropo enjaulado en un campo de concentración, la trama clausura el destino de Mouse.
    • Resulta común vincular la escritura con la cocina: hornear, preparar una carne asada. Se apela al reposo y a la reunión de ingredientes en un intento por dotar de tangibilidad a un proceso puramente mental. Ante la urgencia de reducir el oficio a un pastel, unos tacos o una masa madre, prefiero la vía contraria. Enciendo la veladora para amarrar el encadenamiento de palabras a la cera que se consume. Asumo el texto desde su condición efímera: estas líneas se leen hoy y se disolverán mañana. Queda la interrogante de si la lectura propició un cambio, una sonrisa o si naufragó como una pérdida de tiempo. Son los buenos deseos con los que se edifica el presente. [ 🕯️🧠 ]
    • Ya pagué el anticipo de mi maestría. Cero estrés. Hay que salir adelante con eso.
    • De las cosas que se consumen para fijar el pensamiento: una gata que secuestra la urgencia de un café descafeinado y disuelve el prejuicio del desapego con un maullido de reproche. La presencia monumental de una virgen de cera con aroma a rosas, cuyo contenedor de vidrio aguarda un destino incierto tras el eclipse del fuego. Cuatro sabios antiguos que custodian los vientos del relato, repitiendo la misma crónica humana en la vanguardia de Joyce, en los confines de la fantasía o en el centro de una batalla de hechiceros. Un licántropo que padece el encierro de un tren-laberinto mientras la trama clausura la vida de un ratón en el campo de concentración. La futilidad de comparar el oficio de las palabras con la pesadez tangible de la masa madre o la carne asada, olvidando que escribir es un conjuro que pertenece a la volatilidad de la cera que arde. El pago de un anticipo que cancela de golpe el estrés del porvenir. Y la certeza de que este registro, nacido de un buen deseo, se disolverá mañana en la memoria de quien hoy detiene su tiempo para sonreír con la lectura.

    La bendición de hoy: que poseas la templanza para postergar tus urgencias cotidianas cuando un afecto inesperado te retenga en el presente.

    Que encuentres tus propios rituales físicos para amarrar el pensamiento, aceptando con dignidad el vacío del contenedor una vez que la materia se ha consumido.

    Que los vientos de los viejos sabios te sostengan a través de tus laberintos creativos y que el porvenir te encuentre libre de deudas y de estrés.

    Nos leemos cuando la cera termine de arder. 🕯️✨👁️

  • 8:41 PM

    8:41 PM

    El tránsito de hoy va de las galaxias calculadas por una IA moribunda a la carne congelada que amenaza con silbar en la cocina.

    Entre la deconstrucción de un parque temático nostálgico y las paredes amarillas de un VHS que espanta a los jóvenes, esta bitácora constata nuestra única tarea certera: estamos aquí para interpretar el sueño. 🤖🥩🎮🟨

    • Mantengo la obsesión con No Man’s Sky. A dieciséis minutos de morir, una IA busca descifrar el significado de lo vivo a través de sus Viajeros. Plantea interrogantes sobre el propósito: ¿recolectar, explorar, alcanzar el centro de la galaxia, hallar una verdad última? ¿La última curiosidad verdadera? Hace poco encontré una simetría en la película The Life of Chuck, que narra la muerte de un hombre y las multitudes que lo habitan. Su estructura de tres actos avanza desde el misterio y la euforia hasta la resolución: Chuck es un universo que se apaga y cuya certeza final —la gran respuesta— radica en el baile. El contraste es claro: la máquina indaga el porqué de la existencia mientras el hombre ignora esa pregunta vana: uno existe y ya, hacemos con nuestra existencia lo que podemos, lo que mejor nos toca. Quizás, si alguien me preguntara el propósito, diría la verdad que he descubierto a lo largo de estos años: mejorar la vida de los otros, alivianar su carga. La deidad informática del juego padece una ingenuidad infantil que la obliga a fabricar un cosmos entero solo para aplazar su desenlace; un reflejo de la degradación universal. El ser humano no necesita cuestionar su presencia en la tierra. Otra cosa: sabemos que nuestra tarea es soñar. 🤖 ⏳ 🎬 🕺
    • La máquina calcula porque carece de carne; el hombre sueña y rememora porque sabe que su tiempo es breve. Justo cuando todo termina, surge el último pensamiento de Chuck: dos de las personas que habitan en su interior se toman de la mano y se dicen que se aman. Ese registro final va sobre el amor y el deseo.
    • Por la tarde registré la advertencia de un paquete congelado: «Una vez descongelado no volverá a descongelarse». La frase suena ominosa. Imaginé personajes (y personas de las cuales escuché en alguno de mis podcasts de True Crime); vino a la mente la pareja de rusos que asesinaba personas para canibalizarlas. Eso puede ser un cuento: un hombre abre el congelador y rotula las bolsas con Sharpie usando esa misma sentencia. El interés radica en el matiz sobrenatural. ¿Qué ocurre con la materia que se descongela? ¿Mueve la piel? ¿Abre los ojos? ¿Echa un silbidito? Conjeturaba este horror orgánico mientras cocinaba la arrachera de cerdo del 3B. Me quedaron buenos los tacos. ( 👁️.👁️ ) 🎵
    • La reseña de tres horas de Action Button sobre Final Fantasy VII Remake me condujo a la taxonomía de jugadores de Magic (mapa psicográfico v3). Tim Rogers menciona que en un juego multiplayer online, el 95% de las mecánicas las construyen la psicología de los jugadores. Eso me voló la cabeza. En fin, el texto del mapa psicográfico asemeja un documento oficial; restaría investigar su origen y relevancia real. Su existencia confirma que el diseño de las cartas responde a perfiles previamente calculados. El mapa clasifica a quienes construyen historias, a los que arman mazos confiando en el milagro de coordinar pocas cartas, y a los orientados al poder (the killers, en la línea de Bartle). Añade también a los estrategas del combo y aquellos que disfrutan moverle a los tornillos. La lectura me dejó analizando mi propia persona juego.
    • La reflexión previa surgió al ver la reseña de tres horas de Action Button sobre Final Fantasy VII Remake. Me cuesta regresar a este juego porque no lo disfruto. Recuerdo mi afecto por el original; en su momento fue una aventura. Sin embargo, en esta entrega ni siquiera hemos llegado a los pasajes de la historia que prefiero. Algunos personajes tienen destellos: Barret y su aliado en el desierto —con una atmósfera cercana a Trigun—, el trasfondo de Vincent, la templanza de Red XIII o Cid ante el abandono de un sueño. Cloud me disgusta como protagonista. Creo que el desarrollo de Aeris mejora aquí y admito que Tifa es una trampa en la que es fácil caer. El relato está ahí, pero me incomoda la pérdida de libertad. Carezco del grinding, de las batallas aleatorias y de lo divertido que era usar las materias para diseñar cómo los personajes reaccionan al entorno. Tim Rogers reveló lo que me distancia del título: está diseñado con la lógica de los e-sports. El juego aspira a ser una experiencia de acción. Entender este sistema —que parece obvio, pero no lo es— me anima un poco más a concluirlo. El valor del remake se reduce a la trama; el objetivo es captar nuevo público y ofrecer a los cuarentones un parque temático para regodearse en la nostalgia. Me considero regodeado.
    • En el siguiente capítulo de la serie de Agustín Fest se siente viejo, acudí el sábado a una proyección de los Backrooms. El impacto fue menor del esperado. Me desconcertó el grito de los adolescentes ante una habitación con un árbol de Navidad rojo, entre otras escenas de espanto que ponía a los morritos a platicarse cosas y anticipar los sustos. Me doy cuenta que su miedo habita en un ecosistema de YouTube que codifica el origen de los escenarios. Al ligar este fenómeno con el de los animatrónicos, asoma un síntoma social: el pánico juvenil ante la simulación de una nostalgia muy gringa. Asombra que el público actual tema a unas paredes amarillas registradas en cinta VHS. Paradójicamente, esa estática y ese fondo decoraban el porno que consumían nuestros padres. El verdadero espacio liminal soy yo. (  ̄ー ̄) 🍿
    • De las cosas que revelan la ilusión del simulador: una deidad de silicio que inventa dieciocho trillones de mundos para retrasar su muerte por dieciséis minutos, frente a la gracia de un hombre que se despide de la tierra bailando. Dos de las personas internas tomándose de la mano en el parpadeo definitivo de la memoria. El letrero en el paquete del supermercado que prohíbe repetir el deshielo, desatando la sospecha de una piel que se mueve o emite un silbido en la sombra. Un mapa psicográfico que clasifica a las personas entre quienes persiguen milagros en un trozo de cartón y aquellos orientados a la destrucción del adversario. Una aventura de la infancia transformada en un parque temático de acción para el regocijo de los cuarentones. Los gritos de horror de unos jóvenes en el cine ante una habitación vacía con un árbol de Navidad rojo grabado en una cinta de video. Y la ironía de descubrir que las mismas paredes amarillas que hoy perturban a los hijos decoraban los escenarios donde los padres consumían la carne analógica de su tiempo.

    La bendición del día: que ante la urgencia de los minutos contados poseas la soltura del oráculo para elegir el baile y el afecto sobre el cálculo frío de las máquinas.

    Que los límites de los nuevos sistemas no te despojen de la libertad del explorador ni transformen tu memoria en un parque temático ajeno.

    Y que, cuando el entorno se vuelva liminal y las paredes se tiñan de amarillo, conserves la madurez para reconocer la materia real y mundana donde las nuevas generaciones solo descubren fantasmas.

    ⏳🌀👁️

    Nos leemos en el próximo parpadeo de la cinta.

  • 3:24 PM

    Un recorrido nocturno por Cholula, un trámite burocrático y los mundos de una simulación bastan para encarar la brevedad. Esta bitácora registra el intento de interpretar el presente con la urgencia de una última novela, mientras los animales custodian el orden desde su oasis. 🚶‍♂️⏳🌌

    • Anoche, de camino a una partida de Magic en casa de un amigo, crucé la vida nocturna de Cholula. Las calles estaban llenas de personas buscando cena o distracción. Disfruto vivir aquí, Cholula makes me happy, aunque el gozo suele traer el recordatorio de la brevedad. Atribuyo este humor mórbido al trámite de hace unos días, cuando actualicé mi AFORE y designé a mi beneficiario. El papeleo detona las preguntas de siempre: qué pasará si no concluyo mis proyectos, qué ocurrirá si el tiempo se corta. Frente a esa inercia por controlar el progreso, hacerse la ilusión de controlar algo, lo que sea, noto una certeza: si una bala perdida me cruza el cerebro, se acabó. Ni una sola preocupación, nomás pulpa de cerebro. Son inquietudes pasajeras. Si la enfermedad regresara, por ejemplo, la mente se ocupará en resolver la supervivencia, en buscar otra oportunidad; no habrá espacio para otras angustias, ni tendré el tiempo para pensar que debí haber hecho esto o aquello. Ante la incertidumbre, la opción es ejecutar el presente de la mejor manera. Escribir esta entrada hoy equivale, por ejemplo, a redactar mi última novela, la que busca la perfección. Recuerdo a Huizinga: el juego exige seriedad, pero contiene su propia ligereza. Tomarse el tablero en serio es vital, pero obsesionarse con el juego es perder. Jugar es jugarse la vida, y este texto de blagh es mi obra mayor. 📄 ☠️ 🎯
    • Interrumpí la escritura diaria de mi blagh para dedicarme a No Man’s Sky. Ignoro cuánto durará la estancia, pero disfruto la ilusión del explorador cósmico. Uso a la IA para documentar los viajes: discuto con ella nombres de especies y planetas, le pido estrategias para catalogar animales, plantas, minerales y cielos. Ante los dieciocho trillones de mundos, la tarea es imposible. Hace poco descifré el trasfondo del juego y encontré un eco que conmueve: somos Viajeros en un entorno construido por una inteligencia artificial moribunda. Le restan dieciséis minutos de existencia que, en el simulador, se transforman en millones de años. La máquina ejecuta el proceso para responder una pregunta: cuál es el significado de estar vivo. Recuerdito de Joseph Campbell: todos los dioses y todos los infiernos habitan dentro de uno. 💻 ⏳ 🤖 🪐
    • Cambié la lectura por el juego, pero llegó una grata confirmación desde los pasillos de la Ibero: fui aceptado en la maestría con una beca. Sin embargo, he dedicado unas pocas horas a continuar mi lectura de La gran historia de los videojuegos, donde topé con una línea cínica sobre la posguerra en Japón: «Aunque fuimos unos conquistadores generosos». Ignoro si el autor omitió deliberadamente que arrojaron dos bombas atómicas, aniquilaron a miles de personas y quebraron el espíritu de una cultura ancestral. Me dio un poco de asco. En fin, durante dos años desarrollaré un proyecto literario vinculado a La feria del cerdo. Tendría que estar revisando los dieciséis libros de la bibliografía de referencia, aunque ya conozco varios. No lo niego, disfruto alimentar a mi persona juego. Quizás es momento de ponerla a leer también.
    • La vida transcurre en la línea que divide el desperdicio y el acto de interpretar esos dieciséis minutos previos al apagón. Surge el lugar común: «Vi mi vida pasar ante mis ojos». Viene a la mente El Aleph de Borges, testimonio del tiempo y la realidad simultánea. Pensar en la muerte fatiga, pero es inevitable; tomarse el juego en serio condena a la derrota. Ocurre una serendipia mientras escucho a Kurt Cobain: la escopeta en la boca, la vista en el cañón antes de jalar el gatillo. Por ello, la certeza del desenlace me regresa al presente: hago lo mejor posible con lo que tengo. Esta entrada no es solo mi última novela, sino mi obra mayor. Ser explorador en No Man’s Sky o cumplir como adulto responsable apuntan al mismo centro: custodiar el descanso de mis animales dormidos. Ellos sueñan el sueño del mundo. Sus horas en su oasis onírico son una eternidad para la imaginación de los hombres. Morir es despertar del sueño. Vivir es habitar el sueño. ⏳ 🌀 👁️
    • De las cosas que miden el tiempo antes de cerrar los ojos (por última vez): hombres y mujeres que caminan por las calles de Cholula en busca de cena. El trámite de un formulario de retiro que trae el pensamiento de una bala perdida. Una nave que desciende en planetas de código mientras una voz de silicio inventa nombres para las plantas. La inteligencia artificial que fabrica galaxias porque le quedan dieciséis minutos de vida. La frase de un libro que justifica a los conquistadores frente a las cenizas de una nación ancestral. Montones de libros que aguardan en un escritorio el inicio de una maestría. Una melodía que coincide con la imagen de un cañón de escopeta. El parpadeo de una pantalla donde se escribe una bitácora con la seriedad de una última novela. Dos gatos que duermen en el sillón de atrás, ajenos al ruido del mundo. Y la sospecha de que vivir no es otra cosa que interpretar el simulador antes de que ocurra el despertar.

    La bendición del día: que la certeza del desenlace te devuelva siempre al presente, disipando las conjeturas del futuro con la velocidad de una bala perdida.

    Que poseas la soltura para tomarte el juego en serio sin quedar atrapado en la derrota.

    Que mientras la simulación consume sus minutos, ejecutes tu obra con rigor y resguardes el descanso de tus animales dormidos, quienes sostienen la eternidad del mundo.

    Nos leemos en el próximo despertar del sueño. ⏳🌀👁️

  • 4:13 PM

    Hay jornadas que exigen transformarnos en exploradores de lo inmenso, ya sea para navegar de forma relajada por los dieciocho trillones de planetas algorítmicos de un software o para internarnos en las páginas indescifrables de un laberinto verbal.

    La bitácora de hoy es un registro del desapego y la quietud: el inicio de un retiro meditativo custodiado por el adorable histrionismo de los gatos, la contemplación de los colibrís que asaltan el mezcal de la yuca en la ventana, y el feliz desmantelamiento de la eficiencia matemática en un tablero de cartas para salvar la pureza de una historia.

    Un trayecto que nos recuerda que no estamos aquí para domesticar el caos del mundo, sino para apropiarnos de su ruido y aprender el arte del abandono. 🚀🌿📚🃏 _〆( ̄ー ̄ )

    • Este fin de semana regresé a mis navegaciones por los mundos exóticos de No Man’s Sky. Abrí una partida en modo creativo y otra en modo relajado, y tengo claro que me enfocaré en esta última. Mi propósito es recorrer la galaxia con calma —un viaje casual, sumamente relax, pero con los sutiles contratiempos de la supervivencia— para hallar biomas alienígenas, floras y faunas imposibles, y levantar una pequeña base en cada parada. Se trata de alimentar al pequeño explorador cósmico que vive en mi interior. Mientras deambulaba por las estrellas, apunté una certeza: este sistema es el paraíso o el infierno absoluto para los acumuladores y la neurosis del completista. No existe posibilidad física de poseerlo todo, aunque el propio diseño procedural te invita a intentarlo. Para disfrutar una inmensidad de este calibre, hay que abrazar primero la noción del abandono. ¿Y qué es el abandono? Sencillamente, la paz de aceptar que jamás lo verás todo. 🚀 🌌 🛸 🪐 🛖
    • La inteligencia artificial me arroja un dato frío y demoledor: el algoritmo de No Man’s Sky alberga más de 18 trillones de planetas. Una escala de tal magnitud que vuelve imposible, incluso para la especie humana entera coordinada en un viaje generacional, llegar a navegarlos todos.
    • Guiado por mi naturaleza de chismoso y metiche, pesqué en Instagram que una amiga coordina un club de lectura de Finnegans Wake. En cuanto le pregunté al respecto con fingida timidez —porque uno siempre arrastra el fetiche de leerlo, se sabe—, terminé autoinvitándome a las sesiones. A lo largo de la semana logré tragarme poco más de treinta páginas, de las cuales apenas descifré una cosa o dos. Creí vislumbrar un puente hacia Samuel Beckett a través de un tal Mr. Belcher y de cierta línea que reverbera en Waiting for Godot (sospecho que se trata de un eco shakesperiano, a menos que me haya calzado el sombrerito de mamador y esté inventando conexiones donde no las hay). Dejé caer un tuit a mitad de camino: «Pura puercada disfrazada de limerick». Supongo, por supuesto, que la obra encierra mucho más; subrayé pasajes enteros a ciegas, a la expectativa de ver qué demonios se desentraña en la reunión de hoy. Con Ulysses me ocurrió exactamente igual: me dejé arrastrar por el flujo de la corriente, aunque mi identificación con el texto fuera mínima. El cierre, no obstante, me pareció una absoluta genialidad: fue como si toda esa extenuante acumulación del verbo encontrara su recompensa y su liberación en el monólogo de Molly Bloom y su definitivo, rítmico YES, YES, YES. ( ˘-˘) ✨
    • (La prudencia me dictaba no equiparar el verbo con el orgasmo, pero…) El verbo es, ante todo, liberación. Aprender a navegar el flujo indómito de la palabra escrita, sin la urgencia de querer domesticarla; ahí es donde se esconde el verdadero principio del placer.
    • Sol partirá unas semanas a su tierra natal, dejándome un espacio suspendido para meditar en compañía de los gatos. Justo en este instante, Morgana irrumpió en mi oficina desatando un festival rítmico de maullidos y giros, para luego marcharse con la misma soltura, como si acabara de interpretar la secuencia de apertura de una caricatura animada. Detrás de mí, Archer duerme plácidamente en el sillón. A mi derecha, tras el cristal de la ventana, la yuca comienza a descolgar sus densas flores blancas; los colibrís aparecen de pronto, beben de su mezcal, se van prontito, volando rápidamente y albergo la fe de que nos aguardan tardes sumamente generosas. El domingo, buscando un descanso genuino que orbitara más allá de las fatigas de Joyce, me refugié en mis cartas de Magic para reestructurar dos de mis mazos predilectos: Henzie y Tom Bombadil. Fue entonces cuando redescubrí el texto de ambientación de Henzie: «Fallen angels should stay fallen», y evoqué su trasfondo: la estampa mítica de un simple mortal arrojándole un rascacielos entero a una entidad colosal, un ángel phyrexiano. Aunque mi conocimiento del juego es somero, la fuerza de los arquetipos basta para proyectar en mi mente ese instante soberano donde Henzie reclama el poder a través del sacrificio y una violencia brutal. En el polo opuesto, Bombadil canta en los bosques, y yo lo concibo como ese viejo borracho entrañable que narra leyendas debajo de un puente; un refugio lúdico consagrado al acto de hilvanar mitos. Por ello, decidí hacer cambios generosos al mazo: al recordar que en la última partida estuvo a punto de alzarse con la victoria mediante un combo eficiente pero ajeno a las Sagas —desvirtuando su naturaleza de cuentacuentos—, retiré las cartas. En su lugar, incorporé las Sagas criatura de Final Fantasy. Al final, se trata de una renuncia: sacrificar la efectividad matemática de las sinergias para entregarse al destino del personaje. 🐈‍⬛ 🐈 🪟 🌿 🐦‍⬛
    • Ahí radica la auténtica estética del explorador: ya sea que naveguemos por mundos generados mediante fórmulas matemáticas o que nos entreguemos al laberinto de un texto cíclico, parido desde el abismo inconsciente de un pequeño y villanesco genio. Eso que llamamos propósito no consiste en otorgarle un sentido artificial a la existencia, sino en apropiarnos de la vida en su estado puro: un caos absoluto al que tercamente tratamos de dar forma, un denso cúmulo de ruidos donde confirmamos los patrones para sentirnos a salvo. Y, sin embargo, qué prodigio cuando conseguimos salir ilesos de aquello que no alcanzábamos a comprender; ¿acaso no se asemeja eso a una de las grandes verdades divinas? Al principio fue el verbo y, si la vida es justa, ese mismo verbo nos terminará revelando la gracia del abandono. Sabrás que no podrás contemplarlo todo pero, justo en el instante preciso, al levantar la mirada, verás al colibrí beber del mezcal en la flor de la yuca, y constatarás cómo los dioses son limpiamente atravesados por las construcciones de los hombres.
    • De las cosas que revelan la gracia secreta del abandono: dieciocho trillones de planetas algorítmicos que jamás pisaremos y que, por fortuna, nos conceden la licencia de entregarnos al olvido. Treinta páginas densas de un laberinto indescifrable que se lee como una pura puercada disfrazada de limerick, para luego ser salvados por el eco liberador de un YES absoluto que lo absuelve todo. El festival escandaloso de una gata que irrumpe en la oficina con la gracia histriónica de una caricatura animada y se marcha enseguida, dejándonos a solas con el silencio de un retiro meditativo y el sueño plácido de un felino de ojos azules en el sillón. El acto piadoso de despojar a un viejo mazo de cartas de su fría efectividad matemática para salvar el destino de un cuentacuentos borracho debajo de un puente. La imagen mítica de un rascacielos humano arrojado con violencia brutal contra la soberbia de un ángel colosal. Los colibrís que acuden puntuales a embriagarse con el mezcal de las flores blancas de la yuca mientras se acomodan las tardes generosas en el jardín. Y, finalmente, esa línea en blanco suspendida en la hoja donde rastreamos patrones en medio del ruido, comprendiendo con total nitidez que salir ilesos de aquello que no entendemos es la más hermosa de las verdades divinas, mientras contemplamos cómo los dioses son limpiamente atravesados por las necias construcciones de los hombres.

    La bendición del día: que te sea concedida la lucidez y la paz de la «idea de abandono», salvándote para siempre de la neurosis del completista que pretende conquistarlo o comprenderlo todo, ya sea frente al infinito de una galaxia procedural o ante los pasajes más densos de la gorda, gordísima literatura.

    Que cuando te veas rodeado por el ruido ensordecedor de la existencia, tu mente conserve la agudeza necesaria para descifrar los patrones que te hagan sentir a salvo, otorgándote el prodigio de salir siempre ileso de aquello que no alcanzas a entender.

    Que en tus semanas de silencio y repliegue encuentres refugio en la soberanía de tus propias ficciones, teniendo siempre el valor de sacrificar la fría efectividad de las matemáticas llanamente para entregarte al destino de tus personajes.

    Y que, justo en el momento indicado, al levantar la mirada de tus laberintos, tu ventana te regale una tarde generosa: el recordatorio vivo de un festival felino y un colibrí bebiendo de la flor de la yuca, para certificar que las pequeñas construcciones de los hombres siempre serán capaces de atravesar a los dioses.

    🌿🛸✨ (🙏˘ᵕ˘)

    Nos leemos en el próximo aleteo del colibrí.

  • 5:01 PM

    Hay jornadas en las que el cuerpo reclama de golpe sus nuevas fronteras y el entorno entero parece atascarse en un error de renderizado.

    La bitácora de hoy transita por el limbo incómodo de una marea médica, el fastidio de malgastar el sagrado presupuesto de azúcar en un postre escolar chafón y una tarde calurosa que se congela en el naranja polvoso, como una distorsión de Villeneuve.

    Un registro que desciende hasta las raíces crudas de la industria de los videojuegos para desmontar los viejos altares de la genialidad, descubriendo entre post-its y líneas en blanco que el arte y la creación siempre han pertenecido a los seres imperfectos y que, aun con los propios vicios a cuestas, siempre es posible albergar una tregua con el futuro.

    • Anoche tuve una de mis primeras borracheras como diabético, y resultó bastante más tristona de lo que había anticipado. Solamente tomé dos whiskeys con agua mineral y media copa de vino porque pensaba que no podría tomar más. Suelo agradecer profundamente la comida de los maestros; bien dicen por ahí que «hay que dar gracias cuando a uno lo alimentan». Estuve de acuerdo, hasta que llegó el postre: un merengue rosa con crema pastelera. Me pareció de lo más deprimente malgastar mis niveles de glucosa en un platillo tan pobre. Más tarde me sentí desencajado, tal vez porque venía saliendo de una cita un poco seria. Mientras regresaba a casa, además de consultarlo con la IA, le pregunté a L —una de las tres médicas a las que confío mi vida— cuánto más tenía permitido beber en el siguiente intento. Fue piadosa y, con total calma, me aumentó la dosis. Espero que la próxima marea sea mucho más divertida. 🥃 🧁 🥮 🩸
    • El alcohol ha descolocado el día. Siento que es una tarde sucia, un poco gris y demasiado calurosa. ¿Estará cayendo ceniza? Recuerdos de Cyberpunk 2077 y la caída de la tarde. Una vez se me bugueó el juego y el día no cambiaba de un naranja polvoso e intenso, como fotografía de Villeneuve en Blade Runner 2049.
    • Sigo avanzando en el libro de historia de los videojuegos y perdí la poca admiración que todavía le guardaba a Nolan Bushnell. Quizás lo que más me molesta es constatar que dilapidaba su fortuna en los placeres más mundanos. Eso me empuja a una pregunta inevitable: ¿su personalidad volcada al juego, al derroche y a los vicios era el motor indispensable que lo empujaba a fundar imperios? También me sorprendió descubrir que él estuvo detrás de la franquicia de la pizza y los animatrónicos; sin su audacia, no existiría ese bache fascinante de la cultura pop que es Five Nights at Freddy’s. Es curioso pensar que la raíz de fenómenos tan distantes puede rastrearse hasta un solo individuo. Al final, la conclusión que saco es cruda: los cimientos de la industria interactiva estaban plagados de idiotas geniales y de cabrones profundamente superficiales. 👾 🕹️ 💵 🍕
    • Dejo un post-it adherido al papel: «La industria de los videojuegos nació de la imperfección y de la audacia de unos locos superficiales, no de la academia». A fin de cuentas, no se trataba de genios inmaculados, sino de tipos defectuosos que sabían hacer cosas con las manos. Al margen, anoto una intuición que se siente como un alivio: «La genialidad no está sujeta a la moral». Y de inmediato tomo nota de algo más, una última línea dedicada a mi propio sistema: «Aun con mis propios vicios, quizás yo también tengo esperanza». Dejo una línea en blanco en la hoja. ¿Esperanza de qué? [ 📄❓ ]
    • De las cosas que descolocan el alma en una tarde gris: dos vasos de whiskey con agua mineral y media copa de vino que caen en el cuerpo con la pesadez de una borrachera tristona; la amargura de gastar el sagrado presupuesto de azúcar en un merengue rosa y mezquino que no merecía el sacrificio; el desasosiego de una cita seria que nos deja sintiéndonos fuera de lugar mientras caminamos de vuelta a casa; la piedad de un médico de cabecera que levanta los permisos para la próxima marea; una tarde sucia, calurosa y cubierta de una sospecha de ceniza, donde el cielo se congela en un naranja polvoso e intenso como el error gráfico de un videojuego que ha olvidado cómo cambiar de hora; el desencanto ante un viejo pionero de la industria que prefirió el derroche mundano, las pizzas grasosas y los animatrónicos antes que la dignidad, el asombro, seguir jugando; la revelación de que este arte interactivo no fue fundado por santos, sino por una horda de idiotas geniales y cabrones superficiales que al menos sabían hacer cosas; un post-it que asegura, con total calma, que la genialidad jamás ha estado sujeta a la moral; y una línea en blanco, suspendida al final de la hoja, donde un hombre con sus propios vicios se permite albergar una esperanza abstracta cuyo nombre prefiere no adivinar. Todas estas estampas, un tanto deslucidas por el calor y el alcohol, se vuelven entrañables cuando comprendemos que la imperfección es el único suelo donde las cosas consiguen brotar.

    La bendición del día: que en tus próximas mareas la mesa de control médica siga siendo piadosa y te conceda las dosis exactas para pasártelo mejor, alejando de tu mesa cualquier repostería barata que no merezca el sacrificio de tu sistema.

    Que cuando el entorno se ponga sucio, gris y caluroso, tu mente conserve el filtro cinematográfico para convertir la sospecha de la ceniza en una estampa estética y no en un agobio cotidiano.

    Pero, sobre todo, que la imperfección de los viejos pioneros te sirva de licencia y absolución: que recuerdes siempre que la genialidad jamás ha estado sujeta a la moral y que la industria del mundo fue fundada por locos defectuosos que, a pesar de todo, sabían hacer cosas con las manos.

    Que la línea en blanco que dejas al final de la hoja sea tu espacio soberano, un rincón limpio donde tus propios vicios no te impidan reclamar, con total calma, tu legítimo derecho a la esperanza.

    🧪🌆👾✨ (🙏˘ᵕ˘)

    Nos leemos en el próximo atardecer de ceniza.

  • 6:33 PM

    Hay jornadas en las que el pensamiento se vuelve un territorio denso, obligándonos a edificar laberintos de código y habitaciones de ficción para no mirar el vacío de la memoria.

    🖥️🟢🪞🐈‍⬛ _〆(˘ᵕ˘ )

    La bitácora de hoy es un recorrido de fósforo verde y estática analógica; un trayecto que se interna en las páginas de la miseria literaria, ajusta cuentas con los fantasmas y las herencias de los padres, y ensaya el desdoblamiento del perdón más honesto, para terminar disolviéndose, con total calma, ante la gracia sólida, simple y viva de un cabezazo felino que nos devuelve a la superficie.

    • El laberinto ha vuelto a mutar. La versión 5.2 de este sistema funciona como el registro arqueológico de un error compartido: la reconstrucción de @diosestalla mediante texto generativo. Ahora la gramática habita un aislamiento estricto, latiendo en su propia terminal de fósforo verde mientras arroja habitaciones vacías, deidades mudas y murmullos analógicos que se desvanecen a cada paso. Puedes descargar la bitácora si necesitas conservar los restos de la estática, o atrapar una postal del cinescopio antes de que el navegador colapse por exceso de memoria. Al final, uno comprende que no programa historias; solo aísla las paredes de un espacio en penumbra donde el tiempo se detuvo a saludarnos. 🖥️ 🟢 📟 💾 🌐 | Puedes visitarlo en: https://ende.agustinfest.com/diosestalla/
    • A veces pienso que construí este laberinto para llenar los vacíos de ficción en mi propia memoria; hablo de esas habitaciones mentales hechas de puras expectativas, de lo que nos hubiera gustado ser. Es el mismo desdoblamiento que opera al escribir novelas o cuentos: ensayar qué pasaría si de pronto me ganara la lotería, o cómo habría sido mi historia si mi padre biológico se hubiera apersonado en ella. ¿O acaso todo sería mejor si una horda de enanos impertinentes tocara a mi puerta para arrastrarme a una saga épica mientras cantan, y cantan, arrullándome con sus coros interminables y su espeso aliento de tías alcohólicas?
    • Esta mañana retomé la lectura de Job, de Joseph Roth, y logré avanzar unos cuatro o cinco capítulos. De momento, Mendel me parece un hombrecito tan miserable que me asalta una gran renuencia a continuar con el libro. Lo odio porque me resulta un mal padre y un esposo terrible; un ser genuinamente patético. Supongo que la gran literatura trágica se empeña en construir hombres despreciables para después justificar su redención; así de predecible suele ser la literatura canónica. Ya llegará el milagro, imagino. Con todo, disfruté mucho el capítulo cinco —¿o habrá sido el seis?— gracias a la irrupción de un americano. Su aparición es tan disparatada y magnética que por un instante pensé que se trataba del mismísimo diablo; me cayó muy bien. Déborah también es un personaje increíble. Cuando leía el relato bíblico de Job, siempre me obsesionó el destino de su esposa, el modo en que se desvanece de las páginas tras imprecar al hombre. Intuyo que Roth está saldando una deuda histórica con las mujeres del mito a través de ella.
    • Hace unos días pensé en mi padre. Por alguna razón, le confesé a alguien que me estoy quedando calvo como él: la configuración de mi cabeza —al menos la externa— viene dictada en sus genes. Una calva discreta, pelitos de loco. De ahí, mi mente saltó hacia otra de mis figuras paternas. De niño, y más tarde de joven, compartía casi todo mi tiempo con D. Lo que más me fascinaba de su presencia era que su conversación jamás resultaba aburrida; como siempre estaba leyendo y actualizándose, devoraba el futuro y sus posibilidades. Era un hombre en constante estado de imaginación o razonamiento, y me encantaba escucharlo. Lástima que detrás de toda esa pirotecnia genial habitara un espíritu atormentado, un abusón en potencia. Hoy tomé aire, llené los pulmones y, como ocurre cada vez que lo recuerdo, después de mandarlo con total justicia a chingar a su madre, lo perdoné, sabiendo que en el proceso también me estoy perdonando a mí mismo. Esta vez elegí mirar lo bueno: aquel abrazo cuando murió su madre y él, desarmado, se echó a llorar en mis brazos. Se lo debo: pasamos momentos entrañables juntos, en familia. A fin de cuentas, es mucho más de lo que obtuve de mi propio padre, de quien no puedo hilvanar un solo pensamiento exacto; murió, nunca lo conocí y no compartimos nada. Mi madre aún guarda algunas palabras gentiles para él; supongo que ese saldo piadoso le servirá en el otro lado. Haber sobrevivido a ambos me ha dejado una certeza absoluta: jamás seré un hombre patético como Mendel, ni como esos personajes miserables que los hombres se empeñan en sembrar en las grandes novelas. 👤 🪞 🧬 👴
    • Epitafio: “no me arrodillaré ante ninguna enfermedad, ante ningún padre y ante ningún dios”.
    • Hoy Morgana me hizo un favor: visitó el dólar bajo el cual está enterrada la Nico. Olió un rato la planta y le dio una mordidita. Luego se acercó a mí, maulló un par de veces y me miró directo a los ojos. Le pregunté si me estaba contando algo; ella aseguró que tenía un mensaje para mí. Yo me hice pato, subí las escaleras y vi que me venía siguiendo. Se detuvo al ver la puerta del baño de visitas entreabierta. «Vamos, si eres muy fuerte, ¿por qué no la empujas?», quise decirle, pero ella se me adelantó. Empujó con su cabecita, abrió bien la puerta y volteó a mirarme. «Eres muy fuerte, Morgana», le dije. Y ella pareció estar completamente de acuerdo conmigo. Se me olvidó mi tristeza, los pensamientos de mi calva, los personajes miserables y que todo el día de hoy programé un laberinto porque me puse a pensar demasiado. (  ̄ー ̄) 🐈‍⬛
    • Cosas que poseen una gracia secreta y salvan el espíritu: un resplandor de fósforo verde que insiste en alumbrar una habitación vacía en mitad de la noche. El eco de un insulto arrojado a tiempo y con rabia, seguido de inmediato por un suspiro de perdón que limpia el aire. Los hilos invisibles de un linaje que se manifiestan únicamente en la forma discreta de una calva bajo la luz de la luna. El llanto repentino de un hombre brillante que dobla las rodillas y se entrega, desarmado, a los brazos de quien solía escucharlo. Una hoja redonda y verde que brota con terquedad sobre la tierra donde descansa un viejo afecto. El cabezazo obstinado de una criatura pequeña que decide abrir de par en par una puerta entornada para demostrarnos que los muros más pesados de la mente siempre están hechos de aire. Todas estas cosas son de lo más reconfortantes cuando la memoria se empeña en volverse un laberinto demasiado estrecho.

    La bendición del día: que cuando tu cabeza se empeñe en construir laberintos para aislarse del dolor del mundo, el sistema nunca colapse por exceso de memoria.

    Que te sea concedida la entereza para mandar a chingar a su madre a lo que te atormenta y la soberanía absoluta para otorgar el perdón desde la dignidad, salvándote para siempre de convertirte en el hombre patético de las tragedias escritas por otros.

    Y que, sobre todo, cuando te abrume el runrún de las ausencias, la calva heredada o los personajes miserables, encuentres siempre cerca una criatura sutil y persistente como Morgana que, con un simple empujón de su cabecita, te recuerde que las puertas entornadas ceden ante la fuerza de lo vivo y que los muros más pesados de la mente casi siempre están hechos de aire.

    🌿🚪🫂✨ (🙏˘ᵕ˘)

    Nos leemos en la siguiente terminal del laberinto.

  • 6:01 PM

    Hay jornadas donde la realidad exige pagar una cuota biológica muy alta, recordándonos el peso exacto de nuestros propios límites. La bitácora de hoy transita por ese sutil umbral que divide el agotamiento del deber cumplido —entre maratones de evaluación y mentes que operan en un discreto segundo plano— y el refugio voluntario en el juego.

    Un registro que va desde el cansancio de sostener la mirada ajena hasta el bucle afortunado de los tableros nocturnos, descubriendo en el camino que, frente a las cadenas de la costumbre y la impertinencia del mundo, siempre hay un rincón secreto para la ligereza más pura.

    🏫🔋🃏🐘 _〆( ̄ー ̄ )

    • Ha terminado otro semestre en mi lista. La jornada de hoy fue especialmente pesada porque me dediqué a entrevistar a mis alumnos para su autoevaluación y el cierre del curso. Es un proceso largo donde cada individuo, por turno, desmenuza su experiencia en la clase. Yo intento pescar todos los datos posibles, hablo muchísimo porque la actividad lo exige, es exhaustivo pero prefiero que sea así. A fin de cuentas, es el momento ideal para el cierre: les obliga a mirarse en retrospectiva y sopesar sus propias fortalezas y debilidades. Así el aprendizaje no se queda flotando en sus cabezas (aunque pocas cosas superen la belleza de un momento eureka) ni los deja adivinando qué falló, o por qué algo salió mal. Para mí, es la oportunidad de dar una última retroalimentación de valor. El día, en suma, se aprovechó al máximo. Sin embargo, tanta conversación me dejó molido. Mi biología pancreática ya exigía a gritos alimento, azúcar y descanso. (  ̄ー ̄) 📋
    • Se avecinan unas breves vacaciones. Una semana, al menos, antes de que comience el curso de verano. Aunque a decir verdad, todavía no sé si se va a abrir; ahora mismo tengo la cabeza en pausa, con un proceso secundario elucubrando en segundo plano cómo reestructurar la materia para suavizar la carga de trabajo. Lo divertido es que lo hace usando apenas el 10% de mi capacidad; suena como el eco de una voz lejana y sumamente responsable (tan real es este desdoblamiento que terminé escribiendo entre paréntesis, algo que no hacía desde hace siglos). En realidad, no tengo idea de qué haré los próximos días. Intuyo que durante un par de ellos me cubriré por completo con una cobija, pretenderé que soy un caracol —uno horrible, salido directamente de un manga de Junji Ito— y me enrollaré con total calma en mi propia concha. 🐌 🌀 🛏️ 👁️
    • Sigo dándole vueltas a la última novela que quiero escribir. Y obviamente, cuando digo «la última», no me refiero a la más reciente, sino a la última novela de todos los tiempos. No escribiré otra después de esto. Hoy leí que sospechan de un premio literario que fue ganado usando inteligencia artificial. En otro sitio publicaron que una de las contendientes al Nobel mencionó en una entrevista que usaba la IA de forma casual para investigar, y la jauría digital ya la estaba acusando de haber escrito su libro entero con un algoritmo. En medio de esta neurosis, Olga Tokarczuk decía en una entrevista —y aquí parafraseo— que la gente ya no lee libros gordos ni frondosos, y que tal vez eso sea mejor. Justo en mi última novela (la última de verdad, de veras de veritas que ya no escribo otra), imagino a una niña y a un lobo; una presencia perruna, ancestral, salvaje y con unas ganas profundas de matar. Juntos despiertan en el borde de un laberinto. El lobo quiere destruir el mundo; la niña, llanamente, quiere contar sus historias. Es el viaje de dos pequeños deseos que se van agrandando en el camino. [ 👧🐺 ]
    • Ayer me fue imposible hacer la lectura de esta entrada en Substack porque preferí irme a jugar Magic. Valió la pena. Pude apreciar de primera mano el tremendo potencial destructivo de Coram. También descubrí las bondades de Kibo, el changuito de la jungla noble, como soporte dentro del deck de Jinnie Fay, la señora de los gatitos y los perritos. Por último, saqué a pasear a Tom Bombadil; estuve a nada de completar el combo de There and Back Again en sintonía con Clock Spinning. Es una sinergia fascinante: el objetivo es generar copias legendarias de Smaug, el dragón, las cuales mueren de inmediato debido a la regla de leyendas en el campo de batalla. Al perecer, cada Smaug te hereda una cantidad nada despreciable de fichas de tesoro y eso provoca que tengas maná y tesoros infinitos. Me resulta facilísimo imaginar a Tom Bombadil abusando de esta mecánica: él mismo, obsesionado con narrar la historia, regresa sobre sus pasos y trastabilla a propósito con tal de volver a contar el encuentro con el dragón. El dios de los bardos, igual que el viejo de la montaña errante, regresa sobre sus pasos para contar una historia que le parece vital, importante.
    • Frank, uno de mis compañeros de juego, me preguntó la otra tarde por qué no me gusta El Hobbit, confesándome que es su libro favorito de todos los tiempos. Procuré apelar a toda la madurez posible en mi respuesta: el libro me da un sueño insoportable porque los enanos no paran de cantar. Las dos o tres veces que he intentado leerlo de corrido, ya sea en inglés o en español, sus coros de irlandeses impertinentes terminan por arrullarme y aburrirme sobremanera. Eso no quita, desde luego, que haya pasajes que me fascinan: el encuentro con los troles, el duelo de acertijos de Bilbo en la oscuridad o el sutil diálogo con Smaug. Son momentos memorables que me asombraron en su momento. Pero… para llegar a ellos, primero hay que chutarse a una horda de enanos impertinentes que cantan exactamente igual que tías borrachas en plena fiesta.
    • Cosas que conmueven el corazón y cosas que son libres: es de lo más desolador pensar en la historia de aquel gran elefante al que, tras haberle retirado las cadenas, permanece inmóvil en su sitio, habiendo olvidado ya el camino hacia la libertad. Un relato así satura el pecho de una angustia sutil y prolongada; es el reflejo de un alma que ha aprendido a habitar su propio cautiverio. 🐘 ⛓️ 💔 En contraste, qué delicia tan extraordinaria es la existencia de Tom Bombadil en las crónicas de la Tierra Media. Mientras el mundo entero se quiebra bajo el peso de anillos y coronas, él habita el bosque cantando tonadas sin sentido, inmune a las ambiciones de los hombres. El anillo del enemigo no tiene poder sobre él; no porque sea un gran guerrero, sino porque su espíritu es tan libre y ligero que el mal no encuentra de dónde asirse. Verlo saltar entre los árboles, ajeno a las cadenas del destino, quizás es una de las cosas más hermosas y reconfortantes de este mundo. 🌸 🌾 🪵 👑
    • De las criaturas que habitan el pensamiento y los días: unos alumnos extenuados que desfilan uno a uno desmenuzando sus debilidades y celebrando sus momentos eureka bajo el calor de la tarde; un caracol horrible, surgido de una espiral de horror, que busca enrollarse en su concha con total calma bajo el cobijo de una cobija; una niña pequeña que despierta en el umbral de un laberinto armada únicamente con el deseo de contar historias; un lobo ancestral, salvaje y sonriente, que la acompaña en el borde del camino con ganas de destruirlo todo; un gran elefante domesticado que permanece inmóvil en su sitio habiendo olvidado ya el significado de la libertad tras perder sus cadenas; un pequeño mono de la jungla noble que reparte bondades en mitad de la batalla; un dragón colosal que perece una y otra vez ante las leyes de la simulación heredando montañas de tesoros con cada caída; unos troles torpes atrapados en la oscuridad de un viejo libro infantil; unos enanos impertinentes y borrachos que entonan coros insoportables y cantan igual que tías en plena fiesta; y un viejo habitante del bosque —el dios bardo— que recolecta lirios acuáticos para su amada mientras trastabilla entre canciones, inmune al peso del destino. Todas estas formas, reales o soñadas, el día de hoy me han conmovido.

    La bendición del día: que tu biología pancreática encuentre siempre el alimento y el descanso que exige tras las grandes batallas cotidianas. Que el proceso secundario de tu mente te regale las reestructuraciones perfectas con el menor esfuerzo posible, y que tengas el derecho de esconderte bajo las cobijas siempre que tu cuerpo pida ser un caracol ajeno al mundo.

    Pero, sobre todo, que cuando las cadenas de la rutina pretendan dejarte inmóvil, tu espíritu conserve la ligereza indomable de Tom Bombadil para trastabillar entre tus propias historias, ignorando con total calma las ambiciones de los hombres y las canciones de los enanos impertinentes.

    🐌🐉🍻✨ (🙏˘ᵕ˘)

    Nos leemos en el próximo desvío del laberinto.