9:41 AM

Esta entrega es una crónica irreverente y —espero— lúcida que arranca con el pánico de las etiquetas juveniles en el aula y termina refugiándose en el cinismo ilustrado de Carlos Monsiváis.

Entre un repaso al declive narrativo del cine imperial y la trinchera analógica que blinda dieciocho años de matrimonio frente al algoritmo, escribo un pequeño manifiesto a favor de la intimidad y (probablemente) el derecho al placer inútil de las ficciones.

I. 🏫💥 (🎬•́__•̀)⏰

Ya que pasaron unos años del evento, recuerdo que alguna vez, mientras revisaba trabajos en equipo, una alumna se acercó y me preguntó de forma estridente: «Profe, ¿y alguna vez usted dejó de ser fuckboi?». Sonaron las alarmas; alguien aventó una granada. Los alumnos alzaron la vista, se miraron entre ellos y luego me voltearon a ver. Lenguaje de chavos, tema escabroso, sirenas antibombas a todo lo que dan, ¡escóndete! Pero la reconocía como una de esas chamacas que tienen los filtros disminuidos, así que no le tomé mucha importancia en ese momento.

Al instante, tuve una respuesta mental: «Quizás debería preguntarle a mi esposa si he dejado de serlo». Otra respuesta que no pasó el filtro de cerebro a boca: «¿Eh? ¿Quién te habló del jovenazo Agustín Fest, fuckboi profesional?». En ese momento, seguramente respondí algo neutral, como de señorcitos, un murmullo de: «Nombre, para nada, a ver… primero, qué es eso de fuckboi, explícame», pero no lo recuerdo, porque la pregunta me agarró por sorpresa y a estas alturas la respuesta fue cualquier cosa.

Años después sigo pensando en ello.

Fue la misma clase donde otra alumna me dijo: «Usted tiene cara de omega». Y yo, por dentro, me acaricié la cara y me dije: «No quiero saber qué chingados es un omega». Aunque me daba una buena idea; después de todo siempre estoy navegando en internet, estudiando nuevas narrativas porque soy curioso, y estoy loco. Pero también estoy en mis cuarenta y tantos, me duelen las rodillas, mi cuerpo se sostiene milagrosamente. Tengo suerte si soy un gamma (jaja), o un epsilon. Prefiero dejar el lenguaje de los chavos como lo que es: algo ajeno, lejano, quizás intocable.

Dudo ser un omega y, definitivamente, no podría ser un fuckboi. Pero ¿qué es eso, además de lo obvio? Porque seguramente tiene sus matices, sus grandes posibilidades, sus variantes alternativas. ¿Alguna vez lo fui? Bueno, si acaso soy un viejo puerco y sincero, creo que siempre lo he sido. Es decir, viejo puerco del nivel: sigo a Sydney Sweeney e Izzy Brooks en Instagram. Nunca abro X porque me distrae su porno dirigido a mi segmento. Aunque tampoco soy viejo; me faltan unos añitos para esa denominación.

Soy un preoldboi.

II. 💍🤫 (🕶️¬‿¬)🍯

Hace unos días, una de mis alumnas más chidas preguntó: «¿Por qué nunca veo fotos tuyas de Sol en tu Instagram?». Por otra parte, para echarle gasolina al fuego, nunca llevo mi anillo de casado (se perdió en uno de mis viajes, al segundo año de casados). El oldboi es bien fuckboi, está disponible, ¡éjele!

Hace unos días cumplimos dieciocho años de casados. Hablar de nuestra historia es complejo —llena de emoción y complicidades—, pero con la agresividad que tienen las redes sociales y sus algoritmos de estos tiempos, prefiero no revelar algunos misterios. Me guardo algo para mí. Tampoco tengo fotos actuales con mis amigos o mis colegas; no muchas, digo. Sin embargo, creo que escribo de Sol todo el tiempo, muy seguido, de cómo su presencia en mi vida ha iluminado algunas oscuridades. La presencia de Sol está en la ficción que he escrito y he publicado, y también está en este espacio donde puedo hablar de lo que vivo y que no está matizado por el engagement y el flujo de la información. Curiosamente, leyendo se puede saber más de mí que en cualquier otra parte. Aquí escribo de algunos enojos, algunas carencias, fantasías y ficciones. Este templo contiene un nicho muy particular, uno de los santitos que están en una esquina es patrono de la vida normal de una pareja casada y sus efectos.

Nunca he querido convertir mi vida íntima en un show de Instagram. Brevemente, cuando fuimos novios y existía algo llamado Big-Blogger (una suerte de Instagram durante los dosmiles), publicábamos muchas fotos juntos y luego era un tema de aguantar a los haters y los comentarios ojetes. No es algo que me gustaría que se repitiera bajo ninguna circunstancia, aunque actualmente soy nadie para los algoritmos. Este es un espacio para celebrar nuestros dieciocho años de casados. Aquí seguimos, a pesar de que el marido ha hecho todo lo posible para tener enfermedades mortales, crónicas, degenerativas, perversas, y de que es un maldito fuckboi.

III. 🦸🏼‍♀️🚀 (🎥•̀_•́)🍿

Vi Supergirl. Creo que es una película con problemas de ritmo. Me cuesta trabajo asimilar la idea de que Supergirl es una aventurera espacial porque no fueron los cómics que yo leí, o el personaje que yo tenía registrado, pero aparentemente es una iteración muy popular de estos tiempos; válido. La actriz, Milly Alcock, me parece fabulosa; tiene registros chidos, encantadores. La vi en la primera temporada de los dragones de Game of Thrones (solamente la primera, intenté seguirla pero me aburrió) y me pareció una buena actriz. La otra chamaquita (Eve Ridley) también actúa muy bien y Jason Momoa como Lobo me pareció… eh, no sé, gordo y huevón. Soy yo actuando como Lobo.

Se nota la influencia de Gunn: los superhéroes como los nuevos líderes en el género de las operetas espaciales. Intenta algo en el departamento de música pero no me pareció efectivo (como sí lo fue en Guardians of the Galaxy o Suicide Squad). En conclusión, me pareció una película convencional de superhéroes, cumplidora de estándares. Estuvo bien verla en el cine, pero mejor la hubiera visto en streaming. Esto es lo que se está perdiendo en estos tiempos y de lo que nos advierten algunos cineastas: el ritmo narrativo, la maestría de cámaras e iluminación, la vista de cómo llevamos una película a una pantalla de cine para engullir al espectador y transportarlo a otra parte. Supergirl no lo consigue, quizás apenas. Aunque tiene estos problemas, tampoco entiendo por qué tanto odio en redes sociales.

Sol me comentó que había una expresión migrante por ahí. Chica blanca, de ojos azules, interpreta un papel de migración a través de las dificultades de adaptarse; el lenguaje, por ejemplo. Muy similar al clásico argumento de que Superman —el übermensch— es primero migrante que otra cosa. Yo solo pude pensar que los gringos tienen estas historias, pero en capas superficiales, porque no han hecho nada por ellos, o por el mundo. Trump sigue en la presidencia.

Sabrá Dios si estas exigencias a la ficción son justas. Hace poco leí una cita de Borges sobre la utilidad de la poesía. Parafraseando, Borges responde: «¿Para qué sirvo yo? ¿Para qué sirven los cafés de la mañana?». Buscar la utilidad en la ficción es mezquino y desolador. Creo que Borges respondería lo suyo con una sonrisa. Somos una broma, quizás, la búsqueda es no tomarnos demasiado en serio cuando nos veamos en el espejo.

IV. 📚🇲🇽 ( ̄. ̄)🥃

Terminé el libro de Carver y he comenzado un libro de ensayos sobre escritores mexicanos de Carlos Monsiváis. Me voy a tatuar en el brazo: leer me gusta mucho. Dice Carlos Monsiváis en Los rituales del caos:

Convénzanse, uno no triunfa, uno nace en el triunfo y allí se consolida; quien en estos años quiere triunfar, será siempre un fracasado. El triunfo es cada vez más herencia genética: destreza en las finanzas, la política, el cultivo de las relaciones. Es ridículo andar por la calle musitando consejas y máximas («el éxito es una convicción íntima»); ésas son andaderas mentales, puras pendejadas.

Salud por eso, Carlitos. Perdón, don Monsiváis. Mientras lo leo, caigo en cuenta que murió en el 2010 y que se salvó de la pandemia. Me quedaron ganas de escuchar sus pensamientos sobre este evento transformador y devastador para muchos.

La bendición del día

Que en este ecosistema devorado por las métricas del engagement y la urgencia de los escaparates digitales, mantengas intacta la soberanía de tus rodillas cuarentonas y la gloriosa autocrítica de ser un digno preoldboi.

Que la presencia de tu propio sol continúe iluminando cada una de tus zonas oscuras, permaneciendo a resguardo de las dinámicas agresivas del internet, porque los secretos mejor guardados no se revelan en una galería de fotos.

Que cuando el mundo moderno intente medirte bajo la vara de la productividad, tengas siempre a la mano la elegancia borgeana para recordar que la ficción, la poesía y los cafés de la mañana no necesitan tener una utilidad práctica para justificar su existencia.

Y que, finalmente, frente a las andaderas mentales del éxito corporativo y las máximas baratas del optimismo, te cobije la lucidez implacable de don Monsiváis para brindar con el cinismo de un viejo puerco y sincero por las ficciones que verdaderamente nos salvan la vida.

Que el día de mañana nos encontremos en un planeta de súper héroes y villanos retirados.