6:12 PM

El tránsito de hoy es un relato de contrastes; el enfrentamiento de lo mundano con lo estético: desde mi primera compra en Coppel hasta la suspensión lírica de un atardecer bajo el pulso de Bowie.

Una jornada para sacudirse el cinismo de los consumos modernos, abrazar la memoria del cuerpo y refugiarse en los afectos pequeños, encontrando en la víspera del domingo el impulso exacto para abrir la libreta y volver a jugar con las palabras. 🎪🌅

  • Fui a ver el último capítulo de The Amazing Digital Circus. En realidad quería ver la película de He-Man, pero como solo estaba doblada en español, preferí evitar la distracción de estar pensando si las voces eran las mismas de mi infancia, si las habían cambiado, si ya habían envejecido o cualquier otra taradez. Spoilers pequeños pero obvios de ADC: Jax ahorca a Pomni, le dice que la odia y asume el rol de un Shinji de Evangelion pero en vestidito de sirvienta francesa, mientras Caine materializa un taladro de la nada para alcanzar «la verdad» o «los cielos». Bien pinche obvio, y hasta sabroso. El fandom arde en llamas. No tengo mayores opiniones al respecto; es un producto de su época. Así como yo tuve mis propios mitos fundacionales, esta animación le pegará especialmente a quienes tienen la educación sentimental de una jícama enchilada. No está nada mal para ser una producción independiente; me da esperanzas de que las nuevas animaciones serán mejores. 🎪 🎪 🕳️ 🌶️
  • Me compré unos tenis Ecko Unlimited simplemente porque son enormes, baratos y su suela es cómoda; de hecho, no sabía que existían como marca de calzado. Cuando era un jovenzuelo y mi pie creció a longitudes poco económicas, mi abuela tuvo que abandonar los tenis Canadá, Garcis y Panam para buscarme opciones más amplias; de aquella época recuerdo con particular cariño unos tenis Ewing. Años después, cuando compraba ropa de Ecko en el tianguis, descubrí que era una marca hecha para grandulones, medio vikingos, como yo; de haber sabido que también hacían tenis, los hubiera buscado antes. Maldito sea el día en que pisé una tienda Coppel y cometí el error de subir a su segundo piso; por poco les acepto la tarjeta departamental. Ya veremos si este calzado dura más que los tenis chinos que encargué por Temu. Una vez que cruzas el umbral de Coppel, sospecho, ya no hay vuelta atrás. [ 🦖👟 ]
  • Dos canciones hilan este trayecto: Soul Love de David Bowie y 1979 de The Smashing Pumpkins. Al escucharlas, nos convertimos en ese tipo que baja en patineta por las pendientes empinadas de San Francisco —o quizás de Las Vegas, da igual—. El detalle estético lo gobierna el cielo: unas nubes anaranjadas mientras el sol cae justo a nuestra espalda, tiñendo el asfalto. Avanzamos flotando con esas rolas chiditas, con la mente fija en la promesa de la tarde: el instante en que nos reuniremos con nuestros carnales a beber una cerveza mientras el sol se apaga, comienzan las sombras y nos despojamos, por fin, de todos los pesos cotidianos.
  • Murió el pintor David Hockney. Me eché un clavado por sus obras en Instagram y tanto sus pinturas como sus collages me parecieron maravillosos. En su diario, él apunta que existen dos cosas fundamentales en esta vida: la comida y el amor, otorgándole una simpática prioridad a lo primero. Sin embargo, rescata al segundo como el auténtico detonante para hacer arte. Se me ocurre pensar que es el amor que habita en la cotidianidad, en los actos pequeños e innombrables, en la familia, los amigos y, por supuesto, los amantes. Su lectura me resultó tan inspiradora que busqué de inmediato una libreta y empecé a enlistar los proyectos que quiero desarrollar: más bestiarios, las entradas del blagh y finalmente construir el rumbo de mi última novela.
  • Terminé La gran historia de los videojuegos, de Steven L. Kent. Es un excelente compendio de notas y entrevistas; un trabajo sumamente dedicado que le da forma analítica a uno de los grandes entretenimientos de nuestro tiempo. Sin embargo, debo reiterar mi repulsión ante el chovinismo del autor al referirse a los japoneses; afirma con ligereza que los estadounidenses fueron unos vencedores sumamente generosos tras la Segunda Guerra Mundial. Supongo que, tras soltarles dos bombas atómicas, la «generosidad» consistió en dejarlos con vida. Más allá de ese sesgo asqueroso, el libro es una obra decente que despejó dudas y me permitió estructurar mejor, en mi cabeza, la cronología de las consolas y los diseñadores que han dado forma a una de mis inexorables pasiones. Incluso con sus taras ideológicas, es un volumen muy recomendable. [ 🕹️🎌 ]
  • De ese libro, rescato una linda cita de Shigeru Miyamoto: “Cuando dibujas una risa, tú también tienes que reírte. Cuando dibujas una cara enfadada, tú también tienes que estarlo. El personaje tiene que ser el reflejo de tus emociones. Las emociones y la diversión de un juego no se pueden crear pensando en ganar dinero.”
  • De las cosas que urden el sutil espejismo de los días: el desvío de los mitos infantiles para contemplar un circo digital, y la educación sentimental de unas jícamas enchiladas; el ascenso mitológico al segundo piso de un Coppel que revela la memoria de un pie extendido a longitudes poco económicas, y la suspensión del tiempo en una pendiente urbana donde el sol cae a la espalda, las nubes se vuelven anaranjadas bajo el pulso de Bowie y los fardos de la rutina se disuelven en la promesa de una cerveza compartida. Es el mismo combustible de un pintor que situaba el arte en la escala menor del afecto cotidiano, un resorte lúdico que obliga a abrir una libreta de hojas en blanco para poblar el domingo de bestias fantásticas y recordar, frente al tablero de dibujo y las crónicas de silicio, que toda fábula es vana si el creador olvida reír mientras urde su propio juego.

La bendición del día: que los desvíos de tu rutina no te resulten un desperdicio, sino la entrada a un espectáculo inesperado.

Que cuando tus pies pisen los umbrales del consumo masivo, tu mente conserve la ligereza y la memoria de quienes te cuidaron el paso.

Que el cielo te regale siempre una hora dorada con nubes anaranjadas para disolver los fardos cotidianos, y que la cerveza con los carnales nunca pierda su condición de refugio sagrado.

Que la partida de los maestros te deje cuadernos llenos y, sobre todo, que jamás olvides reír frente al tablero de dibujo.

Veámonos pronto. 🎨✨