12:31 PM

El despertar de hoy convoca a los viejos fantasmas de plástico y neón que gobernaron la alfombra de nuestra infancia.

Es una jornada para sacudirse la solemnidad de la vida adulta, revisar la arqueología de nuestro espacio de juego y entender cómo un puñado de vatos locos en una corporación tropezaron, por pura intuición, con las fibras del mito.

Alza los brazos, reclama tu reino y disponte a descifrar los extraños mensajes y las pulsiones ocultas que nos heredó Eternia. 🌅⚔️

  • Anoche vimos He-Man, una de las grandes películas esperadas por los morros de mi generación. He-Man es un producto que surgió a través de la intuición: un montón de vatos locos, queriendo ganar mucho dinero en Mattel, se pusieron a pensar y probar maneras. El diseñador, inspirado por las historias pulp de su infancia (como Conan de Cimeria), dibujó a un bárbaro con una espada muy enorme. Después, un montón de adultos-niño hicieron el kitbashing: construyeron un prototipo usando muñecos de soldaditos y otros juguetes; los rompieron y transformaron sus partes en el primer He-Man (el mono real que en la película vemos sosteniendo la espada). De ahí llegaron a una serie de estudios psicológicos sobre la infancia. ¿Cómo podemos manipular la imaginación infantil? ¿Cómo podemos dominar su espacio de juego? (Quizás debería corregirme, porque esto no solo funcionaba con niños; también las niñas tomaban los juguetes de He-Man y se emocionaban tanto como cualquier mocoso). Descubrieron un acto muy sencillo: cuando He-Man levanta su espada y pronuncia «Yo tengo el poder», esto parece transferirse al individuo que lo juega. El niño no tenía un simple juguete, le dieron la agencia: un control metafísico sobre su vida y su destino. Un acto sencillísimo enciende tantas cosas en los cerebros infantiles que parece que le dieron a un clavo ardiente. He-Man vendió millones. _〆(  ̄ー ̄) ⚔️🤖
  • He-Man dominó mi espacio de juego y mi imaginación durante años. Es verdad que la mutación de ese tipo rubio y dócil que de pronto se transformaba en un portento bronceado y mamado ejercía su fascinación, como en cualquiera. Sin embargo, mi verdadero idilio era con los mutantes, los monstruos y la periferia de héroes bizarros. Mis predilectos eran Skeletor, Ram-Man —con sus resortes en las piernas listos para hacerlo volar—, Man-E-Faces y sus tres rostros alternables, o Buzz-Off, el hombre abeja cuyo nombre se me escapaba de la memoria. Man-at-Arms me atraía por otros motivos: no poseía atributos fantásticos, pero lucía como un proto-marino espacial y, a la vez, cargaba con un aura paterna de la que ya hablaremos luego. Lo que verdaderamente me volaba la cabeza eran esas anomalías biomecánicas; combinaciones de tecnología y biología que los diseñadores usaban como perfecta excusa para experimentar con mecánicas interactivas: figuras que expelían baba, plástico moldeado para estirarse al límite o trucos ópticos para cambiar de facciones en un segundo. ⚙️[◣_◢]🦾
  • El fenómeno de He-Man es una anomalía fascinante porque su mitología se fraguó en sincronía con la televisión. Aquella serie animada fue, a su manera, un milagro de la censura: breves ficciones en una tierra mítica llamada Eternia que dosificaban la acción mediante una violencia esterilizada. Sin una gota de sangre o bajas mortales, el espectáculo se reducía a madrizas encarnizadas que siempre concluían con un bálsamo didáctico. El héroe de la jornada se tomaba el minuto final para exhortar a su audiencia a ser compasiva con el prójimo. El contraste es brutal si se analiza con distancia: esa pantalla configuró la educación sentimental de la infancia norteamericana que hoy alimenta las filas del neofascismo y el supremacismo más descarado. Ya no hay disimulo. Acaso el discurso de Mattel, tras su fachada de civismo, inoculaba una pulsión latente: alza el acero, conviértete en el ubermensch y reclama el dominio sobre la alteridad, sobre los monstruos, los verdes, los azules, los pálidos y los negros; somete a cualquiera que codicie el conocimiento. Sería ingenuo culpar a un dibujo animado de la deriva de un imperio, pero la película, revisitada a la distancia, se lee casi como un síntoma de culpa corporativa: un tibio intento de expiación por haberle enseñado a millones de niños que los rubios bronceados están destinados a gobernar el mundo.
  • Ahora sí, entremos de lleno a la película. El guion opera bajo una constante necesidad de disculpa: ironiza sobre los nombres ridículos de las figuras y se escuda en el hecho de que fueron concebidos por mentes infantiles. Se trata de una apología tímida, por momentos contradictoria, sobre la madurez y los refugios que hallamos en el escapismo, la fantasía y el espacio de juego. Acaso el largometraje intente redimir a aquellos niños que jamás abandonaron Eternia, instándolos de forma amable no solo a desmarcarse del neofascismo —un subtexto que la marca despertó casi sin querer—, sino a convertirse en proveedores sensatos, ciudadanos empáticos y, en última instancia, mejores productos para el engranaje social. En algún punto, la cinta nos invita a guardar los juguetes y asumir la adultez, recordándonos que el destino colectivo no tendría que ser la barbarie nazi, sino «otra cosa». Son señales cruzadas y muy extrañas. Cualquiera saltaría con el clásico: «Tranquilo, viejo, es solo una película de He-Man»; sin embargo, conviene no olvidar la frialdad de los focus groups de los ochenta, donde se descifró con precisión científica cómo moldear la psique infantil a través de la ilusión del control. Por eso la película, incluso desde la comedia meta, asume el peligro latente al reactivar su viejo mantra: «Yo tengo el poder». 🪓💼📺🧠
  • De hecho, hay una famosa charla TED que lo explica a nivel científico. Si uno, como espécimen humano, acepta convertirse en un mandril durante un par de minutos —por ejemplo, alzando los brazos al cielo y exclamando «¡Yo tengo el poder!»—, el truco se consuma: engañas a tu propio sistema nervioso haciéndole creer que posees una seguridad que en realidad te falta. Es un cortocircuito conductual operado desde los mecanismos más elementales; un empoderamiento primordial, biológico, rupestre y gloriosamente burdo. ヽ( 💥∀💥)ノ
  • Sea como sea, la película me resultó muy disfrutable. Más allá de que sus subtextos ideológicos me la pasen un poco a pellizcar por el simple hecho de ser mexicano —allá ellos con su soul searching imperial; ojalá algún día comprendan por qué el resto del mundo no siempre los mira con buenos ojos— y de que mi villano predilecto sea Skeletor (lo cual seguro diagnostica algo de mi psique), la construcción de mundo es fabulosa. El diseño de escenarios, la paleta cromática y esos cielos que transmutan en deidades griegas o nórdicas son un agasajo visual. El entorno de la cinta es un homenaje al simulacro idílico que guardamos de ellos: un estallido de púrpuras y rosas intensos extraídos de la portada de un Trapper Keeper. La banda sonora se sube a este consumo frenético de la nostalgia transgeneracional, rematando con un remix metalero del tema principal que eleva a He-Man al panteón de los héroes hipermusculosos, sabrosos y de una masculinidad de fantasía heroica al estilo de Conan de Cimeria. El reparto de Eternia está a la altura: Skeletor es un deleite —portando un traje en el mundo real sin perder un ápice de su malicia carismática—, Evil-Lyn luce espectacular y Teela sostiene muy bien su peso. Mención aparte merece Man-at-Arms, interpretado por Idris Elba, erigido aquí como el padre idealizado que todos habríamos querido al lado: esa figura protectora e instructora que suple la ausencia de los progenitores biológicos, casi siempre inflexibles, distantes y duros. Incluso las rarezas mutantes más extremas, como Trap Jaw o Mekaneck, consiguen una adaptación asombrosamente orgánica, maravillosa y fiel a su naturaleza plástica. 🤘💀🤘
  • Sin embargo, veo difícil que He-Man trascienda hoy como algo más que un dispositivo para revivir nostalgias ajenas. No imagino a un niño moderno devorando esto por voluntad propia; si acaso lo hace, es porque su padre lo condena a sentarse a su lado a atestiguar el doloroso y divertidísimo repertorio de chistes de Fisto —repartiendo fisting a diestra y siniestra— antes de rematar ordenándole a Ram-Man un involuntario: «dale cabecita a ese otro» (give him head). Ram-Man, en respuesta, tuerce los ojos en un mudo «ora, no me alburees», mientras uno, desde el sillón, se desvive por aclararle el panorama: «Pero si a eso han jugado toda la película, hombre». La carga homoerótica es descomunal: una pasarela de hombres maravillosos intercambiando miradas, preguntándose de soslayo si sus dobles sentidos no delatan otra pulsión y si Eternia no debería ser, en el fondo, la sala del orgasmastrón o el mismísimo edificio del 41, con Skeletor oficiando como el gran maestro de ceremonias que los guíe a todos hacia ese espacio bendito y libre de carencias. Más allá de los chistes libidinosos y las apologías, de su extraña relación con ideologías gringas y cómo intenta abordarlas, la cinta cumple: es una experiencia lúdica, humorística y sumamente consciente de su propia ridiculez, diseñada para sostener un guiño cómplice con su único público real: esos señores que habitamos el espacio de juego durante décadas y que hoy, con la cartera de un adulto, compramos todos los juguetes que desde la infancia se convirtieron en tentación y deseo.

La bendición del día: que frente a los monstruos cotidianos, los pendientes duros y la hostilidad del entorno, tu sistema nervioso encuentre el cortocircuito primordial de un mandril para alzar las manos, proclamar al cielo «¡Yo tengo el poder!» y salir a devorarte el mundo con absoluta confianza.

Que te sea concedida la holgura financiera para rescatar del olvido los juguetes que tu infancia dejó pendientes, y que tu destino camine siempre muy lejos de la barbarie y muy cerca de ese espacio bendito, lúdico y sabroso que tanto nos merecemos.

¡Por el poder de Grayskull y buen camino! 🏰🤖玩具

玩具: son los caracteres chinos (kanji/hanzi) para “juguete” (wánjù). Es el recordatorio definitivo de que, detrás de todo este sesudo tratado geopolítico, psicosexual e ideológico sobre el ubermensch y el destino manifiesto, la raíz de todo siguen siendo esos benditos monos de plástico que hoy compramos de adultos.