Esencialmente somos hijos, o hijas, y cargamos con la memoria de nuestros antepasados [empieza tu párrafo con una verdad brillante, mijo]. Se espera de nosotros una perpetuación de las historias, de los oficios y un performance de una memoria actualizada. Versiones mejoradas del pasado, además de la dignidad del apellido, quizás el nombre, y su propósito.
Los padres nos conciben y ya tienen una vida imaginada para nosotros, un destino que debe cumplirse.
O así imagino que debe sentirse tener un padre, una madre sobreprotectora y vigilante. Imagino que muy pocas veces, el padre te dejará en paz y confiará en tu destino, el camino sinuoso que te espera cuando rechazas la identidad preconcebida y deseas crear una propia; imagino que pocas veces, una madre tiene fe en el futuro y se abandonará en los juegos de incertidumbre que significa tener un hijo.
Cuando pienso en mi vida, o uno de los prospectos imaginados de mi vida, pienso en este muro iluminado por luces neón que tiene grafiteado un estridente NO FUTURE, muy a la cyberpunk. Quién diría que esa podía ser la mejor de las suertes.
Al tomar la decisión de no tener hijos (primero fue una decisión biológica, cuando me dijeron podía olvidarme de esa parte de mi vida, pero también de consciencia), libero por anticipado a unos hijos translúcidos y fantasmagóricos de este show que algunos podrían clasificar de ser muy perverso. Nada más de pensar que un chamaco no duerme pensando estas cosas, igual que yo, me da algo de escalofríos.
[Pero soy feliz cuando me visitan mis sobrinos, y los miro usar TNT en Minecraft para hacer un agujero al otro lado del mundo o alimentan a los gatos para gritar eufóricos de emoción porque, oh sorpresa, el alimento y el cuidado hace que los animales se multipliquen y tengan hijitos para iniciar el círculo vicioso mencionado ya arriba, y es muy gracioso cuando los sobrinos quieren enseñarme cosas como si yo no supiera nada, como si fuera esa hoja de papel que está en su justo punto: “no sabe mucho de la vida, qué va a saber este señor de esas cosas de los chavos, pero tampoco se ve tan maleado ni terriblemente aburrido, o apático, y creo que puede escucharnos todo el día”. Su manera de verme es fascinante.]
La otra vez pregunté por mi abuelo paterno a alguien que me podía contarme cosas de él. Tal vez me dijo mentiras, tal vez me dijo toda la verdad. Quería saber exactamente quién era ese hombre y quedé satisfecho con la historia que me contaron. Me corrigieron una sospecha o un rumor. Yo tenía miedo de que fuera un nazi, y mucho tiempo creí eso, y en algún lado de mi cabeza tenía planeado un arco de redención para el nombre. Pero no, August Fest era un cobarde y no quería vestir un uniforme, o usar un arma, o matar gente; era un hombre que amaba profundamente la vida (así lo describí una vez, y todavía lo creo, me agrada más esa variante de la historia).
Imagínate escribir eso en tu epitafio, imagínate tener que cargar con eso en tus hombros.
Me dijeron que le gustaban las películas y que, antes de que la Segunda Guerra Mundial acabara con su sueño, era un doble de cine mudo. Charlatanes, imaginarios, fantasmas; eso somos. Me conmoví profundamente y esa noche, y aún hoy, la tarde que escribo esto, he pensado mucho en ese señor y su largo viaje para huir de una pesadilla. Lo imaginé tropezando infinitamente en escenarios como de ensueño, y haciendo piruetas entre círculos de fuego, y subido a una cuerda como Tarzan, y corriendo incesantemente por las vías de un tren mientras huía de las bestias de metal de Hitler.
Mi libertad es que finalmente puedo inventar al abuelo como yo quiera y, quizás, si él es un eco que está grabado en el mundo, la película de Morel en mi isla particular, una de las tantas murmuraciones de la tierra, quiero pensar que él, a su vez, me ha soñado en una de estas películas de blanco y negro, haciendo unas caras brutales, un show divino, un espléndido homenaje a Chaplin que qué bruto.
Una inocencia salvaje lo protege contra la furia del mundo.
Anoté eso por ahí cuando buscaba el significado del tonto. The Foolish Man. The fool daddy’o cool. No estoy seguro si lo leí en otro lado, quizás un manual de cartas. Pero la idea, supongo, es andar en esta tierra como si fueras un tonto. La ignorancia es felicidad.
(Cosa difícil porque una vez la vida te empuja a experimentar la furia, la sangre y la mortalidad, empiezas a creer que sabes muchas cosas, esto puede convertirse en LA VERDAD, y vives con el error de que tu sufrimiento y el dolor es lo mismo que el conocimiento).
Quizás, por ello, Quijote es el tonto más grande del mundo. Su locura lo empuja a ser el vagabundo perfecto y aún cuando lo apalean mil veces, se levanta de nuevo para buscar aventuras. Un tanto paradójico porque ha leído muchos libros, pero su misma locura no le permite abandonar su conocimiento, un espejismo definitivo.
(Perdón, el Quijote me obsesionará siempre).
Cuando pienso en mi viejita de orejas grandes (sí, hablo de la Nico), creo también que es la tonta perfecta, the maximum clown, la payasa del cosmos. Cuando le digo que es hora del paseo, se entusiasma (sí, sé que es pavloviano el asunto, pero…), da vueltas y aunque sabe, o yo creo que sabe, que será el recorrido de siempre, ella no le da importancia a la rutina, a la repetición definitiva de los días (encuentras el consuelo en el tiempo contenido). Nico confía en su dios de los tontos y de los perros; aunque sea el mismo lugar, su nariz recogerá nueva información; el mismo paseo pero es un nuevo día; la invención de su propio laberinto de tesoros y monstruos.
Quizás esto explica porque al tonto suele acompañarlo un perro en la ilustración de la carta. Seré como un perro tonto. Haré el esfuerzo (¿dónde firmo?), aunque a veces me gana la melancolía, el pasado, la enfermedad, los anuncios de mil muertes y los cansancios.
Mi corazón tiene algunos años que rechaza todo lo que no tiene rastros de juego, de diversión o de placer.
Por ejemplo, cuando un libro, un cuento o un videojuego tratan de una obsesión muy egoísta —Narciso revelado—, cuando la historia se fundamenta en la tristeza, la violencia o la paranoia, prefiero arrojarlo al fuego (¡quémense, libros adustos!); no quiero decir que las rechazo todas (aunque casi siempre), pero incluso estas historias pueden tener rastros de incertidumbre (un misterio a resolver, un lenguaje que nos revela cosas), y la incertidumbre es el enigma, y si hay un enigma que empuja a una búsqueda (de respuestas) o la interpretación, disfrazarnos de otro (otredad), entonces está chido.
El párrafo anterior es un juego para justificar mis decisiones. Cada vez leo menos porque estoy muy cansado de los fárragos (como este que me estoy aventando). Los primeros juegos vienen en el lenguaje, la palabra, la discusión, la retórica, los sofistas (Huizinga). Quiero decir que ya no leo porque he leído mucho, y quiero descansar de ser un señor que lee mucho. Quizás podría morirme antes de tomar un libro de nuevo y cuando me encuentre con el diablo, y me muestre su biblioteca infinita, haré un esfuerzo muy grande para no dejarme ir.
Estos días recientes, quizás por el contacto con la universidad, quizás por mis lecturas y la adicción al Minecraft, he tenido la idea de que debería escribir como si estuviera jugando; olvidarme de interpretar otro papel, quizás uno más serio. Y para poder regresar al estado del juego, pues debo reescribir lo que ya escribí alguna vez. El regreso codiciado a la escritura del niño, por ejemplo, cuando el niño se hace preguntas, y se responde solo, y se ríe como loquito, y nosotros envidiamos esa iluminación divina.
Empecé un mundo en Minecraft (seed: Cholula) sabiendo que iba a entrar a un vicio poderoso. No soy ajeno a este tipo de juegos: alguna vez jugué Terraria, No Man’s Sky pero también se parece a otros simuladores de recolección que son sumamente satisfactorios (Animal Crossing, por ejemplo). Doy una materia sobre narrativa de videojuegos y, a lo largo de los semestres, cada vez que regreso al tema de Minecraft (y al tema del mundo abierto en general), veo que se acerca mucho a lo que Borges consideraba el laberinto más terrible, quizás el laberinto perfecto: el desierto creado por dios.
En un desierto depositas a cualquier hombre y no tardará en darse cuenta que los caminos de la arena son infinitos. Igual sucede con Minecraft: si tienes un equipo lo suficientemente poderoso (no, aún no existe), el mundo y sus distintas variantes podría seguir generándose hasta el infinito.
Minecraft es un mundo procedural (otra palabra fea para hablar de cómo el mundo se construye frente a ti, continuamente, a través de algoritmos, más o menos igual a la realidad que percibes). No existe hasta que lo miras, hasta que lo manipulas; un niño se tapa los ojos y cree que ha desaparecido todo a su alrededor, la existencia del niño-jugador como el centro del universo (y, quizás, por eso es tan poderosa la teoría de la simulación: nosotros somos el propósito de los datos que convergen, que se están midiendo, que continuamente están siendo estudiados por una entidad superior).
Continuamente siento placer (¿el shot de dopamina?) cuando recorro mi pequeño mundo y veo que se erigen las montañas, los icebergs, los edificios. Minecraft me colocó en una isla en medio de una tundra. A donde mire veo un azul casi infinito, el mundo hostil del frío y la dulzura de los ositos polares. Me recuerda una de mis jovencísimas (y curiosamente emocionantes) lecturas: La prisión blanca de Alfred Lansig. Pero a diferencia de aquellos valientes marineros, soy un explorador en la seguridad de su simulación y la física es tan sencilla que casi siempre puedo manipularla a mi favor: tengo manos para romper los elementos más básicos y construir mis primeras herramientas, mis primeras comidas, mi primer fuego.
El otro día, mientras Gaby (la moderadora estrella de mi canal de Twitch, donde juego todas las noches) me acompañaba en streaming, dios simulación me recompensó con un barco encallado adentro de una isla de hielo. Me sentí un gran explorador.
Una de las cosas que descubrí es que puedes escribir libros. Tienen algunas limitantes medio extrañas: 256 caracteres por página, no más de 50 páginas. Basta para escribir algunas microficciones; la fluidez del documento apenas permite entrar en sintonía para escribir una novela. Quizás, para conseguir algo así, habría que fragmentar la cabeza de maneras curiosas: seguir una estructura laberíntica, como el mismo juego invita a hacerlo a través de sus materiales, sus edificios cuadrados, casi como Cortázar escribió la Rayuela en servilletas. Pero además necesitarías el apoyo continuo del entorno, modificarlo para ayudarte a contar una historia.
Ya sabía de la existencia de los libros dentro de Minecraft, pero ignoraba la mecánica y sus características (cómo escribirlos, cómo firmarlos, cómo leerlos). Uno de mis temas preferidos (cuando menciono Minecraft), es la biblioteca sin censura. Puedes bajar este mundo y navegar los pasillos de esta biblioteca, y leer algunos libros censurados. Qué fabuloso eso: crear un mundo para perpetuar y mantener vivo el conocimiento, una cultura que no esté tocada por la política, por señores de gabardina y mirada adusta.
Paradójicamente, los realms de Minecraft (y los libros contenidos en ello) tienen, al menos, dos niveles de censura. Si un diccionario online no detecta tus guarradas, algún diccionario interno lo hará. Supongo que es de esperarse porque el juego está hecho principalmente para niños (no para señores que simulan escribir, pero…). Si escribes groserías en uno o más idiomas, el libro lo convierte en gatos o asteriscos. Un “chingada madre” se desaparece como letras en la arena. Para evitar algún nivel de censura, tienes qué abandonar los aspectos online del juego, crear mundos que sean genuinamente solitarios. Yo estoy tratando de adaptarme a ella. Algunas veces escribo deliberadamente para que mis libros se vean borrados, tachado en negros, y sentir los efectos de una voz que se quiebra, una voz que pierde conceptos por culpa de la metafísica del mundo simulado.
La escritura de libros en Minecraft me ha revelado un extraño estado mental: pienso en la construcción del mundo y también pienso en la construcción del libro. Escribo (trato de escribir con la simpleza que hago agujeros), y sigo adelante con ello porque si me detengo a pensar en la estructura, en las categorías o en explicar lo que está sucediendo, entonces quizás nunca ocurra o será más difícil de llevarlo a cabo. Hay otros creadores que ya tienen una generosa práctica de crear estas fantasías escapistas: construyen el mundo fantástico con los bloques, y también construyen el mito, el contexto, el microcosmos del juego (o, como lo llaman hoy, esa enfadosísima palabra: el lore) a través de la palabra. Yo estoy luchando para crear una especie de autoficción en este mundo virtual, un mundo de sonidos y de criaturas, de pequeñas eventualidades.
De las primeras cosas que hice en mi isla, ya que me sentí más o menos seguro en ella, fue trasladar algunos de los espacios de mi infancia y mi realidad. Traté de hacer mi casa, a ojo de buen cubero, y me di cuenta del producto aburrido y limitado: mi casa en la real Cholula es hermosa, pero en el espacio virtual se siente retorcida, extraña. Bien pude aprovechar para crear un espacio más grande, generoso y, por qué no, de una arquitectura fantástica pero no lo hice en su momento, y me prometí hacerlo en un futuro: reconstruir mi casa en una segunda versión, con nuevos pasillos y techos distintos.
Mi siguiente proyecto fue trasladar un departamento en el que vivía cuando fui niño y quebré el espacio de mi memoria para reconstruirlo en una virtualidad abierta, más libre. Aunque el resultado me complace, también me hace pensar en la facilidad con que quebramos la memoria, reescribimos los recuerdos. Igual que los niños tratan de dar una explicación a los monstruos de este mundo (a través de los creepy pastas y de fantasías urbanas), he terminado por darme explicaciones de por qué no puedo ser veraz o metódico al momento de trasladar estas estructuras, y por qué debo darme cierta licencia poética / binaria al hacerlo. Y eso, también, se refleja en los libros cuando empiezo a combinar múltiples ficciones, las ficciones que nos construyen y nos mantienen vivos.
La siguiente semana subiré una copia de este mundo al blog y reabriré un Patreon (el cual, por el momento, pretendía ser un taller pero tuve qué dejar en pausa porque empecé a dar clases), para quienes estén interesados en descargar la construcción continua y más reciente de esta ficción. También empezaré a compartir habitualmente mi servidor de Discord donde subiré algunos screenshots y, eventualmente, versiones del mundo. Quizás será un lugar alterno donde se pueden discutir, quizás, ideas de lo que está ocurriendo en la Cholula simulada. Tengo planeados algunos laberinto y misterios. Mi idea es liberarlo semanalmente, en Patreon lo liberaré mucho más rápido además de proponer algunas ideas, aunque la meta es que pueda ser atestiguado por casi todos. Me gusta porque es como escribir literatura de folletín, pero también construir el espacio donde solamente puede existir esta literatura de folletín, es un trabajo de escritura pero también de juego y de ocio; trabajo de construcción y de talacha.
Descubrí los códigos para convertir las palabras de tu libro en un mensaje salvaje, aleatorio. Eso crea una sensación de inseguridad, como si estuvieras hablando con un dios que estuvo dormido durante mucho tiempo, como si empezaras a encontrarle sentido al ruido blanco. Da miedo, así como otro puñado de detalles sutiles dentro del mismo Minecraft provocan inquietud: los ojos de un Enderman, la noche que siempre libera a los monstruos, los ruidos en las minas y las cavernas, la configuración abrumadora de los otros mundos. Todas estas apariciones que en conjunto encienden los fuegos de la imaginación, y de los pequeños miedos, como si alguno de nuestros viejos contara mal las historias pero de todos modos nos dieran mucho miedo. En ese tipo de mundo me gustaría vivir: uno donde, a pesar tengas el control, jamás dejan de suceder historias.
Cuando más o menos me dijeron que iba a sobrevivir al cáncer, empecé a construir una idea (de unas cuantas) en mi cabeza: “a todo voy a decir que sí: trabajo y promesas de felicidad, viajes y acompañamientos, libros y videojuegos, hacer un maldito padcast o iniciar la escritura de un nuevo libro sin pretensiones de acabarlo o de publicarlo, tomarme fotos en el espejo todos los días como embajador poeta de no sé que país británico en algún otro país semicivilizado procurando ignorar lo viejo que me veo, lo calvo que me veo, lo definitivamente mortal y cadavérico que me veo”.
Phillip Larkin tomándose fotos.
Sí, sí, sí, como dice Molly Bloom al final del Ulises y ahoga todos los pensamientos de Stephen. Un sí, sí, sí que tiene toda la intención del pulso de Eros.
Decir que SÍ, SÍ, SÍ a todo es lo menos práctico (refiérase uno a todos los cuentos o películas que acaban en la desgracia por una afirmación mal pensada) y, en general, es una terrible idea impulsada por la euforia de saberse vivo.
No es que antes fuera el mamila ilustrado (aunque algunos pensarán o sostendrán que sí lo soy, o que lo he sido; hace algunos años leí un tweet de una extraña que decía saberlo todo sobre mí y que un día le contaría a las personas quién-es-el-verdadero-agustín-fest y me sentí profundamente interesado en el tema porque siempre es fascinante la descripción ajena, pero ya no pasó nada y ahora estoy acá, como tonto con la duda, preguntándome si seré ese agustín fest de la intuición ajena, de la observación, del chismecito jugoso).
Cualquier afirmación de mi parte, la promesa de mi presencia o de mi trabajo, antes venía acompañada de una agudísima reflexión que determinaba cual era la mejor manera de echar el tiempo por el drenaje. El tiempo es una de mis máximas preocupaciones (aún lo es) porque además de ser un chilango que siempre ha soñado que todas sus quesadillas deben de llevar queso, siempre estuve en contacto con la brevedad, la inestabilidad de la vida.
Mi abuela murió muy joven de cáncer. Mi madre también lo tuvo. Estos antecedentes y sumándole a la cajetilla y media de cigarros que fumaba como chacuaco, eso podría ayudarnos, quizás, a construir una idea muy superficial del personaje. Antes del YESMAN, teníamos a un EVERYMAN. La mirada adusta y el cinismo bien colocado. Doce, quince o veinte mudanzas en la Ciudad de México después, vivo en un pueblo de terrenos vacíos y enormes jaurías de perros. Tomo foto a las cajas de condones abandonadas y miro a los estudiantes correr, y viven su vida, lejos de sus padres, orbitando alrededor de ellos y de la ilusión de la responsabilidad; esta simulación de independencia que se aproxima a una realidad incómoda.
Nomás me regalaron la idea de que tengo todo el tiempo —restante— del mundo escrita en un papelito, y traté de empujar esta idea del YES-man en estos últimos tres años (soy una película de Jim Carrey o un asqueroso libro de autoayuda) en mi cabecita, colocarlo como una instrucción primaria en el árbol de decisiones. Ahora vivo a través de una serie de condiciones (if-this-then-that) para decir que sí a las cosas minimizando el daño lo mejor posible.
MANUAL DE CÓMO DECIR QUE SÍ, SÍ, SÍ A LA NUEVA AVENTURA QUE TENGO AL FRENTE:
¿Estoy vivo y en condiciones aceptables? Afirmativo.
¿Consiste en lastimar a otro? Mejor no.
¿Mejora la vida de otras personas? Probablemente sí.
¿Consiste en compartir historias o conocimiento? Claro que sí.
¿Se trata de celebrar un chismecito? Tal vez. Depende del chismecito y si no se contradicen los puntos anteriores.
¿Es trabajo que me gusta? Claro.
¿Es trabajo que no me gusta pero me va a pagar algunos juguetes como un gamepad nuevo, un videojuego, un he-man? Está bien, puede ser.
¿Tengo diarrea? En caso de afirmación, negación.
¿Es una aventura extraña, misteriosa y que podría poner en entreduda el complejísimo tejido de la realidad y de todo aquello que doy por sentado? En definitiva.
¿Es una aventura extraña y misteriosa que tiene el potencial de poner en peligro mi vida? Aquí te pregunto, Balbaleón, ¿qué no lo tiene? (pero probablemente no si el peligro es muy obvio, ya no tengo veintitantos años por el amor de dios).
¿Está lleno de amargura y no tiene una pizca de humor? A la basura.
¿Es sobre una idea política, habla sobre el presidente o un partido político? A la basura tres veces.
¿Es religión que no hace daño? Está bien. Todo sistema de creencias también es un videojuego.
¿Soy libre? Quizás.
Y así me hago una serie de preguntas en milisegundos mentales que determinarán si voy a comprarme ese pay de guayaba en el Costco; si daré vuelta a la derecha en ese callejón que se ve medio oscuro o si me presentaré a la fiesta de fin de año de la tía Yemita. Las preguntas funcionan para mí, obviamente. Nadie más debería decir que sí irresponsablemente a todo lo que le avienten al frente.
La cosa es que Oda ya reveló que Luffy, de One Piece, es el joy boy e inmediatamente recordé cuando el pirata sonríe cuando están a punto de decapitarlo, y pide perdón a sus amigos porque no podrá acompañarlos hasta el final del viaje, pero sigue sonriendo. Sonríe hasta el final y me acuerdo de mi propio viaje, y lo mucho que me costaba sonreír. Pero igual lo intentaba, porque me acordaba de este pirata imbécil.
Esa imagen me pareció tan impresionante que sigo pensando en ella, sigo dándole vueltas como si fuera una especie de amuleto, una de esas verdades fundamentales que estaba dirigida a mí, únicamente a mí, profetica y verdaderamente construida para darme un mensaje, una importante-revelación-sobre-mi-vida.
La última versión de Luffy.
Veinte años después, se descubre que Luffy, el pirata, es la resurrección del júbilo, de la ridiculez y de la risa. La libertad a través del humor y de la comedia. Quitar el poder a través de la burla (y sí, por eso me burlaba del cáncer, y hacía chistecitos cuando estaba enfermo). Quien desee ostentar el poder debe ser automáticamente descartado como una broma. Sol ya me lo había platicado pero me mantenía escéptico porque me sonaba demasiado bueno (y a veces aburrido por todos esos videos de teorías que salían y que escuchaba de fondo, y que era contado por gente bien aburrida; los fanáticos solemos ser horribles).
Cuánta catársis —pensé cuando vi la imagen. Un personaje del absurdo luminoso, a diferencia de Vladimir y Estragón, cuyo existencialismo es pesado, y grave (aunque también gracioso, la gracia a través de la condena, lo i-ne-xo-ra-ble).
Y ese dibujito me conmueve y también me da un poco de tristeza: yo nunca estuve destinado, por ejemplo, a tener ese tipo de felicidad absurda, la ridiculez de una caricatura; pero a pesar de mí mismo, también es mi elección intentarlo. También soy esclavo de los poderosos, de lo que unos señores aburridos dicen que es legítimo, sería iluso decir que no lo soy. Pero puedo intentarlo: SÍ, SÍ, SÍ. Puedo gravitar alrededor de una felicidad sin explicaciones, felicidad sin mecanismos o artificios, felicidad que no está específicamente diseñada para mantenernos complacientes o dormidos.
No puedo ser Joy Boy, pero puedo seguir siendo THE YES MAN.
La otra noche dije que se me antojaba un chocolate, específicamente dije un volcán de chocolate, y a los pocos minutos, se encendió una notificación de Domino’s Pizza sugiriendo que debía probar sus deliciosos volcanes de chocolate. Este es el momento donde hacemos caritas y le decimos a la tía: “Oiga, tía, parece que alguien nos escucha todo el tiempo”, y la tía te dirá que sí, y te contará de aquella vez que recibió la notificación de comprar un kilo de limones mientras jalaba la fruta de un limonero.
Esta tarde me puse a pensar que me gustaría escribir una lista de propósitos para 2022. Pero tengo pocas ideas al respecto. No tengo antojos de escribir un libro, aunque tengo algunos empezados. No tengo ganas de aprender una nueva habilidad, aunque ya empecé algunos cursos de programación y diseño. No tengo planeado ahorrar dinero porque estoy, como diría mi abuela, endrogado (es la primera vez que uso la palabra y si soy sincero, me divierte mucho). Tampoco quiero cambiarme de trabajo o irme de viaje. No he puesto una cantidad de libros en el goodreads y aunque tengo muchos juegos, no sé cuántos de ellos alcanzaré a jugar este año. Me gustaría bajar algunos kilitos porque ando en exceso, pero vamos, no estoy haciendo planes, calendarios y mentalizando dietas como en otros años. ¿Así se siente cumplir cuarenta años? ¿O así se siente este aburrimiento pandémico?
Uno podría pensar, por el párrafo anterior, que estoy triste, deprimido, desganado, desconchinflado, despansurrado, aposcaguado, indiferente o seco. Pero nada más lejos de la verdad. Estoy siendo absurdamente realista como le gustaría a mi padre. En el otro lado de un umbral maravilloso, quizás producto de una variante mía, tengo una larga lista de proyectos que me gustaría iniciar pero son más bien egoístas, sin excesos y de una felicidad contenida. En el pasado, mucho tiempo me detenía la voz de mi abuela porque cuando planeaba algo, ella eventualmente asomaba su carita de mapache ansioso y me preguntaba: “¿y puedes hacer dinero con eso?”. Preguntaba eso cuando me veía específicamente obsesionado, entregado, y así lo hizo cuando me vio escribir mi primera novela, y cuando me vio criar pokemones. Aprendí a mentirle con amor para dejarla tranquila, porque su pregunta partía de una angustia horrible, la angustia del superviviente: “sí, abue, con esto puedo ganar mucho dinero”. Aunque ella tiene muchos años muerta, la pregunta persiste y responderle a su voz fantasmagórica a veces me hace sentir como un engañador. Y uno sabe lo que pasa cuando se trata de engañar a los fantasmas. Una película de Netflix con The Rock y Vin Diesel, eso pasa.
En el párrafo anterior hay una mentira: “como le gustaría a mi padre”. La verdad es que no sé que le gustaría a mi padre porque nunca lo conocí, nunca hablé con él y murió el año pasado (probablemente de COVID, o consecuencias de COVID. Quizás no miento si digo que era un hombre muy grande y, como a todos los hombres grandes, eventualmente lo derrumbó su propio corazón). Lo único que puedo hacer es contarme historias de ese hombre, así como lo he hecho toda mi vida desde que era un chamaquito. Quizás pienso en él más a menudo porque estoy leyendo los encantos de Bettelheim y el tipo es muy freudiano de repente. Todo es resolverse según los padres, la familia y retorcer la imaginación para un desarrollo de pulsiones eróticas. Pulsión de vida. La otra noche pensé en mi padre porque no podía dormir (pensé en su calva de señor reluciente y que estoy adquiriendo conforme pasan los años) y no quise cambiar el canal, le di chance a mi cabeza de jugar con sus edipos porque los electros son más frecuentes y uno debe hacerse hombrecito (lo pongo en cursivas para que nadie venga a educarme, a ver si se entiende el tonito sardónico). Supongo, en un giro irónico y muy personal, que algunas noches, cuando no dormía, Agustín Fest también pensaba en algunas trivialidades de su hijo, el desconocido, porque no tenía otra cosa que pensar.
De mi abuela: siempre estaba angustiada por el dinero. Murió pobre, sin nada a su nombre. Quizás es el destino de mi familia. Pero también me gusta pensar que el destino de mi familia es el pensamiento: ¿de verdad es tan necesario poner tu nombre en las cosas? ¿Por qué debería ser parte de mi destino genético ponerle mi nombre a las piedras?
Está bien, antes de perderme en otros colores y la versión alterna de mis otras cabezas, haré el esfuerzo por escribir una lista de propósitos verdaderamente honestos para este año.
Sobrevivir.
Hacer un podcast. Pero pronunciado como padcaast.
Terminar el tabique de Onetti que compré hace algunos años en la FIL. Voy despacito porque el maldito de Juntacadáveres no es un personaje amable y aunque ya lo leí, me da mucho placer la relectura.
Conocer en persona a algunos de mis alumnos. Uno o dos. No a todos, la verdad. Me da amsiedá.
Ganarme un millón de dólares en algún concurso o una lotería.
Conseguir el Anti He-Man original que sacará Mattel este año de los Masters of the Universe antes de que los revendedores se los chinguen a todos.
Ir a Alemania a una de esas convenciones de látex para conocer gente buenamente enloquecida. Mírame, abuelita, ya estoy planeando mi último rave.
Escribir en este blog una vez a la semana aunque sean puras mentiras.
Tatuarme el pinche cuervo que estoy con que me lo voy a tatuar como perro básico sobreviviente de cáncer que soy.
Poner mi sucursal de Glory Hole Town en algún terrenito de Cholula.
Me detengo y pienso: no vayas a escribir a no ser que signifique algo. El texto (ugh) debe tener un destino implícito (algún bote de basura). El escritor debe labrar (argh) un camino que tenga finalidad. Sin paréntesis, quizá, escribir debe tener un propósito, un diseño más grande que tú mismo, debe ser un palacio de mil puertas que te lleven a un jardín central, al templo colosal y majestuoso. Un santuario que contenga todas las aves y todas las rosas (referencia facilona, abran su Palinuro). Qué ridículo cuando uno se pone sagrado, quizás la escritura, como otras cosas, también lo tengo separado en varias cabezas: una anhela esa construcción mítica de pasillos infinitos mientras que otra piensa solamente en sentarse a escribir, tomarse un boing con popote y hacer una que otra bromita (sí).
Antes, cuando escribía en el blog, me era muy cómodo vomitar todo lo que pensaba así como me gastaba las cintas de mis películas preferidas (ritual que pienso, algunas mañanas muy ociosas, debería recuperar). Mi propósito para el 2022, si no me mata el COVID o cualquier otra porquería, es vomitar como el Agustín del pasado. Voy a desempolvar ese jovencísimo cerebro y le voy a pedir ayuda para que me ayude a hablar de cosas. Voy a escribir dos, tres, o cinco veces a la semana como diosa luminosa que mete la cabeza al horno.
La obsesión del paráiso (y por qué uso mucho esa palabra últimamente): quizás como estos últimos años he estado coqueteando con la muerte, alguna parte de mi subconsciente (perdón, inconsciente) está muy interesada en tener una conclusión finalmente satisfactoria sobre el más allá. Como soy católico no prácticante, más agnóstico que real creyente, y no planeo volverme practicante en los próximos años, muy probablemente mi cabeza está resolviendo el enigma urgente como se resolvería en una película facilona y divertida: el paraíso y el infierno están en la tierra y es nuestra cosmogonía interna la que decide los castigos, los purgatorios, el peso verdadero de nuestro corazón en la balanza. Sin embargo, aún cuando ese fragmento de cabeza está trabajando en una solución metafísica para este misterio, otro pedazo de cabeza está muy segura de que la única finalidad es la muerte, que el placer, el castigo y la recompensa solo tienen significado para evitarse el aburrimiento de vivir, una existencia que puede ser muy larga, llena de incertidumbre y de angustias. Esa cabeza sabe muy bien que no hay más allá. Tenemos una única oportunidad, la de ahorita, la de hoy. ¿Vamos por unos esquites o ya valió madre y te quieres quedar en el sillón, mirando el muro, mirando la televisión, pensando en que el sueño es más agradable que la realidad?
¿Y qué piensa esa cabeza de la resurrección? Quizás ocurra, seré un organismo unicelular en un planeta muy alejado de aquí, donde el pasto es de un morado tan intenso como el de mi planeta preferido de No Man’s Sky. El sueño se materializa de maneras extrañas.
Unos años más tarde entendí que haberme gastado aquellas películas es lo mismo que gastarse los libros que deseas habitar continuamente (el libro es una casa, cursi pero posible, una casa muy importante, quizá vital; casa que se multiplica en muchas casas, entiendes la importancia de construir un pueblo mental donde puedes guardar todos tus libros, los álbumes de los lugares visitados y, más allá que eso, empiezas a replicarlos, construyes líneas de autobús y metros que te ayudarán a visitar estos lugares deseables; la casa se convierte en una ciudad mental). Lugares de ficción que dificilmente puedes abandonar. La cinta se corrompe igual que se manchan las hojas de grasa, de sudor y de fluidos (¿Estás seguro que deseas pedir un libro prestado?).
Qué películas me gustaba ver y gasté las cintas BETA/VHS pirata de mis 8 a mis 14 años: Aliens, Terminator 2, dos o tres colecciones de cortos de Tom & Jerry, La sirenita, Aladdin, Laberinto, La lista de Schindler, Akira, Orquidea salvaje, una porno cuya trama ocurría en un trailer park y era sobre una muchacha que recién había cumplido los veintiún años (o quizás los dieciocho, o —pienso con horror—, apenas los dieciséis), Bubblegum Crisis, Carne de sirena de Rumiko Takahashi, Urotsukidoji 3 la venganza del demonio de las mil vergas, Robocop porque me daba cosa pero también me gustaba ver cómo se derretía el malo cuando caía al ácido, Batman de Tim Burton que canalizó a mi primer nerdo y gordo interior y me invitaba decirle a la gente: ven qué si pueden haber películas de cómics que están muy chingonas, Pulp Fiction pero ya menos porque me conflictuaba ir a misa y explicarle a un cura que me fascinaba ver a Marcellus Wallace y Bruce Willis amordazados con un gagball.
El problema (entra la voz de Arjona) es que ya tengo el cerebro muy gastado y mis temas están colocados en su lugar. Ya no tengo un horizonte de posibles destinos, ya sé cuales son los lugares donde me siento más cómodo, donde quiero pasar el resto de mis días y morir. Escribir en un blog puede ser el viejo en la mecedora repitiendo viejas glorias. Un patético Al Bundy rumiando a cámara que fue el muchacho más popular del high school mientras ignora el redondo, suculento y fodongo trasero animal print de Peggy. Quizás por eso dejé de escribir y pienso que es inútil, y quizás por eso, precisamente por eso, debería luchar contra ese pensamiento facilón y apostar una que otra ficha (porque empujarlas todas, tan rápido, es de adictos y hambrientos). La arrogancia del cerebro propio se cura con la insistencia, con la necedad y con el aprendizaje. Aprender a escribir de otras cosas, o aprender a escribir diferente (buenos deseos, aunque tontos). Escuchar otras voces que hablen distinto a los lugares donde estoy cómodo o donde no quiero pararme porque me da una flojera discutir con algunos lectores imaginarios. Es decir, hacer la chamba.
Ya me voy a poner a escribir y me voy a quejar menos. Pinky promise. Pero creo, muy en el fondo, que también la queja es escritura.