Autor: arbolfest

  • El embrujo de los malos días

    Durante nuestra siesta de las 3:30 de la tarde, abracé a la Nico y le dije: “vamos a dormir cien años”. Y ella me respondió: “De acuerdo, cien años”. No es un número arbitrario. Link y la bella durmiente cerraron los ojitos un siglo antes de regresar a sus múltiples responsabilidades: uno se fue a resolver templos misteriosos en Hyrule y la otra, eh, se casó con un príncipe para tener muchos hijos y seguir imponiendo el mandato de su linaje en algún país europeo. En mi mundo onírico particular, es la Nico la que resuelve templos y tiene aventuras mientras que yo soy el vagabundo que engatusó a la princesa y ahora mira las formaciones de nubes, y piensa en sus próximos libros, piensa en ese laberinto de los años restantes y el propósito de la vida. No es casualidad, pero en este instante, la Nico y sus cansados huesos están acostados a mi lado, y miran hacia la puerta. Es paciente e intensa. A veces creo que sí mira espíritus o fantasmas.

    En mi lista de obligaciones, anoté el día de hoy que quería escribir en el blog. Sentarme a escribir (la vida diaria) me ayuda a pensar y me ayuda a recuperar un mínimo afán intelectual por resolver acertijos e inventarme misterios. Aún cuando hablo de mi propia vida siento que estoy resolviendo cosas. Ficción del documentalista. Estoy recuperando esa parte que el cáncer dejó dañada. Todo lo que significaba resolver y pensar, crear misterios y acertijos, todo eso se fue cuando mi vida se enfocó a sobrevivirla a toda costa, y luego a sobrevivir la euforia. Es difícil explicarle a otros el proceso que significa sobrevivir cuando la seguridad y la información es escasa. Sí, quizás soy un disco rayado con el tema pero me gustaría suponer que la repetición ayuda. Otro misterio: un rondín de buenos deseos para continuar aquí. Voy a rayar el “never forget” en mi reloj de vida. Pero me distraje, desde el principio quería decir que revivieron la app que usaba para anotarme mis tareas a corto y mediano plazo, Epic Win, en la Apple Store. La actualizaron y ya no se ve toda chueca. Extrañaba usarla porque me parece muy versátil, divertida. Jueguificar la vida (eso lo dije el otro día). En Epic Win comencé un nuevo personaje, es un ent, uno de esos hombres árboles. Recuerdo que en la versión anterior de la app tenía a un no-muerto nivel 17 o 18 y se llamaba Festuerto, igual que mi personaje en el World of Warcraft.

    Se acerca la temporada de los chiles en nogada y es una de las diez cosas que me encantan de Puebla. Supongo que esa es una de las cinco cosas que agradeceré el día de hoy, siguiendo los consejos de mi psicóloga inexistente: los chiles en nogada. También agradezco los juegos de terror japoneses, el libro de Homo Ludens de Johann Huizinga, la existencia de Wario porque es el antimario y juro que es una de las resurrecciones de Nietzsche (o su avatar). Agradezco que todavía tengo piernas fuertes para salir a correr. Agradezco la infección que me aqueja, porque supongo eso quiere decir que todavía estoy vivo. Creo que ya me pasé de las cinco cosas pero el día de hoy quiero agachar la cabeza y recibir la mirada de algún dios, el que sea. Doy gracias por mi cabeza que está en las nubes, esta noche, y ya tengo mucho sueño. Supongo que estoy cansado de tanto trabajar y tanto cambiar mis planes, pero no hay fijón, asimismo doy gracias por el cansancio de suspender todos los deseos porque esto solo es una prueba de la resiliencia del espíritu que ya me conocía, y que voy a ser sincero, ya me daba mucha hueva ver en el espejo, ese Agustín siempre trabajador y chíngale acá y allá, pero uno se aguanta, o se mata porque qué otra tenemos.

  • Breves desde afuera del umbral

    Después de tres años, he regresado al peso que tenía cuando supe que estaba enfermo de cáncer (remisión dos años, sí señor). Si esto sigue, tendré que comprar calzones nuevos, o romper los pequeñitos que tengo. Giro los ojos, esta cosa de ponerme a dieta me da roña, después de todo he vivido estos últimos años con la excusa de una vida breve y he tragado más postres de los que debería. Económicamente tampoco es viable; tendré que despedirme de los chocolates y los panes lujosos una temporada (pero seguiré haciendo pan campesino, y una cucharada de mermelada no lastima a nadie), en lo que regreso a una panza más saludable (no estoy tan gordo, pero…)

    Tengo una alumna de literatura en quinto o séptimo semestre que escribió “tubó” en vez de “tuvo”. Tuvo un amor o tubó un amor, que es lo mismo que matarlo a tubazos, tubazos de tilde enfática. He pensado en ello durante estos últimos tres días, lo he sopesado y analizado como se piensan algunos discursos políticos, un ensayo viejo o una broma cósmica. Es de esos casos que me hacen pensar: “llámame loco, Marcelino Champagnat, pero debe haber límites”. También me molesta que ni siquiera le hizo caso al corrector ortográfico que pone una rayita roja y muy elegante debajo de la palabra. No hay lugar en el mundo donde un tubó pueda existir, a no ser que uno se lo invente como una criatura mítica, pero igual es un nombre muy feo. Supongo que algunos días debemos tener la paciencia del mundo, ningún grammar nazi es reconocido como un bastión de la cultura y no es un traje que me guste usar a menudo. Durante años he matado al mío a tubazos.

    Quiero acabar Cyberpunk 2077 este fin de semana. Me faltan algunas misiones extras (hay un ente que no me ha llamado para iniciar la suya, y no sé cómo forzar el evento. Quizás está bugeado). Me gusta cómo se ha construido la relación entre Johnny Silverhand y V, nuestro personaje principal. El juego maneja bien la narrativa para que tú decidas la presencia de tu Silverhand: ¿es un aspecto extraño de tu personalidad, un constructo imaginario, un ídolo? ¿O es un parásito, una identidad de la que debes deshacerte? Cyberpunk no solo se basa en la vieja narrativa cyberpunk, pero también aprovecha la nueva, una que explora los sentimientos y la violencia de un mundo tecnocrático (ja) de maneras más sutiles. Me refiero a la nueva de Blade Runner y Cowboy Bebop. Además de que Night City es una poderosa presencia estética, la construcción narrativa del juego vale la pena. El reto es superar los problemitas técnicos, ignorar los comentarios y las reseñas para poder jugarlo con paciencia y amplitud. He sentido una súbita nostalgia por Night City (algo que no consiguió el mundo ghibli de Breath of the Wild) porque estoy a punto de abandonarlo.

    Mi psicóloga me dijo que debería dar gracias a cinco cosas cuando me despierto. Está bien, aquí haré el ejercicio: doy gracias a que estoy vivo y puedo seguir tragando marranamente; doy gracias por mis 105 kilos; doy gracias porque me doy tiempo para jugar como nunca antes lo había hecho, quizás solo en la infancia; doy gracias por las morras que hacen carita de ahegao en el instagram y también doy gracias porque no tengo ninguna psicóloga, y me la puedo inventar para tener largas pláticas sobre quién existe más que el otro.

  • Pensamiento saturnino

    Wish.com me convenció de comprar unas estampas hentai y ahora no sé qué tanto hacer con ellas. 30 pesos de papel y pegamento llanamente vulgares que deposité en un cajón para no verlos más. Mañana enloqueceré y quizás empiece a colocarlas en todas las superficies de mi oficina, luego de la casa y finalmente Cholula. Quizás lo más peligroso de la pandemia, es que uno se encierra y dos cuartos de la vida tratan de ignorar anuncios. Mi tarjeta de crédito ya está pidiendo paz por este cúmulo de malas decisiones, pero también están las otras, las lúdicas, las que me traen un poco de tranquilidad, a veces melancolía. Cuando veo mi colección de controles, no puedo menos que sentirme feliz por haber logrado una colección decente de plástico, circuitos, de esa conexión entre el hombre y el juego, ese cable que transporta las decisiones táctiles a estos mundos rendereados y de imaginación, trampas, mapas y monstruos. Quisiera sentirme culpable, a veces, pero también me dan paz.

    Pensé, en un futuro, comprar algún control sencillo para mis streamings y escribir una microficción usándolo como papel. Supongo que debería usar un sharpie. Escribiría uno o dos epitafios y después lo rifaría entre la audiencia. Ser escritor, supongo, hoy significa muchas cosas. Navega el tobogán de la creación de contenido y déjate caer.

    Escribo esta tarde en el blog porque no quiero usar la computadora para otro proceso muy complicado (mi curso de Godot, por ejemplo). Puse a copiar los videos donde he documentado mis videojuegos desde el 2017. Son alrededor de 2 teras de video, del 2017 al 2020. He jugado mucho estos últimos años, pero más en el 2020 y 2021 porque me convencí de que hacían falta juegos en mi vida. He leído suficientes libros para quemarme el coco y apreciar algunos tipos de locura. Creo en los videojuegos como un futuro, una especie de futuro, y por ello he depositado un poco de fe en ellos. Curiosamente (y quizás errónea, falsa o ilusoriamente), siento que he ganado el derecho de medirle la brevedad a la vida y así justifico mi búsqueda del homo ludens, realizarme como un digno espécimen del tipo, e insistir que esto es lo único que vale la pena. Uno se la vive arrojando estas botellas al mar y esperando algún mensaje de regreso, supongo.

    Empecé a documentar mis juegos poco antes de enterarme que tenía cáncer. Los videojuegos me mantuvieron lúcido y si tomé mejores decisiones, fue porque estos me ayudaron a mantener la cabeza enfocada. Mi deuda pixélica es enorme.

    Hoy hablé con mi cacto. Me dijo que no está bien verle los calzones a los muchachos y después cerró los ojitos hundidos que tiene entre las espinas y se durmió. Lo miré de regreso, no sé bien de qué habla o si me estaba criticando a mí, o al Agustín de algún otro sueño, pero su sabiduría vegetal, siempre breve, es bienvenida. Más tarde jugaré Zelda para matar a Gannon y acabarlo finalmente. Hay muchas cosas que me gustaron de este Zelda, pero no está en mi top de juegos de mundo abierto. Me acuerdo fácil de todo lo malo: escalar con las lluvias, la falta de calabozos, la historia floja y estúpida. Faltó el taco de suadero en este juego. Todo lo demás está muy bien: la exploración, el mundo, los hechizos, la cantidad de armas (contrario a lo que se piensa, terminé disfrutando mucho la mecánica de que pudieran romperse) y cocinar comida extraña y sabrosa.

    Legend of Zelda: Breath of the Wild: 7/10. Lo peor: no hay muchachos a quienes verle los calzones en este juego (y el personaje principal no cuenta porque es un chamaquito, bad for you), aunque sobran las waifus.

    Viva la diversidad.

  • Paseo de perro

    Como si no tuviera suficiente con las redes sociales, algunas veces me pongo a investigar sobre la Cansino y la variante delta del COVID (leo sobre ella, así como en su momento leí sobre el linfoma de Hodgkin porque eso alimenta algunas preocupaciones y alivios, y es gasolina para mi alma aventurera), no he hecho el trabajo mental para discernir lo que es verdad de lo que es mentira y probablemente nunca lo voy a hacer. Creo que ha ganado mi Señor Supremo, dejaré de preocuparme y voy a depositar mi fe en un par de estampas. Estoy muy cansado, igual que todos; decir que sobreviví al cáncer ya parece piedra de Pípila como para también preocuparme de(la) COVID. Quiero viajar, irme a algún lugar retirado para escribir unas páginas de algo, hacerme de desayunar y un café bien cargado (y una cuchara de miel), estar mayormente solo, salir a correr a horas extrañas y extrañar a mi mujer y a mi perra, y dejar de resolver dudas, y problemas, y preguntas extrañas de madrugada.

    Alguna noche de marzo, un desconocido me escribió en Twitter para preguntarme si podía encontrarle casa a su perra porque había leído de lo mucho que yo quería a la mía y él estaba en muchos problemas: lo corrieron de un departamento que rentaba, envenenaron a su otro perro, un hilo de desgracias que no me dejaron dormir bien esa noche. Me conmoví, respondí con la verdad: no garantizaba nada, no sabía si podría resolver su problema. Muchas noches leí el mensaje y traté de resolver mentalmente esa situación extraña. Pregunté por aquí y por allá para ver si podía hacerse algo, pero no tuve grandes resultados, al menos no esos que garantizaban un final perpetuamente feliz. De acuerdo a las instrucciones del hombre, no quería ofrecer públicamente a su perra porque sabía que mucha gente alzaría la mano y estaba buscando un lugar bien, un lugar con amor. Pensé en esa especie de lealtad que conocemos algunas personas con nuestros perros. El perro se convierte en una extensión de nuestro corazón, nuestros deseos, ese hilo invisible, metafísico, que puede revelarnos el regreso a casa cuando nos perdamos (¿por qué crees que los perros siempre están oliendo el camino que hemos labrado, Sancho?).

    No sé dónde estaría yo si no me hubieran tendido la mano. Sería un perro herido, uno perdido y fantasmagórico que no sabe se encuentra vagando por la eternidad. Comida de Shamalayan y Netflix.

    Pero no todo está perdido. He descubierto este placer de dar clases: obligar a un grupo de chamacos universitarios que escuchen mis historias y mis obsesiones, mientras amablemente los invito a leer o releer la Odisea, y el Quijote, y cualquier otra obra de la humanidad. A veces quisiera incluir a Onetti, pero ese les cuesta mucho trabajo y aún cuando creen que sí, todavía no han comprendido los límites extraordinarios de la tristeza y lo miserable. A veces el horizonte parece un cúmulo de porquería, pero ahí estamos, buscando vidrios e imágenes que nos hacen felices. Y eso que están encerrados, que también están esperando continuar una vida que está suspendida, o incompleta, porque no todos están afuera, porque hay gente que falta, porque todas nuestras experiencias están sutilmente marcadas con este tufo de lo inexorable. A veces detecto ese quiebre de voz que habla de alguna inseguridad, como si se encontraran sobre una alta torre que está tambaleando, y me regreso unos minutos y empiezo a contar historias, historias ajenas de héroes, de laberintos y de monstruos. Sin que nadie me vea, cruzo los dedos y espero que estén aprendiendo algo.

    Quiero escribir sobre un paseo al bosque. Una novela donde uno se pierde en un camino bordeado de árboles y se enfrenta a capítulos muy pequeños. Algo como esto.

  • La espera del sueño

    He intentado una especie de microescritura porque estoy demasiado ocupado con los trabajos, las deudas, la casa y la salud como para sentarme a escribir y tener los horarios de cuando era muy joven, y nunca estaba cansado. A lo largo de la semana, abro alguno de mis documentos, proyectos literarios o libros oníricos, y me pongo a escribir uno o dos párrafos hasta que debo obligadamente despertar, y regreso a la vida, a lo inevitable. Ahora que he jugado Mario Maker pienso que las responsabilidades son como un thwomp, la piedra con cara enojada, esa que se despierta a medida que te acercas y te cae encima a los pocos metros. Los días que soy constante con la microescritura acabo muy cansado, como si Dio Brando hubiera pasado la aplanadora en mi cerebro (hoy no escatimo en las referencias nerdas). Pero otros días desisto de mi idea, y pueden pasar semanas antes de que abra alguno de esos proyectos y todo se queda en un desarrollo mental, mal planeado, igual como si la escritura o la imaginación fueran un refugio con el cual debo ser celoso. Otros días, la escritura ocurre mientras corro, un pie detrás del otro y abro un cuadernillo mental donde anoto ideas, y párrafos, y termino algunos cuentos y novelas, y todas esas estructuras invisibles, edificios de papel, se incendian con el anochecer y caen como estela sobre el concreto, papel quemado que alimentará los árboles escuálidos de Cholula.

    Mientras cocino, pongo uno que otro video de YouTube. Pico cebolla y escucho cosas; video ensayos sobre películas y videojuegos, jugadas de ajedrez y maneras de romper una computadora, anécdotas sobre lo macabro y lo extraño, la dark web y otras porquerías. Algunas veces, los mismos narradores de los videos hacen una pausa para comentar sobre la escritura, el tiempo que les tomó la construcción de su video. Entonces recuerdo a mis estudiantes de diseño de narrativa para videojuegos, también a los pequeños guionistas, y este proceso dual que tuvimos durante el semestre (clase de teoría, clase de práctica, sube el piano, baja el piano) donde los empujé a terminar sus proyectos, inventar algo, lo que fuera. La enseñanza es que la juventud tiene una finalidad. También yo así he aprendido, de un modo sorprendente y muy práctico, que hay muchos modos de escribir algo. Ayer, mientras corría, se me ocurrió que la escritura de libros es obsoleta y debería abandonarla. No sé si lo haga, no es la primera vez que tengo el pensamiento, esto igual pasa como caen las hojas de otoño: una tristeza de temporada. Te sientas sobre una piedra para contemplar caminos. Los modos de vivir una vida son infinitos.

    Por otro lado, el resultado de abandonar la lectura de libros este año, es que me he puesto a jugar videojuegos y navegar en los lugares extraños que luego me platican los videos. Además de que empecé a coleccionar gamepads y chucherías de videojuegos, me he puesto a investigar sobre gamers PC y la minería de criptomoneda. Bastian busca el rostro de su madre en una bitcoin. Hice una inversión muy básica de ethereum para ver qué pasaba y estoy francamente desilusionado, y sorprendido. La desilusión no es por la ganancia, pero por las pérdidas del pasado. Hace unos años, quizás, entrar más obsesivamente a estos lugares me hubiera ahorrado muchos corajes y tedios. También hice la prueba de escribir la reseña de un gamepad para crear un video y subirlo a YouTube, fue un proceso de pequeños descansos y fines de semana, pero finalmente ocurrió y quedé satisfecho con el resultado. El profe de guionismo aprendió de sus propias clases, quién diría. Hace tiempo que no editaba video de una manera tan dedicada. Entonces empecé a pensar que me gustaría escribir una reseña de Cyberpunk 2077, y luego escribir mil reseñas más, y luego ponerme a platicar de espacios liminales y agujeros de gusano que te llevan al otro lado, y en vez de leerlas como un podcast, editarlas en videos brevísimos donde haga recuentos pero también invenciones breves, y he pensado en ello como si fuera un libro (de videos, de ilustraciones, de grabaciones de voz). Y luego, incitando a la imaginación, entrevistándome a mí mismo, concluí que lo empecé a trabajar de súbito durante el encierro, durante el ejercicio, en esos momentos que uno sueña despierto muchas tonterías y se cree que nunca vas a concretar nada, pero un día empiezas y despiertas y has construido el inicio de una vida muy distinta a la tuya que te descubrió ese laberinto que has recorrido durante años.

  • Una fábula sobre el dolor

    El miércoles dormí muy mal. Ese soy yo suponiendo cosas de mi propia vida por que cuando uno duerme, la verdad, no es fácil saber qué sucede allá afuera, suponiendo que el mundo onírico es exclusivamente interior; se intenta calcular la calidad de ese mundo cuando se abren los ojos y se vive despierto. Y sí, cuando desperté, sentía que me había torcido algo por dentro, en la espalda. Duele algo y entonces trabaja el coco (o dr. Google): ¿será mi colchón? ¿Soñé con La Quebradora? ¿Mi peor enemigo contrató a un equipo de mamones como los de Inception? ¿Los jugadores de los juegos que administro habrán descubierto mi identidad y me cayó toda su mala vibra de sopetón? Mi espalda se siente como si hubiera capturado a una lagartija entre mis tendones (claro, un pokémon, el pinche charmander [uno sabe si es sujeto de riesgo dependiendo de la generación de pokemones que se use de referencia]) y no pudiera desenredarse, pero de repente se mueve, rebelde y encabronada, con ganas de romper las capas de piel y los huesos. Ya me tomé una dosis completa de ibuprofeno y la inflamación está disminuyendo, pero a veces pienso en el dolor y me quedo ahí un rato, y me pregunto si no será una ilusión, si sigo navegando desde el dolor que empezó en el 2018 y seguirá ahí, como una sombra a perpetuidad, pa’ chingar y recordarme que estoy vivo. Ashes to ashes, major Tom is… Desde el cáncer (sí, esta es una anécdota de cáncer) no hago otra cosa que quejarme de los dolores, y no es porque quiera, pero creo que mi cuerpo cambió sus niveles de resistencia y se volvió más fácil quejarse por todo. No sé qué tipo de parche es esto, actualización de software, upgrade / downgrade, el chamaquito que corre la simulación se fijó en mí y está cambiando mis atributos. Soy una bestia en un planeta cualquiera de No Man’s Sky.

    Cuando siento dolor, siempre me acuerdo de aquel hombre que se sentó a mi lado, Q-day, o día de quimioterapia para los cuates. Al hombre le faltaba una pierna, pero parecía muy cómodo con ello: lo primero que hizo fue presumirme su prótesis. Y estaba muy chingona. Parecía un transhumano de Cyberpunk 2077. “Es un pinche ferrari”, dijo, con uno de esos acentos presta pronto y sabadaba, como canción de Botellita de Jérez. Me cayó a toda madre. Tomaba agua de limón con víbora (o era escorpión, sabe) en polvo. “A estas alturas, manito, lo que sea que nos cure”, eso decía y repetía, y me ofrecía uno que otro traguito y yo me negaba, me hacía bien pendejo. Así sabe uno qué tan mal está en la fe, en el dolor y en la ciencia, cuando te sientes cómodo para aceptarle al otro de su agua con chingaderas.

    Hablamos durante las cuatro horas de inyección. Si acaso recuerdo poco de la conversación, lo que sí recuerdo es cómo hablaba del dolor, la historia de su cuerpo y cómo se le desfiguraba el rostro (apretaba mucho los ojos, como si le costara trabajo hacer cuentas y yo no podía sentirme más identificado) cuando trataba de ponerlo en perspectiva: números, sentimientos, sensaciones, cantidades, ¿cómo puede una persona definir el dolor? ¿Cómo puedes analizar el dolor para entregarle una descripción adecuada al otro? Yo trataba de no decirle nada acerca del mío, porque me dolía menos, podía jurar que me dolía menos, pero sabe qué pasa en estos procesos humanos que cuando un doliente se encuentra con otro, pues los dos arman un grupo de coros y plañideras para hacer una de esas armonías tristes, como pinches gatos de azotea que se encontraron para compartir un pescado podrido.

    Pero el dolor tiene sus ventajas. Sé, por ejemplo, tres años después de lo peor, que nada me dolerá como las inyecciones y el estrago de las mismas en el cuerpo. O nada me dolerá igual. Creo que ni siquiera los insultos, o las malas caras y los malos modos. Si alguien detuviera todo lo que está haciendo para decirme que soy un escritor incompetente, o que soy un amante terrible, o que soy un profesor ignorante, o que juego muy mal en el Overwatch, tendría que obligadamente hacer esa comparativa y decirle: “no duele tanto como el cáncer, fíjate”. Y sacar la lengua como un niño, y sí, suspirar porque es lo correcto: nada duele igual. Eso también ha servido para perdonarme a mí mismo: cuando se asoma alguno de esos monstruos internos, que son fugaces pero tienen las garras bien afiladas, puedo mirarlo a los ojos, darle un sorbo a mi agua de limón y de escorpiones, para finalmente señalar el letrero y responderle: “No dueles tanto, amigo”. Quién diría, también toda esta humanidad quebrada me pertenece.

  • Cuando se rompió el metro

    Cuando era un chamaquito chilango, uno de mis lugares preferidos era el metro. No solo era el lugar donde uno podía comprar pilas, espejitos y lápices a precios de risa (muchas veces pensé que en el metro podría surtir mi papelería de todos los años, nunca tuve el valor de intentarlo), pero también me fascinaba porque parecía el nexo: punto de encuentro para gente muy rara: alienígenas, quimeras, amas de casa, contadores, vendedores ambulantes, gentes sin brazos o sin piernas o ambos, gente muy escandalosa que alcanzaba prodigiosas notas con su voz y también gente que no dejaba de manosearse y de besarse amarrados a los pinches tubos metálicos, estériles y muy probablemente insalubres de los vagones.

    Mi abuela y yo nos acompañábamos en el vaivén de los que están hartos, los cuerpos que se bambolean al ritmo de la respiración, la inercia y la física. Cuando alcanzábamos asiento, hombro con hombro reverberando los cuerpos gracias al movimiento lento, mirábamos a nuestro alrededor en silencio para absorber nuestra cárcel subterránea y tecnocrática. Yo miraba la gente. Toda la gente.

    Me la vivía en dos líneas: la rosa (que es la uno) y la verde (que también debe tener un número, pero francamente ya lo olvidé). Durante unos siete años, más o menos, la línea uno era de cajón y casi tenía que recorrérmela completa, no solo era la que me sacaba a la civilización, de Moctezuma al mundo, pero también fue mi método principal de transporte cuando nos mudamos bien lejos, pueden imaginar qué tan lejos cuando les digo que la colonia se llamaba Alta Tensión (una colonia de alto octanaje, digo eso porque enfrente de dónde vivía había una gasolinera y los cables de alta tensión, enormísimos y estridentes, con ese bzzzz perpetuo que a uno le recuerda las avispas y los locos del cine). Así pues nos subíamos al metro una hora en las mañanas y una hora en las noches. Mi abuela lo odiaba por una cuestión meramente higiénica, pero recargaba y embarraba mi cabeza por la ventana cuando ya estaba muy enfadado y trataba de imaginar la ciudad, lo que había allá afuera, el atardecer o las nubes; tuve mis primeros dislates filosóficos sobre la relatividad y el tiempo: si yo fuera un hombre topo, ¿cómo sabría lo que son las nubes? ¿Lo que es el amanecer y la lluvia? Sí, quizás vería a la gente empapada entrar a estos vagones, ¿pero si yo hubiera nacido en este vagón y estuviera condenado a recorrerlo, cómo sabría del mundo allá afuera? Descubrí unos años más tarde que había líneas de metro maravillosas, unas que cargan a la bestia salvaje sobre estos puentes de concreto que, normalmente, en condiciones humanas y sensatas, desafían la gravedad. Son portentosas. Y en una ciudad como la del chilango, uno podría pensar que son un milagro, uno mal hecho, pero es un milagro porque puede percibirse la existencia de dios.

    Regresé a la insana costumbre de viajar en metro cuando me inscribí a la educación superior. En la UNAM me iba relejos, hasta Copilco, y ahora que recuerdo, también un par de años recorrí la línea roja naranja, la de Tacubaya, San Antonio, para ir a una universidad que está escondida por ahí, en un parquecillo de Polanco, a estudiar mi carrera de Sistemas. Esos viajes eran más breves, pero llenísimos de gente. La línea naranja la odiaba mi abuela, por sus escaleras que te tragaban a los infiernos: “si esto se cae, Agustín, nos quedamos aquí adentro para siempre, imagínate un temblor”. El joven Agustín escuchaba eso a sus 9, 10 años y pensaba: “mi abuela tiene razón porque es una persona muy sabia y ella no estaría generando traumas infantiles de una manera tan desvergonzada y absurda”. Y aunque he conseguido superar mi temor a las escaleras profundas del metro, o los elevadores infernales, como los llamarían en Terraria, gracias a esos miedos heredados aún no puedo sobrellevar una tormenta eléctrica sin temblar como perrito. Normalmente me acordaba de mi abuela, en un rito de melancolía respetuosa, cuando salía de la estación Auditorio y caminaba unos dos o tres kilómetros para llegar a la escuela que tenía enfrente un parque; era un lugar misterioso y agradable; en ese rincón de Polanco, por ahí de Eugenio Sué, conocí a los verdaderos cuervos.

    Creo que nunca he sido tan sinvergüenza, como cuando subía medio borracho, con los que fueron mis carnales de aquella época, al metro. Después de una tardeada y la borrachera de mediodía hasta al anochecer, podíamos recorrernos líneas enteras para que cada uno se bajara en la estación de su casa, igual que uno escoge a sus demonios guardianes (yo tenía dos, dependiendo de mi humor: Antonio, el santo, y este diablo del Observatorio). Algún cabrón, creo que se llamaba Aldo, había escondido una caguama en la mochila y sonreía como prospecto de alcohólico, y se llevaba un dedo a los labios como para decirme: “aquí calladitos”, y se chingaba el trago que algunos extraños empezarían a ver mal, o con sed. Otro cabrón, creo que se llamaba Sócrates, de repente sacaba a bailar a una muchacha, Pamela, tan borracha como nosotros, ella haciendo el largo trayecto a la estación Potrero y movían las caderas sin vergüenza, con el metro medio vacío, medio lleno. Los demás empezábamos a corear alguna canción estúpida de Panteón Rococó mientras algunos otros viajeros nos veían francamente ofendidos, cansados, pensando: “puta madre, una hora aquí y todavía tengo qué aguantar a otros borrachos”, pero otros también nos veían contentos, felices, porque habíamos logrado la pendejada del día, aquella anécdota que le podrían contar a la mamá, a la abuela, y que ellas pudieran decir “cada vez está peor”.

    El yo de ese entonces le apretaba unos muslos a una muchacha llamada Claudia, y ella me decía: “qué, a dónde vamos a seguirla”. Y yo me sentía navegando entre las estaciones como un muchacho perverso, bruto y feliz. No me habría molestado besarla. Quizás lo hice. Quizás lo hice muchas veces, en esos asientos verdes, feos, como de plástico pero familiares porque uno de niño se guarda esas sensaciones tácticles y se vuelven la mejor mostaza, sic Matthew Sweeney. Esos asientos que me han hecho pensar, cuando mis defensas están bajas y la nostalgia es reina, que debería de adquirir a como dé lugar para tenerlos como una curiosidad en mi casa, pero más allá de eso, como una última línea de defensa: aquel lugar donde uno puede dormir como una emergencia, porque dormir en el metro, a pesar de lo extraño, a pesar del calor y del sopor, del encierro y la cantidad insana de gente, podía ser engañosamente fácil. No sé por qué lo recuerdo así, pero creo que dormía mejor en el metro que en muchos otros años recientes de mi vida, que en una cama matrimonial o que en este sofá cama, o en este piso con cartones y un buen jorongo. Sabe. El recuerdo es una enfermedad curiosa y juega como quiere.

    Anoche que vi el metro partido en dos. Sí, se me rompió el corazón y toda la tarde he pensado en ello con una curiosa, pero ya muy básica mezcla de tristeza y de ira. Luego también pensé cómo puede haber gente que nos odia tanto, a nosotros, los que durante muchos años hemos soñado adentro de esa oscuridad enigmática y reconfortante.