Autor: arbolfest

  • El paraíso es un cubículo imaginario, íntimo y personal

    Estamos por llegar al 2022 y por undécima vez, veo uno de esos memes en redes sociales que te dicen que mereces una medalla por haber llegado vivo. Deja tú, la medalla extiende sus congratulaciones hasta por existir. El mínimo esfuerzo de ser una masa biológica que mira televisión, que apenas trabaja y se alimenta, que apenas se queja por las injusticias laborales y capitalistas, que apenas puede luchar contra las fuerzas de poder porque acaba muy cansado por la vivienda general.

    Toda medalla y toda gloria para la sombra desparramada en el sillón.

    Y el meme a veces remata diciendo que te quiere mucho, y que te manda un abrazo, y tomes tu juguito de bienestar. La voz del meme, claro, uno puede imaginarla como el compartidor del JPG (NFTes del espíritu) o puede imaginarla como ese personaje nebuloso, la sombra de una voz. El meme puede ser la voz de un padre, o de un abuelo, o de la tía chingona y loquísima con el cabello pintarrajeado de colores hermosos, o de la hermana que perdimos hace mucho tiempo porque le dio una enfermedad rarísima. También puede ser la voz de Tom Holland (hijo se perra madre me tiene harto), o la voz de Guillermo del Toro (otro güey) o, si eres como yo, la voz gruesa y profunda de un basset gordo, orejón y viejito.

    En este color, separado de todo lo demás, iba a mencionar algo de los sueños. Últimamente, para dormir muy bien, ya con los ojos cerrados, repito uno de esos sueños obsesivos y muy agradables como si fuera una película. Empecé a recordar que de niño solía gastarme las cintas (BETA, VHS) mirando las mismas películas, una y otra vez, pero ahora no las veo, ni siquiera las repaso. ¿Qué conseguiría con despertar esta viejas obsesiones? En mi película ritualística, está el espíritu de una muchacha morena que de rodillas, rezando a sabe cuál de todos los dioses que he mencionado en mis diarios, me mira insistentemente a los ojos. Y tiene un disfraz que retiramos por piezas, como una segunda piel que comienza con su rostro. Retirar estos fragmentos de la segunda muchacha es muy similar a contar ovejas. Esta imagen persistente abre una puerta de falsos espejos y duermo mucho, y muy bien, soñando con otras cosas que no son la muchacha. Dicen que ronco como un gato que ronronea. Entonces pienso en las esfinges de La historia interminable. Los héroes falsos que atraviesan umbrales y son destruidos por un enigma más grande que ellos.

    Esta es mi medalla por sobrevivir a la pandemia, híjole no manches, de cobre y de plomo, de latón y de cartón; írala cómo brilla, cómo pesa. Si alguien te la roba, pues la pone junto con los otros diez kilos de medalla a ver quién te las compra a centavos. Quizás esta es mi manera de decir que muchos días de los últimos dos años me he colgado esa medalla y que a nadie le importa, ni siquiera a mí, se me olvida fácil. Es que si la muerdes, desde el primer día puedes ver cómo se dobla bien gacho y ya doblada, la echas al cajón y te olvidas de ella. Perro oso cargar con esa medalla estúpida. Quizás se esconde una pregunta muy grande atrás de todo esto y su trivialización en el meme, como lo de todo lo demás, es insostenible para los hambrientos, los neuróticos, los paupérrimos del punk.

    ¿Qué es verdaderamente existir?

  • 40

    Cuando era niño, y alguno de mis cientos de tíos cumplía años (los Salazar porque los Fest no los conozco, y podrían importarme menos), solían tener este ritual que me fascinaba donde se decían que ya habían llegado a los tas, y que ya abandonaban los tes, refiriéndose a los treintas y los veintes, y después se decían muy divertidos y felices, casi picándose la panza como idiotas sonrientes, pero también amenazantes, con esa seriedad que oculta muchas cosas, muchas vivencias pícaras de adultos, que ya no había vuelta atrás; a partir de los tas vienen los treintas, y los cuarentas, y los cincuentas (pasando ese singular a plural porque cada año, dentro de su propia década, puede ser su propia experiencia melodramática, supongo).

    Así los más grandes asustaban a los más pequeños, y les daban una bienvenida a través de este ritual hablado que me parecía dulce y fantástico. Llegué a pensar que sería un momento esencial de mi vida, la travesía de un umbral místico. Entonces me preguntaba (como el niño que sabe poco)—: “¿Cuándo llegaré a mis tes?, ya quiero estar en mis tas”, y apenas estaba en mis dieces; intuía que los dieces no tienen ese saborcito rico en la lengua que tienen otras palabras. Tas, tas, tas. Codiciaba ese ritual.

    Pasaron décadas para darme cuenta que eso era una broma, chiste de bacardí blanco y de contadores, chiste menso pero adornado con los filtros del pasado y la memoria, y quizá era francamente una estupidez como lo son muchos otros rituales (y qué no es un ritual, pero abrir la comunicación esencial a un dios propio al que necesitamos rezar para darle diversos propósitos a la existencia; misiones qué cumplir para atravesar escenarios y niveles; mundo abierto de porquería, sin trampas evidentes y sin controles sencillos de usar).

    Hace casi diez años llegué a los tas y ninguno de aquellos tíos (o mi madre siquiera), a quienes alguna vez consideré como mis hermanos mayores, estuvo ahí para decírmelo. Y aunque mañana cumplo cuarenta, y me he apropiado de otros rituales muy distintos, soy inesperadamente más feliz de lo que pensé se podría ser. Quizás porque mis estándares de felicidad bajaron súbitamente. Sobreviví al cáncer, y a una vesícula (pudo ser mucho peor, le digo a la gente, como señora chismosa) y, a pesar de todos estos achaques, he sorteado milagrosamente los altos y los bajos de la pandemia, la cual estaba convencido de que al primer estornudo me iba a matar. Pero tampoco ha sido tan desesperado, tan frenético o tan paranoide como acaba de leerse. El miedo más franco me lo gasté en la primera supervivencia, las otras ya parecen de cajón, ya tienen procedimientos e instructivo, repeticiones más livianas de algo que debe hacerse para continuar. Lo inevitable para estar aquí.

    No por ello debe ignorarse lo demás.

    Y lo demás es mucho. Este año, gracias a una suave y dulce regresión a tiempos infantiles (alguien dirá: ya siéntese señor, hágase adulto, por favor), empecé a coleccionar figuras de acción, plástico que encarna la mitología de mi infancia: He-Man y Skeletor, sobre todo Skeletor, el villano más grande y gracioso, más querido y tenebroso (y recuérdese que fue Skeletor quien dijo que los libros son el verdadero tesoro del mundo). Su carita de calaca me enseñó que debían de adquirirse los miedos, jugar con ellos para olvidarse de su solemnidad. También empecé a coleccionar controles de juego, gamepads, como un altar a la memoria táctil, a tiempos mejores y más inocentes. Tengo más de los que voy a usar en mi vida y aunque a veces me preocupa el gasto, finalmente considero que no he gastado demasiado. Compro uno más, me digo que ya se acabó el espacio (pero siempre puede hacerse cachito para el siguiente, y el que sigue).

    Mis juegos conviven con mis libros, los leídos y los ignorados por igual, y así crece el tamaño de los altares, de lo único que pienso puede ser sagrado o, mejor dicho, de lo que yo mismo decidí que es verdaderamente sagrado, el único dios que vale la pena: la ficción y la imaginación, el control humano que tenemos sobre nuestra realidad, la historia propia que debemos inventarnos para caminar sobre la tierra hasta que alguien apague el monitor.

    Estuve a punto de morir una vez, quizá dos veces (depende de qué tan dramático y pensativo, Marlboro Cowboy, esté ese día), y esa ansiedad por pensar que nunca tengo dinero, y tratar de ahorrar por eventualidades, parece que la guardé en otro saco. Debí ahorrar, though, porque me cayó el chango de la vesícula y aunque no fue mi gasto más grande (gracias a mi familia), pude haberlo evitado. Así vive uno a perpetuidad, más en este siglo, en estos tiempos: “pude haberlo evitado de ser más previsor, más productivo, más ahorrador”. Por qué molestar a los otros si uno debería poder solucionar las circunstancias. Dice un señor trajeado, sombrero de copa y nariz roja: “su vida debería ser su entera y propia responsabilidad”. Pero de eso tratan los nuevo cuarenta años: la planeación de la vida, de los cuarenta años que siguen (ojalá), jugarle al adivino del futuro y de las crisis, gestionar la deuda como funambulista porque ya no existen los trabajos maravillosos, ni las empresas compasivas y es cada vez más difícil vivir una vida soñada: la de los televisores y las películas, la de una ficción complaciente donde nadie caga y ningún súper héroe planea cómo pagar una hipoteca. Mis circunstancias, aún cuando son curiosas, tengo que admitirlo, también están llenas de bendiciones. Pero no me voy a disculpar por eso y por nada, en general, estoy casi seguro de que me he ganado un pase dorado.

    Esta década, de ser un hombre que paseaba solitario con su perro orejón (y aquel chiquito blanco, como una nube asesina, que ya se fue) en las calles de Momoxpan, me he convertido en un hombre colmado de nueva familia y de amistades. Amigos que tuve reaparecieron en mi vida, amigos que se construyeron a través de los momentos más oscuros y vulnerables, amigos que se han construido a través de los juegos, las risas y el deber.

    Claro, cursilería obligada: el sol junto a mí, pero el amor es una construcción (no diré que social, qué flojera, prefiero una metáfora más infantil: somos un mundito de minecraft o un diorama de lego), un invento, un espejismo adorable. A pesar de la ficción propia, el engaño que nos mantiene funcionales, amar a otra persona es dejarla trastornar el ambiente, es quitarte continuamente el papel de protagonista para desarrollar una narrativa paralela, la construcción mutua de un monstruo bicéfalo, perrito de dos cabezas, cada uno con su hueso y una memoria celosa de ciertos olores. Sería ingenuo pensar, por ejemplo, que ella ya abandonó su desarrollo y sus secretos, así como ella sabe que es ingenuo pensar lo mismo de mí. Qué tristeza pensar, por ejemplo, que vives con un ladrillo, con alguien que ya abandonó un libro de secretos, enigmas e íntimos paraísos. El ladrillo no tiene la culpa, pero la tiene el ingenuo que así lo ve. Aceptar esa historia ajena y sus bifurcaciones metafísicas, sus benditas posibilidades, quizás, ha sido una de las cosas más difíciles e interesantes de esta última década. Ambos cumplimos años (ella ya pasó ese chiste de los cuarenta, pero se ve veinte años más joven que yo) y, como suelo decir por ahí, cada quien es su propia persona. Eso nos ha dado paz, nos ha permitido sobrevivir mis enfermedades y también nos ha dado algo muy parecido a la felicidad. Eso me gusta creer todos los días, de peores inventos me he alimentado en el pasado.

    Inicié tres novelas este año, escribí algunos cuentos y escribí generalmente poco en mi blog. Nada me dice que pueda terminarlas, porque sigo cultivando el vicio de iniciar proyectos, escrituras sin conclusión aparente. Durante mis treinta, tuve una columna en La Jornada Aguascalientes, ahora nombrado LJA, un buen rato, donde yo solito me obligaba a hablar de política a pesar de que me daba mucho coraje, o mucha pereza. Aunque ya no escriba de ello, todavía me da coraje, pero la muina en secreto es más sabrosa y, por favor, recuerde: el voto es secreto. No hay nada más tonto que perder el tiempo con la política, o la patria. También escribí de otras cosas: libros, creación, ficción, videojuegos, la bondad posible. Alcancé la beca de los Jóvenes Creadores poco antes de que me la negaran por la edad y lo mejor de todo es que escribí un proyecto que de verdad quería escribir. He publicado varios libros, algunos a través de Amazon, otros porque alguna editorial se interesó brevemente en mis disparates. Traduje otros tantos: clásicos, fábulas y cuentos de hadas.

    En fin, era una máquina de escritura hasta que el cáncer me obligó a escribir del cáncer y me ha costado dejar de pensar en ello. Según me entero, viéndolo desde un lado más amable, a mucha gente le hizo bien acompañarme en esos piensos tristes, descolocados, viscerales porque sufrieron algo similar, porque tuvimos brevemente destinos paralelos. Algunos días todavía pienso en ese monstruo, no únicamente, pero apartarlo toma un trabajo mental que solía ocupar para inventar historias. No es tan terrible, considero que uno de los mejores cuentos que escribí salió de ahí. También gracias al cáncer me he convertido en una especie de “yes, man”. En vez de ponerme mis moños, a todo digo que sí, y hago la chamba para hacerlo y si siento a mi mitad oscura y quejumbrosa, la que se echa la carcajada fácil, le pido que aguante vara, que el perro tendrá su día, como lo escribió Onetti y quizás el plan de los siguientes años será huir de ese perro en lo que le encuentro un hogar cómodo donde podamos convivir. Mis dos personas se alimentan mutuamente como perros que se muerden los tobillos, la dualidad de las serpientes que se muerden la cola.

    Después de todo, gracias al sí, sigo trabajando en algo misterioso (videojuegos, juegos de guerra, gamigo) que me ayuda a percibir un mundo contemporáneo, a veces extraño, a veces fascinante. Por decir que sí, también estoy dando clases de guionismo y narrativa de videojuegos, aprovechando la experiencia de un jovencísimo Agustín, que se la vivía entre modelos, actores y filmaciones. Junta tras junta de tiempo desperdiciado y mamones que se creían más de lo que son, y ahora deben estar en una coladera evaluando si sus métricas eran las indicadas. Todos esos jóvenes productores de televisoras con los que jamás congenié. Un cúmulo de años donde grababa gente, los editaba en una computadora mientras escuchaba su nombre y eran torturados con actuaciones breves, algunos destellos luminosos pero la mayoría francamente estériles, sirven ahora como un destilado de experiencia para un puñado de jovencitos y contarles cómo funcionaba el mundo, y cómo está muriendo lentamente, cómo están mutando los monstruos de entretenimiento y crecen hacia lugares nuevos, inesperados y formidables. Viejito que le grita a las nubes pero, también les encuentra formas de manera sincera y apasionada. Con todo y pandemia, me parece que estoy a punto de cumplir dos años dando clases. No he conocido a ninguno de mis alumnos (quizás alguno de ellos), pero recuerdo la mayoría de sus nombres, de sus voces, de sus preguntas e inquietudes, a través de sus pequeños ensayos llenos de faltas de ortografía, y de ingenuidad, y a veces de optimismo o simulaciones de tristeza.

    He leído el Quijote unas tres veces durante esta década. Una mientras me inyectaban los químicos y pensaba lo mucho que me iba a doler después. Quizás por eso lo hacía, porque las palizas que le daban al Quijote y a Sancho me daban la insana paz de aquel que ve sufrir a otro, o de sentirse acompañado en la miseria. Ahora, en agradecimiento, hablo del Quijote en mis clases. También hablo de Borges, y de Michael Ende. Hace unos días, un alumno se conectó para saludarme en Twitch y decirme, más o menos orgulloso, que había leído La historia interminable, y que deseaba más de Ende. Y me contagié de su orgullo, pero también sentí una tristeza inexplicable, porque cuando uno sobrevive el único camino que queda es convertirse en un viejillo risueño y patético, el viejillo que se propone a enloquecer a los otros con sus ideales y sus despropósitos. Creo que he iniciado ese descenso. Este año he releído a Onetti y sus personajes miserables, y hermosos, y seguiré haciéndolo con unas diez páginas diarias, casi como religión, un ritual que me ha costado trabajo continuar pero que gozo enormemente. Quizás este año deba releer a Proust. Quizás recupere la costumbre de leer a Ende una vez al año. Quizás, por fin, cumpla mi sueño de devorar completamente a Levrero, Fogwill y Wilcock. Quizás terminaré la traducción de los cuentos azules, que empecé hace unos años. Quizás conseguiré terminar de escribir una de esas tres novelas o produzca mi primer videojuego, como un sueño continuo cuyas ramificaciones me hacen estúpidamente feliz, un invento que me hace reír cuando estoy en mi rollo. Quizás seguiré con vida. Quizá Nico no morirá en dos, tres, cinco años y seguiremos caminando juntos, lado a lado, con mi sol siempre quemando mis espaldas. Quizás no habrá una tristeza más en mi vida y dios será bondadoso conmigo, y se olvidará de mí. Quizá descubriré una fruta del diablo, el efluvio divino, el santo grial, el jutsu prohibido, la sonata de Vinteuil, el warp al camino 4-2, y encuentre una caja sorpresa con la verdadera inmortalidad, y pueda regalársela a todos los que amo, a todos los que amé alguna vez, y nada más se perderá. Quizá.

  • Danza vesicular

    Todo eso que creía era una gastritis, que también lo era por una úlcera maltratada, además eran unas piedritas en la vesícula. Imaginen mi sorpresa por todos los días de omeprazol y sufalcrato cuando el dolor me volvió a dar, la medicina moderna vencida por un phantom pain salido de sabe dónde, y andaba como alma en pena en mi propio hogar, todas las horas de la noche, haciendo la visita de las siete casas a todas las superficies que me ofrecieran un poco de comodidad (cama, sillón de la oficina, cama de visitas, sillón de la sala), para tratar de ignorar y dormir a través del dolor. Conseguí un récord personal: una vesícula de 7 centímetros, y unas piedritas como de 5. Y así uno se anota las palomitas en las estadísticas del cuerpo (con sus bendiciones y sus maldiciones).

    Mi doctora preferida me regañó: ¿pues qué desayunas? Fruta, pura fruta, y un puñito de almendras; una manzana al día para engañar a la muerte y los hospitales. ¿Y la proteína? Cuál, si más tarde comeré dos kilos de carne, o de salchichas, o de tocino. Bien librado salí de esa. El colesterol me salió un poquito alto, por cierto. Ahí quedaron las piedritas.

    En fin, durante el proceso de las citas médicas, los estudios, hasta que nos vimos con el cirujano, tuve unos flashbacks interesantes: en el 2018, mientras padecía un sabrosísimo linfoma de Hodgkin, los técnicos de los aparatos mágicos, tomográficos y petoscánicos, se detenían en mi vesícula para decirme con suavidad: “esto eventualmente va a ser un problema”. Y yo nomás les respondía: “ajá, ya sé, pero tengo un problema más grande ahorita y perdóname si te ignoro y se me olvida”.

    Si les interesa saber, y quieren mantener una vesícula saludable, la recomendación es que no se estresen en estos tiempos donde estresarse es fácil. Tampoco beban, fumen, coman grasas y controlen su colesterol. Dejen de beber y aunque la recomendación es no más de dos tragos al día, mi recomendación personal es no más de dos tragos a la semana. Pero a dios gracias el gobierno, siempre queriéndonos a nosotros los mexicanos, justo retiró unas sopas instantáneas en el súper que eran prácticamente tragar unas piedras para la vesícula. Ya pueden quitarse una preocupación y no olviden revisar los poderosísimos sellos de salud para darse una idea de la que están masticando.

    Mi relación con el dolor del cuerpo y la enfermedad, conforme pasan los años, cada vez es más estrecha.

    En fin, tengo qué poner la ofrenda de muertos.

    Primero me despediré de mi vesícula. Cosa más guácala pudriéndose en un contenedor hazmat.

    Después pensaré en mi abuela, que es una de mis muertitas más chingonas. Le pondré unos huesitos al Killer, el french minitoy, y después abrazaré a mi Nico, porque está muy canosa y muy vieja, y a veces le duele la espalda como si anunciara los finales próximos.

    También pondré en mi altar a toda esa gente que me he topado alguna vez: el muchacho actor que se colgó en su casa después de fumar un cigarrillo conmigo, el muchachillo diseñador que se ponía de nombre Ehécatl, Josefa Guerrero, Luzanna quien tenía una sonrisa muy hermosa y DC Jomi, quien siempre me pareció un hombre muy sincero. También aprovecho para prenderle una velita a Mauricio Ituarte y sus Lectio Divina. Unas velitas más para los abuelos de mi mujer, quienes son ejemplo de resistencia y de larga vida. Y una coca-cola para Rubén, el padrino, quien seguía bebiéndose galones de azúcar negra por testarudo.

    Pondré a todos los viejitos y viejitas con los que trabajaba, hace muchos años, y que por la inexorabilidad del tiempo solían irse, y también pondré algunos actores guapos que tenían una sonrisa brillante porque se fueron demasiado pronto y me arruinaron las posibilidades de algún proyecto.

    Quizás deba extender mi ofrenda a los videojuegos, y a los libros, que desaparecieron de mi vida por todas las mudanzas que he hecho. Ojalá los espíritus entiendan esta conjunción con el mundo material, pero también creo que las cosas tienen sus propios espíritus, pequeños dioses que crecieron con nosotros y de los que uno, obligadamente, debe despedirse cuando algo interrumpe nuestro camino juntos. Hasta pronto a todos ellos.

  • Suena la fiebre del Dr. Mario

    Leí unos poemas malos de una persona que estuvo muy enferma. Los leí de refilón y como por ahí de la séptima, octava línea, me declaré incompetente para criticarlos. No pude sentirme identificado, tampoco pude gozarlos o celebrarlos. Solo sentía desdén y desprecio. De enfermo a enfermo, pretendí que podía conectar con el poeta. Una conexión de micro ondas y rayos cósmicos, una conexión mística; cuando el lector hurga en su corazón y abre un portal para escucharse en voz del autor. Nada. Creo que mi juguito de lector mágico se ha terminado. Por último, intenté leer uno de los poemas en voz alta y me supo medio malo. Abandoné el último antes de leer los versos finales. Que otro se encargue de ellos, pensé, que otro enfermo, otro convaleciente, otro superviviente se sienta con ganas de abrazarlos porque mi cabeza se niega a regresar a ese otro lugar y vestirlo de palabrería chafa, cursilona y mal planeada. Regodearse o vivir sumergido en la enfermedad me parece lamentable pero no niego que es tentador, es un estado poderosísimo que todo lo pudre; la vida se convierte en salud, en sangre, en fortaleza, en biología y microorganismos, en lo saludable y lo espiritual, en el amor y la soledad del enfermo que nadie puede comprender, una soledad que se hace cada vez más profunda conforme pasa el tiempo y los estados corporales, los estados mentales, se hunden adentro de aquella inmundicia, de la sangre alterada y recompuesta por los químicos.

    La enfermedad arrasa con uno, se instala en el cuerpo y la cabeza como información persistente que continuamente dirige y cambia la percepción. Si fuera otro, quizás, hubiera llorado como un chamaco después de haber leído esos poemas tan malos.

    Aunque pasé casi dos semanas con una gastritis fulminante que me tiró en cama y me dejó bien chupado, al final de cada día, a pesar de todo el insomnio y el agotamiento, tolerando todo el dolor y la dopamina alterada por el jarabe tan chingón que me prescribieron, pude dar las gracias. Las gracias irónicas por el sadismo del creador, siempre presente (y siempre ausente) en nuestras vidas. Comparé con el cáncer, cómo no hacerlo, y luego me reí de esa babosada, sabiendo precisamente que no era lo mismo. Altas dosis melodramáticas se ganan los enfermos cuando superan el combate de su vida. Después pensé en escalas del dolor, siempre tan propias de uno, y llegué a la conclusión que la bruscellosis me había dolido más, y aun cuando el problema se estaba extendiendo por días, la parte sensata de mi cerebro declaró con voces retumbantes y poderosas: “esto algún día terminará”.

    Esa voz era muy difícil escucharla durante los días de inyecciones, y de análisis, y de náuseas y agotamiento.

    Ya regresé a mi rutina. Antes de empezar mi día, en cualquiera de mis dos teletrabajos (me sentí muy español, me recuerda a esa otra palabra: los teleñecos, quizás ahora todos somos los teleñecos del controlador de esta simulación) y dar la primera mordida al desayuno, suelo dar una vuelta a la cuadra para activar los sistemas: el coco, las piernas, el estómago, la mirada. Me gusta ver a la Cholula perezosa, recién despierta, expulsando a las pulgas como un perro callejero en días de mucho sol. A veces se siente triste porque las universidades siguen medio cerradas (recuerdo de los estudiantes que daban vida a este barrio), pero también se ve a algunos trabajadores buscando el atole y los tamales. Poca gente lleva cubrebocas. La pandemia se ha terminado, según el ánimo de las hormigas (aun cuando puedes escucharlas toser, ¿no las oyes? Las hormigas casi están expulsando los pulmones). Todo este paseo matutino solo para confesarle al blagh que hoy me hice mi primer café, y como dije por ahí, el café es el paraíso en la tierra y que me perdone mi estómago unos veinte, treinta o cuarenta años más, si la biología es buena conmigo, porque espero que pueda seguir soportando una o dos tazas diarias hasta que se nos acabe el contrato.

    Ah, eso me hace pensar algo: el café sí es un poema que me ha hecho llorar.

  • Tuve un sueño que me volvió loco

    Eso escribí en mi lista de pendientes esta mañana: hablar del sueño que tuve y me hizo sentir alguna sensación extraña. No me gusta escribir de los sueños porque me parece algo sencillo, burdo y trillado. Tengo como regla general no escribir de los sueños (especialmente en mi blagh) a menos que me los invente como si fueran las pinturas de un maniaco.

    Si tuviera que contar lo que soñé anoche, primero tendría que decirles que las lluvias me despertaron de madrugada y me ha costado mucho trabajo recuperar el sueño. Al escuchar el golpeteo de las gotas contra los vidrios, automáticamente me levanto para cerrar las ventanas como si esto fuera vital para la protección del hogar, así como los hombres de las cavernas se levantaban para tomar la piedra al primer ruido de la oscuridad. No se vaya a inundar mi casa y se la vaya a tragar un kraken, pero kraken de motivos alebrijes, porque vivimos en México sí señor.

    Algunos otros escriben de sus sueños con dedicación, o con sinceridad, o con un sentido impecable de la estética para darse a la orgía del territorio onírico (ay ay ay) como género, pero yo prefiero guardármelos porque pienso que deben ser privados, que si empiezo a contarlos en todos lados me van a descubrir, se van a dar cuenta de mis secretos, alguien podrá descifrar mi subconsciente para controlarme con galletitas y recompensas o, peor todavía, los reptilianos van a marcarme como un objetivo y podrían suplantar mi identidad, entonces no habrá nadie que pueda confirmar si todavía estoy en mi lugar porque tienen mis sueños para hablar de ellos como si fuera yo, y yo existiré en una especie de purgatorio, y me preguntaré si no soy una presencia, o el recuerdo de una presencia, si alguien me habrá robado los sueños para pretenderse yo.

    Pero aquí estoy. Como lo anoté en mi lista de pendientes, contar el sueño se hizo un compromiso y estoy haciendo lo mismo que hago con otros compromisos que uno se hace: evitarlo. Porque uno puede ser un HOMBRE-HONORABLE (todavía se persiste en esas ridiculeces con todas las discusiones de género que ocurren y se repiten continuamente en las redes sociales) e inventarse palabras de caballero, contratos metafísicos y quijotescos, pero no encuentro la armadura que me voy a poner y prefiero rodear el camino.

    Esta noche, antes de hablar del sueño que me volvió loco, escucho los truenos y las lluvias que nos han traído los huracanes, y recuerdo los miedos de siempre, los de mi abuela, y siento que deseo abrazar su fantasma y decirle que no veremos a los árboles arder, con miedo de admitir que no deseo consolar a nadie pero primeramente a mí mismo, y esos miedos heredados de la infancia.

    Mejor voy a contarles un sueño sincero. En la tarde di mi clase de laberintos, espejos y el infinito, donde me dediqué a hablar del Minotauro, de Jorge Luis Borges y de Michael Ende. Antes, en la mañana, hablé de ficción interactiva y cuento cómo Zork ha evolucionado en los algoritmos de estas redes sociales que nos dominan. Y después salí a caminar, muy satisfecho, pensando que jamás se me hubiera ocurrido poder dar clases de estas cosas, y más tarde salí a correr para tratar de olvidarme del cansancio, y cuando regresé a casa me estaban esperando la esposa y el perro, y al perro lo abracé porque la esposa estaba contándome su día, y quizás más noche, antes de que nos venza el cansancio, seguiremos platicando pero en un espacio más reducido, uno que no cede a las malas interpretaciones y que a sus pies se enrosca un perro orejón y cansado, un perro cada vez más viejo que se la pasa soñando con el camino que labrará para nosotros, para el día que nos volvamos a ver si es que existe el mundo de los espejos, o el purgatorio, o el otro lado.

    Y será un camino torpe y lleno de huesos y de arrugas, pero le daré un beso en la frente y le diré que eso está muy bien.

  • Cínicus Máximus y la búsqueda del placer

    No sé cuántos días he pensado en las palabras que no dijo, pero sí dijo, algún político cualquiera. Y luego una discusión exagerada: que si el diario macheteó el discurso para sacarse unos pesos, o que si el político cuestiona en voz mustia cómo habrán de disculparse ahora los intelectuales si les robaron la dignidad por la premura de sus críticas. Todo político merece ser criticado y cuestionado por el simple hecho de ser un servidor público y si alguno de nosotros merece dormir menos que los demás, son los burócratas de medias y altas esferas. Está bien que los políticos se expliquen, se defiendan, y salgan a dar la cara aunque sea para hacer el ridículo. Baila payasito, baila, ponga aquí un ademán del chofer que avienta los diez pesos al miserable que se le adelantó. Mínimo les debería dar una apendicitis del coraje cuando se les señala que son incompetentes, o sea. No voy a negar que siento un poco de paz cuando imagino a algún político, cigarrillo a medio consumir, ojeras tan profundas como la pesadumbre de servir al pueblo, sosteniendo el teléfono que ilumina la oscuridad de su habitación, y sin poder dormir sigue manoseando los tuits que se dicen de él, o los tik toks, y así le dan las cuatro, cinco o seis de la mañana.

    Trece páginas de discurso chafón después, lo único que se me ocurre es porque habríamos de cuestionar el goce de la lectura que debe ser dedicada para la enseñanza. Tampoco digo que educar sea la pura felicidad, o que nos vayamos a convertir en una película inspiradora de Hallmark después de quemarnos las pestañas con unos libritos y dar una master class de la vida, insert logo de ted talk, pero como diría mi abuela, o una tía, la tía de todas las tías, ya la vida se encarga de brindarnos tantísimos sufrimientos (mijito) como para que educar a otro también sea una maldita tarea, un deber, una manera de adoctrinar a los buenos hombres que debe producir el Estado.

    Creo en el placer de aprender, de tomar las cosas y deshacerlas en hebritas para tratar de recomponerlas, y también creo que enseñar es una manera de aprender o reaprender y estoy dispuesto a defender este acto como uno de los últimos cinco misterios divinos (y yo que no defiendo muchas cosas porque normalmente aprecio mi apatía, mi tranquilidad y mi indiferencia), de esos que no se explican pero dan sentido a la vida y son un componente esencial de la simulación alienígena en la que vivimos. Los otros cuatro, si mal no recuerdo, los guardó un monje pagano en alguna cueva del Pico de Orizaba y falta que algún valiente los descubra, o quizás ese explorador, héroe estoico de abundante cabellera (quizás no debería suponer su género), debería quemar los papeles de una vez por todas para que nosotros imaginemos lo que sea.

    Yo pondría la lectura y los videojuegos o, quizás, en vez de limitarlo a unos medios de expresión porque también existe la pintura, la música, el cine y los tuits, la experiencia del goce artística como la número dos, la cual probablemente es más hedonista que reformadora y conformadora, más viciosa que habitable y amable, pero ahí está: nos hace felices y nos hace creer que podemos ser mejores, podemos ser otros y que somos dueños de nuestro destino cuando escogemos leer antes que trabajar, y escogemos escuchar la música que nos hará felices en vez de nomás trapear y barrer porque la desgracia de los trabajos desperdiciados y triviales es mejor cuando mentalmente también se baila un ritmo bien sabroso. En esa gozadera por la expresión ajena, también incluiría la escucha de discursos aburridos, y el obligado y necesario pitorreo que viene por las sandeces que se dicen en los podios para tener contentos a los jefes supremos, un hato de cínicus máximus muy ocurrentes que todos los días nos dan algo de qué hablar.

    Pero qué feo cerrar esta nota con políticos. Me regreso a la búsqueda del placer porque incluso encerrados, y enfermos, y temerosos y hambrientos, buscamos las pequeñas oportunidades que nos dan un respiro, que nos ayudan aflojar la correa de los trabajos y las deudas. Sí, pues, tía de tías, antes de que empiece con el discurso de los privilegios pues me gusta imaginar que también podemos tender una mano para ayudar a los más desesperados y, por qué no, también en esa búsqueda del placer podremos contar alguna historia, enseñar un viejo truco. Ayudarnos mutuamente es lo único que nos permitirá sobrevivir al cinismo, al absurdo y las doctrinas chistosas que se le ocurren a los tontos. Como decía mi abuelo: es más divertido perseguir moscas que llevárselas a la boca.

  • La solución está en las bifurcaciones

    En algún lado leí un título que decía que también es importante el salario emocional. Nomás lo escribí y me dio una risita, pero no he dejado de pensar en ello. Salario emocional. La gente que se la vive escuchando a Martha Debayle o algún otro de esos podcasters son los condenados del infierno que inventan esos términos para torturar a los demás, como cenobitas de Hellraiser pero de la autoayuda. Algún jefe pensará que es una habilidad necesaria manipular a los empleados para que no pidan más dinero que les ayude a vivir, y así se lanzan a una búsqueda aventurera de esos momentos esenciales, donde el empleado está tratando de resolver el inicio de una crisis interna, para darle una palmadita en la espalda, unas palabras de aliento, un trofeo de aire en el momento preciso y eso, si el manual funciona, se convertirá en alimento (para el alma, como el caldito de los libros), y mañana estará listo, entusiasmo renovado, para subirse a los camiones llenos de covid y enfrentar la vida. Sé que muchos no estamos en condiciones de pedir algo mejor, que si era difícil luchar por “condiciones-dignas” en este momento de la vida (viva-méxico) todavía lo es más, pero creo que tampoco es necesario disfrazar esas carencias humanas, ese odio por el prójimo, con algo llamado salario emocional. Imagino a cientos de tik tokers o instagrameros replicando el término para dar esas disertaciones babosas, hiperbreves, que luego escupen sobre la vida como ensayo brevísimo sobre lo que es verdadero, lo que es bueno, lo que debe-ser; los nuevos gurús tecnocráticos que pueden ser igual de enfadosos como lo fueron un puñado de bloggers en su tiempo. Algo sabré yo de eso. Toma dos besos para tu camión, Gutierritos.

    Mi madre habló anoche, mientras revisaba el trabajo de una alumna, para pedirme dinero. Empezó con un sabrosísimo chantaje de que se cayó en el camión y no podía mover un brazo. Reviré con la mención del paracetamol e ibuprofeno, dioses de nuestros tiempos, y pues uno-se-cae-a-veces-mami, qué se le va a hacer. Y ya después, como por arte de magia, empezó la letanía que progresó a un final maestro: “me espera la indigencia si no me ayudas”. Coetzee se queda pendejo. La única solución es que proporcione mensualmente una renta, no hay de otra, no se diga más. Me visualicé como el Coyote, mucho tiempo me salvé de la bomba Acme. Abandoné lo que estaba haciendo para escucharla, y preparar cuidadosamente los siguientes gritos y reproches. Tengo esta lucha desde los 20 años, no es novedosa. Los hijos siempre tendremos estas guerras secretas con nuestros padres. Hoy no es tan secreta porque ya me enfadé. Mi madre es un costal y, si fuera un poquito más melodramático, también diría que es un tumor.

    Quizás esto también debería anotarlo en algún lugar para que me ayude a olvidar: mientras me inyectaban la quimioterapia, me pidió dinero para comprarse una compu y el internet. Hizo las cuentas y todo, mientras yo miraba mi coctel de muerte roja (así se llama, busquen en la wikipedia, no se arrepentirán) deslizarse por mis venas. En aquella ocasión me reí, porque estaba muy valemadres, afectado por los químicos, y sabía que dentro de todos mis pronósticos, también había un porcentaje de muerte y enojarse nomás es todavía más miserable en una circunstancia ya de por sí culera. A ella le gusta decirme que eso nunca ocurrió para que no deje de quererla, supongo, pero no la he dejado de querer, nomás no entiende que no le quiero dar dinero. Hay como diez mil artículos y tiktokers que hablan de cómo identificar a un gaslighter pero ninguno brinda la solución definitiva para lidiar con esas piltrafas: “nomás ten un poquito de humor”. Tantos años Televisa me convenció con el discurso de los ochenta, en los comerciales, donde decía: “esta navidad regale afecto no lo compre” y ya me lavaron el cerebro, pero cuesta trabajo explicárselo. Por más que quiero hacer bromitas de complicidad en la miseria, mi mamá no se deja. Cada que llamaba, me daba el momento para recordarle su chascarrillo y no se le ocurriera pedir dinero, pero esta vez presionó.

    Entiendo que las circunstancias han cambiado porque hay una pandemia y parece que todos estamos encerrados en cajas, y que tenemos una soga en el cuello, y que nos cierran los alrededores y nos ahorcan por cosas que antes nos parecían muy seguras, muy estables, pero todos estamos igual. Lo único que puede ayudarnos es, precisamente, reírnos y ser cómplices en esa miseria, sinceramente en eso creo. La otra vez también leí un artículo sobre el cerebro pandémico que me dio un poco de risa: “nada confirmado, pero creemos, no, casi que estamos segurísimos de que usted se está arruinando por estar encerrado. Regale afecto, no lo compre”. Tal vez tienen razón. Mi salario emocional está en números rojos y mis ganas de resolver cosas están agotadas con las circunstancias actuales. Tengo un alma pandémica, ya me voy a poner a escribir un poemario.

    La redención de la gente está en los animales. Anoté eso por ahí para usarlo en algo. ¿Dónde estarán las bifurcaciones?