Autor: arbolfest

  • El vals del estudiante

    Cuando eres profesor, empiezas a vigilar los vicios que tienen los estudiantes, y descubres que también son tus propios vicios; el profesor, todo el tiempo, está tomando clases, cursos, talleres y diplomados más tiempo del que le gustaría, siempre está jugando los dos papeles, un pie en cada mundo. Ah, pero es que ahora amas enseñar. La Asociación de Docentes Multiversales está orgulloso de ti.  

    Al decir vicios me refiero, especialmente, a los que bostezan, a los respondones, a los que se duermen y a los que asienten cuando los miras fijamente a los ojos, como para darte un dulce: “su clase es muy interesante; lo que está diciendo, profesor, es mi nueva ley de vida. Mi existencia depende de ello. Molly Bloom dice que sí, sí, sí”. 

    Cometí el desatino, porque a veces me gusta el dinero, de aceptar un curso, o diplomado, o taller, o seminario; todavía no entiendo las variantes de estos dislates (a veces me gusta pretender que sí, que estoy muy interesado; cuando alguien me los explica, asiento como si mi vida dependiera de ello). Los últimos cuatro sábados estuve cautivo en un salón, mientras un par de profesores me enseñaron a redactar preguntas para un examen. Resulta que esto tiene su chiste, y que no cualquiera puede hacer exámenes realmente competentes. 

    Voy a confesar una de mis ñoñadas, ruego disculpas al lector porque voy a dar una imagen del niño enfadoso que fuí, y que consiguió ser muy odiado por sus pares (mayormente por hablador). Mi familia, un montón de tíos freaks y nerds, me enseñaron a leer en inglés desde muy chiquito. En la secundaria corrieron a mi profesora de inglés por motivos que no puedo recordar (aunque recuerdo la carita de la monja que nos avisó, estaba muy enojada cuando dijo que esa profesora ya no vendría) y nos quedamos sin examen final. Me acerqué a la monja, directora sor Juana, y le dije que yo le podía elaborar un examencillo, siempre y cuando me exentara del mismo. No confirmó, porque cómo la directora va a comprometerse durísimo con un chamaco mamón de 14 años, pero hice el examen de todas maneras y se lo cedí. Era una cosilla de 3 páginas, 25 preguntas. Cuando contrataron a una profesora de inglés para sacar el período adelante, y nos aplicó el examen, eran casi los mismos ejercicios que yo había diseñado. La profesora nueva de inglés cambió una o dos preguntas, fingí un poco de sorpresa. Mi examen final fue una cosa muy fácil. Me quedé unos minutos más, igual, por cortesía.  

    Usé principalmente nuestro libro de inglés e hice algunos cambios. No fue tan complicado. 

    Aquella profesora que nos daba inglés, antes de que la corrieran por motivos extraños, la recuerdo como una muchacha de bonitas piernas, vestidos verdes y entallados, cabello pelirrojo y ojos claros. Cerebro de 14 años. Quién sabe de dónde la sacaron (véase el siguiente párrafo), pero parecía la muñequita de Brave (Pixar, véala en cines). Creo que tampoco estaba muy de acuerdo con los modos católicos de secundaria, y entonces prefirió irse haciendo escándalo como una buena muchacha punk. 

    Una vez que firmé como docente, sus agentes me dieron un paseo por los refrigeradores como si se tratara de un sueño. La Asociación Nacional de Docentes Multiversales me hizo firmar un contrato: cuando se termine mi utilidad, aplicarán uno de sus novedosos métodos criogénicos, y si alguna vez se necesitan mis habilidades, quizás, me sacarán de los congeladores para dar un semestre o dos. Mientras esté durmiendo, así me lo prometieron, soñaré con el salón de clases ideal. 

    No me preocupa compartir el párrafo pasado, o el general de todo este vals, porque es muy disparatado. ¿Quién me va a creer? 

    El viernes pasado di un pequeño taller de creación de historias. Se presentaron nueve alumnos de preparatoria. Les platiqué de los monjes, encerrados en sus abadías, aburridos a perpetuidad, mirando siempre los mismos paisajes sobre la ventana. Entonces llegaron los viajeros, escucharon las historias de animales lejanos, como los elefantes y los bahamuts, y eso los obligó, porque estaban drogados de imaginación, a ponerles un nombre y escribir su historia. Los monjes creían que le estaban dando un propósito a los animales cuando, al final, quizás nunca lo descubrieron, pero fueron estos animales quienes les dieron un propósito. Pikachu is a life goal. Canté el tema de pokémon, puse a estos muchachos a inventar criaturas y ellos solitos, al final, añadieron héroes, aventuras, misiones. Se pueden enseñar muchas cosas, se pueden contar historias, pero la imaginación, y me parto la madre con quien se atreva a discutir esto, es el primer templo, el lugar más bendito. No se los dije así, pero espero que lo hayan entendido. 

  • Historia de un pájaro

    Unos pocos años antes de enfermar de cáncer, y contemplar mi propia mortalidad, traté de salvar a un pajarito de morir. Lo encontré afuera del jardín, estaba tirado, silbaba débilmente y tenía los ojos cerrados. Sus padres no le hacían caso, supongo que tenían buenas razones; la naturaleza es sabia y es cruel, los monstruos saben cuándo abandonar a sus vástagos.

    Pero yo me sentí más fuerte que la naturaleza, me sentí el hombre que determina su entorno, como el protagonista leñador y macho de alguna novela de Knut Hamsun; alcé el pajarito y lo metí a la casa (ejemplo de mis tremendos músculos), creyendo que internet y un hogar serían suficientes para salvarlo.

    Envolví al pájaro caído en periódico, también en papel, para que no perdiera el calor. Le preparé una solución especial de pan y agua con la que pretendí alimentarlo. Lo coloqué en un lugar alto para que la Nico no pudiera alcanzarlo, pero no fue necesario, para mi desconcierto, su curiosidad se acabó muy pronto.

    La curiosidad de Nico se convierte en una fuerza imposible cuando otros animales se han metido a mi casa: mariposas negras, murciélagos, ranas, una víbora, algunos saltamontes, mis amigos, mi sobrina y su mamá, mis suegros (perdón), mi mamá y mi hermano (ellos sabrán perdonarme), algunas visitas (perdón otra vez). Los persigue, los caza para pedir caricias en la panza, los huele insistentemente para recoger las historias de otros tiempos, otras naciones. Juegas con ellos para aprender. El pájaro, sin embargo, no tenía historia alguna qué ofrecerle.

    La naturaleza es sabia, también es cruel (hay un placer salvaje en ver el discovery channel de madrugada) y sabe cuándo dejar ir a los que se mueren para que penetren la tierra, regresen a ella como una memoria.

    Cuando vi que mis esfuerzos tenían poco resultado, dos días después (me levantaba emocionadísimo para irlo a ver, como niño que espera un regalo de Santa), lo saqué de nuevo y lo dejé cerca de unas macetas porque leí en algún lugar que un pajarillo así: abandonado a su suerte, pudo partir de un error de los padres, un accidente, y quizás si lo escuchaban, podrían alimentarlo.

    El problema primordial, creo, es que el pájaro no quería alimentarse con lo que yo le daba.

    No pude dejarlo afuera más de unas horas porque era invierno, y se iba a morir de frío, y empecé a sentir culpa. La culpa iba más allá de jugar con la vida del animal, porque ya incluía mi soberbia, mi pretendida e inventadísima capacidad de interrumpir un proceso natural, sea cual fuera este: la selección cruel de los padres, un accidente o la tierra misma que está reclamando un fragmento de su memoria.

    El pajarillo, como era de esperarse, murió. Nico no entendió por qué me puse a chillar ese día y, unos años después, luego de un camino de sufrimiento (pero también de alegrías que son tan luminosas que los ojos arden) creo que tampoco termino de entender por qué lloré.

    Quizás sería más sincero decirme que lloré porque no pude ganarle a un proceso.

    Pienso a menudo en ello, como si otra persona (un doppelgänger medio asquerosillo) hubiera interpretado estas escenas, como si me estuviera contando una alegoría a través de un espectro pasado. Pero la historia del pájaro no tiene sentido alguno, no resuelve la vida de nadie, solo cuenta un dolor estúpido porque no pude vencer a la tierra, a la naturaleza, y a la muerte. Y porque genuinamente creí que podría hacerlo.

    Si hoy me encontrara con otro pájaro en la misma situación: caído afuera del escalón de la puerta principal, en el garage, probablemente lo levantaría y lo dejaría bajo un árbol. Abandonaría el intento de interrumpir el proceso, mi única intervención sería depositarlo sobre una tierra amable.

    Entonces, ojalá, vendrán sus padres por él o tal vez no, pero igual que mi primer gorrión muerto, terminaría por desintegrarse en partículas de polvo para alimentar a sus hermanos, a sus padres, a sus enemigos, a una familia honorable de gusanos que fertilizan la tierra, a las jacarandas y sus espíritus púrpuras -the jacaranda radical dreamers-, a los fósiles de los dinosaurios que todavía persisten y no quieren dejar de vagar, incorpóreos y colosales, en la tierra a pesar de la ambición del petróleo, a las hormigas que también necesitan un poco de proteína, a los caníbales, a los depredadores, a los hongos que huelen extraño, a las orejas de mi perra que recoge todos los olores, en todos los paseos, y supo desde mucho antes que yo, cuando apenas era un cachorro, el fin natural, el orden y el caos determinante de todas las cosas. Amén.

  • El compromiso de las cosas

    • Creo que es obvio decirlo, pero las cosas no se comprometen. Podemos trasladar la idea del compromiso a un amuleto, y entonces ese amuleto (la estampita de algún santo, el memento mori, las bolas chinas de papá -yeah, daddy-, el rosario que pertenecía a la abuela) nos dará misteriosos poderes para cumplir con tareas titánicas (antes de hacer un examen, acaricia el amuleto en tu cuello para convocar la suerte, la bendición y el conocimiento). 
    • Quizá los robots más complejos pueden construir una ilusión de compromiso (aunque sería fascinante que fuera otro concepto, algo muy separado del compromiso humano), pero el propósito de los robots, finalmente, es cumplir su existencia. Cuando un destino predeterminado es inevitable, cuando no podemos rechazarlo, ¿podemos hablar de compromiso? 
    • Hablemos de sumisión (sexual), uy, juego de roles (ah). El sumiso, dentro del espacio de juego (reitero: espacio de juego), ocasionalmente debe expresar, con gusto y la lengua de fuera, una amenaza de romper el compromiso porque ello empujará la dinámica del castigo (cachetadita, tirón de cabello, unas nalgadas). Un espíritu punk controlado a través de cadenas y látigos. Los papás tenían miedo (todavía, en algunas zonas rurales, pero en otras la degeneración es total y harían ruborizar a los citadinos más experimentados) de que los leather boys y las rubber girls abandonaran su compromiso con lo humano. 
    • Ningún animal se compromete. Nico me quiere porque le doy de comer, y cuando nos quedamos dormidos en el sillón, la abrazo y nos damos calor en el invierno. 
    • El compromiso es una de las palabras paternas; un concepto que usan los padres para poner un peso indeterminado sobre el hombro de sus hijos, a veces de sus nietos. El espíritu de trasladar las expectativas a los apellidos. Cuando era un muchacho, los señores me detenían en las calles para preguntarme si ya conocía su religión: el compromiso con todas las cosas, entregar la vida a cambio de un prestigio innombrable. A veces creo que es mi turno, y hablo de ese dios extraño e invisible con la esperanza de que alguien encuentre las grietas, empuje los muros, tire los templos. 
    • Reconozco que el compromiso más complejo que he tenido es el matrimonio; quizás debería cambiarlo por amor. ¿El matrimonio es un legajo? Quizá, es la palabra social, comunitaria, legal. Vivir con ella, y creo que esto ya lo escribí en algún lugar, es la construcción de una casa. Pero debería corregirme; si Auden construyó una ciudad a través de Yeates (el poeta que admira a otro poeta, y dudo mucho que se hayan tocado los rostros y mirado a los ojos), una relación es construir una ciudad de ideas, significados, rituales. Inception (película mamadora pero…) tiene esa imagen poderosa de una pareja que se abandona a la arquitectura del sueño durante 50 años. La misma idea te hace pensar en la complejidad del tiempo, ¿cuántos secretos puedes compartir y revelar con el otro? ¿Y qué sucede cuando ya no quedan secretos, cuando ya no te escondes? 
    • Ella me dejaba dormir mientras estaba enfermo. Ese es el acto de amor más poderoso que he vivido con alguien, y a través de alguien. Un compromiso de que podemos seguir construyendo nuestra ciudad, de que no me quedaré dormido pero prometo regresar, cueste lo que me cueste. Un héroe más poderoso que Odiseo. 
    • Regresemos al espacio de juego (el espacio de amor, la ciudad que construimos, el salón de clases, el sillón donde dormimos con el perro) pero sin porquerías (nada de sumisión o dominación sexual, pero juegos de roles más convencionales [aunque tengo mis dudas, pero eso es tema para otro post], aw). El espacio de juego es un compromiso con otros actores, personas que apenas conoces pero crees que seguirán un juego de reglas que convenga a todas las partes. Jugar, pero seriamente; eso es el compromiso. 
    • Algunos tontos hablarán de su compromiso con la patria, especialmente los políticos. Mejor dormirse. 
    • El compromiso de reírse cuando el profesor construye un momento humorístico en su salón de clases (su espacio vital, un segundo hogar). El desarrollo para soltar una frase dicharachera, una frase que ayudará a inventar un espacio de familiaridad y suavizar la tensión en el ambiente. Los que se ríen casi sin pensar, solo porque alguien inició la carcajada. La risa es el compromiso de continuar aquí, en este grupo, junto con los demás, aunque no entendamos nada o estemos igual de perdidos construyendo una gran nación (shui hu zhuan). Ogre Battle, permanezcamos juntos. 
  • Cosas que pienso en un salón de clases

    Mis alumnos de guionismo trabajan en silencio. Estoy en una clase donde trabajan y se entregan. ¿Qué le pasó a los tiempos de la vieja disciplina? ¿O he tenido suerte?

    Why must you fail me so often? Maldito esqueleto risueño y neurótico. A veces sí me dan ganas. Golpearme contra los muros porque ya estoy harto. Pero mi propio hartazgo me da risa porque soy yo, atestiguando mi propia neurosis, un carácter fundamental de mi persona. Me encuentro en un curso, acumulando paciencia; debería escribir un libro de cuentos como otra manera de golpearse la cabeza contra los muros.

    El día de hoy ando un poco agresivo, a la defensiva. Manipulo esa energía para llevarla a otra parte. Cuesta trabajo. Quiero palabras de gente que no habla. Sublimación.

    Cuando uno pretende ser miserable para que le pasen la mano por la nuca y lo hagan temblar.

    Quiero ponerles una canción estúpida de EMINEM. A este grupo, y a todos mis grupos.

    Juego Super Mario Bros.: The Lost Levels, y aún cuando estoy jugando la versión papita (la de All Stars, con los poderes de los 16 bits de super nintendo), me siento sumamente empoderado (EMPOWERING AS FUCK) porque, después de algunas groserías y repetir testarudamente los niveles, he logrado completarlos. Son una maravilla de secretos, de troleo y de construcción; igual que leer una buena novela, una novela construida para revelar la verdad a través de sus múltiples narradores engañosos (quíhubo). Mientras paso los niveles, me cuento historias de cómo se las ingeniaron para construir estas torturas y robarse las almas de los jugadores. Souls like es una mamada, Mario es el verdadero OP. Me encuentro en el castillo final y pienso insistentemente, que desde los 8 bits ya estábamos estimulando la mente del jugador con secretos, laberintos y falsos dioses.

    Quiero ponerles The Passenger de Iggy Pop. Resisto la enorme tentación de convertir esta clase en la rocola de un viejo perro. Escuchen mi música. Aprendan.

    Debería irme a GUANTANAMO BAY. Debería escapar e irme corriendo a GUANTANAMO BAY. Fuck you all, I’m going home.

    Extraño salir a correr. Tengo poco tiempo. Pero he caminado mucho, muchísimo. Camino cada vez más. Cuando finalmente pude acabar el castillo, el final fue un poco decepcionante, y cruel. Peach te da un beso. Te tiran un hongo para que no estés chaparro. Te dan las gracias. ¿Ahora a dónde debo llevarme todo ese desarrollo de personaje?

    Por eso en Excel se le conocen como libros, porque se le agregan hojas.

    Lo que más me gustaba de programar, hace muchos años, fue cuando aprendí a anidar condicionales. Creas un laberinto verbal, un idioma complejo; que confunde el juicio. Me voló la cabeza porque pensaba que podía incluir todas las variables de la vida humana (no del universo, nomás de mi vida, no era tan ambicioso). Si, entonces esto, de lo contrario esto. Falso, verdadero, falso, falso, verdadero. Puedes anidar cuantas condicionales puedas y la memoria permite (no solo hablamos de hardware, pero quizás también podemos permitirnos una metáfora).

    Resultado: reírse como un loquillo.

    Dice una compañera atrás (escribo esto en un salón de clases y estoy en receso), sobre algún documento apócrifo que no debería utilizarse para ninguna investigación seria, que probablemente lo escribió un señor en su sótano. Imagino a su señor hipotético: tan gordo que se le ve el ombligo, llevándose los chetos a la boca, los dedos naranjas golpeteando furiosamente el teclado. Está encerrado en una jaula, una prisión, pero no le importa porque en su mente tiene una libertad salvaje. Frente a mí, paradójicamente, unos hombres hermosos, de músculos muy marcados, hacen su rutina para el Cirque du Soleil. No escriben nada, solo se mueven al ritmo de la música y a veces aparece algún payaso para rendirles pleitesía, burlarse un poquito de ellos. Cuando despierto de este sueño, recuerdo al señor gordo y me parece chistoso, pero también envidiable; su producción es furiosa, continua, apasionada, tarada, ingenua, libre; finalmente sus ideas son como una danza de hombres bellos que se presumen y así se desean.

  • Lo que imagino escriben mis alumnos

    • El salón donde trabajan mis alumnos tiene un muro de vidrio en una de las paredes y si volteamos, podemos ver a otros alumnos trabajar en su propia clase. La otra clase, en el mundo a través del espejo, la da un señor muy amable que un día se asomó para disculparse por algo, no entendí por qué, y yo le dije que no se preocupara, avergonzado por no entender su preocupación, nuestro probable conflicto.
    • En el salón al otro lado del espejo, están haciendo cuentas y gráficas de algún tipo mientras mis muchachos escriben historias en silencio. Uno de mis alumnos habla de sus mapaches y sus armas, y yo me conmuevo un poco y pienso que son tiempos interesantes.
    • Puedes mirar a través del vidrio, y descubres más salones, y más vidrios, donde otros alumnos interpretan fórmulas matemáticas o fórmulas genéticas. Somos espejimos muy raros de prácticas y de conocimiento que se multiplican al infinito.
    • Trato de transmitir mi propia ciencia: las historias y su impacto neurológico. Después hablo de la cultura y del peso de la cultura. Salto de las neuronas a lo abstracto y cruzo los dedos. A ver si entienden por qué amo los libros, y los juegos, y por qué creo que la imaginación es un templo, el verdadero dios del amor, ese que te recibirá aun cuando lo destruyas.
    • Los lectores y los jugadores tienen un punto en común: son capaces de apostar su vida por una historia que aman. El juego y las historias son tan piadosos, que ambos son mecanismos que te preparan para la muerte, y para la vida al aceptar tu muerte.
    • Otro alumno habla de las angustias del jugador: perderá al perro que al inicio será vital para sobrevivir y se enfrentará a unos caníbales. Pienso en Robert Rodríguez cuando lo escucho hablar.
    • Dar clases me gusta porque escucho estas historias y soy insanamente feliz; no tenemos por qué escuchar historias de viejos aburridos y cínicos, pero es un lugar de imaginación salvaje, sin filtros. A veces me pongo tan cursi que pienso debo protegerlo a toda costa, ojalá tuviera la paciencia y la energía, pero sé que no es así, sé que algún día, este cristal, también perderá su fulgor y no podré ver a través del vidrio.
    • Todos los juegos y todas las vidas son finitos. Habrá que ver dónde pongo mi código Konami.

  • Cosas para las que no me alcanza el dinero

    • Para comprar el tiempo, justo y necesario, que tomaría jugar toda mi biblioteca de videojuegos. Ni siquiera he terminado de agregar los 3,000 juegos de Steam a mi base de datos en Notion.
    • Sin embargo, empecé a jugar Mario Bros (versión All-Stars) porque me dio un ataque de nostalgia. Y ahora estoy atorado en el mundo 8. Y no sé cuando acabaré un juego que ya terminé alguna vez, cuando fui niño, y me siento un necio medio inútil pero ahí estoy, pressing start to continue.
    • Podría usar un montón de dinero y pagarle a unos filipinos para que completen mi base de datos de videojuegos.
    • No hay dinero que alcance para ser niño otra vez, o diez años más joven, y tener toda la energía, y el cuerpo completo, y los ojos sanos, y todo el cabello, y el asombro perpetuo, suficiente, para redescubrir la vida, y el movimiento contenido para andar despacio, sin súbitas e inútiles ganas de llorar cuando entiendes que estás vivo, que has llegado. ¿Qué dije?
    • Controles élite. Cuestan como 4 mil varitos. No entiendo por qué son élite, pero se antojan. ¿Durarán toda una vida? ¿Estarán diseñados para nunca tener drift? ¿Cómo lograron que un control de Xbox costara el 70% de la consola? ¿Tendrán un pro-gamer diminuto adentro en la carcasa que ayuda a mejorar todas tus jugadas?
    • Ir a un verdadero calabozo alemán para admirar, como tarado en un museo de cera, a todas mis rubber dolls preferidas (sí, el posesivo es una licencia). Instagram es un extraño laberinto de fetiches raros y así descubrí que las rubber dolls ya no se esconden de nadie, y ningún censor puede detenerlas porque no están desnudas, al contrario, es como si vistieran una segunda piel, y muchos se encogerán de hombros y solamente dirán: “qué raro”.
    • Por qué me gustan las rubber dolls. ¿Es algo temporal? ¿O este gusto peculiar se activó por uno de mis genes? En mi experiencia, mañana tendré otra fantasía, otra curiosidad, como si fuese un juego, a la cual dedicar mi pensamiento y mi tiempo, y el pasado será desactivado, y lo guardaré en una caja como si fuera un amuleto.
    • Mi mayor fantasía es pagar todas mis deudas. Pero eran las deudas o dejarse tragar por el cáncer. Chú, chú. Considero que mi primera y única deuda, diré que impagable, es con la vida.
    • Comprar una edición perrísima de En busca del tiempo perdido que alguna vez vi en Gandhi.
    • Todos los diseños de todas las cartas de tarot que están en mi wishlist de Amazon.
    • Los juguetes de MOTU que no compré a su debido tiempo. Creo que nunca veré a Man at Arms en menos de cuatro mil varos.
    • Pagarle a un arquitecto de Minecraft para que construya el mundo de mis sueños, un mundo maravilloso poblado de árboles y de laberintos, de libros que todavía no escribo, de arquitecturas hermosas pero terribles, llamativas pero invencibles.
    • También les pagaría a unos escritores místicos para que llenaran mi blog de entradas, y después de cuentos mis libros, y finalmente de historias chuscas, a veces puerquísimas, en todos mis diarios.
    • Para regresarle la juventud a mi Nico, y comencemos otra vez. Pero, bajo esa premisa, obligadamente la llevaría conmigo y atravesaríamos una puerta mágica que me permita ver al amor de mi vida, en sus primeros días, una vez más, y también vería el rostro de mi hermano sien un bebé, y los momentos risueños de mi familia antes de toda la sangre, además del peso que ha depositado el dios del tiempo sobre nuestros hombros.
    • Una supernintendo. La pizza. Y los 1990.

  • Cosas que quiero hacer y cosas que debo hacer

    • Pagar la luz.
    • Ir al DF para pedir el duplicado de bachillerato porque necesito redocumentar mi maldita vida.
    • Resistir el embate de las deudas.
    • (De milagro estás aquí, mae. Las deudas iban a suceder. Trata de ser menos severo contigo, un día a la vez, como cuando estabas en la silla, ¿recuerdas?).
    • Pasar mi libro de ensayos de videojuegos a Day One para continuarlo desde ahí.
    • Construir un árbol monumental en Minecraft.
    • Que me la succifixen tenecorosamente (!).
    • Construir muchos árboles en Minecraft.
    • Generar diversos motivos de decoración aleatorios para rellenar los espacios liminales que he construido en la mina de la melancolía.
    • Subir mis últimas dos reseñas de juegos. Steam me da likes y presencia. Mi validación gamer está completa. Soy ACTO III. Esta es mi última transformación.
    • Preparar mi siguiente libro de cuentos. Ya tengo algunos; lo pasaré a Day One.
    • Encargar las cintas a don Manitas para que mi colección de niñerías tenga un lugar decente.
    • Procurar las estructuras de poder a mi alrededor. Quíhubo.
    • Tener una vida plena (?).
    • Elegir los caminos de la destrucción. Siempre.
    • Aprender a escribir. Otra vez.
    • Alejarme del chismecito; es muy sabroso, pero puede ser letal. Cualquier libro de Agatha Christie explica esto.
    • «El rey león no es Hamlet». Me quedé pensando que debía decirles esto en mi clase de guionismo, pero al final no lo hice.
    • La clase de ASE fue muy gratificante, aunque me reservo mis pensamientos para mi querido diario.
    • En mi clase de narrativa de videojuegos todos están escribiendo. Me gusta mucho el sonido de sus teclados.