Autor: arbolfest

  • IV — Bajo la sombra

    El día de hoy, bajo la sombra de este árbol, no pensé cuál ofrenda podría dejar bajo el árbol esta tarde; espero eso no arruine mis expectativas espirituales. Ofrendo esta repetición, ofrendo este murmullo, y espero que el árbol pueda perdonarme.

    No pensé que la vida continuaría tan normal después de tanto.

    No pensé las consecuencias de mis actos, pero quién sí.

    No pensé que el sol picaría tanto en diciembre; imagino que los fríos de una montaña son espléndidos, pero es la imaginación del que piensa que otras vidas, otros espacios, son mejores.

    No pensé que extrañaría tantísimo a los árboles citadinos y los tacos de suadero.

    No pensé que una quimera podría salvar vidas con sus tres rugidos, sus tres bramidos, sus tres chillidos.

    No pensé lo entrañable de la música en aquellos ojos.

    No pensé. ¿Así nomás? Sí, solo eso.

    No pensé las caridades que venían incluidas con las almas recicladas en plástico; el conocimiento portátil puede ser infinito.

    No pensé todas las habitaciones de mi mundito de Minecraft. Surgen solas, como si fuera la construcción de un destructor de historias, los horrores de una vida sin planeaciones o esfuerzos.

    No pensé que Dios sería tan amable conmigo; no soy uno de sus mejores guerreros, pero, quizás, uno de sus panaderos más competentes.

    No pensé que la cocina del más allá tuviera un acuario tan hermoso; qué ejemplares más divinos e imposibles.

    No pensé que un día tendría qué buscar en internet el abecedario.

    No pensé que una camisa de cuadros pudiera verse tan bien en un molusco.

    No pensé que Vishnu podría ser tan compasivo conmigo.

    No pensé cuán fácil sería de resolver este rompecabezas, ahora me encuentro pensando qué hacer con los diez años de cárcel que todavía me quedan.

    No pensé. Ese es el problema: nunca piensas. Di esto con la voz de tu madre. Nunca piensas, canijo. Ahora dilo con la voz de tu abuela, como si lo escuchara tu madre. Ahora escúchalo con la voz de un cantante que admiras. Nunca, nunca piensas. Ahora imagina que se lo dijo Dios a Abraham, mientras este sostenía la piedra que iba a matar a su hijo.

  • III — Bajo la sombra

    El día de hoy, bajo la sombra de este árbol, me encontré con la gata de mi barrio.

    La gata de mi barrio caza fantasmas. Creo que así dice una canción. Sale por las noches y practica su kung fu contra seres invisibles. Siempre ha salido victoriosa aunque ya perdió tres de sus nueve vidas.

    La gata de mi barrio salta a los bordes altos de los edificios, mira por las ventanas y escudriña los libreros; quiere robarse algunas historias para contarlas como suyas.

    La gata de mi barrio es parda. Su pelaje la hace invisible cuando pasa por algunos muros.

    La gata de mi barrio todavía llora a su madre, la perdió en una guerra contra unos cuervos.

    La gata de mi barrio ha engendrado más de doscientos gatitos; se reúnen la misma escuela para tener clases y ser tan cool como la gata de mi barrio.

    La gata de mi barrio inventó a sus propios dioses.

    La gata de mi barrio solicita amablemente que no le hagan ruiditos de gato callejero. Entiéndase amablemente como que ha sacado las garras pero todavía no las está usando para darle un zarpazo al baboso que no lo haga caso.

    La gata de mi barrio conduce un A9 con luces neón barriendo el piso; va como a unos 130 kilómetros por hora.

    La gata de mi barrio estudia psicología social por las mañanas.

    La gata de mi barrio se alimenta de tus pensamientos dulces, su pelaje se hace más esponjoso y brillante cuando percibe tu sonrisa incontrolable, los espasmos por los placeres recordados.

    La gata de mi barrio lidera una jauría de ciento dieciocho perros callejeros. Para hacerlos sus amigos, les dio carne podrida. En algún lado vio que así se hacía.

    La gata de mi barrio sabe dónde encontrar todas las bibliotecas invisibles. Le he pedido que me lleve a una, pero ella siempre se niega, arguyendo que son bibliotecas muy peligrosas, lugares de donde uno rara vez vuelve. Y luego dice que soy joven, que todavía merezco una vida larga y feliz.

    La gata de mi barrio no se lleva muy bien conmigo. A veces peleamos y ella tiene qué usar sus técnicas de kung fu; ella sabe muy bien lo que soy.

    La gata de mi barrio cocina cadáveres de rata de manera artesanal.

    La gata de mi barrio es terapeuta de criminales.

    La gata de mi barrio tiene un podcast donde finge que es un hombre blanco, heterosexual, enojado con la cultura woke; es moderadamente exitosa.

    La gata de mi barrio sueña con cambios radicales en la cultura; jamás se vendería a ningún gobierno.

    La gata de mi barrio descansa, muy de vez en cuando, baja la sombra de este árbol y cuando le pido me cuente cosas, se queda muy callada, muy silenciosa, y ronronea, y hace como que está durmiendo porque no quiere contarme nada aunque ella lo ha soñado todo.

  • II — Bajo la sombra

    El día de hoy, bajo la sombra de este árbol, he dejado un panfleto de creencias.

    Creo que cuando el mundo supere a la humanidad, alguien todavía escuchará el ruido que hacen las hojas de un árbol cuando entre ellas corra el viento.

    Creo que nunca se morirá esa parte de mi espíritu que quiere romper cosas; lo escucho como un energúmeno royendo las paredes. Me da risa, pero también me da algo de miedo. Amarrarlo no es lo mejor, pero dejarlo salir para que alcance los tobillos de un cartero es muy beneficioso para su salud mental.

    Creo que no me gustaría saber esto: si soy el cúmulo de muchas personas, ¿todas necesitan salud mental?

    Creo que necesito desintoxicarme de vida. Recuerdo de esa línea; un villano, creo que lo era, dice al héroe que respiramos oxígeno, y que el oxígeno es un veneno, y que continua e inevitablemente envejecemos hasta que nos morimos por respirar.

    Creo que caminar es la única cura para muchos males.

    Creo que el juego (pero no el azar), es lo único que me da un placer puro. Aunque no tengan propósito, pienso mucho en mecánicas, resultados, caminos, divergencias. El juego es perderse.

    Creo que usaré suéter estos días. Hace frío.

    Creo que me gustaría descubrir un jardín secreto para jugar cosas extrañas, historias inconfesables e incomprensibles.

    Creo que mi abuela no está muerta, pero se está carcajeando en algún lugar. Descubrió la pócima de una vida eterna, está pintando las paredes de un laberinto fantástico con imágenes de caracoles y girasoles.

    Creo que siempre tengo la razón. No me arrobes.

    Creo que una papelería es un lugar de muchos misterios, y que también esconde muchos gemidos y murmullos, igual que las iglesias y los hoteles.

    Creo que los ciclistas son animales bien raros; quisiera envidiarlos pero se les ve primordialmente insatisfechos.

    Creo que una de mis pesadillas es despertar un día bien chaparro, y meterme a unos de esos baldíos muy crecidos, y creo que incluso con todo mi ingenio para construir mi primer reino, mis días finales seré el alimento de las víboras, las ratas y las arañas lobo, cuyos ojos brillan intensamente en las noches.

    Creo que nunca tendré el suficiente impulso económico para abrir mi primer glory hole town, sucursal Cholula. Tendré que subsistir con las míseras ganancias del que abrieron mis antepasados en Marruecos.

    Creo que tomarse fotos idiotas es menos indigno que pedirle arte a una inteligencia artificial. Pero esta es la opinión de alguien que piensa la dignidad está sobrevalorada y solo es para gente ociosa y limítrofe.

    Creo que usé mal limítrofe, pero me gusta aplicar siempre la de: se oye bien, así déjalo, no seas palitroche.

    Creo que si quiero escribir mi propio manifiesto, debo imponerme horarios.

    Creo que pienso muy seguido, más de lo que debería, en el último close up al rostro de Viggo Mortensen en The Road.

    Creo que mi presencia en el mundo no hace diferencia alguna; esto no me da tristeza, tampoco me preocupa (estoy casi seguro que este fue uno de los últimos pensamientos de mi padre: la preocupación por haber sido un mal hombre, un hombre incompleto o indiscreto), pero me da un alivio. ¿Recuerdas lo que dije del viento y los árboles? También la propia humanidad es algo superable.

  • I — Bajo la sombra

    El día de hoy, bajo la sombra de este árbol, agradezco que ningún dios primordial me ha capturado.

    Agradezco a mi esposa y mi perra.

    Agradezco la inteligencia y la paciencia para jugar varios juegos a la vez.

    Agradezco que se me olvidan las palabras porque pienso muchas de ellas a la vez.

    Agradezco ese libro de Onetti que todavía no he terminado.

    Agradezco esa mitad necia, ese interno que tengo me impulsa a seguir escribiendo.

    Agradezco el visaje de cosas increíbles, como aquel conejo de ocho piernas y tres ojos que se esconde en los recovecos de mis sueños.

    Agradezco los letreros de clausurado en los establecimientos que no cumplen las reglas.

    Agradezco la impureza de mi alma que es el origen de mis vicios que aún persisten.

    Agradezco la persecución de mis hermanos porque alguien debe detenerme y mostrarme el error de los caminos.

    Agradezco los santos recuerdos con mi abuela porque ninguno de sus hijos ha sido capaz de quebrarlos.

    Agradezco los recintos que abrieron sus puertas y, ahora en sus muros, guardan ecos de historias que he vivido y que he inventado.

    Agradezco el polvo en las camionetas blancas porque reflejan mal los soles de medio día.

    Agradezco los caminos de árboles; me prestan su sombra y aunque soy un intruso, nunca me han hecho sentir como uno.

    Agradezco los caminos de tierra que conducen a templos abandonados donde un dios espera consuelo.

    Agradezco los sillones abandonados en la hierba; he dormido en más de uno.

    Agradezco la tecnología; aunque se insiste en verla como maldición, han hecho todas mis vidas más largas y llevaderas.

    Agradezco la plasticidad neurológica porque se oye mal y chistoso.

    Agradezco el presente exceso de reglas; ya ninguna parece recalcitrante e inevitable. Somos un cúmulo de columnas agrietadas. El templo que será visitado por un espíritu tonto, curioso.

    Agradezco las posibles variables de mi existencia: inmoral y asesino.

    Agradezco la ruptura de mis aspiraciones inmortales. Un recuerdo rancio de una fantasía.

  • 41: La construcción del nuevo circo

    Compré un reloj de arena en Ikea —cuándo me convertí en ese monstruo que navega en el laberinto del consumismo sueco para sacar la tarjeta de crédito y llevarse cositas—. Tiene una duración de 8 minutos y algunos segundos. Dos relojes de arena equivalen a un ratito. Tres relojes de arena equivalen a un programa cómico de televisión o un anime. Cinco relojes de arena equivalen a un programa dramático. Cuarenta relojes de arena equivalen al tiempo de vida que le resta a Carlos, el deshollinero. Mil doscientos relojes de arena es el tiempo que soñaba mi abuela con un futuro mejor, brillante.

    Usé el cronómetro de mi teléfono para medir el tiempo que tardaban en caer los granos de arena; lo hice caminando, mientras estuve en el coche y luego en casa. El reloj de arena, más allá de una curiosidad, está planeado como una ayuda para un manejo lúdico, un poco disperso, del tiempo. En mi cabeza, el objeto ya está destinado a múltiples juegos inventados, pero que seguramente nunca pondré en práctica porque definitivamente es más divertido imaginarlos.

    Para escribir mi post de los 41 años di vuelta al reloj de arena. Me pregunto cuántos tardaré en escribir esto, espero que no más de uno o dos.

    Subí unos diez kilos en mis cuarenta años. Ser un docente universitario, y presentarse al salón de clases para dar cátedra a un grupo de diez, quince, veinte muchachos que bostezan y evalúan sus decisiones, provoca fácilmente la ansiedad de estar tragando cosas; creo que es un aviso de mi cuerpo: he recuperado el peso que tenía unos meses antes de que me diera el linfoma, he recuperado la salud y he reclamado el tiempo que me resta de vida.

    Una de las señales de la enfermedad fue la rapidez con la cual empecé a perder peso. Milagrosamente, por ahí del 2017, estaba perdiendo uno, casi dos kilos por semana. Me gustaba creer que estaba siendo muy bueno con el ejercicio y la dieta porque me daba terror estar enfermo (y, sí, con todo y el terror, tuve que empujarme a hacer las preguntas adecuadas y hablar con la gente precisa, pero esa historia ya la conté otros días).

    He llegado a los 41 con mi gordura feliz de antes. Qué molesto, creo que nuevamente tendré que comprar pantalones o tendré que ponerme a dieta.

    Cumplí años rodeado de nuevos amigos, colegas (curiosos colegas, deseo recalcar) y he recibido algunos mensajes de mis alumnos y mis exalumnos. Una de ellas me dijo que era un excelente tomador de pelo y yo sonreí, ella sabe que me dio uno de los mejores halagos. En una posada hice las hamburguesas con la receta de mi abuela (uno de sus múltiples sueños de arena), bebí whisky, mezcal y cerveza. La gente se reía a mi alrededor, conversaba felizmente y yo me dedicaba a escuchar. Mi esposa se veía muy contenta, agradecida de tenerme y se acercaba a abrazarme, besarme.

    A donde quiera que voltee, pareciera que no tengo motivos para no estar agradecido o sentirme querido.

    Dos relojes de arena.

    Pero no puedo negar que ya atravesé un umbral, y en ese umbral recibí un mensaje: la vida es una ilusión, un espejismo. No quiero decir con ello, sin embargo, que el entorno sea una mentira, no soy así de cínico; pero creo que el mensaje se refiere a que la única verdad es darnos la manos los unos a los otros para atravesar la neblina del mismo valle. Estamos ciegos y para atravesar necesitamos hacer una cuerda con nuestras manos para no perdernos el río.

    No sé si me doy a entender. Quizás solo entenderá quien haya asomado la cabeza por la puerta y haya mirado al otro lado.

    Me quedé pensando un ratito en las líneas anteriores y en silencio se terminó el segundo reloj de arena.

    Tres relojes de arena.

    Y el silencio ha sido tan largo que está a punto de terminarse el tercero. Así me he sentido estos últimos años, reviso pausadamente todo lo que escribo, y aún así lo pienso mucho, como si las palabras necesitaran el reposo. Ese monstruo de la pausa empezó a trasladarse a lo demás: pienso, mido, evalúo, calculo. Festina lente. Hago tantas cosas a la vez porque mi neurosis me acostumbró a vivir así, pero ahora las hago muy despacio. Y luego pienso en el futuro: no quiero que sea de otro modo, quiero hacer mil cosas en diez, veinte, treinta años.

    Tendré algunas semanas de tranquilidad para reponer las energías sociales. En ese tiempo, creo, me pondré a leer y a escribir. Jugaré en soledad, y luego, cuando me canse, la Nico y yo nos tiraremos al piso frío a dormir un rato. Mi amigo, Sangarcía, me dijo que ojalá fueran otros 40 años así y yo le dije que ojalá nomás fueran 25 porque esperaba, para entonces, ya hubiera métodos dignos de eutanasia. Lo dije en broma pero, si no quieres, no es broma.

    También tengo algunas esperanzas de que, para entonces, nos puedan colocar en paraísos simulados o probablemente tendré la sabiduría para decir adiós, para «soltar y perdonar», como dicen algunos tarados, gurús del rancio new age que a veces resurge de las sombras.

    Cuatro relojes de arena.

    Felices 41. Mejor cierro antes de que me ahoguen las arenas de un tiempo fársico. Gracias, primero, a mi familia: mi esposa y mi perra. Gracias a todos los que me han acompañado. Gracias a quienes salvaron mi vida. Y gracias a quienes, por razones inexplicables, decidieron caminar a mi lado o siguen presenciando este circo extraño. Nico se puso a ladrar. Es hora de irnos a perseguir olores.

  • Perrario

    La viejita de mi casa

    Veo a mi perra hacerse vieja. La Nico camina cada vez más lento. Tiene más canas y llora cuando se levanta porque su espalda ya se está quebrando. Seguido, cada quince días, cada mes, la llevamos a su terapia para que le duela menos. Ya está empezando la temporada de frío, le pusimos un suéter que la ayudará a mantenerse calientita y quizás eso ayude un poco. Hace unos años me di cuenta que la perra se está haciendo vieja y empecé una larga despedida; pero ahí sigue. Tengo miedo de creer, a veces sueño con que podría durarme toda la vida.

    El perrito estresado

    Hablo de un perrito que rescataron mis vecinos. Tiene las orejas puntiagudas pero una de ellas, casi siempre, está caída. Tiene los ojos muy abiertos y muy oscuros, pero brillan mucho, y parece que está a punto de llorar o que tiene un ataque de nervios. Por su cara, uno pensaría que todo el tiempo lo están regañando cuando en realidad lo quieren mucho. Cuando camino bajo la casa de mis vecinos, y alzo la mirada, ahí está él, asomado discretamente, mirando todo lo que pasa; pero si tus ojos se cruzan con los suyos, él esconde la cabecita, la desaparece detrás del borde, como pidiendo perdón por ser el investigador privado más chafa del mundo.

    El barba blanca

    Hay un perro que vive detrás de unas rejas y vigila la calle. Es gris, pero como también ya está viejito, cada día emblanquece un poco más. Sus barbas son completamente blancas. Se la pasa echado, con el hocico afuera de la reja y ya no ladra a nadie, solo mira. Cuando era un cachorro, fácilmente le echaba bronca a la Nico. Se le aventaba encima como si tuviera que proteger a toda la cuadra. No le tengo mala fe por eso. La Nico era una tragona. Quizás una o dos veces, habrá robado la comida que estaba predestinada para él, o para los perros de la calle. Una vez pregunté al taquero de la cuadra cómo se llamaba ese perro. Me dijo un nombre chistoso, pero no puedo recordarlo. Quizás era el trampas, o el cocas, o el barbas, o el chombas.

    Pardo y negro

    Tengo otros vecinos, un poco más adelante, que dejan afuera a sus dos perritos, uno Pardo y uno Negro. El Negro es especialmente de cuidado, porque le gusta hacer largos círculos para rodear lo que está cazando. Desde que “acabó la pandemia”, los coches circulan continuamente afuera de mi calle y Negro corre alegremente entre ellos. Tiene mucha energía, mucha vitalidad. Es como ver la carrera de un boxeador que eventualmente caerá porque se niega a retirarse; creo que un día lo van a atropellar. Pardo, como está viejillo, casi de la misma edad de Barba Blanca (son amigos), simplemente lo mira correr de un lado a otro. A veces se levanta para caminar a una de las taquerías y cazar la carne que se cae; Negro entonces se da cuenta y va con él, para ver qué se come. Comen juntos, luego caminan, se van a quién sabe dónde, quizás a cazar demonios o corretear fantasmas.

    Una jauría de tres

    En Cholula, no es extraño encontrar enormes jaurías de 11-15 perros andando por sus calles pequeñas, sus callejones de pueblo. Tampoco es extraño atestiguar cómo disminuyen las jaurías. Creo que podría salir un documental interesante de seguir a uno de estos grupos. Los perros, en comunidad, tienen una vida trágica: se pierden, son atropellados, son asesinados por algún chamaco, los borrachos o por su propia jauría (por el hambre o por un código interno que manejen) y, supongo que las menos veces, son adoptados. Hay una jauría de tres perros que suelo encontrarme en mis paseos, recuerdo cuando eran nueve, y luego disminuyeron a seis. Funcionaban como unidad, hermanos que se cuidaban los unos a los otros. Dos perros adelante, uno atrás. El perro de atrás solía adelantarse para ladrar a alguien, hacerle saber que su tropa estaba pasando, y los otros perros giraban las cabezas, los hocicos, y miraban aquello que era señalado por el explorador, el adelantado. Los dos perros de adelante podían unírsele, como para señalar que son el músculo. Pero ahora son tres y caminan uno detrás de otro, y luego se detienen a descansar bajo los árboles, y me parece ver, en sus ojos tristes, que pueden ver la sombra de aquellos que se quedaron atrás en el camino.

  • Una historia del poliamor

    Tengo uno que otro amigo poliamoroso por ahí, pero contar las aventuras de todos tomaría más que una sentada. Contaré solamente una, y aprovecharé para ordenar mis ideas sobre el tema. Hace unos días, platiqué con S y me contó de su visita a los calabozos (porque es aficionada a los fetiches, cómo no), su preocupación por no estarse topando con las otras novias de alguno de sus amantes, el drama del muchachillo de 31 años (porque los dos tenemos más de 40) y que su actual pareja disfruta de escuchar sus dramas con las otras parejas. Sin prejuicios, sin opiniones, nomás disfruté la charla.

    La disfruté tanto, que esa noche conté un poco de mis jóvenes locuras, además de una que otra indiscreción de S, en mi stream y una de mis visitas, muy joven, dijo algo sobre la cantidad de drama que podía haber en una de esas relaciones. Los jóvenes, quienes tienen una apertura mayor y envidiable de la que yo jamás tuve, navegan fácilmente en estos términos y son más abiertos a adoptarlos. Viven sus fantasías y exploran sus identidades con menos trabas de las que tuve yo, o las que tuvieron mis padres, mis abuelos. A veces me parecen graciosos, otras veces me parecen tiernos; otras veces creo que solamente son valientes y ridículos.

    Pero el drama que mencionó la muchacha, tenía los matices de los jóvenes, por eso aproveché para soltar mi palabra de señor: “ya el drama a nuestra edad es muy distinto”. Y nomás dije eso y se me salieron las canas, y los pelos de las orejas. Pienso que el drama a los cuarenta es una especie de deporte, una añadidura a los códigos de comunicación que hemos formado los zombies de mi edad. El melodrama lo tomamos como una explosión saludable y también como el inicio de un intercambio, una moneda que servirá para otra cosa más que una mera emoción.

    Yo, quizás, no lo uso de esa manera (el drama, para mí, se coloca en dos vertientes: la pérdida de tiempo y el chismecito sabroso), pero he aprendido a aceptarlo, especialmente, como una virtud o una rutina en la vida de los otros; aunque algunas veces me gusta contribuir porque me da un sabroso dulce qué mantener en la boca mientras estoy rumiando en alguna otra cosa.

    El joven drama tiene intensidad y sus límites rebasan fácilmente mi paciencia. Quizás porque los muchachos todavía están midiéndole a sus capacidades histriónicas.

    S me preguntó si alguna vez no habíamos tenido ganas de ser poliamorosos en mi matrimonio; miré la pared de mi oficina un ratito y le di un sorbo a mi café. Durante el cáncer, y poco después del cáncer, como estaba arruinado por los químicos, tuvimos un par de conversaciones que iban por ahí (para el terror de la Nico), pero que no se tomaron muy en serio porque yo estaba sometido por la enfermedad, los químicos y la biología trastornada. En cuanto al desarrollo y las conclusiones de dichas pláticas, como siempre, prefiero mantener un poco de misterio, pero mi pequeña aventura con la mortalidad sí me empujó a tomar decisiones, además de aceptar la verdad sobre algunos rasgos de mi vida.

    Puedo decir con seguridad lo siguiente: no tengo las energías, la habilidad o la capacidad para sostener dos relaciones totales a su vez, aún cuando un acuerdo hipotético lo permita. Creo que no tengo energías para sostener una media relación (adicional), siquiera. Inclusive, si me regalaran una almohada con una waifu bordada, tendría que guardarla en un cajón porque ver sus ojos grandotes de hentai me haría pensar que es mucho compromiso.

    Me gusta el ahegao cuando es sucinto.

    Pero si mi esposa se acercara un día para pedir que abramos la relación, bueno, haría un par de preguntas para anotar los acuerdos en un contrato misterioso, secreto, no me negaría. Una de las verdades que aprendí, y que puedo compartir sin problemas es que, de ninguna manera, he creído que ella me pertenece.

    Sé que la pertenencia es un código verbal cuando uno anda de fetichista (y a mí me gustan las cosas raras y los jueguitos complicados), también cuando uno anda de romántico o de tóxico, pero nada más; la pertenencia es parte del juego, pero la vida es otra cosa. Quizás uno pensaría que el matrimonio necesariamente debería tener esos rasgos; o digamos que también puede ser un rollo ritualístico, ceremonioso o, ya más loquitos, podrían inventarse algo de energías y que uno tiene posesión sobre las personas porque cuando se piensa demasiado en ellas le volteas los chakras y ya valió madre, te volviste metafísicamente responsable del otro para siempre, pero nada qué ver.

    Uno sigue desarrollándose, siempre, totalmente, de manera pasiva, continua y aunque no se quiera, paralelamente, a la otra persona (y viceversa). Y ese crecimiento determina, empuja y retuerce los límites. Cada tanto me detengo para preguntarle a mi esposa cómo se ha sentido conmigo y con ello platicamos sobre nuestro compromiso, y si debemos hacer algún cambio. Cualquier cosa que se dice entre nosotros está muy bien y seguirá manteniéndose en secreto, no se afirmará nada hasta que sea absolutamente necesario (creo en el poder de la discreción y el misterio en estas etapas donde el internet nos lo muestra todo).

    Basta decir que la Nico, mi basset hound, sigue durmiendo tranquila cuando le decimos que no tendrá papá, o mamá, o perrhijo adicional a quien prestarle nariz, orejas y panza moteada.