Autor: arbolfest

  • Largo

    Primero: con Saramago —creo que fue él—, aprendí a disfrutar párrafos largos que vienen a partir del pensamiento de un personaje; un monólogo a veces elegante, a veces neurótico. Cosa que no me pasó con Lobo Antúnes. Otras veces, mis alumnos parece que no saben pensar en párrafos más pequeños y eso me fascina: quiero tratar de entender cómo llegaron a la conclusión de que sus bloques-de-mucho-texto son el camino más fácil.

    Segundo: Lucky, una vez más Lucky, recibe el permiso de su amo para abrir la boca y decirnos algo. Cuando lo hace, entre ondas de radio, palabras de señores grandes y el cerebro de un palurdo, abre la boca y recita un poderoso flujo de consciencia; fragmentos desequilibrados de libertad y esclavitud.

    Tercero: uno de mis sueños es que algún día encontraré el lenguaje de un dios dormido; eso me parecen los personajes de Saramago: deidades que recuperan el lenguaje, avatares de lo cotidiano, reinventan el pensamiento mientras se cuentan el tedio de los días, el asombro de los pequeños descubrimientos. El párrafo largo es un buen ejercicio para descubrir el estilo propio, la voz que se esconde en algún resquicio de los órganos internos.

    Cuarto: el día que abras la boca nadie te podrá callar.

    Quinto: todavía recuerdo uno de los días más tristes de mi abuela, cuando la acompañé en la cocina y ella empezó a ventilar sus frustraciones, sus arrepentimientos. Fue un largo discurso donde la miré como un personaje que trataba de asir su memoria. La miré envejecer frente a mí, hacerse diminuta, se realizaba frente a mis ojos. Escuchar al otro le da vida. Escuchar al otro le da oportunidades de redención, de tomar el control de su propia historia, de reinventarse como se dé la gana. Escuchar al otro es descubrirlo y descubrirse.

    Sexto: una tarde leía El hombre invisible de HG Wells cuando llegué a uno de esos capítulos donde Griffin (es curioso: el personaje tiene nombre, entonces parece que el nombre le da la facultad de hablar, de tener largos discursos, el nombre parece darle acceso a lo divino) cuenta su historia. Se reduce la acción y su diálogo es largo, larguísimo, mientras quien lo escucha dice que, por sus palabras y sus gestos, es presa de una “locura homicida”. Hablar también es enloquecer. El monólogo interior o el diálogo liberado, entre más largo, abre más puertas a una oscuridad terrible, a un descenso del cual es muy difícil regresar.

    [Séptimo: para cerrar con esto, trato de recordar algún momento donde tuve un monólogo muy largo, casi imparable, pero no lo encuentro. Un momento específico de la neurosis, o del miedo. O un momento donde empecé a hablar conmigo mismo y ya no pude callarme. Un momento de descontrol. Durante los ataques de pánico, por ejemplo, no recuerdo palabras específicas pero tengo muy presente el martilleo: “tienes qué salir a caminar, tienes qué caminar todo el tiempo que sea posible o te vas a morir”. O hace unos días, cuando escribí sobre el dolor, tengo vagos recuerdos de mi voz interior durante esos 18 minutos, en la mesa del consultorio: “no voy a dejarme ir, no voy a dejarme vencer por la aguja que me está quebrando los huesos y me está chupando el líquido verdiazul del alma, no cederé ante el dolor, pretenderé que nada de esto está ocurriendo, incluyendo este impulso tan cabrón de huir, y de olvidarme de mi nombre, y olvidarme de todo este procedimiento cruel que sistemáticamente me está retando a despojarme de mi humanidad, de convertirme en el muñeco roto para el placer de los enfermos, los sádicos, los miserables”. Mi abuela está lavando los platos, me mira a los ojos y me dice, con la voz quebrada, que ella hizo lo mejor que pudo. Cuando recién me enteré de que me estaba muriendo, sonreí como Luffy de One Piece —cuando el payaso pirata lo atrapa en la guillotina— y me dije: “hey, estoy haciendo todo lo que puedo, quiero decirle a todos que lo siento”. Tienes qué salir a caminar, si no lo haces, te vas a morir. Recuerdo de Günter Grass, sus párrafos largos en primera persona que, según, tenía el sonido de un tamborileo. Recuerdo de Marcel Proust, un personaje le dice al otro, después de conversaciones intermitentes que pasan en un periodo de veinte años: ¿puedo hablarle de tú? Por supuesto, somos amigos, háblame de tú. ¿Eso es un monólogo interior? ¿Es un diálogo verdaderamente interminable? Me pregunto otra cosa: qué es la voz en la cabeza, de dónde sale y por qué se calla tan rápido. La voz en la cabeza es un personaje, es pensamiento artificial, de fácil equivocación e inexistente. Por eso da terror escucharse en la cabeza, hacerse consciente del animal interno. La voz en la cabeza es un monstruo, es un animal hedonista de pensamiento crudo. Lo mejor es encadenarlo, recordar que se tiene una educación —corrijo: pensamiento educado— para no escupir estupideces, vomitar lo primero que se piensa. Pero no tiene caso —esto que estoy haciendo porque—; no estoy liberando a ninguna bestia; escribir el fárrago del pensamiento propio no es lo mismo que despertar la voz de un dios dormido, es un truquito estúpido, la ilusión de los principiantes, mago que saca una liebre del sombrero. Si la voz en mi cabeza me ha hablado de usted unos veinte años, quizás convendría que ya nos habláramos de tú, aceptar que la presencia del uno y del otro es inexorable. Mejor el recuerdo de, por ejemplo, personajes míos que han intentado hacerlo (los personajes no son uno, pero son otros, lo que imaginamos es la otredad): un despertar de la consciencia, identificar que atravesaron el umbral dentro de su propio mundo de ficción. Eso sí lo reconozco, así puedo empatizar con estos sacos de huesos: durante los últimos años he atravesado tantos umbrales que me cuesta trabajo reconocerme. Y eso no está tan mal. Me vi al espejo esta mañana, por ejemplo, y noté la resquedad de mi piel, las arrugas, las ojeras cinceladas por el dolor y la angustia, y también por las demasiadas carcajadas porque me gusta reírme como un diablo escandaloso —estoy vivo o qué, putazos o qué, caballo homosexual de la montaña—; vi en ese rostro la promesa de Phillip Larkin de que todos nos haremos viejos y patéticos. Y pensé que era un vanidoso —definitivamente—, pero también un realista. Divertido, pude vislumbrar esa imagen de un hombre alto y orgulloso con la espalda encorvada, cayéndose por segunda o tercera vez, escapándose por última vez de romperse algo. Aun cuando sobreviví a algunas cosas, estoy condenado a morirme, a la decrepitud, a convertirme en un libro arrugado, humedecido, igual que mi perra vieja y adorable. Recuerdo de que alguna vez me dijeron que soy un libro que jamás terminaría de ser leído y me sonrojé, y no quise pensar más porque me sentí misterioso, enigmático, como si no fuera una maldita bolsa de trucos, el mismo cuento de ritmos y de barruntos. Ruido blanco de melancolía, de dolor y de júbilo, el maldito júbilo porque sino hace mucho (…). Recuerdo del libro de la almohada. Sei Shōnagon y la sencillez de los días a través de los ojos de las cortesanas, de la media noche, de una luz desvanecida que entra por la ventana y el escándalo de las cigarras. Ojalá tuviera el tiempo y la paciencia para leerla otra vez, y aprender de ella. Sei Shōnagon es una reina, es la maestra verdadera, una aspiración genuina. Eso no estaría nada mal, no lo está, tienes que caminar lo más pronto posible, síguete derecho, no te detengas o te vas a morir. Otro propósito del monólogo interminable: separar el espíritu del cuerpo, empujarlo suavemente como una bola de nieve que le va a dar el madrazo a un gato impávido que se le puso enfrente. Miau, miau, miau. Recuerdo de Lucky que a veces gruñe como un animal bendito. El gato amarillo de Prufrock. Eso debí pedirle a la inteligencia artificial para tener una imagen divertida en vez de una egirl medio enloquecida. Prompt: un gato pardo está a punto de ser atropellado por una bola con la forma de un basset hound en el estilo de una caricatura vieja. O como una piedra de Sísifo, esa piedra que a uno lo empuja a decirse: “sigo haciendo esto pero algún día descubriré el truco de los dioses y me escaparé de su castigo”. Cuántos años ha estado Sísifo en la montaña, empujando la piedra, creo que nadie sabría decirlo. ¿Qué pasa si al viejo rey, santo de las trampas y de las sonrisas locas, le da un ataque de ansiedad? ¿Se deja aplastar por la piedra? Y luego qué, se levanta, baja corriendo la montaña, toma aire y vuelve a empujar. Analogía de la vida. Sigue empujando porque de todos modos te vas a morir, te vas a morir.]

    Séptimo: si uno me viera, dirían que no estoy pensando en nada, pero luego verían mi sonrisa. “Quién sabe por qué enseña los dientes, la neta”.

  • Desvelo

    Desvelo

    Juventud: le puse a mi blog el nombre de Canción para el desvelo (otra vez), porque si algo me gustaba hacer cuando no podía dormir, era escribir. Me desvelaba mucho, escribía mucho. Alguna vez —en ese estado agradable que trae el dormir poco, porque uno piensa lento, y sin mucha resistencia— pensé que podía vivir de eso.

    Giro: la escritura, sin embargo, es vida. Escribir me ha mostrado nuevos oficios y modos de vivir; la escritura me ha mantenido vivo; la escritura ha vivificado mis múltiples ocios; la escritura también me ha alimentado pero nunca —quizás a veces me lamento de esto porque alguna vez pensé que la escritura debía ser una puerta a algunos placeres y vicios— en exceso.

    Adultez: entonces me desvelé más, publiqué algunos libros, gané algunos concursos, una beca FONCA, escribí pocos guiones (que se perdieron como lágrimas en la lluvia), revisé otros tantos, revisé proyectos ajenos que se ganaron becas y concursos, hice muchas traducciones, me enfermé, dejé de escribir porque enfermé, dejé de vivir de noche porque estaba cansado [tan cansado], me puse a leer el Quijote porque si me moría quería que fuera mi último libro, la enfermedad me empujó a escribir unas cosas bien raras [solamente de día], enloquecí, enloquecí un poco más…

    Ojos: pelados, bien abiertos. Tomas una o dos tazas de café, escuchas una canción interna, la del corazón; latido tras latido. Mientras pasan las películas viejas, en blanco y negro; miras como Dolores del Río es abrazada por Pedro Armendáriz y él dice: «te quiero, es que te he querido siempre», crees que puedes encontrar algo en tu interior que nadie más ha visto. La mentira es agradable.

    Despertar: como soy el Dungeon Master de una partida de DCC (parecido al Dungeons and Dragons, pero más caótico y divertido), soñé que tiraba unos dados y descubría el mapa a un laberinto. Pensé algo así cómo: «un momento, esto no es mío, es para mis alumnos, mis muchachos, mis sobrinos, mis hijos» y abrí los ojos. [¿Mis qué? Me va a dar algo, me caen a toda madre pero oye, aguanta vara]. Desperté. Supe instantáneamente que me había excedido con la cafeína, y que lo estaba pagando, porque a partir de ese momento mi cerebro no dejó de tirar dados para responderse las cosas más triviales. Y miré el techo durante unas horas, como lo miran los ludópatas y los arrepentidos. Después de un par de horas de pretender que estaba soñando, me levanté, fui a la computadora, abrí uno de esos documentos de texto, y empecé a escribir como si fuera un muchacho de 12, un muchacho de 21, un señor de 27, un señor de 34, un señor de 42…

  • Muros

    Muros

    Cuando la Nico se despertó, se relamió los bigotes y me aventó una de esas miradas desapasionadas, lacónicas, como si estuviera a punto de soltarme uno de los choros más grandes de su vida.

    Mi perra, una bufona tramposa, sabe que la mejor manera de captar mi atención es fingir desinterés para luego partirme la madre con una historia increíble.

    —Cuando duermo —dijo este animal de 300,000 años, cuyos ríos de baba destronaron dioses y destruyeron galaxias enteras—, uno de mis susños recurrentes trata sobre una pared de carne. Si alguien me lo pregunta, creo que es una formidable metáfora sobre el hambre, la saciedad y la enormidad.

    Pero más allá de las paredes, y una burda interpretación de los sueños, una pared de carne puede ser una cosa muy buena para un animalito como yo porque la mira y solo se necesita un hocico para acabar con ella.

    Es un alimento nada convencional, pero muy delicioso. Solo los tontos discriminan con esta economía. Además, tú no lo sabes, pero cuando tienes el alma de un perro vagabundo [aquí yo la miré mal y estuve a punto de decirle: “cuando has vivido en la calle, maldita perra melodramática”], no te vas a negar a una buena comida.

    Lo mejor de todo es cuando una pared de carne expulsa de sus ladrillos a estos seres diminutos; héroes de salami y de salchicha; carne de los monstruos y los demonios que la componen.

    Ya con hambre, saben buenérrimos, como las albóndigas de la abuela.

    [Entonces se quedó dormida.

    Y yo me quedé dormido a su lado.

    Y como me gustan las películas de horror, y los mangas de Junji Ito, cuando soñé con la pared de carne, esta serie de monolitos sangrientos que rompieron estruendosamente los suelos de un mundo verde y pacífico, no parecían algo delicioso o medianamente apetecible.

    Apestaban al infierno y a sangre, y parecían estructuras muy peligrosas, colosos de horror, como lo que soñaba Artaud en sus libros asquerosos.

    Di una media vuelta para huír, cuando escuché su poderosísimo ladrido: la perra corría escandalosamente, como una película que muestra una estampida de caballos, y era ella: una guerrera bufona y poderosa, la lengua de fuera y su mirada como un destello de estrellas.]

    Entonces, cuando los demonios empiezan a reír y creen que podrán coordinar sus poderes y sus habilidades psíquicas para deshabilitarte, confundirte y matarte, tienes qué preparar las garras y los dientes, y tienes qué estar dispuesto a perder algunos colmillos a cambio de una de las mejores comidas de tu vida.

    ¿Puedes verlo?

    Sí, míralo bien.

    Son ellos los que me tienen miedo a mí.

    [Me senté para admirarla, estaba arruinado por las huídas —soy un cobarde— y porque me saltó encima el demonio de los mil cansancios.

    La Nico capturaba con el hocico a cientos de diablos y de zombies, cientos de miles de monstruos y seres extradimensionales, además de los héroes impuros de los que ella alguna vez me platicó.

    La perra parecía hacerse más grande con cada bocado, sus orejas crecían y sus ojos enrojecían cada vez más. Pero luego descansaba, y se hacía pequeñita, diminuta, como la respiración de un niño, como si no se alimentara de este constructo de corrupción y de odio.

    Quizás ella era este vehículo de purificación. Una canción para redimir a los demonios.

    El muro, del otro lado, parecía tener una finalidad. Era como un caramelo interminable que milagrosamente se hacía más pequeño.

    Y masticaba, y masticaba, los hacía pedacitos con sus dientes, y los empujaba para abajo con sus garritas, y cuando sus enemigos trataban de subirse por su lomo o por su cola, ella volteaba para golpearlos con las orejas, sacarles la cabeza con los dientes y alimentarse de su sangre.

    La Nico de repente era un vampiro, o era un dios sangriento, o era esta figura terrible que descubrimos en las nubes, o era un dios volcánico ebulliendo generosamente para purificar la tierra.

    “¿Cuándo vas a saciar tu hambre?”, pregunté, ya harto de las vísceras y los olores, temiendo que eventualmente, cuando acabara con la aberración, empezara a comerse un cacho de realidad y de mundo, y la perra me miró y se puso a reír, y me acordé de esta canción ingenua que dice algo así como: “por qué la niña ríe en vez de llorar”.]

    Cuando la Nico se despertó, y yo me desperté a su lado, se relamió unos bigotes manchados de sangre y me aventó una de esas miradas desapasionadas, lacónicas, como si me hubiera enseñado una verdad.

    Fui por un trapo y le limpié el hociquito.

  • Caras

    Caras

    La perra, que había navegado incontables universos, eventualmente encontró a un personaje que tenía habilidades similares a las suyas.

    Primero creyó que era un hombre, después creyó que era una bestia o un monstruo y finalmente llegó a la conclusión de que se trataba de un avatar.

    El avatar de las mil caras; podía ser un dios olvidado, o un dios relativamente joven. Sea como sea, las divinidades son estas existencias asquerosas que reclaman la atención de sus creyentes y no dejan de bramar hasta que uno les hace tantito caso.

    Y cuando este dios en particular consiguió un poco de atención, un poco de cariño, explotó en miles de universos a la vez, e inevitablemente se fermentó una fe por este extraño organismo de cables, de pantallas, de las fotografías de los muertos o los que no han nacido.

    Fotografías de gente inexistente generada por algoritmos, por el robo de la imaginación.

    Un dios de mil caras.

    Miles de millones de organismos pronunciaron el nombre del vagabundo de los mil rostros. Surgió en distintos mundos para siempre interpretar la misma escena: seguir, acompañar o perseguir a una mujer de vestido blanco.

    Pero la perra, una basset hound gorda y adorable, que había aprendido a perseguir el rastro de esta escena que parecía repetirse infinitamente, lo único que encontraba igual en todas sus variantes era la monstruosidad de aquella divinidad.

    La mujer no siempre era la misma, no era un alma específicamente condenada, pero Caras escogía a una mujer para convertirla en una variante donde surgía una oscura esperanza, el descontrol o el verdadero terror.

    —Es el inicio de un ritual para los héroes oscuros —pensó la perra un día que se sintió inusualmente filosófica.

    La ciudad que habitaba era, a veces, futurista, oscura, pixélica o tenía colores muy alegres.

    En algunas variantes, las extremidades del hombre estaban tan desesperadas que había enraizado de manera incontrolable para violar la realidad de una ciudad, tomando así control de las calles, los monitores y los habitantes.

    La perra, que más o menos era una buena persona, prefería evitar estas ciudades y pensaba:

    —No me voy a meter en esto, soy solo una perra, qué puedo hacer. No voy a salvar a otros. Que se jodan.

    [Y luego pensaba en voz muy bajita—: a mí nadie me salvó, a mí nadie me acompañó durante mi dolor.]

    Yo, que conozco a una basset hound gorda y adorable, muy parecida a ella, no la culpo.

    Cualquier perro que ha vagado durante mucho tiempo, que ha ignorado su vejez y que, hace tiempo, igual que un hueso olvidado, abandonó la verdad de su origen, merece un justo descanso.

    Merece, pues, seguir escapando de la muerte y vagar hasta que verdaderamente se canse de vivir.

    Pero un día, como suele suceder, este avatar se fijó en la presencia de la perra y acercó sus mil rostros a la cara de una perra triste y deprimida.

    Y ella, francamente asustada por toda esta energía impura, dio una mordida salvaje y arrancó algunos de sus rostros.

    Hizo lo correcto, su naturaleza la empujó a ello, a escoger la vida porque si no el vagabundo de las mil caras habría intentado robársela para diseccionarla y tratar de entender cómo funciona ese corazón animal y luminoso que reconocía las mentiras que lo componían.

    Entonces la perra huyó, huyó entre miles de estrellas, galaxias, planetas, paraísos e infiernos. Cuando tuvo un momento para respirar, en la cueva de un planeta dorado, escupió unas veinte pantallas con caras que se apagaban al instante.

    Había herido a un dios.

    Lo había desafiado.

    Qué esperanzas podía tener ahora.

    Entre esos rostros estaba el rostro de su padre. No la cabeza perruna de su padre biológico, un basset hound gordito y amable, al que quiso mucho y jamás olvidaría, porque durmió acurrucado a él cuando recién nacida y se lamieron mutuamente las orejas, al menos, unas dos horas seguidas para limpiar la mugrita y porque sabían bien ricas.

    Pero recordó a su otro padre, el hombre que la cuidó hasta que un día se murió y prefirió olvidarlo porque le dolía mucho, y el dolor fue tan grande que un día quiso buscarlo con su nariz para desafiar la ley universal de la muerte.

    Entonces se preguntó cosas y se quedó dormida sobre las faldas de un cometa.

    —Voy a olvidar todo eso que acabo de vivir —pero no pudo.

    No pudo porque estaba triste.

    Y no sabía decir exactamente por qué.

  • Muchacha

    La muchacha, extrañamente, despierta de un sueño y se descubre en un vasto campo de flores: dientes de león, girasoles y tulipanes. Curioso, piensa, pero no sabe exactamente por qué. Trata de no darle importancia porque sabe que es una pintura, también reconoce que su existencia anterior fue determinada fallida. Toma una flor, toma dos flores, una de sus manos tiene detalles. Le sobran dos dedos. La mano está deforme. De inmediato se da cuenta y antes de que ella pueda gritar

    La muchacha despierta bajo la sombra de un olmo. Está inquieta, el aroma de las flores apenas puede tranquilizarla. Sabe que es una pintura, sospecha que tuvo una existencia anterior; surge un presentimiento de que esta será la última variante. Nadie la obligará a colocarse de nuevo, a reinventarse como este pastiche de artistas verdaderos. Se equivoca pero todavía no lo sabe. Se recarga contra el árbol pero hay un error de perspectiva, dos sensaciones muy raras: tiene un codo en el tronco y tiene uno en el aire, cuando se percata que tiene dos brazos derechos, abre los ojos y casi

    La muchacha despierta porque una mariposa se posó brevemente en su nariz. Desconfía del animal pero no sabe que su desconfianza es por todas sus resurrecciones. Mira los patrones de sus alas, cuenta sus patas, pero no sabe exactamente qué errores está buscando. Un diente de león, del tamaño de su cara, parece mirarla a los ojos. ¿Tiene ojos? No es raro, quiere decirse, ella es parte de una pintura, debe haber subjetividad, visión artística. Contempla estos términos muy complejos que hacen mal el trabajo de tranquilizarla. De pronto, ella se dice que no es un grotesco sueño que muere y revive, muere y revive; no es este grotesco sueño que desaparece con un click para repetirse con ligeros cambios. Cierra los ojos. Toma aire. No sabe cuántas veces más reaparecerá aquí pero de pronto siente que han sido más de veinte, más de cincuenta. Tal vez han sido millones. Quiere gritar pero se queda suspendida. Y no puede más, alguien se lo impide. En mucho, mucho tiempo, nadie reiniciará el sueño. Quien la diseñó buscaba esto: su imagen suspendida en una angustia silenciosa. La perpetuidad de la locura. Justo descubre que le sobra un dedo, espera que alguien se dé cuenta.

  • Amuletos

    Amuleto del basset hound: aumenta la potencia del sentido del olfato, tanto, que a veces será insoportable. El olor propio parecerá una carga, pero una vez dominado, el amuleto guiará a lugares inesperados donde se puede comer muy rico o mostrará caminos interesantes qué recorrer, especialmente aquellos con un vago olor a azufre. Algunos clientes compraron este amuleto y descubrieron puertas ocultas que los llevaron a otros mundos. Mundos donde jamás perdieron lo que más querían, pero también mundos donde eso que más querían, nunca los quiso. Es probable que el amuleto te aleje de casa, y te lleve directo a los brazos de una muerte cósmica y esencial, pero se cree que el conocimiento adquirido vale mucho la pena.

    Amuleto del árbol caminante: quienes usan este amuleto, se convierten en enormes árboles enraizados en cualquier momento del día escogido por el capricho de un algoritmo azaroso. A veces dura una hora, a veces es permanente. No importa dónde estén, tampoco importa si es de día o de noche; sus raíces hacen agujeros en la tierra, en el concreto, en el aire, en los coches o los camiones que están andando. Suena un poco inconveniente, pero algunos beneficios son innegables: cambian los alimentos por oxígeno, luz de sol, un poco de agua. El cabello se les queda verde y su piel se hace de corteza. En la corteza queda algún testimonio de que fueron personas: una cara, una extremidad, algún órgano.

    Amuleto del glitch fantasma: quienes usan este amuleto creen que todo va muy bien, confían en que este será su día, y luego se les dificulta entender por qué la gente los mira con tanto terror.

    Amuleto del laberinto tecnocrático: un laberinto portátil; el usuario, cuando está harto de la realidad, puede invocar un espacio de su propia invención y perderse en adentro, como si viviera una simulación —más o menos— controlada. Eventualmente esta ficción, para curar a su propio usuario, representará la realidad abandonada a lo largo de los años: el estudio, las responsabilidades, las deudas, los hijos, el hogar inalcanzable. Entonces el mismo laberinto proporcionará, una vez más, el amuleto de la segunda ficción digital. El usuario puede activar el amulento simulado para perderse en un laberinto nuevo y recomenzar el deleitoso proceso de la huída. Podría hacerlo de manera infinita, extendiendo cada vez sus periodos de sueño, de vidas, a no ser que desafortunadamente se encuentre con un usuario que utiliza el amuleto del glitch fantasma; si eso ocurre, probablemente ambos usuarios se anularán mutuamente y transmutarán en errores de sus respectivas simulaciones, cancelando los universos a los que pertenecen.

    Amuleto del cacto monstruoso: igual que una bola pokémon, cuando estés harto de alguien, aprieta el botón de tu amuleto, aviéntaselo a alguien y sal corriendo. Aparecerá un cacto mutante (no, no se llama Bob) que destruirá a todos los seres vivos en un radio de 20 metros. El cacto está diseñado para escoger la mejor manera posible: ya sea repitiendo sus palabras en un tono más agudo mientras hace un bailecito estúpido, ya sea lanzando un centenar de espinas para provocar la muerte de los mil cortes o ya sea seduciéndolos para —en sus palabras— meterse muy adentro de ellos y mostrarles el verdadero dolor. Es el preferido de los masoquistas.

  • Dolor

    Dolor

    Me asusta, por ejemplo, que desde hace unos años conozco bien el tema del dolor.

    El dolor físico.

    Puedo recordar, por ejemplo, la aguja que metieron para sacar el líquido cefalorraquídeo de la médula.

    Primero me advirtieron que no me moviera. Y yo pensé: “será fácil, solamente pensaré en otra cosa”.

    El evento, para mí, fue como un sonido grueso, creí escuchar como algo había quebrado la columna vertebral y por el sentimiento tan extraño, como si una criatura hubiera penetrado mi espalda, apreté los dientes y apreté las manos.

    Jamás había sentido algo así. No podía pensar en otra cosa. Mi cerebro era ruído, pero un ruído muy enfocado alrededor de todo el dolor, justo en ese punto, justo donde la aguja estaba rascando.

    Como el pizarrón que rasca un profesor que te odia.

    He catalogado las sensaciones, es un documento grueso, es un caos cerebral muy particular que no se ha repetido y que espero no se repita nunca.

    Recordarlo, perseguirlo, es un ejercicio que hago de vez en cuando.

    En este preciso instante lo estoy recordando, aunque pienso que no debería. Siempre es lo mismo.

    No entiendo exactamente por qué insisto. En algún lado de mi cerebro, pienso que debo enfrentarlo, así como debería enfrentar muchas otras cosas. Quizás porque me siento como el pendejo de Batman, o un Sherlock Holmes medio chafón. Palpar el dolor, y su recuerdo, cuando terminen, quizás, me mostrarán una de las caras de la felicidad.

    Recuerdo porque ese dolor en especial me ayuda a disfrutar más de la vida.

    La doctora le comentó al enfermero: “creo que vas a tener qué ayudarlo a quedarse quieto”, y el enfermero me agarró de una pierna, estaba muy grande para él, muy bruto. Me sentía como un animal que estaba enfureciéndose y que iba a romper algo.

    No me iba a mover.

    No iba a sentirme derrotado y entregarme al animal salvaje de mi cuerpo por una agujita que estaba como cuchillo sacándome una cosa extraña de adentro, uno de tantos líquidos que configura mi biología.

    Pero entonces la doctora se quedó muy callada, muy quieta, tomó aire y dijo: “respire profundo porque todavía no lo alcanzo”.

    “Muy poética, doctora”, pensé.

    Era muy bonita, de cabello largo y piel muy blanca, pero un semblante un poco nervioso. Entendí, años después, que ella odiaba el procedimiento tanto como yo. Tanto como las decenas de pacientes que atendía al día. Pero si no me equivoco, solo algunos doctores hacen esto porque se necesita precisión, y aguante. Entonces, así como yo, de acuerdo a mi conclusión de existencialista de consultorio: la mujer estaba rompiéndose como yo.

    Volvió a rascar una vez más; “no es una aguja, es una maldita cuchara”, pensé.

    Sentí, por primera vez, que podían tocarme el alma con un instrumento.

    Y entonces me puse a llorar. El enfermero colocó gentilmente sus manos sobre mis muñecas.

    Cuando lees sobre alguna tortura, por ejemplo, puedes pensar que es aberrante, terrible. Pero cuando no te han torturado, vives en esa conceptualización. Imaginas que lo es, y consigues formular algo parecido al asco. Puede que haya un espasmo físico de imaginarse un dolor de huevos, la primera cuchillada de las mil o la oreja arrancada de Tarantino en Perros de reserva.

    He aprendido aceptar que mi dolor no se acerca al de una tortura, pero de todos modos, es esta aguja que rasca, y que puede rascar durante mucho tiempo, y que te enseña los verdaderos límites.

    Cuando salí del consultorio, me dijeron que fueron solamente 18 minutos. Pero bueno, este dolor, de este evento aislado, tiene su contexto dentro de los miles de dolores que viviría durante unos dos años.

    A veces, cuando tomo mi café, y me esfuerzo durísimo en pensar en otras cosas, imagino que le doy una calada a mi cigarro imaginario y me digo que el dolor también es un maestro. Uno de los verdaderos.

    No es el único maestro, pero es uno bien escandaloso.

    Poderoso, vamos.

    Sí, poderoso.