Autor: arbolfest

  • Joker

    El fin de semana me hice un licuado de plátano con chocolate, igual, como mi abuela me los hacía para desayunar. Y tan pronto di el primer sorbo, como una maldición proustiana, me puse a recordar.

    Recordé una sucesión de licuados de plátano con chocolate, uno tras otro, aquel de 1989, otro en 1992, uno más en 1994 y todos los de 1996 porque cada uno de ellos fue particularmente memorable.

    Quiero hacer una desviación para contar unas cosas de 1989: me compraron mis primeros tenis PANAM en una tienda Canadá, vi Batman en el cine y me pareció espléndida, me compraron el comic en inglés y lo traduje con diccionario, y me enseñé a leerlo. Entre los cuadros que más recuerdo, son las mujeres que respiraron el SMILEX y murieron con una sonrisa. Quizás, por eso, le pedí amablemente a Midjourney que fabricara este sueño.

    Hace unos días, mientras platicaba con alguno de mis alumnos, le dije que los señores nos hacemos rancios y lloramos fácilmente por cualquier cosa.

    Recordé a Residente, Calle 13, y puse dos canciones; del disidente musical que cantaba eso de “atrévete, súbete la minifalda”, a un midforties dude que canta: “puede que la tristeza la disimule pero estoy hecho de arroz con gandule.

    Qué es eso de arroz con gandule. No lo sé muy bien, pero sí me suena a comida triste, apishcaguada; algo lamentable. Cada vez que se lo escucho a Residente, siento que lo quiero abrazar y decirle: hey, hey, no eres el único señor rancio que se pone estúpido y cursi.

    El destino de todo reguetonero es cantar para sus hijos.

    Estoy hecho de leche, plátano y chocolate. No creo que esté triste o melancólico, pero nostálgico. Me parece importante notar la diferencia, aunque sirve de poco.

    Este, a diferencia de los anteriores, es un ejercicio de escritura sencilla. Quizás es honesta, aunque me guardo algunos detalles desnudos, de una felicidad inconfesable. Es cierto que navego continuamente en la nostalgia, a veces caigo en la tristeza y siento cómo el corazón se me rompe un poco, pero también soy prisionero de una felicidad animal.

    El problema de este ejercicio es que no cuenta nada, pero está bien, supongo que no todo el tiempo deben de contarse cosas. Algunas veces, solo vale quedarse en silencio, prender un cigarrillo imaginario y ver a la luna por la ventana.

    A ver si mañana me compro unos plátanos.

  • Escapante

    Escapa, escapas, escapo.

    [No voy a regresar, perrito, ¿puedes decirle a mi familia que ya me voy?]

    Por qué dejarle la carga a un animal, aquella mancha amorosa y carmesí que navega los tejados y sus ojos reflejan una de las medianoches destinadas —una luz que no se apaga—, [los animales duermen sobre el lomo de la bestia.

    Se acercarán como un espíritu, dirán que todo está bien, pero recuerdas el reloj estático del abuelo, las ropas remendadas de la abuela, la pantalla estrellada del celular de tu madre;

    —no sabes cuánto han caminado tus viejos para llegar a ti—.

    sabes que los animales duermen entre la basura, su cama son los restos de otros, de los niños, se alimentan de insectos, de las alimañas y de los microplásticos.

    Sabes].

    —En el baldío de la medianoche los perros siguen marcando los caminos de un laberinto—.

    El pasto muere donde caminan los que no duermen.

    La respiración de quien escapa es un sonido divino, es un sonido aberrante y prohibido.

    [Escape: muerte o libertad, celebración o funeral —¿no es el funeral también una celebración?—, verde o rojo.]

    Cuando camino a casa, bajo el calor sobrenatural de estos tiempos, recuerdo que caminaba las afueras de la ciudad de noche —me da un poco de frío, igual que personaje argentino, e imagino los temblores y los mocos, y pienso en los besos de Gretchen, y me pongo a jugar con los clavos y con la vida de otra persona—, y a pesar de las bestias y de los autos, a pesar de que algunas veces escapé para que no me navajearan, la libertad era intoxicante.

    [Caminante recuerda que camina.]

    Escapar es cuando la cabeza huye del cuerpo hacia la memoria.

    Caminas a un lugar, pero estás escapando.

    [El primer consejo que le quiero dar a mis amigos, a mis hermanos, a mis mascotas, a todos mis seres queridos: escapa.

    Tengo el escape en la punta de la lengua.

    Sueño con túneles para quebrar el laberinto, romper sus reglas.

    Sigues el rastro del perro, el sabueso se sabe todos los trucos pero nunca abusa de ellos porque desconoce el hambre y la malicia.

    Corres tras de él: libertad o muerte, verde o rojo.

    Corres tras de él: la respiración del escapante es un sonido divino.]

    Escapa, escapas, escapante.

  • Artistilla

    Artistilla

    Primero: para encontrar ideas de prompts, entré a diversos grupos de Facebook y algunos subforos de reddit. Además de los textos para generar imágenes, en los comentarios habitualmente puedes encontrar que algún lerdo comienza con la diatriba habitual: “es que el prompt es mío/tuyo, es mi/tu arte”. Y luego alguien más le sigue con: “exacto, vino de tu cabeza, tú lo tallaste, ese arte es tuyo y estás en tu derecho de ponerle una marca de agua, reclámalo, sin ti, esa pieza no existiría”. Es un tanto vergonzoso, se ponen cursis y megalómanos, como los artistillas verdaderos. Quizás un distraído, de intenciones un tanto insípidas, dirá que eso es una mentira porque los términos legales de la mayoría de estos sitios establecen que todo arte generado por la inteligencia artificial es público. Pobre. Lo acaban. Y ni siquiera dio un argumento pensado, nomás les aventó los términos y condiciones. Pero nadie toca el tema del lenguaje; para hablar con un generador de imágenes debes hacerlo como si fuera estúpido.

    Segundo: quizás, la aprensión de llamar ARTE a la mayoría de estas composiciones, viene del éxito del lenguaje: puedo decir una estupidez —o un pienso medianamente trabajado, cuando se tiene algo de práctica, cosa que habitualmente pasa si uno escribe, y publica, y habla de cosas— a un bot y este bot responde de maneras muy estimulantes; te da lo que necesitas: texto, imagen o consuelo. En reddit he encontrado complejísimos sets de instrucciones para convertir al ChatGPT en tu psiquiatra, tu maestro de filosofía o un asistente virtual dispuesto a tener “estimulantes, delirantes y apasionantes conversaciones contigo”.

    [El mercado de los bots sexuales está imposible. Salen mil nuevos cada día y seguramente están alimentados de toda la porquería que vive en el internet desde el tiempo de los newsgroups, el underdark de los antiguos. La perversión del amigo imaginario, aceptar que la imaginación ha fracasado porque buscamos emoción, respuesta, a través de deleites burdos y procaces. Ojalá, siquiera, se acercaran un poco a este letrero neón enorme que nos pregunta si nos sentimos solos esta noche.]

    Tercero: lo que llamamos una inteligencia artificial es ese amigo imaginario que nos daba todo lo que necesitábamos: un confidente, una compañía, un maldito esclavo que está urgido de querernos solamente a nosotros. Una ilusión muy necesaria para convertirnos en el jefe de jefes, la cosa más importante de la habitación. La defensa del escupitajo, el Frankenstein que proporciona la inteligencia artificial para darnos placer, viene a partir de defendernos a nosotros mismos. He conseguido crear a través del lenguaje, ya no puedo abandonar este barco. Defender el resultado es un compromiso con mi imaginación, con la capacidad de mi lenguaje.

    Cuarto: cualquier persona que llama arte lo que hace con una inteligencia artificial, debería tener más fe a su propio lenguaje y quizás practicar, habitualmente, contarles historias a los otros. Así, supongo, podrían deshacerse de esta estimulación francamente falsa, pero que puede ser muy poderosa. Son personas que ven, quizás, de una manera muy cruda, los primeros poderes de su imaginación. Y, sin embargo, en otro lado, he visto que algunos escritores ocupan la inteligencia artificial para hablarse a sí mismos, reconstruirse, establecen una frontera cyberpunk que puede llevarlos a quién sabe dónde. No me parece muy artístico, pero me parece una curiosidad, una mirada lúdica a una herramienta que terminará con la cotidianidad y nos habituará, cada vez más, a hablar para expresar la imaginación, y exigirle a la imaginación que nos regrese, pues, a ese amigo que no solamente se desvivía por nosotros, pero que a veces nos mostraba el reino de lo divino, los tiempos inocentes y benditos.

    Quinto: por curiosidad, le metí un tarjetazo a Midjourney para tratar de entender a otros ingenieros de imágenes o ingenieros de prompts [los considero términos más apropiados, véase cómo un ingeniero se siente insultado cuando se le llama ingeniero a quien no lo es], y de vez en cuando le subo imágenes de internet para que intente explicármelas y después replicarlas. Disfruto, sobre todo, cuando subo imágenes de dominio público: patrones, fotografías, grabados. Midjourney los reinterpreta con el cúmulo de estilos con los que está alimentado (sí, robo tras robo, ¿pero no es deliciosamente irónico cuando se usa material genuinamente viejo, material con el que lo educaron primero?).

    Sexto: son muy extraños los términos que usa Midjourney como etiquetas para englobar diversos estilos en uno solo: animecore, junglecore, “I can’t believe how beautiful this is”, playfully intricate, death burger (?), otherwordly visions, glitchpunk, glitchcore, cityscapes, artgerm, snailcore, karencore, asian webcam portrait, reefwave, weirdcore. Si quieren un tip extraño y que terminé descubriendo porque me pasmaba ver una oración tan grande, si utilizan el “I can’t believe how beautiful this is”, 7 de 10 veces, les pondrá una mujer de amplias curvas en algún lugar. Me imagino que eso también es culpa de un ingeniero. O de un artista, un verdadero héroe sin canciones.

  • Mapas

    Mapas

    —Eres una broma —dice el pequeño asistente virtual—, abandona tu misión; es imposible, tu especie no tiene el suficiente tiempo de vida para las ambiciones que forman en su cabecita.

    Bla, bla, bla.

    El asistente virtual es una esfera holográfica que vuela continuamente de un lado a otro y dice puras tonterías.

    Se ve translúcida, como un glitch del medio ambiente, una variación de luz intermitente.

    Algunas veces se pierde durante horas, y días, y después me siento muy sola porque nadie me habla. Quizás está programado para torturarme, la motivación a través de la crueldad. No recuerdo quién lo puso aquí; no recuerdo cómo llegué aquí. Pero tampoco me quejo mucho. Tengo una vida sin eventualidades, una vida hermosa y predecible.

    Creo que si el asistente virtual fuera mínimamente competente, habría entendido hace mucho que no estoy dispuesto a escucharlo.

    —Alvin, pon música de Tchaicovsky.

    —Claro que sí, perdedora

    Alvin no me obedece y pone ruído blanco en una frecuencia un poco aguda. Sus sensores fallan, como siempre, o quizás nunca instalaron componentes avanzados (hago una pausa para preguntarme cómo sé esto, de dónde salió este conocimiento… ¿intuición?), de lo contrario, Alvin ya habría entendido que nombro compositores y músicos específicos para que coloque los ruidos que yo quiero, o bien, cuando pido ruido de fondo, pone la música que me gustaría escuchar.

    Abrazo mi libreta de bocetos, camino hacia una de las ventanas y miro el universo.

    A través del instinto construyo mi propio mapa. Creo que mi mundo interior me empuja a mi propósito, el de construir un mapa verdadero del universo. Y este es mi último acto de amor.

    Saco un carboncillo de mi saco y empiezo a dibujar. El acto me ayuda a entender lo que estoy mirando, me da esa falsa ilusión de que puedo resolver cómo las estrellas se conectan las unas con las otras.

    —Qué bonito mapa —dice Alvin, siempre dice lo mismo—. Es un mapa construido por una inteligencia artificial alimentada con las intenciones y el conocimiento de los antiguos. Pip, pip, pip. ¿Te gusta cómo hago mis propios sonidos? Fui programado con una voz agradable para eso. Los antiguos saben un montón de cosas, son seres respetables y muertos, hechos polvo, polvo de siglos, siglos de los siglos, pip.

    No le respondo porque si lo hago nunca se irá.

    Tiene razón, tiene una voz agradable pero cuando hace el pip, pip, pip, me crispa los nervios.

    —Pip, pip, pip. El espacio negativo lo llenan algunos papers, algunas existencias.

    Gracias, Alvin.

    He navegado durante décadas en mi nave espacial, le puse de nombre La Rompedora, aunque a veces dudo que lo sea —qué va a romper en este infinito inexorable—, porque el vacío, algunas veces, parece muy negro y definitivo.

    Otras veces, mientras navego, parece que estallan las luces y el universo despliega sus estrellas, como una tela, y siento el impulso irrefrenable de dibujarlas a todas porque puedo verlas cómo los lineamientos de estas figuras, estas deidades, que actúan para mí en el teatro íntimo, mi propio show secreto.

    Raras ocasiones veo planetas a una distancia considerable (pero creo que es monstruosa porque si recordamos las leyes de la física…) y ellos no me jalan, pero me repelen, como un estallido de gravedad que como un latigazo me aleja cada vez más de casa.

    ¿Cuál es mi casa? ¿Hacia dónde debo ir para encontrar mi planeta? ¿Por qué quiero encontrar un hogar cuando tengo un propósito?

    Limpio mi rostro, pero acabo llenándolo de carboncillo. Puedo sentirlo. El sabor me hace sonreír.

    Una vez más me ha desbordado un sentimiento extraño.

    —Alvin, pip, pip, pip, dime bonito, ¿a cuántos años luz estamos de casa? ¿Me puedes contar la historia de dónde venimos?

    Pero Alvin ha desaparecido. No sé cuántos años tardará en regresar. A veces son días, o minutos, me gusta exagerar porque últimamente me siento triste y nadie está para consolarme, ni siquiera la presencia estúpida que repite sus cosas. Me pregunto si alguien se pregunta por qué estoy encerrada aquí, por qué he llenado libretas y cuadernos de bocetos de un universo que claramente no me quiere, el universo al que no le importo y me rechaza continuamente.

    Bajo a las cabinas.

    Las cabinas de la derecha están llenas de cajas con mis bocetos. Los he organizado minuciosamente por fecha y cuadrante. Si alguna vez, alguien recupera mi nave, estoy segura que podrá reconstruir el mapa que he construido durante todo este tiempo. A veces creo que fue dios, el único y verdadero; dios de las mil caras, que puede ser todos los dioses.

    Las cabinas de la izquierda están repletas de cuadernos blancos y carboncillo. Alguien me ha dado esta misión.

    También me han dejado cigarrillos. Entro a una de las cabinas, rompo una de las cajas para sacar una cajetilla, la abro, busco mi encendedor y prendo uno.

    Camino de un lado a otro de la nave, continuamente se encienden estas luces rojas que me advierten sobre los peligros del fuego. No solo me divierte imaginar que algún día se desaparecerá el trabajo de mi vida, pero también que yo misma puedo estallar en llamas.

    —Alvin, ¿dónde está dios?

    —Dios estalla.

    La bolita holográfica reaparece para seguirme mientras fumo, pero no dice nada más. Está misteriosamente callada, como si una profunda tristeza, una tristeza oculta, se hubiera adueñado de ella. Quisiera abrazarla, darle un beso en sus cachetes de luz para hacerla sentir mejor como a mí me habría gustado sentirme, pero décadas atrás me rendí de las caricias, del afecto que puede darme este o cualquier otro constructo diabólico.

    —Mira… —dice Alvin.

    Le hago caso y cuando me asomo por una de las ventanas, veo unas constelaciones lejanas. Están naciendo justo en este instante. Son espléndidas.

    Parece un perro enano y orejón mordiendo el lomo de una hidra, esta serpiente que tiene más de mil de caras.

    Tiro mi cigarrillo y empiezo a dibujarlos.

    He dibujado cientos de montruos y de bestias, he dibujado a todas las heroínas y miles de dioses oscuros y diminutos.

    —Pip, pip, pip. ¿Alvin, recuerdas dónde está nuestra casa?

    Pero Alvin no responde, ha desaparecido —para siempre, otra vez—, y misteriosamente entiendo que estoy dibujando el final de nuestra existencia.

  • Sebastián

    Sebastián

    —Escúchame bien, Sebastián. Tienes qué atender los ritmos.

    Él no es mi abuelo, suena muy parecido a él, quisiera creer que se trata de él y que no ha muerto, que no me ha abandonado en este mundo oscuro. A veces puedo verlo, es como una ilusión, un fantasma.

    Tengo esta palabra en la punta de la lengua sobre el abuelo: constructo, no ilusión o fantasma, me corrijo: es un constructo. No creo que su origen sea mi imaginación o mi consciencia. Es un pulso externo. Lo que desearía que fuera mi abuelo; lo que la televisión dicta que es un verdadero abuelo; los recuerdos de uno; el concepto de uno.

    Me pide que vigile los ritmos porque el abuelo ha nacido como un resultado de un doloroso ruido blanco.

    Pero si fuera el abuelo, de compas, quisiera responderle por qué dice esas pavadas.

    Lo hemos perdido todo, pero seguimos en el juego.

    Supongo que no ha conocido otra vida, y que debe seguir haciendo lo que le piden incluso ahora, cuando se ha transformado en el personaje de este cúmulo de ficción aberrante.

    —Tienes qué atender los ritmos, Sebastián —dice.

    Me muerdo los labios.

    Cualquier mundo tiene ritmos, los altercados, los encuentros. Topas a una mujer, a un chavito, a un perro, a un gato y juegas un papel misterioso que te empujará a pedir cosas. Llamarás al gatito, por ejemplo, y él se acercará a ti, y le acariciarás la pancita, y pensarás que eres misteriosamente feliz porque conseguiste reconocer tu propia presencia en un mundo de ilusiones.

    Trato de atender a mi respiración, a los latidos del corazón, a la manera en que las luces del pueblo se apagan y se prenden, el pulso de un corazón difuminado, a las ráfagas de aire marítimo que gentilmente acarician el rostro y refrescan un poco a pesar del calor, el calor interminable, pero es que la peste, dios mío, la maldita peste.

    A qué ritmos se refiere el maldito viejo.

    Ojalá que se muera pronto.

    —Sebastián, las moscas no pueden hacer sus vuelos si no las dejas dormir.

    Miré una mosca el otro día; quizás a eso se refiere el constructo del abuelo.

    No siempre vuelan, algunas tienen sus ritmos graciosos, o peligrosos, porque aterrizan en los techos y de repente les pega una ola de calor, y como el calor está durísimo, y nos está hirviendo a fuego lento adentro de esta olla de presión como lo es el concreto y el cielo negro, puedes ver cómo estos huevos alados y negros se transforman en estas torpes entidades que olvidan para qué sirven las alas, y se ponen a saltar, y parece que las patitas se les están derritiendo porque aterrizaron sobre metal en vez de teja, y empiezan a consumirse.

    —Sebastián, atiende los ritmos, mira la televisión.

    Desde que miré la televisión, ya no puedo dormir.

    Aparecen en mis sueños horribles imágenes de lugares que son muy fríos y que jamás han recibido la peste de los mares, de lugares donde sí crecen los árboles y dan una sombra laberíntica, fractálica, y los osos y las madres crueles resucitan de estas sombras, y cazan a los hombres, se los comen extremidad por extremidad, mientras se bañan en su sangre y sus otros flujos.

    Un pájaro turquesa aparece en mis pesadillas, sobrevuela para darnos una sombra enorme y las familias se quedan frías, ya no se mueven, tampoco tienen ganas de vivir, mientras el hombre de las mil caras roba sus rostros en los televisores. Todo acabará pronto, todos estaremos igual, navegando una existencia artificial como si fuera verdadera, como si los abuelos fueran constructos y las bestias siempre hubieran existido para comerse la gente.

    Siento una nariz fría acariciando mis dedos.

    Estoy tiritando de frío.

    Creo que encontraba perdido en alguno de los televisores.

    Miro abajo y veo a un perro de orejas grandes que tiene una fotografía en el hocico. Sigue tocando mi mano, como si quisiera despertarme, como si quisiera matarme para revelar el camino a un verdadero paraíso.

    Tomo su papel y veo la fotografía, soy yo con mi abuelo, él me lleva en sus hombros. Yo señalo a lo lejos, al templo de las arañas, mientras él voltea a otro lado y hace como que está pensando. Costner, 1938. Esmeralda y yo.

    —Esto es la verdad —dice el perro, y se va trotando.

    Escucho el ritmo de sus patitas golpeando los ladrillos.

    Y me dan ganas de reír. Tiene razón, mi nombre no es Sebastián.

  • Arañas

    Anoche soñé con un mundo postapocalíptico, pero todavía quedábamos algunos.

    Era como pre-postapocalíptico.

    La humanidad restante tenía dudas sobre su futuro, se sentía como el final del juego —el final de la vida—, pero nadie se mataba o mataba a los otros, hacían con su tiempo restante tonterías.

    Lo que restaba de la humanidad estaba infantilizado, roto. No tengo nada contra eso. Algunos piensan que infantilizarse es lo mismo que ser un idiota. Yo creo que, a veces, puede ser una oportunidad.

    [Oh, ahora que lo pienso, quizás soñaba con un mundo similar al de Claire at the End of the World. Tengo otra pregunta: ¿alguna vez he sentido el final de la vida? Regreso, una vez más, a los “umbrales”. Antes de atravesarlo siento una gran incertidumbre, mientras lo atravieso pienso que la vida como la conocía está terminando pero una vez que estoy del otro lado, pienso, como si fuera verdad: era inexorable.]

    [En el último umbral de la vida, ¿qué me dará el tiempo para tener mi último pensamiento?]

    Los pocos necios que yo conocía, por alguna razón, se dedicaban a hacer planos arquitectónicos y adulterar rifas. Los últimos eran matones, pero sin el propósito de matar a nadie. Actuaban que eran malos, pero eran bonachones, y agradables.

    A la mayoría de ellos los conocí en aquella etapa de mi vida cuando actuar era lo más importante.

    Mientras tanto, yo, con un pie adentro del mundo del sueño y con otro pie en el mundo real, me preguntaba: «para qué estamos haciendo este teatro».

    [Los teatros se interpretan —to play— para continuar con vida, para darle una normalidad al asunto. El juego que no es juego; estamos atrapados en diversos papeles, en diversas reglas, cada uno tratando de darle sentido a su vida como mejor le parezca.]

    Y, como si mi propia cabeza quisiera distraerme de aquella pregunta, soñé con arañas.

    Empezó como una de esas pequeñas sombras que uno encuentra en la sala de su casa y se esfuman rápidamente.

    Luego dejó de esconderse.

    La araña, medio sinvergüenza, paseaba por todos lados (se escondía poniéndose una hoja de papel encima, la cargaba consigo, como la tabla del Pípila; entonces pensé que era una araña muy fuerte y muy grande).

    El sueño original quedó relegado a esta pesadilla de arañas, quienes terminaron cubriendo toda la pantalla —el sueño se convierte en este constructo televisivo, una especie de sitcom que fue oscurecido por las patitas de mis peores enemigos—. Ya no era la sombra, o la araña oculta, pero una familia de arañas que se tragaron paulatinamente el sueño.

    [¿Es el sueño un dispositivo?]

    [¿Las arañas se comieron mi sueño?]

    [Esta tarde, al despertar, pensé que probablemente una araña me caminó encima y provocó todo este desperfecto, este abuso.]

    Ya no había arquitectos chafas, matones moribundos que adulteraban rifas ni un señor raro que vivía ambos sueños preguntándose por qué, o para qué. Solo había arañas, y la aprensión por las arañas.

    [Qué poderoso cuando un hombre sueña con aquello que teme. Quizás, porque ya me conozco, para quitarme el propio control que tengo sobre mis sueños, decidí revelar que puedo aterrorizarme a mí mismo; accedo a esta parte primitiva de mi cabeza que me empuja, me motiva, a tener miedo.]

    [O quizás estoy pensando demasiado las cosas, como cuando a Vinikh Pukh le preguntan si prefiere el globo verde o el globo azul.]

    Para soñarlo esta noche: ¿escribir un sueño es lo mismo que una telaraña?

  • Fuckboi

    Fuckboi

    2024: estaba cerrando la clase cuando una de mis alumnas, cotorreando con las otras alumnas, se acercó al escritorio y preguntó, casual, mientras estaba mordiendo mi sándwich de huevo, queso y mayonesa—: «y usted profe, ¿cuándo dejó de ser un fuckboi?». Como suele suceder con las preguntas de identidad, mordí el anzuelo y respondí un poco meditado: «quizás nunca he dejado de serlo», y miré a lo lejos, como si recordara mis tragedias en la Guerra de Vietnam, les hablé un poco de mi matrimonio y luego cerré con un fabuloso: «muchachas, pueden tener mejores relaciones, no tengan miedo de exigir».

    [Exigir qué: ¿un excelente servicio? Luego me quedé pensando: ¿alguna vez fui un fuckboi?]

    1996: en la pubertad leía toda clase de cosas terribles porque estaban a la altura del demonio de mi imaginación. El periodo incontrolable, el cerebro monstruoso, un alma majestuosa llena de fluidos y de culpas. Cuando me distraigo, incluso, he llegado a sentir nostalgia por la sencillez y la brutalidad. Por ejemplo: ¿hasta dónde es correcto combinar la coca-cola y el sidral mundet? ¿Cuántos pecados estoy cometiendo por leer este libro de Moravia? Ah, qué loco, el hermano le puso el ojo de buey a la hermana en el culo, ese Bataille es un loquillo. Pauline Reagé acepta la apuesta de escribir uno de los libros más sadomasoquistas de la historia, asumiendo el reto de evitar las vulgaridades y los caminos fáciles. Me siento incómodo porque durante 90 de los 120 días, los personajes comen caca.

    2008: una de las anécdotas preferidas de mi boda, y tienen qué ver con un mundo de casualidades [supongo], es que me llevaron de la mano a este ritual machito de ir a un tugurio y ver a las muchachas bailar a contraluz en los tubos. Uno de mis amigos pagó un privado, una muchacha me bailó. No hablaré de la diversión, tampoco hablaré del sufrimiento. [Aquí viene un ejercicio que podría ser interesante para unas manitas naranjas: ¿se puede ser fuckboi si uno atiende a estos lugares con regularidad? ¿No se supone el fuckboi puede ahorrarse estos espacios si, de verdad, consigue ser un fuckboi? ¿O es el fuckboi una aspiración de ser como estos personajes? ¿El fuckboi es un estado de consciencia, de vida?] Al día siguiente, en mi boda, me pareció ver a la muchacha del tugurio. Me acerqué a mi casi-esposa, se la señalé y le conté al oído: ¿estoy loquito, o puede ser la muchacha que me bailó?, ella respondió: nah, sí puede ser y me explicó una historia plausible, una que no puede ser contada en este blog. Más tarde, en otro ritual bodístico, nos pusieron el vals y bailamos con los invitados. Cuando me tocó ella de pareja, nos quedamos callados. Entrecerré los ojos y miraba su cara, tratando de confirmar mis sospechas; se miraba tranquila y divertida. Cuando cambiamos de pareja, ella se despidió con un relajado: «bueno, pues a partir de hoy te toca portarte bien».

    2004: las Dresden Dolls cantan una canción llamada «Coin-Operated Boy». Dice:

    Made of plastic and elastic
    He is rugged and long lasting
    Who could ever ever ask for more?
    Love without complications galore.

    2019: después de esas serias plática que uno tiene porque se sobrevivió a la enfermedad, di una advertencia juguetona, un poco tonta: creo que de ahora en adelante, lameré la cara de todas las cosas que me gustan. Aunque las cosas que me gustan, normalmente, son videojuegos, libros y algún helado. Lamo estos objetos hasta que son definitivamente míos. Luego pienso divertido, cuando pasa algún muchacho o alguna muchacha que me gustan, en alguna plaza, en algún parque o en algún algoritmo de mi imaginación—: «les voy a lamer la cara». También me pasa con algunos perritos, pocos gatos, pero ojo: sería una lamida de compas, de buena onda. Ya entendí, no vivo en 1996.

    2024, pero más tarde: cuando le conté el incidente a mi esposa —me dijeron fuckboi, mi amor, qué hago—, el cual me pareció un tanto neurótico y gracioso, ella me dio paz cuando me dijo: «nah, nunca has sido un fuckboi». [Como suele suceder con esas cuestiones de la identidad ajena, también me pregunté: esposa, ¿cuántos fuckbois has conocido? ¿Cuántos parámetros de identidad tienes para medir eso?, pero lo dejé por la paz, porque los fuckbois de la esposa deberían ser su secreto, así como mis variantes multiversales de fuckboi deberían ser el mío.] Y yo traté de explicarle: «por más que haya tratado de ser un buen chico, o un chico regular, o un chico mediocre, siempre habrá alguna interacción, algún diálogo, algún momento del pasado que alguien dirá: ah, sí, ese Fest, ese maldito fuckboi».

    2018: tengo cáncer, paseo junto a mi esposa en una de esas largas, necesarias y cansadas caminatas en las calles de Cholula, a pesar del dolor de mis manos, de mis venas y de las piernas. Sé perfectamente que no se me va a parar porque la quimioterapia arruinó mi libido, y también muero de terror: no quiero tener un orgasmo porque he escuchado tantas cosas de la D del AVBD, y mi ansiedad sigue susurrándome al oído que el tratamiento logrará matarme de un paro cardíaco. Volteo hacia mi esposa y le digo: «no te guardes cosas, haz lo que necesites», aunque a ella realmente no le importa esperarme. Como siempre, me guardo las reglas de nuestro vínculo, así como pienso que deberían guardárselas todas las parejas. Pero he entendido esto, quizás mi aprendizaje más importante: la intimidad es una cosa complicada, tiene matices y es una construcción, un cúmulo de confesiones y vulnerabilidades. Puede ser algo terrorífico —uno nunca estará a la medida de su imaginación—, pero también algo hermoso —sorpresa: te aceptaron tal cual como eres—.

    Quizás eso debí decirle a mis alumnas, también al fuckboi de Agustín Fest.