Autor: arbolfest

  • Mantis

    Mantis

    Dice una muchacha en la pantalla: «Entonces vamos viendo como la conducta toxicómana…». Pone una imagen de un padre fumando a un lado de sus hijos y dice otras cosas que no escucho muy bien. Los hijos miran al padre embelesados.

    Recuerdo a mi propia madre fumando. Me pregunto si tengo ganas de fumar, si soy tan débil, si soy carne que reviste los impulsos de sus antepasados, los impulsos primeros de admiración y luego de repetición.

    Apago el monitor y se abre una puerta.

    Uno de los dioses más importantes es el dios de las puertas. Este personaje cósmico, infinito, cuida las bisagras, la fortaleza de los materiales, las rendijas por donde entra el viento, los polvos y los pequeños animales. El dios de las puertas te cuenta cosas cuando te asomas por alguna de sus rendijas, puede que te dé un mensaje divino o puede que te muestre la verdad: algún prisionero, alguna bestia.

    Dicen, sobre todo, que cuando los aventureros no tienen de otra que destruir las puertas, su dios interviene y pone un dedo sobre ellas solo para que sea un poco más difícil, y más triste, y más lento. Antes de perderme aquí, a mi grupo le gustaba tirar las puertas con hechizos muy poderosos y muy violentos.

    He tenido muchos grupos a lo largo de los años.

    En la siguiente habitación me espera un monstruo: tiene el cuerpo de una mantis, alas de una polilla y tres cabezas humanas, deformadas. Atrás de él, dos televisores colgados de un brazo metálico en las esquinas muestran a un militar limpiando su rifle.

    Mirándolo con atención, me parece familiar. Y en realidad, cada monitor muestra a un militar distinto, aunque se mueven al mismo tiempo, con una coordinación envidiable.

    —No entiendes nada, como siempre —dice el monstruo, tiene una voz profunda, casi melancólica.

    Mientras habla, los monitores se extienden y se mueven al ritmo de la mantis de tres cabezas, como si fuesen parte de su existencia.

    —Estoy viviendo un sueño, y no quiero despertar de él porque el sueño es como la vida misma.

    —Nada, ¿ves?

    La mantis de tres cabezas ataca con sus brazos cuchillas, yo brinco a un lado, justo a tiempo, pero mi armadura de piel queda dañada, abierta. Mi vientre queda descubierto y pienso en los hijos que tuve, que he tenido. Busco en uno de mis bolsillos, encuentro el inhalador y aspiro. Confío que el polvo púrpura me guiará. Mi cerebro trabajará mágicamente una solución práctica para resolver este problema.

    —¿Cuánto tiempo llevas encerrada aquí?

    —Unos dieciséis años, pero mira, mi piel no ha envejecido, mi cara es la misma.

    —¿Cuántas habitaciones?

    —Creo que unas mil doscientas. Antes tenía bitácoras, pero dejé de cargarlas conmigo porque son muy pesadas.

    —¿Tienes casa?

    —Como puede uno tenerla, si siempre está reconfigurándose.

    —Mientes. Tienes casa. Y sabes que si tienes casa, es imperativo matarte. Los verdaderos habitantes del laberinto somos nosotros.

    La mantis de tres cabezas me sujeta con sus brazos cuchillas, me jala de las piernas y muerde uno de mis muslos. Cuando más te haces parte de este lugar, cuando más lo haces tuyo y sientes que perteneces a él, es posible entender sus trucos y reconfiguraciones.

    Entonces puedes encontrar entre todos los giros y las habitaciones un hogar.

    La mantis de tres cabezas presiente que miento, y tiene razón: tengo una casa, y en esa casa tengo todas mis bitácoras y mis trofeos. Sé como llegar a ella. El dios de este laberinto quiso darme un lugar donde vivir y la suficiente cabeza para mantenerme adentro.

    Grito de dolor porque empieza a morder y masticar. Las criaturas son cada vez más difíciles, su pensamiento es más complejo y más cruel. Sangraría a borbotones si no fuera porque el polvo morado me está beneficiando con un poco de resistencia a los cortes y al veneno. Saco mi daga de obsidiana lunática y la clavo en uno de los brazos-cuchillas, en un segundo movimiento rasgo uno de sus cuellos.

    Explota un poco de sangre verde, tengo suerte, no es acídica.

    Se escucha una risa gutural.

    Pienso en mis hijos, los que murieron cuando recién descubrimos este lugar sagrado. Y finalmente entiendo porque ambos militares, en los monitores, me parecieron familiares: tienen la cara de mis hijos.

    El laberinto capturó la sombra de mis hijos, desde que murieron aquí adentro, puede utilizarlos en esas imágenes televisivas, o en algún cuadro, o puede colocar sus caras en algún monstruo, o en algún escudo de armas, o puede usar sus voces para alguno de los hechizos, o puede usar sus olores en los pastelillos que prepare algún caníbal, o puede usar sus caras para ponerlas en un monstruo.

    La furia me ayuda a colocar el cuchillo en el corazón de la mantis de tres cabezas, no sin que antes ella misma consiga destruir mi armadura desde la espalda, y clavar sus cuchillas afiladas, no sé a cuánta profundidad; espero que no mortalmente.

    Odio el laberinto pero también me gusta vivir en él, me gusta revivir a mis hijos, encontrarlos como activos dentro de este lugar siniestro.

    Siempre hay maneras nuevas para reencontrarme con sus rostros.

    Pero qué digo, los monitores se pagan y la negrura me envuelve, trato de mantenerme despierta a través de la hiperventilación, pero mi cuerpo me obliga a descansar. Mientras pierdo el conocimiento, me pongo a rezar, y pido a cualquier dios que me escuche que no me saquen de este lugar, que me gusta soñar aquí, no vivir, soñar y seguir soñando.

  • Eclipse

    Eclipse

    El día del eclipse, varios alumnos de mi clase de guionismo pidieron una lectura de tarot y preguntaron, principalmente, sobre cómo les iría en el amor. Por que ya urge, dijo alguna por ahí.

    Saqué varias cartas y lo único que comunicaban, con sus bastos y sus espadas, eran otras cosas muy distintas al placer de las parejas y los encuentros.

    Hablé como los viejos: “enfócate en otras cosas: tu carrera, tu sistema familiar, la estabilidad de tu existencia”.

    Me hubiera gustado que las cartas anunciaran amores tóxicos, de esos que te enseñan cosas como, por ejemplo, el placer de que te peguen, la urgencia de darte duro contra el muro, la peripecia de disfrazarte de furro o quizás darle la mordida a un pastel mientras tocan la puerta trasera.

    [Instagram, convencido con que soy un viejo rabo verde de cuarenta años, me pone unas cosas lamentables en mi búsqueda. No dudo que alguna de ellas sea, precisamente, de un muchacho guapo que da la mordida a un pastel mientras se mueve rítmicamente adelante y atrás, y yo giro los ojos, porque pienso que es demasiado, pero cuando veo que tiene cientos de miles de likes, me doy cuenta que solo estoy rancio.]

    [Como fumar mientras te la chupan. Me han contado.]

    Al final de la última lectura, mis alumnos, como burritos felices, empezaron a decir tonterías como que el eclipse era un evento histórico de una sola vez, y que debía suspender la clase para que salieran a verlo.

    Y me sonríe, y les di la razón.

    Pensé: “cuál es el pago que debo de hacer por leer las cartas en día de eclipse”.

    Leer las cartas, suponiendo que llame la atención de los diablos y los espíritus, debe tener un cobro mayor cuando se hace en el tiempo donde el día se confunde con el atardecer y, finalmente, la noche.

    La iluminación del entorno cambia de inmediato como si fuera un sueño.

    Unos minutos más tarde, olvidando las supersticiones e ignorando mi lugar de primera fila —permanencia voluntaria— en el umbral, vi que la sombra de los árboles las componían las medias lunas, y sentí asombro como no había sentido hace mucho tiempo.

    Las sombras del eclipse como la iluminación de los espacios liminales, de los backrooms, de los muros que nos ocultan los huesos de la simulación.

    [Leí la carta de Kurosawa a Bergman. La segunda infancia a los 80 años. Ningún artista es realmente libre hasta que envejece. Entonces pensé, capturado y con un poco de resignación, que me faltan cuarenta años de escritura.]

    Mientras le daba un sorbo a mi café, afuera, bajo el sol cubierto por la luna, anoté en mi cuaderno de escritura sobre las lecturas de las cartas y el sueño que estaba viviendo, y también escribí esta frase porque vi a un pájaro muy pedero y muy confundido bajo la sombra de los árboles: “Miré a un zanate, cantaba como si fuera de noche”.

  • Fotógrafo

    Fotógrafo

    Imagino la muerte de mi padre,
    rodeado de sus tres hijos
    —legítimos, amados—,
    escuchan el respirador, miran su cara,
    de esta saldrá como ha salido
    en cualquier otro día
    a instalar celdas fotovoltaicas,
    como un héroe moderno
    sus brazos fuertes y un lindo discurso de energías renovables.

    Recuerdo la muerte de mi abuela,
    no exactamente su muerte, no aquella finalidad de su cuerpo,
    no cuando vi su piel coloreada de amarillo mostaza,
    rígida, como una cosa, un instrumento de madera,
    como el violín que cargó sabe cuántos años,
    porque era de su padre y lo tocaba en el pueblo,
    pero la claridad de unos días antes:
    cuando tomé su mano, y ella empezó a llorar,
    y yo le dije: “pronto irás a casa, y estarás mejor,
    y esto pasará, y nos olvidaremos, sí, sí, sí”.
    Hice llorar a la abuela,
    pensaba que por ella, pero lo hizo por mí:
    por mi ingenuidad, mi ignorancia,
    mi ausencia.

    Mi vanidad.

    Imagino la muerte de mi padre,
    como aquellas imágenes de los viejos en Italia,
    los viejos destinados al descuido, tirados en las calles,
    y los mataba la tos y la trombosis,
    y los mataba el virus y la ignorancia,
    y los mataba el azar y la biología,
    y los cubrían con mantas negras para ocultar sus rostros,
    y Manara fue regañado porque pintó a una joven enfermera
    pensando que su nieta —también enfermera—
    cuidaba vejestorios como él,
    porque vio su rostro en los cuerpos cubiertos,
    porque vio su rostro en el hombre que era mi padre,
    en una cama de hospital, esperando un veredicto,
    esperando las buenas estadísticas,
    el lado correcto,
    el de los enfermos, según extraños insensibles,
    terminan siendo héroes.

    Recuerdo que doy clases:
    camino de un lado a otro,
    deshilo el monomito,
    camino entre los pupitres,
    algunos escuchan,
    otros bostezan,
    cruzo los dedos.
    Tendrán la urgencia
    de sentirse Odiseo, y el Quijote, y Madame Bovary,
    y aprenderán, espero, a desear la muerte del padre
    no como un impulso de violencia,
    pero la reclamación del poder propio.

    Todos los jóvenes matarán a su padre,
    pero escucho el error, la duda,
    en lo que trato de educar:
    nunca conocí al mío,
    yo no esperé como los otros,
    la imposibilidad de la sanación,
    la reconstrucción del mito,
    y solo es un instante,
    pero veo su rostro,
    me sonrío y digo,
    sin saber muy bien por qué:
    yo no,
    no tengo de quién despedirme.
    No puedo ser un héroe,
    es un destino rechazado,
    no tengo un padre ni el deseo de matarlo.

  • Ejército

    Ejército

    La otra vez, como si tuviera 24 años, anoté en mi libreta: “cuáles son los límites del deseo”. La libreta me da ternura, porque por su carátula, uno pensaría que es la libreta de un contador, o de un matemático, o de un cineasta neoyorquino. Y luego anoté un par de preguntas más que pretendían ayudarme a elaborar alguna respuesta. Un clásico: “sigo pensando en ello”.

    He aprendido más a través de los errores y las preguntas que con una simulación de sabiduría. Cuando preguntas cosas, estás un paso más cerca de llegar a la verdad y si para ti eso es importante, bueno, entonces es un camino de cuestionamientos (el horror).

    Reafirmar esto me ha dado una felicidad insana, demoniaca.

    Ser ignorante es estar vivo.

    [Por eso, todo el tiempo, me pregunto cosas. Incluso aquello que supuestamente ya debería saber, o ya debería entender (quién determina esto, quizás esa es otra pregunta, una de las más vitales.)]

    Luego anoté, unas líneas más tarde, como si el pensamiento del deseo siguiera encendido en paralelo: “lo absurdo de pensar cuando se tiene deseo”.

    Pensé en Barthes, también en Deleuze, al primero porque lo quiero y al segundo porque lo desprecio; pero independientemente de mis sentimientos, y lo visceral, ambos ayudaron a formar la simulación de la mente que piensa.

    Igual que otros cientos de autores.

    Nota: ¿te has fijado cómo se avergüenzan tus familiares y tus amigos cuando descubres qué razones forman su deseo?

    El cerebro no es el órgano del deseo (el cerebro estimulado, navegando en los recuerdos de ciertos orgasmos, ciertas erecciones, algunas humedades), porque el deseo es materia prima, un color primario que inunda nuestra vida, nuestras decisiones.

    Aunque algunos disfrutan la imagen portentosa de que el cerebro tiene erecciones, o dilataciones, o cosas locas.

    El cerebro es un órgano que también es controlado por sencillos propósitos. Poco se razona cuando quiere estar con alguien, sonreír con alguien, dormir con alguien.

    Anoté más tarde, como si fuera Juliette encerrada en el manicomio: “Hablar de la verga, del sexo, del coño, del cuerpo sometido. Por qué nos avergüenza tanto”.

    [El cuerpo se somete cuando se trata de desear.]

    Luego de eso no anoté, pero me hubiera gustado hacerlo, que a mis veintitantos hablaba del cuerpo, del sudor, de los fluídos y me pitorreaba de la vergüenza.

    Unos años después, traté de intelectualizar el deseo, comprender —precisamente— los límites para hablar del cuerpo. No anoté, quizás no sea necesario, que debería comprometerme a hablar nuevamente del cuerpo y del deseo sin estos filtros que uno coloca.

    Los filtros, ladraría mi perro, son sus enemigos invisibles.

    [Muchacha de instagram se pone el filtro de perrito para hacer la cara ahegao más chafa del mundo.]

    Al usar una inteligencia artificial, una de las cosas que me parece muy graciosas, es que trata de poner valores y límites morales al usuario. Es imposible escribir algo bonito, la totalidad, usando una inteligencia artificial pública porque siempre estará limitada por los valores que determine la compañía que la maneja.

    Un párrafo más tarde, me puse sentimental: “Mi único sueño es escribir libros. El deseo se escribe como parte de un sueño”. Por decir que el deseo no solo parte de la carne —aunque sí—, pero también del pensamiento, de la fantasía y del sueño.

    Los límites de carne se rompen a través de la imaginación y de la inocencia del juego.

    Lo anoto por aquí, epitafio y versión del director, para no olvidar, en un post-it y en una playera: “El deseo es escritura, es pensamiento, es existencia”.

  • No Game, No Life!

    No Game, No Life!

    No Game, No Life! es un anime isekai que se desarrolla en un mundo fantástico con una complejidad engañosa: hay 16 razas colocadas en un planeta de juegos (algunas convencionales [entiéndase convencional como la japonización de la fantasía occidental], como los elfos y los hombres bestia, y otras no tanto, como los viejos dioses y los ángeles de la guerra), cada raza tiene su propia alma capturada por una pieza del ajedrez, la cual está en posesión del rey de la raza.

    Los fondos del mundo son interesantes: tienen estructuras gigantescas, brutales, pero de mucho color y que provocan mucha curiosidad (y sí, dan esta sensación de que quieres ver a los personajes viviendo una aventura).

    A su vez, el anime usa contrastes y cambios de color violentos para representar las emociones. La animación no está nada mal. Quizás fue la dirección de arte y animación en su totalidad lo que más me gustó.

    La historia va sobre las aventuras de Sora y Shiro, dos hermanos, adictos y geniecillos del juego y hikikomori (personas que no salen de su casa por alguna enfermedad social, psicológica) que logran vencer una difícil partida de ajedrez a un desconocido en línea.

    Como suele suceder en esos juegos imposibles, descubren que su oponente era un dios —igual de adicto al juego—, quien los transporta a su mundo para vengarse de haber perdido la partida.

    En el mundo de este dios, naturalmente, todo se decide por juegos. No hay guerras, violencia o leyes de algún tipo. Puedes retar a quien quieras, a cualquier juego que se te ocurra, y si el otro acepta, se atiene a los diez compromisos que son las leyes insuperables del mundo.

    Obviamente, parte de lo entretenido, es mirar un capítulo para ver cómo van a romper alguna regla o entender cómo prepararon una trampa al otro personaje, desde el inicio y de modos que parecen arbitrarios y que son completamente rimbombantes y exagerados. Ojo: esto es la sabrosura.

    En cuanto a la situación global de este mundo fantástico, la humanidad ha sido acorralada por otras razas y solo les queda una ciudad. Sora y Shiro, con sus habilidades de juego excepcionales, se embarcan en una aventura para dominar a las otras razas y liberar a la humanidad. La magnificencia de su historia me recuerda a Gurren Lagan o Kill-la-Kill.

    No sobra recordar que cuando hablamos de juegos, en este tipo de historias (y también, cómo no, cuando hablamos del otro lado: la aburrida realidad), lo más valioso que se puede apostar es la vida.

    Y quizás eso es lo emocionante de esta historia: cuando los personajes apuestan su vida, su existencia misma, para lograr su objetivo.

    Lo bueno:

    • Personajes memorables: Sora y Shiro son personajes carismáticos, el desarrollo de su relación tiene alguna profundidad. Cómo los hermanos afectan la vida de los personajes a su alrededor es reminiscente de todo este viaje que debe hacer el general de las 108 estrellas para tener amigos, crear su propia comunidad.
    • La animación, los colores: está muy bien. Menos puerca de lo que suelen sacar los japoneses en masa. Tiene un buen uso del color para representar emoción y tensión. También, como está dirigida a un público de late night, tiene mucho fan service.
    • Trama interesante: aunque es un masacote de ideas, de razas fantásticas, de juegos extraños, de reglas que imponen más reglas o que anulan otras, me intriga saber la resolución de la historia.

    Lo malo:

    • Fan service: en algunos personajes está chido, en algunos otros no tanto. También, quizás porque soy un señor, me aburría que el desarrollo fuera interrumpido para hacer el tonto con los dislates amorosos o cachondos de los personajes. Pero bueno. Es parte de su comedia.
    • Solo hay una temporada: no acaba, quién sabe cuando acabe, y como el material original son light novels, al parecer sigue publicándose, y quién sabe qué pasará el día de mañana con Sora y Shiro.
    • Los compromisos: algunas reglas de la serie obligan a los personajes a fetichizarse fácilmente. Eso podría incomodar, o divertir, dependiendo del humor con el que uno se levante, o quiera vivir su vida.

    En conclusión, está sabrosona para pasar el rato. Lástima que solo hay una temporada (aunque muy agradable) y, a no ser que leas las novelas, no será fácil descubrir cómo Sora y Shiro salvan a la humanidad de las razas más fuertes. 15 de 10. Súper sí.

  • Puertas

    Puertas

    Cuando abrí la puerta de mi baño, tuve un pensamiento: “no puede ser de otra forma; siempre abierta”. Luego traté de justificar mi pensamiento: “para que esté mejor iluminada, para que circule mejor el aire, para no sentirme encerrado”.

    Seguí pensando en ello, cuando ya era hora de pensar en otras cosas.

    Entonces probé con otras puertas: abrirlas y cerrarlas, y más allá de comprender la distribución de la luz, de los espacios y del aire circulante, entendí que cada puerta en casa tenía un deber estar.

    Probé abriendo la puerta de la habitación de invitados, y cuando lo hice, escuché claramente como se abrió la puerta del sótano. Veinte años cerrada, porque alguien había trabado la cerradura, y así de fácil se solucionó un misterio. Cerré la del tercer baño y la puerta de la cocina quedó entrecerrada. Luego, por curiosidad y estupidez, abrí unas ventanas y no ocurrió nada.

    ¿Pero no es la ventana una manera de puerta?

    ¿La posiblidad frágil de cristal para escapar en cualquier momento?

    Subí al sexto piso y descubrí un largo pasillo lleno de puertas, uno que no había visto antes. También había, al menos, unos veinte gatos que saltaban a los picaportes para abrirlas y cerrarlas.

    Traté de razonar con ellos, pero no se dejaron: saltaban como imbéciles felices y amenazaban con rasguñarme y mordisquearme si intervenía en su reconfiguración.

    —Pero es que entiendan, si me dejan, resolveremos el gran misterio.

    A ningún gato le interesaba la solución de mi propia vida.

    Uno de ellos, el más pequeño pero el más sabio de todos, se quedó a vivir en mi cabeza. Desde entonces, algunos gatos me respetaban un poco más.

    El pequeño me enseñó a hablar gato para que me dejaran participar en sus juegos de abrir y cerrar puertas. Ellos me adoptaron como una curiosidad, pero aún así, dependía mayormente de su humor.

    Me hablaron de sus dioses, de cómo usaban las ventanas para conseguir comida, de mis vecinos y cómo estaban teniendo familias, e hijos, y amantes, y coches nuevos.

    Pasaron tres años, me alimenté de ratas, palomas y de cucarachas, las que me traían los gatos, y del agua de los excusados que casi siempre estaban limpios (no sabía que mi casa tuviera tantos baños).

    Algunas veces tenía suerte, y descubría en el largo pasillo que alguna de las puertas escondía un gran banquete.

    Yo pasaba a comer.

    No me iba a preguntar quién o cómo.

    Porque si empezaba a preguntarme cosas, algo me iba a matar.

    Me crecieron incesantemente la barba y los pelos. Los usaba a manera de un palacio de la memoria, para registrar la configuración de las puertas en el piso seis, el cual era el más complejo, pero eventualmente registré todos los pisos.

    Abrir o cerrar una puerta, como era la regla, afectaba las puertas de toda la casa.

    Imagínate cuando lo hacían los gatos y yo estaba lejos, por ejemplo, en el sótano, el que nunca debe ser nombrado porque guarda un secreto.

    [El secreto del sótano es un tanto ordinario. Por eso no les diré de qué se compone: 35 litros de agua, 20 kilos de carbón, 4 litros de amonia, 1.5 kilos de cal, 800 gramos de fósforo, 250 gramos de sal, 100 gramos de salitre, 80 gramos de sulfuro, 7.5 gramos de fluorita, 5 gramos de hierro, 3 gramos de silicón y algunos otros quince elementos.]

    Empecé a trenzarme los pelos, con ellos hice un mapa de mi propia casa, la cual parecía estar haciéndose cada vez más grande.

    Aprendí cuan limitada estaba mi imaginación cuando se trataba de mi propia casa, yo creí que mi casa era habitarla brevemente, un lugar para dormir después del trabajo, uno donde guardar mis libros y mi ropa, uno para masturbarme en las noches y quedarme dormido.

    No sabía que mi casa escondiera tantos espacios, tantos secretos.

    Usaba mis trenzas para reescribir los mapas del primer piso, el segundo, y la oscuridad terrible del piso tres, y la única puerta ventana del piso cuatro, y la extraña arquitectura del piso cinco.

    Sospeché, también, que esto no podría durar mucho tiempo: así como nació de la nada el piso seis, pronto los demás podían desaparecer, o extenderse.

    El gatito me golpeó aprobadoramente en la cabeza cuando entendí que mi mapa era inútil, pero no estaba ahí mi mayor obsesión.

    Después de seis años, me entregué al juego.

    Porque si el mapa era inútil, qué otra cosa podía hacer que seguir jugando y dejar que mis instintos estudiaran la situación. A través del azar, resolví las puertas del piso seis.

    Abre, cierra, abre, cierra, baja al sótano, cierra, piso tres, los fantasmas metieron sus manos a mi corazón, cerraron algunas válvulas pero me permitieron seguir, cierra, abre, mira la ventana, mira la ventana, mira la ventana, regresa, piso cuatro, piso seis, gatos hicieron un desmadre, regresa, piso tres, ríete, imbécil, ríete que te estás divirtiendo, entrega tu vida al juego.

    Eventualmente, después de mucho trabajo, encontré una puerta negra que me revelaba el camino al piso siete. El gatito se bajó de mi cabeza, dio la media vuelta para despedirse de mí y se regresó a su hogar.

    Yo subí catorce escalones, luego veintiocho, y finalmente cincuenta y seis.

    Estaba muy cansado, pero al final me encontré con una ventana.

    ¿No era la ventana una posibilidad frágil?

    Pues corrí y me lancé por la ventana, como un musculoso héroe de acción, como persona entregada al último juego. Se escuchó el escándalo del cristal que lo rompió todo, un escándalo como de película ochentera. Luego pensé que había sido muy tonto, que para evitarme estos melodramas pude abrir la ventana antes de tirarme del piso siete, pero es que para entregar la vida, uno debe entregar la vida, sin medias tintas.

    Cuando abrí los ojos, estaba en una isla.

    Empecé a contar los granos de arena para no sentirme tan solo.

  • Calvos

    Calvos

    Ayer, en la tarde, mientras leía a un joven Felisberto Hernández, saqué mi cuaderno y me puse a anotar cosas.

    [Felisberto Hernández, en sus primero cuentos, habla de dioses, de planetas y de locuras; una percepción un tanto ingenua y primitiva de contar historias, tal vez, como aquella carta de tarot que puede regresarnos a un enfadoso estado de pureza.

    Las pocas veces que leí a Felisberto en la universidad, lo recordaba como un viejo contemplativo, no este joven megalómano. Pero incluso su tratamiento de estos temas, llegué a pensar, es envidiable.

    Muchos jóvenes piensan en dioses y maneras de destruir el mundo, sus primeros piensos son estridentes, a veces patéticos, pero no Felisberto, no del todo, porque en Felisberto también hay algo de redención

    Sin embargo, es muy pronto para decir. Apenas he leído unas páginas. El pensamiento está en construcción. Puede que me arrepienta de haber leído a Felisberto y pretenderé que nunca lo leí, y pensaré que todo tiempo pasado, imaginativo, fue mejor.]

    Igual que los niños dormidos cuando los acunan, los peregrinos no se daban cuenta que la Tierra los acunaba. Pero la Tierra era maravillosa, los acunaba a todos igual, y les daba el día y la noche.

    Felisberto Hernández.

    Creo en la felicidad de tener papel y tinta.

    Este año, me ha costado trabajo lidiar con pantallas y he tenido que obligarme a cargar siempre un cuaderno conmigo; por más que intento ver los black mirrors como instrumentos de creación y de dibujo, acaban relegándose a lo que son: mero entretenimiento, un espejo para verse arrugado y orejudo, un show de luces que eventualmente le pega a la cabeza.

    Quizás es la textura, quizás es lo orgánico y lo definitivo del papel.

    Cuando era un muchacho de unos diez, doce, miraba en una pantalla verde, monocromática, un gran espacio de libertad: abría el procesador de texto y escribía alguna historia, o hacía una larga lista de deseos, de cosas que me hubiera gustado hacer (tres verbos, por cierto), de máximas de vida que surgen desde la poca experiencia pero con suficientes buenos deseos como para creer que algo de eso pasará, se cumplirá por haberlo manifestado en el fondo de pantalla de la Matrix.

    Alguien dibujó un corazón en las esquinas de una de mis hojas.

    Además de mi regreso insulso al papel y la tinta, antes de que se me olvide el chiste, escribo que ayer estuve en una conferencia sobre censura política, violencia de género política y periodismo.

    [Fue una ponencia muy interesante y, nada más porque lo anoté en papel, lo voy a anotar aquí: los tres ponentes me parecieron personas muy atractivas. El papel perdonará la banalidad.]

    Adelante de mí, se sentó un señor tan calvo como yo y estorbaba mi línea directa de visión para escuchar a una de los ponentes. Luego descubrí que es el padre de una de mis alumnas, una que tuve en pandemia y pensé que jamás vería en persona. Fue gracioso porque el señor siempre ladeaba la cabeza para un lado, y luego para el otro. Y como no podía ver a la ponente, yo ladeaba la cabeza de lado contrario a como la tenía él.

    Así, sin quererlo, nos convertimos en esta criatura extraña, de dos cabezas, que tenía un ritmo muy peculiar.

    Él a la izquierda,
    yo a la derecha,
    él a la derecha,
    yo a la izquierda,

    ad infinitum.