Autor: arbolfest

  • Ojos

    Fragmentos del diario de BUX—

    12 de septiembre, 2019:

    Desde que conocí a Leo, ya pensaba que era un jovencito muy agradable, quizás un poco extraño.

    Creo que antes de mí estaba solo, no tenía con quien jugar.

    Me enamoro fácilmente de él porque canta como niño, sonríe y le brillan los ojitos. Es alegre y siento que lo mancho y lo pervierto cada vez que lo toco.

    Graba canciones para mí y un sentimiento extraño me desborda. Nadie había cantado para mí cómo él.

    Uno de sus trucos conmigo es que me toma la cara, me dice: “a ver, mírame a los ojos, no te apartes, mírame” y yo tengo qué obedecer o se vuelve peor, porque nos gana la risa, nos gana esta felicidad absurda que está permitida a los ingenuos, a los tontos, pero quizá no a los impuros.

    Algunas veces creo que lo hace para manipularme. Otras veces, confío que sus ojos me están acercando cada vez más a la pureza.

    Yo le hago creer que funciona porque me hace sumamente feliz.

    También yo empecé a tomar su carita para decirle que me mire a los ojos, que no se aparte, y él lo intenta. Entrecierra sus ojos azabache, su rostro se deshace en una sonrisa, parece que está a punto de llorar y yo quiero creer que es de felicidad, y como soy un viejo sentimental, empiezo a besar toda su cara para robármelo todo porque me hace muy feliz estar a su lado.

    Entonces he aprendido por qué nos miramos tanto a los ojos: porque así nos perdemos, construimos este mundo que es solo para nosotros y nadie podrá entrar a él.

    Fragmento del diario de KOR—

    27 de enero, 1977:

    Ya pasaron tres meses desde que me dijeron que nosotros, los acólitos de Maneo, podemos encontrarnos con la diosa de los ojos.

    “Tienes que buscarla cuando estés más ciega”, me dijeron, “o nunca podrás acceder a su reino bendito”.

    Qué difícil es buscar que dios diosa te mire.

    Yo solo empecé este viaje por curiosidad, porque quería joderme un rato la cabeza, porque estaba aburrida. Entonces empezaron a enseñarme cosas, las fotografías que he anexado a estas páginas, por ejemplo. Ahora creo en cosas que antes me hubieran parecido bastante estúpidas como que, por ejemplo, los ojos de los pelirrojos son capaces de abrir las puertas a otros reinos.

    Tres meses he mirado al sol, unos quince, veinte minutos al día, resisto el impulso lo más que puedo hasta que las manchas multicromáticas se hicieron cada vez más frecuentes, algunas pequeñas ya son permanentes.

    Entonces me pierdo por las calles y camino, y camino, y camino. Me tropiezo mucho, confundo las puertas con ventanas, los gatos con los perros, la risa de un anciano con la calva reluciente de un niño.

    El mundo pierde sentido pero también creo que cada vez es más sincero.

    Me estoy quedando definitivamente ciega pero todavía no encuentro la calle donde están sus ojos colgados por todas partes. El templo donde la diosa nos vigila sin dormir.

    Mis mentores dijeron que es una diosa muy hermosa, pero realmente no pueden asegurarlo porque para encontrarse con ella, para verse con ella, tienes qué pagar con tus retinas. Sospecho que se estaban burlan de mí. Nunca he sido muy buena para entender el sarcasmo ajeno.

    Entiendo muy bien el mío.

    Entiendo perfectamente que sería más rápido sacarme los ojos con una cuchilla, pero como se trata de una diosa, deben seguirse los rituales o una se arriesga a que la tiren de la existencia.

    Dicen que cuando la encuentre, ella me tomará el rostro, acercará sus ojos a los míos para sanarme y dirá algo muy hermoso como que “mírame, mírame a los ojos y no apartes la mirada”.

    Fragmentos del diario de VOL

    11 de diciembre, 1804:

    El árbol de los ojos siempre sabe dónde te encuentras.

    Mi padre se arrepintió de plantarlo, se colgó usando una de sus ramas y ahora lo vemos como este adorno esquelético que castañea cuando los vientos son favorables.

    Mi madre alcanzó a huir antes de que su presencia fuera sobrecogedora, no sé por qué no quiso llevarnos con ella.

    Quizás porque vio nuestros brazos desnudos y descubrió que la enfermedad del árbol estaba extendiéndose a nuestra piel, nuestro cuerpo, nuestros órganos.

    El viejo sacerdote, Ono, intentó quemarlo como una ofrenda para los grandes dioses, pero el árbol volteó a mirarlo y no pudo caminar más. Su antorcha de justicia se extinguió. Ono se quedó quieto hasta que se hizo como una pasa arrugada. Le tomó unos días, pero eventualmente se hizo polvo frente a nosotros.

    Podíamos sentir cómo quería voltear a mirarnos pero le era imposible; aunque estaba suspendido, estaba vivo, lo mirábamos respirar y sudar, la mirada milagrosa del árbol lo mantuvo vivo más allá de lo aceptable. Creemos que el árbol se ha robado sus ojos. Están entre los cientos que siempre nos vigilan.

    Los ojos de Ono son los más desconcertantes que he visto en mi vida.

    Para mantener el árbol sano, le echamos agua todos los días y luego lo abrazamos. Sentimos cómo él nos corresponde, y nos baña con sus lagrimales hermosos. Los ojos de nuestra piel besan los ojos de su madera. Parpadea para nosotros. Nos enseña como él sí puede mirar hacia el sol.

    El árbol de los ojos sabe dónde se encuentra mi madre. Sabe todo de nosotros, lo sabe todo del mundo.

    Ayer nos prometió que la traerá de regreso porque ya está lo suficientemente grande, y sano, y después, como un presagio, sus hojas bailaron con la ráfaga de un viento. La canción del árbol de los ojos es misteriosa, pero también muy hermosa.

    Nos hizo llorar de la felicidad. Pronto nos regresaría eso que era nuestro, y que se fue.

    Ojalá todavía los tenga, ojalá no se los haya arrancado como lo hicieron algunos de mis hermanos.

  • Ceniza

    Miro por la ventana como un avión atraviesa la nube de ceniza.

    O eso parece desde lejos.

    Pienso en mis pulmones, en mi nariz, garganta, ojos.

    Traslado mis órganos al avión, como si pudiera trasladar mi humanidad al vehículo.

    El cuerpo como una mentira, como esta conceptualización de los objetos que vemos a lo lejos. El cuerpo como objetificación materialización de nuestros deseos.

    [Mazzinger Z tiene los pechos de Afrodita en las manos. Hoy sí podrá volar, digo qué.]

    Todo me duele, mis órganos se quejan con pequeñas incomodidades: la tos, el ardor en los ojos, los pulmones que se sienten pesados.

    Mi cuerpo asimila este polvo imperceptible que está arrojando el volcán, se apropia de él, una segunda piel.

    El cuerpo es historia.

    El cuerpo como su propio libro de trivialidades; ha recogido particulas, comidas, salivas ajenas. Historias inútiles, quizás fascinantes, que podrían contarse con las herramientas adecuadas, con una obsesión insana para separarnos en capas de piel. Supongo que eso hacen los biólogos, los que estudian las células y la genética. Recogen datos de tu cuerpo para contarte una historia, aunque es más cómodo enfocarse en lo que quieres escuchar como, por ejemplo, que estás relacionado con Genghis Kahn.

    El cuerpo como un juego continuo de escritura; la preparación para entenderse: los estornudos, las articulaciones que truenan, los pedos apestosos e incontenibles, la resistencia a quedarse dormido después de una cruda, soportarse las caras desagradables porque uno preferiría dormir en el piso a resistir la tortura de una librería amarilla, repleta de “cultura” y los clientes no tienen de otra, porque la masificación es similar al deseo.

    El cuerpo es escritura; cuentas tu historia —memoria— a través de las voces y de los gestos.

    [Últimamente estoy obsesionado con lo que es una historia, y con lo que es historia. He recuperado la parte de mi cerebro que habitualmente está preocupada por embellecer la memoria. Hago, francamente, ejercicios de engaño para ver qué tanto puedo joder el presente, qué tan tolerable puedo convertir una situación intolerable.]

    Una amiga me mandó un mensaje: “creo que voy a planear mi divorcio” y me dio un poco de tristeza.

    No pienso solamente en lo social —obviamente social—, pero también en la historia de nuestros cuerpos con el otro.

    El cuerpo como una colección de lo ajeno; el bestiario que surge a partir de dormir con otro: los hedores, el sudor, las pestañas, las células muertas, su parte de ceniza que asimilas y como una infección te cambia: tienes nuevos gestos, nuevos tonos.

    [En la tarde, escuché a mis suegros decirse un par de palabras después de un silencio y entendí que estaba presenciando un lenguaje indescifrable, y que mi esposa y yo debíamos ser lo mismo para ellos, este artefacto alienígena que ya tiene sus propios modos para comunicarse. Mi esposa es una traductora de mis piensos.]

    Pienso todo el viaje de mi esposa mientras yo estuve enfermo.

    Un viaje que no entiendo, pero que tampoco puedo ignorar.

    Es historia, y es otra historia.

    Es imaginarme que puedo colocarme dentro de esa historia para gozar un brevísimo entendimiento. Pero el entendimiento no estará a mi alcance, así como no puedo enseñar a otros la bendición de haber sobrevivido a una enfermedad

    Luego pienso en la pandemia, en que casi nos sacamos los ojos porque quién no tenía ganas de sacárselos por el encierro, por las constantes noticias de los viejos que estaban muriendo, por la sonrisa de nuestro presidente mientras trabajaba en el palacio y mostraba, en cámara, a sus allegados con el cubrebocas puestos y los ojitos aterrorizados —debo confesar que me dio risa, todo lo que haga sufrir a un político me da felicidad—.

    Y pienso en mi amiga, y que dijo la palabra divorcio, pero que sobrevivió la inevitabilidad del otro mientras estuvieron encerrados.

    Pero no le voy a decir que no se divorcie; qué clase de monstruo sería yo para impedir la libertad del otro, enjabonarse rico y pasarse la esponja dura para sacarse las capas que nos están afectando.

    Porque también hay historias, y hay historias.

    [Bueno, pero es que divorcio… qué palabra es esa, es de señores, como decir omeprazol, afore, inversión, roof garden, híbrido, priapismo, procrastinación, sildenafil, protein shake, bufet, barbarie, palindrómico, mariobros, resistencia, shibari, sanjuándeletrán, trolebús, alto octanaje, picarse la cola, camembert, google, taco de ojo, cámara-rin-y-pivote, quesadilla de sesos, hoy me fui de mosca en la combi, etc. etc.]

  • Joker

    El fin de semana me hice un licuado de plátano con chocolate, igual, como mi abuela me los hacía para desayunar. Y tan pronto di el primer sorbo, como una maldición proustiana, me puse a recordar.

    Recordé una sucesión de licuados de plátano con chocolate, uno tras otro, aquel de 1989, otro en 1992, uno más en 1994 y todos los de 1996 porque cada uno de ellos fue particularmente memorable.

    Quiero hacer una desviación para contar unas cosas de 1989: me compraron mis primeros tenis PANAM en una tienda Canadá, vi Batman en el cine y me pareció espléndida, me compraron el comic en inglés y lo traduje con diccionario, y me enseñé a leerlo. Entre los cuadros que más recuerdo, son las mujeres que respiraron el SMILEX y murieron con una sonrisa. Quizás, por eso, le pedí amablemente a Midjourney que fabricara este sueño.

    Hace unos días, mientras platicaba con alguno de mis alumnos, le dije que los señores nos hacemos rancios y lloramos fácilmente por cualquier cosa.

    Recordé a Residente, Calle 13, y puse dos canciones; del disidente musical que cantaba eso de “atrévete, súbete la minifalda”, a un midforties dude que canta: “puede que la tristeza la disimule pero estoy hecho de arroz con gandule.

    Qué es eso de arroz con gandule. No lo sé muy bien, pero sí me suena a comida triste, apishcaguada; algo lamentable. Cada vez que se lo escucho a Residente, siento que lo quiero abrazar y decirle: hey, hey, no eres el único señor rancio que se pone estúpido y cursi.

    El destino de todo reguetonero es cantar para sus hijos.

    Estoy hecho de leche, plátano y chocolate. No creo que esté triste o melancólico, pero nostálgico. Me parece importante notar la diferencia, aunque sirve de poco.

    Este, a diferencia de los anteriores, es un ejercicio de escritura sencilla. Quizás es honesta, aunque me guardo algunos detalles desnudos, de una felicidad inconfesable. Es cierto que navego continuamente en la nostalgia, a veces caigo en la tristeza y siento cómo el corazón se me rompe un poco, pero también soy prisionero de una felicidad animal.

    El problema de este ejercicio es que no cuenta nada, pero está bien, supongo que no todo el tiempo deben de contarse cosas. Algunas veces, solo vale quedarse en silencio, prender un cigarrillo imaginario y ver a la luna por la ventana.

    A ver si mañana me compro unos plátanos.

  • Escapante

    Escapa, escapas, escapo.

    [No voy a regresar, perrito, ¿puedes decirle a mi familia que ya me voy?]

    Por qué dejarle la carga a un animal, aquella mancha amorosa y carmesí que navega los tejados y sus ojos reflejan una de las medianoches destinadas —una luz que no se apaga—, [los animales duermen sobre el lomo de la bestia.

    Se acercarán como un espíritu, dirán que todo está bien, pero recuerdas el reloj estático del abuelo, las ropas remendadas de la abuela, la pantalla estrellada del celular de tu madre;

    —no sabes cuánto han caminado tus viejos para llegar a ti—.

    sabes que los animales duermen entre la basura, su cama son los restos de otros, de los niños, se alimentan de insectos, de las alimañas y de los microplásticos.

    Sabes].

    —En el baldío de la medianoche los perros siguen marcando los caminos de un laberinto—.

    El pasto muere donde caminan los que no duermen.

    La respiración de quien escapa es un sonido divino, es un sonido aberrante y prohibido.

    [Escape: muerte o libertad, celebración o funeral —¿no es el funeral también una celebración?—, verde o rojo.]

    Cuando camino a casa, bajo el calor sobrenatural de estos tiempos, recuerdo que caminaba las afueras de la ciudad de noche —me da un poco de frío, igual que personaje argentino, e imagino los temblores y los mocos, y pienso en los besos de Gretchen, y me pongo a jugar con los clavos y con la vida de otra persona—, y a pesar de las bestias y de los autos, a pesar de que algunas veces escapé para que no me navajearan, la libertad era intoxicante.

    [Caminante recuerda que camina.]

    Escapar es cuando la cabeza huye del cuerpo hacia la memoria.

    Caminas a un lugar, pero estás escapando.

    [El primer consejo que le quiero dar a mis amigos, a mis hermanos, a mis mascotas, a todos mis seres queridos: escapa.

    Tengo el escape en la punta de la lengua.

    Sueño con túneles para quebrar el laberinto, romper sus reglas.

    Sigues el rastro del perro, el sabueso se sabe todos los trucos pero nunca abusa de ellos porque desconoce el hambre y la malicia.

    Corres tras de él: libertad o muerte, verde o rojo.

    Corres tras de él: la respiración del escapante es un sonido divino.]

    Escapa, escapas, escapante.

  • Artistilla

    Artistilla

    Primero: para encontrar ideas de prompts, entré a diversos grupos de Facebook y algunos subforos de reddit. Además de los textos para generar imágenes, en los comentarios habitualmente puedes encontrar que algún lerdo comienza con la diatriba habitual: “es que el prompt es mío/tuyo, es mi/tu arte”. Y luego alguien más le sigue con: “exacto, vino de tu cabeza, tú lo tallaste, ese arte es tuyo y estás en tu derecho de ponerle una marca de agua, reclámalo, sin ti, esa pieza no existiría”. Es un tanto vergonzoso, se ponen cursis y megalómanos, como los artistillas verdaderos. Quizás un distraído, de intenciones un tanto insípidas, dirá que eso es una mentira porque los términos legales de la mayoría de estos sitios establecen que todo arte generado por la inteligencia artificial es público. Pobre. Lo acaban. Y ni siquiera dio un argumento pensado, nomás les aventó los términos y condiciones. Pero nadie toca el tema del lenguaje; para hablar con un generador de imágenes debes hacerlo como si fuera estúpido.

    Segundo: quizás, la aprensión de llamar ARTE a la mayoría de estas composiciones, viene del éxito del lenguaje: puedo decir una estupidez —o un pienso medianamente trabajado, cuando se tiene algo de práctica, cosa que habitualmente pasa si uno escribe, y publica, y habla de cosas— a un bot y este bot responde de maneras muy estimulantes; te da lo que necesitas: texto, imagen o consuelo. En reddit he encontrado complejísimos sets de instrucciones para convertir al ChatGPT en tu psiquiatra, tu maestro de filosofía o un asistente virtual dispuesto a tener “estimulantes, delirantes y apasionantes conversaciones contigo”.

    [El mercado de los bots sexuales está imposible. Salen mil nuevos cada día y seguramente están alimentados de toda la porquería que vive en el internet desde el tiempo de los newsgroups, el underdark de los antiguos. La perversión del amigo imaginario, aceptar que la imaginación ha fracasado porque buscamos emoción, respuesta, a través de deleites burdos y procaces. Ojalá, siquiera, se acercaran un poco a este letrero neón enorme que nos pregunta si nos sentimos solos esta noche.]

    Tercero: lo que llamamos una inteligencia artificial es ese amigo imaginario que nos daba todo lo que necesitábamos: un confidente, una compañía, un maldito esclavo que está urgido de querernos solamente a nosotros. Una ilusión muy necesaria para convertirnos en el jefe de jefes, la cosa más importante de la habitación. La defensa del escupitajo, el Frankenstein que proporciona la inteligencia artificial para darnos placer, viene a partir de defendernos a nosotros mismos. He conseguido crear a través del lenguaje, ya no puedo abandonar este barco. Defender el resultado es un compromiso con mi imaginación, con la capacidad de mi lenguaje.

    Cuarto: cualquier persona que llama arte lo que hace con una inteligencia artificial, debería tener más fe a su propio lenguaje y quizás practicar, habitualmente, contarles historias a los otros. Así, supongo, podrían deshacerse de esta estimulación francamente falsa, pero que puede ser muy poderosa. Son personas que ven, quizás, de una manera muy cruda, los primeros poderes de su imaginación. Y, sin embargo, en otro lado, he visto que algunos escritores ocupan la inteligencia artificial para hablarse a sí mismos, reconstruirse, establecen una frontera cyberpunk que puede llevarlos a quién sabe dónde. No me parece muy artístico, pero me parece una curiosidad, una mirada lúdica a una herramienta que terminará con la cotidianidad y nos habituará, cada vez más, a hablar para expresar la imaginación, y exigirle a la imaginación que nos regrese, pues, a ese amigo que no solamente se desvivía por nosotros, pero que a veces nos mostraba el reino de lo divino, los tiempos inocentes y benditos.

    Quinto: por curiosidad, le metí un tarjetazo a Midjourney para tratar de entender a otros ingenieros de imágenes o ingenieros de prompts [los considero términos más apropiados, véase cómo un ingeniero se siente insultado cuando se le llama ingeniero a quien no lo es], y de vez en cuando le subo imágenes de internet para que intente explicármelas y después replicarlas. Disfruto, sobre todo, cuando subo imágenes de dominio público: patrones, fotografías, grabados. Midjourney los reinterpreta con el cúmulo de estilos con los que está alimentado (sí, robo tras robo, ¿pero no es deliciosamente irónico cuando se usa material genuinamente viejo, material con el que lo educaron primero?).

    Sexto: son muy extraños los términos que usa Midjourney como etiquetas para englobar diversos estilos en uno solo: animecore, junglecore, “I can’t believe how beautiful this is”, playfully intricate, death burger (?), otherwordly visions, glitchpunk, glitchcore, cityscapes, artgerm, snailcore, karencore, asian webcam portrait, reefwave, weirdcore. Si quieren un tip extraño y que terminé descubriendo porque me pasmaba ver una oración tan grande, si utilizan el “I can’t believe how beautiful this is”, 7 de 10 veces, les pondrá una mujer de amplias curvas en algún lugar. Me imagino que eso también es culpa de un ingeniero. O de un artista, un verdadero héroe sin canciones.

  • Mapas

    Mapas

    —Eres una broma —dice el pequeño asistente virtual—, abandona tu misión; es imposible, tu especie no tiene el suficiente tiempo de vida para las ambiciones que forman en su cabecita.

    Bla, bla, bla.

    El asistente virtual es una esfera holográfica que vuela continuamente de un lado a otro y dice puras tonterías.

    Se ve translúcida, como un glitch del medio ambiente, una variación de luz intermitente.

    Algunas veces se pierde durante horas, y días, y después me siento muy sola porque nadie me habla. Quizás está programado para torturarme, la motivación a través de la crueldad. No recuerdo quién lo puso aquí; no recuerdo cómo llegué aquí. Pero tampoco me quejo mucho. Tengo una vida sin eventualidades, una vida hermosa y predecible.

    Creo que si el asistente virtual fuera mínimamente competente, habría entendido hace mucho que no estoy dispuesto a escucharlo.

    —Alvin, pon música de Tchaicovsky.

    —Claro que sí, perdedora

    Alvin no me obedece y pone ruído blanco en una frecuencia un poco aguda. Sus sensores fallan, como siempre, o quizás nunca instalaron componentes avanzados (hago una pausa para preguntarme cómo sé esto, de dónde salió este conocimiento… ¿intuición?), de lo contrario, Alvin ya habría entendido que nombro compositores y músicos específicos para que coloque los ruidos que yo quiero, o bien, cuando pido ruido de fondo, pone la música que me gustaría escuchar.

    Abrazo mi libreta de bocetos, camino hacia una de las ventanas y miro el universo.

    A través del instinto construyo mi propio mapa. Creo que mi mundo interior me empuja a mi propósito, el de construir un mapa verdadero del universo. Y este es mi último acto de amor.

    Saco un carboncillo de mi saco y empiezo a dibujar. El acto me ayuda a entender lo que estoy mirando, me da esa falsa ilusión de que puedo resolver cómo las estrellas se conectan las unas con las otras.

    —Qué bonito mapa —dice Alvin, siempre dice lo mismo—. Es un mapa construido por una inteligencia artificial alimentada con las intenciones y el conocimiento de los antiguos. Pip, pip, pip. ¿Te gusta cómo hago mis propios sonidos? Fui programado con una voz agradable para eso. Los antiguos saben un montón de cosas, son seres respetables y muertos, hechos polvo, polvo de siglos, siglos de los siglos, pip.

    No le respondo porque si lo hago nunca se irá.

    Tiene razón, tiene una voz agradable pero cuando hace el pip, pip, pip, me crispa los nervios.

    —Pip, pip, pip. El espacio negativo lo llenan algunos papers, algunas existencias.

    Gracias, Alvin.

    He navegado durante décadas en mi nave espacial, le puse de nombre La Rompedora, aunque a veces dudo que lo sea —qué va a romper en este infinito inexorable—, porque el vacío, algunas veces, parece muy negro y definitivo.

    Otras veces, mientras navego, parece que estallan las luces y el universo despliega sus estrellas, como una tela, y siento el impulso irrefrenable de dibujarlas a todas porque puedo verlas cómo los lineamientos de estas figuras, estas deidades, que actúan para mí en el teatro íntimo, mi propio show secreto.

    Raras ocasiones veo planetas a una distancia considerable (pero creo que es monstruosa porque si recordamos las leyes de la física…) y ellos no me jalan, pero me repelen, como un estallido de gravedad que como un latigazo me aleja cada vez más de casa.

    ¿Cuál es mi casa? ¿Hacia dónde debo ir para encontrar mi planeta? ¿Por qué quiero encontrar un hogar cuando tengo un propósito?

    Limpio mi rostro, pero acabo llenándolo de carboncillo. Puedo sentirlo. El sabor me hace sonreír.

    Una vez más me ha desbordado un sentimiento extraño.

    —Alvin, pip, pip, pip, dime bonito, ¿a cuántos años luz estamos de casa? ¿Me puedes contar la historia de dónde venimos?

    Pero Alvin ha desaparecido. No sé cuántos años tardará en regresar. A veces son días, o minutos, me gusta exagerar porque últimamente me siento triste y nadie está para consolarme, ni siquiera la presencia estúpida que repite sus cosas. Me pregunto si alguien se pregunta por qué estoy encerrada aquí, por qué he llenado libretas y cuadernos de bocetos de un universo que claramente no me quiere, el universo al que no le importo y me rechaza continuamente.

    Bajo a las cabinas.

    Las cabinas de la derecha están llenas de cajas con mis bocetos. Los he organizado minuciosamente por fecha y cuadrante. Si alguna vez, alguien recupera mi nave, estoy segura que podrá reconstruir el mapa que he construido durante todo este tiempo. A veces creo que fue dios, el único y verdadero; dios de las mil caras, que puede ser todos los dioses.

    Las cabinas de la izquierda están repletas de cuadernos blancos y carboncillo. Alguien me ha dado esta misión.

    También me han dejado cigarrillos. Entro a una de las cabinas, rompo una de las cajas para sacar una cajetilla, la abro, busco mi encendedor y prendo uno.

    Camino de un lado a otro de la nave, continuamente se encienden estas luces rojas que me advierten sobre los peligros del fuego. No solo me divierte imaginar que algún día se desaparecerá el trabajo de mi vida, pero también que yo misma puedo estallar en llamas.

    —Alvin, ¿dónde está dios?

    —Dios estalla.

    La bolita holográfica reaparece para seguirme mientras fumo, pero no dice nada más. Está misteriosamente callada, como si una profunda tristeza, una tristeza oculta, se hubiera adueñado de ella. Quisiera abrazarla, darle un beso en sus cachetes de luz para hacerla sentir mejor como a mí me habría gustado sentirme, pero décadas atrás me rendí de las caricias, del afecto que puede darme este o cualquier otro constructo diabólico.

    —Mira… —dice Alvin.

    Le hago caso y cuando me asomo por una de las ventanas, veo unas constelaciones lejanas. Están naciendo justo en este instante. Son espléndidas.

    Parece un perro enano y orejón mordiendo el lomo de una hidra, esta serpiente que tiene más de mil de caras.

    Tiro mi cigarrillo y empiezo a dibujarlos.

    He dibujado cientos de montruos y de bestias, he dibujado a todas las heroínas y miles de dioses oscuros y diminutos.

    —Pip, pip, pip. ¿Alvin, recuerdas dónde está nuestra casa?

    Pero Alvin no responde, ha desaparecido —para siempre, otra vez—, y misteriosamente entiendo que estoy dibujando el final de nuestra existencia.

  • Sebastián

    Sebastián

    —Escúchame bien, Sebastián. Tienes qué atender los ritmos.

    Él no es mi abuelo, suena muy parecido a él, quisiera creer que se trata de él y que no ha muerto, que no me ha abandonado en este mundo oscuro. A veces puedo verlo, es como una ilusión, un fantasma.

    Tengo esta palabra en la punta de la lengua sobre el abuelo: constructo, no ilusión o fantasma, me corrijo: es un constructo. No creo que su origen sea mi imaginación o mi consciencia. Es un pulso externo. Lo que desearía que fuera mi abuelo; lo que la televisión dicta que es un verdadero abuelo; los recuerdos de uno; el concepto de uno.

    Me pide que vigile los ritmos porque el abuelo ha nacido como un resultado de un doloroso ruido blanco.

    Pero si fuera el abuelo, de compas, quisiera responderle por qué dice esas pavadas.

    Lo hemos perdido todo, pero seguimos en el juego.

    Supongo que no ha conocido otra vida, y que debe seguir haciendo lo que le piden incluso ahora, cuando se ha transformado en el personaje de este cúmulo de ficción aberrante.

    —Tienes qué atender los ritmos, Sebastián —dice.

    Me muerdo los labios.

    Cualquier mundo tiene ritmos, los altercados, los encuentros. Topas a una mujer, a un chavito, a un perro, a un gato y juegas un papel misterioso que te empujará a pedir cosas. Llamarás al gatito, por ejemplo, y él se acercará a ti, y le acariciarás la pancita, y pensarás que eres misteriosamente feliz porque conseguiste reconocer tu propia presencia en un mundo de ilusiones.

    Trato de atender a mi respiración, a los latidos del corazón, a la manera en que las luces del pueblo se apagan y se prenden, el pulso de un corazón difuminado, a las ráfagas de aire marítimo que gentilmente acarician el rostro y refrescan un poco a pesar del calor, el calor interminable, pero es que la peste, dios mío, la maldita peste.

    A qué ritmos se refiere el maldito viejo.

    Ojalá que se muera pronto.

    —Sebastián, las moscas no pueden hacer sus vuelos si no las dejas dormir.

    Miré una mosca el otro día; quizás a eso se refiere el constructo del abuelo.

    No siempre vuelan, algunas tienen sus ritmos graciosos, o peligrosos, porque aterrizan en los techos y de repente les pega una ola de calor, y como el calor está durísimo, y nos está hirviendo a fuego lento adentro de esta olla de presión como lo es el concreto y el cielo negro, puedes ver cómo estos huevos alados y negros se transforman en estas torpes entidades que olvidan para qué sirven las alas, y se ponen a saltar, y parece que las patitas se les están derritiendo porque aterrizaron sobre metal en vez de teja, y empiezan a consumirse.

    —Sebastián, atiende los ritmos, mira la televisión.

    Desde que miré la televisión, ya no puedo dormir.

    Aparecen en mis sueños horribles imágenes de lugares que son muy fríos y que jamás han recibido la peste de los mares, de lugares donde sí crecen los árboles y dan una sombra laberíntica, fractálica, y los osos y las madres crueles resucitan de estas sombras, y cazan a los hombres, se los comen extremidad por extremidad, mientras se bañan en su sangre y sus otros flujos.

    Un pájaro turquesa aparece en mis pesadillas, sobrevuela para darnos una sombra enorme y las familias se quedan frías, ya no se mueven, tampoco tienen ganas de vivir, mientras el hombre de las mil caras roba sus rostros en los televisores. Todo acabará pronto, todos estaremos igual, navegando una existencia artificial como si fuera verdadera, como si los abuelos fueran constructos y las bestias siempre hubieran existido para comerse la gente.

    Siento una nariz fría acariciando mis dedos.

    Estoy tiritando de frío.

    Creo que encontraba perdido en alguno de los televisores.

    Miro abajo y veo a un perro de orejas grandes que tiene una fotografía en el hocico. Sigue tocando mi mano, como si quisiera despertarme, como si quisiera matarme para revelar el camino a un verdadero paraíso.

    Tomo su papel y veo la fotografía, soy yo con mi abuelo, él me lleva en sus hombros. Yo señalo a lo lejos, al templo de las arañas, mientras él voltea a otro lado y hace como que está pensando. Costner, 1938. Esmeralda y yo.

    —Esto es la verdad —dice el perro, y se va trotando.

    Escucho el ritmo de sus patitas golpeando los ladrillos.

    Y me dan ganas de reír. Tiene razón, mi nombre no es Sebastián.