Autor: arbolfest

  • Creencias

    Sueños: espacios divinos donde podemos encontrarnos con los otros. Juguito de otredad en tetrapak™️. También es la oportunidad de hablarnos con los dioses, o de tocar a alguien que jamás tocaríamos, pero bajo las reglas del mundo onírico. Los gigantes del sueño son los que aprietan los botones, nos cambian los escenarios, nos empujan de las altas torres babilónicas para ponernos de frente la mortalidad. Son incontrolables, aunque nos hagan creer que sí podemos decidir las acciones y los escenarios imaginados.

    Amuleto: durante la pandemia, empecé a coleccionar juguetes, controles y cachivaches. Plástico, circuitos, baterías de litio, objetos de resina, cartón. Algunas tardes los miro fijamente para trasladar parte de mi intensidad y mis sentimientos. Entrecierro los ojos, les escupo y les digo: “me siento joven y poderoso, y ustedes también”. Y me doy un poco de risa, me siento tonto, pero también creo que estoy depositando una parte de mi existencia en estos amuletos tecnocráticos, y que si me muero, igual que Voldemort, alguien tendrá que buscar y aniquilar estos 500 objetos si quieren deshacerse definitivamente de mí.

    Libro: pero mi alma también está primordialmente abandonada en los libros. Algunos fragmentos ya están rancios pero algunos de mis libros desbordan la vida.

    Laberinto: templos de existencia. Doy vuelta a la derecha, luego a la izquierda, y a la izquierda otra vez (Szymborska). No me esperes a cenar, mamá. Tampoco tú, mujer. Presiento que estoy en un viaje del que nunca voy a regresar.

    [Si hay un dios que pueda escucharme, espero que el día de mi muerte me revele este paraíso: un laberinto infinito.]

    Café: por lo menos dos tazas para el desayuno o la vida estará arruinada.

    Dios: estoy cada vez más inclinado a pensar que sí existe, y que es este personaje grotesco, probablemente gordo, o viejo, o ambas cosas, que se la pasa jugando con los materiales que tiene sobre una larga mesa de trabajo. Recuerdo que uno de mis cuervos, manchado con la sangre de sus hermanos, fue a hablar con él para pedirle perdón y dios, en su magnificencia y la pesadez de su maldita totalidad, ni siquiera levantó la mirada.

    Perra gorda y orejona: estoy desparramado en el sillón, apesto a químicos y cansancio, pienso “estoy a punto de morir, he salido de muchas pero qué te crees, no siempre vas a ganar, no siempre vas a navegar en esta vida saliéndote con la tuya”. Se acabó. Escucho el salto de este monstruo cariñoso y pesado, y coloca su hocico sobre mi rodilla, cierra los ojos y duerme sobre mí, como si pudiera sanármelo todo, no solo la enfermedad, y la medicina, pero también los pensamientos. Entonces no puedo evitarlo, empiezo a dormir yo también, y pienso en sueños y que posiblemente sí, el paraíso es un laberinto. No me esperen a cenar, fui a caminar con mi perro.

    Corazón: cuando todo terminó, los médicos dijeron que debía vigilarme, hacerme mis chequeos, cuidarme que no me lo rompieran, por ejemplo. Pero ahí ando, enamorándome de objetos y conceptos, y poniendo dos cucharadas de aceite y de mantequilla a la comida, y bebiendo algunos fines de semana porque de joven casi no bebía. No puedo angustiarme por un corazón que me empujó a vivir. Si tengo una creencia verdadera, si acaso, el único compromiso que tengo con mi propio corazón, es fortalecerlo y hacerlo feliz.

    [Vamos, pequeño juguete estúpido que bombea la sangre de este viejo guerrero, este instrumento musical que hace los discretos escándalos, enamórate una vez más.]

  • Rapidez

    Uno de esos días, cuando la Nico se pierda en sus viajes multiversales, tendrá la extraña compañía de una diosa de la agilidad. Una bendición, quizás.

    No sabría decir cuál de todas; las variantes de las diosas, igual que los pensamientos ociosos de la humanidad, son infinitas.

    Aunque algunos patrones se repiten.

    Si hablamos de una diosa de la agilidad podemos asociarla al sonido del rayo, una locura a perpetuidad y una sonrisa particularmente feroz, que no se extingue porque puede ver los ciclos de toda existencia.

    Para ser rápido —así lo creo—, hay que ser ingenuos.

    Para una diosa particularmente ágil debe ser un reto casi imposible seguir a una perra vieja, gorda y orejona.

    Caminan los distintos mundos, realidades alternativas, variantes históricas, genéros metaficcionales y los feligreces, personajes no jugables de aquellos escenarios, notan una extraña presencia divina y se arrodillan.

    Pero se arrodillan ante quién: ¿la diosa o la perra?

    [Duda metafísica (conviene distraerla, que no te mire mucho tiempo porque si no…): si una diosa cree en ti, entonces, ¿de qué sirve creer en la diosa? ¿No eres más diosa que la diosa misma cuando ella cae presa de su propia curiosidad y empieza a caminar a tu lado? —Diosa que se hace perra y perra que se hace diosa por un improbable intercambio de papeles—, ¿cuánto tiempo puedes ser terrenal si la divinidad de los tiempos te ha convertido en materia de su inspiración?]

    Una diosa de la agilidad abusa de sus creyentes; sus cuerpos dispersan sus átomos desafiando la física, quiebran su naturaleza humana, la realidad tangible y los flagela con sus poderes para que su personalidad sea igual de maleable que sus cuerpos.

    La diosa de la agilidad, en algunos lados, también es la diosa de la locura.

    El pensamiento es energía.

    [Algunos viejos dirán que tienes una lengua muy rápida, muy sagaz, y alabarán tu capacidad de hablar para retrasar lo inevitable, la situación que definitivamente puede arrancarte del mundo (recuerdo: mi profesor de física, cuando me explicó que si el mundo se suspendiera repentinamente, todo saldría disparado hacia el espacio exterior). Si no estás salvando tu vida, quizás, estás salvando tus vínculos sociales, una comodidad que siempre fue fragil y de la cual nunca tuviste control.]

    Pero es encantador que la perra acompañe a la diosa porque con su desfachatez y su cansancio, ella mira pacientemente todo aquello que se cree demasiado rápido para su propio bien.

    Por ejemplo, cuando la Nico me hace el favor de quedarse conmigo en este tiempo, en esta realidad, he sido testigo de su paciencia milenaria para vigilar a los gatos, a los escarabajos y a los fantasmas.

    Y los suspende con su mirada triste, su mirada enorme que desborda el encanto de lo despacio, la perfección de la lentitud.

    Parece que sus orejotas, aún cuando la historia todavía no acaba de escribirse, o sigue escribiéndose a toda velocidad, pueden anticipar el final. El saco de pulgas puede mirar lo mismo que ciertas diosas, pero desde una realidad de la lentitud. La diosa, pues, habrá recorrido una esfera trescientas veces por segundo pero si la perra más lenta del mundo tarda 300 años en recorrer una esfera, ¿quién la conocerá mejor? ¿quién sabrá más? ¿quién escribirá la verdadera historia del mundo?

    [Nota: las diosas y los perros no escriben la historia.]

    En el tarot, una de mis cartas preferidas es el ocho de bastos: pienso que, además de sus habituales significados, también son una invocación de esta diosa (recuerdito de Hermes), como pedirle un favor a través de un pensamiento breve, lleno de buenos deseos.

    Es el fuego, es la agilidad del pensamiento, es usar el viento para transportar los mensajes necesarios, los que vienen de un corazón escondido, el que no dejamos a la vista de nuestras gentes porque nos da miedo que sepan algún secreto o que nos hagan daño.

    Creo que si rezaras a una diosa de la agilidad, tendrías que hablar tan rápido que tu lengua secaría rápidamente o, peor aún, la carne hablante se desprendería de tu cuerpo y comenzarías a desangrar de tal manera, que te secas, pero al instante ella te mira amorosamente [la terrible bendición de los dioses, cuando te miran, cuando piensan en ti, y manipulan tu historia], y comienzas a renacer, a vivir el ciclo de la vida tan rápido que no podrías salir ileso.

    Acabarás definitivamente trastornado, viviendo una amplia cantidad de vidas en un instante.

    (Pero las vidas, una sucesión de personajes, paradas en el mismo lugar, abusando del mismo rezo, la misma historia; probablemente esa es la contraparte: si la diosa tiene la velocidad de mirar una totalidad de historias, ¿entonces dónde está la imaginación?

    La imaginación verdadera posiblemente se desarrolla a través de la lentitud, en ese maldito, largo y despreciable viaje que nunca termina, que nos obliga a mirarlo con una paciencia pasmosa, apabullante.

    ¿Se dieron cuenta? La perra se acaba de asomar nuevamente, y está babeando porque tiene la galleta enfrente, pero no dará el mordisco que necesita para alcanzarla.)

    Pero un día, es la diosa quien llevará en sus brazos a la perra para mostrarle todas las posibilidades, esos feligreces de carne que se convierten en huesos, en polvo, otra vez carne, otra vez polvo, y no dejan de cantar su nombre; y cuando la diosa se canse de su proceso infinito, inexorable, la perra abrirá su boca, y la diosa se hará diminuta para explorar esas cavernas de carne y de huesos, y dormirá adentro de su barriguita, y caminarán juntas, como una sola, de una manera tan lenta que ambas olvidarán buenamente su existencia.

  • Niños

    Redes: hace un par de días, circuló un video de niños armados que fueron nombrados para formar parte de la policía comunitaria de Ayahualtempa, Guerrero.

    Veracidad: me gustaría decir que dudo del video, de su origen o de su historia (por ingenuo, claro). No sería extraño que fuera uno de esos videos que resurgen, y que solo representan lo que pasó en otra comunidad, en otro tiempo (aún vigente) como, por ejemplo, Michoacán. Lo vi de reojo. No lo investigué. Sin embargo, no es la primera vez que un municipio mexicano, prácticamente abandonado, arma a los niños para proteger a su comunidad del crimen organizado. Quisiera negarlo (es triste verlos así), pero los niños de Ayahualtempa están armados.

    Idiotez: más tarde, uno de esos xitters que están pagándole a Elon Musk por su derecho de redes, se le ocurrió hacer una imagen con inteligencia artificial de niños armados. Los niños parecen mexicanos (usando lenguaje de IA), tienen algunos dedos de más, confunden extremidades. En su desvarío (un tweet), se le ocurre decir algo cómo: «parece la alucinación de una IA, pero no lo es», para sentir que en su chascarrillo, está expresando que la realidad es más dura que la alucinación de los servidores de Bing.

    Resultado: el tweet del idiota se llenó de respuestas de gente, que sintiéndose muy inteligente, anticipa la falsedad del primer video.

    Sonido: bing, bing, bing.

    Bettelheim: hablando de Bruno, quien sería una de esas figuras innombrables en el estado actual de las cosas (sí, canción de Disney, sí), ayer le contaba a mis alumnos de la necesidad infantil de matar a los padres. Cuando somos niños, es muy fácil tener esta fantasía de que los padres desaparecen y tenemos la casa para nosotros solos. Nadie pone reglas, comemos lo que queremos, videojuegos hasta las 16 de la mañana. Eventualmente atravesamos el umbral, unos antes que otros, y la ausencia transmuta en angustia: si me quedo sin mis padres, podría desaparecer, se pierde la estabilidad, se pierden las cosas que doy por sentadas. Imagen del niño que llora por primera vez cuando tiene la pesadilla de que su padre o su madre han muerto.

    Ayahualtempa: ninguna inteligencia artificial puede alucinar el dolor de perder a los padres. Si pides una historia a un ChatGPT o un Bard, te entregará unos balbuceos sobre que la vida es muy triste, pero que con pedos de gases multicolores puedes salir adelante. Los niños armados han atravesado tantos umbrales que apenas podemos imaginarlos: no solo, tal vez, han perdido a sus padres pero a sus tíos, sus hermanos, sus abuelos, sus hogares, su estilo de vida, la tierra que les daba sustento; qué esperanzas pueden tener si tienen qué matar a otros para reclamar su derecho de permanecer en este mundo.

  • Luna

    Recuerdo: mientras preguntaba de símbolos, como de qué nos sirve la luna, uno de mis alumnos dijo que los chinos tienen el mito de una princesa que la mandan a vivir allá; inmediatamente después recordé un comic que apareció en Facebook que narra el mito del conejo lunar pero en un lenguaje muy coloquial. Quetzalcóatl, un caminante cansado y muy poco paciente, cuando recibe una respuesta desfavorable de este animal orejón, le dice: «a la luna por verguero». Me reí mucho.

    Efecto: he visto las lunas estos días, y me gustaría pensar que no tiene un gran efecto sobre mí [probablemente me equivoco y con la ingenuidad de un niño, o de un viejillo enigmático, pienso: “me la quiero comer”]. La luna no me convierte en un hombre lobo, por ejemplo. Tampoco siento que mi humor esté atado a sus fases. Hace unas noches vi el arco de su sonrisa blanca, asentí, y pensé muy ordinariamente: «hoy sonríes como el gato de Alicia» y traté de dejarla ir. Aunque costó, porque era una cosa muy hermosa, y no dejé de mirarla hasta que desapareció detrás de una nube.

    Prisión: una de mis cartas preferidas de Magic se llama «aprisionado en la luna» (aunque preferiría traducirlo como prisionero lunar). Primer flavor text: «solo una bóveda así podía aprisionar a Entrakul». Segundo flavor text: «una prisión improbable para un prisionero imposible». Quizás fue un episodio de Doctor Who donde vi que la luna era el huevo de una criatura gigante, pero antes de Doctor Who, quizás en algún lado leí que era una aventura, o un descubrimiento, de Gargantúa y Pantagruel. No he leído esa novelita terrible, tengo ganas de intentarlo pero me aguanto.

    Síntoma: a veces es triste leer libros viejos, o largos, o aparentemente complicados porque nadie los lee contigo. Eso también, supongo, es una prisión.

    Sigilo: mientras estaba pensando sabe qué cosa, una de mis alumnas me enseñó el curioso método para hacer sigilos. Mi cerebro dio la vuelta a una juventud enterrada. El sigilo es una curiosidad mágica para manifestar pequeñas cosas, proteger aquello que quieres. «Se quitan las vocales, profe, y con lo que resta puede crear un símbolo». El símbolo lo construyes utilizando las grafías restantes y de ahí nace una especie de laberinto simbólico, un laberinto que, supuestamente, si lo atraviesas con la mirada, supone un hechizo. «Ojalá fuera así de fácil», pensé, y me sentí conmovido, un poco derrotado.

    Traslado: la Nico de otro universo ha utilizado la luna para enterrar sus huesos más valiosos. También ha escondido libros viejos, cobijas muy calientitas y croquetas de dinosaurio en montecitos discretos que pueden verse con algún telescopio. En algún lado, también enterró esta frase: «Luna, te quiero, te quiero, Luna» mientras admiraba un sol lejano. Gracias a su poderosísima nariz, sabe que hay un camino laberíntico en los adentros del satélite blanco que puede conducirla a la prisión de los mil demonios. Otros entes primordiales, como el espíritu del conejo que vive pastando en uno de sus cráteres, piensan que ella es la guardiana oscura de ese lugar y sus secretos, pero la verdad es que no le importa mucho y siempre que siente una sensación de deber, le da mucho sueño, se enrosca y duerme hasta babear ríos, y ríos, en las riscos de una erosión lunar.

    Sombra: Nunca se me van a olvidar la luna, ni su conejo. «A la luna por verguero».

  • Escama

    El algoritmo me enseñó el otro día como te quitaste una escama. Creo que no debió, porque unos minutos después eliminaste el video y yo empecé a pensar en ello como una pesadilla, una alucinación de alguna inteligencia artificial que tomó prestados todos nuestros datos biométricos.

    Pero eras tú.

    Mirabas a la cámara, te pasaste las uñas por el rostro y arrancaste una escama verde de tu cachete. Creo que así fue. Parecía un poco circunstancial el video, como si hubieras cometido un error.

    Quizás tu intención era usar la cámara como un espejo y te confiaste, creíste que nadie te iba a cachar, pero muy segura de ti misma te grabaste y subiste un video en tu feed de instagram.

    Conozco esos errores, son muy molestos. El otro día, pasa que le digo a mi madre que deje de sobarse los huesos. Es que cuando se soba los huesos se escucha tremendamente molesto, como si alguien rascara el pizarrón con las uñas. Se lo mando por mensaje de voz, pero minutos después me doy cuenta que se lo he mandado por error a mi jefe.

    Entonces él viene corriendo a mi oficina. Aunque parece un poco exasperado y molesto, en realidad está excitado porque está a punto de hacer algo que jamás había hecho.

    Y luego de darme los buenos días, él se anima a preguntar—: ¿qué quiere decir con eso de que su madre se soba los huesos?

    Explico la tremenda corona de huesos en la cabeza, porque nunca dejaron de crecerle las protuberancias óseas, y que ella anda por el pueblo exhibiendo una cabeza muy grande y algunos de sus vecinos la adoran como una visión mística y ancestral.

    Enseño algunas fotos que le he tomado a lo largo de los años.

    La corona en 1960, en 1972, en 1991, en 2002, en 2028 (ella en su tumba de cristal, con una sonrisa plácida y generosa).

    —Eso explica sus cuernos bonitos, Martín —dice mi jefe y sonrío como un niño al que vieron por primera vez.

    Mi jefe acaricia mis pequeñas protuberancias, que no son tan grandes como los de mi jefa, la chingona, y lo hace como si acariciara una cáscara de plátano antes de abrirla, como si pudiera pelarme la cabeza para descubrir algunos secretos, y yo siento una felicidad impura pero genuina.

    Me dan muchas ganas de reír porque estamos así muchos minutos, tal vez una hora completita.

    Espera, no, no me vas a engañar. Tus ojos tienen estos poderes de distracción, de ocultamiento de la verdad. No sé si mi historia es genuina o verdadera. No entiendo nada. Te vi muy bien. Te sacaste una escama del rostro. Vi que lo hiciste. Trato de regresar para ver tu video pero dice que está eliminado, y luego entro a tu perfil para analizar tus caras, para entender por qué tus ojos se ven así: tienen la forma de una cruz y estos colores rojos que no le había visto a nadie.

    Escribo en mi diario para no olvidar, para no creer que todo esto fue mi imaginación.

    Sé que hay algo debajo de tu piel.

    Esto es lamentable: uno que es sincero, y lleva su primera corona de huesos a la vista de todos.

  • Amanecer

    Desde que estoy vivo —definitivamente vivo— me gusta pensar que la vida se compone de umbrales y que todos ellos son un componente clave de la felicidad.

    Un rompecabezas que puedo armar a mi modo.

    El atardecer y el amanecer son dos de mis umbrales preferidos.

    No tengo qué hacer nada especial para atravesarlos, solamente suspender la vida (unos minutos) y mirar cómo, por gracia de la atmósfera, una de esas cosas incontrolables, mi entorno cambia y el cambio me lleva consigo.

    No necesito valor, no necesito habilidad alguna, solamente necesito mis ojos y respirar.

    Como una rana que mira al cielo.

    [Pasé mucho tiempo aceptando que podía morir, porque ese es un componente aplastante de la realidad: empiezas a hacer cuentas, te pones a imaginar números muy complicados que delimitan tu existencia y que, además, según tú, son el valor definitivo de tu paso por este mundo. Hablarán de esto y aquello, casi puedes jurarlo.

    Sí, hay una voz que te está diciendo en la oreja que todo eso es pura caca, pero a ver, hazle caso.]

    También recuerdo con algo de cariño aquellos otros umbrales, los que atravesaba de joven. Horas y días de trabajo después, al tercer o cuarto desvelo, venía una muchacha [o un muchacho], y me decía «vámonos de rave, vámonos de party, vámonos», y acababa en alguno de esos lugares nocturnos, feos, bailando música electrónica como si hubiera probado diez ácidos diferentes y milagrosamente llegaba a mi casa, un cuartito de azotea o un colchón en el piso.

    En ese entonces, hacer cuentas con números angustiantes e inflados era, mal que bien, imposible.

    Me distraían las lucecitas, y el punchis punchis, y mis propios chinos esplendorosos porque no estaba calvo.

    Y me gustaba atravesar estos umbrales oscuros, recorrer la ciudad de noche, emborracharme y simular que un sentimiento de plenitud me desbordaba.

    Para eso sí se necesita algo de habilidad, aunque también mucha estupidez.

    Quizás esta mañana me he puesto a escribir de amaneceres porque el día de hoy inicia un nuevo semestre (puf, cursilón y fácil), y tengo que ponerme este traje de profesor que sabe muchas cosas.

    Pero he descubierto que cada grupo al que doy clase es una especie de umbral, algo que me cambia lo mismo que ver distintos amaneceres, sin que yo pueda controlarlo del todo; los muchachos me dejan enseñanzas nuevas, algunas inevitables (y otras desagradables), pero siempre hay una que otra cosilla interesante.

    Su desfachatez tiene el potencial de regresarme a un enfadoso estado de pureza, uno donde no contaba números, e imaginaba cosas y a la vez, me dan ternura porque toda juventud cree que su angustia es definitiva, verdadera, e ignoran que el horror puede ser más grande (como un dios primigenio cara de tentáculos).

    La bendición de la ignorancia.

    Espero que algún día, estos muchachos también puedan descubrir sus propios umbrales, los colores inesperados de la felicidad y, sobre todo, el amor, este animal de múltiples caras, la bestia primigenia, esa que es un perro desmadre y puede romper cosas, pero también hacerlas de la nada, estatuas que surgen del polvo.

    Sí, tal vez.

    Buenos días.

  • León

    León

    Infancia: cuando era niño, los leones parecían más reales, pero también más monstruosos. Prendía la televisión y los buscaba impaciente porque me parecían una bestia maravillosa. Artefactos de circo, un mago hacía su truco y veías a un pobre iluso meter la cabeza adentro de su hocico. Luego los escuchaba rugir y me emocionaba. En otro programa, un héroe de complexión delgada, normalmente blanco y valiente, lo rodeaba cuidadosamente antes de montarlo, o darle una patada, o tirarle una piedra que lo alejara. Mi madre me llevó a verlos al zoológico y los vi más falsos, más mentirosos, unos gatos huevones pero regios esperando pacientemente su hora de morir.

    Chiste: el león, rey de la selva (“la melena es su corona”, decía mi abuela, y después asentía con un poco de vergüenza pero siguiendo una tradición misteriosa), no sale muy bien parado en las historias morales o los chistes selváticos. Habrá un ratón, o un mono, incluso un elefante que sea más sabio, más listillo o, simplemente, más inteligente. El león depende de los demás, es un rey que debe morir para que otro (más sabio, o inesperado) ocupe su lugar o es el rey que debe asegurarse que los demás tengan una buena vida. En un festival de la escuela me escogieron para ser un león. Treinta y tantos años después, estoy seguro que me dieron al animal más estúpido, hubiera preferido ser otra cosa. Qué acaba de ocurrir. ¿Acaso el león me ha dado una lección?

    Ficción: pero lloré alguna vez por el león cuando leí una novela de Ende. Cuando Bastian atraviesa al mundo fantástico (isekai), su primer encuentro es con el Graograman, la muerte multicolor, el león de la selva de colores. Sumamente simbólico como Bastian derrota a ese león con el conocimiento y la compasión, mientras que en el pasado, Hércules (el psicópata) lo derrota quebrando su hocico con su monumental fuerza, lo desolla y se pone su piel encima; el león se convierte en una armadura que cuenta su historia.

    
Religión: Cristo es el León de Judá. La Biblia, convendría recordarlo, tiene sus momentos sangrientos. Sansón es Hércules —el que mata los leones— eximido de sus pecados. Los dientes del león divino ocultos en la biblia son uno de los tratados del body horror por excelencia. Um, ¿el león cree que todos son de su condición?

    Azar: uno de los mecanismos de Dungeons and Dragons, y cualquier juego de rol que usa un sistema con dados de 20. Tiras los dados y puedes crear un monstruo, un dios nuevo, un dragón cromático o un demonio. Si esta noche me encuentro hablando de leones, es porque el azar me llevó a construir un demonio con la cabeza de un león y una piel hecha de planta, y de infestaciones. Comencé con una ilustración muy estándar, y terminé convirtiéndolo en un muñeco de acción, como si fuera un amo del universo. El león es parte de la quimera, de la mentira e imagino que, dentro de todas las alucinaciones de una inteligencia artificial, es una de las bestias que menos duermen. Quizás solo falta una muchacha que lo tome de las garras y lo enseñe a ser menos cobarde.

    Sombra: uno de los demonios que más recuerdo de mi tarot oculto [faramalla, pero adorable] es Marbas. Tiene una carita de león canalla y fifiriche, pero creo que destruye vidas si lo invocas y no le das algo a cambio. Yo que sé. Hace algunos años que dejé de tenerle miedo a los dioses, a los ángeles y a los demonios, si de todos modos, cuando te miran, harán de ti lo que ellos quieran. Pero eso sí, hay muchachas que me dan mucho miedo, y muchachos también. Hay miradas que lo atan a uno como la cadena del lobo, y te dejan pensando cosas.