Hay jornadas que exigen transformarnos en exploradores de lo inmenso, ya sea para navegar de forma relajada por los dieciocho trillones de planetas algorítmicos de un software o para internarnos en las páginas indescifrables de un laberinto verbal.
La bitácora de hoy es un registro del desapego y la quietud: el inicio de un retiro meditativo custodiado por el adorable histrionismo de los gatos, la contemplación de los colibrís que asaltan el mezcal de la yuca en la ventana, y el feliz desmantelamiento de la eficiencia matemática en un tablero de cartas para salvar la pureza de una historia.
Un trayecto que nos recuerda que no estamos aquí para domesticar el caos del mundo, sino para apropiarnos de su ruido y aprender el arte del abandono. 🚀🌿📚🃏 _〆( ̄ー ̄ )
- Este fin de semana regresé a mis navegaciones por los mundos exóticos de No Man’s Sky. Abrí una partida en modo creativo y otra en modo relajado, y tengo claro que me enfocaré en esta última. Mi propósito es recorrer la galaxia con calma —un viaje casual, sumamente relax, pero con los sutiles contratiempos de la supervivencia— para hallar biomas alienígenas, floras y faunas imposibles, y levantar una pequeña base en cada parada. Se trata de alimentar al pequeño explorador cósmico que vive en mi interior. Mientras deambulaba por las estrellas, apunté una certeza: este sistema es el paraíso o el infierno absoluto para los acumuladores y la neurosis del completista. No existe posibilidad física de poseerlo todo, aunque el propio diseño procedural te invita a intentarlo. Para disfrutar una inmensidad de este calibre, hay que abrazar primero la noción del abandono. ¿Y qué es el abandono? Sencillamente, la paz de aceptar que jamás lo verás todo. 🚀 🌌 🛸 🪐 🛖
- La inteligencia artificial me arroja un dato frío y demoledor: el algoritmo de No Man’s Sky alberga más de 18 trillones de planetas. Una escala de tal magnitud que vuelve imposible, incluso para la especie humana entera coordinada en un viaje generacional, llegar a navegarlos todos.
- Guiado por mi naturaleza de chismoso y metiche, pesqué en Instagram que una amiga coordina un club de lectura de Finnegans Wake. En cuanto le pregunté al respecto con fingida timidez —porque uno siempre arrastra el fetiche de leerlo, se sabe—, terminé autoinvitándome a las sesiones. A lo largo de la semana logré tragarme poco más de treinta páginas, de las cuales apenas descifré una cosa o dos. Creí vislumbrar un puente hacia Samuel Beckett a través de un tal Mr. Belcher y de cierta línea que reverbera en Waiting for Godot (sospecho que se trata de un eco shakesperiano, a menos que me haya calzado el sombrerito de mamador y esté inventando conexiones donde no las hay). Dejé caer un tuit a mitad de camino: «Pura puercada disfrazada de limerick». Supongo, por supuesto, que la obra encierra mucho más; subrayé pasajes enteros a ciegas, a la expectativa de ver qué demonios se desentraña en la reunión de hoy. Con Ulysses me ocurrió exactamente igual: me dejé arrastrar por el flujo de la corriente, aunque mi identificación con el texto fuera mínima. El cierre, no obstante, me pareció una absoluta genialidad: fue como si toda esa extenuante acumulación del verbo encontrara su recompensa y su liberación en el monólogo de Molly Bloom y su definitivo, rítmico YES, YES, YES. ( ˘-˘) ✨
- (La prudencia me dictaba no equiparar el verbo con el orgasmo, pero…) El verbo es, ante todo, liberación. Aprender a navegar el flujo indómito de la palabra escrita, sin la urgencia de querer domesticarla; ahí es donde se esconde el verdadero principio del placer.
- Sol partirá unas semanas a su tierra natal, dejándome un espacio suspendido para meditar en compañía de los gatos. Justo en este instante, Morgana irrumpió en mi oficina desatando un festival rítmico de maullidos y giros, para luego marcharse con la misma soltura, como si acabara de interpretar la secuencia de apertura de una caricatura animada. Detrás de mí, Archer duerme plácidamente en el sillón. A mi derecha, tras el cristal de la ventana, la yuca comienza a descolgar sus densas flores blancas; los colibrís aparecen de pronto, beben de su mezcal, se van prontito, volando rápidamente y albergo la fe de que nos aguardan tardes sumamente generosas. El domingo, buscando un descanso genuino que orbitara más allá de las fatigas de Joyce, me refugié en mis cartas de Magic para reestructurar dos de mis mazos predilectos: Henzie y Tom Bombadil. Fue entonces cuando redescubrí el texto de ambientación de Henzie: «Fallen angels should stay fallen», y evoqué su trasfondo: la estampa mítica de un simple mortal arrojándole un rascacielos entero a una entidad colosal, un ángel phyrexiano. Aunque mi conocimiento del juego es somero, la fuerza de los arquetipos basta para proyectar en mi mente ese instante soberano donde Henzie reclama el poder a través del sacrificio y una violencia brutal. En el polo opuesto, Bombadil canta en los bosques, y yo lo concibo como ese viejo borracho entrañable que narra leyendas debajo de un puente; un refugio lúdico consagrado al acto de hilvanar mitos. Por ello, decidí hacer cambios generosos al mazo: al recordar que en la última partida estuvo a punto de alzarse con la victoria mediante un combo eficiente pero ajeno a las Sagas —desvirtuando su naturaleza de cuentacuentos—, retiré las cartas. En su lugar, incorporé las Sagas criatura de Final Fantasy. Al final, se trata de una renuncia: sacrificar la efectividad matemática de las sinergias para entregarse al destino del personaje. 🐈⬛ 🐈 🪟 🌿 🐦⬛
- Ahí radica la auténtica estética del explorador: ya sea que naveguemos por mundos generados mediante fórmulas matemáticas o que nos entreguemos al laberinto de un texto cíclico, parido desde el abismo inconsciente de un pequeño y villanesco genio. Eso que llamamos propósito no consiste en otorgarle un sentido artificial a la existencia, sino en apropiarnos de la vida en su estado puro: un caos absoluto al que tercamente tratamos de dar forma, un denso cúmulo de ruidos donde confirmamos los patrones para sentirnos a salvo. Y, sin embargo, qué prodigio cuando conseguimos salir ilesos de aquello que no alcanzábamos a comprender; ¿acaso no se asemeja eso a una de las grandes verdades divinas? Al principio fue el verbo y, si la vida es justa, ese mismo verbo nos terminará revelando la gracia del abandono. Sabrás que no podrás contemplarlo todo pero, justo en el instante preciso, al levantar la mirada, verás al colibrí beber del mezcal en la flor de la yuca, y constatarás cómo los dioses son limpiamente atravesados por las construcciones de los hombres.
- De las cosas que revelan la gracia secreta del abandono: dieciocho trillones de planetas algorítmicos que jamás pisaremos y que, por fortuna, nos conceden la licencia de entregarnos al olvido. Treinta páginas densas de un laberinto indescifrable que se lee como una pura puercada disfrazada de limerick, para luego ser salvados por el eco liberador de un YES absoluto que lo absuelve todo. El festival escandaloso de una gata que irrumpe en la oficina con la gracia histriónica de una caricatura animada y se marcha enseguida, dejándonos a solas con el silencio de un retiro meditativo y el sueño plácido de un felino de ojos azules en el sillón. El acto piadoso de despojar a un viejo mazo de cartas de su fría efectividad matemática para salvar el destino de un cuentacuentos borracho debajo de un puente. La imagen mítica de un rascacielos humano arrojado con violencia brutal contra la soberbia de un ángel colosal. Los colibrís que acuden puntuales a embriagarse con el mezcal de las flores blancas de la yuca mientras se acomodan las tardes generosas en el jardín. Y, finalmente, esa línea en blanco suspendida en la hoja donde rastreamos patrones en medio del ruido, comprendiendo con total nitidez que salir ilesos de aquello que no entendemos es la más hermosa de las verdades divinas, mientras contemplamos cómo los dioses son limpiamente atravesados por las necias construcciones de los hombres.
La bendición del día: que te sea concedida la lucidez y la paz de la «idea de abandono», salvándote para siempre de la neurosis del completista que pretende conquistarlo o comprenderlo todo, ya sea frente al infinito de una galaxia procedural o ante los pasajes más densos de la gorda, gordísima literatura.
Que cuando te veas rodeado por el ruido ensordecedor de la existencia, tu mente conserve la agudeza necesaria para descifrar los patrones que te hagan sentir a salvo, otorgándote el prodigio de salir siempre ileso de aquello que no alcanzas a entender.
Que en tus semanas de silencio y repliegue encuentres refugio en la soberanía de tus propias ficciones, teniendo siempre el valor de sacrificar la fría efectividad de las matemáticas llanamente para entregarte al destino de tus personajes.
Y que, justo en el momento indicado, al levantar la mirada de tus laberintos, tu ventana te regale una tarde generosa: el recordatorio vivo de un festival felino y un colibrí bebiendo de la flor de la yuca, para certificar que las pequeñas construcciones de los hombres siempre serán capaces de atravesar a los dioses.
🌿🛸✨ (🙏˘ᵕ˘)
Nos leemos en el próximo aleteo del colibrí.
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