Hay jornadas en las que el cuerpo reclama de golpe sus nuevas fronteras y el entorno entero parece atascarse en un error de renderizado.
La bitácora de hoy transita por el limbo incómodo de una marea médica, el fastidio de malgastar el sagrado presupuesto de azúcar en un postre escolar chafón y una tarde calurosa que se congela en el naranja polvoso, como una distorsión de Villeneuve.
Un registro que desciende hasta las raíces crudas de la industria de los videojuegos para desmontar los viejos altares de la genialidad, descubriendo entre post-its y líneas en blanco que el arte y la creación siempre han pertenecido a los seres imperfectos y que, aun con los propios vicios a cuestas, siempre es posible albergar una tregua con el futuro.
- Anoche tuve una de mis primeras borracheras como diabético, y resultó bastante más tristona de lo que había anticipado. Solamente tomé dos whiskeys con agua mineral y media copa de vino porque pensaba que no podría tomar más. Suelo agradecer profundamente la comida de los maestros; bien dicen por ahí que «hay que dar gracias cuando a uno lo alimentan». Estuve de acuerdo, hasta que llegó el postre: un merengue rosa con crema pastelera. Me pareció de lo más deprimente malgastar mis niveles de glucosa en un platillo tan pobre. Más tarde me sentí desencajado, tal vez porque venía saliendo de una cita un poco seria. Mientras regresaba a casa, además de consultarlo con la IA, le pregunté a L —una de las tres médicas a las que confío mi vida— cuánto más tenía permitido beber en el siguiente intento. Fue piadosa y, con total calma, me aumentó la dosis. Espero que la próxima marea sea mucho más divertida. 🥃 🧁 🥮 🩸
- El alcohol ha descolocado el día. Siento que es una tarde sucia, un poco gris y demasiado calurosa. ¿Estará cayendo ceniza? Recuerdos de Cyberpunk 2077 y la caída de la tarde. Una vez se me bugueó el juego y el día no cambiaba de un naranja polvoso e intenso, como fotografía de Villeneuve en Blade Runner 2049.
- Sigo avanzando en el libro de historia de los videojuegos y perdí la poca admiración que todavía le guardaba a Nolan Bushnell. Quizás lo que más me molesta es constatar que dilapidaba su fortuna en los placeres más mundanos. Eso me empuja a una pregunta inevitable: ¿su personalidad volcada al juego, al derroche y a los vicios era el motor indispensable que lo empujaba a fundar imperios? También me sorprendió descubrir que él estuvo detrás de la franquicia de la pizza y los animatrónicos; sin su audacia, no existiría ese bache fascinante de la cultura pop que es Five Nights at Freddy’s. Es curioso pensar que la raíz de fenómenos tan distantes puede rastrearse hasta un solo individuo. Al final, la conclusión que saco es cruda: los cimientos de la industria interactiva estaban plagados de idiotas geniales y de cabrones profundamente superficiales. 👾 🕹️ 💵 🍕
- Dejo un post-it adherido al papel: «La industria de los videojuegos nació de la imperfección y de la audacia de unos locos superficiales, no de la academia». A fin de cuentas, no se trataba de genios inmaculados, sino de tipos defectuosos que sabían hacer cosas con las manos. Al margen, anoto una intuición que se siente como un alivio: «La genialidad no está sujeta a la moral». Y de inmediato tomo nota de algo más, una última línea dedicada a mi propio sistema: «Aun con mis propios vicios, quizás yo también tengo esperanza». Dejo una línea en blanco en la hoja. ¿Esperanza de qué? [ 📄❓ ]
- De las cosas que descolocan el alma en una tarde gris: dos vasos de whiskey con agua mineral y media copa de vino que caen en el cuerpo con la pesadez de una borrachera tristona; la amargura de gastar el sagrado presupuesto de azúcar en un merengue rosa y mezquino que no merecía el sacrificio; el desasosiego de una cita seria que nos deja sintiéndonos fuera de lugar mientras caminamos de vuelta a casa; la piedad de un médico de cabecera que levanta los permisos para la próxima marea; una tarde sucia, calurosa y cubierta de una sospecha de ceniza, donde el cielo se congela en un naranja polvoso e intenso como el error gráfico de un videojuego que ha olvidado cómo cambiar de hora; el desencanto ante un viejo pionero de la industria que prefirió el derroche mundano, las pizzas grasosas y los animatrónicos antes que la dignidad, el asombro, seguir jugando; la revelación de que este arte interactivo no fue fundado por santos, sino por una horda de idiotas geniales y cabrones superficiales que al menos sabían hacer cosas; un post-it que asegura, con total calma, que la genialidad jamás ha estado sujeta a la moral; y una línea en blanco, suspendida al final de la hoja, donde un hombre con sus propios vicios se permite albergar una esperanza abstracta cuyo nombre prefiere no adivinar. Todas estas estampas, un tanto deslucidas por el calor y el alcohol, se vuelven entrañables cuando comprendemos que la imperfección es el único suelo donde las cosas consiguen brotar.
La bendición del día: que en tus próximas mareas la mesa de control médica siga siendo piadosa y te conceda las dosis exactas para pasártelo mejor, alejando de tu mesa cualquier repostería barata que no merezca el sacrificio de tu sistema.
Que cuando el entorno se ponga sucio, gris y caluroso, tu mente conserve el filtro cinematográfico para convertir la sospecha de la ceniza en una estampa estética y no en un agobio cotidiano.
Pero, sobre todo, que la imperfección de los viejos pioneros te sirva de licencia y absolución: que recuerdes siempre que la genialidad jamás ha estado sujeta a la moral y que la industria del mundo fue fundada por locos defectuosos que, a pesar de todo, sabían hacer cosas con las manos.
Que la línea en blanco que dejas al final de la hoja sea tu espacio soberano, un rincón limpio donde tus propios vicios no te impidan reclamar, con total calma, tu legítimo derecho a la esperanza.
🧪🌆👾✨ (🙏˘ᵕ˘)
Nos leemos en el próximo atardecer de ceniza.
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