Semana 34, la semana de encuentros oníricos

I. 📖✨ ( ゚Д゚)🔍

La literatura se encuentra en cualquier rincón —especialmente si eres un niño, las historias se filtran en los recovecos más insospechados—.

II. ⚔️🃏 ( ゚Д゚)👹

El viernes pasado percibí a Henzie sediento de sangre como ka espada maldita de un samurái. Quíhubo. Recordé a Zoro y una de sus historias en One Piece: prueba una espada nueva, conversa con su filo y ya en combate, intuye al vuelo su sed de sangre. Asume el reto de controlarla. Muy samurái el asunto, el Hagakure me mira desde el librero: ¿gobiernas el arma o te dejas gobernar por ella? En mi último juego con Henzie Torre, el mazo me regalaba las cartas precisas para provocar grandes daños en la mesa. Me quedé pensando toda esa noche. Tuve la tentación de pactar con el diablo ante la cascada de cartas aterradoras, pero opté por la tregua; era el último juego de la noche, pensaba retrasarlo lo más posible. Henzie se quedó con ganas de romper el tablero. Podría retirar las cartas más dañinas, cambiar su estrategia, pero hace tiempo decidí no hacerlo. Estos carnales funcionan bien juntos, como un RPG táctico, como los humanos de Gurren Lagann cuando se enfrentan a lo imposible, al espiral. Queda aceptarnos el uno al otro, queda asirnos a la oportunidad de jugar juntos —Tactics Ogre—, así como somos.

III. 🌙📜 ( ˘─˘)っ💭

Sueño: estuvo raro, eras interpretado por un actor y contemplabas tu propia vida a través de un televisor de bulbos. En la escena, tu personaje se arrojaba desde un edificio, ejecutando maniobras para sostenerse de una lona publicitaria que cubría la fachada y descender con gracia, suavemente. Justo antes de tocar suelo, levantaba la manta para revelar un camión cargado de huevos. Me pareció muy fácil la interpretación, dije a quienes me acompañaban, incluyéndote a ti. Intuyo que la depresión te empuja a correr riesgos, y que escondes algo que te pasa. Había un contexto: la pérdida de una fortuna intentando sostener un emprendimiento ambicioso y costoso; entre tus gastos, rentabas un edificio entero. El mismo edificio desde donde te lanzaste. Reapareció después el televisor, muy Mad Men el asunto, y vimos la silueta persistente del hombre que cae, como anticipando un suicidio, una ruptura. Fracturé la cuarta pared y me dije: «debería llamarte después de soñar esto». Antes de despertar, hubo un cambio de escenario y de intenciones y soñé con A. Tras años de distancia, me llegaba un correo suyo con un poema en francés, hablaba de jardines cruzados, de encuentros próximos. Muy borgiano el asunto. Guiado por estas revelaciones, a lo largo del día envié dos mensajes. Uno por correo y otro por WhatsApp. Todo el día pensé en ustedes. Es una pregunta que me hago habitualmente: ¿cuántas trayectorias vitales no habrán dado un vuelco propiciado por las cartografías del sueño?

IV. 📚🏛️ ( ˘─˘)っ🎪

Feria Internacional del Libro en el centro de Puebla: carpas adueñándose del espacio público, de las banquetas y de las plazas. Una estampa pintoresca, pero incómoda, con los pasillos atestados por una multitud compacta. El roce fortuito con la piel ajena detona la memoria somática: las agujas, los enfermeros, los fármacos y cómo incendian las venas. «Es que te están inyectando veneno », recuerdo que me dijeron. Un enfermero que se lleva las manos a la boca y luego toca mi intravenosa. Rehúso el contacto físico lo más posible; me sobresalta incluso que mi esposa me toque si me toma desprevenido. Aun así, la marea humana avanza entre ráfagas de polvo y partículas de papel. Cordilleras de volúmenes que, superpuestas, erigirían una nueva Torre de Babel. Cierto desdén paternalista murmura: «a ver si así se les contagia la cultura», o más bien: «a ver si la consumen de gratis, ja-ja». Y sin embargo, la persistencia de la fe, la religión del libro o lo que imaginamos es el libro: prometen un prodigio el día en que el mexicano promedio devore cuarenta títulos anuales. Las carpas desbordaban clásicos en dominio público e impresiones genéricas con portadas manufacturadas por IA, rematadas en tres piezas por doscientos pesos. La inevitable aceleración industrial: ChatGPT maqueta un par de volúmenes de mitología ancestral en una sola semana. Esta semana me dio tristeza: la editorial ERA está disminuyendo sus operaciones al mínimo, se declararon incapaces de encajar en las lógicas del mercado actual. Sabe por qué, si todos sabemos que el gobierno subvenciona la mayor parte de la industria cultural y de las editoriales —más o menos— chidas. Me pregunto quién les comprará su catálogo y por cuánto.

V. 🕹️🕸️ ( ˘─˘)っ🕷️

El volumen más reciente que devoré de Dungeon Crawler CarlThe Eye of the Bedlam Bride— funciona como una hibridación interesante entre Pokémon, Magic y la lógica de un RPG táctico. Me divertí con Donut, luciendo sombreritos estrafalarios para sus partidas de cartas, aunque el relato se torna sombrío, preocupante: la transmutación de un personaje en una baraja viviente, condenado a manifestarse y esfumarse al capricho de su invocador. El trasfondo de la saga insiste en la erosión del libre albedrío: los humanos se descubren prisioneros de estructuras piramidales, complots y corporativos cósmicos que escapan a su comprensión y sus posibilidades. Aunque también habría qué pensar en ello: el universo es gringo, claramente capitalista, ugh. Agrego un apunte sobre Shi María, una entidad arácnida y cautivadora. Una búsqueda rapidita en Wikipedia, me dice que es uno de los nombres de Anansi, el numen araña que urde los relatos del mundo. Las arañas me provocan un vértigo entre el pavor y la atracción hipnótica; en la reelaboración de Dinniman, uno de sus ojos expone la demencia, la mirada nietzscheniana del abismo interior, la sombrita jungiana. Una criatura doméstica que ausculta el espíritu, la daddy longlegs de la esquina que convierte tu alma en un laberinto. El autor me dio un poco de roña al rebajar a Quetzalcóatl a la categoría de un espectro descolorido y menor: la inercia del anglosajón apropiándose de mitologías ajenas. Admito mi contradicción como lector: me seduce la intriga alrededor de Shi María mientras me irrita el manoseo de Quetzalcóatl. Resignación. Algún día redactaré una ficción para expoliar la imaginería norteamericana: un vacío absoluto nutrido de la vacuidad del American Dream, la nómina de sus mandatarios pedófilos y perversos, la patraña del Destino Manifiesto, la industria automotriz superada por el mercado chino y demás ruinas de su imperio.

VI. 💤🐈 ( ˘─˘)っ🐾

Llegó la respuesta de A: conversamos sobre sus hijos y su mudanza en Dinamarca rodeada de los suyos. Le compartí mi actualidad laboral y académica, reservándome los pasajes sombríos —la enfermedad, la partida de mi perro, los distanciamientos—, aunque insistió en que le siguiera contando. Podría relatarle este segundo sueño, de una extrañeza particular: me hallaba en mi antigua unidad de Lomas de Becerra, transmutada a ratos en la Unidad Kennedy de Jardín Balbuena. Caminaba la noche a ciegas cuando presencié como un hombre mordía a otro; la mordida transformaba a la víctima en una suerte de vampiro-zombi. Caigo en cuenta mientras escribo: era la premisa del cierre de Dinniman, con criaturas no-muertas sirviendo de recipientes a entidades demoníacas —Evil Dead—. En la huida de la horda, al saberme testigo de la ola inicial, logré refugiar a unos amigos en su casa para aguardar el reporte de noticias. Les dije: «espero que tengamos suficiente Coca-Cola». Remanente de la histeria pandémica. La voz de Gatell: «qué-de-se-en-ca-sa». En el sueño, los medios guardaban silencio mientras el contagio avanzaba a cuentagotas. Al despuntar el sol la amenaza se disipaba, llevándome a deducir: «lógico, la luz abrasa a los monstruos; la propagación diurna es imposible». La pesadilla discurría en una métrica predecible: alternancia de noches infestadas y mañanas apacibles, salpicada por la fractura inexplicable de estructuras (especialmente puentes peatonales) colapsadas bajo el peso nocturno de las masas. Pensaba que pronto nos quedaríamos sin lugares para caminar. Era un bucle interminable. Desperté y miré a Sol, muy de cerca. Sol solicitó silencio al tiempo que indicaba sus oídos. Percibí un rascado lejano. Era Morgana, empeñada en abrir el cajón de mi ropa interior. Un comportamiento inusual en ella, a ella le gusta más la exploración, o desmadrar las cosas. Acaso la mueven nuevos propósitos; semanas atrás la descubrí acurrucada sobre las prendas limpias. Entre tantas lecturas posibles, me quedo con la más simple: Morgana me inspiró una ternura inmensa.