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En la entrada de hoy despliego un inventario en tres actos.

Abro con Lo indeseable, un mapa de sombras que reúne el espanto de la enfermedad, las quimioterapias, la parálisis, las pérdidas laborales, el mal rock mexicano de los 2000 y el miedo a caminar cada vez menos.

De ahí camino hacia La felicidad, un contrapeso de pequeñas victorias donde celebro la estabilidad de la glucosa, el café con cocoa, los maullidos del gato, Super Mario World, David Bowie y las caminatas bajo la sombra de los árboles; un recuerdo que la vida puede ser un refugio luminoso.

Cierro con El deseo y la pestilencia, un cruce visceral entre el paso del tiempo, las lecturas de tarot, la nostalgia, las transgresiones y la estampa poética de un péndulo trazado por una sombra del pasado.

I. ❌🌧️ ( ゚Д゚)🖤

Lo indeseable: morir, enfermar de nuevo, la intrusión del cuerpo sin aviso y el recuerdo de los enfermeros, el trabajo de sus manos y, horas después, el ardor en las venas, perder un empleo, perder dos empleos, enojarme hasta ver rojo y sentir el dolor en el estómago, perder el tiempo (o la vida) en un laberinto aburrido, desvelarse por un salario (trabajo para el inglés 🎵, suena la canción), la escritura sin deseo —hecha por compromiso—, la inventiva suspendida, el dolor cuando me dijeron: «otros seis ciclos de quimioterapia», la carta del Diablo junto al Cinco de Espadas, la desidia de destripar la acumulación, comer mal o masticar triste o todas esas cosas, la parálisis cuando estás —inevitablemente— cumpliendo con tu programación, El túnel de Sábato, la obligada paciencia a los imbéciles, caer en cuenta que algunas veces eres un imbécil y saber que te has tenido paciencia, la lectura para aprender, las bestias blancas y puras protegidas por los dioses, pagar con tu curiosidad una falsa y petulante sabiduría, exhibir las credenciales para inflar el ego, las vergüenzas, que se rompan los calcetines bonitos, mirar unos Vans en el escaparate y pensar: «quizás mañana, viejito», la escritura formal, los glory holes del sur de Texas, la aprobación de los ineptos, la procrastinación, el 80% del rock mexicano del 2000 al 2010, los ensayos alucinados por una inteligencia artificial sobre los cuentos de Onetti que dejo a leer para alguna clase, las últimas temporadas de Game of Thrones y todo lo que hicieron después, caminar poco y caminar menos cada vez.

II. ☕✨ ( ゚Д゚)🐱

La felicidad: una cucharadita de cocoa que le pongo a mi café, mantener la glucosa estable —90-110— independientemente de lo que haga (ceder a mis pequeños antojos), el maullido de la gata reclamando escolta para su desayuno, y su comida, y también la cena (y me hace sentir importante), tus ojos a pesar de mí mismo, los lentes y cómo han regresado el placer necesario de la lectura a mi vida, la vagancia en un paraíso de juego donde los colores del cielo son justo los indicados, caminar bajo un cielo de nubes naranjas justo cuando está atardeciendo, el segundo cigarrillo del día liberando su chispazo de dopamina, el presagio de fuego del As de Bastos, la revelación de lo evidente o lo misterioso, el gatito haciendo piruetas y yo acaricio su cabecita, y le susurro: «ya basta, ya, vives aquí, para siempre, con nosotros», los ojos tristes de Nico y sus aullidos de profunda y verdadera felicidad, dar con la solución de un acertijo, cuando la escritura tiene sentido y te revela un pedazo de un rompecabezas vital, mi abuela asestándole un periodicazo a mi abuelo mientras muerde su tortita, la declamación performática sobre la épica y los héroes, La Odisea, tu cara de perdición, los ojos de Santa Lucía, la lectura para aprender, un diablito ambicioso derribando un edificio sobre un ángel caído, los secretos de Super Mario World y asumir desde la infancia que investigar y curiosear constituyen certezas absolutas, mi sobrina —todavía una promesa abierta a múltiples destinos—, concebir la escritura como creación de un acertijo —casi— divino, el Finnegans Wake, un basset hound que pasea en el cosmos buscando a su padre (nos volveremos a ver), el bicho muerto que me trajo el gato esta mañana, la imagen de aquel vestido azul a la orilla del mar, su cuerpo sobre la arena mientras lee un libro oscuro, treinta mil pesos por un día de trabajo frente a las cámaras, los jabones artesanales, los cuentos de Raymond Carver, las canciones de Franz Ferdinand, los regalos que me traen los cuervos durante el sueño, casi todas las canciones de David Bowie, caminar mucho, caminar todo el tiempo, caminar los senderos inéditos bajo el palio vegetal de los árboles sabiendo que la existencia, bien vista, puede ser esta marcha.

III. 🥀🔥 ( ゚Д゚)🖤

El deseo y la pestilencia: el intento de escribir un libro cada año (pura necedad), emancipar la escritura de la burbuja social —imaginada o presente—, el regalo que no sabe a dónde llegará ni cómo tocará al otro, la rabia visceral e infundada, la travesía melancólica por las islas Hébridas en Dear Esther, desplomarse ante la consola de edición tras tres jornadas en vela y saborear el primer trago de una Coca-Cola sin haber dormido durante siglos, creer que dios puede bailar para ti pero nomás juega contigo, la carta del Colgado —y su tragedia, y su maldita resiliencia—, cuando remueves un poco la mierda y ves algo brillante, tener miedo a la muerte, Pervert Pop Song, los espectadores de nuestro verdadero rostro cuando nos empapa el sudor de las bestias, quedar atrapado en un videojuego y clausurar el resto del universo, la invocación de «wanna fuck you like an animal» (NIN), la planeación académica, Juliette y las virtudes del vicio, la condena inevitable de los entornos digitales, pensar en el tiempo que se ha ido (es vertiginoso), la bandada de zanates adueñándose del árbol de la catorce, la veladora enorme de la Virgen adquirida para encender mientras escribo, la lectura de los genitales como un método de adivinación que hacen ciertas brujas, los cuentos de Rubem Fonseca, mis tíos que son como mis hermanos y mi madre —cada vez más extraña—, el reflejo y el contrarreflejo, los enanos de Blanca Nieves, la sonrisa de la mujer que se tomó una foto afuera de la sala de tomografías, la servidumbre de aguardar la validación ajena, los alaridos jariosos de la muchacha en Acapulco mientras yo fumaba en el balcón y pensaba recoger un cheque al día siguiente, el canto de las sirenas según Christopher Nolan, las cabecitas de hule de los He-Manes, tu larga melena y la sombra que hacía —un péndulo preciso, tú me dijiste: «mira, ¿ya lo viste? mejor tómale una foto a eso»—.

La bendición del día

Que cuando los fantasmas de la enfermedad, el cansancio o la incertidumbre se amontonen en el horizonte, tengas la fortaleza para mirar de frente el mapa de lo indeseable sin permitir que te arrebate la paz.

Que encuentres en los detalles sagrados de la rutina —el primer trago de café, la compañía silenciosa de un gato o un paseo bajo las nubes naranjas del atardecer— el ancla necesaria para festejar tu compromiso con el gozo.

Que no te falte nunca la curiosidad para resolver los acertijos cotidianos, la valentía para defender tu voz frente al ruido de los demás y la libertad para reconciliarte con el deseo, con el tiempo que se va y con la belleza involuntaria de los instantes que te rodean.