Ojos

Fragmentos del diario de BUX—

12 de septiembre, 2019:

Desde que conocí a Leo, ya pensaba que era un jovencito muy agradable, quizás un poco extraño.

Creo que antes de mí estaba solo, no tenía con quien jugar.

Me enamoro fácilmente de él porque canta como niño, sonríe y le brillan los ojitos. Es alegre y siento que lo mancho y lo pervierto cada vez que lo toco.

Graba canciones para mí y un sentimiento extraño me desborda. Nadie había cantado para mí cómo él.

Uno de sus trucos conmigo es que me toma la cara, me dice: “a ver, mírame a los ojos, no te apartes, mírame” y yo tengo qué obedecer o se vuelve peor, porque nos gana la risa, nos gana esta felicidad absurda que está permitida a los ingenuos, a los tontos, pero quizá no a los impuros.

Algunas veces creo que lo hace para manipularme. Otras veces, confío que sus ojos me están acercando cada vez más a la pureza.

Yo le hago creer que funciona porque me hace sumamente feliz.

También yo empecé a tomar su carita para decirle que me mire a los ojos, que no se aparte, y él lo intenta. Entrecierra sus ojos azabache, su rostro se deshace en una sonrisa, parece que está a punto de llorar y yo quiero creer que es de felicidad, y como soy un viejo sentimental, empiezo a besar toda su cara para robármelo todo porque me hace muy feliz estar a su lado.

Entonces he aprendido por qué nos miramos tanto a los ojos: porque así nos perdemos, construimos este mundo que es solo para nosotros y nadie podrá entrar a él.

Fragmento del diario de KOR—

27 de enero, 1977:

Ya pasaron tres meses desde que me dijeron que nosotros, los acólitos de Maneo, podemos encontrarnos con la diosa de los ojos.

“Tienes que buscarla cuando estés más ciega”, me dijeron, “o nunca podrás acceder a su reino bendito”.

Qué difícil es buscar que dios diosa te mire.

Yo solo empecé este viaje por curiosidad, porque quería joderme un rato la cabeza, porque estaba aburrida. Entonces empezaron a enseñarme cosas, las fotografías que he anexado a estas páginas, por ejemplo. Ahora creo en cosas que antes me hubieran parecido bastante estúpidas como que, por ejemplo, los ojos de los pelirrojos son capaces de abrir las puertas a otros reinos.

Tres meses he mirado al sol, unos quince, veinte minutos al día, resisto el impulso lo más que puedo hasta que las manchas multicromáticas se hicieron cada vez más frecuentes, algunas pequeñas ya son permanentes.

Entonces me pierdo por las calles y camino, y camino, y camino. Me tropiezo mucho, confundo las puertas con ventanas, los gatos con los perros, la risa de un anciano con la calva reluciente de un niño.

El mundo pierde sentido pero también creo que cada vez es más sincero.

Me estoy quedando definitivamente ciega pero todavía no encuentro la calle donde están sus ojos colgados por todas partes. El templo donde la diosa nos vigila sin dormir.

Mis mentores dijeron que es una diosa muy hermosa, pero realmente no pueden asegurarlo porque para encontrarse con ella, para verse con ella, tienes qué pagar con tus retinas. Sospecho que se estaban burlan de mí. Nunca he sido muy buena para entender el sarcasmo ajeno.

Entiendo muy bien el mío.

Entiendo perfectamente que sería más rápido sacarme los ojos con una cuchilla, pero como se trata de una diosa, deben seguirse los rituales o una se arriesga a que la tiren de la existencia.

Dicen que cuando la encuentre, ella me tomará el rostro, acercará sus ojos a los míos para sanarme y dirá algo muy hermoso como que “mírame, mírame a los ojos y no apartes la mirada”.

Fragmentos del diario de VOL

11 de diciembre, 1804:

El árbol de los ojos siempre sabe dónde te encuentras.

Mi padre se arrepintió de plantarlo, se colgó usando una de sus ramas y ahora lo vemos como este adorno esquelético que castañea cuando los vientos son favorables.

Mi madre alcanzó a huir antes de que su presencia fuera sobrecogedora, no sé por qué no quiso llevarnos con ella.

Quizás porque vio nuestros brazos desnudos y descubrió que la enfermedad del árbol estaba extendiéndose a nuestra piel, nuestro cuerpo, nuestros órganos.

El viejo sacerdote, Ono, intentó quemarlo como una ofrenda para los grandes dioses, pero el árbol volteó a mirarlo y no pudo caminar más. Su antorcha de justicia se extinguió. Ono se quedó quieto hasta que se hizo como una pasa arrugada. Le tomó unos días, pero eventualmente se hizo polvo frente a nosotros.

Podíamos sentir cómo quería voltear a mirarnos pero le era imposible; aunque estaba suspendido, estaba vivo, lo mirábamos respirar y sudar, la mirada milagrosa del árbol lo mantuvo vivo más allá de lo aceptable. Creemos que el árbol se ha robado sus ojos. Están entre los cientos que siempre nos vigilan.

Los ojos de Ono son los más desconcertantes que he visto en mi vida.

Para mantener el árbol sano, le echamos agua todos los días y luego lo abrazamos. Sentimos cómo él nos corresponde, y nos baña con sus lagrimales hermosos. Los ojos de nuestra piel besan los ojos de su madera. Parpadea para nosotros. Nos enseña como él sí puede mirar hacia el sol.

El árbol de los ojos sabe dónde se encuentra mi madre. Sabe todo de nosotros, lo sabe todo del mundo.

Ayer nos prometió que la traerá de regreso porque ya está lo suficientemente grande, y sano, y después, como un presagio, sus hojas bailaron con la ráfaga de un viento. La canción del árbol de los ojos es misteriosa, pero también muy hermosa.

Nos hizo llorar de la felicidad. Pronto nos regresaría eso que era nuestro, y que se fue.

Ojalá todavía los tenga, ojalá no se los haya arrancado como lo hicieron algunos de mis hermanos.