Autor: arbolfest

  • El día de Lázaro

    El día de Lázaro

    Hoy que fui por mis pechugas, el pollero dijo que: “el mercado estaba llenito por ser el día de Lázaro”. Me puse sentimental, quizás porque miraba una montaña de pollos muertos frente a mí, pero también por otras cosas.

    Lázaro es el poder de Cristo sobre la vida y sobre la muerte; es el milagro de la resurrección; la promesa de una vida eterna cuando veas de frente la compasión infinita en los ojos cansados de dios.

    CORTE A:

    Si alguien menciona a Lázaro, pienso inmediatamente en David Bowie. A través de la música, invoca su resurrección, un espejismo de él mismo que continúa en el imaginario popular. Su álbum póstumo me parece un fascinante truco de magia, un grimorio para abrir los túneles ocultos del universo, el pasaje seguro para llegar al otro lado.

    (Suelo recordarlo en sus últimas fotografías, sonriente, a un lado de su familia, vestido como un elegante caballero inglés de piernas largas que todavía puede saltar).

    David Bowie preparó Blackstar, su estrella negra, sin decirle a sus colaboradores que le quedaba poco tiempo de vida.

    Un complicado ejercicio de imaginación: comprender la entereza de ese hombre para sonreírle a la huesuda, al árcano número trece, el que no puede nombrarse; Bowie convirtió su álbum en una despedida íntima, únicamente su familia sabía que era un último adiós. La paradoja es profunda: si la música fue su propósito vital, él mismo se encaró, consciente y creativamente, con el final. Blackstar no solo es un disco, sino un acto de alquimia donde transformó la finitud en un instante artístico.

    Qué poder.

    Creo, sinceramente, que arrostrar a la muerte es un artificio más valioso que dominar sobre la vida y la muerte.

    En mis peores momentos —cuando me monté en ese burrito imaginado y obligado por el cáncer—, no tuve el valor, pero me descubrí desesperado y patético. Vamos, cuando David Bowie estaba muriendo, mi gran revelación fue que estaba lejos de una despedida tan grandiosa como la de él. Pero quise intentarlo.

    El descubrimiento: ningún final espera.

    Lázaro, el de Cristo y el de Bowie, me ponen triste. Y me cuesta trabajo pensar en otra cosa a lo largo del día.

    CORTE A:

    Entre las muchas cartas de Magic que atesoro (casi todas me obligan a pensar), hay una en mi top 225: Presencia de la Muerte. Me parece un encantamiento hermoso, una invocación sutil que transforma mi propio tablero en un teatro de lo efímero.

    Me gusta creer que su color verde no simboliza un final, sino un renacimiento: cuando una criatura muere, su fuerza fluye hacia la siguiente. Es el ciclo de la vida hecho juego.

    Como Lázaro, condenado a caminar la tierra anunciando el milagro de su resurrección; como Bowie, cuyo último álbum fue un guiño cifrado a la mortalidad. La muerte, en su paradoja más obvia, no es ausencia sino presencia activa: es el suelo del que brota la vida, quizás también es el silencio que da forma a la música.

    La muerte no es un punto final, sino un umbral narrativo. Las cartas, la música, los pollos muertos del mercado —y obras como Blackstar— nos recuerdan que toda despedida contiene una semilla de continuidad. Lo que llamamos ‘muerte’ es, en realidad, otra forma de la existencia: un cambio de estado, un tránsito de energía. Bowie lo supo, Lázaro lo padeció, y en el tablero de juego lo celebramos.

    Morir no es desaparecer; es ceder turno.

  • Isekai VI

    Isekai VI

    Carlos, como otros días, se sentó a comer a mi mesa aunque había otras cuatro que estaban libres. Era un martes. Doña Celia parecía aburrida en la cocina, moviendo trastos y ollas. Solo estábamos él y yo. Pasó un fifiriche y pidió que se le cambiara el televisor al futbol. Se asomaba de vez en vez para ver el marcador y hacer gritos y piruetas como un loquito. Carlos y yo nos ignoramos un ratito, haciendo como qué mirábamos a los futbolistas patear y acercarse a sus porterías, y luego él se giró a mirarme, con esa mirada traviesa que me enfada.

    Sonrió estúpidamente y balbuceó unas palabras:

    —Buenos días, don Ruy —dijo al final.

    —Buenos días.

    —¿Hoy que se pidió?

    —La sopa azteca de siempre.

    —Nunca entenderé a los humanos y sus comidas, pero son maravillosas. También voy a pedir una igual.

    Alzó su mano. Doña Celia le preguntó qué y él pidió una sopa azteca y un agua de limón con chía. Se la trajeron en seguida. La mía ya estaba por terminar.

    —¿Otra vez me vas a salir con eso?

    —¿Con qué?

    —Con eso de los humanos. Tú eres un humano. Tú eres gente, Carlos.

    —Ya se lo dije muchas veces, don Lucio. Vengo de otro mundo. En ese otro mundo fui una princesa. Vivía en una jungla multicolor, frondosa. Era la máxima autoridad de mi pueblo. Entre mis responsabilidades, cuidaba a la diosa de los verdes, satisfacía al dios de las semillas y negaba la entrada del demonio de los patrones monocromáticos. Yo entrenaba al ejército encargado de proteger a nuestra ciudad de las hordas de goblins que tenían intenciones de corrompernos.

    Doña Celia hizo cara.

    No podía negar que el muchacho, a pesar de su nariz de bolita y su rostro semicuadrado, tenía unos ademanes muy delicados, élficos. Quizás por eso me enfadaba su sonrisa, porque tenía una acumulación de intenciones femeninas que me resultaba muy difícil negar. Mi enfado podía venir de unas tremendas ganas de besarlo. Pero no me iba a poner a reflexionar en eso. La última vez que descubrí cosas horribles de mí mismo, decidí cambiarme de carrera y, a la fecha, cargaba una cruz de veinticinco años.

    —¿Cómo va el trabajo?

    —Ah, muy bien, ser actuario es aburrido… pero paga bien. Y estoy acostumbrada, perdón, acostumbrado a ciertos lujos. Creo que tomé la decisión adecuada para sobrellevar las dificultades de este mundo. ¿Cómo va el suyo?

    —Es una mierda, como siempre.

    —Sí, le creo. He leído sobre carreras, educación, oficios de su mundo y creo que ser contador es lo más aburrido que puede agarrar uno, pero hay seguridad, ¿eh? Las normativas siempre están cambiando.

    —Sí, sí. Así es. Seguridad. Uno siempre aprende a picarle a los botones. Somos guardianes del sistema humano.

    Los dos nos quedamos en silencio. Carlos volteó a mirar al baño con una expresión un tanto desesperada. Yo le di un sorbo a mi sopa azteca y un trago a mi coca-cola. Pensé que los placeres de mi mundo podían ser muy simples.

    —Un hombre debería cagar en su casa. ¿Quieres que te cuente algo para que te distraigas, princesa?

    —Me halagas, pero me ha costado trabajo aceptarlo. Aquí soy un don nadie llamado Carlos. Dime Carlos.

    Hice una sonrisa, Carlos pareció interesado pero con reservas. Si algo había aprendido del muchacho, era a leer sus gestos, sus expresiones. Era demasiado franco. Podía imaginarlo como una princesa élfica, guerrera y honesta, viviendo en las trajineras de Xochimilco, en la selva de Tapijulapa, perdido en los montes de Río Frío.

    —La secretaria del Admon me la chupa bajo el escritorio, en mi oficina. Aquí, en mi mundo, la gente manifiesta cosas, ¿sabes? Para manifestar, cierras los ojos muy fuerte, y pides que algo maravilloso pase. Entonces el universo, cosa complicadísima que contiene trillones de mundos, alinea toda su energía y sus atmósferas para que se te cumpla el caprichito. Parece chiste, pero no lo es. Lo susurras, lo anotas en papelitos que dejas ir por ahí. Yo manifesté que me la chupara la secretaria del Admon, una de las mujeres más bellas que conozco. Como se diría en tu mundo, es una elfa preciosa. Luego de manifestarlo, ella pasó a dejarme unos papeles, con su vestido rojo entallado, que hace su culo se vea redondo y perfecto, y sus lentesotes de muchacha nerd. Ah, cómo me gustan esos lentesotes. No pude contenerme, sentí que la suerte estaba de mi lado y tuve que preguntárselo. ¿Y sabes qué pasó? Ella me dijo: “juega, sí, pero solo los días que esté aburrida”. Desde entonces, me visita a mi oficina los martes y los jueves, a las once, cuando nadie hace nada y me da una alegría que tanto me hace falta.

    No sé por qué le confesé las felaciones de la secretaria del Admon a Carlos, pero no había juicio en su rostro, sino una atención delicada, femenina. Mientras que Doña Celia hizo otra de sus caras. Lo bueno que la secre del Admon no venía a esta fonda.

    —En mi mundo, los elfos guardan las semillas en la boca, y después de un pequeño proceso mágico, las escupimos para que florezcan nuevas plantas, nuevos árboles.

    —¿Podrías hacer eso en mi mundo, Carlos? —pregunté sin ironía.

    Los dos miramos a la ventana. Concreto, autos, semáforos, ventanas donde otros changos miran a otros changos.

    —No. Tu mundo ya está muerto y nada hace raíces. Este es mi castigo, vivir en este mundo estúpido y brutal, cubierto de concreto.

    Es la primera vez que escucho a Carlos triste, tristísimo.

    —Es una mentira, ¿no? Lo de la secretaria del Admon. Estás inventando una historia para hacernos los días más felices. Eres como un bardo, un trovador. Cantas y la magia surge. Creo que ya entiendo la magia de manifestación humana.

    Me parecía irónico que la princesa élfica no me creyera unas mamadas. Carlos se levantó para ir al baño. Me encogí de hombros y le pedí a Doña Celia mi cuenta. No iba a acompañar a Carlos a comer después de que se puso raro. Mañana sería otra cosa. Miré mi reloj, ya casi eran las once. Ya casi.

  • Segundo estímulo

    Segundo estímulo

    El otro día tomé una Pepsi bien fría. Cerré los ojos y después de la primera inundación carbonatada: el estallido burbujeante; el azúcar mezclada con el ácido y la cafeína; el hielo que se derrite en pequeños ríos dentro del vaso. La garganta se estremece y goza el frío, y por un instante, viene el placer y lo efímero.

    Pero luego algo se pierde. La imaginación supera el estímulo de lo esperado. Antes de beber, ya había recorrido esto con el pensamiento, múltiples veces. Las cocacolas infinitas. Voy a tomarme una pepsi bien fría. O una coca con harto hielo. O una sangría helada. Decirlo en voz alta, pensarlo, activa estos caminos cerebrales, un poco engañosos, de los excesos (sello negro de gobernación) que nos ayudarán a sobrellevar el día.

    La imaginación no solo anticipa el placer, lo exagera, lo purifica.

    La búsqueda del placer imaginado, pero una vez que la búsqueda ha terminado, el estímulo físico se queda peligrosamente corto. El viejo mantra: “Lo siento, Mario, pero la princesa está en otro castillo”. Sigue jugando, pasa los niveles, busca el estímulo pero de manera diferente. Esclavo de la anticipación; el deseo es posiblemente más intenso que la posesión.

    Quizá por eso seguimos imaginando, la realidad no supera los espejismos, los castillos en el aire. Ese libro no es tan bueno como su portada; la salsa verde pica más de lo que yo creía; esas fotografías son engañosas y mi juguete que pedí de China no es tan maravilloso como lo anunciaban. La imaginación engrandece. En ese espacio entre el anhelo y la consumación, vivimos un agradable cuento de hadas que después se revela como este monstruo que no está a la altura de nuestras ambiciones.


    Anoté algunas frases de los cuentos completos de Levrero. Algunos, casi al final, son confesiones, quizás fragmentos de su diario. Levrero dice, por ejemplo, de un personaje: “cuya ironía no sé calibrar”. Me di una pausa, cerré los ojos. Eso me sucede con algunas personas. No sé calibrar ironías, qué manera tan precisa de decirlo. El sentido como una máquina que requiere ajustes para entender al otro. Pero no me urge. Solo los desesperados quieren entender a los demás sin dudas, sin matices. Sigo una máxima: es irónico no entender lo irónico; de ese modo, soy el rey de la ironía a través de, inconscientemente, no prestarle atención.

    (Quisiera.)

    En algún otro punto, Levrero se pone menatarrativo: “esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida”. Levrero, quizás llamado Jorge Varlotta, habla de una operación que tuvo y le fue particularmente difícil. Por experiencia propia, cuando te pones a escribir de tus enfermedades, posiblemente es el punto más patético de la vida de cualquier artista. Recuerdo haberme convertido en un animal vulnerable, herido. Uno que aúlla, no hace mucho sentido, que anda como muñequito roto por un bosque en búsqueda del último encuentro; ese que te deja vivir o termina definitivamente con todo. Me dieron ganas de abrazar a Levrero, pero también reírme de él. Cómo que te estás jugando la vida, nomás estás escribiendo cosas.

    Nadie se juega la vida escribiendo a no ser qué…

    También habla de Onetti. Lo halaga de una manera extraña, y luego habla de un escritor que está rompiendo la literatura. Pero del que nunca he escuchado hablar y cuyo nombre olvidé porque mi memoria es la de un señor, y estoy cansado de memorizar cosas. Después del cáncer, prefiero recordarlas mal, adornar el recuerdo, reinventarlo todo. Mi esposa me dijo: “Ya mero tienes 45 años”, y casi me da algo. El peso del tiempo, pero además, el peso del superviviente. Algo que cuesta trabajo definir. Carajo, me estoy jugando la vida.

    Después, en algún punto, Levrero escribe: “y esto que escribo me humedece los ojos y me los hace arder”. (Puse entre paréntesis: ¿Levrero no había hecho esto antes?, creo haber leído una frase similar en uno de sus cuentos). Levrero conmovedor. Pienso en el fantasma de las lecturas pasadas, invoco al gusanito del librero. Estoy casi seguro que leí algo así. No fue Lispector, ella no es patética (al contrario), quizás lo hizo Felisberto en un momento de debilidad. También yo lo he hecho; algún personaje termina su monólogo interior diciendo que le dan ganas de llorar. Animales, creo. Algún gato de un cuento que no he terminado. El cuervo que abraza los cerezos. Tal vez fue el cacto porque cuando se encabrona, se pone a llorar. Un personaje que no es mío: el creeper, de Minecraft, sigue a su presa parsimoniosamente y se siente ignorado, tanto, que cuando se acerca, polvorín se prende, y le dan ganas de abrazar a alguien y explotar (en llanto).

  • cosas que he aprendido a controlar

    cosas que he aprendido a controlar

    1. Esta mañana, me desperté pensando: “lo bueno es que ya aprendí a controlarlo”. Soñaba con un alienígena que había usado una especie de magia para castigar al protagonista, un hombre con dos corazones. El universo humanocentrista. Qué onda. El alienígena dijo: “bueno, ahora te callas veinte años” y ya está, tronó los dedos y solucionado el hombre de los dos corazones. Yo solo era un espectador.
    2. Mis compras tontas en Temu, algún día aprenderé a controlar las cartitas de Magic. Pero es que quería un árbol de la fiesta del señor de los anillos. Soy un árbol mágico de la felicidad, obviamente esa carta tenía que ser mía. Es mi carta más cara a la fecha. Pero de qué va el mundo si uno no puede darse una mínima cantidad de placeres. Comprar cartón es el epítome de lo absurdo en el mundo capitalista.
    3. El aburrimiento.
    4. Quisiera decir que el balance de trabajo, vida, estudio y diversión, pero no. Todo el tiempo estoy leyendo algo, o trabajando algo, o estudiando algo. Lo único bueno que ha salido de eso es que duermo a mis horas porque termino muy cansado. Mentí allá arriba. No sé controlar el aburrimiento, pero lo he convertido en esta bola pesada y furiosa de actividades. La bola de fuego de Sísifo.
    5. Después de leer a Lispector, y luego a Levrero, he llegado a la conclusión de que le falta neurosis a mi escritura. Supongo, entonces, que mi neurosis está bien controlada. Envidio sus animales salvajes.
    6. Mi narrador. Hace cosas bien raras si lo dejo suelto. Su lenguaje todavía está chuequito, pero sigo afinándolo. Un día va a contar las mejores cosas. Me lo ha prometido. Entonces el control será absoluto.
    7. Mi tristeza por la perra que envejece y además de sorda, se está quedando ciega. El diciembre pasado, un día se levantó para dar vueltas alrededor de la cama y me puse a llorar con la esposa porque pensé que ya le había dado la demencia senil, y que ya teníamos que ir corriendo para dormirla. Pero no. Solo fue esa vez.
    8. Las ganas de tomar a alguien por el pescuezo, mirarlo a los ojos, menear su cabeza como una sonaja y decirle: “esto no sirve de nada, estamos todos locos, ¡locos!”.
    9. Mis orgasmos.
    10. Nada. ¿Qué es el control sino la imaginación oscura y limitada de los hombres que hacen planes, conjeturas y creen que pueden controlar el caos del universo?
  • isekai v

    isekai v

    La diosa de los cuerpos estaba frente a mí. Supe quién era ella por instinto, en vida me vigiló muchas veces. Ahora lo sé. Nos encontramos en el puente de las almas, ella puso sus manos sobre mis hombros y trató de tranquilizarme con su sonrisa fingida, artificial. Me trataba como a un muchacho. Sopesé mis manos viejas. Yo me pensaba en el infierno, ya que nunca fui capturado en vida. A mi alrededor, un túnel de cuerpos, de sombras y de espíritus, nos rodeaba, giraba lento y perpetuo como si fuera el estómago de un gusano.

    Sabía, de algún modo, que yo debía estar ahí.

    Pero ella me separó del círculo de carne. Quería darme un regalo.

    A mí. Un regalo para mí.

    —Imagina un mundo donde puedes hacer lo que quieras y puedes cumplir tu deseo. ¿Sabes lo que es un isekai?

    —No. Pero haré lo que tú me pidas.

    La diosa de los cuerpos rotos extendió sus brazos. Vi un último destello negro y cuando desperté, era un bebé con la consciencia del mundo anterior. Estaba en una cuna, en medio de las sábanas blancas. La pieza estaba bien iluminada. No podía ver más, solo el techo. Pero los acabados del techo y la lámpara de araña me dieron una buena idea. Renací como un noble, un aristócrata, tal vez el hijo de un mercader. Traté de tocarme el cuerpo, mis manitas no me hacían caso. Quise hablar y empecé a balbucear.

    Sentí, de pronto, que la vida se puso muy larga.

    Era fácil dormir en ese estado.

    Me despertó una sirvienta de orejas puntiagudas. Entonces lo descubrí: mis orejas también estaban inusualmente largas, y puntiagudas. Interesante cambio de carne. Me dio leche como se hacía en el pasado. La tomé con avidez, necesitaba ser grande y fuerte. Mientras me alimentaba, como lo hice en mi otra vida, pensé en la sirvienta como un trabajo: dónde hacer los cortes, qué tipo de costura necesitaría su piel para reconstruir el cuerpo, se me ocurrió una mejor sonrisa para su cara, podría cambiar su cabeza de lugar a uno más óptimo, quizás debía antes conseguir dos o tres extremidades adicionales.

    Los pensamientos de antes me empujaron compulsivamente a soñar con mi paraíso.

    Sentí la bendición de la diosa de la carne.

    ¿Ella había creado este mundo para mí? ¿Podía usar a su gente para reconstruirlos, convertirlos en los animales que siempre desee? La sirvienta me puso de espaldas, empezó a darle golpecitos a mi espalda. El eructo me dio sueño. Me colocó en la cuna, me puso una sabanita encima y yo cerré los ojos. Soñé con aquel túnel de cuerpos que se movían.

    Podía soñar con muchas cosas, cuerpos de todas las figuras y colores, cuerpos recreados por mis manos expertas, pero primero debía crecer.

  • Isekai VII y VIII

    Isekai VII y VIII

    Alex y Omar siempre han querido vivir aventuras en un Isekai. Pero, al final, solo tienen este mundo. Salen a rayar en las noches, grafittean unas waifus esplendorosas y luego, resguardados bajo un puente, con otros compas, se beben una chela y platican de lo chingona que se pone Naruto cuando uno se salta los fillers.

    Gozan la noche porque creen, de alguna manera, que es atravesar el umbral: del mundo urbano pasan al mundo nocturno y viceversa. Isekai del mundo real, se convierten en navegantes del espacio liminal. En ese estado del espíritu, hablan el lenguaje de las sombras, del color mutilado y de las criaturas nocturnas.

    El dios del vacío, de visita en su mundo, escucha a uno de ellos. Se siente seguro, acecha en la noche y las sombras de múltiples mundos, infinitos universos. Resguardado en las esquinas y en los callejones, persigue a Alex. El dios del vacío escucha fascinado cuando se pone a hablar del isekai, o la resurrección de algún mundo fantástico.

    Los dioses entienden todo, pero lo entienden mal, porque no tienen tiempo o paciencia para examinar los deseos de un corazón humano. Por eso jamás pidas un milagro.

    Alex, sin saberlo, recibe una bendición del dios del vacío. Queda marcado. Cuando es atropellado por un camión de basura, el dios del vacío recoge su alma y lo deposita en un universo de su creación. Alex, al abrir los ojos, se descubre en un mundo desprovisto de materia, de cuerpos y de lo tangible. Lo único que existe es el pensamiento, que él solamente podía interpretar como una oscuridad profunda, inabarcable.

    Alex se pone a chillar, pero no salen lágrimas y no tiene brazos o cuerpo para darse consuelo. Al atravesar el isekai, se convirtió en una consciencia que flota en una especie de universo sin estrellas. No hay otras presencias, no puede asir el tiempo. Un segundo, de inmediato, se siente como la totalidad de su vida multiplicada por mil. Es forzado a alcanzar la sabiduría de los eternos y a su vez, se desprende de todo lo que sabe. Reconoce la última contradicción: es libre y es prisionero. En segundos, es un niño, un viejo, una mujer, un elfo, un ogro, polvo. Descubre el último milagro; no hay nada después de la muerte: cielo, paraíso, limbo, mundo isekai fantástico desbordante de waifus.

    Reza.

    Necesita una finalidad.

    Aunque Alex se olvida de Omar, Omar no se olvida de él. Raya un último graffiti de su amigo debajo de un puente de Mayorazgo. Lo ilustra abrazando a Hinata Hyuga. “Pinche Alex, te la volaste”, escribe con plumón.

    El dios del vacío está muy satisfecho de su brevísima hazaña. Mucho tiempo no sabe de Alex porque sigue recorriendo callejones, charcos de agua, rabillos del ojo, folículos pilosos, espacios entre el suelo y la cama, en fin, todos aquellos lugares que están vacíos hasta que uno los mira y encuentra al monstruo, al bicho, al amante, una revelación importante o mínima.

    Gabriela despierta en el mundo de Karmesh; en su único continente, dos facciones han luchado una guerra desde tiempos inmemoriales adentro de dos círculos designados por los dioses. Pueblos, asentamientos y pequeñas ciudades se han erigido alrededor de los círculos, y continuamente son destruidas, y también abandonadas.

    En los círculos, han construido coliseos antiquísimos donde los magos, los guerreros, los sacerdotes, los bárbaros y otros aventureros del norte y del sur continuamente pulen sus habilidades mientras destruyen a sus enemigos.

    Es una batalla perpetua con un objetivo simple: reclamar la ventaja sobre el otro para declarar a uno de los bandos como un ganador absoluto.

    En este Isekai no existen los monstruos o los calabozos, solo existen razas diversas que luchan por la supremacía.

    Algunos filósofos de Karmesh, en todas sus épocas, ya comprendieron que ser el mejor es imposible. El laberinto de Karmesh es una lucha individual por aceptar su dependencia a cualquiera de los círculos. Uno de los coliseos, por ejemplo, está bendecido por dioses que potencian las habilidades. Los guerreros serán más fuertes y tendrán mejor destreza; los magos sentirán que su magia es inagotable; los sacerdotes tendrán en sus hombros a los mensajeros divinos. El otro coliseo otorga bendiciones de sabiduría; los guerreros en ese círculo, se hacen más inteligentes y se adaptan mejor; los magos aprenden magias creativas e imposibles; los druidas pueden hablar con las raíces de los árboles más viejos para conocer la historia del mundo.

    Un círculo otorga vitalidad y juventud, mientras que el otro brinda experiencia y vejez. Los grupos de aventureros se mueven libremente entre ellos para desafiar a sus rivales. El problema es que nunca consiguen estar en el mismo círculo, parece que la maldición es un eterno balance. Un mago aprende la magia para doblar espadas justo cuando el guerrero está dando el mejor golpe de su vida, y un arquero aprende a dar el tiro que persigue brevemente a su presa mientras que un mimo consigue, por primera vez, materializar una pared de aire.

    Las batallas son frustrantes, largas y solo los tontos ignoran una verdad sencilla: ambos bandos estarán empatados para siempre.

    Gabriela le ha sacado el mejor provecho. Vende panes porque en su vida original fue una panadera. Durante veintitrés años, ha viajado continuamente alrededor de los círculos para abrir y cerrar panaderías. Ya sabe que recorrer el borde de los coliseos toma, al menos, dos años. Usa ambos círculos a su favor: el de la juventud para revitalizar sus brazos y sus piernas; el de la experiencia para crear nuevas recetas de masa madre y panes maravilloso.

    En su camino ha conocido muchos aventureros, y sin importar el bando al que pertenezcan, le da mucho placer cuando sonríen después de morder su pan. Sin embargo, ella no puede confesar su crimen: ha usado ambos círculos sin intenciones de guerra, pero una paz estúpida, y los sigue recorriendo como el infinito, para obtener nuevas habilidades y hacerse cada vez más poderosa.

    Si sus clientes lo supieran, la ley obligaría a matarla fuera de los círculos. Pero nadie se ha dado cuenta y Gabriela piensa que ya habría sido castigada por un dios si estuviera haciendo el mal. Tiene fe de que está haciendo lo correcto, y que eventualmente se convertirá la diosa panadera de su mundo.

    Gabriela cree que es la protagonista, y cree que es la única que ha reconocido el poder de ambos círculos: un recorrido vital, sencillo y perpetuo sobre los círculos que juntos, arman el símbolo del infinito. En este otro mundo, quizás, Gabriela ha conseguido una paz verdadera.

  • Isekai IV-VI

    Isekai IV-VI

    Mueres para resucitar en una aldea de humanos. Es importante decirlo: humanos, porque también pudieron ser orcos, goblins, enanos, elfos. En unos años te darás cuenta que también existe el hambre, el odio racial, las jerarquías. Quizás, la única diferencia esencial es la magia. Por eso te dedicas a ser mágico, es la promesa de tu nuevo mundo. Y tienes una especie de magia, la de ser el protagonista.

    La diosa de los ojos dorados se aparece en un sueño. Dice algo bonito: “eres el elegido”. Después de la música celestial, hay una pausa, toma tu rostro y besa tu frente: “tienes qué matar al vampiro”. Al despertar, te sientes poderoso, como si hubieras envejecido catorce años.

    Descubres habilidades sobrehumanas en tu juventud. Eres bueno con el látigo, con los bumeranes, con el agua bendita. Te haces de una bandita de carnales para viajar a las tierras del maestro vampiro, pero como sabes que estás en un ISEKAI, no crees que sean reales. Richelieu, Balmora, Ukina, ninguno de ellos existe de verdad, y no sabes cómo decírselos, pero disfrutas su presencia y te ríes como si todavía estuvieras en la secu 23, rayando bancas y tirando piedras.

    Tú eres el verdadero héroe, el mundo existe para cumplir tus caprichos. Está perrón porque truenas los dedos y haces chispas de fuego divino. Podrías quemar todos los bosques, pero no lo haces, porque eres bueno, eres dadivoso, eres justo. Tú y tus carnales beben aguardiente a la caída del sol, los colores naranjas y púrpuras del atardecer te enamoran, escuchas el canto de los pterodontes lejanos, en la tierra salvaje.

    Te enamoras de Richelieu, se dan unos besos salvajes; Balmora y Ukina, testigos luminosos, se ríen y se enternecen. Por fin sientes que puedes estar en paz.

    En el camino, una aventura de cinco años, destruyen a tres bestias imposibles: un león gigante con una melena dorada como el sol, la invocación de un demonio llamado Focalor, una hidra de cinco cabezas. Balmora murió valientemente. Ukina perdió un brazo. Richelieu encaneció por el terror de visitar los cuartos de tortura infinitos que le mostró Focalor. Pero tú estás bien, impávido. No tienes bronca.

    Quédense acá, le dices a tus cuates, hemos llegado al castillo del vampiro, yo solito me lo aviento. Pero Richelieu te da una cachetada. El sacrificio de Balmora no será en vano. Asientes. Qué chingones carnales tienes, pero no les dices así porque no van a entender tu idioma. Asientes heroicamente. Alzas tu látigo para dirigirlos a la última muerte.

    Se meten al castillo, se pierden en las escaleras infinitas, una de las tantas ilusiones del maestro vampiro, lo último que escuchas es una risa, el sonido de una guadaña gigante que atraviesa el cuerpo y alma y ves la iluminación.

    La diosa está frente a ti, de nuevo, tomando tu rostro. Dice: “no eres el elegido, perdóname”. Y te empuja a un abismo de colores mientras gritas el nombre de Ukina y de Richelieu, sobre todo Richelieu, de quien vas a extrañar todos los besos del mundo.

    Unos años después, ya resucitado el jardinero en una modesta aldea de goblins colocada en el borde entre un bosque y un desierto, vive asustado durante algunos años porque está muy consciente de su vida anterior. Extraña su Caribe del ’89, su ataúd metálico. Con el tiempo acepta su nueva vida porque la belleza de las noches estrelladas lo ayudan a sanar.

    Pertenece a una familia de siete hermanos, un padre y una madre. Le parece que son medio salvajes. Extraña a sus hijos, pero acepta el designio de su virgencita kawai: en esta vida, le toca ser el chamaco.

    Sus hermanos mayores trataron de enseñarle a cazar huargos porque es inútil para ello. Dejaron de llevarlo porque era un peligro. Su nueva familia le parecía, en general, arisca, tan arisca como su padre y su abuelo en el mundo original.

    Todas las noches, cada diez días, su pueblo de goblins encendía enormes fogatas para sentarse alrededor de ellas, comer carne de lobo, y contarse historias con un ritmo especial en la lengua. Se movían en un ritmo lento, se reían escandalosamente, se tocaban sus pieles verdes y enrojecían sus mejillas. Era una manera de sentirse vivos, recordaba los sonideros de su primera vida. Corán, así fue llamado por sus padres, pensaba que era una música muy hermosa.

    Para hacer su parte, ya que era inepto para cazar, Corán pensó que podía usar sus habilidades como jardinero. No se equivocaba. Empezó con flores y pequeños cactos. Sus manos brillaban con un aura divina al tocar pétalos, semillas, hojas. Las flores reverdecían, los cactos se hacían más fuertes y pesados. Escuchó una voz en su interior: “si continúas, puedes hacer que tengan vida” y eso le espantó.

    Por lo pronto, usaba su poder modestamente. Todas las noches, empezó a traer plantas y flores a su aldea. Eran deliciosos, dulces, rebosantes de savia y capacidades curativas. Los goblins de la aldea empezaron a respetar a Corán. Y él, por primera vez, sintió que tenía un propósito.

    El autor anota otras posibilidades de isekai en una acepción muy básica, como cruzar a otro mundo (entorno mágico, entorno maravilloso, abandono del mundo original): la aldea vikinga en Canadá; los infames de Cristóbal Colón y Hernán Cortés; la entrada del tlacuache al mundo de los dioses; Sarah Williams cuando busca a su hermanito en el laberinto del Rey Goblin; Kevin Flynn apostado su vida en el mundo de Tron; El jardín de las delicias del Bosco; Akutagawa y su bosque; entrar al mercado municipal y salir con las manos llenas; Dark Souls cuando mueres la primera vez; la reencarnación del tipo sin trabajo; la música de Donkey Kong Country; la lucha de clases; la cabaña hecha de dulces cuando entran Hansel y Gretel; la promesa de Pinhead: “¡tenemos tantas delicias por enseñarte!”; espiar un diario ajeno; Dorothy del mago de Oz; el pequeño Nemo cada vez que duerme; sospecho que un concierto de Taylor Swift; la muerte de una madre; el médico cuando dice que tienes un tumor en el pecho de un mamey; la progresión a la basílica de Guadalupe; la primera penetración, una felación sin descansos; los tres portales sagrados de Minecraft, pero la primera cueva frondosa que encuentras es como entrar a un pequeño paraíso; atravesar el tubo para encontrarte con el parque de diversiones de Mario; el sueño de los cuartos infinitos de Aureliano Buendía; Kafka; Celes despierta en el mundo de la ruina (isekai dentro del ISEKAI) pero, en una versión más chafa, cuando Cloud atraviesa el río de la materia junto con Tifa; la pubertad.