Autor: arbolfest

  • Isekai (I-III)

    Isekai (I-III)

    Daniela quería vivir un isekai, uno de esos mundos fantásticos donde los perdedores como ella resucitaban como héroes divinos. Pero para eso, primero tenía que morir, y segundo, necesitaba un poder insignificante que, en el otro mundo, tuviera el potencial de alcanzar lo divino.

    Lo único insignificante que tenía en su vida era una perrita, un basset hound cachorra llamada Lila. El basset hound era muy torpe, durante los paseos, meneaba alegremente el culo y las orejas, como un payasito de crucero, y babeaba todo el camino. Daba mucha gracia y ternura, a pesar de su baba, y sus pedos, y sus ojos de nostalgia impertérrita.

    Daniela quería mucho a su perrito y por eso no buscaba, activamente, la manera de morirse para vivir su aventura. No quería pensarlo: dejar a su cachorra sola le rompía el corazón. Pero Lila, una mañana de extrañas bendiciones, resolvió todas las dudas de Daniela. Olió unos pollos, se soltó de su dueña y echó una carrera para capturar unos pollos fritos colocados a contra esquina de un crucero.

    Daniela, sin pensarlo bien, fue corriendo tras ella justo cuando se escuchó uno de esos temibles chirridos de llantas.

    Lo último que Daniela pensó, no lo duden, es que estaría chispa si un camión de Sabritas la atropellara para mudarse al otro mundo. Pero no fue un camión de Sabritas, fue un camión de pasajeros porque a los dioses les gustan los testigos de sus hazañas.

    Lo más curioso es que un niño, además de las vísceras, la sangre, las orejas grandes y los ojos, sintió menos horror y ansiedad cuando se percató de cómo volaron las almas de las atropelladas por un portal de luz. Ese niño crecería para creer en ángeles. Pero los ángeles no existen. No en este mundo, al menos.

    Seis notas de un isekai, según las ha visto un señor de reojo mientras su esposa pone uno de esos animes y ella desayuna tranquilamente, mientras él se pregunta cómo consiguen los japoneses hacer fan service de pokémones y personas cacto con una soltura envidiable.

    1. La persona atraviesa al otro mundo en forma de una resurrección. Una resucitada, como Daniela, tiene los conocimientos de su vida anterior y los aprovecha para navegar la niñez y la pubertad, esa-maldita-etapa.
    2. El resucitado no pasa de nuevo por las etapas eróticas. Es perturbador, quizás, cuando un cuarentón resucita y su nueva infancia, matizada por su edad original, ve con deseo a su madre (del otro mundo), sus hermanas (del otro mundo), sus primitos (del otro mundo) o a selectos y atractivos amigos de su infancia (del otro mundo).
    3. Los resucitados tienen conocimientos prácticos de su vida anterior. Si era un escritor, probablemente tendrá una magia de escritura que lo ayudará a someter su entorno; si era una música, potenciará la magia de su violín o de su guitarra; si era un barrendero, su escoba será un nexo donde convergen todos los tipos de magia.
    4. Eventualmente un dios del otro mundo buscará a los resucitados y les dirá: “interesante, ¡eres muy interesante en verdad!, Omoshiroi!!”. Y se reirán felices y canallas, pensando que tienen carne nueva con qué jugar.
    5. El isekai no es novedoso. Siempre ha existido la melancolía por los mundos ficticios. En el occidente, tenemos varias de esas historias: Alicia en el país de las Maravillas y A través del espejo; los viajes de Gulliver; aquella novela ilegible de las muchas dimensiones llamada Flatland; casi todos los cuentos de Mario Levrero y algunos de Felisberto Hernández; los juegos de Ultima diseñados por Richard Garriott; cuando Cristo navega el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches; Quijote cuando cae a la cueva de Montesinos y La historia interminable, de Michael Ende.
    6. Seguramente hay muchas más. Pero animes no faltan. Hay, al menos, seis isekais cada temporada.

    Torremanca no sabe lo que es un isekai pero, de todas maneras, ya le tocaba trasladarse al otro lado porque los dioses del otro mundo reclamaron su alma.

    Cuando despierte en el isekai, el otro mundo, y después de muchos años, no comprenderá si es lo mejor o lo peor que le ha pasado.

    Pero lo sobrellevará porque es un buen jardinero.

    Torremanca era un hombre de mediana edad, de sonrisa amable, y tiene una intuición divina para los jardines; solo de mirarlos, crecen las flores, los árboles y los cactos. Intentó ahorrar para abrir su propio vivero, pero nomás no pudo juntar porque siempre le pasaban cosas: se cortó un dedo con un cuchillo de carnicero; la operación de apéndice de su mamá; se cortó otro dedo, pero del pie, porque se le cayeron las tijeras directamente sobre los crocs; le tocaba comprar los útiles de los chamacos que no viven con él; lo picó una viuda negra y se lo llevaron a urgencias de un hospital de esos que tienen nombre caro; se compró una Caribe del 89 pensando que le ayudaría con el negocio y resultó más gasto de lo que hubiera pensado. Todo le pasaba a Torremanca.

    Si le preguntas a Torremanca que es un isekai, probablemente haría una mueca que versa entre la curiosidad y el espanto. Si le enseñas un personaje de Isekai, él alzaría los ojos, se sentiría rebasado, quizás preguntaría si se trata de Dragon Ball y después dirá que están cagadas las monas chinas. Dudaría en mostrarte una estampa de la virgen de Guadalupe kawai que conservó un día que separaba la basura.

    Torremanca saldrá una mañana fría de enero, no estoy seguro si de este año, o si ocurrirá en el futuro o en el pasado, en su Caribe del 89, escuchando un casete de ACDC, muy temprano, y desviará su ruta habitual porque quiere disfrutar de la carretera, el camino y la noche.

    No sospecha que sigue los designios de un dios del otro mundo.

    Torremanca entrecierra los ojos, verá una poderosísima luz. No habrá ceremonias, ruidos espantosos, dolores inenarrables. Despertará siendo un bebito haciendo sus necesidades mientras lo carga su madre de orejas extrañamente puntiagudas, y enormes, y lo besará en la frente. El jardinero sentirá paz. Y luego verá a su mamita, hará una mueca de bebé y porque todavía no sabe hablar, solo podrá pensar: “ah chirrión, están cagadas las monas chinas”.

  • La brevedad de la vida

    La brevedad de la vida

    Escribo en mi libreta a las 5:50 PM. Está bajando el sol, los árboles del baldío extienden su sombra; quieren tocar a alguien. Un loco, como siempre, está marchando felizmente hacia el abismo.

    A su lado, un perro viejo levanta las orejas. Está sordo, pero el maldito hábito. Levanta las orejas porque se niega a envejecer. Pero como siempre, no es el perro quien detiene a un loco de su caída inminente al abismo. Solo retrasa lo inevitable.

    He tomado el agua más deliciosa, más fresca. Justo acabo de leer un cuento sobre un muchacho que “toma agua”, da su primer “beso”, y probablemente se hace hombre. Hace cuánto me hice hombre, a veces pienso.

    El otro día, evitando unas franjas amarillas de algún estacionamiento, me puse a pensar en cosas que pasaron hace veinte años.

    Cuando tuve cáncer, a menudo hacía ejercicios de respiración para no romperme. Todo el tiempo estaba encabronado porque juraba que me iba a morir. Lo que me salvó fueron los ejercicios de respiración, y una lectura compulsiva del Quijote (la tercera de mi vida), y una mala lectura del Ulises, y jugar Dead Space y Doom, sobre todo Doom, lo jugaba tanto que seguía jugándolo en mi cabeza.

    En aquel entonces, cuando me ponía mal, cerraba los ojos un instante; contaba uno, dos y tres, hasta diez, hasta cien, hasta mil; asimilaba los sonidos a mi alrededor y aceptaba que era imposible controlar el ruido de fondo; perdonaba a la maldita señora con nariz de payaso —aquella que pretendía distraerme por no sé que porquería lúdica del seguro— al darme cuenta que estaba más triste que yo; finalizaba los ejercicios de respiración: soy uno con el infinito, con mi propia ira, con mis tumores, con lo inevitable.

    Vi una serie en Netflix que se llama Achtsam Morden. Se trata de un abogado de criminales, Björn, que toma un seminario de mindfulness. Dentro de la fórmula de cada capítulo, Björn recuerda a su maestro y algún tip de respiración y de meditación que lo ayuda a sobrevivir el conflicto del día. Ver la serie me recordó lo importante que es vivir el presente y tomarse el tiempo para respirar. No nomás cuando cree que se está muriendo y quiere rezarle a cualquier birgencita.

    Respiro mientras escribo esto.

    Tengo un pasatiempo. De repente le tengo confianza a la vida. Mientras escribo una historia en mi cabeza, paralelamente estoy planeando el gran escape.

    Creo que la escritura es un acto mágico y algunos de mis piensos son artificios de brujería. También me gustaría creer que, unas semanas antes de morir, a mis ochenta y tantos años, se revelará la fórmula del gran escape y escribiré mi última gran obra.

    Por eso me estoy dejando crecer la barba. Me siento sabio, barbón y bien diablo. Sigo los pasos de mis maestros: Nostradamus, Nabucodonosor, Tiresias, Baltasar y Melquiades. Puro viejo cabrón y mágico. No miento.

    Esa última gran obra, todavía no lo sé, puede ser un cuento, un libro de piensos, el epitafio de mi tumba.

    Espero descubrirlo antes de pelarme.

    Y si me mata un accidente, confiaré en mi cerebro: habrá señales de que el gran escape estaba trabajándose de manera paralela, pasiva, con el 1% del GPU según el monitor de actividades, y su camino se tejía a escondidas de todos, un desliz de la inconsciencia, el trabajo de la sombra, del thanatos, en los diversos textos de mis canciones para el desvelo.

    No descarto que el gran escape esté escribiéndose en este momento y yo no tenga idea de lo que está pasando. Pero exclamaré sorprendido unos segundos antes de morir y diré: “¡lo entiendo todo! ¡Malditos liberales! ¡Viva la revolución y la libertad sexual!”.

    Hay una posibilidad mínima de que este sea el segundo ladrillo, o el quinceavo, o el ladrillo número quinientos de un edificio de tal complejidad, el laberinto máximo, el acertijo imposible, que si fuera descifrado, revelará a todos mis amigos, familiares, conocidos, a los amores del presente y del pasado, la verdad de lo que encontré en el otro lado.

    No lo sabremos hasta que alguien se anime a descifrarlo. Mi visión del futuro dice que pasará por ahí del 2042.

    Por lo pronto, me contentaré con haber descubierto el día de hoy este placer increíble, casi sexual, en ignorar, de manera irresponsable y consciente, la brevedad de la vida.

    Pero no demasiado. O uno enloquece y se cree inmortal.

  • Cheetos positrónicos

    Cheetos positrónicos

    Esta mañana sentí una rara angustia; leí a un tipo random en threads, cito: “tengo 85 años y me estoy muriendo. Leí ese poema de Borges y tengo amsiedá”. 

    “Será un tipo de mi edad”, pensé, “los jóvenes ya no escriben como estúpidos”. 

    Creo. 

    Traté de hacer memoria. ¿Era un poema del ciego? Me sonaba medio falso. Lo dejé para más tarde. Flashforward: gugleando, redescubro la cosa esa de instantes —ah, ese Instantes—, poemita cursilón pero sabroso para los ansiosos, ¿recuerdas cuando en el dos mil, un montón de blogs se pusieron a platicar de Instantes y de Borges?, somos un ciclo de lavado, fin de fl… prolepsis. 

    Me senté en una de las bancas universitarias, a la sombra de un ficus, y se me congeló el culo. 

    Flashback: camino la calle para llegar a mi camión, la soberana ruta 3A, y me pongo a pensar que soy un vikingo desde que me curé del cáncer; pienso en los límites del placer y de la tranquilidad; evalúo los límites del amor, las posibilidades de tomar; el vikingo tomará en el valhalla; whatever happens, happens; fin de analepsis. 

    Regreso a la ciudad del presente. El frío en la cola me obliga a pensar: “y qué va a pasar si cuarenta años después sigues trabajando aquí, dando clases. Como te crees un maldito vikingo, ya que sobreviviste, qué va a pasar si te quedan otros cuarenta años de vida… o sea, pronóstico de 80+. Ojalá te toque una maldita guerra, nada más eso te falta. El problema ya no va a ser la inteligencia artificial, a lo mejor será otra cosa; para entonces tu cerebro va a estar dando la clase dentro de un aparatejo, bip bip bup, y no te conservan ahí porque sepas mucho, nombre, qué vas a saber pobre idiota, pero te conservarán porque eres uno de los últimos vestigios de una humanidad que atravesó los siglos. Ríos de tiempo para alcanzarte, pinche Draculín. Una furiosa reliquia. Una experiencia anquilosadamente única. Ni vas a estar enseñando guionismo, o narrativa para medios, pero una jalada como los susurros expectorantes del humano posmodernista, testigo de los fake news y la amsiedá de Borges, y ni vas a reconocer a la gente porque todos van a ser azules, morados, naranjas u ocres, y cualquiera puede cambiarse los colores y el género con un botón, y algunos van a tener hocico de perro y van a decir cosas como que: ‘uh, furros, profe, eso me parece sumamente ofensivo’; y tú ahí, pidiendo perdón, y ya después te guardan en la bodega con los otros cerebros, y en tu eterna simulación, estarás limpiando el polvo de cheetos de una barba artificial que te pusieron por comodidad, y mañana aparecerá tu carita vencida en un monitor, hable que hable y hable y hable”. 

    Postdata: no sé si quiero ser un vikingo. No quiero la fuerza, pero prefiero el descanso. No pienso demasiado en el futuro porque es una apuesta, el tiempo es un dios mutante de tentáculos, ojos en la carne, vertientes y extremidades; pero a veces no puedo evitarlo, pienso en el futuro y después en lo imposible. Lo imposible como el monstruo que vive debajo de nuestra cama, en un nido de la cabeza, en la oscuridad detrás de nosotros, en el punto más iluminado del sol, en las entrelíneas de un poema apócrifo, en las sonrisitas de algunos bastardos, en el caminar deleitable de unas nalgas que se mueven sabroso porque alguien las acaricia sin reservas, en el muñeco de felpa —tamaño real— de un pokémon que se ve demasiado erótico para su propio bien, en las nubes cuadradas de Minecraft, en el ruido que hace el jardinero mientras coloca el pasto, en los ojos nublados de la Nico, en los bigotes de la gata, en la mamada piadosa que recibirá un buen hombre el día de San Valentín. Lástima que eres un vikingo.

  • U THERE

    U THERE

    Me siento cansado, tuve gripa unos días y el cuerpo se está reponiendo. Cada vez que me da tos, recuerdo la voz de algún médico: “hubo daño a los pulmones y el corazón, chéquese”. Y yo obligadamente asiento, pero como un fantasma, desde adentro y digo: “sí, sí, sí”. Molly Bloom, sí. Paso a la panadería, compro unos panes de dulce. Escucho a los panaderos: “Usted dígame, maestro… la masa, ¿así de dura?”. Y se ríen los cabrones. Y yo me aguanto la risa porque no soy panadero, soy cliente. Escojo una concha rellena de algo, creo que la llaman charro. Me llevo una dona de chocolate que no es una dona, pero parece un bigote. Pienso: “caminar a casa valdrá la pena, y ella estará feliz cuando vea el pan”. La caminata cansa. Veo a una muchacha de piernas bonitas en el camino, me distraigo un poco, empiezo a toser. Sigo. Ya mero llego. Trato de entender los nuevos semáforos. Un camión se pelea con el otro por el espacio. Unos chavitos de la UDLAP me pasan de largo. Entrecierro los ojos. Dormía mientras caminaba, dirán los periódicos. Los abro, estoy cruzando una calle, un coche rojo se detiene mientras yo paso el puente peatonal pintado sobre uno de esos topes monstruosos. Me hace el favor. Camino más lento, finjo cansancio que no tengo. Y sí tengo, estoy cansado, de verdad. Cruzo la calle como si tardara años. Escucho una mentada de madre. Yo pienso: “maestro, ¿así de dura?”. Me río solito. “Ya se compró el pan de otro lado”, me dice el guardia. “Fíjese”, le digo, “creo que es el mismo pan”. Nos reímos. Somos cómplices. Se me olvidaron las llaves, mi esposa me abre. Y en esa primera larga conversación de la tarde, nos contamos cosas. La perra, Nico, ya sorda, se da cuenta que ya llegué. Y ella sube al sillón conmigo. Junta las patitas como si pudiera hacerse chiquita. Y yo le digo: “mija, no te quedes mucho tiempo aquí abajo, porque tengo qué subir a checar unas cosas”. Me da la angustia porque ella no sabrá que ya no estoy, y que la he dejado sola en el sillón. Pero qué le va a importar si ya está dormida. La perra se siente segura conmigo. Ronca. Babea. Mija, no te quedes allá, ven conmigo. Pero ella se queda allá, en el otro lado, el mundo del sueño. Es una cachorra y estamos caminando. Es una cachorra y corremos juntos. “Su espalda”, dice la veterinaria. Es una cachorra y persigue diablos, goombas, pachucos, mataviejas, nazis, chocobos. Es una cachorra y me roba un sándwich. “¡Te pasas, Nico!”, le digo, muy enfadado porque era mi comida pero mañana me voy a reír de eso. Voy a acariciar sus orejas y le voy a decir: “eres la mejor compañera, la mejor”. Y ella sacará la lengua, y moverá las pompas de cubana que tiene, y moverá sus patotas de boxeadora como si nos fuéramos a madrear. Te quiero mucho, Nico. Ya me voy a subir, sigue durmiendo, sigue soñando, vamos a quedarnos dormidos mientras caminamos.

  • Recuerditos de mi vieja

    Recuerditos de mi vieja

    El otro día tuve un instante de iluminación: cuando fui un chamaquillo, a mi abuela le molestaba que no pensara en los demás y, por eso mismo, su educación social surgía de un amor airado. María se enfadaba conmigo por las tareas inconclusas, por no saber preparar mi desayuno ni el de los otros, por no entender el tiempo ajeno, especialmente el de los mayores. Pasaba horas explicando, me daba manuales para que comprendiera mejor el contexto de sus hijos. Se nos iba tiempo valioso, ella tratando de enseñarme el sentido de mi familia numerosa, incidental, y cómo podía contribuir a ese gran propósito.

    Repito los gestos frustrados de mi vieja cuando conozco a alguien que no muestra el menor interés por ponerse en el lugar del otro. Pero la mayor de las veces es una falta de interés ingenua, una inocencia salvaje que da risa. En mis clases, cuando me pongo ñoño, menciono a Charles Xavier y explico que es uno de los mutantes más poderosos del mundo porque es un empático nivel omega. Eso debería ser una señal: no cualquiera puede entrar y salir de ese espacio, y reconocer esa dificultad debería ayudarme a entender a algunos bobos, a los ingenuos. Desde el lado filosófico: el infierno son los otros porque nos revelan como seres mínimos, ignorantes. La incapacidad de vivir una perspectiva ajena es, de un modo sencillo, descubrirse tonto, sin imaginación, sin la suficiente humanidad o una humanidad singular.

    Es más fácil mirar al otro como un planeta ajeno, el universo que jamás exploraremos. Y también es más fácil quedarnos con estos pequeños rasgos que ofrecen una explicación, una narrativa lo suficientemente satisfactoria para ignorar la curiosidad, esa que mata al gato.

    Mi abuela se molestaba porque no pensaba en los demás, pero ella, desde niña, fue enviada a una familia adinerada para servir como la extraña jovencita de piel blanca, muchacha de pueblo, instruida específicamente para atender las necesidades de unos extraños. Luego tuvo su propia familia, seis hijos, fue abandonada por su marido, y esa cadena de pequeñas bendiciones y desgracias la llevó a pensar constantemente en los otros.

    Primero, fue su trabajo pensar y cuidar a una familia que no era suya; ese aprendizaje le sirvió para cuidar a sus hijos y asegurar su supervivencia tras el abandono. Sus hijos se convirtieron en un laboratorio accidental, problemas que se resolvían a un ritmo desigual, a veces vertiginoso.

    Me frustro como ella porque así me enseñó a querer. Estamos condenados a repetir a nuestros viejos. He aprendido aceptar que puedo querer a otra persona a través del enojo, y que mi rechazo hacia otro puede ser una ilusión, un sentimiento fragmentado y confundido.


    Tengo un diario a mano para escribir mis ideas. Constantemente escribo cosas, personajes, piensos. Me deshago de todo lo que puedo.

    La relectura me llena de sentido, ilumina aspectos de mi persona que estaban apagados o difusos. Escribir un diario es el flujo de la conciencia y lo poético; es el sinsentido persiguiendo a los monstruos, lo tangible, el deseo.

    Mi abuela no solo amaba a través de la frustración o el enojo, no se trataba solo de empatizar o tener compasión por los demás. Creo que conmigo descubrió una paciencia infatigable, la de un animal creativo, para contarme historias. Pasábamos mucho tiempo juntos, y ya tenía colmillo cuidando niños, así que podía practicar otras formas de ser ella.

    Las horas se nos iban mientras ella me contaba historias en el puesto de zapatos; no llegaban clientes y no había nada más que hacer. Las historias que mejor recuerdo son sus chistes sobre el diablo o las abstracciones de su pueblo, como los caminos de girasoles o los sauces llorones alcanzados por algún rayo.

    Recordar sus historias significa escuchar el viento que atraviesa los campos de girasoles, a la vieja que nos vendía chapulines de una cubeta de metal.

    Rara vez me hablaba de su familia: su padre o sus hermanas, porque sospecho que detrás de esos recuerdos había una tristeza extraña que no me correspondía heredar, y cuya carga estaba recetada para otros.

    Me heredó la intuición del amor que surge a partir de contarles historias a los otros. Digo que es una intuición porque no lo sabes hasta que pasan los años, y una persona muy querida regresa a ti, te abraza, y tienen el tiempo de mirarse a los ojos, tomarse de las manos y reanudar el vínculo a partir de una historia que compartieron, una aventura que vivieron juntos. En su momento, desde el ruido de la juventud, ese amor surge de lo incidental, es un pedazo de vida que arraiga en palabras y risas, a veces deseo y caricias, como un arbolito que echa raíces en el patio y nunca te molestaste en podar.

    Contar historias a otros, pienso a menudo, fue lo que salvó mi vida. Sirva esto como un recordatorio de que lo aprendí a través de mi abuela, luego de mi madre, y también de mis tíos y tías. Más tarde lo descubrí con mi esposa. Y cuando estuve solo, mucho tiempo, le di voz a un cactus que se convirtió en mi mejor amigo, y después a mi perra porque era un bebé que necesitaba malgastar su exceso de vida a través de los tantísimos paseos. Cómo no iba a contarme cosas ese perro orejón de ojos grandes.

    Mis amigos tienen voces que me cuentan cosas, y pienso en sus tonos cándidos, amables, que se suavizan cuando comparten sus vidas. Pienso en mis amigas escandalosas, las que se ríen mucho, y rompen todas mis expectativas. Y me enamoro de ellos y de ellas. Cada voz es distinta, y me siento afortunado, al final, de tener a esa persona que me enseñó a escuchar el tejido que esconde la voz estratégica de Penélope, la cantaleta de amor y supervivencia de Scheherezade, el hilo que resuelve vida y laberinto de Ariadna, el violento rugido de Hel.

    Todas son una canción maravillosa que surge de tiempos inmemoriales y que me llevará de la mano a la tumba, cuando me toque.

  • The Orville

    The Orville

    Vi el primer capítulo en un camión a Pachuca, Hidalgo. Me interesó tanto la premisa, que me contraté un mes de Disney+ para acabar de verla.

    El capitán Ed Mercer (Seth MacFarlane) llega a su departamento y descubre a su esposa, Kelly Grayson, teniendo sexo con un alienígena azul que se llama Darulio. Más tarde nos enteraremos que Darulio es papacito Rob Lowe. Para darle ese humor vulgarsón, característico de Seth MacFarlane, Darulio desprende un líquido de su cabeza cuando Ed los cacha. El tono de The Orville queda claro: Star Trek con Family Guy, el espacio pero no tan en serio.

    En décadas posteriores, Star Trek no solo sería reconocido por los trajes chafas de los monstruos, el barrido de las imágenes para pretender que las naves trascienden planos para viajes hiperveloces o por usar un juego de luces y maquetas para interpretar la opereta espacial; también serían conocidos por tratar, a manera de metáforas y analogías, los temas sociales complejos de aquel entonces.

    Como ya era una serie progresista, que miraba a un futuro utópico, quizás una versión amable del destino manifiesto, fue la primera en tener a la teniente de comunicaciones, una africana, Uhura, ocupando un lugar privilegiado en la nave.

    En otro capítulo, Uhura se besa con Kirk, el típico chancero todasmías de ojos claros, y eso provocó un revuelo en su época. A mucho gringo blanco se les expandió la cabeza y pensaron: “podemos besar a los negros”. O afroamericanos, como insistirían más tarde que debían ser llamados. Ojo, considérese que los afroamericanos no son africanos, como Uhura, o afromexicanos, o afroirlandeses (por eso me llaman Red, dirían en Shawshank Redemption).

    En Orville, unos minutos después, el capitán Ed Mercer y su compañero, Gordon Malloy, tienen una videollamada con un científico que inventó sabe qué cosa de viajes en el tiempo. Atrás, en el fondo, aparece un perro que empieza a cogerse a un peluche. El chiste, muy MacFarlane, es que todos los hombres tienen qué mantenerse serios mientras miran los que está pasando en el fondo. Humor de colegiales. De eso se compone la primera temporada de Orville, más o menos: parodiar a Star Trek y, a la vez, poner el dedo sobre lo chistosa que es la tecnología contemporánea que a veces parece magia.

    Sin embargo, la serie después empieza a tomarse en serio. Todavía no demasiado, pero va por ahí. Deja de ser The Orville para convertirse en, precisamente, Star Trek: The Orville Generation. El entorno de los personajes cambia misteriosamente, evoluciona para darles pie a crecer como gente.

    Por ahí de la segunda temporada, abandonan el humor de colegiales para hacer el intento de tratar temas complejos. Por ejemplo, tienen una raza espacial que está compuesta de puros hombres. Algún escritor decidió rascarle a ese tema y eventualmente, la Unión de Planetas Confederados (tiene otro nombre, lo olvidé), se da cuenta que el planeta cambia de sexo a todas las niñas para convertirlos en niños porque las niñas son débiles y sentimentales. Obviamente, la Unión se estresa porque no está bien visto que apoyen a un planeta que cometa estos actos barbáricos, pero no pueden sacarlos del club de Tobi porque venden las armas para defenderse de los Krill.

    Cuando Star Trek inventó los teletransportadores instantáneos, The Orville inventó dos cosas: un aparatito médico que prácticamente se maneja solo (aunque lo supervisa una médica, psicóloga, neuróloga, porque un doctorado ya no es suficiente) y un cuchumbito al que le picas los botones y te da lo que quieres: comida, cigarros, teléfonos celulares del 2020. Esto último, me corrijo, también fue un invento de los Supersónicos. El cambio de sexo, dentro de la ficción, afortunadamente, no es doloroso y tampoco es una pesadumbre sobre el cuerpo. Quizás se plantea otra pregunta interesante: si puedo ser lo que yo quiera, cuando yo quiera, entonces… ¿qué? La vida son esos niveles de libertad. Cuántos necesitas para ser lo que deseas. The Orville deja entrever esa delgada línea metaficcional.

    Los Krill, otro escritor decide rascarle, son una raza alienígena sumamente conservadora, cuya palabra divina es la única que existe en el mundo. ¿Qué quieren los Krill? Quedarse con el universo. Destino Manifiesto. Del otro lado, sin embargo, la Unión, compuesta primordialmente de hombres blancos, chanceros, todasmías de ojos claros, tienen una manera más democrática de repartirse el universo, espolvoreando unos cuantos alienígenas en el fondo de la pantalla, otros tantos más como secundarios y finalmente, como ya descubrieron que pueden besar a los afroamericanos, pues hay uno que otro por ahí, y también alguno que otro chino, aunque no es chino declarado, y también hay una máquina que tiene más sexo que todas las razas interplanetarias, como una representación fiel de los tiempos que se viven donde pronto preferiremos intimar con el metal y las inteligencias artificiales.

    Hago esta acotación porque la creo muy necesaria: los gringos todavía viven la ilusión de que superan a los chinos aunque les deban hasta los calzones. Por eso hay chinos, pero no los hay. Les da cosita. Al menos Star Trek tenía un personaje japonés.

    Disfruté mucho las tres temporadas de Orville, aunque se necesita una buena dosis de Suspension of Disbelief. The Orville se siente como la ciencia ficción vieja, no solamente en términos de Star Trek (la clásica o New Generations) pero los cuentos que vendía Asimov en sus antologías. Eventualmente muchos de los personajes mejoran, así como mejoran los entornos donde se desenvuelven y tienen desarrollos interesantes. No solo hay viajes planetarios, pero hay viajes en el tiempo (muy doctor who) y viajes entre dimensiones (!). Los más beneficiados son los personajes femeninos en este sentido.

    La doctora Finn es uno de mis personajes preferidos, la versatilidad de Penny Johnson como actriz, la ha convertido en uno de los personajes más arriesgados e interesantes de toda la serie. Si no la veo por Ed Mercer, o por Kelly Grayson, o por la familia de Moclans (otros alienígenas por ahí), definitivamente es porque la doctora Finn tendrá algo interesante qué hacer y que alimentará mis ganas de vivir en ese futuro mejorado. Sirva esto como una carta de amor a un personaje que todavía no sé si volverá pero que me dio algo en qué pensar.

  • Skyrim

    Skyrim

    Recién me mudé a Cholula, por ahí del 2013, compré una compu de media gama con algunos ahorros. No tenía la mejor tarjeta gráfica, pero apostaba que podía llegar a la calidad media de una playstation tres. Y si no, podía intentar abrir mis juegos pesados con una mac pro del 2013 (bootcamp), resultado de una chamba que hice ese diciembre. En ese tiempo era una bestia, hoy… digamos que es una compu aguantadora.

    La mac pro ya no se actualiza porque está vieja y todos los días está rumiando que le gustaría morirse, pero sigue aguantando porque me gusta escribir mis piensos en ella y ya hicimos un pacto.

    La idea era adquirir una computadora para jugar otra cosa que no fuera World of Warcraft. Quería evitarlo en la mac pro. Estaba abandonando ese vicio que me estaba costando salud (fumaba una cajetilla, a veces dos al día y me tomaba mi coca-cola de dos litros, sí, sí, como en el episodio de South Park) y era un gasto recurrente.

    Necesitaba acceso a juegos menos tóxicos.

    De lo primero que se me ocurrió instalar: Skyrim. Fue una bendición pero también fue un error. Despiertas en un carrito tirado por caballos. Solo puedes mover tu punto de visión. Miras a tu alrededor y descubres unos duros y hermosos nórdicos, parecidos a los hermanos Hemsworth, que te dicen de cosas muy vikingas, entre ellas: “Talos te bendiga porque estás a punto de ser ejecutado”. Las voces son increíbles, los bosques también, la iluminación renderizada cuidadosamente modifica las sombras de mediodía a la vez que vas llegando a tu cita con el verdugo.

    Skyrim prácticamente inventó ese adjetivo espantoso que usan los jóvenes hoy en día: la inmersión. Si me dieran un septim cada vez que escucho: “es una experiencia inmersiva” cuando hablan, por ejemplo, de un maldito doujinshi, ya sería millonario y hubiera pagado todas mis deudas de enfermo. Otra: “es que es una narrativa inmersiva y se rompe, profe” y yo, ¿qué no puedes tener una imaginación saludable, y adentrarte solito en la historia, sin esperar que fuerzas misteriosas construyan eso que llamas inmersión? ¿Por qué le das un nombre tan feo a tu cerebro y su capacidad de imaginación? ¿Y por qué no puedes controlar tú solito el monito ese que te ayuda a imaginar adentro de tu cabeza? ¿Por qué debes dejarle la cosa de la imaginación a un producto? ¿Quieres vivir toda tu vida como un consumidor? Perdón, me estoy alejando de la reseña.

    Regresemos a Skyrim. ¿Querías ser un héroe? Te chingas, toma tu experiencia inmersiva; no puedes hacer nada, te van a ejecutar porque estabas en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Desde la introducción te confrontan con el verdadero espíritu de Skyrim: nunca estás donde debes estar dentro de la historia porque siempre estás distraído con alguna otra cosa, y cuando no eres tú, alguna circunstancia te empuja hacia otro lugar. Gentilmente, sin que nadie te lo diga o te lo venda, Skyrim se trata de tejer tu propia historia, el destino fantástico que más te guste. Si me dieran un septim por cada vez que me dediqué a sembrar papas para viajar al End, perdón, si me dieran un septim cada vez que recojo mis scaly pholiotas para hacer más pociones…

    300 horas Skyrim después, en el lejano 2013, estoy haciendo las misiones de Herma-Mora, buscando los libros prohibidos que te dan habilidades nuevas. Para mí, en este momento, el juego me parece el verdadero paraíso. Soy un guerrero de dos manos con una armadura dáedrica y estoy buscando libros, solamente libros, en el plano donde la deidad daédrica del conocimiento, los acertijos y los secretos es el dios único. “Maldito juego estúpido”, pensaba, con unas enormes ganas de llorar como la canción esa de los auténticos (me pone loco tu forma de ser).

    El juego estaba entretejido con mi alma: libros, dioses, tesoros.

    Al día siguiente se corrompió mi save file.

    No pude encontrar el Oghma Infinium.

    Unos años de distancia, seré sincero y no le voy a echar toda la culpa al juego, mi save file se corrompió por algo muy sencillo: le había metido mods. Muchos. Más de los que puedo contar. ¿Variedad de bestias en los parajes de Skyrim? Venga de ahí. ¿Más patrullas imperiales que navegaban el mundo para joder? Sí, me encanta. ¿Armaduras reveladoras para todos los actores femeninos? Joder, sí, tengo trece años. ¿Penes gordos para los nórdicos? Deme diez porque necesito mi Conan, el bárbaro. ¿Shaders papito? Por favor. ¿Quieres una Sailor Moon de posible compañera? En el nombre de la luna. ¿Quieres a Thomas, el tren, haciendo chu-chú por los cielos? Chingados, no, eso no porque rompe la inmersión. Tenía alrededor de cien mods instalados que empujaban mi juego a los límites: Skyrim se cerraba, los save files se corrompían, y la última vez fue más de lo que se pudo arreglar.

    Lo cerré y me dije nunca más.

    Hasta que hace unos años, escuché que iban a sacar la versión especial, actualizada para equipos más modernos y con algunos arreglos al motor de juego. Después sacaron una versión de aniversario que ya incluía todos los mods del club de creación como un DLC de esa edición especial. De lejos, empecé a escuchar nuevamente la canción del dovakhin. En un proceso alterno de mi cerebro, casi como un secreto, Herma-Mora me hablaba en sueños, o mientras estaba leyendo, o mientras pensaba en alguna otra cosa: “instálalo y juégalo, pero juégalo bien esta vez, ya no le pongas mods, juégalo y acábalo, ¿qué? ¿No quieres ser un héroe?”.

    Eso hice en el 2024, y durante todo el 2024, no visité ningún otro mundo virtual que el de Skyrim. Es un juego que puede ser abrumador, desde el principio lo es. Skyrim se convierte en su propia lengua, es una experiencia única, pero también compartida (los foros de reddit están muy vivos). Con la dedicación y tenacidad de un viejo nórdico, lo viví de principio a fin, hice todas las misiones y dejé para el final las dos que consideré principales: escoger un bando entre el imperio y los nórdicos, y matar a Alduin. La edición de aniversario agrega unas cuantas misiones más que te dan cosas: casas, armaduras, expansión de hechizos e ingredientes, un rudimentario juego de pesca, monturas. No creo que el sistema gráfico haya mejorado mucho desde el 2013, pero los cielos, específicamente los nocturnos, se ven gloriosos.

    Esta vez lo jugué sin mods (eso lo dejé para el final). Pude revivir la misión del gremio de asesinos, una de las mejores escritas en un videojuego. También pude, por primera vez, completar las misiones de Herma-Mora hasta su final inevitable, y satisfactorio para un amante de los secretos y del conocimiento. Disfruté los diálogos de Serana, la mejor acompañante que interviene cuando debe hacerlo. Pude participar en el conflicto entre nórdicos e imperiales. Y como la cereza del pastel, gocé del cielo hermoso de Sovngarde durante la última confrontación con Alduin. Es un juego lleno de folclore, de historia, de referencias a viejos mitos. Pero más allá de eso, también te permite esa extraña libertad de ser un vagales sin propósito, que se construye a través de rolear con los npcs, y no hacer nada preciso mientras estás jugando.

    Puedes dedicarte, simplemente, a tener pequeñas aventuras con tus compañeros. Pero hay youtubers que se dedican a rolear que son herreros, o mineros, o granjeros, o indigentes. Es un juego que puede tornarse un sandbox de fantasía medieval oscura, si así lo deseas.

    Decidido a ya dejarlo por la paz, empecé a instalarle mods. Llevo unos 75 y el juego parece estable. Uno de los mods escogidos fue Legacy of the Dragonborn, el cual agrega todo un sistema de misiones para construir un museo, muy similar a Blathers en Animal Crossing. Me encantó. Aunque el mod recomienda iniciar un nuevo juego, lo estoy completando poco a poco, sin prisas, sin ganas en realidad de terminarlo o jugarlo completo. Esta vez, no me molestaría que mi salvado de Skyrim se corrompiera y eso me obligara a iniciarlo de nuevo.

    ¿Recomiendo Skyrim? No, mejor dedícate a aprender alemán o francés. O leer a Proust. Él también es increíble.