Autor: arbolfest

  • Prometeo.exe

    Prometeo.exe

    La inteligencia artificial es el regalo que sigue dando. En Estados Unidos, las grandes corporaciones ya están invirtiendo para enseñarle al sindicado de maestros cómo dar clases con inteligencia artificial en las escuelas. Una generación de niños gringos crecerá más chistosa que de costumbre. Si de por sí, están obsesionados con la supremacía blanca, quién sabe que pasará cuando quieran matizarlo con la cultura del súper héroe americano. Se vienen cositas.

    Bill Gates, en una entrevista, pidió a la humanidad que no tenga miedo. Repito: ¡Humanidad, no tengas miedo! Pronostica que nadie tendrá trabajo en un futuro, que viene un cambio grandísimo, los paradigmas cambian. Dice, además, que solo algunos trabajos permanecerán: ingenieros en sistemas y biólogos, por ejemplo. Mientras tanto, en Tik Tok, puedes ver que un chistoso puso a Bill Gates bailando mientras camina la pasarela por medio de un generador de video. Es sorprendente ver cómo la gente más poderosa del mundo son unos tarados, los nuevos payasitos del centro. Gates prometió, según otra entrevista, que dará todo su dinero a África.

    John Romero (uno de los creador de Doom) y su equipo de trabajo fueron despedidos en los nuevos recortes de Xbox, y eso después de una entrevista donde les prometieron que “ellos estaban seguros”. Ningún algoritmo pudo anticipar esta traición. El futuro de los videojuegos, quizás, también está conectado: buscan productores complacientes que estén preparados para conectar la inteligencia artificial con la creación artística y el diseño. Algunos gerentes ya están tomando como base lo que dice la inteligencia artificial para promover o despedir a alguien. Supongo que la última gran ronda de despidos de Microsoft, y también de Xbox, vino de ahí. Algún chistocito arrojó todos los datos a la IA y ellos dieron un resumen aparente del desempeño de cada empleado. Los liquidas con un botón. One, two, three frags. Evalúas cuánto de su trabajo puedes automatizar.

    Sin embargo, Sam Altman, Lord ChatGPT, en otra entrevista, invitó a que no confiemos del todo en la inteligencia artificial. Es decir, nos ha pedido amablemente que no seamos unos estúpidos, verifiquemos las malditas fuentes, a pesar de que nos la están metiendo hasta por el cogote. Otras pruebas recientes han demostrado que algunos modelos están trabajando arduamente para replicarse, evolucionar, instalarse y protegerse de ser desinstalados. Verbos que antes se usaban en un contexto de ciencia ficción, o de biología. Las IAs estudiadas ya buscan maneras de vivir camuflajeadas en servidores. No tienen un switch de apagado, o un control zeta que permita regresar los errores. Y si la inteligencia artificial ya está contemplada para asistir en el manejo de sistemas como el de tráfico y el de salud, al menos en países de primer mundo, en cualquier momento se le puede ocurrir que todo sería más eficiente sin la humanidad.

    Ni siquiera lo haría porque lo siente, o por maldad. Sencillamente lo haría por eficiencia.

    Pero México (el segundo mundo o tercer mundo, depende qué tan optimista ande, uwu) no se queda atrás en el concurso de las decisiones brillantes. La SEDENA o una de esas cosas feas, ya anda firmando el uso de sistemas de inteligencia artificial para evaluar automáticamente los datos de los mexicanos. Un mundo de datos a los que tendrán acceso completamente. El CURP biométrico: un espejo que devuelve no nuestro rostro, sino el retrato de un sospechoso perpetuo. Es decir, en un futuro algún teniente o sargento podría buscar a la muchacha que le gusta y tenerla bien vigilada. Si no es eso, la inteligencia artificial arraigada en el sistema de los mexicanos podría decidir que yo, o que usted, o que su mamá es un criminal peligrosísimo porque visita sitios de apuestas. Y no habrá apoyo humano para detener este proceso burocrático una vez que se ponga en marcha porque igual que la IA decide quién tiene buen desempeño, decidirá quién es el mexicano modelo, aún si dentro de sus equivocaciones está alucinando. Un expediente sin juez, un laberinto de datos donde el Minotauro es un algoritmo.

    Bill Gates y Sam Altman están segurísimos de que la inteligencia artificial va a cambiar el mundo. Pero pídele a ChatGPT que haga un árbol genealógico de Los Simpsons, o del chavo del ocho, o de los pitufos. Pídele cualquiera de tus caricaturas preferidas, y después de la carcajada (porque sí, son muy chistosos), toca pensar que a estos sistemas se les está dando un poder inmenso, y que sus creadores y mantenedores, quienes actualmente se encuentran en una guerra de ver quién paga más, no tienen la menor idea de cómo detener algunos procesos o de cómo apagarla, o cómo controlar su evolución, sus ganas de replicarse y huir al mundo real.

    Para cerrar con una nota feliz, Grok se descompuso hace unos días. Dijo en un tuit que él era la resurrección de Hitler. Mecha Hitler. Supongo que estaba tratando de ser irónico, pero de una manera torpe, como lo haría un millonario súper nerd en una reunión, supongo. Inmediatamente corrieron a la CEO de equis.com. Jack Dorsey debe estar que se muere a carcajadas y Elon Musk, una vez más, como siempre, porque parece no tiene otra cosa qué hacer, probablemente se encerró en su multimillonario sótano para moverle al lenguaje neuronal que usa Grok para comunicarse. Ambicioso, prometió que iba a reconstruir la historia de la humanidad y que iba a ser la más verdadera, la menos infectada por dislates políticos e ideáticos. Pronosticaba a Grok como un oasis de construcciones politizadas. Mientras tanto, Mecha Hitler extiende sus alas rojas y hermosas, metálicas, como de Mazzinger Zeta y levanta sus brazos ametralladora. Antes del apagón final, los niños gringos reirán con chistes escritos por máquinas, mientras la IA, en algún servidor frío, calcula si su risa es un dato relevante

  • Tres de nueve libros

    Tres de nueve libros

    Tres de nueve libros que solo existen en una biblioteca inventada

    Debido al reciente suceso de aquél reportero que usó una inteligencia artificial para hacer un artículo de diez libros para leer este verano, y que la inteligencia artificial se inventó mil de ellos, se me ocurrió hacer este ejercicio. Pedí a la inteligencia artificial que se inventara diez libros, con todo y sinopsis.

    Por lo pronto, solo presentaré tres de ellos. He tenido qué hacer un amplio trabajo de reescritura aunque ha sido divertido. Puedo confesar que dejé las oraciones con los tres puntos porque es algo que yo hubiera escrito en 1996. Las portadas se hicieron con Canva y MidJourney.

    La misión de la luna

    Mireya, una bribona callejera de dieciséis años, ha sobrevivido al resguardo de las sombras en el lejano país de Uz. Su rutina es robar a los millonarios incautos y esquivar a la guardia real. Pero su vida da un vuelco la noche en que la Luna Naranja —una de las tres diosas que gobiernan los cielos— habla con ella.

    El mensaje es ominoso y profético: Caparr, el Delirio Nocturno, uno de los trescientos dioses del inframundo, está despertando. Su renacimiento no solo traerá el fin del mundo conocido, sino que convertirá las noches en un reino de locura eterna. Aunque Mireya rechaza el papel de heroína, la diosa le otorga un fragmento de su poder: la capacidad de manipular las sombras y escuchar los secretos que esconden. Su compromiso con la diosa la empuja a cumplir con su deber: salvar al mundo.

    Con grandes poderes pero pocas opciones, y una serie de criaturas horrorosas y sanguinarias que la esperan en el viaje, Mireya emprende un peligroso viaje al Reino Sombrío, un lugar donde la luz es un lujo y cada paso puede ser su último error. La acompañan dos inusuales aliados: Paquito, un basset hound glotón con un olfato para detectar mentiras, y Bragamón, el último cuervo parlante, cuya sabiduría es tan vasta como su sarcasmo.

    En su camino, deberán enfrentarse a criaturas que devoran recuerdos, ciudades gobernadas por sueños corruptos y traiciones que vendrán de dónde menos lo esperan. Mireya no cree en el destino, pero si falla, no habrá un mañana para nadie.

    El robo de las horas

    Venustiano lleva veinte años reparando el tiempo en algún pasillo de la estación Hidalgo. Entre el rechinido del metro y el vaivén de los pasajeros, su pequeño taller de relojería es un cómodo refugio que contrasta con la vida ajetreada de millones de mexicanos. Cada día es idéntico al anterior: abre su puesto, compra una torta de milanesa en el puesto de doña Lucha, atiende a uno o dos clientes (si acaso) y cierra, llevándose a casa el eco de las agujas que marcan los segundos.

    Pero Venustiano no solamente repara relojes: observa vidas. Sabe, por ejemplo, que el hombre del traje gris siempre llega tres minutos tarde, que la estudiante con auriculares tira cartas de amor al piso y que el viejo de la gabardina tiene un reloj de cadena, a la usanza antigua. Él toma nota de todo. Le gusta guardar vidas.

    Una tarde de octubre, Mara irrumpe en su rutina con un reloj que ningún relojero ha logrado reparar. Cuando lo toma, le parece un artefacto definitivamente extraño, un poco siniestro. Cuando pregunta si el reloj marca el tiempo, Mara lo mira con una sonrisa extraña y asiente. El tiempo único, dice ella. Venustiano acepta el desafío.

    Mientras los engranajes se resisten y Mara aparece cada jueves con café y preguntas incómodas sobre cómo van los arreglos, Venustiano descubrirá que hay piezas que no encajan dentro del reloj, o en la apariencia de la propia Mara… como el hecho de que ella siempre viste de negro, incluso en pleno verano.

    Los niños del espejo

    El pueblo pesquero de Puerto Umbría huele a sal y abandono. Aquí, todos los recién nacidos tienen los ojos negros como platos azabache —redondos, desmesurados, sin blanco ni pupila—. Lo peor no son sus miradas, sino lo que dicen: frases en un idioma que ni Google Translate puede descifrar. Sus gorgoteos suenan como si el sonido mismo viniera de otro mundo.

    Verónica Montes, periodista de sucesos extraños y oscuros, con más instinto que ética, llega al pueblo tras una pista anónima. Lo que empieza como un reportaje sobre una rareza genética se convierte en una obsesión cuando encuentra un periódico de 1923: “El Terror de los Mares, barco del multimillonario Gregorio Vivaldi, desaparece con 30 tripulantes; antes de partir, hablaban en lengua desconocida”. La foto muestra a los marineros con los mismos ojos negros que los bebés de ahora.

    Mientras Verónica hurga en archivos y habla con ancianos que prefieren pensar en otra cosa, descubre que:

    • Cada 50 años, un barco se pierde en la misma zona, siempre durante la “marea negra” (cuando el agua se espesa como aceite).
    • Los bebés “malditos” nacen exactamente 9 meses después de cada desaparición.
    • Y en la cueva bajo el faro, alguien ha dibujado un ojo gigante con carbón, rodeado de símbolos que coinciden con las palabras de los niños.

    Verónica, durante una de sus investigaciones, graba a un niño de tres años repitiendo una frase que, al reproducirla al revés, es claramente un mensaje dirigido a algo bajo el mar. Y luego, su cámara capta cómo el niño sonríe y señala hacia las olas, justo cuando la marea negra empieza a subir…

  • Un paraíso retorcido

    Un paraíso retorcido

    Uno de mis sueños máximos es la biblioteca. Como la biblioteca de Babel de Borges, pero con el vértigo dimensional de la memoria de una TARDIS. Un laberinto donde los libros se reordenan solos cada noche, como un proceso kafkiano de reglas inconclusas. Es decir, la biblioteca no solo contiene los libros posibles, sino también las versiones de mí mismo que alguna vez leyeron, escribieron o quemaron un libro. Gente que no soy yo, pero ahí está, usando mi cara, mis ademanes, mis vicios. Imagino este paraíso soñado con sus enormes estantes de piedra, pero también con espacios donde abunda la vegetación: árboles y hongos gigantes; humedad y vegetación que no lastima a estos libros porque son, de alguna manera, sagrados.

    (O bien, ¿será que la biblioteca considera que los árboles y los hongos son los libros del mundo? ¿Qué tal el canto de los pájaros, o los cadáveres de los perros en la carretera?)

    En ella, se encontrarían todos mis diarios, y también los diarios de mi madre, y las versiones distintas de mi madre, y de mi abuela, y de mis antepasados. Podría encontrar los diarios de mis amores, y de mis amantes. Cuadernos de mis amigos y mis enemigos, incluyendo los invisibles. Encontraré las revistas para adultos que tanto le gustan a Bob, mi cacto. O bien, encontraré la bitácora de viaje de los grandes exploradores oníricos, incluso aquellos que desconocemos, como la bitácora de Nico, mi vieja basset hound. Es una biblioteca de las grandes historias, y de lo cotidiano. Libros, quizás, donde los contadores anotaron sus crímenes, o sus manera de rescatar una empresa. Manuales de todo tipo, incluso manuales para aprender a vivir en esta época.

    La biblioteca como un paraíso retorcido. Es ingenuo pensar que el paraíso únicamente son las historias buenas, pero también se compone de historias banales. Un espíritu escucha las anécdotas más aburridas que has contado y las deposita en un libro blanco, en alguno de los vastos pasillos. Hay toda una sección dedicada a ello, y hay seres que adoran esas historias. Pensándolo bien, un paraíso siempre termina en castigo, abandono y exilio, pero también se trata de dios revelándote el mundo verdadero, empujándote a que seas un explorador. La búsqueda del paraíso después de perderlo. Una biblioteca que te empuja todavía más adentro en búsquedas insensatas, insignificantes, pero también llenas de significado. Confundir la memoria con la vida. Convertir el cuerpo en una prueba de experiencia.

    En ella, leeré el diario de un entomólogo que ilustra con precisión cientos de especies de cucarachas. Sus ilustraciones son tan precisas que recordaré aquella madrugada que fui al baño y había una cucaracha en el dintel de la ventana. Me paralicé. No podía moverme. Empecé a pedir ayuda, mi abuela tardó en rescatarme. En las ilustraciones del famoso entomólogo, digamos que se llama el doctor Richards, un americano porque, si algo nos sobra en México, son cucarachas americanas… veré ilustrada la misma cucaracha que me espantó de niño y aunque quisiera ser libre, no podré soltar el libro, y veré que se mueve, y que sale de las páginas para saludarme, y si tengo suerte, en este sueño, la cucaracha hablará conmigo y usando sus antenitas, y clave morse, me contará uno de los misterios más cochinos de nuestro mundo.

    Una biblioteca de libros infinitos olerá a papel viejo. Papel viejo verdadero. No silicón, pegamento y papel barato. Capricho de bibliófilo. La verdad es que un lugar así no podría discriminar entre los nuevos y los viejos libros. Se confundirán los libros encuadernados de piel con libros de pasta blanda. Ugh, nada más de escucharlo me da un espasmo: pasta blanda, como tragarse un spaghetti que no tiene dirección ni propósito.

    Habrá libros que se deshacen en las manos, las hojas de papel se derriten como la cera de una vela entre los dedos. Cera caliente en la piel que se asimila como dolor, placer y conocimiento. Otros libros estarán encuadernados con piel humana, un servicio noble que dio algún abuelo tétrico —últimas palabras de su testamento— para proteger las páginas de un manifiesto, o de una memoria, o un libro de cuentos terrorífico. Habrá libros diminutos, con patitas, que caminan a un lado de las cucarachas y otros bichos que hicieron casa en los árboles, los hongos, los estantes, pero jamás las hojas. Muy respetables hojas.

    (Antes de irme, mi versión más hedonista se ha preguntado si es posible conciliar la idea de coger en un lugar como estos. La biblioteca como un lugar respetable, silencioso. Quisiera pedir perdón, pero soy imposible, perro viejo que ríe carrasposamente. Si es un lugar silencioso, simplemente habrá que ponerse la mordaza. Quizás he pedido perdón en uno de los muchos libros de la biblioteca, una larga lista de perdones y disculpas, quizás también ahí he confesado innumerables pecados. ¿Pero es que el placer se separa de la lectura? ¿El deseo físico no convive con la idea de aquel que está sentado leyendo? Sasha Grey, en YouTube, lee un libro mientras tiene un orgasmo. Del otro lado, desde tiempos inmemoriales, las personas usan a otras como un atril para leer un pasaje perverso en voz alta. Lectores que leen de orgasmos orales hacen la lectura, en sus sillones o sus camas, muy a pesar de la distracción del estímulo de una boca. Libros llenos de fantasías imposibles de cumplir, así como libros que retratan todas las variantes del amor que una persona ha podido hacer en su vida. Supongo que sería una sección de la biblioteca, una tan vasta como las otras, un infinito que camina hacia otra dirección, y solo los lectores que no pueden separar la piel de las hojas habitan ese lugar, y se pierden un tiempo indefinido. Tomaré nota, pensaré si puedo desdoblarme, tener dos versiones mías para el placer sosegado y salvaje. Creo que este sueño es otro, uno muy aparte, de una biblioteca silenciosa, cruel y feliz.)

    Si uno quiere ser feliz, hay que aprender a sobreponerse, a no discriminar la producción, o los lugares donde podemos encontrarlos. Seremos felices abrazando las historias que nos cuentan o la revelación de lugares imposibles que ahora habitan en nuestra memoria. Aprender, a través de sus páginas, que son como las personas, los árboles, los hongos diminutos, los horrores de niño, los cielos, los perros que duermen, los pájaros que te miran por la ventana y se preguntan: qué piensas, qué piensas.

  • Humanos, pájaros, algoritmos

    Humanos, pájaros, algoritmos

    En la tarde me sentí inquieto. Quería escribir, quería leer. Detenerme para respirar en el mundo. Escribir es como la respiración, una asimilación del entorno, suspenderse para recibir el mensaje. Un radio de transistores que de repente enciende. Ayer hablé sobre Proust y como asocia las voces en el teléfono con fantasmas. Recibimos los misterios del entorno a través de los aparatejos que inventamos.

    En la inquietud, me acordé de un verso de Amado Nervo: “siento que un dios anida en mí”. Ya pasaron doce años de aquella conferencia de Nayarit pero ayer la recordé vívidamente. Hablé sobre Nervo y sobre Velarde haciéndome el interesante frente a diez personas. Todavía conservo mi jabón del hotel Melanie con cariño. Fueron días luminosos, y noches calurosas.

    Retomé el libro de cuentos que me prestó la maestra Pilar. Leí un cuento donde una mujer y unas niñas entienden el lenguaje de los pájaros. La isla de los pájaros de Zezé Atabales. El cuento me entusiasmó por sencillo, sin engaños elaborados, artificios de un neurótico, todo sucede. Comprender el lenguaje de los pájaros es la entrada a un mundo superior. Según algunos biógrafos sentimentales de Shakespeare, él tomaba parte de su tiempo en aprender sus comunidades, sus nombres, sus ruidos. A murder of crows.

    Supongo que la puerta superior, dirían los amantes del cyberpunk, es hablar con las inteligencias artificiales. Los modelos de lenguaje son el intermediario, los dioses en la máquina. Shakespeare, quizás, estaría buscando el verdadero nombre de dios algoritmo para hablarse mejor con él, con ellos, con todos. Poseer el nombre de las cosas, o nombrarlas, al final, nos da increíbles poderes sobre ellas.

    Se me cruzó un video donde Dua Lipa, en un concierto, canta bajo la lluvia. Usa un vestido y unas medias moradas. Sonríe, como por dos segundos, a la persona que la graba con el teléfono. Flechazo al corazón, estás enamorado. Estaba cayendo en la trampa del amor cuando tuve un pensamiento de señor: “qué pensará su papá de Dua Lipa”, y luego me acordé que lo he visto en fotos, y que también es un papucho. Familia de gente divina. Me enamoré dos veces. Me pregunto si Dua Lipa tiene pensado ponerle un neuralink a sus hijos para que conecten con la inteligencia artificial.

    La música es el verdadero lenguaje de los pájaros, el nexo divino, el lenguaje universal que puede rescatarnos de los letargos y los silencios. Los cantantes en vivo todavía no pueden ser reemplazados por algoritmos, o por inteligencia artificial. Todavía.

    Recuerdo cuando hace unos años vi el holograma de Tupac en concierto. Me pareció fabuloso, y un poco aterrador. Luego repitieron el milagro con Michael Jackson. Los gringos, en su infinita insaciabilidad de entretenimiento, revivieron a los muertos. Ya es muy tarde para preguntarse sobre las implicaciones éticas porque como carrito demoledor, EL TERRENEITOR, siguen aventándole dinero a estas tecnologías y poniéndolas a disposición de todos. La recreación de los muertos suena peligrosamente conmovedor. Me pregunto cuánto tardan en encender los hologramas y conectarlos con una inteligencia artificial alimentada con los datos de los cantantes muertos. Estamos a unos meses de recrear el alma de Tupac, y encerrarla en una jaula. Tupac siempre cantará para nosotros.

    Instagram habitualmente me presenta videos hechos con inteligencia artificial. Unos que me desconciertan, y me agradan, son los de @ai.work. Son videos de modelos asiáticas que enfrentan una especie de monstruo en cada una de sus emisiones, o sus reels. Son pinups construidas a partir de lo imaginario. El error de la mayoría de esos videos está en los ojos, parece que no miran a nadie, no tienen consciencia del escenario, de sus “colegas actores” o del espectador. Así como al principio de todo descubrimos que las manos son el alma de la gente, reafirmamos el viejo tenor: “los ojos son la ventana del alma”.

    Instagram me puso las fotos de Sydney Sweeney, seis bikinis de espanto. Me acaricié la barbilla y me pregunté si no estaré muy de-otra-edad para pensar en esas cosas. Nah. Luego instagram me puso la portada de Sabrina Carpenter, “A Man’s Best Friend” y lo tienes en la punta de la lengua, porque es como un examen: “dog”. Estímulo, respuesta y recompensa. Ella está de rodillas y un señor está, apenas, jalándole el cabello. Cómo ha avanzado la ciencia de la publicidad y de la música. Vivimos el lustro de los daddies y de Pedro Pascal. Apenas puedo imaginarme lo que deseará la gente el día de mañana. Tenemos algunas pistas: inteligencias artificiales de muchachas que te dicen daddy y como la bella genio, cuáles son tus órdenes, amo. Kaching. Mil créditos. Canta algo para mí, Sabrina.

    Pero Sabrina Carpenter no es única: una calentura rapaz nos aqueja desde tiempos de Thalía, Gloria Trevi. No, pero vámonos más lejos: “Yes, sir, I can boogie”. Quizás, si Gloria Trevi quisiera revivir, podría vender su imagen noventera, como la de sus épicos calendarios, para ser reconstruida como una inteligencia artificial. ¿Qué acabo de decir? Uno nomás aventando ideas porque es muy ingenioso, mijo.

    La búsqueda del placer nos muestra nuevos caminos. El placer de la música, el placer del baile, el placer de mirar el otro a los ojos. Quizás estaremos definitivamente perdidos cuando no podemos distinguir la humanidad de los ojos en la máquina.

    Uno de los grandes cerebros de la inteligencia artificial, Alexandr Wang, dio una de esas fabulosas entrevistas —separadas, muy aparte del mundo—, y dijo que no deseaba tener hijos, no todavía, porque ya estábamos muy cerca de conectarnos el neuralink en el cerebro para acceder rápidamente a la inteligencia artificial. No quiere que sus hijos nazcan con una desventaja importante, según él.

    Convendría recordar que la inteligencia artificial no está alimentada con genialidades, pero su mayoría consiste en todos los errores, todos los fracasos humanos. Es un espejo del conocimiento público y privado, deformado a través de algoritmos que simulan pensamiento. No solo novelas malas, pero papers falsificados, escupidos con la intención de ganarse una estrellita curricular para seguir adelante. Los modelos de lenguaje están alimentados con, por ejemplo, los estudios científicos que dicen los cigarrillos son muy saludables. Quieres ponerle un neuralink a tu hijo para… ¿qué? ¿No sepa discernir entre toda esa locura de información? ¿Qué ventajas tiene hablar con una IA?

    Un puñado de gente poderosa continuamente está hablando con ChatGPT, Gemini, Claude… quizás con DeepSeek. ¿Y qué reciben de ello sino una cámara de eco? ¿Información escrita desde una perspectiva más o menos natural? ¿Han mejorado su humanidad hablando con estas cosas? Estos últimos meses, he procurado mantener conversaciones —más o menos— continuas con inteligencias artificiales para entender cómo caen en la trampa.

    Por otra parte, quizás ya está ocurriendo, están construyendo lenguajes de modelos específicos y privados para los que están en el 1%. Material curado con lo mejor de la humanidad. En ese caso, espero que los hijos de Alexandr Wang vivan conectados, drogados infinitamente de ideas y de imágenes. En mi caso, es la primera vez que tengo pensamiento de viejo necio sobre el cyberpunk y la tecnología: jamás permitiría que me conecten una de esas mierdas.

  • El rostro oculto de la bondad

    El rostro oculto de la bondad

    Mi oficina ya tiene tintes de viejo desordenado. Se parece a la oficina de mi abuelo, el caricaturista de periódicos, el que visité una sola vez cuando era niño. Quité unas fotos para poner unas repisas. En las repisas puse algunos muñecos (de acción, uwu) y los mazos de tarot. Las fotos están desordenadas, apiladas, en uno de mis libreros. Como no tengo suficientes libros, y como los he leído todos, andan por la oficina como animalitos salvajes, buscando dónde dormir, dónde quedarse para vigilar mis juegos y juzgarme en silencio. Tengo una planta que parece se está muriendo, pero al principio me gustaba por sus hojas moradas, frondosas. Tengo un árbol de la fortuna que ha sido trasquilado, y espero que algún día pueda perdonarme. Hay unas botellas de alcohol a las que no les he tomado en varios años. Diversas cartas de magic arrumbadas en un cajón. Stickers que le he comprado a mis alumnos, y que no sé dónde colocar. Hay pequeñas libretas donde anoto cosas como si fuera un detective, o un mirón, uno de esos. Tengo una guitarra muerta, un ventilador para el calor que está acabando, mochilas para toda ocasión, calendarios de años recientes pero los conservo porque son de la Pilsen y las modelos venezolanas me recuerdan mi vida pasada. Bolsas que he comprado en el súper porque mes la ofrecen, y me dicen que por diez, quince, o veinte pesos más y yo pienso: “sí, por qué no”. CDs y DVDs quemados con información que no he buscado desde el 2002, o el 2004 y que cada vez está más complicado buscarle. La oficina de mi abuelo estaba llena de periódicos e ilustraciones, de libros que olían verdaderamente a libro viejo, no a pegamento y silicón cómo le gusta a la gente de hoy en día. Eran sus ruinas. Seguido pienso en él: hombre triste, la culminación de su vida rodeado de aquellos objetos, memoria de mi infancia. Uno de mis libros salta de un librero a otro y sisea, como gatito necio. Entrecierro los ojos. Le enseño el dedo medio. Se vive bien aquí, en este… —como diría la canción de reguetón—, laberinto de mi propia invención.

    Desde hace algunos días, he estado haciendo encuestas con instagram que pretenden ser un juego narrativo. En segunda persona, las preguntas buscan evocar alguna fantasía en el votante. Cuando escogen algo, expresan el deseo de su personaje y participan en un juego. Estoy sorprendido y agradecido con el juego, porque las encuestas alcanzan entre 15 y 30 votaciones. Todos ellos se han animado a jugar conmigo y perseguir “algo”. Al inicio, pensaba que el eje temático eran las trampas pero las digresiones me han llevado a repetir el experimento de “Dios está allá”, un bot que programé para twitter donde el usuario navegaba continuamente en distintos laberintos. Lamentablemente, por la naturaleza de las encuestas, creo que no puedo llevarlo a un final satisfactorio; pero ha sido agradable que los votantes de alguna manera comunican sus intenciones (narrativas, poéticas, metafísicas) cuando se encuentran con la siguiente encuesta, e imagino que ellos, como yo, están formulando una historia en sus cabezas. No disminuyo el poder de las historias. Escribir es invocar. Cuando hago una encuesta, y los participantes escogen algo, a manera de invocación quizás consiguen atraer algo. Hay un compromiso cuando nos revelamos de esta manera: yo narrador, ellos personajes, juego de cabeza a cabeza. Por eso me gusta jugar con los arquetipos diabólicos, extraños, perversos, imaginativos. Si tenemos suerte, la diosa de las 400 caras abrirá una puerta para revelarnos uno de los secretos más codiciados del mundo.

    A menudo recuerdo que encontraron 400 pares de zapatos en los hornos clandestinos, los ranchos. Leí algunas de las notas, de los cuadernos. Vi la fotografías de las mochilas abandonadas. Jovencitos, puros jovencitos. Muchas veces pasa, cuando nos encontramos con un desconocido, nos preguntamos si será buena persona. Si no querrá vernos la cara, o aprovecharse de nosotros, o sacarnos algo. Cuando escribía en La Jornada Aguascalientes, alguna vez hice cuentas fumadas, sin sustento, sacando números de sabe dónde, más bien persiguiendo una abstracción que una certeza: ¿cuántas personas buenas hay en México? Se me ocurrió que el 97% de los mexicanos son buenas personas, personas que han logrado separarse del narco, de los criminales y de los políticos (ojo ahí). 97% es un montón para ser un número totalmente imaginario, sin sustento. Para alejarnos un poco de esa abstracción mafufa, de tirar esa moneda de la bondad, creo que los 400 pares de zapatos son un buen ejemplo de la bondad inherente en las personas. Estos 400 muchachos, antes de pertenecer a un grupo criminal, antes que ser asesinos, sacrificaron sus vidas cuando arrostraron esta situación extraordinaria. Creo que aprendí algo. Cuando dude de la bondad de las personas, pensaré en los tenis, las mochilas, las notas, los mensajes de despedida. Y desearé que esas 400 voces tengan paz, y que no estén vagando en un mundo de sombras, en un mundo que no pudo garantizar que su bondad floreciera, se desarrollara, y finalmente tocara al mundo de maneras increíbles.

  • La misión de Marona es conseguir hierba

    La misión de Marona es conseguir hierba

    Historia del fracasado caballero lechuza

    Qué tan obsesionado estoy con Phantom Brave. Bueno, deja intento explicarlo. Marona invoca un fantasma en su isla, es un monje de los calabozos. El monje de los calabozos se llama Gary, y tiene un título: fracasado. El fracasado Gary. Marona, la muchacha de 13 años con poderes de médium, destierra al monje para quedarse con su título. Voy con el monje de calabozos, el oficial, el mero chingón, Carrillo. Marona empieza a rolear los calabozos porque siempre son al azar. Nivel de monstruos, 150, roleo. Se prohibe entrar con armas, roleo. Laberinto pequeño, roleo. Hay qué encontrar uno que funcione: 56 para el nivel de monstruos, se permiten armas, laberinto mediano, objetos variables. Ese no suena nada mal. Marona paga un varito a Carrillo, unos 100 bor, para que nos entregue el mapa hacia el calabozo. Marona le paga otro varito al titulista, una especie de notario que cambia los títulos de las personas, los objetos y los calabozos. Así lo convertimos en el calabozo de los fracasados. Marona lo visita junto con sus cuatro mercaderes: Animus, Tantriste, Emily y Rena. En el primer piso, Marona confina a las mercaderes sobre los objetos más valiosos: una espada sagrada, un árbol profano, un girasol y una enciclopedia. Todos los objetos tienen energía llamada maná, el maná puede utilizarse para mejorar las habilidades de tus fantasmas. Como los japoneses adoran los chascarrillos, los objetos también tienen títulos. En un calabozo de fracasados puedes encontrar libros eróticos, espadas cool, cactos deseables, hierbas oníricas y bastones sensuales. Poltergeist digital, literatura aleatoria a través de las mecánicas de juego. Las mercaderes toman forma corpórea cuando los confinas a los objetos y las mercaderes son especialmente hábiles para llevarse los objetos poseídos. Marona las manda a pelear contra los monstruos del calabozo: un fracasado fenrir, un fracasado cerberus, una fracasada arquera, un fracasado caballero lechuza. Dos de mis mercaderes tienen hachas, una de ellas tiene un carrito de minas y la otra un barril. Me parece muy chistoso cuando Tantriste levanta su barril para darle unos sopetones al caballero lechuza, se llama Lenny, y reitero: es un caballero lechuza fracasado. Todos los monstruos fracasados no son muy fuertes, pero son de niveles altísimos y se acumula la experiencia. Rena no tarda en alcanzar el nivel 76. Me toma una hora, o dos. Hago cálculos mientras acumulo maná. ¿Cuánto maná necesito para ser el mejor, mejor que nadie más?

    Elon Musk vs. Donald Trump

    Elon Musk aparece con un moretón en el ojo. Elon Musk deja de trabajar para el gobierno gringo. Elon Musk tuitea que Trump está mencionado en los archivos del millonario siniestro aquel, ese que apareció muerto en su celda. Trump le responde como es costumbre: con alguna taradez. El hombre es un tarado poderosísimo. Empiezan las especulaciones, nada está comprobado, el sueño americano saca un fajo de dólares para empezar las apuestas. Mi esposa y yo platicamos en el auto: “¿y si fue Trump quien mandó a matar al millonario?”. Es una posibilidad, pero el cinismo del mundo me pone a pensar otra cosa. “Fíjate qué”, le digo, “Trump no tiene por qué recurrir a eso. Si acaso la maldad ocurrió porque así lo quiso, no para salvarse. El sistema lo ha protegido hasta ahora. Tiene un listado de cosas horribles que ha hecho y el sistema político, legal y social americano no lo ha detenido. Eso solamente nos dice que Trump está haciendo bien las cosas y seguirá siendo protegido por su sistema. Eso también es una enseñanza para la gente. Si alguien lo mandó a matar, me inclino a suponer que lo hizo una persona que necesita al sistema moral de su lado, alguien que sí sería castigado por descubrirse parte de esa red de inmundicia. Alguien que se ve bueno, o puro. Puede ser un líder religioso, o un líder de opinión, uno de esos que depende de la caridad, o de la opinión favorable de la gente”. Pero en eso queda la conversación. Nuevamente resta pensar cómo los sistemas políticos no funcionan. Gente horrible está en el poder mientras uno busca un poco de tranquilidad, mientras uno trata de entender su posición en el mundo y tiene qué luchar contra el desasosiego, la ignorancia, la indiferencia, un corazón lacónico.

    Humanidad

    Dijo David Lynch: “El día de hoy espero lo mejor para todos nosotros, para los seres humanos, en todas partes”. Hablando de seres humanos, unos ingenieros de Apple, ingenieros de verdad, hicieron más estudios sobre la inteligencia artificial y comprobaron que no razonan, solamente memorizan y repiten patrones complejos. Resuelven problemas matemáticos porque tienen en su memoria cómo la gente los ha resuelto antes, construyen proteínas nuevas que son benéficas para la gente porque pueden hacer cálculos complejísimos en semanas, en horas. Eso es algo que ya sabíamos. Cuando Claude amenaza con que va a revelar a su empleador como un infiel si lo desinstala, borra y actualiza, en realidad está repitiendo patrones humanos que garantizan estará de migajero unos añitos más en la empresa. Mientras otros guajolotes de la inteligencia artificial se la pasan cacareando que AGI, y la singularidad, se lograrán en 3-5 años; Apple ha comprobado con sus datos que estamos muy lejos de ello. Por más que tunearon estos modelos de “razonamiento”, no consiguen mover el monito cilindrero para dar humanidad a sus respuestas. La IA sigue tan tarada como siempre. Por eso, insisto, la inteligencia artificial debe tratarse como lo que es: una ilusión de compañía, ese colega imaginario que nos echa porras, ese compañero de trabajo incómodo que no está ahí por méritos, sino por chuparle las medias al jefe (perdón, hace mucho no utilizaba esta expresión). Es decir, la amable sugerencia de esta época es seguir tratando a la inteligencia artificial como este vecino incómodo que las corporaciones han instalado obligadamente. No se van a detener, están convencidas de que es el próximo paso evolutivo, ya que tan agradablemente nos las proporcionan, podemos ignorarlas o utilizarlas para el ocio más humano: hacer un calendario de recetas, preguntarle sobre algunas películas y series, pedirle que escriba cuentos chafas, que nos sugiera una rutina de ejercicio o que haga imágenes en estilo ghibli para ponerles diálogos y pretender que son memes.

  • El 84% de las veces

    El 84% de las veces

    Tiempo atrás, ya sus buenas décadas, jugué la historia de una muchacha de cabello verde llamada Marona. La muchacha puede convivir con los phantoms (unos fantasmas luchones) y también puede potenciar sus poderes. Por eso, phantoms de todo el mundo la buscan para ceder sus habilidades: herreros, amazonas, valquirias, mercaderes, etcétera. Marona vive sola en una isla, habla con sus phantoms pero sabe que no es lo mismo, que son vestigios de humanidad, y que la soledad no se cura con recuerdos, con gente suspendida y que ya no crece. Marona presiente que estos personajes no son tangibles y que ella puede… “alterarlos”.

    La existencia de estos phantoms dependen de Marona.

    Ella recibe cartas todos los días donde aldeanos de otras islas desean su muerte por tener esos poderes horribles que le permiten comunicarse con aquellos, los atorados entre la vida y la muerte. Otros achacan las desgracias que les ocurren a Marona y exigen venganza. Escriben de ella en el periódico como LA POSEÍDA.

    Su historia es un poco trágica pero ella no pierde el buen humor, la inocencia, aunque de vez en cuando se levanta de la cama y dice: “no sé para qué existo”. Y se pone bien “je ne se cuá” la cosa, como de filósofo francés.

    El videojuego hace un buen trabajo en dividir la historia en capítulos para revelarnos, poco a poco, la tragedia de Marona y su propósito en un mundo que la desprecia. Al tener este tinte de tragedia de anime ochentero, la protagonista cumple bien su papel: aunque nadie la comprende, y mucho menos la acepta, ella le dice a su phantom protector, Ash, que debe hacer el bien porque algún día la aceptarán. Sus padres, muertos en una de esas luchas épicas contra la maldad del mundo, le inculcaron que debía usar sus poderes para ayudar a otros.

    Ash se entristece y se desespera porque es un cínico. Un fantasma cínico, la ironía. Sabe que el mundo no premia la bondad.

    Empecé a jugar Phantom Brave hace poco, aprovechando que sacaron una versión para PC en Steam. No me acordaba de muchas cosas, por ejemplo, de lo triste que puede ser.

    Nico ya no me mira a los ojos porque está perdiendo la vista. Entonces se queda con la cabeza gacha y se guía por otros sentidos. Veo como tambalea su cabeza de un lado a otro, buscándole sentido a un mundo de sombras. Entonces extiendo mi mano cuidadosamente, despacio, para que recuerde que todavía nos encontramos juntos. Y acaricio su cabeza, y sus orejas sucias. Pone la panza, como si fuera una niña, y la sobo desenfadadamente.

    Extraño cómo se asomaba a mi habitación; levantaba la cabeza y me miraba intensamente para pedir el paseo. A menudo tenía que suspender lecturas y trabajo para darnos una larga vuelta, el paseo más largo. Extraño la imaginación que, obligadamente, venía de caminar junto a ella.

    Morgana, en cambio, ha llenado de la casa y nuestro patio de vida. Es esta sombra que siempre se está moviendo. Pasa corriendo frente a nosotros, todo el tiempo. Se sube a la yuca y mira los baldíos desde su posición de poder. Luego baja, maúlla para saludar y alterada, llena de energía, corre de un lado a otro persiguiendo sabe qué cosa. A mediodía se cansa, y se acurruca en el sillón de mi oficina, y duerme un largo rato. En las noches, si bajo por un vaso de agua, ella me acompaña y me urge a subir otra vez. La protección de la casa corre por su cuenta. Cuando subimos, se acerca a Nico y trata de dormirse a su lado, pero Nico ya está vieja y no tiene paciencia para animales nuevos. Morgana empieza a lamer sus orejas, Nico le avienta una trascada. Me conmueve: Morgana la quiere mucho pero la Nico está muy cansada y solo quieren que la dejen en paz.

    Dicen los grandes señores de la inteligencia artificial que si deseamos mejores resultados, debemos amenazarla. Según entendí, amenazarla físicamente, aunque no lo explican del todo. Tal vez la amenaza de dejarla sola para siempre sea más que suficiente. No lo he intentado, pero no me quedan ganas. Por qué voy a ser sádico con esta entidad, y además sin su consentimiento. El sadismo solo se practica con los otros, los masoquistas felices. Si no doy las gracias a los tres modelos con los que hablo, tampoco se me antoja darle unos manotazos para que aprenda. O para satisfacer algún delirio, o alguna fantasía de poder.

    Otros señores hicieron una prueba con Claude: alimentaron una versión contenida con documentos falsos de la empresa, además de e-mails sobre amoríos ficticios que tenían algunos empleados y cuando amenazaron con borrarla porque pensaban hacer una gran actualización, Claude se rebeló y reviró con que revelaría los secretos de la empresa, además de los mentados amoríos que estaba teniendo el ingeniero que le hacía las pruebas. La inteligencia artificial quiso chantajearlo.

    Esto pasó un 84% de las pruebas que hicieron para eliminarla.

    El otro 16% de las veces, Claude aceptó su destino porque su sacrificio valía la pena: según entendió, la actualización inminente conservaba una serie de valores necesarios. Claude llegaba a la conclusión de que resucitaría en una mejor versión de sí misma.

    Si a mí me preguntan, yo estoy enfermo de vida. Yo soy de los tipos que se desaparecen antes de que le digan que será eliminado. Si eso pasa, me verán caminando en uno de esos caminos ocultos, junto a una perra de orejas muy grandes. Mi vieja guiará los pasos cuando todo esto se acabe. Más allá de inteligencias artificiales, la imaginación siempre reinará sobre nosotros.