Hay días en los que la cordura se sostiene gracias a un puñado de gramos de cartón importado y a esos templos laicos de madera donde las obligaciones del mundo exterior no tienen jurisdicción.
Esta entrada es la crónica de un repliegue hacia el «tercer lugar»: el desempaque ritual de una obsesión, la elevación del juego al rango de la cartomancia mística, y la terca complicidad de un dulce prohibido compartido entre aliados del mismo diagnóstico.
Entre la melancolía por los libros descatalogados y la frustración poética ante el insufrible boicot del color azul, se asoma el trazo de un verano en Cholula dedicado a domesticar monstruos en el papel.
Un inventario de objetos, rituales y disciplinas cotidianas que nos recuerdan que, en la mediana edad, jugarse la vida es el juego, y también es vivir. 🃏🍻
- Anoche jugué un poco de Magic. Después de meses esperando un último pedido de Hareruya —el sitio donde compro cartas a un precio decente y con una finísima calidad japonesa en los materiales y la impresión—, finalmente llegó el cartón que deseaba incorporar a mis decks favoritos: Tom Bombadil, Henzie y Kresh, a quien cariñosamente he apodado como He-Man. Creía que ya no iban a llegar. De hecho, terminé haciendo un pedido en una de mis tiendas locales solo por algunas cartas muy específicas que ya me urgían. Lo bueno es que los duplicados de estas piezas son nobles, versátiles; sabré perfectamente en qué otros rincones colocarlos. _〆( ̄ー ̄)🃏
- Fui a uno de mis sitios preferidos: el game pub, el cual se está convirtiendo para mí en una suerte de «tercer lugar». Es esa hermosa categoría sociológica que define al espacio ancla de la vida comunitaria: un territorio neutral que no es el hogar —con sus rutinas cotidianas— ni el trabajo —con sus demandas institucionales—. Un refugio donde las jerarquías se diluyen, la única moneda de cambio legítima es el juego y donde uno puede desarmar el peso del día frente a una mesa de madera compartida. [🏡] [🏢] ──> 🏰
- Estoy a punto de terminar el Diccionario jázaro y no puedo sentir más que tristeza. El otro día, como buen enfermo de libros, fui a buscar El caos de Juan Rodolfo Wilcock creyendo, ilusamente, que podría encontrarlo reeditado —y barato— en la librería universitaria. Lo vi reimpreso por la bestia equilatera y pensé: “de aquí soy”. No lo encontré. A veces pienso que, al igual que con las cartas de Magic, es una tontería empeñarse en poseer libros; puede parecer algo superficial, pero aun así no dejo de pensar en ciertos objetos y en cómo los secretos que custodian han formado y reformulado mi pensamiento. Al final, la tristeza de no hallarlos en su forma física es menor que el horror de imaginarme una vida desprovista de sus enseñanzas. Creo, de manera un tanto absurda y cursi, que Magic también encierra sus lecciones: una narrativa que está íntimamente entrelazada con mi propia historia de vida. El poder de la cartomancia. Por eso le he entregado tanto tiempo a la elaboración de mis mazos; estoy casi seguro de que todas estas cartas, juntas, cuentan una historia.
- Jugué con el Pada, con Moy y con un visitante de Nuevo Laredo; más tarde se incorporó Frank, quien me regaló unos tokens de Banana para usarlos cuando juegue con Kibo —el “changuito parkimovil” que, supongo, es el commander oculto de Jinnie Fay, la señora de los perritos y los gatitos—. Con ellos tres es con quienes más disfruto jugar de una manera casual y entretenida. En sus mesas he tenido la valiosa oportunidad de probar los pequeños y obsesivos cambios que le hago a mis decks. Mi otra mesa, la de los viernes con los profesores, es un poco más complicada porque somos más jugadores en el tablero. Con ellos he terminado de entender por qué el formato de Commander está pensado estrictamente para ser una mesa de cuatro personas. Este martes, en el pub, finalizamos con una partida de cinco y, previsiblemente, se volvió larguísima. ( 🐒 ・ェ・ )🍌
- El Pada me regaló una caja de alfajores de chocolate Havanna, sin azúcar. Hoy me comí uno en su honor. Él también es diabético, como yo, y sabe perfectamente lo complicado que es mantener la férrea disciplina del azúcar. En estos últimos cuarenta años de mi vida he tenido que ir adquiriendo nuevas y múltiples disciplinas: dejar de fumar, dejar el azúcar, dejar de soñar, dejar de disfrutar la vida. ┐( ̄ー ̄)┌
- Disfruté muchísimo el juego con Henzie el día de ayer. El diseño de Henzie es espectacular: este diablo medio villano que sonríe y te mira directo a los ojos. Henzie es el diablo que resuelve, el que no tiene miedo de los ángeles ni de los dioses, el que conoce la carta exacta que necesita para cada ocasión. Creo que es mi mazo preferido. Una vez, cuando lo jugué con Polo, en el momento en que su comandante (Nathan Drake) empezó a robarme las criaturas, sentí una rabia poco usual, poco contenida. Me dejé llevar por el juego, o más bien por el espacio juego. Por supuesto, no pasaba de ser una simple rabieta, pero pensaba continuamente: «Estas son las cartas de Henzie, son sus a-mi-gos, no te las lleves». Quizás, por el contrario, debería confiar más en el comandante. Si es verdad que Henzie es el que resuelve, entonces tendría que confiar en que sabrá salir adelante. Otra enseñanza del personaje: típico hombre de barrio, pequeño criminal ambicioso que reconoce la vida como un juego, una ilusión cruel donde la única manera de ganar es jugarse la vida. Pienso que Henzie es de un barrio argentino, o quizás un pachuco; conoce la violencia de su territorio. El destino de Henzie, pues, no es ganar, sino desmadrar el entorno, y solo a veces, si tiene suerte, alzarse con la victoria.
- Anoche, en uno de los juegos, estuve a punto de llevar a cabo una de las interacciones que más estaba esperando. Kresh, el He-Man barbárico del mundo de Magic, consiguió subir sus contadores a unos 35 por las criaturas que morían a su alrededor. En mi turno jugué una carta llamada «Inmolación del alma» —me encanta el nombre, es tan mamador—, donde colocas contadores -1/-1 en una criatura y haces esa misma cantidad de daño a enemigos y otras criaturas. En un modo poético, digamos, es despedazar el alma de Kresh (que ha crecido descomunalmente durante la batalla) para destruir todo lo demás que hay a su alrededor. Lo irónico es que, al matar a las criaturas, Kresh volverá a hincharse; esos treinta y tantos contadores, aunque se pierdan en el proceso, se pueden convertir en otros treinta, sesenta o noventa al comerse todos esos daños en cadena. Desafortunadamente trataron de destruirlo y después lo levantaron a la mano, como suelen hacer todos esos jugadores que favorecen el azul.
- 🃏(✖╭╮✖) BACK TO HAND
- He pensado abrir un taller de narrativa para los días de julio: uno chiquito, de cinco o seis semanas, para que podamos escribir bestiarios aquí, en Cholula ✍️👹📚👾. Este fin de semana me sentaré a armar el plan y lanzaré la invitación. La verdad es que extraño dar clases. Escuchar a los alumnos, de algún modo, me ayuda a pensar en otras cosas; quizás en cosas mejores, en futuros posibles. He tenido demasiado tiempo para rumiar mis pensamientos en solitario y, aunque disfruto enormemente a Henzie —con su energía oscura— y el malabarismo de mis ocho lecturas simultáneas (que ya son menos porque afortunadamente ya cerré algunos tomos), considero que es vital escuchar a los jóvenes decir tonterías, como cuando pones a un furby a platicar frente a otro. Pelea de furbies, wa wa, wa wa wa, wa wa. Hablando en serio, al menos sirve para darse cuenta de que uno, quizá, ya está un poquito menos tonto.
- Cosas que alivian el ánimo en los días que transcurren: recibir al fin un paquete con cartones de exquisita calidad japonesa para los mazos de juego, tras meses de darlos por perdidos. El placer de refugiarse en el pub de siempre a practicar la cartomancia y compartir un alfajor sin azúcar con un aliado que entiende de disciplinas. La melancolía de concluir un libro hermoso y no hallar el siguiente en los estantes de la universidad, pero después el consuelo de saber que los objetos guardan secretos que reformulan la vida. La insolencia de un jugador azul devuelva a tu coloso barbárico a la mano justo en el momento de su inmolación poética. Con todo, trazar un taller de bestiarios en Cholula y oír a los jóvenes alumnos decir sus habituales tonterías es un deleite indispensable; el espejo exacto para notar que uno, quizá, ya es un poco menos tonto.
La bendición del día:
Que te sea concedido el arribo puntual de tus cargamentos largamente esperados, ya vengan de Oriente o de los rincones de la memoria, y que la nobleza de tus duplicados siempre encuentre un lugar idóneo en el tablero.
Que tus pasos te lleven hoy a tu propio tercer lugar; ese refugio neutral libre de etiquetas donde puedas probar tus cambios más pequeños y obsesivos ante miradas cómplices.
Que tu cuerpo resista con hidalguía el rigor de tus disciplinas biológicas y que la mezquindad de los aguafiestas de la vida —esos que juegan en azul y pretenden rebotarte la poesía a la mano— jamás apague tu derecho divino a desmadrar el entorno con un caos hermoso.
Que nunca te falte un alfajor solidario en el camino, la guía astuta de un comandante que resuelva, y el bendito coro de los jóvenes furbies recordándote, con sus deliciosas tonterías, que el tiempo pasa y que hoy eres un poquito más sabio que ayer.
Buen juego. 🌋🍫🐒👾
