Empate técnico

A las seis y media de la mañana, aunque vivo en Cholula, el frío tiene un gusto a Zacatlán de las manzanas; la neblina, la humedad, los huesitos congelados. Pienso, como si todavía fuera el mismo borracho que fui de joven, que me hace falta la calidez de la sidra para continuar. Es un frío punzante, mezquino, que parece odiarte de manera personal. A esa hora exacta, todos los días, Robin, nuestro basset hound de diez meses, recién adoptada porque su dueña no quería que ella fuera un perrito de jardín (sic), decide que su vejiga es el reloj despertador del hogar. Comienza con un lloriqueo bajo, casi asmático, seguido por el repiqueteo de sus uñas contra el suelo de la habitación.

Ese sonido se ha convertido en la marcha fúnebre de mi descanso.

Mi esposa, por supuesto, ha desarrollado una sana resistencia; su sordera selectiva parece un súper poder. Mientras yo me desenredo de las cobijas, tiritando y buscando a tientas un par de calcetines que no estén congelados, la luz de su teléfono ilumina su rostro plácido, impertérrito. Ella ya está despierta, claro, pero sumergida en su pantalla, perfectamente abrigada bajo las sábanas, mientras yo me preparo para mi exilio matutino.

—Échenle ganitas, caminen rapidito para que les dé calorcito —murmura, sin apartar la vista de lo que sea que esté leyendo en su teléfono.

En ese preciso instante, uno de esos inofensivos resentimientos conyugales florece en todo su esplendor. Bajo las escaleras, Robin a mi lado. Pienso en esta posibilidad melodramática, una escena digna de Carlos Olmos: ella rebasándome en los escalones, tropezándose conmigo, y los dos caemos y nos partimos la cabezota. Los dolores imaginarios son una cosa, pero me percato que a mi edad, ya me duelen las rodillas. Cada escalón es una isla, y esto se convierte en mi Odisea personal; mis articulaciones emiten un crujido, como si pisara un tazón de cereales viejos, y mi cuerpo son los marineros que voy dejando atrás, en el camino, porque me enfrento a todos los monstruos. A mis cuarenta y tantos años, he descubierto que el cartílago es un privilegio de la juventud que di por sentado. El dolor no es agudo, pero es constante, una especie de zumbido en las rótulas que me recuerda mi propia mortalidad mientras espero, congelándome en la acera, a que un perro enano decida en qué centímetro exacto de pasto desea hacer sus necesidades.

El martirio llegó a tal grado que decidí hacer lo que cualquier adulto funcional haría: quejarme amargamente y luego sacar una cita en el IMSS para hablarlo con el médico en turno. Si tuve algún aprendizaje en estos últimos siete años, al menos eso se espera de mí, es que la vida se trata de hacer lo posible por vivir mejor y vivir bien; de hacer las preguntas sin miedo. El otro aprendizaje es que empecé a coleccionar muñecos de He-Man, como si todavía viviera en 1989 y, a menudo, mi esposa me recuerda que ya no tenemos espacio, pero luego hablaremos de eso. Entonces me encontré sentado en la sala de espera de la clínica, rodeado de personas con yesos, muletas y cuellos ortopédicos, sintiéndome como un impostor porque mi único problema era la insistencia matutina de un sabueso y sus ganas de meter la nariz en la hierba, las hojas caídas y las bolsas de basura que dejan los vecinos. Sin embargo, al levantarme para acercarme a la enfermera del consultorio, la rodilla derecha me traicionó con un pinchazo eléctrico. Cojeé de vuelta a mi silla, con la dignidad de un viejo pirata; un anciano con andadera me miraba con algo muy parecido a la lástima. Tan joven y tan jodido, habrá pensado.

Pensé en mi camita, en mi esposa y su devenir infinito de las redes, bajo las mantas, y en mis articulaciones desgastadas por el noble acto de ser arrastrado por la calle antes del amanecer. En momentos así, uno se pregunta cómo ha podido llegar hasta ese punto.

Cuando mi esposa y yo hacemos la competencia y nos tiramos las netas, sobre cuál de los dos está más cansado, y ella saca a relucir su maratón de juntas en línea con los alemanes de su trabajo, yo, inevitablemente, me acuerdo de mi famosa «tos de corredor».

Hace unos años, en una época en la que corría diariamente entre tres y cinco kilómetros, empecé a toser. Al principio parecía una simple carraspera, pero al cabo de un mes, la situación evolucionó. Una noche me cambió la voz, se volvió más gruesa de lo habitual, como si una tarántula invisible apretara mis cuerdas bucales. Mi esposa me miró extraño, yo me encogí de hombros y empecé a reír, y cuando me escuché, me dio todavía más risa, porque parecía un cerdo haciendo ruidos. Noches después, acostado en la cama, sentí algo moviéndose en mi pecho de manera lenta, y muy pausada. Lo descubrí durmiendo de lado. Incrédulo, cuando me acosté del lado contrario, lo sentí moverse. Era una masa que se movía como un péndulo, empujando mis órganos, pero se movía como si nadara en jalea. Cuando se lo comenté a mi esposa, me miró con la tranquilidad de quien evalúa un bache en la calle y me preguntó si no sería una gripa mal cuidada. Se lo pregunté a Google, el médico de cabecera en ese entonces, y el algoritmo me ofreció un diagnóstico tan tranquilizador como estúpido: tos de corredor. Mi esposa y yo hicimos una mueca, y acordamos que iríamos con un médico de verdad.

Por supuesto, no era tos de corredor. Era linfoma de Hodgkin.

De un momento a otro, pasé de trotar por las mañanas, a estar sentado en un reposet clínico, exhausto, con el cuerpo molido a golpes invisibles, observando cómo los químicos rojos —de un bermellón intenso como el del Kool-Aid— entraban lentamente a mi torrente sanguíneo a través de una aguja. La quimioterapia es una experiencia que te roba la energía, pero curiosamente deja intacta tu capacidad para la irritación. Lo supe cuando una tarde de sábado, el hospital decidió dejar entrar a unos voluntarios, y una señora con nariz de payaso (tan grande como el ojo de un cíclope) se fijó inmediatamente en mí. Entrecerré los ojos. ¿Et tu, Polifemo? ¿Y si me llamas Nadie? ¿Y si me dejas vivir?

Se acercó a mi lugar con esa energía histriónica y desbordante que la gente sana cree que los enfermos necesitan. Manoteando emocionada, feliz de (en su cabeza) hacer feliz a un necesitado, intentó contarme un par de chistes. Le expliqué, con la poca voz y cortesía que me quedaban, que estaba muy adolorido y profundamente cansado. Que, por favor, me dejara en paz porque prefería dormir. Pero a ella no le importó. Su misión era hacerme reír. Y esa semana ella estaba convencida de que debía cumplir su misión. Empezó a contarme un chiste viejo, de un humor tan podrido y rancio, que solo me hizo sentir más deprimido. Era un chiste de unos nabos y unas monjas que el mismo Polo Polo solo ha contado dos veces porque es muy malo. Al ver que mi rostro se mantenía inexpresivo —es difícil soltar una carcajada cuando ese día checaste en la Wikipedia que los químicos inyectados se les conoce como LA MUERTE ROJA—, abandonó la comedia y decidió que, en su lugar, me iba a contar la historia de su vida. Una vez más, le sugerí amablemente que por favor se callara pero ella me ignoró. Y me acordé del título de un libro de Raymond Carver, y no pude disimular una risita por la ironía.

Terminó hablándome extensamente sobre su hijo. Me enumeró sus virtudes: un pianista de treinta y tantos años, talentoso, dedicado, y —esto lo dijo con un tono de genuina perplejidad— inexplicablemente soltero. Mientras ella hablaba y hablaba, yo solo la miraba, asintiendo débilmente, y pensando en mis adentros: “Señora, su hijo jamás le dará novias, y quizás tampoco nietos. Claramente es homosexual”. Tres horas y media después, terminado de pasar el coctel de quimioterapia, el médico me permitió irme. La señora me siguió todo el camino hasta la puerta de salida, donde mi esposa me estaba esperando.

—¿Puedo darte un abrazo? —dijo la señora.

Yo giré los ojos. Me dejé abrazar porque sabía que era la única forma de terminar esa maldita tortura. La esposa miró a la señora nariz de payaso irse. Yo me encogí de hombros ante su mirada atónita. Nada más me llevé un dedo a la cabeza y lo giré.

—Ta loquita —dije.

Pero después, pensándolo mejor, me di cuenta que esa interacción encapsulaba a la perfección mi verdadero problema estructural con la enfermedad. Quizás es un defecto, pero soy alérgico a la compasión disfrazada de espectáculo. Odiaba esa narrativa impuesta de la heroicidad, el famoso “echaleganismo”. Recuerdo bien otro ejemplo a través de la figura de un tío que, a modo de consuelo, me dio una palmadita en la espalda y me dijo: “Échale ganas. Tú eres un guerrero. Tú vas a ganar esta batalla”.

Esa frase me sacaba de quicio. Eventualmente entendí por qué. Vi un especial de cáncer que hizo un comediante canadiense llamado Norm Macdonald. Mientras lo escuchaba, pensé: “ese hombre sabe de lo que habla, creo que ese hombre debe tener sus propios tumores, y si no, están gestándose”. Como lo había intuido, Norm ya estaba enfermo; murió unos meses después de leucemia aguda. En su especial, él decía que le molestaba profundamente la expresión: “perdió la batalla contra el cáncer”. Decía que ese término implica que el enfermo fracasó, como si el fracaso fuera moral, como si uno tuviera la oportunidad no solamente de pelear, pero también de rendirse, y que aquellos que sobreviven son, de alguna manera, más valientes o heroicos, y eso les cuelga una medalla; los sobrevivientes tienen la carga moral de enseñar sobre su supervivencia.

—No soy médico —dijo Norm—, pero estoy bastante seguro de que, si mueres, el cáncer muere al mismo tiempo. Eso no es una derrota. Eso es un empate.

Y tenía toda la razón. Yo no me sentía como un guerrero. No quería librar ninguna batalla; solo quería que la mujer de la nariz de payaso me dejara dormir, y que aceptara de una vez la homosexualidad de su hijo para que fuera a abrazarlo a él en vez de torturar enfermos que no pueden escapar porque están conectados a la máquina. Pero también me pregunté cosas: si no estaba siendo un bastardo porque no quería escucharla, si había sido un mal hombre porque dije que no estaba de humor o si, después de todo, no acabaría por reírme de esta anécdota; entonces podría colgarme mi medalla de superviviente, y tener mi propio especial de comedia como Norm Macdonald.

Durante el tiempo que padecí aquel dolor de rodillas, esas preguntas adquirieron una relevancia especial.

Finalmente, la enfermera pronunció mi nombre y entré al consultorio. El ortopedista resultó ser un hombre corpulento y pragmático, con la sutileza clínica de un mecánico. Tras hacerme flexionar las piernas un par de veces y escuchar atentamente el crujido de los corn flakes que son mis articulaciones, garabateó una receta con desinflamatorios y me recomendó estiramientos.

—No es nada grave, chaparro —me dijo, tendiéndome el papel con una sonrisa a medias—. Es solo el desgaste natural de la edad. Tienes que bajarle un poco a las caminatas en el frío.

Chaparro. Eso mismo me dijo el doctor que revisó mi primera radiografía y encontró el tumor entrecerrando los ojos. “Eso lo explica todo, chaparro, por eso no se te quita la gripa. Tienes un timoma”. Luego descubriría con médicos más competentes que no era un timoma, pero un linfoma. En ese momento miré mis manos y admiré mis piernas colgando de la camilla de su consultorio, como si estuviera evaluando la altura del abismo en el que me encontraba. Soy un hombre alto, pero en ese momento me sentí inexplicablemente niño. Chaparro… esa simple palabra destruyó en un segundo cualquier ínfula de dignidad. Adiós a la posibilidad de ser un héroe trágico o un guerrero estoico; frente a la ciencia médica, yo era simplemente un tipín de mediana edad cuyas piezas comenzaban a oxidarse.

Sin embargo, antes de dejarme ir, el doctor revisó mi expediente en la pantalla. Sus ojos se detuvieron en la palabra “linfoma”. La atmósfera en la habitación cambió levemente, aunque no su tacto. Me pidió que me sentara derecho y llevó sus manos a mi cuello para realizar un chequeo preventivo de rutina. Sus dedos, helados e implacables, se hundieron debajo de mi mandíbula y alrededor de mis clavículas. Buscaba ganglios inflamados en mi carne con la insistencia de un sabueso que hurga entre los arbustos.

Su dedo pulgar rozó la base de mi cuello, justo por encima de la vieja cicatriz de la biopsia. Es una marca pálida y definida, un tajo que siempre me ha parecido el resultado de la estocada de una pequeña espada, la mordida de un perro hambriento, las cicatrices que uno adorna y presume: “es que me le puse al tiro a un gandul de la Buenos Aires”. El doctor palpó más abajo y se detuvo.

—Aquí está —murmuró, casi para sí mismo.

Yo sabía perfectamente a qué se refería. Había tocado el nódulo. El remanente de aquel cáncer que se quedó a vivir en mi cuerpo; un pequeño bulto de tejido podrido y encapsulado, inofensivo, inerte. Completamente muerto.

—Todo en orden. Limpio —sentenció el doctor, dándome una palmada en la espalda—. Tómate el medicamento y vas a estar como nuevo.

Esa noche, de vuelta en casa, la rutina retomó su curso. Mientras mi esposa barría tranquilamente en su teléfono, resguardada bajo el calor de las sábanas, y yo preparaba mentalmente mi abrigo para enfrentar el suplicio de las seis y media de la mañana con el perro, entré al baño. Me miré en el espejo bajo la luz blanca y pasé mis propios dedos sobre la cicatriz.

Pensé otra vez en Norm Macdonald y en su teoría del empate. Pensé en mi tío, y en su palmadita condescendiente, “échale ganas”. Pensé en la señora con la nariz de payaso y su insistencia en abrazarme, como si la que necesitara el contacto fuera ella, y yo solo pensaba en irme. Curar mis rodillas fue tan fácil como ir al seguro e ingerir una pastilla, pero curar el linfoma había sido un proceso destructivo, largo, sin épica alguna. Y no me dejó ninguna lección mística ni me otorgó un aura de iluminación. El cáncer no me venció, pero la victoria tampoco me convirtió en el tipo que trajo el fuego para su comunidad, su familia, su barrio. Si acaso, como todas las mañanas, mi perro de orejas grandes y yo salimos a empujar una piedra, tejemos y destejemos el telar, el perro me reconoce bajo el disfraz y me dice: “Vaya, ya estás aquí” y como todavía es un cachorro, me dice: “vámonos ya, llévame a orinar”. El cáncer murió, se volvió un nódulo fosilizado bajo mi piel, y yo me quedé aquí, lidiando con un sabueso impaciente, el frío matutino y unas rodillas desgastadas.

No hubo montaje de batalla, no hay soundtrack con Eye of the Tiger, ni trompetas celestiales. Fue un simple, absurdo y rotundo empate. Y, honestamente, al meter mis rodillas bajo las cobijas sin sentir ningún dolor, me di cuenta: este es el mejor maldito empate que podría haber pedido.