Autor: arbolfest

  • El viejo seco Keith

    El viejo seco Keith

    Keith, el viejo seco, se preparaba los sándwiches más aburridos del mundo: jamón, jitomate, huevos revueltos en pan tostado. El tipo de sándwich que le gusta a los británicos como él. Cuando comenté esta nota con otros amigos, me dijeron que también se hacen los sandwiches más sencillos del mundo: jamón, mayonesa, queso, salchicha.

    Pan seco, sin calentar. Igual yo, igual el osito bimbo. El sándwich es la estandarización del sabor y la nutrición. Llenar la panza con elementos sencillos, básicos.

    La esposa china de Keith, el viejo seco, empezó a grabarlo y publicarlo para el tik tok de su país. El señor, un trabajador retirado, se hizo viral —tan así, que algunas tiendas empezaron a vender cosas para que prepararas tus sándwiches al estilo del viejo seco Keith— porque a su público le provocaba horror, y después fascinación.

    Un artículo chino escrito por la plataforma 36Kr dice: “después de mirar uno de sus videos, los espectadores cambian: de cuestionar al viejo seco, entienden al viejo seco, y se transforman en el viejo seco. Nosotros somos el viejo seco, y nuestro lonche seco es nuestra vida seca”.

    No había storytelling, la narrativa más sencilla del mundo: miro al otro (que no se sabe mirado). Solo de leer la nota, siento el inicio de una obsesión por el viejo Keith. Quiero saber su historia, profundizar en ella.

    Quizás el horror chino viene de cuestionar el verdadero tao: todos somos uno, y uno somos todos. Ellos también son el sándwich fácil y seco de la vida.

    Keith, el viejo seco, murió de cáncer de huesos. Su esposa colocó un anuncio avisando que no habría más publicaciones, el sueño del viejo estaba terminado. En polvo seco te convertirás. Los jóvenes, quienes empezaron a encontrar en la rutina de este hombre una familiaridad abrumadora, una cotidianidad impertérrita, se despidieron de él como si fuera su tío, su padre, su abuelo.

    Me pregunto si alguno de ellos habrá pensado que iba a durar toda la vida. También me pregunto cuántos sándwiches se preparó en total, no solo su vida como el viejo seco Ketih, pero como Keith, el muchacho, Keith, el niño, Keith, el hijo. ¿Habrá sido su madre quién le enseñó a prepararse así sus sándwiches? ¿Un abuelo?

    El viejo Keith era un espacio liminal, una transición. La cultura que mira al otro en un curioso estado de pureza, sin filtros. Y sus espectadores, por morbo o por entretenimiento, eventualmente quisieron adoptar el entendimiento del otro. Un individuo que pasó de representar una imagen de horror, a la fascinación, a la aceptación y finalmente, quizás, al amor.

    Descanse en paz. Que dios le dé una cocina donde pueda seguir preparándose sus sándwiches aburridos, secos, británicos, tostaditos.

  • El viejo loquito de los videojuegos y los libros

    El viejo loquito de los videojuegos y los libros

    I

    Estos últimos años, cansado de la facilidad con la que puedo posar el ojo en las cosas horribles y regodearme, estoy haciendo el ejercicio de buscar cosas maravillosas dentro las obras que consumo. Es una habilidad que estoy refinando a consciencia porque es muy fácil odiar las cosas y quiero vivir la ilusión de felicidad y contento. Ya odié muchas cosas durante el cáncer. También las amé, pero es porque mi cerebro estaba loco.

    Por ejemplo, a principios de año, aunque algunas veces me desesperaba, o alienaba, aprendí a gozar los cuentos raros y puercos de Felisberto. Creo que consigue lo que se propone: sonar como una canción vieja, muy antigua, que despierta algunos espíritus, o demonios, o angustias.

    Creo que he tenido pesadillas con el muchacho que se convierte en un caballo y luego es forzado a tener relaciones con una mujer.

    Felisberto me recuerda un poco a Tario, con la peculiaridad de que Tario es ridículo, quizás humorístico y absurdo, como una película clase B, un Vincent Price dirigido por Ed Wood.

    Tario es muy imaginativo, también es burdo, sencillo.

    II

    Clarice es otra cosa, creo que no tengo un punto de comparación sencillo. A veces me hace pensar en Proust, o en Joyce, y no por los artificios, pero los entornos, la elegancia y sus canallas disfrazados. Hay momentos donde ella es psicológicamente tenaz: toma a un personaje que distorsiona su narrativa hacia lo que ocurre adentro y el lector es arrastrado a esta furia, a una sonrisa descarnada, este juego de vivencias.

    Más de una vez, leyendo sus cuentos sobre momentos cotidianos, me pregunté si no había gato encerrado, una pérdida que no estaba comprendiendo. Sí, quizá a eso me refiero cuando digo que Clarice me recuerda a Joyce (Dublineses).

    III

    Tuve la oportunidad de dar un diplomado / taller en Pachucha de literatura interactiva. Reuní algunas de las clases que doy en el semestre para construir una especie de monstruo tallerístico, con el propósito de crear libro-juegos. O juego-libros. O videojuegos como libros. O cuentos como videojuegos.

    Daba una hora, quizás hora y media de teoría, y luego dejaba chambear a los alumnos (porque así me enseñó la universidad jesuíta, lejos están esos tiempos donde leíamos una hora y media y luego nos íbamos a pensar, a escribir, a reflexionar).

    El perfil de los alumnos me pareció muy diverso. Al final, creo que la experiencia fue interesante, y muy valiosa. Mis alumnos consiguieron crear libros, juegos, entornos que se prestan tanto para la creación literaria como la creación de juegos y sus conceptualizaciones estaban detalladas.

    Sorprendido, descubrí que algunos hicieron, inadvertidamente, casi sin quererlo, prototipos iniciales que parecían juegos de mesa.

    He descubierto que mi trabajo como docente, y lo que he aprendido en el mismo, también me ha transformado.

    Creo que me ha cambiado para bien.

    IV

    Para despedirme de Pachuca, fui a comer pizza con Julio Romano y Rafael Tiburcio. Platicamos un rato de trova —porque es un tema apasionante—, de la docencia, de películas buenérrimas y los tres mosqueteros. El lugar a donde fuimos a comer una pizza de arrachera y pimientos, también era una librería de segunda mano. Me paré para buscar cosas. Empecé a agarrarle cariño al lugar porque era una librería que contenía las cosas que luego hojeaba de chavito.

    Julio Romano encontró un libro de Nostradamus, editado por Roca, y me lo pasó. Empecé a hojearlo y sentí una extraña familiaridad con el libro. Recordé las cajas y cajas de libros esotéricos pertenecientes a Nayaranath, que todavía guardábamos, y arrastramos con nosotros en incontables mudanzas. Locuras que hablaban de la astrología, los masones, los celtas. También recordé aquella película de Nostradamus que vi de chavito, una especie de documental que resumía sus profecías. Alguna decía que habría un gobernador africano, etíope, que podría salvar o destruir al mundo dependiendo de su decisión y mi yo niño conoció una angustia como pocas.

    La chica que nos atendió, nos mencionó que había promoción de dos libros por uno. Resignado, me levanté de nuevo a buscar algún libro que pudiera llevarme y por casualidad, me encontré La vida interior de Alberto Moravia. Lo estudié un poco y era una edición reencuadernada, y me hizo pensar que la había rescatado alguien que quería mucho este libro, que lo había conservado a pesar de cualquier problema y cualquier mudanza. Me conmovió, pues me hizo pensar en mí, y en las cosas que he perdido a lo largo del tiempo.

    Leí ese libro de Moravia a los doce años. Solo recuerdo la sensación de que me gustó mucho, pasé muchas desveladas leyéndolo. También recuerdo algún diálogo donde se burlaban de un muchacho que hablaba de política y era un masturbador compulsivo. Desde entonces, pienso que los politólogos o los apasionados de la política o los que separan izquierdas, derechas, y expresan en demasía su identidad política, son onanistas irredentos y suelen darme risa.

    Es de esos libros que leí con lámparas y que me regresaba a leer mis momentos preferidos cada tanto, aunque solo lo leí una vez, de principio a fin. Y me hizo pensar que había otros libros, además de Stephen King y Clive Barker, y sus marranadas divertidas y terroríficas, y que quería leer mucho y más. Moravia, desde muy joven, abrió mi curiosidad lectora y me invitó a intentarlo con espacios más complejos. Aunque, hoy en día, no estoy seguro de poder recomendarlo a los jóvenes.

    Lo dejé en su lugar después de mirar el precio, pensando que estaba muy caro para ser una edición vieja y abandonada. Y eso considerando el dos por uno.

    Luego suspiré resignado.

    Me pregunté cuándo lo volvería a ver y me lo llevé.

    Ni siquiera me dieron ganas de regatear.

    V

    Arcanos menores del número cinco: número del caos, la disrupción del espíritu. La memoria es un juego por el cual transitan algunos deseos del presente. La memoria, quizás, abre caminos a la adicción, así como los juegos. Viene una persecución tenaz de la infancia, la inocencia, los primeros momentos.

    Anoto eso por ahí, como si no me conociera. Por cierto, en algunas culturas, la palabra juego remite al loquito del centro: ese que siempre está jugando con uno, ese que ha terminado afuera del espacio social y sin quererlo, acaba teniendo una libertad horrible, y se burla de todos, y hace caras, y saca la lengua, y se le cae la baba mientras se ríe, y nunca se ha sonado los mocos.

  • d100

    d100

    Leí un titular, mientras navegaba, que decía cómo un escritor puede beneficiarse utilizando mecánicas del azar, como las de Dungeons and Dragons, para contar historias. Nada más leí el titular; me dio flojera entrar a leer porque a todas luces, el click bait estaba lampareando como luces neón sobre mis intereses.

    Lamento no haberlo leído, me salí a los primeros párrafos, pero no me estaba diciendo nada nuevo; desde chamaquito he jugado con los dados para contarme cosas. Aquel artículo no me enseñaría nada nuevo, no en este momento, solo buscaba una reafirmación de identidad y de placeres.

    Reconozco una de mis emociones preferidas en Street Fighter II: la duda. No sabes con certeza a dónde te llevará el avión después de escoger a tu personaje, o quién será tu primer reto. El camino del guerrero tiene sorpresas, una invitación a adaptarse continuamente.

    Si otra persona se paraba junto a ti, el asunto podía ponerse cardíaco porque venía la emoción de saber a qué personaje escogería.

    ¿Tu contrincante sería un estratega? ¿Alguien que pensaba contrarrestar a tu Guile con un Ryu? ¿O sería uno de esos genios que saben utilizar a Zangief para darte vueltas por el aire y luego romperte el hocico? Quizás escogería a Dhalsim: el vago de Schrödinger, con Dhalsim nunca sabes si te van a madrear o son una pifia.

    Generalmente es lo segundo.

    En versiones caseras, un poco más avanzadas, agregaron esta cajita de pregunta que te permitía escoger a tu peleador al azar. Recuerdo el ding, ding, ding, la música de éxito al escoger un personaje, y luego viene el narrador que grita con su voz modulada: U S S R, y te sientes un ganador del casino o de la vida.

    Cuando era morrito, una de las historias que escribí trataba de peleadores muy básicos: personajes con una motivación sencilla, ser los maestros de su oficio. Es decir, usaba como mis personajes a Ryu o Ken. Y para resolver la narrativa, en vez de planear, escribí el nombre de un montón de peleadores ya existentes (Guile, Baraka, Cinder, Wingnut) y tiraba un lápiz sobre esta hoja para definir el siguiente encuentro de Ryu o de Ken.

    De esa manera, escribía los capítulos de uno en uno. No pasé de los seis o siete capítulos antes de que mi propio experimento provocara sus propios problemas azarosos. Por ejemplo, ¿cómo podría ganarle Ryu a un personaje con stand o que tuviera la técnica del kaioken? Era especialmente difícil cuando los personajes se manejaban en ciertos entornos favorables, como un mutante de tiburón que solo pelea en el agua.

    Ya no escribo historias sin una planeación (aunque sea una imaginaria, un mapita mental que me improviso en una servilleta), gracias al cielo, aprendí algo 30 y tantos años después; aunque todavía me divierto con el azar de las historias y hago experimentos cuya narrativa es medio mutante, medio extraña. Algunas veces, involucrarte con el personaje y navegar junto a él en un paraje laberíntico puede ser emocionante. Otras veces, imaginas al lector como un personaje al que puedes sorprender todo el tiempo (mentira). Todo lector de historias posee una brújula que les permite anticipar el camino. No solo pasa con los libros, pero también los chismosos, los cinéfilos, los espectadores, los voyeristas lo hacen con sus respectivos medios. Una historia es como un pachinko, sueltas una bolita de metal que puede agarrar muchos caminos pero la mirada ya está en el límite inferior, apostando por el final. Muchas veces son conscientes de esta brújula, otras veces no tanto.

    Paradójicamente, algunos dependen de su brújula porque odian no saber lo que puede suceder después.

    Como escritor, creo que la única manera para burlar esa brújula enfadosa, aguafiestas sabelotodo, es introducir un poco de caos dentro del entorno. Pero tampoco se trata de exagerar con los dados porque la historia se convierte en un casino.

    Quizás hay historias que pueden escribirse con múltiples dados, y puedes lanzarlos todo el tiempo como un tributo al universo. Hay lugares para contar historias de laberintos, y hay casinos para quienes ya no quieren escuchar historias. Hay historias ancestrales, anidadas amorosamente por los espíritus, espíritus que nos ayudaron a construir las brújulas que nos ayudan a buscar el placer, y también el amor, cuando escuchamos a nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros amantes.

  • Nopalitos

    Nopalitos

    Como no podía dormir —me excedí de cafeína porque nunca, nunca aprendo—, anoche recordé a una muchacha maravillosa. Era mi vecina. Morena de cabello largo, muy bonita, y aunque yo era un niño, me saludaba amablemente y me retorcía el corazón, y el estómago, y quizás encendía mi cabeza, mi corazón [otra vez, dos veces, tres veces], un pedazo de mi páncreas y me enloquecía.

    Vivía directamente en el piso de arriba.

    Me gustaba mucho, pero la amplia diferencia de edad complicaba la cosa. Ella iba en preparatoria, seguramente. Y yo apenas en la secu.

    Pensaba en ella y luego me arrepentí por navegar en el espacio del recuerdo; es un cinema paradiso, el viejo ciego que te toma de los brazos y te pide que no regreses, no cedas a la nostalgia, olvídalos a todos.

    Aprovecho para confesar esto: alguna vez la vi en la ventana, se veía desnuda y divertida, con los ojos entrecerrados, mirando a la nada mientras una sombra detrás de ella la impulsaba. Eran las tres de la tarde. Obviamente, como chamaquillo de secundaria, no estaba preparado para eso y tan pronto me di cuenta lo que estaba pasando, fui corriendo a encerrarme en mi casa y rumiar sobre lo que acababa de ver.

    Mis piensos enmarañados todos confundidos. Pero en la pubertad, hasta cuando un pájaro silba en tu oído, confunde.

    Supe, años más tarde, que había perdido la oportunidad de un voyerista, pero también años, años más tarde, caí en cuenta que mi huída sirvió para proteger un recuerdo.

    Como un Bart Simpson cualquiera, tuve el impulso de tocar su timbre, hacer la travesura e interrumpir la urgencia de la muchacha maravillosa y aquella sombra. Quizás lo hice, por cabrón y celoso, y porque uno debería reescribir sus recuerdos a satisfacción. Supongamos que sí pasó, y que vi a uno de mis vecinos salir del departamenteo de la chamaca, un güerillo que se engelaba el cabello como un punketo cualquiera, vistiéndose rápidamente mientras corría por las escaleras del edificio.

    Semanas después, la muchacha se tiró de un segundo piso. Todavía recuerdo el eco de su grito. Me asomé para ver lo que estaba pasando y me dio algo cuando supe que era ella. Obviamente no se mató, para vergüenza y alivio de todos. Los vecinos empezaron a cuchichear mientras se la llevaba una ambulancia: “se quiso matar por amor, es que se embarazó, es que vivía deprimida”.

    No lo sé. Creo que se la pasaba bien.

    Quizás se cayó por estar cogiendo pero yo no iba a ofrecer ese pedazo de información.

    En adelante, cuando regresó del hospital, un par de meses después, no me saludaba muy bien. A nadie. Andaba con la cadera chueca y la carita cansada.

    Mirándola a ella desde la memoria, desde el tiempo y la distancia, desde lo imposible y lo ideático, se me ocurrió que yo soy lo mismo para alguien más. Un tipo que era maravilloso y después empezó a caminar chuequito, cansado, mal cogido de muerte. Un personaje ajeno, uno que lo saludaba bien y parecía medianamente agradable; un objeto nostálgico que habrá sufrido una caída vergonzosa y en un universo paralelo, creció como los gusanos dentro de una lata.

    La memoria es un tarro de conservas.

    Hoy, para mí, que la memoria es un nopal en salmuera.

  • Paleoceno

    Paleoceno

    En el módulo de sexualidad que estoy estudiando, porque yo no sé nada de esas cosas y para mí todos son angelitos asexuados, dice la profesora que me está educando que la sexualidad puede ser una fuente de placer y aceptación. Además de lo malo, de todo lo malo, especialmente lo malo. Dicen los bellacos que en lo malo está la fuente de todos los placeres.

    Como parte de un ejercicio diario de identidad (y de aceptación), estoy registrando mis emociones en el teléfono. Apple tiene un diario para eso y cuando tienes rato llenándolo, te ofrece unas estadísticas que explican detalladamente los ingredientes que componen tu alma.

    Eso me agrada.

    Sin embargo, así me di cuenta que soy irritable (cada tanto, normalmente soy el osito de taiwan, como la canción de estos güeyes cómo-se-llaman) y cuando genuinamente me pregunté por qué, la única respuesta aceptable es que soy irritable, soy lo que soy y ya. Es decir, irritarme es parte de mi identidad, y esa irritabilidad es un producto que surgió en el Paleoceno, con una amiba que registró esa emoción en su ADN e hizo todo lo posible para sobrevivir y transmitirme esa bendición en forma de alguna proteina cerebral.

    Estoy agradecido con algunas partes de mi persona; me mantuvieron vivo. Una de ellas fue ese gusanito que me empuja a escribir historias y compartirlas. Haciendo un examen de mi vida, también me di cuenta que siempre me ha gustado enseñar a otros. Pero la irritabilidad, si acaso, solo sirve para recordarme que estoy vivo, y que la vida es una larga enfermedad. Quizás, si tuviera que definir la vida, diría que es muy semejante al túnel de Felisberto Hernández, ese cuento confuso donde sus personajes andan a oscuras y buscan cosas. He soñado con ese cuento que parece surge de una histeria muy peculiar.

    Me pregunto si el túnel de Felisberto está conectado don el túnel de Sábato.

    También estoy haciendo un ejercicio consciente de registrar instantes de gratitud y de placer. Eso está muy bien, me ayuda a recordar que no soy un gusano haciendo un agujero en un baldío. Doy gracias por esto y por aquello. A veces invento cosas raras para entrar en un estado de gratitud. Por ejemplo, doy gracias por los jaguares y sus hermosos colores; doy gracias por las amibas RESILIENTES del Paleoceno; doy gracias por los creepers de Minecraft porque cuando sesean a mis espaldas, casi me da un paro cardíaco y me da mucha risa, la verdad, morirme por el susto de un videojuego, además uno con esos gráficos tan pinchones, nomá, pero no me parecería nada mal si un videjuego me mata, no, no, está muy bien morirse así.

    Pero si pudiera decidir la causa de mi muerte, preferiría que fuera por alguno de lo placeres, no por algo que me dé un sustito.

    Ojalá.

  • Hombría

    Hombría

    El día de hoy son populares unas fotografías de Javier Bardem que tomó Penélope Cruz para Gentleman’s Journal. Son lindas fotografías porque muestran una mirada cándida a una celebridad, lo muestran en una intimidad inaccesible para los demás. Son fotografías voyerísticas, cómplices. Bardem se ve deseable, y se ve deseable porque el ojo de la cámara (su esposa y el dispositivo) nos lo muestra así, muy a pesar de las faltas técnicas que puedan tener algunas de las fotografías. Eso, y que el señor está sabrosón, la neta.

    Me dieron ganas de lamer sus músculos.

    Ayer, en la tarde, en una de mis últimas clases, mi alumno chascarrillo de ocasión (siempre hay uno, todos los semestres, y todos son iguales, y se repetirán como espirales de Uzumaki, una maldición que atravesará el tiempo, el espacio, por los siglos de los siglos), mientras revisaba las bitácoras de apuntes del grupo, me preguntó si no sabía bailar.

    El chavito es así: pregunta cosas para buscar hilos y empezar a tirar. Rasca para ver qué encuentra. Me da ternura, pero como suelo sugerir amablemente a quienes insisten, y siguen intentando: “ríndete, no funciona, he trabajado con los mejores mentirosos y manipuladores del mundo”.

    Levanté la mirada para verlo, suspiré, me encogí de hombros y le respondí que no, que yo no bailo, o no suelo bailar.

    —Ya ve lo que dicen de los hombres que no saben bailar.

    Entrecerré los ojos. No tuve qué preguntar.

    —Que no son hombres.

    Contuve la risa. Asentí muy seriamente y le dije:

    —Sí, quizás, eso dicen.

    Y me distraje fácilmente porque ese día no era un hombre, pero una linda mariposa que estaba revisando cuadernos, platicando de Barthes y de los Ángeles Azules con los otros alumnos.

    Me quedé pensando en ello. No me ofendía la hombría cuestionada como el intento tan bruto de provocarme. Los juegos y las discusiones me gustan cuando son inteligentes, cuando prometen despertar algo. Pero como ya estaba cansado (6 de la tarde, veinticinco clases después), lo puse en un bolsillo y lo guardé para el día de mañana, la reflexión a chorro de agua caliente.

    ¿Pudo haber sido mejor? ¿Me equivoqué en no cuestionarlo? También me pregunté: ¿en qué país mental vivirá mi alumno chascarrillo? ¿Estará bien? Luego se me ocurrió, ¿no se estará ahogando? Not waving, but drowning.

    Ya después del desayuno, y del café, entonces me puse a pensar cuál hubiera sido una buena respuesta. Quizás hubiera empezado por criticar la calidad heteronormativa del comentario (oportunidad de enseñanza en el aula), pero también, de refilón, pude haberle mencionado que sobreviví al cáncer (al tratamiento del cáncer [pocos saben lo que es tolerar cinco horas de quimioterapia, cada dos semanas, durante un año y medio] y la burocracia, a la incertidumbre económica) y mis casi diez años de trabajo en televisión, sin hacerme adicto a la coca y sin regalar las nalgas para hacerme de un espacio en la chamba.

    Y para conseguirlo, ninguna de esas cosas depende de “ser hombre”; “ser hombre” es una cuestión mucho más compleja que “saber bailar”; ninguno de mis pesares me ha hecho pensar, después de sobrevivirlos, que mi hombría es mayor, o que está intacta. Pero luego, como suele suceder con el espíritu de la escalera, me cansé de pensar. Quizás eso es la verdadera hombría: cansarse.

    Supongo que la enseñanza es esa. Si el cansancio es hombría, prefiero ser otra cosa. Prepararse para tener estos argumentos cansinos donde uno quiere deshacer al otro es un gasto brutal de energía. Salí tranquilo de la regadera, pensando en el viejo sabroso de Bardem. Puse en mi cajón mental que mi respuesta no solamente había sido la mejor, pero también la única. Supongo que esa debería ser una máxima de los seres humanos: aceptar que todo pasa. Incluso la hombría es una trivialidad, nadie pensará al final si eres o no eres.

    Algún día, si ese joven tiene suerte, descubrirá que la identidad es una broma porque la vida es breve. Es difícil de asimilar esto, pero cruzo los dedos, ya llegará.

  • Ranma

    Ranma

    Anoche vi Ranma 1/2 junto con mi esposa. Cuando acabó, ella dijo que se acordó cuando era jovencita. Sonreí. Yo también empecé a navegar una nostalgia muy particular. No fue la misma que me provoca Dragon Ball, o He-Man, pero fue otra cosa. Quizás recordé el sueño que me daba Ranma de chavito: una liberación del cuerpo a través de mojarse con agua fría, y luego retornar a la normalidad con el agua caliente, una fantasía adolescente de convertirse en mujer, en hombre, en cerdo, en panda y asumir estos roles, y olvidarse de la voluntad, rechazar las ocurrencias de la sociedad.

    Rumiko Takahashi, una autora excepcional en el mundo del manga, tiene una elegancia sobrenatural para socavar el deseo. Una de las historias de terror que me fascinaba de ella, y que miraba de niño (tenía nueve o diez años la primera vez que supe de ella), una y otra vez, fue la Saga de las sirenas, o Ningyo Shirizu. Es una serie de historias donde un joven inmortal, Yuta, con quinientos años, viaja por todo Japón para encontrar una cura a su maldición. La recuerdo como una historia sangrienta, donde el cuerpo duele increíblemente de lo mucho que sufren los personajes. La inmortalidad no exenta el dolor, pero lo hace potencialmente inolvidable.

    Screenshot

    Otra de las historias que leí de Rumiko fue Maison Ikkoku. Trata de un joven mediocre que se enamora de una viuda unos años mayor que él. Si el deseo de las sirenas trataba de la inmortalidad, el deseo de Maison Ikkoku trata sobre cómo acceder a un objeto amoroso (Barthes) que está infatuado por la idealización de lo muerto. Yusaku, el protagonista, continuamente persigue y huye de la sombra del marido de Kyoko, quien era un profesor muy respetado. Y así como es mediocre en su vida y en los estudios, sabe que está muy lejos de ser digno de amor, no se diga de ocupar el lugar de un señor, una sombra.

    Por eso es una serie encantadora, inusualmente restaurativa: el joven crece, sabe que debe cambiar, que debe ser un poquito mejor para poder mostrarse ante ella mientras que en ella vemos el duelo, la aceptación y, finalmente, la disposición a amar de nuevo.

    Desperté y seguía pensando en Ranma. Me desesperaba mucho porque en español mexicano, Akane siempre estaba gritando. Ranma es una de esas historias donde los personajes nunca se dicen cosas porque si lo hacen, todo se resuelve y se acaba el capítulo del día. Cuando finalmente están preparados para hablar, se gritan y los gritos siguen escalando. Rumiko, por cierto, dicen que dijo en una entrevista que le gustaba mucho el trabajo de Akane mexicana.

    Hay una parte de Ranma, si no me equivoco, donde el padre eventualmente se cansa de ser humano. Dice algo como que prefiere quedarse como panda, ya que ser un animal es menos problemático. Entonces en la serie y en el manga, progresivamente, cada capítulo, lo vemos menos tiempo como humano para convertirse en aquello que desea ser: un panda.

    Aunque no estoy muy seguro, puede que me lo haya inventado.

    Creo que finalmente he aprendido, y eso me lo dijo Ranma, y Rumiko, que no todo debe decirse. Hay deseos que siempre estarán gestándose en el corazón, deseos que nos cambian, nos transforman y también nos pervierten. Es difícil aceptar esos deseos, y es particularmente difícil ver al otro actuando bajo el control de esos deseos. El choque viene cuando todos expresan lo que desean.

    El otro es una maldición, es una persona que se transforma en muchas personas cuando uno, apenas, con trabajos, establece su normalidad.

    Es muy shakespereano el asunto.

    Y a su vez, nosotros somos esta ilusión de un individuo cuando, en el corazón, tenemos a los animales dormidos, a la mujer y al hombre dormidos, y estos despiertan y toman el control. Mágicamente, como un cuento chino, cuando nos guían estos espíritus descubrimos las puertas de tesoros más allá de nuestra comprensión.