I
Tiene rato que no quiero escapar. Ya acepté que soy mi propia prisión. Cuando era joven, a menudo me sobrepasaba este sentimiento de encontrarme con la finalidad de las cosas. La finalidad, en lo más sencillo, podía traducirse como un suicidio, muchas veces simbólico pero también, pocas veces, biológico. La finalidad también se traducía en terminar con esto o aquello, huir de algunas responsabilidades o ignorar algún problema hasta que desapareciera.
Trastornos de las neurosis que uno se inventa.
Después entendí que la finalidad era, sencillamente, escapar de lo rutinario, y tener el tiempo para mis placeres: libros, juegos, escritura, pensamiento.
Muy lejos y mucho menos dramático que suicidarse, pues entendí que el amor a la vida se traducía en estos pequeños eventos, estos lapsos que podía reclamar como únicamente míos.
II
Pero cuántos de esos lapsos realmente puedo recordar. El placer no es aprendizaje. Apenas el placer puede transformarse en conocimiento. Aunque el placer puede ser un gran maestro, es de esos crípticos, loquitos. Por otra parte, si la finalidad es el encuentro con el placer, entonces para qué sirve la vida.
La angustia se divide en este monstruo disparejo: la búsqueda de la finalidad y la brevedad del placer; el peligro de que la vida puede tornarse en un hilo de trivialidades. Para enfrentarme con este monstruo extraño, normalmente, recuerdo aquel año en que leí a Proust. Y me embarga un sentimiento de maravilla que tenía por descubrir sus oraciones complejas, y la lentitud y el trabajo que me tomaba tratar de asimilarlo.
Aprendí, pues, que a veces debes beberlo y no pensar mucho en ello.
Mi cerebro rememora la alegría suspendida del pasado, me rescata de un abismo.
Al rememorar una de las experiencias artísticas más poderosas que tuve en los últimos años, entonces es más fácil perseguir las otras y no abandonarlas como una cinta gastada. Lo trivial se convierte en crecimiento, una declaración de principios: no solamente vivo para el placer, pero el placer es parte de la vida.
Puedo recordar, por ejemplo, los paseos nocturnos en el mundo de Cyberpunk 2077 y sus atardeceres artificiales en esta ciudad súper poblada de constructos; recuerdo la sonrisa del monstruo de Smile o los baños de sangre de Terrifier; recuerdo las horas que pasé haciendo mis túneles de Minecraft, pensando que en cualquier momento podía encontrarme con una cueva repleta de maravillas; recuerdo a los piratas sonrientes dispuestos a entregar su vida para salvar a la historiadora a cambio de su compromiso, y ella les grita: “Ayúdenme. Llévenme con ustedes. Quiero vivir”.
Uno de los recuerdos más traviesos de Proust: el barón de Charlus espía por una cerradura el encuentro sádico que tiene uno de los jóvenes que tanto desea. Y él no puede hacer nada, porque ya es viejo, y los viejos son indeseables, y en el Narrador esto también pesa.
III
El placer como maestro de vida está muy bien, pero una experiencia menos artística, y más terrenal, es recordar cuando era joven y compartía historias con mis amigos. Cuando digo que compartía historias, compartía mi conocimiento. Videojuegos, mangas, noches en internet donde navegaba por cavernas oscuras, muy parecidas a los de Minecraft. Y llevaba estas historias a mi familia, a mis amigos, alguna vez a mis amantes.
Para que el placer no se pudra (parafraseando a Blake), y el deseo tenga el potencial de convertirse en felicidad, es esencial contar historias. Bueno, eso creo, más o menos. No sé si esto es verdad o no, pero es el nuevo manifiesto de vida.
Lo intentaré hasta que sea un viejito apestoso.
Cuando quiero escapar, y la lectura de Proust no es suficiente para regresarme al gozo de la vida, recuerdo que contar historias salvó la mía. Me visualizo como un joven que, de manera torpe e incidental, empieza a contarles cosas a los otros y mi cerebro hace la relación: contar historias hizo que tus amigos se acordaran de ti, y te quisieran, y te extrañaran si alguna vez lograbas encontrar una salida.
La prisión puede ser más agradable cuando uno se da cuenta que siempre se puede regresar.