Autor: arbolfest

  • Escape

    Escape

    I

    Tiene rato que no quiero escapar. Ya acepté que soy mi propia prisión. Cuando era joven, a menudo me sobrepasaba este sentimiento de encontrarme con la finalidad de las cosas. La finalidad, en lo más sencillo, podía traducirse como un suicidio, muchas veces simbólico pero también, pocas veces, biológico. La finalidad también se traducía en terminar con esto o aquello, huir de algunas responsabilidades o ignorar algún problema hasta que desapareciera.

    Trastornos de las neurosis que uno se inventa.

    Después entendí que la finalidad era, sencillamente, escapar de lo rutinario, y tener el tiempo para mis placeres: libros, juegos, escritura, pensamiento.

    Muy lejos y mucho menos dramático que suicidarse, pues entendí que el amor a la vida se traducía en estos pequeños eventos, estos lapsos que podía reclamar como únicamente míos.

    II

    Pero cuántos de esos lapsos realmente puedo recordar. El placer no es aprendizaje. Apenas el placer puede transformarse en conocimiento. Aunque el placer puede ser un gran maestro, es de esos crípticos, loquitos. Por otra parte, si la finalidad es el encuentro con el placer, entonces para qué sirve la vida.

    La angustia se divide en este monstruo disparejo: la búsqueda de la finalidad y la brevedad del placer; el peligro de que la vida puede tornarse en un hilo de trivialidades. Para enfrentarme con este monstruo extraño, normalmente, recuerdo aquel año en que leí a Proust. Y me embarga un sentimiento de maravilla que tenía por descubrir sus oraciones complejas, y la lentitud y el trabajo que me tomaba tratar de asimilarlo.

    Aprendí, pues, que a veces debes beberlo y no pensar mucho en ello.

    Mi cerebro rememora la alegría suspendida del pasado, me rescata de un abismo.

    Al rememorar una de las experiencias artísticas más poderosas que tuve en los últimos años, entonces es más fácil perseguir las otras y no abandonarlas como una cinta gastada. Lo trivial se convierte en crecimiento, una declaración de principios: no solamente vivo para el placer, pero el placer es parte de la vida.

    Puedo recordar, por ejemplo, los paseos nocturnos en el mundo de Cyberpunk 2077 y sus atardeceres artificiales en esta ciudad súper poblada de constructos; recuerdo la sonrisa del monstruo de Smile o los baños de sangre de Terrifier; recuerdo las horas que pasé haciendo mis túneles de Minecraft, pensando que en cualquier momento podía encontrarme con una cueva repleta de maravillas; recuerdo a los piratas sonrientes dispuestos a entregar su vida para salvar a la historiadora a cambio de su compromiso, y ella les grita: “Ayúdenme. Llévenme con ustedes. Quiero vivir”.

    Uno de los recuerdos más traviesos de Proust: el barón de Charlus espía por una cerradura el encuentro sádico que tiene uno de los jóvenes que tanto desea. Y él no puede hacer nada, porque ya es viejo, y los viejos son indeseables, y en el Narrador esto también pesa.

    III

    El placer como maestro de vida está muy bien, pero una experiencia menos artística, y más terrenal, es recordar cuando era joven y compartía historias con mis amigos. Cuando digo que compartía historias, compartía mi conocimiento. Videojuegos, mangas, noches en internet donde navegaba por cavernas oscuras, muy parecidas a los de Minecraft. Y llevaba estas historias a mi familia, a mis amigos, alguna vez a mis amantes.

    Para que el placer no se pudra (parafraseando a Blake), y el deseo tenga el potencial de convertirse en felicidad, es esencial contar historias. Bueno, eso creo, más o menos. No sé si esto es verdad o no, pero es el nuevo manifiesto de vida.

    Lo intentaré hasta que sea un viejito apestoso.

    Cuando quiero escapar, y la lectura de Proust no es suficiente para regresarme al gozo de la vida, recuerdo que contar historias salvó la mía. Me visualizo como un joven que, de manera torpe e incidental, empieza a contarles cosas a los otros y mi cerebro hace la relación: contar historias hizo que tus amigos se acordaran de ti, y te quisieran, y te extrañaran si alguna vez lograbas encontrar una salida.

    La prisión puede ser más agradable cuando uno se da cuenta que siempre se puede regresar.

  • Brillante

    Brillante

    Una muchacha me compartió su crema para manos, y las manos brillan ahora, y hago cara porque vagamente recuerdo que así brillan las teiboleras. Lapsus brutus, lo sé. Las teiboleras brillan porque son bonitas. El día de hoy, supongo, soy el maestro del tubo. Creo que apesto agradablemente a muchacha de brillos. Y si alguna otra persona mira las estrellas de mis manos, y hace una sonrisita, prometo no culpar o pensar mal, pero dejarlo ir. 

    La última vez que fui a uno de esos lugares, fue porque me invitó mi carnalito médico para festejar mi remisión. Fue una de las borracheras más terribles que he vivido. Mi última radioterapia tenía apenas un mes o dos. Me subí al auto de O y de ahí, una cosa llevó a la otra, y terminé bebiendo no sé cuántos güiscoles y cervezas. Bebí tanto, que el amigo de O me preguntó si mis médicos ya me habían dado permiso de beber. “Creo que sí”, dije, “pero tú eres médico, ¿qué me dices?”. Él nomás se echó una carcajada, me sirvió otra más y seguimos en la orgía (términos de Baco), pero ya estaba bebiendo despacito, porque me estaba dando una taquicardia y el exceso finalmente me estaba pesando. 

    Una teibolera blanca, tapatía, de ojos muy claros, MILF en mi lejana escala de la juventud, se sentó en mis piernas. Yo le dije: “mira, la verdad es que soy un invitado porque estos andan celebrando que estoy sanito, no estoy buscando nada locochón”. Ella se fue triste, decepcionada, después de reafirmarle que era un miserable, un muñeco de viento que baila cuando hay huracán. Estaba mareado y un poco preocupado. Pensaba continuamente: “y si ahora me da un ataque por darme este exceso”. 

    “Qué bonito”, pensé, “estoy curado, y ahora un maldito table me va a matar. Qué puede haber más ordinario que a uno le dé un ataque. Y ni siquiera estaba haciendo algo”.

    A veces sueño con esa tarde. Soy un replicante que mira a la MILF en este holograma neón. Me pregunta si me siento solo. “No”, quiero decirle, “solo me siento demasiado vivo. Y la vida es cansancio”. 

    Salimos del table, y me invitaron a comer un lechón, en algún lugar de Coyoacán. Y me dije: “esto es la vida, es un poco extraña, pero es la vida, es otro tipo de vida”. Redundante porque no estaba muy bien de la cabeza, no solamente era la bebida sino también la euforia. Luego, después de cenar muy bien y de beber un poco más, por qué no, finalmente fuimos a casa de mi amigo para dormir. Hablando como borrachos, adultos muy cansados con matrimonios y tres hijos (los míos, bien imaginarios), antes de caer dormidos, platicamos de nuestro pasado común, los vínculos que nos unieron cuando entonces. 

    [Guardo este espacio porque aquí escribí una idea que nunca terminé. Hablaba de una bendición. Quién sabe cuál de todas.]

    After Hodgkin, pienso que todos los días son un cofre, un lootbox. Ya no estoy muy seguro de que las cosas deban ser de uno u otro modo (EL DEBER me parece una necedad, un invento para los obsecados), no como antes, qué creía en la seriedad de la vida, en los pasos que abren puertas y lo dejan a uno en paz. Tampoco creo que pueda saberse un plan divino o que somos programas con la intención de cumplir un gran propósito. Creo, sin embargo, que existen planes escondidos en algún lugar, como estas misiones sorpresa de un videojuego, esas que se salen de los arquetipos y las obligaciones, y que tal vez ese cofre, si tenemos suerte, nos revelará una verdad que nos dará algo en qué pensar. 

    Aún creo que la búsqueda de la verdad es una de las caras de la felicidad, mal citando a Borges. Queda escrito este paseo neón, nocturno y mayormente onírico para algo tan sencillo como decir que me brillan las manos y recordé noches luminosas, un poco rastreras, quizás muy inventadas. 

  • Vergüenza

    Vergüenza

    I

    En raras ocasiones, mi abuela se hacía chiquita, más chiquita de lo habitual, y caminaba como un ratoncito temeroso, y podía escucharse el ruido de sus patitas que iban de un lugar a otro. Y me acordaba de los cuentos infantiles, de los ratones que planchan y cosen, y se esconden del gato. Me sorprendía mucho porque mi abuela tiene mucho carácter y pensar con ella como un ratón es más de lo que puedo soportar cualquier lunes, o martes, a las diez de la mañana, cuando ni siquiera me he terminado el primer medio litro de café.

    Lo mismo le pasa a mi madre. A veces se hace chiquita e indefensa, y disminuye su tono de voz. Y obliga a la pregunta: ¿quién te hizo algo? Pero no fue nadie, quizás fue el entorno, o su locura particular porque mi madre está loca, y me heredó algunas de sus locuras aunque no puedo precisar cuáles.

    Hago nota de esto porque también me pasa. Algunas veces me descubro haciéndome pequeño, y caigo en cuenta de la posición de mi cuerpo, de la rigidez y la curvatura, y lo primero que se me ocurre es que estoy sintiendo vergüenza, y no quiero que me vean pero es casi imposible, porque si la posición es muy sencilla para gente pequeña, para mí no lo es, porque soy alto y robusto, gordo. Entonces me enderezo, tomo aire y me digo mentalmente: “no soy esta persona, no puedo serlo”. Y luego pienso [cosas, como un ruido blanco]. Algunas veces no puedo definir qué tipo de vergüenza: vergüenza ajena, o vergüenza de mí mismo. Casi siempre es la segunda.

    Quizás los señores del comportamiento (The Behaviour Panel) que sigo en YouTube pueden explicar la normalidad como un gesto base, y hacerse chiquito como una señal a la que deberíamos de prestar atención. Se hace chiquito porque esconde algo, porque está preparándose para resolver una guerra interna, se hace diminuto e invisible porque piensa matar a alguien, o algo, una criatura del otro mundo.

    Aunque me gusta jugar al detective de los gestos familiares, de la memoria genética de mi familia, esta vergüenza pretendida solo me pertenece a mí. Nunca sabré porque mi abuela se hacía chiquita. Y si hago esta misma pregunta a mi madre, pienso que no recibiré una respuesta satisfactoria. Uno puede replicar los cuerpos de sus antepasados pero, de ningún modo, puedes emular lo mismo que ellos han vivido. Lo que para mí es vergüenza, quizás, para otro es discreción o una sana valentía.

    II

    Este fin de semana vi Baby Reindeer. Supuestamente está basada en una historia verdadera. Me animé a verla porque los señores que observan el comportamiento analizaron al creador, Richard Gadd, en varias entrevistas y dijeron cosas muy interesantes del artista. Un artista de artistas, dijo Mark Bowden, el analista británico. Escuché las entrevistas de Richard Gadd y me pareció que tiene un timbre de voz muy agradable, una cadencia sabrosísima. No sabía que Richard Gadd era escocés, de saberlo, me habría animado a ver la serie desde antes. Los escoceses me gustan porque difícilmente esconden la porquería, les resulta fácil contemplarse sucios, falibles.

    En uno de los fragmentos, uno de los señores, Greg Hartley, señaló un flash involuntario que hizo el artista durante una de las entrevistas. Greg explicó brevemente que se trataba de un recuerdo involuntario, una memoria que trataba de salir a la luz que se daba en casos muy específico. Scott, su colega, lo interrumpió en ese momento y le pidió que hablara de ese tipo de situaciones. Greg pareció renuente, pero Scott insistió.

    —Ocurre durante las torturas. Cuando educo a las personas para resistir interrogamientos, a veces tenemos campamentos y entrenamientos donde simulamos este tipo de situaciones. En algunos ejercicios de resistencia, por el agotamiento extremo, ya no pueden recordar rostros y voces. Quedará en algún lugar del inconsciente, pero no pueden evocar el recuerdo específico. Lo que sí pueden recordar son manos, a veces olores. Precisamente, cuando una víctima trata de recordar esas situaciones puede tener un flashazo así: se dilatan sus pupilas y sus ojos brillan, brevemente, como los de un animal. Chase también sabe de ello.

    Chase, mi preferido del panel, sonrió y dijo—: las simulaciones suelen ser una cosa muy difícil. Sales de ahí sin saber qué es real o no. Se olvida fácilmente que es una simulación.

    Greg y Chase suelen entrenar militares y otras personas de altos mandos para resistir interrogamientos si son capturados. Me parece impresionante que podamos ver a estas personas en YouTube hablando de su trabajo. A su vez, me parece divertido que dediquen unas horas de su día para hablar de Richard Gadd y de Baby Reindeer. Los he visto hablar de celebridades porque la gente de YouTube se los pide y ellos son indulgentes. Cuando analizan luminarias, suelen decirnos que viven en otra capa de la realidad, que para ellos nosotros somos la simulación. Dicen esto si fuera un mundo lejano, inasible. Pero luego tienen comentarios de ese otro mundo: la verdad, el cuerpo, los gestos, la tortura, la mentira, los psicópatas; y no se dan cuenta, pero también es un mundo lejano, absurdo, irreal y fascinante.

    Somos simulaciones que entrechocan unas con las otras.

    III

    Tuve un sueño muy raro: Nico, Morgana y yo estábamos en un sillón. Y Sol llegó para decirme:

    —No olvides la regla del idiota en el sillón.

    Torcí la boca, como suelo hacerlo cuando escucho mentiras en los sueños, y pregunté:

    —¿Cuál es la regla de los idiotas?

    —Cuando hay tres personas en un sillón, uno de ellos es el idiota.

    En un momento fantástico, la gata, la perra y yo nos miramos intensamente hasta que desperté. Al abrir los ojos, miraba a la perra babear sobre la cama y a la gata jugar con la cola de la perra dormida.

    Pensé que la regla no aplicaba en cama y me dormí otra vez.

  • Jungla

    Jungla

    I

    Dirijo un grupo de Dungeons and Dragons con el sistema de Dungeon Crawlers Classic, el cual es un DnD pero que ofrece amplias libertades para la improvisación. No solamente con los personajes, pero también con el juego. Después de atravesar durante varios días una jungla, el valiente grupo se encontró con un dragón negro peleándose con un árbol guardián, un treant.

    Temoc dijo—: uy, no, esos pueden estar peleándose durante días, durante semanas, años, siglos.

    El grupo es acompañado por un hombre lagarto, medio estúpido, al que decidieron llamar Picasso y un caballero “cebolla” (un personaje misterioso recubierto en armadura) que se llama Temoc.

    —Yo me asomo para ver si podemos pasar de ladito —dijo Picasso.

    Después de tirar un cinco en el d20, Picasso regresó inmediato—: Nombre, está cabrón, no hay paso. Híjole. Da mucho miedo.

    Empecé un grupo de DnD para tratar de entender el juego y su sistema y creo que he conseguido un mejor entendimiento sobre cómo tejer la narrativa junto con el sistema de juego. Casi siempre, tengo qué dedicar algunas horas (de dos a cinco) para preparar la sesión, pero una vez que eso está hecho, es más sencillo improvisar y permitir que las piezas caigan en su lugar.

    Anoche, pienso, se convirtió en una cuestión de intuición.

    Miré felizmente como el grupo empezó a pegarle al dragón en una de sus patitas. Y luego el dragón les dio un coletazo, y escupió un cono de ácido que les cayó encima, deshizo a Picasso en una pulpa sanguinolenta y bajó la mitad de la vida al treant.

    Pero como los treants, para mí, son estos seres vegetales, viejos y sagrados, el árbol colosal cantó una canción de sanación, deus ex machina, y el grupo se levantó como si nada le hubiera pasado. Pensé, como juez (dungeon master), que lo más fácil sería matarlos y proponer alguno de los resets que tengo preparado para la historia. Era preferible darles la experiencia y consideré que era una buena oportunidad para mostrarles cómo se comparaba su fuerza contra la de un dragón negro adulto (traducido del DnD para el sistema de DCC). También, como las clásicas aventuras de escoge tu propia aventura, los muchachos pudieron apreciar una de sus múltiples muertes.

    Muy poético el asunto.

    II

    Mackenzie, una de las jugadoras, me recordó gentilmente que los treants tienen esposas cuando preguntó dónde estaba la esposa del señor treant que les salvó la vida. Y yo me quedé de a seis. A poco tienen esposas.

    —Claro que tienen esposas. Eso sale en el señor de los anillos. Qué-no-lo-has-leído.

    Mi familia estaba genéticamente condenada a ciertos procedimientos como leer fantasía y ciencia ficción inglesa y americana del siglo pasado. A su vez, ellos me condenaron a mí. Soy como una araña que entretejía el ocio de su vida con ese tipo de ficción. Leí a Tolkien, Asimov, Pratchett, Herbert, Clarke, Adams, etcétera. Fui un muchacho de esos enfadosos que luego miraban intensamente a los ojos al otro, al “ignorante”, y se ponía muy Star Wars, o muy Star Trek, dependiendo de la situación. Y mi familia, condenada genéticamente, hacía lo mismo conmigo. Me daban, cariñosamente, palmadas en la cabeza para decirme que era un “ignorante” y corregirme en esas cuestiones fantásticas como los cuervos de algún libro que escribí.

    En fin, tuve pequeños flashazos y revisé mi archivo cerebral; no recordaba que los treants eran así de amorosos, pero por alguna razón, me imaginé que su relación era como la de los pingüinitos: para toda la vida. Entonces sí, debía tener una esposa en algún lado, y luego me puse a pensar: ¿dónde está la señora? ¿Dónde la dejé? ¿Puedo incluirla misteriosamente en el juego? Vagamente recordé la sensación del pequeño hobbit que admira a este ser viejo, milenario, que habla de su esposa y de los otros árboles, y cómo están social y biológicamente conectados, como las redes de raíces que abundan en los suelos. De ese pequeño hobbit, no recuerdo si era Merry, o Pippin, sólo sé que uno de ellos conecta con Bárbol y se convierte en este enlace entre el mundo natural y el mundo civilizado. Como en un cuento de hadas, el hobbit “crece”, no solo madura pero hay una transformación física que lo hace más poderoso. Típico tonto arquetípico de los cuentos de hadas: consigue el dominio del entorno natural y se convierte en amo de los dos mundos. Duden mucho de lo que estoy diciendo. Todo esto es mi interpretación, casi treinta años más tarde, de mi primera y única lectura de Tolkien. Muy probablemente ya está modificada por mis experiencias, por la televisión, por los plagiarios antisemitas que escriben análisis del cuento de hadas, por las aventuras y los pequeños desprecios, por la educación de mis mayores y la literatura francesa de pervertidos que me gusta.

    No hay mejor lugar donde viva un libro, especialmente una fantasía, que en el interior de los que envejecen con ese libro. Muere. Revive. Transmuta. Anida. Reanida. Enraiza.

    Crece, crece, crece.

    III

    No recuerdo cómo, pero a alguien se le ocurrió hablar con el treant y asumir ese papel fue muy agradable. Personaje: árbol viejo de una jungla que recoge historias, recoge todas las que puede en su esquina del mundo, y las va cambiando para que lo entretengan mejor y sean más agradables. Viejo, milenario, drogadísimo. Preguntaron sobre los dioses vampiros que están encerrados, olvidados en sus templos y él contó una historia de tres hermanos, tan viejos, que ya tenían el poder de los dioses y fueron derrocados por los viejos, los aburridos. Preguntaron sobre un misterioso personaje llamado Rev, quien es un cazador de dragones que odia las mentiras, y quien ha hablado múltiples veces con los personajes del grupo, pero todavía no lo saben porque les falta conectar algunos puntos. Preguntaron sobre los bibliotecarios, los hermanos Fest, que siempre están cambiando de casa y de lugar porque el universo está fisurado, y están saltando de un lugar a otro, y aprendieron que leer uno de sus libros fija el destino. Preguntaron sobre Ilxotochitl, la gobernadora de su pueblito, eso que llaman hogar, y resulta que el viejo árbol la conoce, y dice que es un dragón blanco que colecciona gente (pero se equivoca, así como se equivoca en otras cosas, pero es que sus recuerdos ya son lo que son, y como ningún árbol sabe de dragones, cómo va a saber que los blancos no coleccionan gente, pero son otros, ¿y si es uno bueno que se hizo malo? Ay qué nervio). Y con las historias medio rotas del treant, los jugadores entretejieron la narrativa, y entendieron —más o menos— lo que está pasando. Y se me ocurrió, antes de dormir, que así debía sentirse Scheherazade cuando inventaba cosas para un rey.

  • Orangután

    Orangután

    Ayer, vi el video de un ingeniero que hablaba directamente a la cámara. Su objetivo, dijo, era conectar más con gente afín, que no buscaba monetizar el canal o amasar followers. Dijo que solía trabajar con inteligencia artificial, pero que hoy en día, prefería construir comunidades para sus hijos. Imaginé que programaba pequeñas redes sociales en PHP y Python para generar resultados chistosos, cagaditos, un método de enseñanza muy STEM o una locura así. Overkill admirable. Y luego habló de sus hijos, y que deseaba un mundo mejor para ellos. Siempre son los hijos, pensé divertido. Se me ocurrió que es uno de esos hombres que hacen amigos en internet, y que luego le muestran a su familia lo que hacen sus amigos lejanos, y que los siente muy suyos, muy próximos. Quizás, lo que llamó más mi atención, fue cómo inició: “si estás aquí, es porque el algoritmo sospecha que tú y yo podemos ser carnales (la traducción es mía), y que podemos conectar”. Muy misterioso el asunto, very demure, very mindful. Le di like a su video, entrecerré los ojos y pensé, de pronto, que el algoritmo me traería puros videos buenaondita de ocasión.

    Anoche, se conectó una exalumna a mi stream y platicamos un rato. Preguntó sobre mi vida pasada: los comerciales, la producción. Y hablé de ello como si hubiera ocurrido hace doscientos años. K me preguntó mi edad, le dije que 42 años y ella JAJASEÓ en mayúsculas y me dijo que esa era la edad de su madre, que cómo le hacía para que todo sonara antiguo, viejo. Habló de que le gustaría una optativa de producción y puse a trabajar el changuito cerebral: ¿podría armar una materia con esos conocimientos? Quizás sí, pero eventualmente me dio flojera. Desde que huí de los comerciales hace más de quinientos años, vivo más tranquilo, vivo feliz, duermo a mis horas, me desvelo por estar leyendo o jugando. Y mientras platicábamos de actrices, de modelos, de que ella quería dejar la escuela para ya ponerse a trabajar en materia de producción de arte, escenografía o fotografía, yo empecé a tener este monólogo interno: no tengo prisa, no hay un jefe que me persiga y me pregunte si ya están los videos; no estoy recibiendo los gritos de un director canadiense porque escogió a un niño actor que no es tan guapo como él creía o tan carismático como sus abuelos, sus padres, su imaginación; no estoy mordiéndome las uñas porque escogieron a una actriz por buenísima, sabrosa, y a ver si no pasa algo, madre mía, porque cómo diablos la voy a cuidar, si van a viajar a no sé dónde y me van a llamar por teléfono, y me van a decir: “creo que pasó algo con Gustavo”, y yo voy a estar tan cansado, tan molido, porque son otros tres comerciales a la puerta, y no sabré qué diablos hacer pero de todos modos, tomaré una taza de café, encenderé el último cigarrillo de la cajetilla, y le llamaré a la agencia de modelos para entender qué fue lo que pasó y anotar cosas en una libreta como si eso sirviera de algo.

    El lunes pasado, mientras leíamos un ensayo de Diego Olavarría, mis alumnos de repente se pusieron contentos, medio chacales, tomando control de la energía del salón y yo los dejé por unos minutos. Eventualmente me preguntaron si no quería ir a las miches con ellos. Yo me reí. Y les dije que no, pero para apaciguarlos les sugerí que tal vez podíamos hacerlo al final del semestre. No entiendo los mecanismos que llevan a los alumnos a invitar a beber a un profesor: ¿quieren conocerlo mejor?, ¿quieren verlo humillarse?, ¿quieren verlo como un igual? Y pobrecillos, por qué exponerse a la mirada que juzga del profesor en un ambiente que no sea el salón de clases: “jaja, míralo, está borrachísimo”. Mirada espejo, por cierto. Luego pasó el momento. Dulcemente pensé que esa era una decisión. No iba a ir a las miches, a tomarme una miche o un azulito porque qué perro oso, pero me di cuenta que podía hacerlo, que tenía el tiempo para hacerlo, tomarme una cerveza, mirar a los jóvenes hacer su desmadre de jóvenes mientras trato de convencerme de que no estoy tan viejo. Y como tengo doscientos años, pensé en aquella ocasión, como siempre pasa que me pongo melancólico y payaso, cuando acompañé al DJ de jalacables y después del séptimo vodka con jugo de arándano, en un Halloween de antaño, me puse a llorar porque me pareció lo más bello ver a un orangután bailando con una princesa.

  • Granizo

    Granizo

    I

    Nico, a punto de cumplir quince años, se quedó completamente sorda. Hace apenas unas semanas, o quizás un par de meses, aún podía percibir algunos sonidos tenues. No sé cuáles eran exactamente, pero sé que solía levantar la cabeza y girar inquieta, como siguiendo la estela de un cohete. O quizá buscaba con la mirada alguna presencia fantasmal, alguna figura que solo ella veía, que todavía ve. Y al notar la mirada de su padre, un hombre tan viejo como para ser su hijo, comenzó a actuar de forma enigmática, como si todos los viejos terminaran por hacer lo mismo.

    El himno de los viejos: hazme caso, todavía no estoy muerto.

    II

    Mi vieja mochila Samsonite, diseñada para cargar mi antigua MacBook Pro de 17 pulgadas, un armatoste que ahora parece de otra era, está empezando a desmoronarse. Los cierres, otrora resistentes y protectores, ya no cierran como deberían. Me acompañó durante años en mis aventuras por la ciudad, pero desde que me mudé a Puebla, quedó relegada a un rincón y me olvidé de ella. Pensé, discretamente, que se haría vieja sin ceremonias ni complicaciones. Se convertiría en el hogar de algunas arañas y hormigas, o de un pájaro perdido, moribundo. De vez en cuando la desempolvaba para mis viajes a la Ciudad de México, aunque su diseño, pensado para una laptop y adornado con compartimentos para celulares flip y cables de audífonos, la convertía en una reliquia de otra época.

    Es una mochila que ha envejecido conmigo.

    Cuando empecé a dar clases en la universidad, decidí llevarla conmigo, pensando que ya era hora de despedirse de ella. Quise darle un buen uso antes de enterrarla en el panteón de las cosas prácticas. Como estoy loco y me gustan los números triviales, empecé a llevar una cuenta de los días que tiene en su segunda vida. Cuenta 275 días, casi un año más. Nada mal para una mochila que compré por ahí del 2005.

    Hoy en día, mi mochila carga una pequeña Chromebook, un iPad y un enredo de cables que parece interminable. También llevo siempre mi diario y un libro para leer. A veces, hasta encuentro espacio para una torta y un termo. Recuerdo cuando compré un iPad restaurado y tuve un pequeño accidente: el termo se cayó y empapó todo. Lo peor no fue perder el iPad, sino la idea de que mi mochila quedara oliendo a leche. Es absurdo, lo sé, pero siento que esta mochila es como un amuleto, un horrocrux, una filacteria , un objeto que guarda parte de mi alma.

    Siento un apego especial a esta mochila. Pero como estoy loco, siento apego a muchas cosas. Tengo este miedo ridículo de tirarla a la basura porque si alguien se inventa una inteligencia artificial que pueda replicar la consciencia de una persona a través de sus objetos, no me gustaría que mi mochila vaya a dar a manos de un tecnócrata irresponsable e inconsecuente.

    III

    Una vez terminados mis pendientes, salí a buscar a la Nico. Mi esposa la había sacado a pasear, un paseo brevísimo, en la callecita de nuestro fraccionamiento, pero la perra piensa que es una larga caminata, como las que solíamos hacer a diario. Hace años, documentaba nuestras caminatas en un blog: diez mil, veinte mil pasos por Cholula, Momoxpan y más allá. La lluvia o el calor nunca fueron impedimento para nuestras aventuras. Nico era mi compañera de aventuras, ella me susurró la memoria de otros perros. En ella, revivía a Argus, Hachiko, Seymour y tantos otros.

    Recuerdo una vez, cuando era una cachorra, que nos sorprendió una granizada. Un granizo, del tamaño de una canica, la golpeó en la frente y la hizo gimotear. Se despabiló, algo molesta y después, con la paciencia de los perros y de los santos, se sentó frente a mí, y se me quedó mirando. Acaricié su cabecita y le prometí que algún día acabaría esta tortura y podríamos regresar a casa. Quizás mentía, pero los perros ignoran las mentiras porque primero te aman, te quieren más de lo que deberían. Un perro aceptará tus mentiras a pesar de ti.

    Me tuvo la fe que tienen los perros.

    Me sigue teniendo esa fe.

    Las caminatas de Nico me dan nostalgia, me recuerdan tiempos sencillos e ingenuos. Me recuerdan una niñez que no es la mía, pero nuestra.

    A unos pasos de distancia, porque sospecho también se está quedando ciega, se separó de mi esposa y corrió hacia mí porque cachó mi olor, se sentó como aquella vez del granizo pero no levantó bien su cabeza hacia mí porque ya no mira. Acaricié sus orejas y un poco su cabeza. El hocico le duele porque se están cayendo sus dientes.

    IV

    A estas alturas, entiendo bien que la permanencia, si bien no es una ilusión, es un sueño de brevedad definitiva. A menudo, la gente intenta consolarme (o consolarse) con frases hechas como “lo único permanente es el cambio”. Aunque aprecio el gesto, prefiero saborear la tristeza y la dulzura que acompañan a la aceptación de la impermanencia.

    No existe una solución, las despedidas son inevitables y creo, aún cuando son pequeñas tragedias, son también el dulce que nos revela una de las grandes verdades, una de esas que siempre estamos buscando pero tenemos frente a las narices. Así como la Nico: para qué levantar el rostro; obliga que algunos dioses, los más tontos, quizás, se arrodillen frente a ti para acariciar tu rostro, reconocer tu existencia a través del tacto, a través de sus manos que crisparán con el recuerdo el día que te vayas, y se darán cuenta que serán ellos los solos y los perdidos cuando tú te vayas, y quizás, si tienen suerte, también alguien los recordará de la misma manera.

  • Servilleta

    Servilleta

    Me pasa, cuando no quiero creer en lo que escribo, primero escribo que se trata de un sueño. El sueño suaviza las palabras, las líneas; el escenario se vuelve una cosa teatral, como si fuera un mundo de goma, mal pintado, improvisado para una obra escolar y rupestre, económica; da una oportunidad extraña: me invento cosas pero no son culpa mía, es un invento que surge de las profundidades cerebrales.

    Quien escribe se separa del que sueña, como si el que soñara no tuviera la misma capacidad para la escritura y la imaginación.

    Todos sabemos que la imaginación es sueño.

    El sueño, insiste quien escribe, y tiene miedo de lo que puede escribir, es un disparate procesado por las neuronas que no están controladas, educadas. Stream of consciousness pero pinchón.

    Sueño con el monstruo, sueño que destruyo mi vida y las comodidades, sueño con la muerte de una persona que odio o, mejor todavía, la muerte de una persona que amo, sueño con un temblor, con la ruina económica, con la vejez y las horas que anteceden la muerte, sueño con la caída.

    Luego me siento frente a mi cuaderno de apuntes y empiezo con una línea: sueño qué, y la rayo, porque es un recurso muy malo. Igual que las inteligencias artificiales alucinan, la cabeza hace lo mismo: darle sentido al flujo del conocimiento, de la experiencia. Hablar de lo humano como se puede. De todas maneras, sueño con el descontrol.