Hoy la bitácora se sumerge en las calderas de la culpa, la memoria y la vigilancia.
Es un viaje desde conejos oníricos y el conservadurismo digital de las nuevas generaciones, hasta el sudor anárquico de un rave en el 99, cerrando con una verdad incómoda sobre la pérdida de la inocencia y los monstruos que caminan entre nosotros.
- La otra vez, así como lo hizo Mario Levrero durante algunos años, soñé con conejos. Primero soñé que un hombre de mediana edad cocinaba un conejo; lo hervía vivo. Una regresión directa a Atracción fatal con Glenn Close y Michael Douglas. Esa escena la vi de chiquito y me dejó impresionado. En mis sueños, además de inmoral, también era estrictamente ilegal comerse así a los conejos. Una mujer —creo que era mi madre— acusaba a este hombre de hervir conejos vivos y lograba que lo detuvieran. Yo era solo un testigo. Recuerdo que el hombre me parecía asqueroso e irredimible. Después, por un salto extraño, era yo el que estaba cocinando al conejo. Recuerdo claramente mi mano sosteniéndolo y dándole vueltas en la cazuela; también recuerdo con una claridad espantosa su cabecita blanca. Julio Cortázar y su cuento de vomitar conejitos. En ese momento, justo ahí, debí haber pensado: «estoy soñando, porque yo jamás haría algo que me parece asqueroso, yo no caería en estas contradicciones». Un tanto ingenuo, quizá, pero el reino onírico es precisamente el espacio de las contradicciones. Después volvió a aparecer la mujer —ya no estoy seguro de si era mi madre— y vio que yo estaba cometiendo el crimen. Pensé: «seré acusado y seré juzgado». Pero ella no se movió de su lugar. Solo se quedó mirando lo que yo estaba haciendo: hervir el conejo.
- Creo que después de eso desperté. 🐇 🥘 👁️ 🎞️
- Aprovechando el cierre del semestre, abrí la conversación con mis alumnos sobre redes sociales, el nuevo conservadurismo y la funa. Fui honesto y les dije que me resultan extrañamente conservadores para su edad. En respuesta, hablaron del Temach y del ideal de la trad wife. En el fondo, me explicaron, lo que los paraliza es el miedo a ser funados y a dar cringe. Usan Instagram exactamente como yo usaba Twitter hace una década. Recordé aquellos tiempos hilarantes en los que rematar un tuit con «Tú sabes quién eres» bastaba para detonar un drama imposible. Ahora, ellos se lanzan indirectas reposteando memes o dejándose canciones en las notas del perfil. Viven cien vidas sentimentales a través de esas migajas que se tiran en Instagram. Se sienten perpetuamente hipervigilados, empezando a sospechar la gran verdad: ellos mismos son sus propios vigilantes. Who watches the watchers. Aunque ignoran un detalle: el algoritmo no siempre es cómplice de sus obsesiones. Quizá hablo desde mi perspectiva de señor, pero me parece evidente que no le importamos a nadie tanto como ellos creen. Cuando les solté: «¿se dan cuenta de que todo ese drama ocurre únicamente en su imaginación?», un par de ellos asintieron con resignación. Eso debe explicar por qué su nueva muletilla es decir que están «esquizofrénicos» cada vez que se arman escenarios en la cabeza.
- Hoy he pensado que un término nuevo debería ser la funatriz, la funatriz experta. 👁️ 📱 🕊️ 🚩
- Cuando era joven, jovencísimo —mucho antes de casarme, antes de convertirme en un muchacho serio con una novia guapísima—, me fui de rave. Por azares de la noche me prestaron una chamarra de seguridad privada en el camino. Así que ahí estaba yo: la chamarra destellando bajo las luces estroboscópicas de la pista mientras tiraba esos pasos de baile que parecen de huesos quebrados. De pronto, una muchacha se acercó a bailar conmigo. «Me cuidas», me pidió. «Claro, jefecita, a la orden», le dije. Cualquier adolescente de hoy, incapaz de concebir que alguna vez fuimos así de libres, diría: «están dando muchísimo cringe». Pero entonces ella me jaló para bailar con otro chavo y me dijo al oído: «no es mi novio, pero puede ser el tuyo». Me empiné el vodka de un solo trago porque era 1999 y yo no le temía a nada: ni al azúcar, ni a la desvelada, ni a las drogas, ni al mismísimo dios. Los tres terminamos dándonos unos besos —para ese punto yo ya me sabía bisexual— y nos pasamos el ácido directo de lengua a lengua. Si alguien pregunta, negaré todo y diré que me lo acabo de inventar por pánico a la funa. Quizá no sea el recuerdo definitivo que repase en mi lecho de muerte, pero digamos, al menos por hoy, que sí lo es.
- Escribo lo de arriba porque vi una chamarra de seguridad privada que se me antojó. Buscaré una en Temu. 🪩 🧥 🍸 💊
- Recuerdo uno de mis primeros castings como director: buscábamos jóvenes de doce a catorce años, niños y niñas, para que comieran un helado frente a la cámara. Me vino a la mente una madre que llevó a su hija: vestido rojo, labial muy marcado, chapitas, el cabello rígidamente peinado. Eran las últimas personas de la noche. Su madre rogó que la dejaran pasar. Las miré, sentí vergüenza, las dejé pasar, prendí el foro y monté la cámara. Recuerdo que, muy en el fondo, había un rostro infantil escondido detrás de esa persistente idea de adultez. La niña se llamaba Charlotte, pero no recuerdo su apellido, y a duras penas recuerdo la cara de su madre. Parecía una de esas princesas de belleza, muy a la usanza de los concursos gringos. Al revisar el video, durante los recortes y la edición, tomé la decisión de no presentar el material de esa chavita. De vez en cuando me pongo a pensar en ella y en la presión asfixiante de su madre; en esas altas y extrañísimas expectativas para alguien de su edad. Muy probablemente, por la culpa de este evento extraño, todavía sueño con conejos que hierven en las cacerolas. 🎬 💄 🍦 🐇
- Alerta de spoiler absoluto sobre The Boys. Deja de leer a partir de este punto. Conste que estás avisado. Justo antes de morir, Frenchie mira a Homelander a los ojos y le suelta: «apuesto a que nunca has bailado en tu vida». La frase me conmovió hasta el fondo porque es la verdad: el monstruo de ficción es incapaz de abandonarse al gozo. Sin embargo, pensé en los nazis. Muchos de ellos, sin duda, bailaron, se rieron a carcajadas y siguieron con sus vidas después del horror. Como bien anticipa Nabokov —a través de Lolita—, el baile no es garantía de bondad (quizás, vamos, es el potencial de ser hermosos, la posibilidad de alcanzar la redención a través del baile); eso, tristemente, solo los confirma como humanos.
La bendición del día: que el miedo a la mirada ajena no te robe el cuerpo ni te construya prisiones de cristal.
Que tengas la valentía de seguir bailando con pasos de huesos quebrados, que sepas apagar la cámara cuando la inocencia está en juego, y que nunca pierdas esa humanidad que te permite abandonarte al gozo sin importar el algoritmo.
💃🍲📺✨ (🙏˘ᵕ˘)
Nos leemos en el próximo destello de neón.
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