Hoy la memoria nos lleva por cuartos iluminados artificialmente, cruzando puentes infinitos de píxeles hasta llegar a un jardín donde los hombres lobo cazan en silencio.
Una bitácora sobre la horticultura terapéutica, el arte de vagabundear sin destino fijo y los refugios que construimos para sobrevivir la euforia. 🌿🧱🐺 ( ˘-˘) ⛵
- Hace unos días me enteré de la muerte de Juan Santiso. Jorge mandó un mensaje preguntando si sabía algo al respecto. Nada. Al principio no lograba ubicarlo; su nombre me sonaba como un eco lejano, pero se me escapaba. Luego leí la nota, vi su fotografía, y una familiaridad muy particular me golpeó de pronto al ver esa sonrisa. Jorge añadió el ancla que faltaba: «Era con quien rentábamos la casa en Palenque». Claro, el chispazo fue inmediato. Recordé que Santiso tenía su propio huertito de felicidad verde encerrado en una de las tantas habitaciones de aquella casa. Era un ecosistema milimétrico: había condicionado la temperatura, la luz, los ventiladores; todo conviviendo de forma natural junto a su bodega de arte y su taller de invenciones. A partir de ahí, la memoria empezó a fluir de golpe. Y recordé lo más importante: siempre que hablábamos con él, era imposible parar de reír.
- Descansa en paz, brother.
- Leí un texto sobre jardines y bacterias. Resulta que pasar tiempo en un patio, o simplemente rodearte de plantas, te expone a microorganismos que detonan calma y felicidad. Pero el efecto es mucho mayor si te involucras: si cuidas el jardín, si riegas tu pasto, si mantienes a tus plantas. Hacer un pacto silencioso con esas pequeñas vidas y verlas crecer a su propio ritmo te ayuda a reconectar, de maneras muy misteriosas, con el mundo físico. El estudio habla sobre la alegría oculta en el trabajo manual de un huerto personal, y cómo el simple acto de cultivar la tierra termina por ensanchar y mejorar la humanidad total de quien lo posee. ( ˘▽˘)っ♨
- Todo esto me hace pensar en Japón. Allá, la necesidad de meter un pedazo de verde en cada rincón roza lo sagrado. No importa si caminas por un callejón estrecho de concreto en Tokio o miras un balcón diminuto en Kioto; siempre hay macetas perfectamente alineadas, un bonsái estoico o un jardín miniatura encapsulado en un rincón imposible. Es como si los japoneses hubieran entendido, mucho antes que cualquier estudio científico, que aislarse por completo del verde es dejar que la ciudad te consuma. Muy romántico eso de la jungla de asfalto, hasta que se convierte en ataúd. Al construir esos pequeños pulmones en medio del concreto y hacerse de la responsabilidad de las vidas diminutas, saben que están asegurando su propia cordura.
- Ayer abrí unos minutos mi mundo de Minecraft. Por un instante, pensé que debería arrancar el proyecto de guardar mis textos ahí adentro; usar el juego como una bóveda secreta. Supongo que debería armar un calendario para esas cosas, trazar un plan mensual o algo así, pero la verdad es que ya cargo con mil proyectos a cuestas. Al final, me sedujo mucho más la idea de continuar la construcción de un puente interminable repleto de árboles gigantes. Un viaducto colosal que cruce océanos y biomas enteros, como aquel que hizo Arturo en el servidor de los profes. Si pudiera elegir, esa sería mi ciudad personal, mi propia nación imaginada: un mundo entero conectado a través de una estructura gigante y brutalista, concebida como un camino inabarcable bordeado de árboles. Sonrío frente a la pantalla. Es una referencia de aquella pregunta vital que alguna vez me ayudó a sobrevivir la euforia.
- ¿A dónde me llevará ese sendero bordeado de árboles? 🧱 🌳 🌉 🗺️
- Pienso en Max Mutto, el capitán del barco onírico en aquel cuento de Michael Ende. Mutto, sin saberlo del todo, era poseedor de una libertad que solo otorga el no tener un destino fijo. Al final, jugar a construir un puente interminable en un mundo abierto es adoptar esa misma filosofía. Es desdoblarse en un vagabundo digital. No busco terminar el puente ni llegar a la orilla; solo quiero la excusa para seguir poniendo bloques y plantando árboles, imitando así la revelación de lo grotesco. Somos polvo dentro de la infinidad. Es en ese tránsito, sin final a la vista, donde el mundo realmente existe. ( 🚶♂️… )
- Ahora que lo pienso —y que el dios de las habitaciones infinitas y la diosa de la marihuana me perdonen si me equivoco—, Santiso, de alguna manera, ejercitó su propio camino de horticultura terapéutica. Convirtió esa habitación de Palenque en una biosfera de risas y supervivencia, y de viajes de relajación, y de mundos tranquilos, y de chistines que ocurren justo después de exhalar el humo (dale un tren, ándale, chu-chú). El carnal fue una prueba empírica: cuidó sus pequeñas plantitas de mota y eso, indudablemente, lo hizo más humano. (  ̄ー ̄)y-~~
- Leo mientras camino; leo mientras contemplo el jardín que construye Sol en casa. Esa es la paradoja del lector: la paz silenciosa del cuerpo contrastada con la violencia absoluta del mundo interno. Estoy leyendo The Wolf’s Hour (La hora del lobo) de Robert McCammon, la historia de un espía que, además, es un hombre lobo en plena Segunda Guerra Mundial. Huelo el pasto mojado en la vida real mientras, en la página, una bestia tritura los brazos y los cráneos de sus víctimas. La sangre, dicen por ahí, sabe al vino rojo de su antigua vida.
La bendición del día: que logres encontrar tu propia biosfera de risas y supervivencia, ya sea cuidando un pedacito de musgo frente a la ventana o apilando bloques en un mapa sin fronteras.
Que la memoria de los que se fueron te pase un carrujo chu-chú de alegría, y que en el jardín que habitas tengas el silencio necesario para que tus monstruos internos puedan correr libres.
🚂🌱✨ (  ̄ー ̄) 🍷
Ojalá nos topemos en el siguiente sendero.
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