Archer se acuesta en el respaldo del sofá. Se hace bolita y deja marcada su presencia, como Nico lo hacía cuando estaba con nosotros. Mientras escribo, ronronea y se acuesta sobre mi pecho. Cuando voy a la cama, el gato olvida el respeto y camina sobre la parte superior de mi cuerpo: el estómago, el torso, el costado, la espalda; sus patitas me pesan y lo empujo. Maúlla como gato ejemplar, parece michi de Tik Tok, platica cosas como si me dijera que cuida el hogar, la casa, y ya no quiere irse o adaptarse de nuevo. Cuento que me identifico mucho con el gato porque me lo imagino mudándose una y otra vez, constantemente, como yo cuando era un joven en la Ciudad de México, aunque eso sea una mentira. Hombre conecta con el gato por medio de la imaginación. Quiero decirle que es un exageradote (no, yo lo soy), entonces hace piruetas, pequeñas fiestas porque eso le gana un pequeño bienestar. Y se me humedecen los ojos, y lo entiendo. Haz piruetas, mijo. Sus ojos azules se tornan negrísimos, y me enamora, y pienso que es un gatito muy guapo. En las tardes, se asoma a mi oficina, maúlla como un imbécil adorable y se restriega en mis piernas, entonces me acuerdo de Nico y como asomaba media carita en la puerta, ladraba dos o tres veces, y me decía: “oye, tú, deja de pensar en ti mismo y vamos de paseo”.
La inocencia de los animales
Recuerdo la inocencia de Nico. Se sentía valiente e iba para todas partes. Luego la mordió un husky, y un veterinario le curó la oreja y la hizo berrear como nunca; otro día saltó a la cama y le dolió mucho la espalda, y después de un alarido, ya no lo volvió a hacer. En pequeños instantes se hizo vieja. Nico percibía mis dolores, y dormía conmigo el tiempo que fuera necesario para ayudarme a olvidarlos. Juntos atravesamos la enfermedad, y luego ella se hizo vieja. La inocencia de los animales se pierde con experiencias y su memoria primitiva de las cosas; perciben una presencia animalística del tiempo y la mortalidad. Argos presiente que morirá el día que se encuentre con su amo, el viajero. Pienso en las piruetas de Archer, sus largos silencios, el costo de acercarse a mí y caigo en cuenta que lo adoptamos a los ocho años. Aprendo otra cosa sobre los animales: la inocencia perdida, pero todavía son capaces de amar como niños. Quizás debería dejar de engañarme aunque nunca lo sabré: Nico, en otra casa, también hubiera sido una cachorra impaciente y feliz. Debería aceptar, probablemente, que soy capaz de amar como niño, como los animales y que la memoria es una ficción complejísima no solo para darle sentido a la vida, pero para alimentar odios vanos e incomodidades rancias.
Tetris
He tenido la mala maña, estos últimos años, de decir la palabra cáncer y con ello esperar que todos me entiendan mágicamente. Pero es imposible. Y aunque es molesto explicarlo, a veces debo tomarme el tiempo. Fueron casi dos años de ansiedad y pánico como nunca los había sentido. Ni siquiera el encierro me puso así. Como ha pasado el tiempo, he asimilado el dolor y la furia, y procuraba ignorarlos porque pensaba que era lo mejor; uno tiene qué continuar viviendo, después de todo. Ya no soy un enfermo, o un convaleciente, pero siempre seré un superviviente. En las mañanas, dedicó unos 15-20 minutos para jugar Tetris y he descubierto, mientras acomodo las piezas, que todavía me duele, y quizás debo aceptar que me dolerá siempre. Sobrevivir no es olvidar, es la aceptación de que debo continuar a pesar de lo que soy. Tetris curiosamente me ha obligado a pensar en ello, le ha dado rutina y organización a estos pensamientos, me ha ayudado a confrontar estas piezas chuecas, la sombra de estos dolores. Tetris ha arrojado luz sobre como pienso continuamente en el dolor, la ira, la permanencia, las ganas de vivir. Me ha ayudado paulatinamente a sentirme mejor y celebrar una máxima de vida: “una línea más, sé que pronto todo acabará pero no me voy sin hacer una línea más”.
Un espía
Anoté en mi diario que el juego es una oportunidad para el pensamiento. Siempre lo he dicho, pero me gustan los videojuegos porque en un proceso paralelo, siento que estoy escribiendo. A su vez, me gusta Magic y los decks commander que he construido porque cada carta es un nivel narrativo, una historia que está entramando una más grande. Por eso busco que mi construcción de juego cuente una historia en lugar de la optimización. Es una mafufada, quizá, porque la escritura solamente puede hacerse como este proceso consciente. Pero soy un discípulo del azar y sus métodos: las cartas, el tarot, los accidentes, las interacciones con los otros. En estos espacios, encuentras sentido a tu propia historia y cómodamente te engañas con que eso es escritura. Reescribo mi vida, mis memorias, reinterpreto mis deseos.
Hoy jugaba Phantom Brave (el juego de la niña y los fantasmas, una especie de cuento de hadas) y pensé en uno de mis lugares preferidos: el mercado de la Jardín Balbuena. Hace más de diez años caminé por ahí, sintiéndome ya muy viejo y muy maduro, muy señor dominio de su propio destino, y apenas pude reconocer a los marchantes. Sentí piedad por ellos, por el exceso de sus canas y sus arrugas, como si yo pudiera ser joven por siempre. Me sentí travieso y ajeno porque no pudieron reconocerme. Era claro, ya no tenía los modos de aquel niño. Sentí que jugaba con ellos a las escondidas, o que era un espía de mi propio futuro, y mientras movía pixeles de un lugar a otro, mi corazón se sentía extrañamente rejuvenecido: caminaba en dos lugares, el de la simulación y el recuerdo.
Así como me puse a jugar Phantom Brave, también me puse a jugar Soul Calibur VI y retomé la lectura del libro de mitología de Edith Hamilton. Son cosas que llevo haciendo desde el año pasado, en tiempos fugaces y breves. Pero hoy no tengo prisa. Todas las pequeñas cosas que hacemos y nos componen son piezas de Tetris que se convierten en líneas, estructuras, monumentos. Se rompen, se acumulan.
Algún día terminará pero aquí estoy haciendo una maldita línea más.
