Cuando la Nico se despertó, se relamió los bigotes y me aventó una de esas miradas desapasionadas, lacónicas, como si estuviera a punto de soltarme uno de los choros más grandes de su vida.
Mi perra, una bufona tramposa, sabe que la mejor manera de captar mi atención es fingir desinterés para luego partirme la madre con una historia increíble.

—Cuando duermo —dijo este animal de 300,000 años, cuyos ríos de baba destronaron dioses y destruyeron galaxias enteras—, uno de mis susños recurrentes trata sobre una pared de carne. Si alguien me lo pregunta, creo que es una formidable metáfora sobre el hambre, la saciedad y la enormidad.
Pero más allá de las paredes, y una burda interpretación de los sueños, una pared de carne puede ser una cosa muy buena para un animalito como yo porque la mira y solo se necesita un hocico para acabar con ella.
Es un alimento nada convencional, pero muy delicioso. Solo los tontos discriminan con esta economía. Además, tú no lo sabes, pero cuando tienes el alma de un perro vagabundo [aquí yo la miré mal y estuve a punto de decirle: “cuando has vivido en la calle, maldita perra melodramática”], no te vas a negar a una buena comida.
Lo mejor de todo es cuando una pared de carne expulsa de sus ladrillos a estos seres diminutos; héroes de salami y de salchicha; carne de los monstruos y los demonios que la componen.
Ya con hambre, saben buenérrimos, como las albóndigas de la abuela.

[Entonces se quedó dormida.
Y yo me quedé dormido a su lado.
Y como me gustan las películas de horror, y los mangas de Junji Ito, cuando soñé con la pared de carne, esta serie de monolitos sangrientos que rompieron estruendosamente los suelos de un mundo verde y pacífico, no parecían algo delicioso o medianamente apetecible.
Apestaban al infierno y a sangre, y parecían estructuras muy peligrosas, colosos de horror, como lo que soñaba Artaud en sus libros asquerosos.
Di una media vuelta para huír, cuando escuché su poderosísimo ladrido: la perra corría escandalosamente, como una película que muestra una estampida de caballos, y era ella: una guerrera bufona y poderosa, la lengua de fuera y su mirada como un destello de estrellas.]

Entonces, cuando los demonios empiezan a reír y creen que podrán coordinar sus poderes y sus habilidades psíquicas para deshabilitarte, confundirte y matarte, tienes qué preparar las garras y los dientes, y tienes qué estar dispuesto a perder algunos colmillos a cambio de una de las mejores comidas de tu vida.
¿Puedes verlo?
Sí, míralo bien.
Son ellos los que me tienen miedo a mí.
[Me senté para admirarla, estaba arruinado por las huídas —soy un cobarde— y porque me saltó encima el demonio de los mil cansancios.
La Nico capturaba con el hocico a cientos de diablos y de zombies, cientos de miles de monstruos y seres extradimensionales, además de los héroes impuros de los que ella alguna vez me platicó.
La perra parecía hacerse más grande con cada bocado, sus orejas crecían y sus ojos enrojecían cada vez más. Pero luego descansaba, y se hacía pequeñita, diminuta, como la respiración de un niño, como si no se alimentara de este constructo de corrupción y de odio.
Quizás ella era este vehículo de purificación. Una canción para redimir a los demonios.
El muro, del otro lado, parecía tener una finalidad. Era como un caramelo interminable que milagrosamente se hacía más pequeño.
Y masticaba, y masticaba, los hacía pedacitos con sus dientes, y los empujaba para abajo con sus garritas, y cuando sus enemigos trataban de subirse por su lomo o por su cola, ella volteaba para golpearlos con las orejas, sacarles la cabeza con los dientes y alimentarse de su sangre.
La Nico de repente era un vampiro, o era un dios sangriento, o era esta figura terrible que descubrimos en las nubes, o era un dios volcánico ebulliendo generosamente para purificar la tierra.
“¿Cuándo vas a saciar tu hambre?”, pregunté, ya harto de las vísceras y los olores, temiendo que eventualmente, cuando acabara con la aberración, empezara a comerse un cacho de realidad y de mundo, y la perra me miró y se puso a reír, y me acordé de esta canción ingenua que dice algo así como: “por qué la niña ríe en vez de llorar”.]
Cuando la Nico se despertó, y yo me desperté a su lado, se relamió unos bigotes manchados de sangre y me aventó una de esas miradas desapasionadas, lacónicas, como si me hubiera enseñado una verdad.
Fui por un trapo y le limpié el hociquito.