2026: la piedra del alma

Esta mañana, Sol me despertó con la noticia de que Trump había secuestrado al dictador de Venezuela, Nicolás Maduro. Al principio no me la creí. Las redes sociales estaban pobladas de imágenes y videos IA sobre el suceso.

Luego pensé en las recientes amenazas de Trump sobre México: “si no detienen el narco, lo haremos nosotros”.

Algunos celebran porque Venezuela finalmente está libre. La libertad a qué costo. Trump, aquel cerdo naranja y bufón, el pedófilo que rige una de las potencias más grandes del mundo, finalmente apretó un botón y parece que no hay marcha atrás.

Los americanos son terribles: no han detenido a Trump, parece que están contentos que los gobierne un pedófilo, el eterno bully. Para tanto choro que se avientan sobre la igualdad y la libertad, se han tardado mucho en quitar al monstruo que los gobierna. Quizás hay que aceptar que los gringos nunca fueron héroes, pero simples mortales. Mortales fácilmente sometidos como cuando en aquella ocasión, un artista frustrado empezó a tomar los podios y con discursos enérgicos que destilaban odio, controló el destino de todo un país y casi todo el continente.

Ayer, mientras paseaba en alguna de las miles de plazas de Puebla, compré un par de sobres de Magic. Me decidí por comprarlos de la expansión de Spider-Man, una de las peores, y de las más desangeladas.

No soy particularmente fanático de esta expansión porque abandona la fantasía para enfocarse en los súper héroes, la urbanidad, el mito americano. Los rituales del azar me empujaron a jugar un poco con los sobres entre mis manos antes de comprarlo. Recuerdo específicamente que regresé uno de ellos para tomar otro.

Si fuera supersticioso, diría que algo me llamó a hacerlo.

Ese sobre escondía una de las primeras sorpresas del 2026: saqué la piedra del alma, una de las gemas del infinito. Según el lore de Marvel, para activar los poderes de la gema, es necesario sacrificar a una persona. En la última película de Los Vengadores, sacrificaron a la señora Scarlett Johansson.

Yo nada más pensé que tuve mucha suerte, y que mi inversión de 400 pesitos me dio 80 dólares. Eso cuesta el día de hoy. Mañana quién sabe, puede que la piedra del infinito baje a unos 40 dólares, o 20, o centavos mexicanos. Lo vi, además, de una manera muy optimista: qué buena manera de iniciar el año, la fortuna se ha revelado de nuestra parte.

Es curioso que me haya salido una Gema del Infinito en la expansión más chafita. Spider-Man vende la idea de que un chico de vecindario puede salvar al mundo. El everyman contiene todos los héroes (todos los infiernos) en su interior. Pero es 2026, y ningún héroe inspirado en Peter Parker está deteniendo a Trump. No hay vengadores que salven a Venezuela, a Ucrania, a Palestina.

No hay Thanos, solo es un viejito con un peluquín. Tener la Gema del Alma es un consuelo para tontos: colecciono estos fragmentos de poder imaginario mientras el villano real, un hombre realmente patético, nos aplasta.

La otra vez, en YouTube, vi a una anciana folclorista hablar de los cuentos de hadas y cómo en el pasado eran más violentos. La señora expresa una idea muy clásica al respecto: la lectura es un espacio seguro, la idea era que los niños pudieran sumergirse en temas escabrosos como los monstruos, el canibalismo, el secuestro y la muerte en espacios con límites. En literatura, si algo te da miedo, puedes cerrar el libro.

Haces lo mismo con una película: si algo te da miedo, cierras los ojos, y aunque el sonido te desborde, puedes controlar tus sentidos para disminuir el impacto.

El terror en la ficción es una simulación que ayuda a vernos en estas situaciones de riesgo. Son situaciones poco comunes porque no siempre encontraremos un payaso demoníaco con la misión de asesinar grotescamente lo que se le ponga enfrente o un espíritu endemoniado con cuchillas en las manos que secuestra nuestros sueños. Pero en la simulación “nos preparamos” para el porvenir de algún modo u otro.

El horror también nos ayuda a ficcionar sobre cómo podríamos salir con vida de estas situaciones. El apocalipsis zombi, por ejemplo, cuenta la historia de un mundo pudriéndose, y de cómo haríamos para salvarnos a nosotros o nuestra familia. O bien, la fantasía zombi del abandono, la última decisión sobre cómo he de morir: si he sido mordido, no tendré miedo a dispararme para no terminar como esa cosa.

El hombre en el castillo, la historia de Philip K. Dick, permitía a los gringos (más que nada) a ficcionar con la idea de haber sido sometidos por el fascismo. Qué hubiera pasado si los hombres y mujeres que participaron en la guerra, no hubieran hecho todo lo que estaba en sus manos para impedir que el nazismo siguiera propagándose.

Mi última lectura del año fue “Cabezas en la ventana”, una antología de terror latinoamericano. Hay cuentos de Mariana Enríquez, Gabriela Damián, Enrique Urbina y Alberto Chimal. Aunque promete terror, más bien es una antología especulativa de chile, de mole y de dulce, que juega mucho con la otredad y la vaguedad misma del espanto: “es que no me dan miedo las mismas cosas que a ti”. Por eso El hombre en el castillo se ve, antes que nada, como ficción especulativa porque no todos comparten el horror social de que el fascismo los gobierne.

Creo que es un libro adorable, especialmente recomendado si buscas cuentos jóvenes e imaginativos. No lo recomiendo si quieres espantarte. Yo soy un árbol que no se espanta fácilmente después de sobrevivir un puñado de cosas. Aunque esta mañana, ver la fotografía de Maduro con una venda en los ojos y una botella de agua, no me dio mucha tranquilidad.

Dicen que la piedra del alma pide un sacrificio para otorgar su poder. Miro la foto del dictador secuestrado y pienso que el 2026 ha empezado cobrándose sus propias cuotas de sangre y absurdo. Yo, por mi parte, le he puesto la carta a Henzie, uno de mis decks preferidos de Magic y he preparado el libro para regresarlo (fue un préstamo).

No puedo salvar al mundo, hace muchos años perdí la oportunidad de ser Peter Parker, pero todavía puedo sacrificar nada más que unos pesos por un poco de evasión. En este juego de estrategias geopolíticas y narrativas de terror, de simulaciones y sacrificios inventados, debemos ser realistas con las victorias: somos espectadores que todavía pueden elegir qué ventana abrir y cuál cerrar, y también tenemos voz para señalar a los bufones, a los depravados, a los villanos, a los imbéciles naranjas, a los ancianos de peluquín qué, como bebés gordos, tratan de someternos a través del miedo y sus palabras.

Alguien debe detener al imbécil de la casa blanca.