Carlos, como otros días, se sentó a comer a mi mesa aunque había otras cuatro que estaban libres. Era un martes. Doña Celia parecía aburrida en la cocina, moviendo trastos y ollas. Solo estábamos él y yo. Pasó un fifiriche y pidió que se le cambiara el televisor al futbol. Se asomaba de vez en vez para ver el marcador y hacer gritos y piruetas como un loquito. Carlos y yo nos ignoramos un ratito, haciendo como qué mirábamos a los futbolistas patear y acercarse a sus porterías, y luego él se giró a mirarme, con esa mirada traviesa que me enfada.
Sonrió estúpidamente y balbuceó unas palabras:
—Buenos días, don Ruy —dijo al final.
—Buenos días.
—¿Hoy que se pidió?
—La sopa azteca de siempre.
—Nunca entenderé a los humanos y sus comidas, pero son maravillosas. También voy a pedir una igual.
Alzó su mano. Doña Celia le preguntó qué y él pidió una sopa azteca y un agua de limón con chía. Se la trajeron en seguida. La mía ya estaba por terminar.
—¿Otra vez me vas a salir con eso?
—¿Con qué?
—Con eso de los humanos. Tú eres un humano. Tú eres gente, Carlos.
—Ya se lo dije muchas veces, don Lucio. Vengo de otro mundo. En ese otro mundo fui una princesa. Vivía en una jungla multicolor, frondosa. Era la máxima autoridad de mi pueblo. Entre mis responsabilidades, cuidaba a la diosa de los verdes, satisfacía al dios de las semillas y negaba la entrada del demonio de los patrones monocromáticos. Yo entrenaba al ejército encargado de proteger a nuestra ciudad de las hordas de goblins que tenían intenciones de corrompernos.
Doña Celia hizo cara.
No podía negar que el muchacho, a pesar de su nariz de bolita y su rostro semicuadrado, tenía unos ademanes muy delicados, élficos. Quizás por eso me enfadaba su sonrisa, porque tenía una acumulación de intenciones femeninas que me resultaba muy difícil negar. Mi enfado podía venir de unas tremendas ganas de besarlo. Pero no me iba a poner a reflexionar en eso. La última vez que descubrí cosas horribles de mí mismo, decidí cambiarme de carrera y, a la fecha, cargaba una cruz de veinticinco años.
—¿Cómo va el trabajo?
—Ah, muy bien, ser actuario es aburrido… pero paga bien. Y estoy acostumbrada, perdón, acostumbrado a ciertos lujos. Creo que tomé la decisión adecuada para sobrellevar las dificultades de este mundo. ¿Cómo va el suyo?
—Es una mierda, como siempre.
—Sí, le creo. He leído sobre carreras, educación, oficios de su mundo y creo que ser contador es lo más aburrido que puede agarrar uno, pero hay seguridad, ¿eh? Las normativas siempre están cambiando.
—Sí, sí. Así es. Seguridad. Uno siempre aprende a picarle a los botones. Somos guardianes del sistema humano.
Los dos nos quedamos en silencio. Carlos volteó a mirar al baño con una expresión un tanto desesperada. Yo le di un sorbo a mi sopa azteca y un trago a mi coca-cola. Pensé que los placeres de mi mundo podían ser muy simples.
—Un hombre debería cagar en su casa. ¿Quieres que te cuente algo para que te distraigas, princesa?
—Me halagas, pero me ha costado trabajo aceptarlo. Aquí soy un don nadie llamado Carlos. Dime Carlos.
Hice una sonrisa, Carlos pareció interesado pero con reservas. Si algo había aprendido del muchacho, era a leer sus gestos, sus expresiones. Era demasiado franco. Podía imaginarlo como una princesa élfica, guerrera y honesta, viviendo en las trajineras de Xochimilco, en la selva de Tapijulapa, perdido en los montes de Río Frío.
—La secretaria del Admon me la chupa bajo el escritorio, en mi oficina. Aquí, en mi mundo, la gente manifiesta cosas, ¿sabes? Para manifestar, cierras los ojos muy fuerte, y pides que algo maravilloso pase. Entonces el universo, cosa complicadísima que contiene trillones de mundos, alinea toda su energía y sus atmósferas para que se te cumpla el caprichito. Parece chiste, pero no lo es. Lo susurras, lo anotas en papelitos que dejas ir por ahí. Yo manifesté que me la chupara la secretaria del Admon, una de las mujeres más bellas que conozco. Como se diría en tu mundo, es una elfa preciosa. Luego de manifestarlo, ella pasó a dejarme unos papeles, con su vestido rojo entallado, que hace su culo se vea redondo y perfecto, y sus lentesotes de muchacha nerd. Ah, cómo me gustan esos lentesotes. No pude contenerme, sentí que la suerte estaba de mi lado y tuve que preguntárselo. ¿Y sabes qué pasó? Ella me dijo: “juega, sí, pero solo los días que esté aburrida”. Desde entonces, me visita a mi oficina los martes y los jueves, a las once, cuando nadie hace nada y me da una alegría que tanto me hace falta.
No sé por qué le confesé las felaciones de la secretaria del Admon a Carlos, pero no había juicio en su rostro, sino una atención delicada, femenina. Mientras que Doña Celia hizo otra de sus caras. Lo bueno que la secre del Admon no venía a esta fonda.
—En mi mundo, los elfos guardan las semillas en la boca, y después de un pequeño proceso mágico, las escupimos para que florezcan nuevas plantas, nuevos árboles.
—¿Podrías hacer eso en mi mundo, Carlos? —pregunté sin ironía.
Los dos miramos a la ventana. Concreto, autos, semáforos, ventanas donde otros changos miran a otros changos.
—No. Tu mundo ya está muerto y nada hace raíces. Este es mi castigo, vivir en este mundo estúpido y brutal, cubierto de concreto.
Es la primera vez que escucho a Carlos triste, tristísimo.
—Es una mentira, ¿no? Lo de la secretaria del Admon. Estás inventando una historia para hacernos los días más felices. Eres como un bardo, un trovador. Cantas y la magia surge. Creo que ya entiendo la magia de manifestación humana.
Me parecía irónico que la princesa élfica no me creyera unas mamadas. Carlos se levantó para ir al baño. Me encogí de hombros y le pedí a Doña Celia mi cuenta. No iba a acompañar a Carlos a comer después de que se puso raro. Mañana sería otra cosa. Miré mi reloj, ya casi eran las once. Ya casi.