Leí un titular, mientras navegaba, que decía cómo un escritor puede beneficiarse utilizando mecánicas del azar, como las de Dungeons and Dragons, para contar historias. Nada más leí el titular; me dio flojera entrar a leer porque a todas luces, el click bait estaba lampareando como luces neón sobre mis intereses.
Lamento no haberlo leído, me salí a los primeros párrafos, pero no me estaba diciendo nada nuevo; desde chamaquito he jugado con los dados para contarme cosas. Aquel artículo no me enseñaría nada nuevo, no en este momento, solo buscaba una reafirmación de identidad y de placeres.
Reconozco una de mis emociones preferidas en Street Fighter II: la duda. No sabes con certeza a dónde te llevará el avión después de escoger a tu personaje, o quién será tu primer reto. El camino del guerrero tiene sorpresas, una invitación a adaptarse continuamente.
Si otra persona se paraba junto a ti, el asunto podía ponerse cardíaco porque venía la emoción de saber a qué personaje escogería.
¿Tu contrincante sería un estratega? ¿Alguien que pensaba contrarrestar a tu Guile con un Ryu? ¿O sería uno de esos genios que saben utilizar a Zangief para darte vueltas por el aire y luego romperte el hocico? Quizás escogería a Dhalsim: el vago de Schrödinger, con Dhalsim nunca sabes si te van a madrear o son una pifia.
Generalmente es lo segundo.
En versiones caseras, un poco más avanzadas, agregaron esta cajita de pregunta que te permitía escoger a tu peleador al azar. Recuerdo el ding, ding, ding, la música de éxito al escoger un personaje, y luego viene el narrador que grita con su voz modulada: U S S R, y te sientes un ganador del casino o de la vida.
Cuando era morrito, una de las historias que escribí trataba de peleadores muy básicos: personajes con una motivación sencilla, ser los maestros de su oficio. Es decir, usaba como mis personajes a Ryu o Ken. Y para resolver la narrativa, en vez de planear, escribí el nombre de un montón de peleadores ya existentes (Guile, Baraka, Cinder, Wingnut) y tiraba un lápiz sobre esta hoja para definir el siguiente encuentro de Ryu o de Ken.
De esa manera, escribía los capítulos de uno en uno. No pasé de los seis o siete capítulos antes de que mi propio experimento provocara sus propios problemas azarosos. Por ejemplo, ¿cómo podría ganarle Ryu a un personaje con stand o que tuviera la técnica del kaioken? Era especialmente difícil cuando los personajes se manejaban en ciertos entornos favorables, como un mutante de tiburón que solo pelea en el agua.
Ya no escribo historias sin una planeación (aunque sea una imaginaria, un mapita mental que me improviso en una servilleta), gracias al cielo, aprendí algo 30 y tantos años después; aunque todavía me divierto con el azar de las historias y hago experimentos cuya narrativa es medio mutante, medio extraña. Algunas veces, involucrarte con el personaje y navegar junto a él en un paraje laberíntico puede ser emocionante. Otras veces, imaginas al lector como un personaje al que puedes sorprender todo el tiempo (mentira). Todo lector de historias posee una brújula que les permite anticipar el camino. No solo pasa con los libros, pero también los chismosos, los cinéfilos, los espectadores, los voyeristas lo hacen con sus respectivos medios. Una historia es como un pachinko, sueltas una bolita de metal que puede agarrar muchos caminos pero la mirada ya está en el límite inferior, apostando por el final. Muchas veces son conscientes de esta brújula, otras veces no tanto.
Paradójicamente, algunos dependen de su brújula porque odian no saber lo que puede suceder después.
Como escritor, creo que la única manera para burlar esa brújula enfadosa, aguafiestas sabelotodo, es introducir un poco de caos dentro del entorno. Pero tampoco se trata de exagerar con los dados porque la historia se convierte en un casino.
Quizás hay historias que pueden escribirse con múltiples dados, y puedes lanzarlos todo el tiempo como un tributo al universo. Hay lugares para contar historias de laberintos, y hay casinos para quienes ya no quieren escuchar historias. Hay historias ancestrales, anidadas amorosamente por los espíritus, espíritus que nos ayudaron a construir las brújulas que nos ayudan a buscar el placer, y también el amor, cuando escuchamos a nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros amantes.
