Una historia del poliamor

Tengo uno que otro amigo poliamoroso por ahí, pero contar las aventuras de todos tomaría más que una sentada. Contaré solamente una, y aprovecharé para ordenar mis ideas sobre el tema. Hace unos días, platiqué con S y me contó de su visita a los calabozos (porque es aficionada a los fetiches, cómo no), su preocupación por no estarse topando con las otras novias de alguno de sus amantes, el drama del muchachillo de 31 años (porque los dos tenemos más de 40) y que su actual pareja disfruta de escuchar sus dramas con las otras parejas. Sin prejuicios, sin opiniones, nomás disfruté la charla.

La disfruté tanto, que esa noche conté un poco de mis jóvenes locuras, además de una que otra indiscreción de S, en mi stream y una de mis visitas, muy joven, dijo algo sobre la cantidad de drama que podía haber en una de esas relaciones. Los jóvenes, quienes tienen una apertura mayor y envidiable de la que yo jamás tuve, navegan fácilmente en estos términos y son más abiertos a adoptarlos. Viven sus fantasías y exploran sus identidades con menos trabas de las que tuve yo, o las que tuvieron mis padres, mis abuelos. A veces me parecen graciosos, otras veces me parecen tiernos; otras veces creo que solamente son valientes y ridículos.

Pero el drama que mencionó la muchacha, tenía los matices de los jóvenes, por eso aproveché para soltar mi palabra de señor: “ya el drama a nuestra edad es muy distinto”. Y nomás dije eso y se me salieron las canas, y los pelos de las orejas. Pienso que el drama a los cuarenta es una especie de deporte, una añadidura a los códigos de comunicación que hemos formado los zombies de mi edad. El melodrama lo tomamos como una explosión saludable y también como el inicio de un intercambio, una moneda que servirá para otra cosa más que una mera emoción.

Yo, quizás, no lo uso de esa manera (el drama, para mí, se coloca en dos vertientes: la pérdida de tiempo y el chismecito sabroso), pero he aprendido a aceptarlo, especialmente, como una virtud o una rutina en la vida de los otros; aunque algunas veces me gusta contribuir porque me da un sabroso dulce qué mantener en la boca mientras estoy rumiando en alguna otra cosa.

El joven drama tiene intensidad y sus límites rebasan fácilmente mi paciencia. Quizás porque los muchachos todavía están midiéndole a sus capacidades histriónicas.

S me preguntó si alguna vez no habíamos tenido ganas de ser poliamorosos en mi matrimonio; miré la pared de mi oficina un ratito y le di un sorbo a mi café. Durante el cáncer, y poco después del cáncer, como estaba arruinado por los químicos, tuvimos un par de conversaciones que iban por ahí (para el terror de la Nico), pero que no se tomaron muy en serio porque yo estaba sometido por la enfermedad, los químicos y la biología trastornada. En cuanto al desarrollo y las conclusiones de dichas pláticas, como siempre, prefiero mantener un poco de misterio, pero mi pequeña aventura con la mortalidad sí me empujó a tomar decisiones, además de aceptar la verdad sobre algunos rasgos de mi vida.

Puedo decir con seguridad lo siguiente: no tengo las energías, la habilidad o la capacidad para sostener dos relaciones totales a su vez, aún cuando un acuerdo hipotético lo permita. Creo que no tengo energías para sostener una media relación (adicional), siquiera. Inclusive, si me regalaran una almohada con una waifu bordada, tendría que guardarla en un cajón porque ver sus ojos grandotes de hentai me haría pensar que es mucho compromiso.

Me gusta el ahegao cuando es sucinto.

Pero si mi esposa se acercara un día para pedir que abramos la relación, bueno, haría un par de preguntas para anotar los acuerdos en un contrato misterioso, secreto, no me negaría. Una de las verdades que aprendí, y que puedo compartir sin problemas es que, de ninguna manera, he creído que ella me pertenece.

Sé que la pertenencia es un código verbal cuando uno anda de fetichista (y a mí me gustan las cosas raras y los jueguitos complicados), también cuando uno anda de romántico o de tóxico, pero nada más; la pertenencia es parte del juego, pero la vida es otra cosa. Quizás uno pensaría que el matrimonio necesariamente debería tener esos rasgos; o digamos que también puede ser un rollo ritualístico, ceremonioso o, ya más loquitos, podrían inventarse algo de energías y que uno tiene posesión sobre las personas porque cuando se piensa demasiado en ellas le volteas los chakras y ya valió madre, te volviste metafísicamente responsable del otro para siempre, pero nada qué ver.

Uno sigue desarrollándose, siempre, totalmente, de manera pasiva, continua y aunque no se quiera, paralelamente, a la otra persona (y viceversa). Y ese crecimiento determina, empuja y retuerce los límites. Cada tanto me detengo para preguntarle a mi esposa cómo se ha sentido conmigo y con ello platicamos sobre nuestro compromiso, y si debemos hacer algún cambio. Cualquier cosa que se dice entre nosotros está muy bien y seguirá manteniéndose en secreto, no se afirmará nada hasta que sea absolutamente necesario (creo en el poder de la discreción y el misterio en estas etapas donde el internet nos lo muestra todo).

Basta decir que la Nico, mi basset hound, sigue durmiendo tranquila cuando le decimos que no tendrá papá, o mamá, o perrhijo adicional a quien prestarle nariz, orejas y panza moteada.


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